‘Shutter Island’, la colaboración más compleja de DiCaprio y Scorsese


Leonardo DiCaprio y Michelle Williams en un momento de 'Shutter Island', de Martin Scorsese.Dice Leonardo DiCaprio que para El lobo de Wall Street, su última película con Martin Scorsese tras las cámaras, tuvo que convencer al director, con el que quería trabajar a toda costa porque, entre otras cosas, le considera su mentor. Ya hemos comentado en este espacio que el protagonista de Origen (2010) está en proceso de cambio, en una evolución hacia personajes más complejos y profundos. Todo como parte de un intento por dejar atrás esa imagen de chico guapo que cultivó en sus primeros años. No es casualidad que tenga en tan alta estima a Scorsese, pues dicho cambió empezó a fraguarse con Gangs of New York, primera colaboración de ambos, en 2002. Sin embargo, hoy quiero poner el foco sobre otra película más compleja, posiblemente el papel más difícil al que se haya enfrentado el actor y, sin lugar a dudas, una de las más bellas e inquietantes obras del director: Shutter Island (2010).

La trama, basada en la novela de Dennis Lehane, se ambienta en 1954, cuando un Marshall viaja hasta una isla para investigar la desaparición de una paciente de un hospital psiquiátrico conocido por sus técnicas pioneras en el tratamiento de diversas enfermedades mentales. Junto a su compañero deberá iniciar una investigación que poco a poco se convertirá en un laberinto plagado de asesinos, recuerdos de un pasado doloroso y secretos en cada esquina. Un laberinto cuya salida será más traumática que los secretos que guarda. Planteada como cine negro de corte muy clásico, la película es una de esas producciones que, con el paso del tiempo, ganan en presencia, convirtiéndose cada vez más en un referente. Y lo hace fundamentalmente por tres factores: su director, su protagonista y su fotografía, amén de un guión deliciosamente sutil.

De todos ellos, tal vez los más relacionados entre sí sean los dos últimos. Texto e imagen, desarrollo dramático y cromatismo. Uno de los grandes aciertos del film reside en saber combinar dichos elementos de forma totalmente armónica, creando un microcosmos insano, gris y sucio que no solo genera ansiedad solo con observarlo, sino que introduce al espectador en el frenesí de una investigación en la que los secretos se vuelven más y más evidentes con el paso de los minutos. Gracias a la labor de Robert Richardson (Django desencadenado), Scorsese logra una ambientación única, un mundo en el que los colores apenas existen, en el que todo es tan irreal y al mismo tiempo escalofriante que da la sensación de que, en cualquier momento, el género fílmico cambiará hacia uno más terrorífico o fantasioso.

Afortunadamente, nada de eso ocurre. Sin embargo, eso no impide que no haya lugar para la ensoñación. En este sentido, tanto director como director de fotografía destacan las denotadas diferencias entre un ambiente y otro, el primero con una planificación más pausada y menos asfixiante (planos más amplios pero igualmente incómodos) y el segundo recurriendo a una gama más vívida de color. Esos contrastes ensalzan, al mismo tiempo, un arco argumental especialmente elaborado para no dejar nada al azar, para no permitir que la verdad se sepa hasta el final. No existen concesiones en esta lucha intelectual con el espectador. Shutter Island está pensada para atrapar, y lo logra con creces.

Entre el monstruo y el hombre

Ya he mencionado que la labor de Scorsese tras las cámaras, y no seré yo quien vaya a descubrir a estas alturas el genio de este director. Empero, sí es conveniente señalar algunos hallazgos del film. Uno de ellos es, sin duda, el recurso visual de utilizar planos muy cerrados para los interiores y más amplios para los interiores. Esta opción, lejos de provocar contraste, sigue una pauta narrativa realmente eficaz. Ambos son dos pilares de esa sensación de desasosiego, miedo y descontrol que parece adueñarse del argumento. Ambos son, en definitiva, el sentido visual de un texto que avanza entre sombras y recovecos para no llegar nunca a mostrar el verdadero puzzle en el que se mueve el protagonista.

