‘Silencio’: una lenta tortura, y no solo para los sacerdotes apóstatas


Adam Driver y Andrew Garfield protagonizan 'Silencio'.Defender el trabajo de un director como Martin Scorsese (Infiltrados) es harto sencillo. Tanto que uno puede caer en la tentación de atacar su obra simple y llanamente por ofrecer algo diferente al resto. Lo difícil es saber apreciar los aspectos positivos y negativos de una película suya y saber cuáles pesan más. Su última propuesta tiene mucho de ambos, pero la sensación final es que tienen más relevancia los elementos negativos que los positivos, y eso es algo raro, muy raro, en este maestro del séptimo arte.

Lo más interesante de Silencio es, sin duda, el tema que aborda. La tortura y la violencia física y psicológica a la que se enfrentaron los sacerdotes jesuitas que trataron de implantar de forma sólida el cristianismo en Japón en el siglo XVII es algo que no solo planea sobre toda la trama, sino que adquiere una dureza inusitada durante varios momentos del metraje, evidenciando de paso una imaginación poco convencional de los dirigentes del país asiático en este ámbito. Bajo este prisma, la obra de Scorsese es un relato sin ningún tipo de paños calientes, capaz de poner ante la mirada del espectador situaciones de auténtico horror acompañadas de una fotografía tan bella como aterradora.

A todo ello se suma, además, la reflexión sobre la implantación de esta religión occidental en Japón, y cómo su población afronta esta nueva creencia desde un punto de vista cuanto menos particular, desvirtuando muchos de sus preceptos para adaptarlos a su propia forma de ser, de vivir o de pensar. Una idea que no solo se explica con el personaje de Liam Neeson (En tercera persona), sacerdote apóstata que explica el modo en que es entendida la religión en aquel país. A lo largo del metraje hay varios momentos que ponen de manifiesto la visión de la sociedad sobre el cristianismo, los más evidentes los protagonizados por el personaje de Yôsuke Kubozuka (Tokyo Tribe).

Los problemas de Silencio, y no son menores, son su ritmo y su duración. Scorsese adopta, tal vez demasiado, el estilo narrativo del cine asiático clásico para regodearse en la espléndida fotografía y en los incomparables paisajes, generando una narrativa contemplativa, más interesada en algunos momentos en la forma que en el fondo. Por otro lado, el guión adolece de una longitud excesivamente larga para lo que se quiere narrar, ahondando demasiado en el primer contacto de los protagonistas con Japón y reincidiendo en las dudas existenciales del personaje de Andrew Garfield (Nunca me abandones) durante su cautiverio, alargando la tortura (al personaje y al espectador) sin demasiado sentido. El resultado es una película bella, poderosa y con un mensaje sumamente interesante que se pierde en un ritmo lento y en un metraje al que le sobran muchos minutos.

Nota: 6,5/10

‘Vikingos’ se apoya en la religión para engrandecer su trama en la 2ª T


George Blagden y Travis Fimmel escenifican el choque de creencias en la segunda temporada de 'Vikingos'.He de confesar que la segunda temporada de Vikingos me ha dejado, desde un punto de vista puramente personal, una sensación extraña. Por un lado, la mejor noticia de estos 10 episodios es que van a tener más desarrollo en otra temporada. Por otro, existe un cierto desánimo al comprender que habrá que esperar varios meses hasta que eso ocurra. Porque si la primera temporada era un ejercicio notable de dramatización histórica, esta nueva entrega se erige más como un trabajo de intriga y suspense, de traiciones e intereses enfrentados, brillante e imprescindible, capaz de jugar con el espectador incluso cuando le da las pistas suficientes para que intuya el lugar y las verdaderas intenciones de cada personaje. Todo gracias a un trabajo, fundamentalmente, de desarrollo dramático de los roles principales.

Algo en lo que, lógicamente, tiene mucho que ver el creador de la serie, Michael Hirst (serie Los Tudor), cuyo amor por contar la Historia de forma creíble y alejada de subjetivismos no hace sino acrecentar el valor de una producción como ésta. Eso no quiere decir que no se distingan entre héroes y villanos, claro está, pero es su forma de tratar los conflictos lo que le lleva a distinguirse de productos que, en cierto modo, son mucho más lineales en ese sentido. Esta nueva temporada, que continúa con el ascenso de Ragnar Lothbrok (de nuevo un magistral Travis Fimmel) y su deseo por atacar Inglaterra, ofrece al espectador una visión mucho más compleja del conflicto entre vikingos e ingleses, y lo hace a través de algo tan sencillo y universal como la religión, utilizando para ello a tres personajes fundamentales: el propio Ragnar, el monje interpretado por George Blagden (Los miserables) y el rey Ecbert de Wessex, al que da vida Linus Roache (Non-Stop).

