El conflicto terrícola-alienígena, centro de la trama de ‘Superman II’


El hombre de acero debe enfrentarse a tres enemigos con similares poderes en 'Superman II'.El estreno de El hombre de acero ha vuelto a poner en boca de todo el mundo el que posiblemente sea el superhéroe más importante de todos los tiempos. Aquellos que estén relacionados con el personaje y el mundo de los cómics sabrán que no es la primera vez que la historia contada en la película dirigida por Zack Snyder (Amanecer de los muertos) es llevada al cine. A su modo, y con los medios de la época, Superman II (1980) ya presentó en sociedad al General Zod y sus seguidores, el romance entre Superman y Lois Lane, … La intrahistoria de esta película, dirigida oficialmente por Richard Lester (Robin y Marian) y oficiosamente por Richard Donner, autor del original de 1978, es ampliamente conocida, por lo que desde Toma Dos abordaremos principalmente el carácter de su historia, mucho más dramática que la de la primera parte.

En efecto, mientras que la primera entrega centraba sus esfuerzos en desarrollar los aspectos emocionales de un personaje que, a priori, es una figura perfecta (algo que se encuentra en el reinicio de la saga), esta segunda parte opta por el conflicto entre la naturaleza alienígena y la terrestre en el personaje de Superman (que también hallamos en la cinta de 2013). Un conflicto que queda reflejado en la relación con el interés romántico del protagonista (interpretado de nuevo por Margot Kidder) y en la amenaza representada por los tres rebeldes de Krypton liderados por el personaje de un magnífico Terence Stamp (El halcón inglés). Todo ello bajo un prisma que, sin perder el sentido del humor que tenía la primera cinta, aporta una mayor seriedad a la hora de abordar muchas de las secuencias, en buena medida por el menor protagonismo de Lex Luthor, de nuevo con los rasgos de Gene Hackman (La conversación).

Posiblemente el aspecto más intimista se encuentre en las decisiones relacionadas con Lois Lane. Si en la película dirigida por Donner Superman retrocedía el paso del tiempo para salvar a la protagonista, en esta ocasión renuncia a sus poderes para evitar que sea atacada por unos rivales que parecen no tener ningún punto débil. En este sentido es imposible no remarcar la labor de Christopher Reeve (El pueblo de los malditos) como Superman y como Clark Kent, en una doble interpretación que fue, más que en ninguna otra ocasión, el trabajo sobre dos personajes diferentes. Al perder sus poderes, el protagonista pierde también parte de su esencia, de su carácter, dejando vía libre a un alter ego más apocado, tímido y torpe. Dicha transformación, el mejor elemento del conjunto para el que esto suscribe, supone la mayor debilidad y al mismo tiempo la mayor fortaleza del personaje. Las emociones es lo que le llevan a convertirse en un humano más, pero es también lo que le aporta el valor suficiente para enfrentarse a sus enemigos incluso sin sus poderes.

Aunque como no podía ser de otro modo, en Superman II debe existir un conflicto externo, una lucha física contra un poderoso enemigo. Dicha lucha está reflejada en tres habitantes de su planeta natal, soldados rebeldes y encarcelados en un vacío denominado ‘Zona fantasma’, cuyos poderes al llegar a la Tierra son exactamente los mismos. La dualidad entre humano y extraterrestre se acentúa más que nunca en los diálogos relacionados con las razas y en el hecho de que el personaje de Stamp busque la humillación del protagonista antes que su muerte. No se trata, por tanto, de una lucha a muerte entre el bien y el mal (cosa que sí ocurre, por ejemplo, en El hombre de acero), sino en un control de uno sobre el otro, y por extensión de una raza sobre otra. La decisión del héroe, lógica por otro lado, es la que acentúa los conflictos interno y externo que ya hemos mencionado.

Destrucción e ingenio

Uno de los elementos de la versión de Zack Snyder que más comentarios ha generado es esa especie de orgía final de efectos digitales, combates aéreos y acción extrema que desencadena el combate entre héroe y villano. A su modo, y salvando las distancias de épocas y medios disponibles, la segunda parte de la saga protagonizada por Reeve posee igualmente un alto grado de destrucción. Se pueden poner ejemplos como los de la Casa Blanca o el pueblecito al que llegan Zod y sus seguidores al inicio, pero sin duda lo más interesante transcurre en el combate en la ciudad. Autobuses destrozados, carteles luminosos cayendo sobre inocentes, peleas en el aire, golpes contra edificios y suelos, … Prácticamente todo lo que a un seguidor de Superman se le puede ocurrir se produce en ese combate en el que el protagonista se encuentra en inferioridad numérica.

Empero, uno de los elementos más destacados de la película es la forma de resolver el conflicto, o lo que es lo mismo, la forma de derrotar a tres enemigos cuyas cualidades son exactamente las mismas que las del protagonista. A diferencia del nuevo Superman, que recurre más a la fuerza, el personaje de Reeve recurre a su ingenio, una evidencia más de que el cine está evolucionando hacia la espectacularidad visual más que hacia la lógica argumental. Dado que la trama se centra en la dualidad entre hombre y extraterrestre, entre la vida corriente y los poderes, Richard Lester opta por una estratagema para eliminar los poderes de los villanos, única forma de derrotarlos.

Esta muestra de ingenio ante un rival que supera en número y en fortaleza confirma la idea de que Superman es, ante todo, un personaje humano, un superhéroe cuyo máximo recurso se halla en su capacidad para afrontar desafíos incluso en las peores situaciones, y cuyos poderes no son más que una ayuda en determinadas ocasiones. Un final, pues, que desequilibra la balanza de las dos naturalezas del protagonista hacia el lado terrícola, y más concretamente hacia los Estados Unidos si tenemos en cuenta una de las secuencias finales en las que aparece colocando la bandera sobre la Casa Blanca.