Y con él, con el protagonista, llegamos a la labor de DiCaprio. Comenzaba asegurando que es su trabajo más complejo. Durante los últimos años el actor ha abordado roles realmente conflictivos, muchos basados en personalidades extravagantes de personajes reales. Sin embargo, lo que logra con este Teddy Daniels es asombroso. Ya desde su primer plano logra definirlo casi con una mirada, una mezcla de cansancio, tristeza y desazón. Sin saber nada de él el espectador es capaz de intuir que algo no funciona como debería. Aunque no es esto, evidentemente, lo más destacable. A lo largo de las aproximadamente dos horas y diez minutos de metraje el actor sufre la transformación de su personaje, tanto física como psicológica.

Gracias principalmente a las secuencias oníricas, DiCaprio muestra de forma progresiva una transformación de la naturaleza de su personaje, que pasa de ser un hombre de la ley a un prófugo, un hombre perseguido por sus demonios (a los que parece querer controlar en esos primeros minutos) e incapaz de escapar a su propia obsesión por solucionar un rompecabezas que se complica a medida que su historia personal se involucra en la investigación criminal. Una evolución que culmina con una revelación impactante y una decisión moral tan difícil como comprensible. Un momento que el actor aprovecha para mostrar, una última vez en la película, la dualidad de su personaje con apenas una mirada. Lejos del histrionismo en el que podría haber caído, el protagonista de Revolutionary Road (2008) busca en todo momento el control, al cordura en medio de tanta locura. El resultado es un descenso a los infiernos sobrecogedor.

Shutter Island es uno de esos fenómenos que ganan peso, y mucho, con los años. Un film que en su momento tal vez no tuvo la repercusión que cabría esperar pero que, una vez descubierta, se convierte en un thriller imprescindible. Y no solo lo es por la trama, brillante y trágica, sino por su apartado más artístico. Diseño de producción, vestuario, música, … pero sobre todo fotografía, dirección e interpretación. DiCaprio destaca, es cierto, pero sería injusto no mencionar al resto del reparto (Mark Ruffalo y Ben Kingsley sobre todo), aunque solo sea para destacar aún más la compleja labor del actor en un personaje de estas características. Tal vez sea este el año de DiCaprio, pero durante la última década ha dejado para la posteridad una buena cantidad de personajes. Sin duda, este ha sido uno de los más interesantes.

‘Mud’: el río se lleva la inocencia de la juventud


Matthew McConaughey es el protagonista de 'Mud', de Jeff Nichols.Con tan solo tres películas el director y guionista Jeff Nichols, cuyo anterior trabajo fue la espléndida Take Shelter (2011), ha demostrado ser una de las conciencias creativas más profundas del actual panorama cinematográfico. Su última propuesta, todo un estudio acerca de la madurez humana y el despertar de la inocencia infantil, no solo mantiene la calidad ya atesorada, sino que descubre al espectador la complejidad de la naturaleza humana, de los sentimientos y, casi por encima de todo, la calidad interpretativa de sus protagonistas.

Sí, la historia es simplemente brillante. Sí, la forma de narrar la idea central de la trama es hermosa en su forma y enternecedora en su fondo. Pero con todo y con eso, cuando se encienden las luces de la sala el espectador solo puede pensar en una cosa: ¿de verdad que el protagonista es Matthew McConaughey (Sahara)? El cambio ha sido drástico pero acertado. El actor, encasillado desde hace tiempo en una cara bonita ideal para protagonizar cintas de dudosa calidad (salvo honrosas excepciones), ya lleva algún tiempo eligiendo meticulosamente los papeles a interpretar, y en Mud simplemente lo borda. Su forma de afrontar un personaje ambiguo, capaz de mentir incluso cuando se trata de sus sentimientos pero guiado siempre por un amor malsano, es magistral. Las miradas, sus constantes dudas y esa falsa voluntad que le mueve en la consecución de su objetivo son las herramientas con las que el actor logra componer un personaje complejo, una especie de versión adulta de la otra sorpresa del film, Tye Sheridan, uno de los chicos en El árbol de la vida (2011).

