‘Nashville’ llega a su fin con el foco en los problemas de la sociedad


Echando la vista atrás durante estos seis años de Nashville se puede ver, en todo su esplendor, la evolución de esta serie, primero con toques de drama familiar y político y, posteriormente, entregándose por entero al drama más lacrimógeno, para lo cual se ha recurrido a todo tipo de recursos narrativos durante estas temporadas. Pero si algo deja patente la sexta y última entrega es que, por encima de todo, es un producto en el que todo debe acabar bien, en el que la familia es lo más importante y es capaz de vencer cualquier obstáculo, y en el que es importante comprender y aceptar el lugar que cada uno tiene en la vida, aunque no fuera el que inicialmente habíamos deseado.

Y todo ello siendo consciente de sus debilidades y los errores que ha arrastrado a lo largo de estas temporadas. En este sentido, los 16 episodios que cierran esta serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) representan posiblemente el final más honesto y coherente de los últimos meses en televisión. Si ya es difícil que una ficción tenga un final cerrado, que este se adecúe a lo narrado durante las etapas anteriores puede parecer misión imposible, pues muchas veces la necesidad de querer dar una conclusión concreta a una línea argumental choca frontalmente con lo contado previamente. No solo no es el caso de esta obra que mezcla música y lágrimas para tocar diversos problemas sociales de Estados Unidos (sobre lo que iremos más adelante), sino que la serie es consciente en todo momento de cuál es su sitio, y con esa humildad se presenta en su última temporada.

Dicho de otro modo, Nashville perdió un activo fundamental con la ausencia de la protagonista interpretada por Connie Britton (La tierra de las buenas costumbres). Conscientes de ello, sus creadores han optado por una fórmula narrativa y dramática interesante: mantener su recuerdo presente en prácticamente todos los episodios mientras el espacio que su personaje ocupaba se llenaba con otras historias, algunas más complejas que otras, pero todas con el único fin de ahondar en el dramatismo de una serie que alcanzó su clímax lacrimógeno con la partida del rol de Britton. Se intenta así mantener un cierto nivel de interés en la ficción a través de unos arcos argumentales que golpean de lleno los sentimientos del espectador mientras se atan los cabos sueltos que quedaron de la anterior temporada.

Por supuesto, esto no quiere decir que todo sea perfecto. Aunque es de admirar la honradez con la que se aborda el final, la serie sigue arrastrando muchos problemas, el más importante su tendencia a girar en torno a un mismo problema de forma constante durante episodios sin encontrar solución y, lo más alarmante, sin que los personajes implicados aprendan de sus errores. Es el caso, por ejemplo, de los roles de Lennon Stella, Sam Palladio (serie Episodes) o Clare Bowen (The clinic). Esto provoca una suerte de incoherencia dramática que, aunque sirve de clavo al que agarrarse en determinadas ocasiones, termina por impedir que la trama evolucione correctamente, reproduciendo en esta última temporada conflictos y situaciones vividas en la primera.

Conflictos sociales

Esta última temporada de Nashville también ha servido para introducir nuevos personajes que permitieran cerrar algunos aspectos de las tramas. Y curiosamente, estos elementos son algunos de los que mejor funcionan dramáticamente hablando. Es cierto que su presencia puede estar un poco obligada por las circunstancias (la ausencia de la protagonista, en otras palabras), pero al final terminan por ahondar en la personalidad de los protagonistas, lo que siempre es de agradecer. Me refiero, por ejemplo, al padre del protagonista o a ese criadero de caballos a modo de terapia para personas con importantes traumas. Todo ello, aunque sin demasiada relación con el resto de la serie, permite al espectador acercarse a aspectos de los personajes que antes solo se habían insinuado, y que ahora se hacen más presentes.

Y como decía antes, la ficción ha optado en estos últimos capítulos por incluir nuevas historias al resto de personajes. Historias que, por otro lado, sirven de base para realizar una importante crítica a diversos aspectos de la sociedad. Sobra decir que durante los años previos temas como el alcoholismo o la corrupción política ya se habían tocado, pero ahora la serie va más allá. Sectas, alcohol, adicción a los esteroides, acoso sexual y laboral, violencia de género, … Todos estos temas tienen diferente peso narrativo en la historia, lo que amplía notablemente el ámbito de trabajo de sus creadores, creando un mundo más complejo y, por qué no, más cercano a la realidad. Y aunque esto puede ser un aspecto positivo, es importante señalar que su integración en el desarrollo de la trama es algo irregular, pues mientras algunas de estas historias tienen su importancia en el desarrollo final del arco argumental, otras sencillamente parecen estar incluidas para rellenar tiempo con algo diferente. Y ese es el gran fallo que tiene esta temporada a nivel de guión.