Gracias a ellos, Vikingos se convierte en algo más que un estudio sobre la cultura y costumbres nórdicas para derivar en una reflexión sobre las creencias, los dioses a los que adora cada cultura y, sobre todo, la ignorancia e intolerancia de aquellos hombres que no ven más allá de lo que su mitología les cuenta. Teniendo esto en cuenta, esta segunda temporada logra engrandecer la figura del protagonista al convertirle en un individuo de una inteligencia fuera de lo común. Inteligencia que va más allá del campo de batalla o de las intrigas palaciegas. Como ya se apreció en la primera parte, el personaje de Fimmel, a quien se le ha podido ver en The experiment (2010), es un hombre curioso, inquieto, cuyo único objetivo es lograr unas condiciones de vida mejores. Su constante apuesta por el diálogo y el acuerdo contrastan notablemente con la idea que siempre se ha tenido de la cultura vikinga, más si tenemos en cuenta que los secundarios principales tienen tendencia a usar la violencia antes que la cabeza.

Empero, la genialidad de Hirst no reside tanto en esto como en el hecho de establecer una comparación bastante curiosa de las dos culturas. Vikingos y cristianos se definen como grupos sociales fanáticos e incapaces de ver más allá de lo que sus creencias les dictan. Lejos de poseer rasgos diferenciadores, ambas culturas se muestran muy similares, capaces de las mayores atrocidades en nombre de unos dioses que uno y otro bando tachan de falsos. No hay más que tomar dos de los acontecimientos más violentos y salvajes de la temporada para comprender que las diferencias entre ambos mundos no son tantas. Me refiero, claro está, a la crucifixión y al águila de sangre, dos métodos de tortura que, cada uno en su estilo, denotan un gusto por la sangre y la violencia igual de bárbaro para aquellos a los que se considera traidores. Pero como uno se puede imaginar, son muchas más las conexiones entre ambos mundos, entre ellas las similitudes entre los personajes de Roache y Fimmel (un futuro enfrentamiento entre ambos será algo digno de analizar) y, sobre todo, el personaje de Blagden, verdadero nexo de unión de ambos mundos y cuyo debate espiritual es síntoma más que evidente de las similitudes entre todas las religiones.

Intriga perfecta

Pero dejando a un lado tratamientos y personajes históricos que se dan cita en esta nueva temporada, lo más llamativo de Vikingos es su desarrollo dramático, un ejemplo de suspense formal que debería ser estudiado varias veces antes de escribir una sola palabra de un thriller, sea el que sea. Y no porque la trama sea capaz de ocultar sus verdaderas intenciones al espectador; ni siquiera porque tenga un giro de última hora en su tercio final. Suele decirse que la magia consiste desviar la atención hacia una mano para, con la otra, hacer el truco. Bueno, pues Hirst podría ser calificado de mago. Prácticamente desde su primer episodio la serie presenta a un héroe atacado, preso de sus pactos de lealtad y asediado por traiciones de los que antaño fueron sus aliados, entre ellos un Floki que vuelve a erigirse como uno de los pilares de la producción gracias al trabajo del actor Gustaf Skarsgård (Kon-Tiki).

Comenzando por su hermano, al que vuelve a dar vida de forma imponente Clive Standen (Namastey London), y terminando por su primera esposa, una imprescindible Katheryn Winnick (Tipos legales), el mundo que rodea a Ragnar se derrumba de forma progresiva a medida que avanza la trama. Apenas existen momentos de satisfacción personal para el personaje, lo que por cierto acentúa el carácter dramático y derrotista de su viaje. Los guionistas aprovechan estos acontecimientos iniciales para generar la idea de incertidumbre, de vulnerabilidad en el héroe y, sobre todo, para hacer olvidar su inteligencia. Y de hecho lo logran a tenor del resultado final, que si bien no es una sorpresa mayúscula, si es un tanto inesperado. Estos primero momentos sirven, como digo, para introducir una serie de detalles de la trama que la reconducen por donde los creadores pretenden, y que pasan fundamentalmente por mostrar únicamente las intenciones del personaje de Donal Logue (serie Copper), situando al protagonista como epicentro de las intrigas. Esto puede provocar, como de hecho ocurre, que algunos hechos de la trama no encuentren una explicación lógica, y este es uno de los pocos reproches que se le puede hacer a la serie. Si es que es un reproche, claro.