Y es que ambos personajes se mueven por un mismo ideal: el amor. Da igual que sea correspondido o no; da igual que les introduzca en una caótica espiral de la que nunca tendrán el control. Ambos personajes actúan impulsados por sus respectivos enamoramientos, y por eso conectan tan bien en pantalla. Y ambos sufren, del mismo modo, un despertar emocional de una forma algo cruel. En este sentido hay que reseñar que el film no trata, en el fondo, acerca del amor o del romance. Esta es una historia sobre la madurez, sobre la pérdida de todo aquello que nos ata a una etapa de nuestra vida que hay que dejar atrás. Todo lo que acontece remite indudablemente a la infancia, que queda plasmada en esa casa en el río que es destruida al final del film, y en ese propio río que arrastra todo a su paso como si del caudal de la vida se tratara. Un simbolismo tan sencillo como bello.

No hay que tener miedo a decirlo. Mud es un film excepcional, muy completo y complejo. Tal vez este sea su mayor defecto (si no contamos lo desaprovechado que está Michael Shannon), pues obliga al espectador a prestar atención a todas las sutiles miradas, a todos los elocuentes silencios que hay en el relato. No es una película intimista, sino emotiva. No busca remover la conciencia del espectador, sino sus recuerdos. Es, en definitiva, una historia de madurez, de evolución humana. Una historia universal en la que poco importa la edad que se tenga, pues antes o después es necesario dejar ese idealismo romántico y utópico para aterrizar en el mundo real.

Nota: 8,5/10

2ºT de ‘Touch’, más compleja y menos profunda en su conclusión


Kiefer Sutherland, en un momento de la segunda temporada de 'Touch'.Antes de comenzar este análisis, una recomendación para todos aquellos que tengan en mente realizar una serie de televisión con la premisa de futuros paralelos u otras paradojas temporales. No es una buena idea. Las experiencias más recientes (entre las que debería incluirse la serie Touch, de la que a continuación comentamos su segunda temporada) confirman que la complejidad de estas tramas y lo difícil que es justificar algunos conceptos no permiten un desarrollo a lo largo de los episodios. No quiere decir esto que no sean historias interesantes, más bien al contrario. Son propuestas tan curiosas que su desarrollo decepciona al intentar ahondar en la premisa inicial de su piloto. Es lo que le ocurre a esta serie protagonizada por Kiefer Sutherland (Reflejos), que en estos últimos 13 episodios trata de encontrar una coherencia interna sin lograrlo.

Concretamente, lo que la serie creada por Tim Kring (serie Héroes) busca en esta segunda temporada es una trama a lo largo de todos los capítulos, y no la propuesta de historias autoconclusivas que predominó en su predecesora. Ya dijimos en su momento que la primera parte de esta ficción acerca de un padre y su hijo capaz de ver en los números las conexiones pasadas, presentes y futuras de todos los individuos era un tanto irregular. La continuación no ha mejorado el conjunto, aunque sí ha añadido elementos y personajes lo suficientemente interesantes como para conseguirlo. ¿Qué ha ocurrido entonces? Habría que decir que demasiadas cosas. Tantas que nunca se decanta por una de ellas.

Por ejemplo, es interesante aunque algo manida la idea de la todopoderosa empresa que busca hacerse con este niño y otros individuos similares (hasta 36) para sonsacarles una serie de números que les permita predecir el futuro. Su desarrollo, empero, es excesivamente lineal. Los personajes se muestran como adalides del bien y del mal, sin modificar un ápice sus motivaciones ni presentar objetivos a corto plazo que pudiesen contrastar con la idea global de conjunto y, por tanto, generar algo de intriga. En medio de todo esto, que podríamos considerar como la gran trama de esta temporada, se encuentra la búsqueda de estas 36 personas por parte de un sacerdote que quiere eliminarlos para mantener la obra de Dios intacta. Un personaje interesante en su definición inicial y en su presentación, pero que se desinfla hasta casi convertirse en un simple asesino cuya desesperación se hace palpable con cada minuto que pasa.