Pero en líneas generales la temporada responde a las expectativas, es decir, sigue teniendo como núcleo la familia, los retos y las dificultades que se superan juntos. Y precisamente por eso el último episodio es todo un homenaje a estos conceptos y un regalo para los más acérrimos fans. Con la excusa de un concierto, los personajes que han tenido cierta relevancia a lo largo de estos seis años hacen acto de presencia, sumándose a la canción y ofreciendo una despedida por todo lo alto a la que se suma, también, el equipo técnico. Una secuencia que sale de la propia ficción y aproxima aún más a actores, personajes y espectadores.

En definitiva, un final emotivo para una serie que, con sus limitaciones y sus propios errores, ha sabido mantenerse con coherencia, con tramas que aunque llevadas al límite han funcionado con solvencia, y con unos personajes más que correctos para este tipo de historias. Nashville termina y con ella parece acabar una tendencia musical en la pequeña pantalla, con permiso de Empire. Atrás quedan su tendencia a caer en bucles argumentales que tenían a los personajes como cobayas en ruedas de ejercicios. Atrás quedan también momentos terriblemente dramáticos narrados con elegancia. Pero sobre todo, queda la música, con algunas canciones sencillamente maravillosas. El country nunca volverá a ser lo mismo.

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‘Nashville’ acepta con honradez su inminente final en la 5ª T.


Una serie no es únicamente una buena historia, un buen reparto o una factura técnica impecable. A menudo las producciones para la pequeña pantalla pecan de un desarrollo que desvirtúa por completo el sentido inicial de la trama. Eso por no hablar de finales poco adecuados a lo visto durante los años que dure la ficción. Ya sea por exigencias de las audiencias, de la productora o de otros “factores externos”, las series terminan muchas veces de un modo incoherente. Por eso cuando una ficción como Nashville encarrila su evidente final con la humildad, la seriedad y la honradez que ha mostrado a lo largo de todas sus temporadas, debe ser admirada o, al menos reconocida.

Su quinta temporada, de nuevo con 22 episodios, es la prueba fehaciente de que una serie puede terminar sin grandes aspavientos, sin conclusiones forzadas o sin incongruencias dramáticas. Esto no quiere decir que la serie creada por Callie Khouri (Algo de qué hablar) haya perdido su esencia, al contrario. Posiblemente sea más dramática que nunca. Pero precisamente por el desarrollo y los acontecimientos que se relatan en esta etapa, y el modo en que se tratan las diferentes tramas que componen este universo country, el argumento se ha vuelto mucho más sincero con el espectador de lo que podría haberlo sido hasta ahora.

En realidad, lo que ha hecho Nashville es dar rienda suelta a su dramatismo, pero utilizando para ello el cierre de todas y cada una de las historias secundarias, amén de la trama principal. A estas alturas, y con la sexta temporada ya empezada, los seguidores sabrán del giro de mitad de temporada tan impactante como determinante. Este punto de inflexión es el que marca el camino a seguir hacia el final, utilizando ese momento para iniciar el cierre paulatino y gradual de todas las historias. Y lo hace fiel a su estilo, es decir, generando una escalada dramática que explora todos los sentimientos habidos y por haber en una relación y en la vida misma.

Por supuesto, esto no quiere decir que la serie mejore o empeore. Simplemente esta quinta temporada sabe aprovechar lo construido hasta ahora para concretar un final para sus personajes sin transformarlos hasta hacerlos irreconocibles. Evidentemente, si la serie no ha gustado hasta ahora esto no hará que gane seguidores, pero aquellos que sigan sus tramas encontrarán en estos capítulos un comienzo del fin sumamente enriquecedor. Fundamentalmente porque ese punto de inflexión de mitad de temporada ha permitido a la serie hacer crecer a sus personajes, volverlos más maduros al enfrentarlos con sus propios miedos. En cierto modo, por primera vez en toda la serie los roles evolucionan y dejan de tener un comportamiento cíclico, lo que podría entenderse como una mejora dramática de la ficción.

Rellenar el vacío

Visto así, la ausencia del personaje de Connie Britton (American Ultra) se puede entender como la llave que ha desbloqueado algunos problemas de construcción de Nashville. Por un lado, ha sido el motor dramático de la mitad de esta quinta temporada. El Acontecimiento (así, en mayúsculas, porque pocas veces una serie afronta algo de semejante envergadura antes de su episodio final) se halla detrás de prácticamente todas las motivaciones del resto de personajes. En mayor o menor medida, la pérdida de este rol determina las frustraciones, las decisiones, los anhelos, los miedos y, por qué no, las alegrías que llenan el vacío de la segunda mitad de esta etapa. El hecho de que este importante personaje no vuelva a aparecer en la serie facilita que otros secundarios adquieran entidad propia, más de la que habían tenido hasta ese momento, ahondando en su personalidad y en su arco dramático.

