‘Black Mirror: White Christmas’, evolución formal de una serie futurista


Jon Hamm es el principal protagonista de 'Black Mirror: White Christmas'.Hay muchas series que son consideradas de forma general como una serie de culto. Pero en ese grupo son muy pocas las que pueden demostrarlo con hechos. Tener el poder de producir un único episodio especial navideño que se convierta, además, es una especie de capítulo único de una hipotética temporada es uno de esos hechos demostrables. Bajo este punto de vista, Black Mirror: White Christmas es la confirmación de que esta serie ha logrado traspasar fronteras y convertirse en un referente cultural. Y eso con menos de una decena de episodios en total. Pero como no se trata de alabar por alabar la serie creada por Charlie Brooker (serie Dead set), vamos a analizar los principales pilares que dotan a este episodio de la calidad que desprende.

Sin duda uno de los aspectos formales más llamativos de este capítulo especial es su propia estructura narrativa, planteada como una trama con tres subtramas que abordan problemáticas tecnológicas diferentes pero que, en definitiva, conforman una única historia completa definida por el planteamiento, el nudo y el desenlace. La sutileza con la que Brooker aborda estas tres fases del desarrollo dramático es ejemplar, impidiendo en todo momento que la historia caiga en la explicación fácil y optando por un planteamiento más natural y menos evidente. Esto provoca que durante los primeros minutos el espectador no llegue a comprender la magnitud de lo que ocurre en pantalla, intuyendo a través de diálogos un aspecto mínimo de lo que realmente ocurre. Es a través de las tres historias que la trama principal se desvela, precipitándose en su tercio final y adquiriendo todo su sentido gracias a lo visto anteriormente.

Este manejo del tempo narrativo se convierte, en definitiva, en lo mejor de Black Mirror: White Christmas desde un punto de vista narrativo (que no formal), y crea uno de los múltiples nexos de unión con el resto de la serie. A esto habría que sumar el carácter crítico hacia la tecnología y cómo su uso puede terminar no solo con la vida que siempre hemos conocido, sino con nuestra propia conciencia, nuestra propia necesidad de comunicarnos y relacionarnos. Esta ironía, la de utilizar la tecnología para aislarnos del mundo (voluntaria u obligatoriamente), es la que subyace en el seno de esta magnífica historia que hace honor a la calidad del resto de episodios, amén de volver a replantear muchas premisas básicas que actualmente están implantadas en nuestra sociedad.

Pocos son los “peros” que se le pueden poner a este episodio, pero eso no implica que no existan. Algunas de las ideas tecnológicas utilizadas no terminan de ser excesivamente originales, sobre todo aquellas relacionadas con el bloqueo visual de los personajes y el uso de los ojos a modo de cámaras con los que poder manejar nuestro entorno según nuestras necesidades. Esto, utilizado ya en el tercer episodio de la primera temporada, se convierte sin duda en un elemento imprescindible en la trama, pero se antoja una mera evolución de algo ya planteado, lo que contrasta notablemente con otras propuestas tecnológicas como la “galleta”, que por cierto protagoniza el mejor fragmento del capítulo, al menos para el que esto suscribe.

Actores del futuro

Claro que catalogar esto como algo negativo en Black Mirror: White Christmas sería realmente injusto. La forma en que Brooker integra la tecnología en la sociedad y cómo esta se aprovecha de ella para mejorar diferentes aspectos de su funcionamiento es simplemente brillante. El desarrollo de los personajes, que lejos de crecer dramáticamente hablando van desvelando su verdadera naturaleza a medida que avanza la trama, es fascinante. E incluso las tres historias narradas, a pesar de tener una relevante presencia en la trama principal, pueden ser consideradas como entes independientes capaces de tener vida propia. Dicho de otro modo, su creador ha sido capaz de condensar los tres episodios habituales de una temporada en una única entrega, más larga, con una estructura ligeramente diferente. Una evolución de lo ya tradicional en una serie futurista.

Aunque sin duda el mayor atractivo de la serie, al menos desde un punto de vista promocional, ha sido su soberbio reparto, encabezado por un Jon Hamm (serie Mad Men) impecable y demostrando que tiene lo que hay que tener para responder positivamente a los rumores que lo sitúan en la órbita de The Walking Dead como el próximo gran villano. Su interpretación de un personaje capaz de someter a sus semejantes a través del diálogo, de un hombre acostumbrado a lograr lo que quiere simplemente con hablar, se desarrolla a lo largo de la hora que dura el episodio. Desde este punto de vista, el castigo al que es sometido no podría ser más ejemplar. Pero no es el único. Rafa Spall (La vida de Pi), Oona Chaplin e incluso una muy secundaria Natalia Tena (ambas vistas en la serie Juego de Tronos) logran dotar a sus respectivos roles de una profundidad mayor de la esperada, aportando un grado de desesperación motivado por la tecnología realmente alto.