El motivo principal de esta falta de profundidad narrativa y de personajes es la indecisión por mostrar lo que verdaderamente ofrece la serie, que no es otra cosa que la existencia de una serie de personas capaces de ver el pasado y el futuro, y de utilizarlo en su provecho o para el bien de la Humanidad. Esta premisa, que sobrevuela todo el conjunto y se torna protagonista en algún que otro momento (sobre todo con la presencia de los judíos encargados de observar), queda resuelta de forma tosca, presentando en el último episodio al personaje de Sutherland como el guardián y protector de este grupo social. Un giro que dejaría la puerta abierta a una reinterpretación de la serie si no fuera porque ha sido cancelada tras esta temporada.

Y Amelia apareció

Como muchos seguidores de Touch se pueden imaginar, buena parte de esta segunda temporada se centra en el personaje de Amelia, interpretado por Saxon Sharbino (Julia X) y obsesión de su madre, interpretada por Maria Bello (La ventana secreta). Al igual que le ocurre al resto de papeles, la importancia de Amelia se disuelve poco a poco hasta convertirse en un aliado más de los protagonistas, cuando comienza siendo un misterio a resolver. Es más, lo que comienza siendo una especie de personaje benefactor necesario para hacer crecer en dramatismo la relación padre e hijo termina dibujado como una damisela en apuros que debe ser rescatada del castillo del villano. Y es una lástima, pues las cualidades que se le presuponen a la joven tenían un potencial único.

Como puede verse, lo que mejor define a la serie de Kring es “quiero y no puedo”. Tiene unas bases sólidas, sobre todo en esta tanda de episodios. El joven protagonista ha dejado de ser una especie de bicho raro para formar parte de un grupo de personas encargadas de que el mundo siga girando. Las cualidades del protagonista y las de Amelia unidas podrían dar lugar a una serie de paradojas, concatenación de acontecimientos y eventos aparentemente casuales que llevarían a la serie por unos derroteros de ciencia ficción y teoría numérica muy interesantes. En cambio, se opta por el drama de un padre que trata por todos los medios de proteger a su hijo, aportando de vez en cuando los detalles necesarios para no olvidar que estamos ante un producto aparentemente diferente.

Desde luego, no ayuda al conjunto el hecho de que los personajes sean prácticamente planos y, lo peor de todo, no evolucionen. En la primera temporada se podía tolerar el hecho de que Sutherland se pasara todos los episodios con la misma cara de sorpresa y agonía. Pero en esta segunda, cuando se le supone más experimentado en tratar con su hijo y más acostumbrado a sus cualidades, no tiene justificación alguna que siga cometiendo algunos errores de bulto o que siga sin comprender cómo se comporta el joven Jake. Esto no es culpa del actor, que hace lo que puede con el material, sino de realizadores y guiones que dibujan al personaje del mismo modo una y otra vez. Esto completa, como decíamos más arriba, ese panorama de blancos y negros, del bien y del mal, que domina las relaciones entre personajes y que les convierte en unos peleles. Los buenos luchan por lo correcto aunque siempre se las den en la misma mejilla; los malos campan a sus anchas para dominar el mundo.

En el fondo, Touch ha supuesto un fallido intento de ofrecer una producción con tintes fantásticos. Tal vez porque la premisa base era demasiado compleja de desarrollar, tal vez porque no existía una previsión de cómo hacerlo, el caso es que las relaciones de los números y de las personas, la posibilidad de predecir el futuro o de ver las posibilidades si se toma una u otra decisión, quedan relegadas a un segundo plano. Y no debería de ser así. Tener a un padre agobiado 24 horas al día porque no comprende a su hijo cuando el espectador ha captado desde el capítulo piloto de qué pie cojea cada uno no es la mejor forma de abordar la relación paterno filial. Quien tuviera el don de los protagonistas para haber prevenido este desenlace.