Por otro lado, y está muy relacionado con los dicho anteriormente, el hecho de que se corte de raíz con esta trama personal obliga a Khouri a completar los espacios que hasta ahora ocupaba, ya fuera directa o indirectamente. Y para ello, además de incluir nuevas canciones (personalmente el tema ‘Saved’ cantado por Lennon Stella es el mejor de toda la serie), ha sido necesario introducir nuevos secundarios, potenciar el carácter dramático de otros y hacer avanzar las tramas del resto. Es a esto a lo que me refería al mencionar que la serie crece dramáticamente. Las historias circulares de muchos secundarios, con constantes idas y venidas sobre los mismos conflictos sin lograr un avance real, podían tener un cierto sentido como contexto argumental, pero una vez que dan el paso a la primera línea dramática no son coherentes.

Ahora bien, en esta parte final de la quinta temporada se aprecia un cierto aire a recta final. El hecho de que estas tramas secundarias hayan adquirido más protagonismo solo tiene sentido, y así parece plantearse en la serie, como epílogo a una historia que ya no da más de sí. Esto es algo que se confirma en el hecho de que la sexta etapa es al última, es cierto, pero la realidad es que sus personajes, y por extensión los actores, son conscientes de que la historia es, en realidad, la vida de Rayna Jaymes, y sin ella no puede subsistir mucho más tiempo. Pero a diferencia de otras ficciones, en lugar de apostar por un abrupto final se ha optado por cerrar todas las historias, siempre con la sombra de la protagonista como telón de fondo, y poder así poner el broche perfecto a la serie.

Desde luego, esta quinta etapa de Nashville es, con diferencia, la más dramática de todas. Sin un gancho final como en anteriores ocasiones, la serie ha optado por un punto de inflexión dramática como nunca se había intentado hasta ahora en esta ficción. El resultado no podría ser más interesante, al menos a la hora de analizar el tratamiento. La ausencia de la protagonista facilita la progresión del resto de secundarios, cohibidos tras la figura inmensa del rol de Britton. Así que sí, la producción crece y evoluciona. Esto no quiere decir que sea extraordinaria o que no siga presentando importantes problemas en su concepción, pero sí implica que mejora, al menos dentro de su forma de tratar las tramas y las relaciones entre personajes. Y sobre todo afronta con naturalidad que ha llegado su final. Y eso es algo digno de alabar, sobre todo porque no todas las series son capaces de llegar hasta ese punto.

‘Nashville’ explora nuevos dramas musicales en su 4ª temporada


'Nashville' vuelve a tener la música y el drama romántico y familiar como centro en su cuarta temporada.Que la serie Nashville es una especie de telenovela musical en el que los giros dramáticos llevan a los personajes a situaciones más o menos límite no es nada nuevo. Tras cuatro temporadas quedan pocas dudas. Sin embargo, esta ficción creada por Callie Khouri (Algo de que hablar) ha sabido evolucionar. Mejor dicho, ha sabido moverse lo suficiente para no quedarse estancada en un bucle que repita y una y otra vez los mismos problemas. Esto no quiere decir necesariamente que sea mejor, pues esos problemas se sustituyen por otros de similar índole, pero al menos no empeora, manteniendo el delicado equilibrio entre música y drama que es la base de su éxito.

Los 21 episodios de esta cuarta etapa así lo demuestran. Claramente dividida en dos partes (independientemente del parón programático que ha tenido en la parrilla), el arco argumental general ha sido lo suficientemente inteligente como para sembrar durante las anteriores temporadas el germen de los conflictos a desarrollar. Si a esto sumamos la finalización de algunas tramas secundarias y la evolución de otras, lo que se obtiene es una sensación de narrativa en constante avance, en constante movimiento. Es cierto que, en el fondo, buena parte de los conflictos sigan siendo los mismos (la violencia inherente de algunos personajes, el amor no correspondido, las dudas morales y personales, etc.), pero mientras se siga vistiendo con nuevos conjuntos y personajes, la serie mantendrá el espíritu de entretenimiento y distracción que tiene.

Es igualmente interesante comprobar cómo Nashville ha sabido cambiar el peso dramático hacia otros personajes secundarios. Y eso sí es un acierto por parte de Khouri. Dado que la trama principal protagonizada por los personajes de Connie Britton (serie American Horror Story) y Charles Esten (El último voto) demostraba signos evidentes de fatiga incluso en la segunda temporada, sus creadores han optado por convertirlos en espectadores y protagonistas secundarios de una acción que se centra más en otros personajes. Así, se ha podido desarrollar el conflicto no solo del rol interpretado por Lennon Stella, sino que la trama se ha podido centrar en los dos protagonistas de forma independiente y en historias que, en mayor o menor medida, no tienen nada que ver con su relación personal. Y digo “en mayor o menor medida”, porque lo cierto es que nunca llega a ser algo totalmente independiente.