Prueba de ello es, por ejemplo, el último plano del capítulo, un final que viene a representar la tortura que puede suponer para el ser humano el uso indebido de la tecnología. Se puede decir que, al fin y al cabo, lo que inicialmente nace para ayudar a la sociedad adquiere una función tétrica y violenta en manos de su propio creador, lo que convierte estos avances tecnológicos en una herramienta más de tortura y de violencia física y psicológica para con sus semejantes. En este sentido, este nuevo episodio puede entenderse en líneas generales como un alegato que confirma la evolución tecnológica de la sociedad, pero un análisis más en profundidad permite apreciar que dicha evolución no tiene necesariamente que ser positiva, advirtiendo del mal uso que el ser humano tiende a hacer de todos sus recursos.

Sea cual sea la interpretación, y sea cual sea el interés que pueda despertar Black Mirror: White Christmas en el espectador, lo que sí parece claro es que estamos ante un episodio especial que no solo mantiene el nivel creativo, dramático y crítico de toda la serie, sino que confirma a esta producción como uno de esos productos de culto capaces de mover la maquinaria necesaria para producir un único ejemplar. Guste o no, las reflexiones que promueve en el espectador la distancian notablemente de otras series de ciencia ficción planteadas como una evasión de la realidad, y la elevan a una categoría diferente. La pregunta que empieza a sobrevolar todos los episodios es: ¿será posible que el hombre alcance este grado de integración tecnológica? Y lo más importante, ¿seremos capaces de controlarla? Esperemos que la respuesta se encuentre en unos próximos capítulos tan espléndidos como estos.

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‘El mensajero’: todo por mi hijo… y por los actores


Barry Pepper, Susan Sarandon y Dwayne Johnson protagonizan 'El mensajero', de Ric Roman Waugh.En España somos muy dados a criticar de forma casi despectiva todo lo que producimos, o casi todo. El cine ha sufrido durante años, y no sin cierta razón, una serie de críticas negativas agrupadas bajo el paraguas de que todo lo que hacemos trata siempre los mismos temas y tiene una calidad bastante pobre. Para aquellos que tal vez no lo sepan, eso ocurre en todos los rincones del mundo, incluido Estados Unidos. Prueba de ello es este thriller con ciertas dosis de acción que protagoniza Dwayne Johnson (El rey Escorpión), una historia tan plana como su actor principal y que ha llegado a donde ha llegado gracias al reparto que tiene, nada más (y nada menos).

Basada en la historia real de un padre coraje, la trama es excesivamente televisiva, con unos giros dramáticos que no solo son previsibles, sino que aportan poco al desarrollo de los acontecimientos, los cuales parecen anunciar con luces de neón e indicadores gráficos cuál va a ser el final. A esa imagen de mediocridad contribuye sin lugar a dudas la labor de Ric Roman Waugh (Felon), director especializado en tramas menores de intriga y acción cuya planificación, salvo casos contados, deja bastante poco a la imaginación formal. Visto de otro modo, todos los elementos se confabulan para ofrecer al espectador un telefilm venido a más cuyo interés radica, aunque sea de forma secundaria, en sus actores y ese conato de crítica social que se asoma en algunos momentos.

Una crítica social que centra su mirada en los desequilibrios del sistema legal de Estados Unidos, donde un joven en primera condena que trafica con drogas tiene una pena de cárcel mayor que un violador o un pederasta. Cosas de la justicia. Y aunque a lo largo del metraje (unos excesivos 112 minutos) el mensaje intenta salir a flote, la indeterminación del guión por optar por un género concreto lo sepulta hasta el texto final que desvela por completo sus intenciones. En cualquier caso, siempre quedan las secuencias de acción, de lo mejor del film, y los actores, sobre todo una Susan Sarandon (Pena de muerte) cínica en su labor de fiscal, y un Barry Pepper (La milla verde) que aporta mucho a pesar de su barba de chivo más que el propio Johnson, un intérprete cuya mayor virtud reside en su físico, y que en esta ocasión se muestra claramente irregular.

Y a pesar de todo entretiene, sobre todo a medida que la intriga relacionada con el cártel de drogas gana presencia. El problema, o mejor dicho algunos de los múltiples problemas, es que dicha intriga, meollo de la película en sí mismo, se toma su tiempo, puede que demasiado. Junto a la previsibilidad de la historia convierte a El mensajero en la típica cinta de sobremesa que distrae durante casi dos horas, pero que se olvida tan pronto como empiezan sus títulos de crédito. Lo que hace un buen plantel de actores. Si no fuera por ellos, a duras penas hubiera sido editada en DVD directamente.

Nota: 5/10

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