‘Memorias de un zombie adolescente’: la autoparodia del nuevo cine adolescente


Nicholas Hoult y Teresa Palmer, zombi y humana en 'Memorias de un zombie adolescente', de Jonathan Levine.Es una época oscura para los monstruos cinematográficos. Y no me refiero precisamente a un giro argumental más terrorífico en sus tramas. Todo lo contrario. La necesidad de acercar estas criaturas al público adolescente actual, marcado para siempre por Crepúsculo y sus secuelas, está perpetrando historias tan absurdas como insoportables. Si en los años 60 y 70 del siglo pasado todo giraba en torno a la sangre y el sexo, ahora lo hace en torno al amor, la fuerza de los sentimientos y la necesidad de contacto de unos personajes marcados por una soledad que solo comprende el público al que van dirigidas estas películas. La nueva película de Jonathan Levine (The wackness) sigue estos pasos casi al pié de la letra, y a pesar de todo logra distanciarse algo de sus antecesores.

Desde luego, si tuviésemos que fiarnos de preguntas objetivas el film sería un fiasco total. ¿La historia está bien desarrollada? No. ¿El apartado técnico es sobresaliente? Desde luego que no. ¿Los actores aportan algo a sus personajes? En líneas generales, no. Memorias de un zombie adolescente posee todas las carencias que caracterizan a esta especie de subgénero adolescente del siglo XXI. La trama es previsible, por momentos excesivamente empalagosa, y es capaz de dinamitar todas las bases que han definido a los zombis durante décadas, convirtiéndolos en unos seres faltos de contacto cuya necesidad de comer cerebros se equipara a una drogadicción provocada por una falta de recuerdos que se quiere eliminar (en lo que es el único punto original de su argumento). Más allá de los zombis, que en algunos momentos dan verdadera risa, lo más curioso son las criaturas llamadas huesudos, una suerte de esqueletos andantes cuya animación digital les ha condenado para siempre a correr dando saltitos y a utilizar movimientos que resultan un poco antinaturales incluso en un film de semejantes características.

Sí, es una película de una calidad baja. Y sin embargo, tiene algo único. Tomando como referencia la propia trama, es como si su muerto corazón latiese de nuevo de vez en cuando. Lo bueno de esta obra es su deliberado punto de vista autoparódico. El uso relativamente cómico de la voz del narrador, unido a algunas situaciones y a la labor de los actores, quienes saben en todo momento qué tipo de film está realizando y dónde están los límites, hacen que la obra de Levine nunca se tome en serio a sí misma, lo que le aporta un tono fresco y ciertamente divertido a todas las caras de este relato. Eso, o que uno debe acudir a la sala de cine sabiendo lo que va a ver. Sea como sea, es algo que no existe, por ejemplo, en la obra romántica de vampiros y hombres lobo.

Y es de agradecer. Tanto que hace tolerables sus poco más de 90 minutos y permite salir de la sala con la sensación de, al menos, no haber malgastado algo de tiempo de esa tarde. Si a eso unimos una banda sonora realmente interesante (de lo mejor de la película, sin duda), los espectadores más adultos podrán encontrar algunos resquicios de los que disfrutar entre tanto romanticismo hormonal. Con todo y con eso, que nadie se engañe, Memorias de un zombie adolescente es lo que es, una mala película desde la base de un guión plagado de clichés y sin giros argumentales sorprendentes.

Nota: 4,5/10

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‘Crepúsculo’, el inicio del amor adolescente y el final del vampiro


Kristen Stewart y Robert Pattinson en 'Crepúsculo'.El personaje del vampiro es y ha sido siempre un icono del romanticismo, desde que Bram Stoker escribiera Drácula. Por supuesto, a lo largo de las décadas ha evolucionado, eliminando algunos estereotipos y perdiendo, en determinadas ocasiones, ese carácter romántico y maldito. Pero de todas las aproximaciones a este icono de la cultura puede que la más extraña sea la de Stephenie Meyer, autora de la saga Crepúsculo en cuyo primer volumen se basa, precisamente, Crepúsculo (2008). Si por algo será recordada la película es por iniciar una moda de cine juvenil que ofrece no solo unos estereotipos algo anticuados sobre las relaciones amorosas y sexuales, sino por destruir por completo la imagen de las criaturas fantásticas que han poblado la imaginación del ser humano desde joven.