‘Hannibal’ adereza con violencia su compleja psicología en su 1ª T


Imagen promocional con los actores de 'Hannibal'.Hablar de Hannibal Lecter es hablar de Anthony Hopkins y, sobre todo, de El silencio de los corderos (1991). Es en este espléndido thriller en el que la naturaleza del inmortal caníbal queda más patente, en el que su brutalidad convive en perfecta armonía con su intelecto y su elegancia. Sus posteriores secuelas y precuelas son, por decirlo de algún modo, más brutales y menos elaboradas. Es por eso que una recuperación del personaje para la pequeña pantalla planteaba la doble vía de exploración, amén de la necesidad de buscar un actor capaz de, al menos, mantener el tipo frente a la leyenda de Hopkins. El resultado es Hannibal, serie creada por Bryan Fuller (serie Héroes) y cuya primera temporada terminó hace casi un mes en Estados Unidos. A modo de resumen inicial, es un más que digno heredero de los mejores valores del personaje.

Estos primeros 13 episodios, cada uno con el nombre en francés de conceptos e ingredientes culinarios, narran la relación que se establece entre un asesor del FBI cuya capacidad para empatizar con los asesinos le vuelve vulnerable y el famoso psiquiatra Hannibal Lecter. Lo que comienzan siendo unas sesiones para controlar el estado mental del agente terminará convirtiéndose en una especie de experimento en el que el doctor lleva a la mente del agente hasta el límite de sus fuerzas en el proceso de búsqueda de un asesino en serie que imita los crímenes de otros.

De esta pequeña sinopsis se desprenden los dos pilares fundamentales de la producción. Por un lado, la violencia. Ya desde sus títulos de crédito iniciales, con una música tan brillante como inquietante que acompaña al dibujo del rostro de Hannibal Lecter con lo que parece ser sangre, queda patente. Incluso la forma de iniciar el capítulo piloto, inteligentemente titulado ‘Apéritif’, es significativa. El agente del FBI se halla en la escena de un crimen poniéndose en el lugar del criminal y recreando un brutal asesinato. Y de ahí en adelante, porque lo que se inicia como casos aislados que deben ser resueltos pronto se convierten en una escalada de salvajismo sangriento y morboso que lleva a la sensibilidad del espectador hasta sus tolerancias más elevadas. Una violencia, por cierto, extremadamente realista.

Pero no es esto lo más destacable de la serie. De hecho, se antoja más como una consecuencia innata a la historia del propio personaje. Lo interesante se halla en el otro pilar dramático: la psicología. A lo largo de los capítulos el espectador asiste a un verdadero descenso a los infiernos del protagonista. Poco a poco, caso tras caso, la mente del asesor federal se fragmenta hasta tornarse casi demente, incapaz de distinguir la realidad de lo que ocurre únicamente en su mente. Este proceso, magníficamente representado por el actor Hugh Dancy (Hysteria) y abordado con un realismo abrumador, termina por dominar al resto de elementos, entre otras cosas porque es la clave para desvelar todo el misterio acerca del inquietante doctor Lecter que se mueve por la escena como un titiritero.

Nace un nuevo Lecter

Desde luego, el hecho de que el proceso de destrucción mental que sufre el protagonista aporta al conjunto una entidad mucho mayor que si se hubiese optado por un producto simplemente violento. Los sueños, las pesadillas y esa forma de recrear los crímenes hacen pensar en una producción policíaca de suspense casi al uso. Y digo casi. La presencia de Lecter es lo que desequilibra la balanza. Una presencia que no sería nada sin la labor de Mads Mikkelsen (La caza). Su forma de abordar el personaje, la elegancia de su expresividad corporal y la forma que tiene de ganar terreno frente a otros personajes secundarios le convierten en un más que digno heredero de la labor de Hopkins. Antes aseguraba que era difícil imaginar a otro actor en este papel. Mikkelsen no solo lo consigue, sino que en determinadas situaciones eclipsa al veterano actor.

No quiero dejar pasar el hecho de que acabo de mencionar a Lecter como un secundario, algo incongruente con el hecho de que la serie se titule Hannibal. La verdad es que, como el personaje que da nombre a la producción, no todo es blanco o negro. En efecto, el protagonista es el personaje de Dancy. Es él el que sufre la mayor transformación, física y mental, y es él el que tiene un objetivo claro y más relevante. Es más, la presencia de Lecter en la trama crece de forma gradual, primero como un secundario al que se le pide consejo y más tarde como un aliado (o no) del héroe de turno. Curiosamente, es ese segundo plano el que más relevancia le otorga, pues le permite convertirse en un marionetista capaz de construir y manejar a todos los personajes a su alrededor. Es él el que dirige la investigación del protagonista, y es él el que juega con su mente. Les suena, ¿verdad? Es exactamente los mismo que ocurre en la ya mencionada El silencio de los corderos. Una prueba más del buen juicio a la hora de mantener la línea argumental.

