La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

‘Operación U.N.C.L.E.’: una Guerra Fría muy entretenida


Alicia Vikander, Armie Hammer y Henry Cavill forman el equipo de 'Operación U.N.C.L.E.'.Puede que el cine comercial de Estados Unidos esté cada vez más entregado a los remakes, las interminables sagas y los spin off de sus principales héroes y películas. Pero eso no quiere decir que las fórmulas utilizadas, en las manos correctas, no logren su principal objetivo: distraer y entretener durante todo el metraje. Dicho esto, lo nuevo de Guy Ritchie (Sherlock Holmes) es lo que cabe esperar de una cinta de espías en plena Guerra Fría con la ironía y las tensiones generadas por un agente norteamericano y un agente ruso. Vamos, que no aporta ninguna novedad, pero tampoco resulta ofensivo.

Con todo, es conveniente aclarar que Operación U.N.C.L.E. funciona principalmente gracias a sus dos protagonistas, Henry Cavill (Immortals) y Armie Hammer (Blackout), quienes se toman sus respectivos personajes con el sentido de humor necesario para aportar el cinismo adecuado a muchas de las secuencias del film, generando humor más por la pasividad de sus reacciones (al fin y al cabo, están obligados a trabajar con el enemigo) que por los diálogos, algo más irregulares. Es más, son ellos los verdaderos artífices de la función y, junto a algunos recursos visuales muy acertados de Ritchie, logran dotar al conjunto de un aire sementero muy televisivo, en un claro homenaje a la serie de televisión en la que se basa el film. Eso por no hablar de la banda sonora, de lo mejor.

Todo ello no quiere decir que estemos ante una gran cinta de acción e intriga. Las limitaciones de la historia impiden que pueda progresar hasta territorios diferentes a los establecidos de antemano. La evolución en la relación de los protagonistas queda un poco apagada, sustentada más por la propia experiencia del espectador que por hitos dramáticos concretos. Asimismo, algunos secundarios están desaprovechados, desde los villanos (meros iconos necesarios para plantear la historia, pero sin una notable personalidad) hasta los jefes de los protagonistas, con un Hugh Grant (Cuatro bodas y un funeral) a la cabeza que se limita a hacer acto de presencia para, tal vez, tener un mayor papel en una hipotética segunda parte.

Al final, Operación U.N.C.L.E. es lo que es, un divertimento palomitero que no hace daño pero que tampoco resulta memorable. Quizá su mayor virtud sea también su mayor defecto. La solidez de sus actores, que sin realizar un gran trabajo mantienen sobre sus hombros buena parte del peso narrativo, denota a su vez una falta importante de una trama más desarrollada, sobre todo en el plano emocional del trío protagonista. Dicho de otro modo, es una producción pensada para el consumo masivo, sin demasiadas complicaciones a nivel dramático pero con un sentido del entretenimiento muy desarrollado.

Nota: 6/10

‘Misión: Imposible – Nación secreta’: la confirmación de una saga


Tom Cruise vuelve a ser Ethan Hunt en 'Misión: Imposible - Nación secreta'.A pesar de haber tenido ciertos altibajos, sobre todo en su segunda entrega, la saga de Misión: Imposible ha logrado confirmarse en sus últimas aventuras como una serie muy completa, capaz de ofrecer al espectador lo que espera de un modo fresco, dinámico y muy atractivo. La última incursión en el personaje de Ethan Hunt por parte de Tom Cruise (Top Gun) es el broche de oro a una evolución que ha sabido sacar partido de los elementos más característicos de la trama y, sobre todo, de unos personajes que se han convertido en fijos.

Puede que muchos consideren a esta Misión: Imposible – Nación secreta como una vuelta de tuerca más a las situaciones inimaginables que vive el protagonista, entre las que se lleva la palma la secuencia inicial. Sin embargo, y al igual que ocurre con otras sagas como la de ‘James Bond’, todo ello forma parte del encanto de las aventuras de este espía. Partiendo de esta base, lo realmente importante es comprobar si la cinta es capaz de trasladar al espectador a su terreno, de introducirle en sus propias normas para ofrecerle un entretenimiento digno. Lo consigue con creces. La película desprende un dinamismo único, un ritmo cuidadosamente calculado que permite a la trama desarrollarse con coherencia y naturalidad sin perder por ello ni un ápice de acción o adrenalina.

Sin duda esto se debe al equilibrio entre las secuencias de acción, algunas de ellas realmente logradas, y las secuencias de mayor tensión dramática, que incorporan en todo momento la sensación de prender la famosa mecha que acompaña siempre a la película. Esto, unido a la consistencia de un núcleo de protagonistas que parece haber encajado perfectamente en la trama (lo que aporta una mayor continuidad a las aventuras de Hunt), ofrece al espectador los anclajes necesarios para conocer de antemano los trucos a utilizar. Y aunque eso podría dar pie a una previsibilidad contraproducente, el hecho de que la trama aproveche ese conocimiento previo en su beneficio (bien a través de referencias explícitas, bien como una suerte de gag) transforma la previsibilidad en ironía, lo que no hace sino mejorar el resultado final.