El principal beneficio de esta decisión es que se destinan más minutos a explorar tanto las tramas de personajes secundarios como las relaciones entre ellos, ajenos y totalmente independientes del epicentro de la historia. Esto permite a la serie ampliar el ámbito dramático, ofreciendo al espectador una mayor complejidad narrativa y un contexto mucho más rico. La mayor y mejor evidencia de esto es el final de la temporada, donde hasta cuatro tramas, algunas de ellas bastante secundarias, tienen su final casi al mismo tiempo. Que la serie ofrezca la misma relevancia a la historia de los protagonistas, al personaje de Chris Carmack (Dark power) y su lucha contra la homofobia, a la pareja formada por Sam Palladio (Runner, Brunner) y Clare Bowen (10 days to die) o a la historia de Hayden Panettiere (Scream 4) es sintomático de que algo está cambiando en esta ficción.

Dudas dramáticas

Con todo, Nashville sigue arrastrando problemas, digamos, cíclicos. Y eso, a pesar de todo, sigue jugando en su contra. El caso más evidente es, precisamente, el de la pareja Palladio-Bowen. Los constantes tiras y aflojas, los reiterados desencuentros y la falta de sintonía aparente entre sus personajes generan un bucle que, aunque define la relación de estos personajes, no es sino una forma de frenar el desarrollo dramático de esta trama secundaria. Al final, la sensación que deja es que pase lo que pase, se produzcan los ganchos dramáticos que se produzcan, no es algo duradero, y al mismo tiempo es algo irremediable. Este no es un problema exclusivo de esta serie, pero habrá que ver hasta qué punto puede estirarse el chicle. Por lo pronto, ya empieza a mostrar síntomas de fatiga.

El caso de las hermanas a las que dan vida Lennon y Maisy Stella (sí, son hermanas en la vida real) requiere algo más de reflexión. La actitud de la primera evidencia una ausencia de tratamiento dramático complejo. Sus creadores parecen limitarse a definirla como una adolescente típica y tópica en grado superlativo. Bien es cierto que el final de la temporada parece ser, cuanto menos, aleccionador, pero eso no impide que deje un aroma recargado en su desarrollo. Con todo, resulta interesante el modo en que evoluciona la relación entre hermanas, y cómo eso afecta de forma tangencial a la vida de la pequeña, que parece perder peso dramático en esta cuarta temporada pero que, al final, es uno de los mejores ejemplos de la pérdida de cierta inocencia en el mundo de la música (en su más amplio sentido).

El gran problema de esta producción es, en realidad, que mientras los principales parecen avanzar en un desarrollo dramático con un objetivo, la trama se olvida de las historias secundarias para convertirlas en meros recursos, en simples muletas en las que apoyarse para hacer crecer las historias principales. Esto condena a personajes que tienen un cierto potencial a una espiral de errores repetidos, de decisiones de las que no aprenden una y otra vez. El caso más claro es el de Layla Grant, cantante a la que da vida Aubrey Peeples (Jem y los hologramas), personaje que empieza a cargar sobre sus hombros el duro peso de ser odiado por los espectadores. Y no tanto por sus decisiones y motivaciones, que también, sino porque tropieza siempre con la misma piedra y no aprende. Claro que también es una estrategia para eliminar parte de ese peso del papel al que da vida Panettiere.

Pero intercambiar personalidades no es la mejor estrategia para que una serie sea tomada en serio. Y Nashville se encuentra en un punto en el que debe decidir si, de una vez por todas, da un paso valiente hacia adelante, dejando atrás sus problemas y eliminando esos bucles en los que parece sentirse tan cómoda. Hasta que no logre eso, y en esta cuarta temporada todavía quedan muchos rescoldos, no será capaz de quitarse esa sensación de producción dramática con tendencia al dramatismo más abrumador. Por supuesto, es ahí donde ha conseguido a su público, y lo lógico es que siga así. Pero, ¿cuánto puede funcionar una fórmula definida por el desgaste de una idea de forma constante?

‘Nashville’ se olvida de la música en su tercera temporada


Charles Esten y Connie Britton vuelven en la tercera temporada de 'Nashville'.El musical ha invadido la televisión. Durante los últimos años no son pocos los intentos por integrar en la pequeña pantalla la música, las espectaculares coreografías y una historia capaz de aguantar el contraste que supone narrar con música y letras de canciones las emociones de una escena normal y corriente. Pero todos estos intentos tienen algo en común: no son capaces de lograr el reto. Ni Glee ni Smash han podido soportar el peso de esta particular narrativa (la primera está en claro declive), y la tercera temporada de Nashville ha confirmado que es mejor centrarse en el aspecto dramático y dejar la parte musical casi como una mera referencia.