Claro que el famoso psiquiatra caníbal no solo juega con la mente del protagonista. También con la de los espectadores. Al igual que en la película, durante prácticamente la mitad de esta primera temporada vemos al doctor como un hombre refinado, respetado en su profesión y de costumbres caras pero rutinarias. Evidentemente, cualquiera que conozca el personaje sabe de sus especiales gustos, pero eso es algo que se introduce en el subconsciente del espectador a través del montaje de imágenes tan dispares como Lecter cocinando y un hombre huyendo por un bosque. Es en el capítulo 6, de nuevo convenientemente titulado ‘Entrée’ (entrante o primer plato), en el que se muestra por primera vez la verdadera naturaleza de Hannibal, desencadenando a partir de entonces un torrente de imágenes y de intenciones subrepticias que ofrecen una visión más amplia de la trama y un mayor disfrute del desarrollo dramático de la serie en todos sus aspectos, incluyendo la concesión a algunos momentos caníbales.

Algo que, sin embargo, se muestra desde los primeros instantes en los que el personaje de Dancy empieza a soñar con un enorme ciervo negro. Una visión que le acompaña a lo largo de estos primeros episodios y que le llevan a sospechar del doctor en el tramo final de este descenso a los infiernos de la mente y del ser humano. Es este el elemento más simbólico y, al mismo tiempo, más inquietante por lo que tiene de revelador para el espectador, sobre todo a partir de cierto detalle en la consulta de Lecter. Un tramo final, por cierto, que concluye de forma magistral intercambiando los papeles que en su momento recrearon Hopkins y Jodie Foster (Taxi driver): el agente encerrado y el doctor visitándole en la cárcel.

Hannibal es una de las experiencias televisivas más complejas e inquietantes de la temporada. Su repercusión mediática, a pesar del atractivo del personaje, no ha sido excesivamente masiva. No es de extrañar. Su acabado técnico y su enfoque dramático se alejan mucho de los formatos tradicionales de las series de terror o policíacas. Pero eso precisamente la convierten en una de las series más recomendables. Poder disfrutar de nuevo de la inteligencia de un Lecter como el que compone Mikkelsen es tan gratificante como aterrador. Algo que sin duda se repetirá en la segunda temporada que anuncia, no cabe duda, nuevas vías de exploración de la compleja psique de uno de los mejores personajes de la historia.

‘Torchwood’ mejora su evolución dramática en su segunda temporada


La primera temporada de Torchwood, serie nacida como un spin off de Doctor Who, dejó sensaciones muy variadas. Considerada de culto por miles de fans en todo el mundo, muchas críticas, entre las que se encuentra este blog, consideraban esos primeros 13 capítulos muy irregulares, pudiendo haber ofrecido mucho más de sí. En todos los casos, empero, dejó la sensación de que se iba por buen camino, de que las próximas aventuras del capitán Jack Harkness y su equipo mejorarían. Y lo cierto es que así es. La segunda temporada presenta un mundo fantástico mucho más compacto, más integrado en el aspecto real del conjunto y con un componente dramático más desarrollado y atractivo.

En estos nuevos 13 capítulos la amenaza de la fisura temporal une de un modo u otro todo lo que ocurre alrededor del equipo de contención alienígena. A diferencia de la primera temporada, donde varios capítulos simplemente tenían como misión mostrar la dinámica de trabajo de los protagonistas, ahora los casos, mucho más elaborados en su complejidad, están relacionados con un hilo conductor que debería haber servido ya en los episodios anteriores como detonante de una historia más directa que evitase distracciones algo simplonas (caso de los caníbales).