En el caso de esta película, los vampiros dejan de ser esas criaturas temibles y a la vez fascinantes para convertirse en una especie de familia que evita por todos los medios destacar sobre el resto. Hasta que la protagonista se fija y se obsesiona con uno de ellos. Es entonces cuando el espectador/lector descubre que, si bien es cierto que se alimentan de sangre, no poseen colmillos, y tienen una fuerza y una velocidad sobrehumanas, amén de una piel que brilla como el diamante cuando se expone al sol (de ahí que lo eviten, si es que tiene eso algún sentido). El film, en sí mismo, no deja de ser una historia de amor imposible en la que las diferencias quedan apartadas por un sentimiento que finalmente rompe todas las barreras posibles.

Similar en el fondo a lo que ocurre en Hermosas criaturas, esta primera entrega dirigida con excesiva parsimonia por Catherine Hardwicke (Los amos de Dogtown) peca de numerosos errores en guión, dirección y, sobre todo, reparto. Si bien la historia en general es aceptable, pues toma no pocos elementos de otras tramas anteriores, el hecho de que el concepto que prime por encima de todo sea el amor incondicional termina por desmembrar cualquier atisbo de coherencia. A lo largo del relato no existen verdaderos conflictos más allá de las amenazas externas que parecen perseguir a la protagonista. En ningún momento existen dudas personales o verdaderos cambios de orientación en la línea argumental, creando un relato plano, por momentos aburrido en su reiteración de los problemas amorosos de dos jóvenes.

Pero a esto se suma, por desgracia, la débil visión de la directora, cuya puesta en imágenes, con un montaje excesivamente encorsetado y una estética visual tan gris como su planificación, pone el foco en los fallos y oculta los pocos aciertos que tiene el film. Claro que el principal problema es que esos fallos residen en la elección del elenco principal, Kristen Stewart (Jumper) y Robert Pattinson (Little ashes). La primera todavía tiene que demostrar al gran público, y no solo a los fans, que es actriz, pues su inexpresividad alcanza cotas pocas veces vistas en una pantalla de cine; el segundo, simplemente, resulta sobreactuado en su papel de galán atormentado, algo sin duda provocado por la falta de trabajo por parte de Hardwicke.

Un mensaje ultraconservador

Aunque lo más llamativo del film es el subtexto que emana de todos y cada uno de los diálogos. No es ningún misterio que Meyer, autora de todo este mundo, es mormona, lo que se traduce en un conservadurismo y puritanismo extremo. Trasladado al mundo vampírico de Crepúsculo obtenemos a unos seres irracionales cuya sed de sangre ante un ser humano que les atrae pocas o ninguna vez puede ser controlada… salvo si hay amor de por medio. Son, por así decirlo, unos seres atractivos por su belleza pero que esconden una bestia en su interior capaz de acabar con la vida. Y qué curioso que sea el protagonista masculino el que cargue sobre sus espaldas con este rol.

Por contra, la joven protagonista se muestra sumisa y, lo más preocupante, deseosa de adentrarse en ese mundo tan intrigante como peligroso. Es él el que lleva la batuta en la relación, marcando los tiempos de todos los aspectos, incluso de la relación sexual, reservada hasta después del matrimonio por miedo a no poder controlar su propia fuerza. Unos conceptos, en fin, que sitúan a la mujer varios años por detrás del hombre y desdibujan a una criatura como el vampiro que queda relegada, en esta ocasión, a mero espejo de lo que se considera al hombre y el peligro que representa para la mujer.

Crepúsculo posee demasiados elementos en su contra como para ser considerada una buena película. Esto no implica, por supuesto, que no atraiga a una legión de seguidores. Sin embargo, el trabajo técnico y artístico es flojo, principalmente por una falta de liderazgo lo suficientemente sólido como para saber que una novela no puede ser llevada de forma literal a una pantalla de cine. Al menos, la mayor parte de las veces. El texto audiovisual es muy diferente al literario, y mientras que en una novela se hacen determinadas concesiones, una película no puede dar vueltas siempre sobre un mismo concepto sin avanzar a través de la resolución de verdaderos conflictos.