Claro que en el caso de la serie creada por Callie Khouri (Tres mujeres y un plan) es justo reconocer que su ambientación en el mundo de la música ha permitido a la producción limitar el aspecto musical a conciertos, grabaciones de discos y ensayos, evitando de este modo que una parte interfiera en el desarrollo de la otra. Pero lo que han dejado claro los 22 episodios de esta última etapa es que el drama está dominando cada vez de forma más clara al aspecto musical, lo cual no quiere decir que esté habiendo una mejoría en el aspecto dramático.

No es este espacio para valorar si una apuesta es mejor que otra, pero sí para valorar cómo está funcionando este nuevo rumbo en Nashville. Y desde luego que en líneas generales los personajes y las tramas se han visto fortalecidas por un desarrollo más profundo del drama que rodea a los protagonistas, pero igualmente ha llevado a muchos de ellos a situaciones insostenibles que, en cierto modo, generan una versión paródica de lo que podrían haber llegado a ser. Eso por no hablar de la previsibilidad que está adquiriendo el conjunto, si es que alguna vez tuvo visos de ser original.

El mejor ejemplo de todo esto es el rol de Hayden Panettiere (serie Héroes), actriz que durante el rodaje se quedó embarazada y dio a luz, y cuyo estado ha querido aprovecharse en la trama con resultados cuanto menos cuestionables. Uno de los recorridos más interesantes de su personaje es, precisamente, su complicado proceso de madurez. Sin embargo, el nacimiento del bebé ha sido utilizado para llevar a esta joven idolatrada por las adolescentes al extremo, destacando sus obsesiones y debilitando la fortaleza que parecía adquirir en la primera mitad de la temporada. La forma de solucionar esta trama secundaria confirma que queda mucho trabajo que hacer con el personaje, pues ni siquiera su unión con el rol de Jonathan Jackson (Viaje a las tinieblas), uno de los mejores de la serie, ha podido mejorar su imagen.

De vuelta a lo anterior

La vida da muchas vueltas. Muchas vueltas da la vida. Y desde luego la tercera temporada de Nashville es un claro modelo. Si hubiera que resumir con una única palabra a toda la etapa sería “inicio”. Porque en líneas generales, todos los personajes han vuelto a sus inicios para reiniciar sus vidas, con la salvedad del camino recorrido, la experiencia adquirida y los problemas arrastrados durante décadas. Esto permite a Khouri desarrollar unas tramas interesantes que ofrecen una nueva visión de los personajes, llevándoles a vivir situaciones ya experimentadas (y no mostradas al espectador) y a cometer, en muchas ocasiones, los mismos errores.

Esto es, en cierto modo, lo que logra atrapar el interés del espectador, que encuentra en estos arcos dramáticos una nueva forma de acercarse a unos personajes que cada vez dan menos de si. La presencia de una enfermedad como el cáncer, la corrupción política o la homosexualidad adquieren una presencia más que notable en el conjunto de la temporada, lo que limita el aspecto musical, como ya se ha explicado, y ahonda más en el drama. La valentía a la hora de abordar estas temáticas contrasta con el infantilismo de muchas tramas secundarias, lo que termina por generar una doble impresión que lastra al conjunto, pues termina por generar interés en las secuencias de las tramas principales e indiferencia en el resto.

A diferencia de las conclusiones de temporadas anteriores, en esta ocasión el gancho utilizado sigue la línea de lo visto a lo largo de la temporada. No solo carece del impacto o el drama de, por ejemplo, el final de la primera temporada, sino que su previsibilidad niega todo tipo de sorpresa en algunas de las revelaciones que se mencionan. Más bien, dicho final sirve para plantear un escenario nuevo e interesante que habrá que esperar para poder valorar y, sobre todo, para poder apreciar si se ha sabido aprovechar, algo que dependerá en buena medida de cada uno. Lo que parece claro es que el grueso de las tramas, salvo algún punto de inflexión notable, se han desarrollado bajo parámetros que en ningún caso buscan generar expectación, sino más bien adular al espectador con las situaciones más comunes.

Y eso genera, como es lógico, una doble vara de medir para Nashville. Como producción, con sus propios parámetros y planteamientos, ha logrado con esta tercera temporada llegar más lejos en lo que a dramatismo se refiere, dejando de lado para ello la música y apostando por ampliar el espectro de conflictos y problemas que deben afrontar los protagonistas. Pero como relato poco a poco se está estancando, impidiendo a los personajes desarrollarse (a los que pueden, claro está) y tendiendo a enrocarse en una serie de vicios narrativos que pueden perjudicar a la larga el resultado final. Por ahora se mantiene a flote, pero los cambios se antojan necesarios.

