6ª T. de ‘Silicon Valley’, o cómo ser fiel a la esencia hasta el final


Seis temporadas ha durado Silicon Valley. Seis años y menos de 60 episodios bastan para aplaudir y disfrutar una de las series más irónicas, transgresoras y originales de la comedia moderna. La historia creada por John Altschuler (serie Lopez), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie The Goode family) ha terminado casi como empezó, es decir, con sus protagonistas y siendo fiel a ellos. Dicho así puede parecer una obviedad, casi hasta algo anecdótico. Pero en un mundo audiovisual en el que muchos personajes cambian y evolucionan para que la historia avance, en el caso de esta ficción es más bien al contrario. O mejor dicho, todo cambia salvo los protagonistas.

Y es que los 7 episodios que conforman esta última temporada (la más corta de todas) vienen a ser la guinda de un pastel que los espectadores han podido disfrutar, pero que los protagonistas nunca han llegado a terminar del todo bien. Resulta interesante analizar, con la perspectiva que dan los años y el avance de la producción, cómo los protagonistas, sobre todo el que interpreta de forma magistral Thomas Middleditch (Zombieland: Mata y remata), siempre terminan tropezando con la misma piedra, haciendo gala de una consabida mala suerte, inocencia, desgracia divina o el término que se prefiera utilizar. Sea como sea, lo cierto es que los objetivos de este grupo de extraños personajes nunca, o casi nunca, terminan cumpliéndose, y cuando lo hacen no es como ellos esperan. En este sentido, por tanto, el desarrollo dramático del guión se estructura sobre pilares que responden a la idea del conflicto, cómo lo afronta el héroe y, en este caso, cómo siempre termina derrotado.

En el caso que nos ocupa, la sexta temporada de Silicon Valley viene a confirmar que, por mucho que nos esforcemos, no podemos cambiar nuestro sino ni nuestra forma de ser. Y esto invita a una reflexión mucho más profunda e interesante. El hecho de que se aborde desde un punto de vista cómico no resta relevancia al planteamiento de sus creadores, que utilizan ese punto de partida para analizar lo difícil que puede ser salir adelante para determinadas personas, incapaces de cambiar su comportamiento a pesar de las circunstancias, e incluso cuando lo hacen todo parece ponerse en su contra para que no se salgan del camino establecido. Esto, que en otro contexto resultaría excesivamente forzado (al fin y al cabo, el objetivo de cualquier historia es que el héroe termine siendo muy distinto a como empezó), en esta serie es un interesante recurso dramático que aporta una mayor ironía y comicidad al conjunto.

La pregunta que cabría hacerse es ¿por qué se consigue este efecto con personajes que no cambian? La respuesta es algo sutil pero relativamente sencilla. Y es que los personajes se mantienen fieles a sus ideales y a su personalidad, pero eso les lleva a un recorrido apasionante en el que superan prácticamente todas las fases de la evolución de una empresa. El hecho de verles afrontar etapas a pesar de sus traspiés, de comprobar que tienen éxito en sus proyectos aunque siempre terminen cayendo en algún error, es lo que hace irresistible esta ficción. Porque eso les hace humanos, mucho más humanos que otros famosos personajes. Los héroes no luchan únicamente contra un mundo lleno de tiburones tecnológicos, sino contra su propia naturaleza, intentando salir adelante sin renunciar a su forma de comportarse, o al menos no demasiado. Esta lucha interna, en estos 7 capítulos, tiene su manifestación física en el personaje de Kumail Nanjiani (Stuber express) y, sobre todo, en ese final con ratas incluidas, que por cierto ponen la guinda de la empresa conocida como El Falutista.

Secundarios fundamentales

Todo lo dicho hasta ahora de Silicon Valley podría ser, en líneas generales, su tratamiento básico. La línea de trabajo principal. Pero a ello tenemos que sumar algo igualmente imprescindible, y es la cartera de secundarios que ofrece la historia. Y es que, independientemente de la importancia de cada rol, todos ellos están llevados hasta el extremo de la autoparodia, tratando de sacar provecho de numerosos perfiles que, teniendo en cuenta el contexto de la serie, es presumible que puedan encontrarse en ese mundo tecnológico. Esta suerte de ecosistema lleno de arribistas, locos hombres de negocios, mujeres incapaces de mostrar un solo sentimiento de empatía o magnates más preocupados por su imagen que por su producto, presenta nuevos personajes en esta sexta temporada, y lejos de encasillarse en un estilo, superan en muchos aspectos a los ya habituales, lo que viene a consolidar esta conclusión como un claro ejemplo de que el clímax de cualquier historia ha de ser mayor que lo visto hasta ese momento.

En esta categoría de secundarios juegan un papel sobresaliente, como no podía ser de otro modo, los que han acompañado a los protagonistas desde la primera temporada. Estén del lado que estén, estos personajes adquieren en esta última fase de la serie un carácter diferente. Por un lado, están aquellos que se suman definitivamente a la historia para enriquecerla. Por otro, están aquellos cuyo desarrollo se muestra algo más intermitente, inconexo, dejando a un lado su presencia periódica en la trama y convirtiéndose más en un apoyo narrativo y dramático cuya presencia, eso sí, nunca abandona el corazón de la ficción, estando presentes aunque sin llegar nunca a incidir demasiado en el desarrollo salvo cuando se les necesita para la historia principal.

