‘The Flash’ trata de avanzar mientras se mueve en círculos en su 2ª T.


'The Flash' tendrá que correr más que nunca en su segunda temporada.Cualquier producción de ciencia ficción tiene un problema congénito que, en principio, debería ser de fácil solución: la propia fidelidad a sus normas. Esto es, que cualquier mundo imaginario se rige por una serie de pilares que lo definen, y a los que el director/creadores deben ajustarse. ¿Algo sencillo, no? Pues no siempre. Y en una serie como The Flash, donde los viajes en el tiempo empiezan a ser más o menos como coger el coche para visitar a los parientes, este riesgo es, si cabe mayor. Es el principal problema de la segunda temporada de esta producción creada por Greg Berlanti, Andrew Kreisberg (ambos responsables de otra serie de DC ComicsArrow) y Geoff Johns, guionista de varios productos ambientados en el mundo de estos superhéroes.

Con esto no quiero decir que estos 23 episodios sean malos, más bien al contrario. La trama ha logrado algo que parecía poco probable, y es utilizar un villano mayor en todos los aspectos al de la primera temporada, al que da vida con cierta irregularidad Teddy Sears (serie Masters of Sex). En este sentido, la historia no solo continúa los acontecimientos de la etapa anterior, sino que desarrolla toda una serie de subtramas que se nutren entre ellas para crear un mundo más complejo, no necesariamente más oscuro pero sí, al menos, más original, dinámico y autosuficiente. Es por ello que la segunda temporada ofrece al espectador más de lo que provocó el éxito de los primeros episodios, desde la acción al drama, pasando por el romance y ciertos toques irónicos.

Desde luego, los fans encontrarán en esta nueva temporada de The Flash toda una iconografía que, como es habitual desde su inicio, se apoya con evidencia manifiesta en las historias y personajes salidos de Arrow, serie a la que la historia de la televisión posiblemente termine por situar como la punta de flecha (nunca mejor dicho) de una cadena de producción superheroicas a cada cual más espectacular u oscura, dependiendo de la apuesta dramática. Pero volviendo al velocista, el arco argumental de esta etapa, con un enemigo más veloz y con esa segunda Tierra en la que muchos personajes tienen poderes, es indudablemente más interesante, ofreciendo puntos de giro tan dramáticos como definitorios para el futuro de la serie, lo cual no deja de ser una buena noticia en una producción de este estilo.

Claro que esto tiene una cara B que no es tan positiva. La serie, más allá de algunos villanos nuevos, pivota sobre los mismos personajes que protagonizan la serie desde el comienzo. Salvo la introducción del rol interpretado por Keiynan Lonsdale (La hora decisiva), que tendrá mucha más importancia en la próxima temporada, el resto son personajes ya conocidos. Incluso aquellos que murieron al final de la primera temporada resurgen de sus cenizas, eso sí, como otro personaje con motivaciones diferentes pero con un resultado de sus decisiones sospechosamente familiar. Es más, muchos de los villanos no dejan de ser una suerte de lado oscuro de los protagonistas, lo que al final provoca una sensación agridulce: la propuesta es original en tanto en cuanto ofrece un repaso a los matices entre dos realidades paralelas, pero evidencia falta de originalidad al convertir en villanos a los héroes de turno, aunque solo sea por unos minutos.

Futuro incierto

Pero lo más peligroso de esta segunda temporada de The Flash es el futuro que deja para la próxima etapa. No voy a desvelar aquí cuál es el final para aquellos que todavía no hayan tenido ocasión de verlo, pero baste decir que, más o menos como el resto de la serie, encierra en su interior aspectos tan positivos como negativos, amén de una serie de lecturas que pueden generar no pocos problemas para los creadores de la serie y para aquellos que, sin ser estrictamente fans del personaje, se hayan acercado a esta trama por curiosidad, interés o simple entretenimiento. ¿Y qué es ese final? Bueno, en grandes líneas una reescritura de todo lo visto hasta ahora.

Y ese es el problema. La decisión del protagonista, interpretado de nuevo por Grant Gustin (serie Glee), quien por cierto parece estar madurando junto con el personaje, posee una serie de implicaciones morales y emocionales sumamente interesantes. Para empezar, la constante lucha interior entre los deseos personales y la decisión correcta, que no solo no tienen que ver, sino que generan situaciones casi antagónicas. La opción final elegida, aunque comprensible y atractiva desde un punto de vista dramático y narrativo, crea una serie de variables de muy difícil solución, entre otras cosas porque crea una suerte de carta blanca para rehacer todo aquello que se considere oportuno.