Es cierto, sin embargo, que el villano sigue siendo uno de los puntos más débiles de la saga. No se trata tanto de que no posean fuerza como de que son arquetipos que no parecen estar a la altura de la calidad de los héroes. En Misión: Imposible – Nación secreta ocurre algo similar con el rol de Sean Harris (Harry Brown). Pero es un mal menor. Esta quinta entrega (ya hay sexta en camino) confirma la idea de que estamos ante una saga que, tras varios intentos, ha encontrado la esencia que le permitirá vivir para siempre, más o menos como le ha ocurrido al agente secreto más famoso del cine. Mientras siga sabiendo cuál es su sitio y lo que puede o no puede ofrecer, bienvenido seas, Ethan Hunt.

Nota: 7,5/10

‘The interview’: la parodia de la discordia


Seth Rogen y James Franco protagonizan 'The Interview'.Sin duda la nueva gamberrada de Seth Rogen (Hazme reír) delante y detrás de la cámara será recordada por considerarse el detonante de una tensión casi bélica entre Estados Unidos y Corea del Norte. El morbo que genera ver la película que, supuestamente, generó el ciberataque a Sony es más que suficiente para convertir al film en un éxito que, de otro modo, casi seguro que no obtendría. Y da igual que sea buena o mala. La curiosidad radica en su realmente la crítica y la burla son para tanto. Bueno, eso me imagino que dependerá del cristal con el que se mire, pero en líneas generales sí, la feroz crítica y el sarcasmo más rudo están presentes. Y de qué modo.

Porque lejos de lo que pueda pensarse, The interview tiene críticas y dardos envenenados para todos los participantes en esta ácida comedia. Desde el líder norcoreano, presentado como un hombre atormentado por la figura de su padre y con gustos por la cultura norteamericana actual más iconoclasta (escucha a Katy Perry mientras bebe margaritas), hasta los norteamericanos, con ese presentador que confunde a Stalin con Stallone, todos los roles caen en una serie de estereotipos que, en el fondo, son los que dan vida a la maquinaria de este film cuyo clímax es un exceso detrás de otro. El guión en sí mismo no supone un reto dramático excesivo, pero lo cierto es que tampoco se busca, y dudo mucho que haya algún espectador que realmente espere encontrar algo más que unos cuantos chistes a cargo de sus protagonistas.

Así que sí, la respuesta al morbo generado por la polémica es afirmativa. El líder de Corea del Norte sale mal parado… como el resto de personajes. En este sentido, el guión trabaja sobre unos estereotipos que funcionan extremadamente bien gracias sobre todo a la simplicidad de la propuesta y a la previsibilidad de su desarrollo dramático, carente de grandes giros. La verdad es que es una trama sin momentos memorables, pero también sin momentos olvidables. Es, con sus virtudes y sus defectos, una película que se conoce de antemano, sobre todo si se ha visto algún film de Rogen y de su humor tendente a la reincidencia de gags relacionados con la sexualidad. Más allá de la crítica y de algunos momentos que arrancan sonoras carcajadas, la cinta pasa de forma discreta por la mente del espectador.

Una distracción que sabe lo que es y para qué está concebida. Ni más ni menos. The interview, en este sentido, es un film sincero. Sin duda la polémica generada ayudará a sanear las cuentas del film, pero tras todo el ruido mediático se esconde una propuesta con una dosis de crítica y de autocrítica notable. No será de lo mejor que pueda verse ahora mismo en la cartelera. Y desde luego, Seth Rogen tiene en su cartera films mucho más divertidos. Pero permite que nos olvidemos de dramas serios durante casi dos horas, sustituyendo los problemas reales por cotilleos, comedia y acción. Y eso tampoco está mal de vez en cuando.

Nota: 5,5/10

‘Homeland’ recupera su esencia en una 4ª T con nuevos enemigos


Mandy Patinkin y Claire Danes vuelven en la cuarta temporada de 'Homeland'.Las emociones respecto a la nueva temporada de Homeland han sido, a lo largo de este último año, relativamente dispares. Por un lado, existía el temor de no saber remontar la trama de la serie a raíz de los acontecimientos sucedidos en la tercera temporada y, sobre todo, del ritmo aparentemente irregular de su desarrollo. Por otro, la expectación era máxima si tenemos en cuenta que estamos hablando de una de las producciones más interesantes de los últimos años. En ambos casos la expectación era muy alta. Y en líneas generales, los 12 episodios de esta cuarta temporada no han defraudado, siendo capaces de retomar lo mejor de la ficción y reconvertirlo en una nueva historia.

Es evidente que la anterior temporada supuso la conclusión de un arco dramático que duró hasta tres entregas. Sin embargo, y como señalé en el análisis de dichos episodios, no hay que entender la serie como un thriller sobre un marine reconvertido en terrorista árabe, sino sobre el trabajo de la CIA y, más concretamente, del personaje interpretado por Claire Danes (Stardust). Esta nueva etapa creada por Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24) confirma tal hipótesis al presentar no solo una historia totalmente distinta, sino al hacerlo con los principales personajes involucrados en una nueva misión y en una nueva conspiración de espionaje que amenaza la vida y el equilibrio dentro de la agencia.