‘Nashville’ mejora sus personajes pero mantiene problemas en su 2ª T


Connie Britton vuelve a ser Rayna Jaymes en la segunda temporada de 'Nashville'.Hay ocasiones en que es complicado encontrar la evolución dramática de una producción. Su ritmo y su desarrollo suelen ser tan entretenidos que apenas dejan tiempo al espectador para asimilar el contenido último de lo que se cuenta en pantalla. La primera temporada de Nashville se sostenía fundamentalmente de la reiteración de conflictos y de las magníficas composiciones musicales que aderezaban el conjunto. Su segunda entrega, que terminó hace unos meses en Estados Unidos, puede parecer similar a la anterior, con problemas ya vistos y con música por doquier. Sin embargo, si uno se para a pensar en lo narrado durante estos nuevos 22 episodios no es difícil encontrar nuevos planteamientos dramáticos, aunque ello no implique necesariamente que la serie creada por Callie Khouri (Algo de que hablar) mejore en lo que a intensidad dramática se refiere.

Dichos planteamientos nuevos, distintos si se prefiere, tienen mucho que ver con la conclusión de la anterior temporada. El accidente sufrido por los personajes de Connie Britton (serie American Horror Story) y Charles Esten (serie Iluminada) en aquel último episodio no solo puede entenderse como un gancho de final de temporada, sino como un auténtico punto de inflexión a nivel general para redefinir las bases de la serie. Las consecuencias de ese acontecimiento, directas e indirectas, determinan el devenir de la práctica totalidad de los personajes, que interiorizan la idea del cambio de actitud como suya. De este modo, Khouri reconstruye las relaciones personales en clave diferente, lo que en definitiva permite a la serie avanzar y no anclarse en una serie de conflictos que, a todas luces, podían arrastrar la producción hacia un dramatismo excesivo.

Esta idea, además, permite que los protagonistas de Nashville encajen de forma más natural y lógica. Su cambio respecto a la temporada anterior es notable, sobre todo en algunos personajes como el interpretado por Jonathan Jackson (Viaje a las tinieblas), Avery en la ficción. Su papel, uno de los que más interés han adquirido, es el reflejo de esa evolución dramática que ha tenido la serie, que dicho en pocas palabras ha pasado de ser engreída a trabajar con humildad. Incluso roles como los de Hayden Panettiere (serie Héroes) o Clare Bowen (The clinic), los más flojos del conjunto, parecen ganar fortaleza y peso específico. La primera porque encuentra una senda algo más coherente en su papel protagonista, y la segunda porque su ñoñería choca con la cruda realidad. Como consecuencia, el final de sus respectivos arcos dramáticos de esta temporada es bastante más interesante que lo visto con anterioridad.

Y dado que la serie busca esa imagen de renovación, nada mejor que la incorporación de nuevos personajes y nueva música. Este último aspecto, por cierto, vuelve a ser lo más atractivo de la ficción, que incluye algunos números musicales realmente espléndidos, amén de canciones y letras que perfectamente podrían pertenecer a un artista de éxito. No ocurre lo mismo con los nuevos roles incorporados a la trama, que se limitan a representar el papel correspondiente sin demasiados contrastes. El músico amante, el productor despiadado, un nuevo triángulo amoroso, … Ninguno de ellos representa en sí mismos un auténtico reto en el desarrollo de la trama, más bien al contrario: se limitan a sostener algunos de los conflictos presentes y pasados.

Esto ya lo he visto

Pero como decía al comienzo, Nashville no termina de librarse en su segunda temporada de las irregularidades de su debut en la televisión. Unas irregularidades que tienen su origen en la presencia constante de conflictos, dramas y errores que se repiten de forma cíclica e intercambiando sus protagonistas. Si en la primera temporada el personaje de Panettiere tenía problemas con su madre, en esta ocasión es el rol de Bowen. Si en la primera temporada había un número determinado de parejas, en la segunda dichas parejas siguen siendo las mismas, pero intercambiando sus miembros. Todo ello, al final, mina la integridad del conjunto, que termina por verse como un entretenimiento previsible y sin complicaciones que puede disfrutarse gracias a su música.