Este tipo de decisiones son arriesgadas, no solo por lo dicho anteriormente, sino porque permite recuperar personajes del pasado. La estrategia puede haber tenido cierto interés en la segunda temporada, por aquello de los mundos paralelos y lo llamativo del primer impacto al ver personajes muertos volver a la vida. Pero repetir la fórmula por tercera vez puede ser demasiado, amén de modificar (habrá que ver en qué grado) las relaciones entre los personajes. En este sentido, hay cierta similitud entre varios momentos de la primera y la segunda temporada, como si el protagonista corriese en círculos que se repiten más o menos fielmente, en lugar de ir hacia adelante.

Quizá este sea el mayor reproche que se le puede hacer a la segunda temporada de The Flash. La serie parece tener miedo a afrontar sus decisiones hasta las últimas consecuencias, recurriendo a conceptos narrativos y fantásticos que justifiquen la presencia de personajes ya fallecidos, de roles aparentemente secundarios y de tramas (sobre todo el ‘love interest’ del protagonista, que va camino de convertirse en un quiero y no puedo) que avanzan solo para volver a retroceder. Soy consciente de que la producción es mucho más limpia y clara de lo que es Arrow, pero eso no debería ser óbice para que avance en el sentido que se considere más oportuno, afrontando con valentía lo que esté por llegar. Y esa es la palabra clave, sobre todo en una ficción con la velocidad como eje central: avanzar.

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‘Séptimo’: el descenso a los infiernos del género


Ricardo Darín protagoniza 'Séptimo', de Patxi Amezcua.Me consta que existe mucha gente que considera la clasificación por géneros como una especie de arcaica y manida forma de abordar las tramas. Siempre las mismas claves, personajes similares, lugares comunes. Puede ser. Pero por poner un ejemplo relacionado con la nueva película de Patxi Amezcua (25 kilates), de los últimos thrillers que se han estrenado el único que ha sido realmente aclamada ha sido aquel que ha mantenido las estructuras clásicas en su desarrollo: Prisioneros, película con la que, por cierto, comparte la premisa inicial. Con esto quiero decir que no es necesario modificar sustancialmente los pilares que han funcionado desde que el hombre empezó a contar historias, aunque sí se puede innovar en el enfoque que se quiere dar de ellos.

El caso de Séptimo es otro más de esos ejemplos de innecesaria revolución a partir de una idea clásica e interesante. Lo que comienza siendo un inocente juego entre padre e hijos pasa a convertirse en la angustia de un padre por haber perdido a sus hijos en un lugar tan controlado como los pisos de su edificio de apartamentos. Hasta aquí todo correcto, desde la magnífica banda sonora (de lo mejor del film) hasta un Ricardo Darín (El secreto de sus ojos) que debe luchar contra un personaje cuyo dilema interior se atisba pero no se llega a ver con plenitud. El problema surge en estos primeros compases del segundo acto, en los que apenas hay desarrollo. En lugar de utilizar las numerosas tramas secundarias que se plantean para enriquecer la historia, muchas de ellas relacionadas con la corrupción política y policial, se limita a presentarlas para luego rechazarlas, como si no tuvieran ninguna relevancia.

El resultado es que el grueso de la película no avanza, y lo que es más importante, no genera la tensión suficiente para lograr una identificación con el angustiado padre, que a pesar de su voluntad por encontrar a los niños se limita a subir y bajar pisos como si de un ascensor se tratara. En buena medida porque el punto de inflexión, una llamada, se produce tarde, obligando a ocupar el tiempo con algo más que diálogos. Por otro lado, la resolución no termina de encajar demasiado bien con algunos de los momentos de la trama, amén de que deja libertad absoluta al espectador para componer secuencias omitidas y personajes invisibles de la historia. Muchos huecos y demasiado determinismo narrativo: los personajes, sobre todo el de Belén Rueda (Los ojos de Julia), parecen prever cuál va a ser la reacción del resto, actuando en consecuencia sin tener en cuenta que, llegados a una situación límite, las reacciones suelen ser imprevisibles.

Séptimo es, en definitiva, un film que se desinfla rápidamente. La cierta intensidad que impregna los primeros minutos, en parte gracias a un buen uso de los encuadres por parte de Amezcua, se pierde por las escaleras de un edificio en el que transcurre la mayor parte de la acción. O mejor dicho del metraje, porque acción, lo que se dice acción, hay más bien poca. Sin prácticamente ningún apoyo de secundarios y con una falta de definición de objetivos, la película se mueve, al igual que su protagonista, en círculos. La mejor forma de evitarlos es servirse de las reglas del género. Por desgracia, en esta ocasión están demasiado debilitadas.

Nota: 5/10

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