Se puede decir que, en líneas generales, esta nueva temporada de Homeland recupera el nivel dramático y de suspense que ya tuviera la primera y, sobre todo, la segunda temporada. La historia, trasladada a Pakistán, desarrolla de forma inteligente y con relativa coherencia el conflicto entre agencias de inteligencia alimentado por las diferentes visiones que ambos grupos tienen de un líder terrorista. Al igual que ocurriera en los inicios de la serie, en esta ocasión un acontecimiento tan aparentemente “inocente” desemboca en todo un conflicto armado con asalto a la embajada estadounidense que deja varias decenas de muertos por los pasillos y las calles del recinto. Sin duda ese es uno de los momentos más impactantes del desarrollo dramático, pero ni por asomo es el que más tensión genera.

De hecho, este último aspecto es de lo más admirable de esta ficción. Su trama está tan bien construida, sus personajes son tan ricos dramáticamente hablando y los secretos son tan relevantes que cada episodio, cada secuencia, añade un grado de tensión física y dramática al conjunto, generando una escalada que desemboca en ese violento capítulo del que la foto que acompaña este texto es solo un leve reflejo. Esta aparente sencillez para construir el thriller es lo que permite a la serie reconciliarse con todos aquellos fans que encontraron en la tercera temporada un vacío narrativo y dramático. Es un regreso por todo lo alto, no cabe duda, y devuelve a la serie al lugar que le corresponde, si es que en algún momento lo abandonó.

Futuro incierto

Cabe señalar, además, que esta cuarta temporada de Homeland ha sabido aprovecharse de todo aquello que arrastra de las temporadas anteriores. La niña que la protagonista ha tenido fruto de su relación con el personaje de Damian Lewis (serie Hermanos de sangre); la tensa relación con el personaje de Rupert Friend (Aprendiz de caballero); el regreso de Mandy Patinkin (La princesa prometida) a la primera fila de la dirección de la CIA. Y así sucesivamente. La integración de todos estos elementos en el desarrollo de la trama principal hace que la serie se nutra de elementos aparentemente intrascendentes, pero que dotan a los personajes y al conjunto en general de una profundidad que no lograba en etapas anteriores. Hay que decir, empero, que el desarrollo de la trama principal se ha visto salpicado de diversos giros argumentales algo forzados dentro de la definición no solo de la historia, sino de los propios personajes, obligándoles a actuar de forma algo incoherente para poder desarrollar la trama.

El final de la temporada puede parecer dócil, incluso derrotista. Mientras que durante 10 episodios la tensión y el drama van en aumento, los últimos capítulos se centran en cerrar las líneas secundarias relacionadas con la vida personal de la protagonista. Lo cierto es que conceptualmente hablando contrastan mucho ambos mundos, pero no por ello es un mal final, más bien al contrario. La serie aprovecha esos elementos para situar a todos y cada uno de los personajes ante una nueva perspectiva, impidiendo al espectador tener acceso al conocimiento de qué es lo que va a ocurrir. Más o menos como ocurrió al final de la tercera temporada, con la diferencia de que ahora mismo no se ha cerrado una etapa como tal, sino tan solo un capítulo de algo que se atisba mucho mayor.

Buena parte de estas sensaciones se debe a que la trama desarrollada en Pakistán no ha concluido del todo. Las relaciones entre los personajes, su forma de afrontar la derrota sufrida en suelo pakistaní y el hecho de que la CIA parezca apoyar de algún modo a un líder terrorista dejan abiertos sendos interrogantes que permiten pensar en una quinta temporada de lo más variada. Y digo pensar, porque si algo ha demostrado la serie es que no tiene miedo alguno a sorprender al espectador con un desarrollo impacientemente coherente, lo cual siempre es de agradecer y admirar.

Desde luego, Homeland ha logrado en esta cuarta temporada desprenderse de todo aquello que la eclipso durante sus primeras temporadas para revelarse como una serie de espionaje, una serie capaz de tener una vida más allá de un marine reconvertido, de la enfermedad mental de su protagonista (que en estos episodios tiene cierta relevancia, pero en ningún caso es fundamental) o de la amenaza terrorista en suelo norteamericano. Lo cierto es que, quitándose una serie de sambenitos que se le habían asignado no sin cierto fundamento, se ha definido como uno de los mejores thrillers de la televisión, al menos dentro del mundo del espionaje. Y lo ha hecho con las armas que siempre le han funcionado: una buena historia y unos personajes profundamente complejos. Solo cabe esperar que la quinta temporada siga la senda iniciada en estos episodios.

‘Matar al mensajero’: los mismos héroes y villanos sobre el papel


Jeremy Renner da vida a Gary Webb en 'Matar al mensajero', dirigida por Michael Cuesta.Hay algo muy curioso en los thrillers ambientados en la corrupción política y el mundo del periodismo: todos ellos son, en esencia, iguales sobre el papel, pero todos ellos dejan un buen sabor de boca una vez que los títulos de crédito hacen acto de presencia. Es cierto que algunos son mejores que otros; que algunos directamente son soporíferos; y que muchos otros son directamente inverosímiles. Pero la base de verdad que suele acompañar este tipo de historias hacen que sus guiones posean una fortaleza única que lleva a los espectadores a estremecerse, indignarse y compadecerse con lo ocurrido en la trama. Lo nuevo de Michael Cuesta (Roadie) no es distinto, para bien y para mal.