Este desarrollo de la trama principal, además, cuenta con el apoyo de las numerosas tramas secundarias, cuyo objetivo no es otro que consolidar la idea de que los conflictos alrededor del personaje de Fimmel se multiplican de forma exponencial. La traición de su hermano, el divorcio de su primera mujer, la guerra en Inglaterra, la traición de sus amigos, el incremento de su familia o los ataques a su pueblo crean un marco perfecto para el drama en el que se ve sumido el personaje. Curiosamente, en medio de la temporada este drama pasa a ser una ficción absoluta, y Hirst deja las pistas suficientes al espectador para que este ate los cabos necesarios. La genialidad de su desarrollo reside, no obstante, en que a pesar de esas pistas, a pesar de que puede llegar a intuirse el juego de poder que se establece entre los personajes, el clímax del episodio final funciona a la perfección. Puede que incluso mejor. Un clímax que puede verse varias veces de forma sucesiva sin llegar a resultar obvio, lo que da una idea de la magnitud de lo construido a lo largo de la temporada. Pocas veces un desenlace ha sido tan planificado a lo largo de los episodios previos.

Se puede decir, por tanto, que esta segunda temporada de Vikingos es notablemente mejor que su predecesora desde todos los puntos de vista, sobre todo del dramático. La apuesta por centrar la atención en la religión y el tratamiento que se hace del suspense otorgan una mayor entidad a la serie, que más allá de combates espectaculares y unos actores en estado de gracia, ofrece un trasfondo social y político muy interesante. La única nota discordante no pertenece al contenido de la serie, sino a su formato. Al igual que ocurre con Juego de Tronos, una producción de estas características, con un nivel artístico, narrativo y formal que roza la perfección, no puede tener temporadas tan cortas y con un desarrollo tan acentuado, pues la espera hasta la siguiente tanda de episodios puede hacerse tan eterna como los banquetes del Valhalla.

‘Ben-Hur’, conflicto entre pueblos en un guión de manual


Un momento de la famosa carrera de cuadrigas de 'Ben-Hur', dirigida por William Wyler.La celebración de la Pascua en medio mundo ha servido para que, al menos en España, se mantenga la tradición de emitir en televisión producciones de diversa calidad relacionadas con la religión, la vida de Jesucristo y la época romana. A estas alturas no seré yo quien descubra que uno de los máximos exponentes de este tipo de cine es Ben-Hur, épica obra de 1959 ganadora de 11 Oscars que, basada en la novela de Lew Wallace, aborda la época en la que Jesús nació a través de la odisea que sufre el príncipe judío que da nombre al título. Abordar un comentario completo sobre una película de semejantes características requeriría más espacio del que aquí existe (al menos en un único texto), por lo que trataremos de apuntar algunos de sus rasgos más distintivos.

Narrativamente hablando, el film dirigido por William Wyler (Vacaciones en Roma) ofrece uno de los más curiosos análisis que se puedan dar. A pesar de la duración de más de tres horas y media, las peripecias del personaje interpretado espléndidamente por Charlton Heston (El último hombre… vivo) no llegan a decaer en ritmo en ningún momento, principalmente gracias a un arco dramático que pasa por prácticamente todas las fases posibles. La teoría del conflicto en un guión establece que cada acto, cada secuencia, debe contener una constante lucha entre las dos partes implicadas, generando picos que oscilan entre lo bueno y lo malo, la victoria o la derrota.

En cierto modo, Ben-Hur sigue a pies juntillas dicha teoría. La trama comienza positivamente para derivar rápidamente en una espiral dramática en la que el protagonista es llevado al límite para, posteriormente, volver a un estado de gracia que es corrompido por un nuevo golpe psicológico. Una forma física y muy visual de situar a un personaje frente a conflictos que debe superar y que definen por necesidad su propia personalidad. Empero, no hay que olvidar la época en la que se enmarca la obra, que más allá de creencias religiosas o concesiones al cristianismo está marcada por el conflicto entre Roma y los habitantes de los lugares conquistados, en este caso Judea.