Puede que Torchwood se tome más en serio en esta segunda temporada; puede también que haya tomado conciencia de serie independiente y no como complemento a Doctor Who (personaje que curiosamente es mencionado más veces en esta nueva temporada). Sea como fuere, lo cierto es que ha crecido en calidad narrativa y dramática, ha mejorado sus efectos digitales y, lo más importante, sus personajes se han vuelto, por así decirlo, más adultos. Prueba de ello es que la protagonista introduzca a su novio y futuro marido en la búsqueda de alienígenas, algo que debería haber ocurrido mucho antes.

Gracias al cada vez mayor protagonismo del personaje interpretado por Kai Owen (serie Rocket Man), la serie entra en un terreno nuevo y atractivo en el que la protagonista debe lidiar con su trabajo y su vida privada por igual, buscando un equilibrio que generará toda clase de problemas. Se evitan así algunas situaciones algo forzadas vistas en la primera temporada, incluyendo un borrado de memoria por unas decisiones erróneas.

Más drama y sexo, mucho sexo

Sin duda, y al igual que ocurrió en los primeros 13 episodios, el punto álgido de esta segunda temporada se alcanza en sus dos últimos capítulos, cuando personajes que han estado presentes de un modo u otro a lo largo de la trama adquieren una relevancia fundamental en el devenir de los acontecimientos. Un protagonismo que conlleva una tensión dramática como nunca antes se había visto en Torchwood, y que cambiará el panorama de la serie para siempre. Esta progresión dramática, claro está, no habría sido posible sin los puntos de inflexión que se dosifican a lo largo de los capítulos.

Puntos de inflexión, por cierto, que no solo están relacionados con la evolución de los personajes, mucho más interesantes ahora que en sus primeras aventuras, sino también con su pasado. Numerosos episodios encierran, ya sea de forma indirecta o mediante flash-backs, acontecimientos del pasado que ayudan a comprender las decisiones a veces difíciles que deben tomar los protagonistas, en especial Harkness. Igualmente, el hecho de que todos y cada uno de los miembros del equipo sea golpeado moralmente una y otra vez obliga a sus creadores a exponer tanto sus debilidades como sus fortalezas, lo que a todas luces no hace sino aumentar su presencia, mejorar la comprensión del espectador y, en última instancia, convertirlos en personas de carne y hueso, en personajes identificables. A esto ayuda, sin duda, la labor de los actores, mucho más serios en su trabajo de lo que estuvieron en un primer momento, sobre todo Eve Myles (A bit of Tom Jones?) y Burn Gorman (Los crímenes de Oxford).

Pero si algo define a esta segunda temporada es la sexualidad de sus personajes. Como se menciona en un momento de la serie, “siempre estáis pensando en el sexo”, y en cierto modo, es así. Cualquier tabú en torno a las relaciones de pareja de cualquier índole queda roto desde un punto de vista verbal y físico. Si ya en la primera temporada se deja entrever la liberación sexual que parecen tener todos los personajes, en esta segunda es algo patente y que influye, de un modo u otro, en las relaciones internas del equipo y en su forma de afrontar los casos. Esto no significa, empero que haya que clasificar la serie como homosexual, heterosexual o bisexual, pues sería encasillarla en un concepto que no se ajusta a la realidad.

La impresión general de esta segunda temporada de Torchwood es la de un producto más elaborado, mucho menos ligero en sus planteamientos de puro entretenimiento y enfocado de forma más directa hacia un objetivo que, es de suponer, se resolverá en las siguientes temporadas. Para aquellos que disfrutaron con los primeros 13 capítulos, los siguientes ofrecen todo un mundo más complejo por descubrir; para los que no, es la ocasión ideal de reconciliarse con la serie.

‘Luck’, una venganza elegante y pausada entre apuestas, caballos y carreras


El trasvase de conocidos rostros del cine norteamericano a las series de televisión evidencia la buena salud que presentan estas producciones episódicas. Actores como Glenn Close en Damages (Daños y perjuicios en español) o Steve Buscemi en Boardwalk Empire son algunos de los ejemplos. Y, normalmente, dichas propuestas cuentan con una alta calidad en todos sus aspectos. El caso de Dustin Hoffman y su Luck, ambientada en el mundo de las carreras de caballos, no es la excepción que confirma la regla, más bien al contrario.