Desde luego, si alguien acude a ver Matar al mensajero con la esperanza de encontrar una isla en un océano, mejor será que desista. Nada en la película interpretada por Jeremy Renner (En tierra de hombres), quien por cierto vuelve a un terreno dramático que maneja muy bien, supone una novedad. En este sentido, el desarrollo dramático puede preverse con varios minutos de antelación, pues las situaciones y los lugares son comunes a los que han presentado muchas otras películas (mejores películas) antes que esta. La puesta en escena de Cuesta, además, tampoco opta por una visión más transgresora de esta lucha quijotesca contra unos gigantes que, en esta ocasión, son gigantes de verdad. De hecho, es en el apartado visual donde más flojea el film.

Entonces, ¿no hay nada en ella digno de mención? No hay nada… y todo. Tal vez sea por la época de corrupción que vivimos; tal vez influya el hecho de que determinados aspectos del Gobierno de un país siguen siendo ajenos al gran público; o simplemente que este tipo de thrillers apasionan. Sea como fuere, la película entretiene gracias precisamente a no salirse del guión establecido, a presentar una lucha imposible de un hombre contra el sistema. Una lucha que, todo sea dicho, le otorga una victoria pírrica. Pero el resultado es lo de menos. Lo más interesante reside en el viaje personal y destructivo que vive el protagonista y el modo en que aquellos que le rodean reaccionan al desarrollo de los acontecimientos. Eso y la reivindicación de una profesión, el periodismo, que necesita más hombres como Gary Webb.

La conclusión de Matar al mensajero, por tanto, es que es una aportación más a este tipo de historias. No tiene nada de original, pero aun así entretiene. No tiene pretensiones de ningún tipo, y a pesar de ello logra generar una cierta incomodidad en el espectador al mostrar la espiral en la que se introduce sin red de seguridad. Posiblemente en otras circunstancias esta historia no habría pasado de un mero telefilm, pero gracias al espectacular reparto y a algunas secuencias bastante impactantes (la primera amenaza al protagonista, el final ideal que contrasta con el real, …) la película alcanza un nivel medio. Una prueba más de que a veces es mejor no experimentar y dejar las cosas como están.

Nota: 6/10

‘Homeland’ cierra ciclo y rompe todos los esquemas en su 3ª T


La tercera temporada de 'Homeland' supone un antes y un después en la serie.Hace casi un año la segunda temporada de Homeland dejaba sin aliento a sus seguidores en todo el mundo. Por aquel entonces confesaba que su inicio no había sido todo lo adictivo que podía ser, al menos en los primeros tres episodios. Sin embargo, y guiados por una lógica fría, calculada y aplastante, los guionistas habían logrado aportar giros dramáticos impactantes y soberbios, concluyendo con ese final de difícil asimilación. Ahora toca hablar del mundo tras el ataque terrorista en la tercera temporada, y curiosamente posee más o menos el mismo desarrollo, aunque los efectos de su conclusión son mucho más devastadores dramáticamente hablando. Tanto que, en cierto modo, debe hablarse de un fin de ciclo.

Antes de analizar cualquier otro aspecto, es conveniente explicar el porqué de la expresión “fin de ciclo”. Para aquellos que no hayan visto todavía la serie, tranquilos, no desvelaremos nada. Si bien es cierto que muchos espectadores hemos identificado la serie con el terrorismo y esa premisa inicial tan interesante sobre un marine norteamericano convertido en radical islamista, hay que aclarar que era solo eso, una premisa. La serie es, en realidad, un retrato de la lucha terrorista de la agencia de inteligencia de Estados Unidos. En este sentido, la trama descansa sobre los hombros de la protagonista, y eso es algo que, aunque pueda no apreciarse durante el desarrollo de la producción, sí es algo que se percibe si se echa una ojeada a todo lo sucedido. Los 12 episodios de esta temporada dejan patente que es ella el verdadero interés del conjunto, independientemente de que los secundarios, de lo mejor que se puede ver en televisión ahora mismo, tengan un peso específico enorme, lo cual plantea numerosas dudas sobre el futuro de la serie. Pero de eso hablaremos más adelante.

Narrativamente hablando, esta tercera entrega se ha hecho esperar, al menos para las previsiones de la mayoría de espectadores. La ausencia del personaje de Damian Lewis (Alta sociedad), quien por cierto alcanza un nivel interpretativo excepcional en estos episodios, así como la atención que se otorga a su familia, en especial a la hija, han generado una ansiedad lógica y, hasta cierto punto, esperada, por no abordar de lleno los acontecimientos que cerraban la trama de la segunda temporada. Hay que decir, empero, que esta no es una serie al uso. El breve resumen que hacía más arriba de la segunda temporada no era gratuito. La estructura dramática de Homeland se ha caracterizado por una presentación de los hechos un tanto indirecta, tangencial si se prefiere, ofreciendo una imagen más o menos anodina para luego revelar las verdaderas cartas que protagonizan este juego.