La forma en que la película aborda estos acontecimientos es uno de los elementos que la definen y elevan por encima de las demás. Ben-Hur queda representado, por tanto, no solo como un superviviente capaz de enfrentarse a los retos más crueles que le depara el destino, sino también por su forma de afrontar el hecho de ser judío en un mundo romano. Este último aspecto, evidentemente, tiene su máxima expresión en la amistad/enemistad con Messala, un Stephen Boyd (La caída del Imperio Romano) que logra algo realmente complicado: dar vida a un personaje odioso hasta sus últimas consecuencias. Es la máxima expresión de esta idea, sí, pero no es la única. Su periplo está marcado en todo momento por esa idea de confrontación entre pueblos: las galeras romanas, la adopción romana. Incluso esa conclusión con Jesucristo portando la cruz y siendo crucificado puede entenderse dentro de este marco.

Una enemistad en la distancia

Por supuesto, si hay que personificar dicho conflicto el hombre a escoger es, como decimos, Messala. Como no podía ser de otro modo, el guión de Ben-Hur, además del desarrollo dramático que ya hemos abordado, se sustenta en una definición de personajes excepcional. Y si la del protagonista se fortalece con lo acontecimientos que vive, la del antagonista crece en las sombras, o mejor dicho en el olvido. Gracias a la labor de Boyd, el villano de la función permanece en el recuerdo a pesar de que su presencia en pantalla se limita casi al inicio y al final. Y lo logra porque su forma de actuar al inicio es tan despiadada y cargada de odio que marca el devenir del resto de la trama.

Aunque pueda parecer de una lógica aplastante, hay que señalar que su rol es tan impactante gracias al cambio de postura que sufre en pocos minutos, pasando de la amistad a la enemistad, del apoyo a un amigo a la defensa de unos intereses personales disfrazados con la gloria del Imperio Romano. Esta transformación tan radical, definida en el propio film como la “corrupción de Roma” obliga al arco dramático a plantear un final ineludible que solvente la disputa. Y el final es esa joya del cine de aventuras y de acción conocida como la carrera de cuadrigas.

Si bien es cierto que la trama lo disfraza con la imposibilidad de Ben-Hur de matar con sus propias manos, desde un punto de vista narrativo una enemistad como esta, fraguada en pocos minutos y con unas consecuencias tan contundentes, requería de algo más que un duelo de espadas. Sobre todo debido a esa idea de amistad tornada en enemistad (u odio, según se mire). Se entiende que el clímax, por su propia definición, debe ser mucho mayor que el conflicto que origina toda la historia, y eso se logra con dicha carrera, que por cierto debería ser modelo para cualquier director que quiera rodar secuencias de este tipo, por mucho que los cánones y las tendencias modernas tiendan a cambiar.

Evidentemente, son muchos y muy variados los elementos que convierten a Ben-Hur en la obra maestra que es. Vestuario, Banda sonora, fotografía, diálogos, … todo en ella encaja como las piezas de una maquinaria perfecta que lleva al espectador en una montaña rusa cuyo final religioso es, en cierto modo, lo de menos. La base de todo, empero, es un guión que sigue las pautas formales y las teorías dramáticas paso a paso. Irónicamente, de todos los premios que consiguió no logró el de Mejor Guión Adaptado, premio que se llevó el drama Un lugar en la cumbre.

‘Hora cero’, personajes adimensionales en una serie circunstancial


Los protagonistas de 'Hora cero' se enfrentan al secreto de sus vidas.Si en el momento del estreno de una serie de televisión solo se emiten sus tres primeros episodios por falta de interés del público, algo extraño pasa. Desde luego, nada tiene que ver con lo extraño de su argumento, aunque sin duda influye en la percepción final del conjunto. Por eso había cierto interés en comprobar qué era lo que había ocurrido con Hora cero, nueva serie creada por Paul Scheuring, autor de Prison break, y de la que ahora mismo se están terminando de emitir sus últimos capítulos en Estados Unidos. Visto el conjunto, no es de extrañar la reacción de rechazo provocada. El producto no tiene, en líneas generales, ningún aliciente para enganchar al espectador. Su historia se centra demasiado en lo circunstancial para ocultar su verdadera naturaleza, pero es que además los personajes involucrados son extremadamente planos, simples y muy poco definidos.