El mito de ‘Nosferatu’, el primer vampiro, celebra su 90 aniversario


Desde que en 1897 Bram Stoker publicara su novela Drácula, diferentes directores y actores han abordado la figura del vampiro, algunas veces siguiendo ese esquema de personaje trágico, maldito y aterrador, otras en clave cómica, y muchas otras incidiendo en el aspecto del horror. Este año llega a las pantallas la conclusión de una de las sagas más famosas sobre el mundo de los vampiros de los últimos tiempos. Hablamos, claro está, de Crepúsculo, de la que ha aparecido ya el primer avance de la última entrega. Casualidad o destino, 2012 es también el 90 aniversario del primer vampiro de la historia del cine, que llegó desde Alemania en una adaptación no oficial del libro epístolar de Stoker de la mano de F. W. Murnau y bajo el título de Nosferatu el vampiro.

Enmarcado dentro del movimiento expresionista alemán, del que Murnau fue, junto a Fritz Lang, uno de sus máximos exponentes, Nosferatu supuso toda una revolución en su momento, e incluso hoy día su influencia se deja ver en muchos films “serios” sobre este tema. Gracias a técnicas innovadoras, Murnau otorgó al conjunto un aire fantasmagórico, tétrico e inhumano cuya máxima expresión fue su vampiro protagonista interpretado por Max Schreck, un actor que apenas había trabajado antes de esta película. Tal vez fuera por eso, y por el impactante y convincente maquillaje con el que siempre se presentaba en el rodaje, que muchos miembros extendieron la leyenda de que era un vampiro real. Su palidez, su vestuario siempre negro y de otra época, y unos rasgos físicos muy característicos (orejas puntiagudas, garras en lugar de manos y unos ojos casi blancos en unas cuencas negras) convirtieron a este personaje en un mito del cine.

Pero la película no se convirtió en un referente del expresionismo solo por su actor. Aunque fundamental, es simplemente una pieza más. Antes mencionábamos el uso de las técnicas. Es conocido que este movimiento cinematográfico que surgió en los años 20 del siglo pasado perfeccionó el uso de sombras y trucajes visuales. Uno de los más llamativos fue, precisamente, el que Murnau utilizó para mostrar el mundo casi irreal en el que se encuentra el castillo del vampiro: en lugar de positivar la película, mantuvo el negativo, por lo que los colores en blanco y negro cambiaron, otorgando al bosque y el carruaje que aparecen un aspecto ciertamente fantasmagórico. Famoso es también el plano de la sombra moviéndose por la pared y alargando sus ya de por sí largas garras hacia el cuerpo de la protagonista, algo muy utilizado en posteriores versiones.

Un film maldito

La verdad es que es un milagro que podamos disfrutar actualmente de Nosferatu. Cuando se planteó su realización, el estudio trató por todos los medios de hacerse con los derechos de la novela, sin conseguirlo. Tras su estreno, la viuda de Bram Stoker demandó a sus responsables, y la sentencia obligó a quemar todas las copias. Sin embargo, un reducido grupo logró salvarse de la quema. Esto, unido al mito del actor protagonista y a los acontecimientos que rodearon a la muerte años más tarde del director hacen de este film un fragmento de la historia del cine a estudiar más allá de sus cualidades artísticas o técnicas.

De hecho, su influencia ha sido tal que dos conocidas películas la abordan desde diferentes puntos de vista. Por un lado, el remake realizado en 1979 titulado Nosferatu, vampiro de la noche y dirigido por Werner Herzog (Teniente corrupto) y protagonizo por Klaus Kinski (EL caballero del dragón), Isabelle Adjani (Mammuth) y Bruno Ganz (Sin identidad), y que, esta vez sí, cuenta con los personajes originales de la novela.

Por otro, el mito sobre la verdadera naturaleza del actor Max Schreck fue el centro de la trama de La sombra del vampiro, estrenada en el año 2000 y con Willem Dafoe como Schreck/Nosferatu y John Malkovick como Murnau. Como narra la película, el director alemán contrata a un verdadero vampiro para su película, pero el pacto se le empieza a ir de las manos. En uno de sus guiños más entrañables, el final de esta película es el rodaje de la última escena del original de 1922.

Nosferatu fue, es y será uno de los films más influyentes en el género del terror, y uno de los más innovadores de su época. Mucho ha quedado de su concepto visual y narrativo sobre el mundo de los vampiros, la oscuridad y el terror en las incursiones posteriores. Murnau demostró su genio componiendo una sinfonía (de hecho, su título original es Nosferatu, una sinfonía del horror) que ha madurado hasta convertirse en clásico, al igual que el resto de películas del malogrado director alemán.

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