Dichas cartas son, en estos episodios, la primera pieza de un plan para acabar con la situación iraní a nivel internacional. Y como buena trama de espionaje, los acontecimientos y los puntos de giro juegan en todo momento con el espectador, obligándole a pensar en un sentido para revelarle otra realidad muy distinta. Es por eso que cuando la serie muestra su verdadera naturaleza la atracción se multiplica de forma proporcional a lo visto anteriormente. Y es por eso también que la trama secundaria de la hija es tan importante. Sé que esto puede resultar absurdo, pero es así. Sin esa constante presencia de los dramas adolescentes del personaje de Morgan Saylor (El circo de los extraños), quien por cierto no le hace ningún bien a la serie, las decisiones posteriores de Brody o el chantaje emocional que realiza Carrie Mathison (de nuevo Claire Danes en estado de gracia) no habrían tenido el impacto que tienen. Incluso me atrevería a decir que sin la ruptura total con su pasado, personalizado en la figura de la hija muy ligada emocionalmente, la resolución no habría sido tan increíblemente sólida.

Por mucho que pueda parecer lo contrario, todo en Homeland está interconectado. Ese es uno de sus mayores éxitos y uno de los motivos por los que se destaca del resto. Todo, desde un pequeño detalle en una trama secundaria hasta una revelación fundamental en la historia principal, está destinado a justificar la forma de resolver la trama. Es por eso que para acceder a la serie deben dejarse prejuicios o experiencias previas que se tengan en producciones similares, pues nada es lo que parece. Una historia tan aparentemente insustancial como el drama familiar del personaje de Saylor ayuda a encontrar las motivaciones principales de los protagonistas; los conflictos familiares del personaje de Mandy Patinkin (La princesa prometida) son la clave para iniciar la operación con la que desbloquear Irán; incluso la odisea que sufre Brody en Sudamérica y que, a priori, nada tiene que ver con la CIA, generan una revelación de lo más interesante que modifica el prima con el que debe verse la serie.

Un futuro peligroso

Está claro que estamos ante una serie excepcional en todos sus aspectos. Tanto la temporada que aquí abordamos como su predecesora son claros ejemplos de que una historia debe tener vida propia, de que sus personajes no deben estar atados por convencionalismos dramáticos que les obliguen a actuar de forma distinta a su naturaleza. Y mucho menos que les eximan de responder por sus actos. Siendo sinceros, he de reconocer que la conclusión del último episodio fue un impacto se mire por donde se mire. Tal vez fuese algo que, en cierto modo, se venía preparando desde algunos episodios antes (desde luego, no genera tanto impacto con el atentado), pero sus secuelas son mucho más duraderas y profundas. No quiero decir con esto que no sea una final apropiado. Es más, es el único posible. La valentía de afrontarlo sin paliativos de ningún tipo es digna de aplaudirse, sobre todo teniendo en cuenta las numerosas presiones que con toda probabilidad hubo por parte de los responsables de emitirla.

Pero esto, aun a riesgo de resultar repetitivo, es Homeland, y al igual que otras series como Boardwalk Empire, no tiene miedo de explorar nuevos territorios dramáticos. Eso sí, siempre dentro de sus propios límites y sabiendo en todo momento cuáles son sus fortalezas y sus debilidades, quiénes son sus protagonistas y sus verdaderos argumentos. Esto le permite jugar al ratón y al gato, ofreciendo una experiencia única que alcanza cotas extrañamente desconcertantes en esta tercera temporada. El problema es el conjunto de preguntas sin respuesta que siempre deja en el aire (algo que, por cierto, también contribuye a engrandecer su presencia). Si la segunda temporada era impactante y sorprendente, esta se vuelve intrigante y dramáticamente irremediable. Un final que, sin lugar a dudas, marca un antes y un después en la serie, y que obliga a replantear numerosas cuestiones en torno a los personajes y sus posiciones en la trama.

La forma de concluir los arcos dramáticos de los principales integrantes del reparto (Danes, Lewis y Patinkin) obliga a pensar que sus relaciones y sus participaciones en la serie serán radicalmente distintas. En algunos casos posiblemente se reduzca a la mínima expresión (en otros ni siquiera existirá). Esto abre una abanico de posibilidades no solo desde un punto de vista argumental (parece que se juega con la idea de centrar la atención en Iraq), sino también a la hora de incorporar nuevos personajes, algunos de los cuales ya han tenido presencia en esta tercera temporada. Este es, por cierto, un aspecto que la serie necesita cuidar. Muchos de los secundarios que adquieren un cierto peso en las tramas tienden a diluirse a medida que su participación se aleja de la zona de influencia de la protagonista, relegándose a apariciones esporádicas que contrastan con la importancia que se les otorga en dichos momentos.

Claro que es un problema menor, pues la intensidad de la trama es tal que pocas veces importa el destino de estos personajes y sus respectivas tramas. Sea como fuere, Homeland ha cerrado un arco argumental en esta su tercera temporada, y lo ha hecho de una forma tan brutal y maravillosamente lógica que ha puesto patas arriba todas las previsiones y convenciones que puedan existir (algo parecido pasó en la temporada anterior). Muchos pensarán que este es el fin de la serie, pero ya se está trabajando en la cuarta temporada. Ahora las dudas recaen en este futuro inminente y peligroso de una serie que se enfrenta a dos caminos distintos: continuar (o mejorar) su calidad dramática, o convertirse en un producto mediocre a la sombra de sus tres primeras y excepcionales temporadas. En todo caso, el resultado será el mismo: redefinirse.