De hecho, es este elemento el que más juega en contra de la serie a lo largo de sus 13 episodios. Cada uno de los protagonistas es tan arquetípico, tan tópico, que situarlos a todos ellos en medio de una conspiración religioso científica como la que centra la trama es poco menos que tarea divina. Y para muestra un botón. Pocos argumentos son tan aptos para los giros argumentales como este, y sin embargo las reacciones de los personajes a los descubrimientos que realizan son, por así decirlo, frías y distantes. Poco importa que de buenas a primeras el protagonista sea el centro de atención de dos grupos religiosos o que se convierta en la llave para encontrar una reliquia cristiana. Todo vale, y lo que es más importante, todo pasa como si fuese algo natural. Pocas cosas hay más dañinas en un guión que eso.

Para aquellos que no hayan tenido acceso a la serie, esta se centra en el editor de una revista que se dedica a desmontar creencias religiosas y mitológicas a través de pruebas científicas. Su vida da un giro de 180º cuando su esposa es raptada después de adquirir un reloj en un mercadillo. Dicho reloj desencadena una serie de acontecimientos que le llevan a descubrir otros relojes en los que está escondida la ubicación de una reliquia cristina. Durante su viaje descubrirá importantes secretos de su pasado y del de su esposa hasta llegar a comprender que en sus manos está la salvación de la Humanidad. Visto así, el argumento parece prometer una serie de elementos fundamentales como secretos, revelaciones sorprendentes e intrigas religiosas. En cierto modo es así, pero lo hace de un modo tan escueto que llega a resultar cansino.

El principal problema de la serie, al menos a nivel narrativo, es que nunca, ni siquiera en sus últimos instantes, se decide por una línea argumental concreta. La consecuencia más directa de este problema es la dilatación en el tiempo de conflictos que deberían quedar resueltos en un episodio, tal vez en dos. Por ejemplo, la búsqueda de los mencionados relojes, que no deja de ser una pieza del puzzle, se desarrolla a lo largo del primer tercio del producto, mientras que las revelaciones más importantes y relevantes acerca de los personajes principales se dejan para los últimos episodios a pesar de que la información se desvela poco a poco desde el segundo o tercer programa, generando una expectación intermitente al no ser mantenida en cada uno de los capítulos.

Da la sensación de que Scheuring no llega a decidirse nunca por entrar de lleno en la trama, aferrándose con pasión a acontecimientos secundarios de una historia que podría haber dado mucho más de sí, sobre todo si se atiende a algunos destellos originales relacionados todos ellos con la clonación, idea que prácticamente solo aparece al comienzo y al final de esta primera y única temporada. En cierto modo, le ocurre algo similar a lo que le pasó en la ya mencionada Prison break: la premisa inicial de la historia es interesante, pero el desarrollo no puede ir más allá de esa idea. La fortuna del thriller carcelario fue que contó con unos personajes muy fuertes dramáticamente hablando, aunque con todo y con eso perdió buena parte de su fuerza a partir de la segunda temporada. Lo malo de Hora cero es que ni siquiera puede presumir de personajes.

Actores sobrepasados

Valorar la labor de los actores se me antoja extremadamente difícil. No creo tener el derecho de denostar el trabajo de una serie de intérpretes que han hecho lo que han podido con unos roles adimensionales. Sin embargo, eso no les impedía aportar algo más a lo poco que había en el papel, algo que hubiese ofrecido más entidad a la incredulidad que generan sus papeles en las situaciones que se ven obligados a vivir. Desde su protagonista, un Anthony Edwards (serie Urgencias) cuyo rostro no termina por modificar sus expresiones ante la sorpresa o el dolor que sufre su personaje (a lo mejor es que ni siente ni padece), hasta secundarios como Jacinta Barrett (Poseidón), que hace lo que puede con un dilema moral mal extendido y entendido a lo largo de sus episodios, ninguno de los actores parece sentirse cómodo con su personaje.

En cierto modo, todos han sido sobrepasados por sus respectivos roles, pero en el mal sentido. Hay ocasiones en las que un personaje es tan sólido que un actor simplemente tiene que poner el rostro. En otras, empero, debe poner todo lo que puede para no dejarse arrastrar por la mediocridad de la definición en el guión. Este es el caso, y salvo el villano interpretado por Michael Nyqvist, el protagonista de la saga Millennium, ninguno de ellos es capaz de sobreponerse a la inmensidad de la plana dimensión de los personajes. Y esto ocurre con los personajes principales. No digamos ya con unos secundarios tan arquetípicos que podrían saltar a otra serie y otro contexto y pasar desapercibidos. Como decimos, el único que logra una cierta dignidad es Nyqvist, y tampoco es que pueda hacer mucho con un villano que comienza con cierta fuerza para desinflarse como un globo mal sellado.