En este sentido hay que destacar que algunas tramas secundarias tienden a reincidir en una idea una y otra vez. A pesar de que los personajes han evolucionado (algunos más que otros, todo hay que decirlo), sus historias no logran dar el paso definitivo. Esto lleva a que muchos de estos roles cometan el mismo error una y otra vez, abocados a un fracaso absoluto en aquellos aspectos de sus vidas en los que son más vulnerables. Se dice que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pero en el caso que nos ocupa son unas cuantas más. De hecho, parece que dan vueltas en círculos para volver a caer en el mismo punto por el mismo motivo. El resultado es la incredulidad de algunas situaciones, que son forzadas para poder aportar dramatismo pero que, en definitiva, tienen un efecto disuasorio.

Con todo, sería injusto calificar a la serie como una mala producción. Gracias a ese ritmo del que hablaba antes su segunda temporada es bastante más entretenida que la primera, abriendo algo más el abanico de posibilidades dramáticas e introduciendo nuevos aspectos de la producción musical que todos aquellos aficionados podrán apreciar. Tal vez el género country no sea de los más conocidos fuera de Estados Unidos, pero la letra y la música son universales. La mejor prueba del éxito y la buena salud de la serie a pesar de sus debilidades es el hecho de que uno de los episodios, el penúltimo concretamente, cuenta con la participación de la Primera Dama, Michelle Obama, aunque no hay que obviar el hecho de que es un capítulo que enaltece el papel del ejército norteamericano. Sea como sea, su presencia supone un importante espaldarazo a la serie, cuya tercera temporada ya ha comenzado.

En cierto modo, Nashville ha sabido mejorar en su segunda temporada. Los pequeños ajustes realizados con brocha gorda han tenido el efecto necesario para que los protagonistas de este lienzo evolucionen a mejor. Algunas de sus situaciones dramáticas, como la crisis de ansiedad del personaje de Bowen, confirman esta mejora. Empero, sigue arrastrando algunos problemas, fundamentalmente por su empeño en volver sobre dramas y errores ya cometidos, como si la insistencia creara un mayor dramatismo. El efecto es el opuesto. La duda que se plantea ahora es si, una vez mejorados los personajes, la trama abandonará definitivamente sus bucles y se centrará en un desarrollo más directo.

‘Nashville’ bascula entre el dramatismo y la música en su 1ª T


Connie Britton y Hayden Panettiere son las dos protagonistas de la primera temporada de 'Nashville'.Puede que una de las mejores evidencias de que la ficción televisiva ha cambiado es la financiera. Es cierto que Estados Unidos siempre ha hecho gala de unos presupuestos bastante más altos que, por ejemplo, España, pero incluso la meca del cine ha evolucionado en este sentido. Baste señalar los decorados que actualmente se utilizan. Este cambio también se aprecia en sus temáticas y, sobre todo, en la forma de abordarlas. Pero incluso en este nuevo mundo hay producciones que remiten irremediablemente a los ámbitos más tradicionales del drama o la comedia. Nashville, cuya primera temporada se emitió en su país de origen entre 2012 y 2013, es un claro ejemplo. Con una estructura bastante convencional, esta serie creada por Callie Khouri, guionista de Thelma & Louise (1991), se mueve entre conflictos tradicionales y personajes definidos por parámetros relativamente arquetípicos. Y a pesar de no tener nada… original, la primera temporada funciona.

Hay que aclarar, empero, que funciona gracias a la que es su baza principal y más arriesgada: la música country. Al fin y al cabo, el título remite a la ciudad conocida como la cuna de este género. Por tanto, lo más probable es que aquellos a los que no les guste el género musical la serie les diga más bien poco. A pesar de ello, estos primeros 21 episodios ofrecen al espectador una trama repleta de líneas argumentales secundarias que se entremezclan entre sí para enriquecer no solo a la historia principal, sino a las mismas secundarias. Dicho esto, es complicado definir de forma clara un arco dramático principal. La producción se centra en las vidas de dos cantantes de country, una veterana que ha conseguido todo y una joven cuya ambición marca todas y cada una de sus decisiones. Su rivalidad es lo que inicia la serie, pero el final de la temporada va mucho más allá.

Es más, esa idea de rivalidad desaparece, o al menos queda en un segundo plano sepultado bajo un sinfín de conflictos que se suceden para llevar a un clímax que sitúa la ficción en un punto diametralmente opuesto al que tenía en sus inicios. A pesar de que algunos de ellos conducen la serie hacia concesiones dramáticas un tanto excesivas, en líneas generales estos conflictos logran combinarse de forma inteligente para completar los huecos que dejan en cada una de las tramas secundarias, ofreciendo una visión general del mundo musical de Nashville. El problema de todo esto reside en el cariz de dichos nudos dramáticos. Muchos de ellos tienden a repetirse, a duplicarse e incluso a alargarse sin motivo aparente. Como muchos se imaginarán, esto lleva a que algunos episodios, sobre todo los que se centran en el personaje de Hayden Panettiere (serie Héroes), no estén a la altura de los demás.