‘The americans’ no logra compaginar trabajo y familia en su 1ª T


Imagen promocional de 'The americans', serie creada por Joseph Weisberg.El espionaje está de moda. El espionaje y la traición. Y no es algo exclusivo del cine o la televisión a tenor de las informaciones que diariamente aparecen en los medios y que tienen que ver con la presencia de un Gran Hermano muy real. Uno de los principales impulsores, al menos en la pequeña pantalla, es la impecable producción Homeland, y de su éxito parece querer nutrirse otra serie de espías y traiciones, The americans. La serie creada por Joseph Weisberg, guionista con poca experiencia cuyos últimos trabajos son algunos episodios de Falling Skies, traslada la acción a la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS, teniendo como protagonistas a una pareja de espías rusos en suelo norteamericano que, con los años, han creado una familia que ignora su verdadero trabajo, y que ven cómo sus misiones se complican cuando se muda al vecindario un agente de contraespionaje del FBI cuyo objetivo es destapar las identidades de estos agentes rusos.

La serie, cuya primera temporada de 13 episodios terminó en mayo en Estados Unidos, se distancia significativamente del referente que hemos mencionado. En líneas generales, existen dos líneas argumentases principales que, por desgracia, pocas veces se fusionan de forma coherente a lo largo de esta entrega. Por un lado tenemos el trabajo de espías, las misiones y la constante lucha entre los servicios de inteligencia de ambos bandos. A través de misiones episódicas Weisberg crea una delicada red en la que buena parte de las decisiones, de las acciones y de los diálogos influyen en el resultado final, algo que abordaremos más adelante. Por otro, está el conflicto familiar, la necesidad de mantener una mascarada no tanto por aparentar ser algo que no son, sino por otorgar a sus hijos una vida alejada de un mundo que ni siquiera comprenden.

Es este uno de sus elementos más interesantes, y es al mismo tiempo el menos elaborado y más perjudicial para el resultado final. La poca conexión entre las dos líneas desarrolladas, espionaje y familia, convierte a esta última prácticamente en un estorbo, en una especie de fondo de cartón piedra que ofrece un marco pero aporta más bien poco. Los constantes conflictos morales de los dos protagonistas, quienes parecen quererse y odiarse en días alternos, no ofrece una continuidad coherente con lo ocurrido en la otra línea argumental. Es más, determinadas tramas secundarias destinadas a complementarla parecen convertirla más bien en un drama en el que los romances a tres bandas, las confesiones y las confidencias están a la orden del día. Eso por no hablar de los hijos, interpretados por Holly Taylor (Ashley) y Keidrich Sellati.

Un elemento con tanto potencial como los hijos queda relegado a un segundo plano durante la práctica totalidad de estos primeros 13 capítulos de The americans. Los dos jóvenes asisten como un espectador más a toda la farsa montada a su alrededor. Nadie pregunta. Nadie se mueve por la casa con la libertad necesaria para provocar una situación que comprometa una operación. Todo está excesivamente acotado, como si los personajes adolescentes, tradicionalmente motor de situaciones delicadas, fuesen un miembro más del decorado que, eso sí, reacciona cuando se trata de aportar elementos lacrimógenos a determinados momentos de la trama. Personalmente, no creo que esta serie pueda ser comparada con Homeland, ni en su contenido ni en su forma, pero sí que podría haber tomado en consideración la forma de abordar la relación padres-hijos.

Salvados por la Guerra Fría

Pero si el componente familiar es el eslabón más débil, el espionaje es el que tira de la producción, sobre todo en su tramo final. La primera temporada ha sido irregular, eso es indudable. Con un episodio piloto bastante interesante, la trama perdió fuerza en sus primeros episodios para recuperarla en los últimos. No por casualidad, este fenómeno coincide con una apuesta sólida por ahondar más en la Guerra Fría y en los daños colaterales que provoca. Así, mientras la serie comienza con los personajes de Keri Russell (serie Felicity) y Matthew Rhys (serie Cinco hermanos) realizando misiones más o menos independientes, su final se acerca más a un formato seriado en el que las acciones provocan una serie de acontecimientos que derivan en nuevas crisis y conflictos a resolver.

En este caso, esa concatenación de momentos está determinada por las muertes en uno y otro bando y, lo más importante, por los errores que cometen los protagonistas. Es este otro factor a tener en cuenta. La presentación en el episodio piloto era de dos personas capaces de compaginar una enorme mentira con el riesgo de las operaciones secretas. Los errores quedaban como algo secundario, casi anecdótico (la muerte de un personaje en el primer episodio apenas tiene continuación en los siguientes). Pero a medida que avanza la acción dichos errores se vuelven determinantes, siendo de hecho los que provocan la crisis con la que termina esta primera tanda de episodios. Claro que no todo depende exclusivamente de la trama principal.

Contrariamente a lo que ocurría en esa línea argumental familiar de la que hablábamos antes, aquí las tramas secundarias fortalecen y completan la historia de los dos espías del Directorio S. Del mismo modo que el desarrollo se vuelve más coherente a medida que se suceden los episodios, la presencia del personaje de Noah Emmerich (Super 8) adquiere mucha más presencia, hasta el punto de convertirse en lo que debería haber sido desde el principio: el principal antagonista. Su relación con una fuente del KGB y el doble juego que se establece entre ellos tiene muchas oportunidades de convertirse en una trama sólida en la segunda temporada, ya confirmada. Mención especial necesita el personaje de Alison Wright (Diario de una niñera) y la historia romántica y de espionaje que mantiene con el rol de Matthew Rhys. Al igual que el resto de la serie, ha ido creciendo en intensidad, pasando de un simple contacto al que sonsacar información (con el interés de que ella no sabe lo que ocurre) a una verdadera complicación en forma de vida marital, siendo durante el proceso el detonante del cambio que se produce en la serie.