Si Superman fue una historia sobre los sentimientos que caracterizan al ser humano y cómo estos influyen en las decisiones de un personaje tan poderoso como el superhéroe icono de DC CómicsSuperman II ahonda en la dualidad que existe en este personaje, en su necesidad de alcanzar los parámetros de una vida humana normal y corriente. Una dualidad tratada de un modo mucho más serio, más dramático si se prefiere, y encarnada en los principales personajes secundarios. En ambos casos, sin embargo, lo que define al personaje son las emociones, los sentimientos que controlan sus decisiones.

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‘Superman’, un superhéroe emocionalmente comprometido


Uno de los sueños más comunes en el ser humano es poder volar sin la ayuda de artilugios o aparatos. Por eso, cuando en 1978 Superman llegó a las pantallas de todo el mundo, su frase promocional era clara y directa: “Creerá que un hombre puede volar”. Pasados más de 30 años, con unas tecnologías de última generación y poco novedoso por ver en una pantalla, la historia de aquella película, así como sus efectos especiales ganadores de un Oscar, siguen hipnotizando a los espectadores y cada nueva generación que se acerca a su mito. Y eso, claro está, no depende solo de que un hombre vuele con una capa roja.

La cinta, dirigida por el maestro Richard Donner (Arma letal), encuentra su fortaleza básicamente en un guión hilado a la perfección que, además, tiene su continuación en la segunda entrega también protagonizada por el malogrado Christopher Reeve, rostro único y verdadero del superhéroe perfecto (por mucho que otros hayan querido emularle, el carisma que desprende es incomparable). Una historia que, lejos de resultar tediosa o excesivamente abandonada a un abuso de los efectos especiales, apuesta más por el lado humano de este superhombre que, en realidad, es un alienígena. Un lado humano que aparece bajo la forma de Clark Kent, alter ego de Superman, y viceversa.

Puede que fuera por un presupuesto ajustado o por una necesidad de evitar hacer el ridículo por el abuso de efectos, lo cierto es que la presencia de Superman, que sobrevuela toda la película, es limitada a unos pocos momentos, la mayoría concentrados en el tramo final. Esto permite a Donner abordar con mucha más naturalidad el proceso de creación del superhéroe, y permitir una comprensión más profunda del lado humano de este hombre regido por la verdad y la justicia. Y es esto también lo que, en cierto modo, hace creíble que un hombre, sin más poder que su inteligencia para el crimen, sea capaz de poner en jaque a un ser prácticamente invulnerable (salvo la consabida kriptonita).

Pero si de algo puede enorgullecerse el film es del reparto, convertido en todo un acontecimiento ya en aquel momento. A la presencia de un por entonces desconocido Reeve se suma la de Gene Hackman (A la caza del Octubre Rojo) como Lex Luthor, el archivillano; Margot Kidder (La última señal) como Lois Lane, reportera y amor de Superman; Marlon Brando (El padrino) como el padre biológico del superhéroe; y Glenn Ford (Gilda) como su padre terrestre. Eso por no mencionar secundarios como Ned Beatty (La guerra de Charlie Wilson) como la mano derecha de Luthor, y Terence Stamp (Destino oculto) como el general Zod, cuya presencia es meramente testimonial (en la segunda entrega se convierte en el villano).

El hombre perfectamente imperfecto

Con todo, uno de los elementos más interesantes de la película, y lo que aporta un auténtico sentido a la historia, es la “flaqueza” del protagonista. En efecto, en varios momentos se menciona que Superman no debe involucrarse en el destino de las personas. Y en casi otros tantos desobedece la advertencia. Una actitud que, más allá de suponer un conflicto interno o una sorpresa en la trama, se revela como un componente emocional de gran calado que permite la identificación con el héroe y, al mismo tiempo, una comprensión de su propia dimensión en la que, a pesar de sus fantásticos poderes, es incapaz de impedir la muerte de la mujer a la que ama.

Evidentemente, dichos sentimientos pasan por el componente amoroso, que lleva al hombre de acero no solo a involucrarse con el destino de los individuos, sino a modificar el espacio-tiempo para salvar a la persona que ama y con la que sabe que no podrá compartir un futuro, al menos uno inmediato. Es en este sentido en el que la cinta muestra su gran baza. El carácter de Superman viene marcado por dos sentimientos tan encontrados y al mismo tiempo tan relacionados como el amor y el dolor.

La capacidad de sentir, de manifestar emociones a través de unos actos tan desesperados como retroceder en el tiempo, es lo que hace a este personaje uno de los más interesantes de la historia del cine, y puso las bases para todo lo que llegaría después, incluyendo las más recientes adaptaciones de cómic. Unas supieron manejar ese equilibrio entre la emoción y el carácter superheróico; otras, simplemente, fueron una excusa para lucir al actor de turno o para evidenciar la evolución de los efectos especiales.

Nada de eso importa realmente. Superman fue, es y será el modelo a seguir para todo aquel que quiera mostrar a un superhéroe en pantalla. Su influencia ha sido tan honda que numerosos planos se han homenajeado en otras adaptaciones (como la apertura de la camisa para dejar ver el logo en Spider-man). Por no hablar de la banda sonora a cargo de John Williams, un auténtico himno que define al personaje casi más que su atuendo azul y rojo. Y eso no lo consiguen muchas películas. Sean del tipo que sean.

Diccineario

Cine y palabras

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