Y es que su personaje es uno de los más flojos o, si se prefiere, de los que menos evolucionan de la serie. Su rol de joven promesa de la música (una especie de Britney Spears versión country) egocéntrica y ambiciosa que no se detiene ante nada ni ante nadie resulta excesivamente férreo en sus convicciones, incluso cuando el arco dramático del personaje es un constante viaje marcado por la tragedia. Si bien la labor de Panettiere es más que correcta, sobre todo en los momentos musicales y en el último episodio, la definición sobre el papel no llega a tener la profundidad que cabría esperar. Su forma de actuar podría entenderse como una preparación para la conclusión de la temporada, es cierto, pero igualmente resulta complicado identificarse con un personaje al que todo le sale mal y nunca aprende de sus errores. Ni siquiera un poco. Más o menos como le ocurre al rol de Clare Bowen (The clinic), el cual por cierto necesita mucho desarrollo. En cualquier caso, esta idea es la que marca el tono general de la serie: ninguno de los personajes parece aprender de sus errores, ni siquiera cuando estos vuelven del pasado para atormentar su vida actual.

Músicos habituales

Lo cierto es que esta primera temporada de Nashville tiene espacio suficiente para abordar todo tipo de personalidades musicales que el aficionado a la música, en mayor o menor medida, conoce o sospecha. Jóvenes cuya ambición les lleva a dejar atrás a aquellos que quieren, espléndidas voces que no se atreven a dar el salto a la fama, familiares que permanecen escondidos, escándalos entre promesas de la música y el deporte. La lista es larga, sí, y en contra de lo que pueda parecer, Khouri logra mantener un armazón interesante del que apenas se desvía lo más mínimo, ofreciendo un mundo en el que el espectador siempre puede ubicarse y en el que, salvo situaciones concretas, todo fluye con cierta facilidad. Buena culpa de todo ello la tiene Connie Britton (serie American Horror Story), protagonista y una de las productoras de la serie. Su papel, a pesar de tener tendencia al dramatismo, logra convertirse en cohesión de prácticamente todas las tramas que poco a poco van naciendo en estos 21 capítulos, e incluso dota de cierta fuerza a secundarios que aparecen y desaparecen casi por arte de magia.

Evidentemente, uno de los mayores atractivos es la propia música. Y no exclusivamente los temas musicales, algunos realmente buenos y capaces de competir con algunas de las composiciones que pueden escucharse en la radio. La forma en que muestra el mundo de las productoras musicales, sus estructuras e intereses, ofrece un marco lo suficientemente diferente de lo que habitualmente se ve en pantalla (básicamente hospitales, comisarías y bufetes) como para dotar al conjunto de una frescura atractiva, por mucho que los temas que toca sean, como ya hemos mencionado, algo tópicos. Lo más interesante es que, salvo un par de líneas argumentales constantes (el trío romántico del personaje de Britton y la caótica vida de la cantante interpretada por Panettiere), el resto se alternan y evolucionan lo suficiente como para no llegar a resultar monótonas o tediosas, generando sensación de novedad dentro de la propia serie.

Aunque lo verdaderamente importante es no perder nunca de vista lo que se está viendo. La serie de Khouri es una producción de poco peso dramático, con unas líneas temáticas que nunca abandonan las sendas más previsibles del drama. Puede alternar diferentes etapas, pero en líneas generales se mantiene fiel a un estilo inconfundible visto en infinidad de ficciones, tanto de televisión como de cine. Puede que sea porque el mundo que retrata no permite en el fondo la seriedad que necesita la serie (desde luego, la música siempre sirve para aligerar el drama), o tal vez es simplemente que los personajes no poseen la consistencia necesaria. El caso es que el desarrollo de la serie es bastante previsible. Es un talón de Aquiles, no hay duda, pero la producción sabe sobreponerse a sus propias limitaciones y encontrar puntos de interés con los que conectar con el espectador.

El resultado es que Nashville logra dejarse ver y entretener en su primera temporada. Tal vez algunos personajes necesiten de algo más de recorrido. Tal vez las tramas requieran de algo más de evolución y atención al detalle. Pero no puede negarse que, al final, el conjunto funciona lo suficientemente bien como para resultar atractivo. Sobre todo si atendemos a la resolución de la temporada, todo un final apoteósico en el que todos los personajes, absolutamente todos, tocan fondo. Unos tomando decisiones precipitadas (la pedida de mano), otros afrontando el resultado de sus malas decisiones (el funeral) y otros sufriendo las consecuencias de una vida plagada de mentiras (el accidente). Una conclusión que deja la puerta abierta a una segunda temporada en la que todo apunta a que nada volverá a ser igual en la cuna del country.

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Cine y palabras

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