Dicho en pocas palabras, The americans es una serie que ha crecido con el paso de los episodios. Es algo que se espera. Pero a pesar de todo, no resuelve las dudas que planteaba en sus primeros episodios, entre otras cosas porque la relación que debería existir entre familia y espionaje, entre farsa y realidad, debería ser mucho más difusa. Hay intentos, es cierto, como son las discusiones acerca de la vida familiar, el futuro de los hijos si su verdadera identidad se descubre, etc. Pero son casos aislados. Al final, el espionaje va por lado y la ignorancia de los jóvenes por otro. Tan solo la conclusión de la primera temporada abre la puerta a un conflicto entre tramas que debería haber tardado menos en aparecer. Solo queda desear que ese atisbo, esa puerta abierta al sótano donde se guardan los secretos, no se cierre sin arrojar algo de luz a las numerosas sombras de la producción.

‘La noche más oscura’: visión sobria de una búsqueda a ciegas


Jessica Chastain es la protagonista de 'La noche más oscura'.Estamos tan acostumbrados a ver en una película que los Estados Unidos son los héroes de turno, ensalzados por un patriotismo visual espectacular e innecesario, que cuando llega a nuestras manos un producto más o menos objetivo, emocionalmente distante y, sobre todo, crítico con su propio sistema, puede llegar a parecernos hasta un rara avis. Kathryn Bigelow (Acero azul) no solo lo consigue con un tema tan delicado y fácilmente manipulable como es la persecución y muerte de Osama Bin Laden, sino que ofrece una película sobria, perfecta en su planteamiento y valiente en su forma de abordar las diferentes fases de una investigación que duró más de una década.

No cabe ninguna duda de que estamos ante una de las mejores producciones del 2012, y es una firme candidata a los Oscar. Y lo es principalmente por la labor de su directora y de su guionista, Mark Boal (En tierra hostil). La historia, narrada a través de bloques en los que se recogen las diferentes fases y líneas de investigación seguidas a lo largo de los años, da pie en numerosas ocasiones para entregarse a un fanatismo estadounidense y anti islamista capaz de arrasar con Oriente Medio varias veces. Afortunadamente, y ciñéndose a las informaciones de agentes de la CIA, los responsables optan por un tono mucho más comedido, desnudo en muchas ocasiones, dejando al espectador la labor de valorar si aquello que ve es lo suficientemente espectacular, violento o tenso, lo que es de agradecer.

La película huye en todo momento del efectismo facilón y barato. Nada de banderas; nada de discursos motivadores; nada de héroes. Si algo destaca por encima de todo en La noche más oscura es su reflejo fiel de la realidad. Los militares no son máquinas de matar, sino seres humanos entrenados para situaciones violentas; la CIA no es un cuerpo de inteligencia de élite donde sus miembros se entregan a un fin superior, sino individuos marcados por sus propios miedos; ni siquiera se representa a Estados Unidos como una potencia honesta, una crítica a esas torturas que tanto dieron que hablar y que aquí se muestran en toda su crudeza.

Sumando a este tono sincero un reparto de auténtico lujo que asume su rol vehicular de una historia más grande que ellos mismos, nos encontramos ante una obra diferente, un film que se acerca, en cierto modo, al documental ficcionado, capaz de llevar al espectador por un caudal de nombres, investigaciones, torturas y atentados que, por cosas del destino y la perseverancia de una agente de la CIA, dan como resultado la captura de Bin Laden… a pesar de la incertidumbre de su ubicación. Y ese es el otro gran pilar de la trama. Los acontecimientos históricos no se escriben en el primer borrador, sino que son fruto del ensayo, del error y de las corazonadas que tanto han marcado el devenir del ser humano. La noche más oscura es un compendio de más de 10 años de todo ello.

Nota: 9/10

‘Homeland’ da un vuelco lógico a su trama en su segunda temporada


El final de la segunda temporada de 'Homeland' destruye la CIA.Si he de ser sincero, la segunda temporada de esa obra de arte que es Homeland me parecía, en su puesta en escena, menos impactante que la primera temporada. No quiero decir con esto que no sea igual de intensa. De hecho, supera con creces el drama, la tensión y los giros dramáticos profundos que tenían los 12 episodios anteriores. Pero sí daba la sensación de que, capítulo tras capítulo, las revelaciones sorprendentes e inesperadas habían desaparecido. Debo entonar un merecido mea culpa por dudar de la capacidad de los creadores de la serie. No solo ha tenido un desarrollo capaz de dejar anonadado al espectador capítulo tras capítulo. Es que con la conclusión de la temporada rompen todos los esquemas habidos y por haber en la dramatización de cualquier historia, situando el punto de giro más importante justo antes de finalizar la trama. Una muestra más de que estamos ante uno de esos productos diferentes, únicos y coherentes que abundan poco en la televisión y el cine.