A primera vista, la poca calidad de los personajes termina por provocar el tedio en el espectador, que asiste atónito a la impasibilidad de los protagonistas ante los fenómenos religiosos e inexplicables que se suceden. Unos fenómenos, por cierto, que según se da a entender al final de la esta temporada centrarían cada una de las ya inexistentes futuras temporadas. Ya lo hemos mencionado antes y lo volvemos a hacer. La idea en sí no es mala, tiene su público objetivo, pero la forma de realizar el tratamiento dramático ha sido errónea. La necesidad de pasar por los acontecimientos secundarios que acompañan la trama principal provoca la sensación de que no se quiere afrontar las dificultades que esta puede provocar, lo que obliga a pensar al final que tal vez esa idea básica no tenía la fuerza necesaria para crecer en un tratamiento posterior, algo que es más habitual de lo que cabría esperar.

Se puede considerar que Hora cero ha sido un experimento fallido, una idea que está bastante relacionada con su trama, por cierto. Y lo ha sido, al menos analizado a posteriori, por una falta de argumentos a la hora de desarrollar el conflicto principal, esa lucha religiosa que debería encontrar en esos 13 episodios el combate final tras siglos y siglos de confrontación. Lo que se narra, sin embargo, es la historia de un pobre hombre (y no debería ser así) que tan solo busca la historia de su vida… es decir, a su mujer secuestrada… quiero decir, conocer cuáles son sus verdaderos orígenes… Como decimos, ese es el auténtico problema. Las tramas secundarias son tan variadas y adquieren un protagonismo alterno tan remarcado que la serie se pierde en conceptos que, en otra situación, solo aportan solidez a un esqueleto que debería estar bien formado.

‘Elefante blanco’: diferencias religiosas de los curas obreros


El cine ha tratado en muchas ocasiones esa diferencia tan abismal que existe entre la cúpula eclesiástica y los párrocos de barrios marginales acerca de lo que debería ser el cristianismo. La nueva película de Ricardo Darín (Nueve reinas) ofrece una nueva visión sobre este tema, en esta ocasión con el tema de las drogas y la lucha de un pequeño grupo de curas que intentan por todos los medios sacar a los jóvenes de ese peligroso mundo.

Sin duda, lo que más llama la atención del film escrito y dirigido con mano firme por Pablo Trapero (Nacido y criado) es la complejidad de unos personajes marcados por las dudas en su propia religión, por las dificultades burocráticas y por un entorno difícil donde la muerte, la violencia y los disturbios están a la orden del día. Si bien la historia puede resultar conocida (cambiando escenarios, problemáticas y personajes, es idéntica a muchas otras producciones de carácter social), ésta se enriquece gracias a la labor de los actores, que engrandecen unos personajes ya de por sí muy interesantes.

Aunque Darín siempre es un seguro interpretativo (este no es, con todo, su mejor trabajo), es Jérémie Renier (El pacto de los lobos) el que muestra una mayor implicación en su personaje, de lejos el más interesante de todos. Obsesionado con la culpa por no haber salvado a unas personas de una matanza, sus actos evidencian un intento por subsanar ese sentimiento, poniendo en peligro no solo su vida, sino la de los que le rodean, y viéndose inmerso en varias trifurcas por actuar en varias ocasiones guiado únicamente por sus emociones.

Todo ello queda narrado de forma realmente extraordinaria por Trapero, que opta por el silencio y los largos planos secuencia para narrar de la forma más íntima posible esta historia de sentimientos, dudas y culpas. En la memoria queda esa especie de introducción donde todo se explica con la mirada y la composición de los planos, o un par de planos en los que la cámara sigue a los personajes a través de las callejuelas de la barriada, logrando convertir en poesía narrativa algo tan brutal como un asalto de las fuerzas armadas.

No es que sea una gran película, pero sí merece especial atención por el contenido social de la misma. Empero, el final termina resultando algo forzado, tal vez por la necesidad de hacer relevante a uno de los personajes más allá de su labor en la zona. Empaña un poco el resto del relato y la labor del director a lo largo del mismo, aunque no impide disfrutar del resto del metraje.

Nota: 6,5/10

Diccineario

Cine y palabras

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