Con una narrativa que obliga a visionar los 9 capítulos de la primera temporada de la forma más consecutiva posible, la serie creada por David Milch (Deadwood) hace gala en todo momento de una elegancia formal acorde con el respeto casi divino que los fanáticos de las apuestas sienten al entrar en un hipódromo. No hay que engañarse, sin embargo, en su trama. El turf (nombre con el que se denomina todo aquello relacionado con los caballos y las carreras) no es más que una excusa para narrar la venganza de Chester Bernstein, excepcionalmente interpretado por un Hoffman que sabe sacar su ira en los momentos precisos.

Una trama que, en la línea con las intenciones secretas del protagonista, se mueve por las sombras generadas tanto por las tramas secundarias (que en muchos casos se pueden confundir con principales) y el crisol de personajes tan variopinto como interesante que aparece por los hipódromos. Una historia de venganza, en fin, que busca la reparación de un delito que no cometió un personaje, por lo demás, con marcado tinte mafioso, y que no podrá tener su desarrollo y conclusión más allá de estos 9 episodios al ser suspendida por la muerte de tres caballos durante el rodaje de las primeras entregas de la segunda temporada.

La pareja formada por Hoffman y su ayudante/chófer Gus Demitriou (interpretado con una inquietante parsimonia por Dennis Farina) componen uno de los dúos interpretativos más llamativos y atractivos de las últimas producciones televisivas, capaces de entenderse con una sola mirada o una simple palabra, lo que muchas veces puede jugar en contra del espectador, al que se le exige una atención casi completa. Y aunque son los protagonistas, sus personajes son solo algunos de los muchos que se dejan ver por los establos y las gradas. Destacan, por la forma en que están definidos, el entrenador interpretado por John Ortiz (Atrapado por su pasado), un hombre que vive por y para la hípica, y que hasta el final es incapaz de revelar sus emociones a sus seres queridos (o lo hace de formas harto particulares); el entrenador al que da vida Nick Nolte (El cabo del miedo), un hombre hecho a sí mismo; y el mafioso al que interpreta Michael Gambon (El discurso del rey), enemigo del protagonista y cuya sangre fría tanto a la hora de hacer negocios como a la hora de asesinar o amenazar son, sencillamente, irrepetibles.

La complejidad de la hípica

Con todo, la serie peca de un problema que, sin duda, hará que muchos fieles de la pequeña pantalla la eviten a toda costa; y ese no es otro que, precisamente, el mundo de la hípica. Dado que la mayoría de personajes están íntimamente relacionados con el mundo de las carreras, los hipódromos y las apuestas, la historia se convierte en una apuesta compleja en la que es difícil, muy difícil, encontrar el sentido desde el momento en que los diálogos se abandonan a los términos más técnicos. Para cualquier pagano en la materia, la terminología manejada entre jockeys y entrenadores, o entre los propios apostadores, se convierte en toda una clase didáctica que requiere de un diccionario a mano.

Lo más probable es que se opte por abandonar la trama en los primeros episodios, pero es de recibo instar a desechar la idea en pos de una trama que se torna interesante por momentos, encontrando su elemento más relevante en los dos últimos episodios. Por otro lado, el hecho de que buena parte de esta primera temporada gire en torno a cuatro amigos, perdedores a más no poder, que ganan su dinero a través de las apuestas, permite al espectador poco o nada iniciado hacerse con algunos de los términos, si no de forma experta, al menos sí lo suficiente para comprender hacia donde camina la trama.

Luck sierra sus primeros episodios con una carrera que emocionará al más ignorante en la materia. Un acontecimiento vital dentro del turf y dentro de la vida de los personajes, pues todos se darán cita en el hipódromo y dejarán ver sus cartas, sobre todo Hoffman y Gambon. La elegancia, fuerza y emotividad con que está filmada esa última carrera resumen con detalle el carácter formal de la trama, y suponen el broche de oro a una trayectoria narrativa tan interesante como compleja, tan atractiva como esquiva.

Diccineario

Cine y palabras

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