Puede que lo más destacable de todo el producto sea, precisamente, su coherencia. Al igual que ocurre con otras series como Boardwalk Empire, existe una ausencia total de miedo escénico a la hora de afrontar los caminos por los que transita la historia y el desarrollo emocional de los personajes. Si hay que enfrentar al protagonista a su moral terrorista, se hace, aunque haya que romper con el argumento básico de la serie; si hay que torturar a la agente de la CIA protagonista, pues se la tortura. Y si hay que destruir la CIA para convertir al principal villano de la producción en el buen y acosado militar que debe esconderse en la tercera temporada, pues se hace. Y se hace a lo grande, como todo lo sucedido en este thriller. Es este acontecimiento el final de una temporada brillante, un punto y aparte en la historia que pone patas arriba todo lo acontecido hasta ahora, con una sede de inteligencia tocada de muerte (como puede verse en la imagen) y con nuevos y suculentos sospechosos de terrorismo infiltrado en esta guerra que, con acierto, se describe en estos ya 24 episodios.

Disfrutar de Homeland es disfrutar de una coherencia narrativa que pocas veces se consigue en una producción audiovisual. Porque si los guionistas no tienen reparos en afrontar situaciones complejas desde un punto de vista dramático, muchos menos tienen a la hora de adaptar a los personajes a dichas situaciones, modificando no solo sus puntos de vista, cada vez menos simples (si es que alguna vez lo fueron), sino las relaciones entre ellos. En este sentido, la segunda temporada deja para la posteridad algunos momentos que ocuparán, o deberían ocupar, un puesto relevante en la historia de la televisión. Sin ir más lejos, el interrogatorio al protagonista donde este confiesa, entre lágrimas y una derrota moral apabullante, los planes a futuro del terrorista más buscado de Norteamérica (y que, a falta de Bin Laden, responde al nombre de Abu Nazir). Pero hay mucho más, como el asesinato del Vicepresidente de los Estados Unidos o la ya citada bomba en la CIA.

Todos ellos, hilados con mano firme entre numerosas líneas argumentales secundarias cuya incidencia en la principal es bastante notable, conforman un entramado tan complejo como deleitable, tan intenso como sencillo de atender. En esta dualidad radica el gran atractivo de la serie. Con un tema tan puramente norteamericano como es el ataque en su propio suelo de terroristas islamistas consigue atrapar al espectador en una telaraña de intereses, amenazas y sentimientos encontrados que ni el mejor cine negro podría lograr. Y en esto, por suerte, no solo cuenta con unos guiones impecables.

Los actores, de buenos y malos

Antes mencionaba que esta segunda temporada ha tenido cambios dramáticos en estratos muy profundos. Dichos cambios se han producido, sobre todo, en el ámbito emocional y psicológico de los personajes, tanto en los principales como en los secundarios. Empero, el mayor cambio se ha producido en Nicholas Brody, marine norteamericano convertido a terrorista que interpreta Damian Lewis (Hermanos de sangre) y que, casi por arte de magia, termina convertido en fugitivo, inocente de un atroz crimen que se le imputa por falsas pruebas. Un cambio de 180 grados que, como todo en la vida, tiene su lado oscuro y no es, ni mucho menos, así de simple.

Junto con Carrie Mathison (una Claire Danes menos radical y paranoica), es el personaje más complicado. Su moralidad, como la de cualquier ser humano, no es blanca o negra, sino que está compuesta por una serie de tonalidades grises que lo hacen mucho más cercano a la realidad, más vulnerable y al mismo tiempo más accesible en sus decisiones y sus diatribas. Es gracias a esta falta de prejuicios de los creadores que el espectador puede empatizar con un terrorista, hasta el punto de aceptar sus motivaciones y convertirlo en el bueno de la historia, posición que parece ocupará en la tercera temporada (visto lo visto en estos episodios, la verdad es que nadie puede hacer una apuesta segura).

Incluso las nuevas incorporaciones al elenco, algunas más destacas que otras, poseen un grado de complejidad pocas veces visto. Si hubiese que etiquetar algún aspecto de categoría inferior al resto, ese podría ser el de los terroristas que trabajan para Nazir (sobrio Navid Negahban), delineados con poca o ninguna profundidad dramática, aunque lo cierto es que tampoco existe el tiempo necesario para ello. Por lo demás, la evolución dramática de los secundarios ya conocidos (como la relación de Brody con su familia, cada vez más degradada) y la de los nuevos personajes (sobre todo Peter Quinn, con los rasgos de Rupert Friend) no solo está a la altura de los acontecimientos, sino que demuestran que el mundo creado en la serie tiene vida propia y casi independiente al control de los guionistas.

Esta segunda temporada confirma a Homeland como uno de los mejores productos de los últimos años. Su solidez narrativa y la valentía a la hora de afrontar cambios importantes en su desarrollo dramático la convierten en un producto de obligado visionado y dejan al espectador en una situación total de indefensión. Indefensión entendida como una falta total de previsión de los acontecimientos, lo que obliga a entregarse al devenir natural de lo que vaya a ocurrir. Solo queda, por tanto, maravillarse de los intensos diálogos y las impactantes revelaciones, y esperar la resolución del imprescindible giro dramático final de esta segunda temporada.

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