Y este podría ser uno de los “peros” más importantes que tiene la serie en su recta final. La trama se centra tanto en los protagonistas y en su objetivo que se olvida un poco de algunos secundarios y los utiliza únicamente como agentes narrativos al servicio de la historia principal, sin dotarles, como sí tenían hasta entonces, de unos objetivos propios. Con todo, no es algo que afecte demasiado al argumento, fundamentalmente porque esta última temporada funciona a modo de clímax de la historia, por lo que es lógico que se centre en los héroes, su mayor reto y el modo en que salen de ese enfrentamiento. De hecho, el interés que suscita no solo esta trama principal, sino el tratamiento que se le da y, sobre todo, el desenlace tan acorde que tiene, oculta las debilidades de la historia, que pasan en su mayoría por el modo en que queda construido el árbol argumental.

El final de Silicon Valley es, en resumen, lo que debería ser cualquier última temporada de cualquier serie: una conclusión acorde a la historia, que potencia sus virtudes y disminuye sus defectos. Una sexta temporada que no se aleja ni un ápice de lo que cómo son sus personajes, de la esencia que no solo nos ha hecho disfrutar con sus aventuras y desventuras estos años, sino que los define como únicos, incapaces de adaptarse a un mundo voraz y despiadado al que, curiosamente, intentan cambiar con su forma de ser. Si lo consiguen o no es algo que queda para aquellos que vean y rían con un último episodio sencillamente sublime que recoge todo, absolutamente todo lo que representa la serie. Un modelo a seguir que evidencia que si la historia se construye sobre cimientos sólidos (léase, personajes bien definidos), el final siempre será el que tiene que ser independientemente de que sea o no un final feliz.

2ª T. de ‘Silicon Valley’, o cómo triunfar en Internet siendo un primo


Los protagonistas de 'Silicon Valley' deben hacer frente a su propia inocencia en la segunda temporada.He de confesar que me he rendido casi desde el principio a Silicon Valley, esa pequeña joya del humor creada por John Altschuler, Mike Judge y Dave Krinsky, autores de la ficción televisiva El rey de la colina. Su primera temporada, a medio camino entre la ilusión de los proyectos que empiezan y el carácter crítico con el mundo de las grandes marcas de la tecnología e Internet, fue un soplo de aire fresco, algo similar a lo que sucedió con The Big Bang Theory en sus inicios. Por eso la segunda etapa, aunque mantuviera la diversión, debía ser capaz de aportar algo diferente, algo que fuera capaz de hacer crecer a los personajes. Y por suerte, lo consigue, confirmando a esta producción como una de las más originales de la parrilla.

Curiosamente, ese “más difícil todavía” ha llegado de la forma más sencilla posible: explotando aún más las debilidades de sus protagonistas, sobre todo del personaje interpretado por Thomas Middleditch (Search party), verdadero líder del reparto y el personaje más pardillo que puede encontrarse en la televisión. Es precisamente esa inocencia, esa incapacidad para moverse en un mundo plagado de tiburones, lo que hace más irónico el desarrollo dramático de la temporada, que cuenta con 10 episodios. Así, a los problemas propios de cualquier empresa que empieza a crecer (económicos, de personal, etc.) se suman las piedras en el camino generadas por el propio personaje, ya sea en forma de inversor megalómano o de conflictos con competidores a los que se da sin querer el secreto de la empresa.

A esto se suma, sin lugar a dudas, la dinámica interna de los personajes, algo ya planteado en la anterior temporada y ahora mucho más explotado. Más allá de la diferencia de caracteres, lo que mejor funciona del conjunto son los contrastes que cada uno de los protagonistas parece desarrollar de forma paralela cuando está en compañía de los demás. Por ejemplo, el rol de T.J. Miller (Transformers: La era de la extinción) tiende a ser egocéntrico y en cierto modo despectivo, pero siempre deja entrever la necesidad de formar parte de un grupo al que considera algo más que trabajadores. Algo similar ocurre con Martin Starr (Veronica Mars) y Kumail Nanjiani (Loaded), sin duda la pareja más dinámica de Silicon Valley, y cuya competitividad se ve compensada por la fuerza que ambos tienen cuando colaboran.

Con este análisis puede parecer que la serie abandona la trama en favor de unos personajes bien construidos y mejor interpretados, pero nada más lejos de la realidad. Manteniendo el desarrollo iniciado en la primera etapa, esta segunda temporada ahonda en los conflictos ya planteados e incorpora otros nuevos para dotar de una mayor complejidad (aunque tampoco excesiva) a las desventuras de los cinco protagonistas. Y lo consigue fundamentalmente con tramas secundarias que, aunque a simple vista no parecen tener demasiada relevancia, terminan por complementar la trama principal de tal modo que el resultado final en una estructura bien armada, sin cabos sueltos dejados por el camino y con nuevos retos para el futuro.

Ascender por la cara

Pero al comienzo mencionaba que la primera temporada de Silicon Valley tenía en la parodia y la crítica a las grandes compañías como Apple o Microsoft uno de sus mejores bazas. Quizá lo más interesante, o al menos aquello que aporta una mayor riqueza, sea el hecho de que entre tanta desventura, entre tantos problemas a los que se enfrentan los personajes, sigue habiendo hueco para la denuncia. Y esto, para aquellos que sigan la serie, está ejemplificado en la figura de Hooli, esa compañía medio Apple medio Microsoft en la que su “visionario” líder se desquicia porque un grupo de jóvenes en el salón de su casa han logrado superar toda su poderosa y rica estructura de desarrollo.

Aunque es cierto que adquiere más relevancia hacia la segunda mitad de la temporada (y esto puede ser algo que perjudica el desarrollo fluido de la trama), lo que aporta toda esta historia secundaria es sumamente revelador a la par que divertido e irónico. Sin ir más lejos, la forma en que asciende el personaje de Josh Brener (Los becarios), cuyo único mérito ha sido ser amigo del protagonista, es tan surrealista como creíble, sobre todo viendo los méritos que hacen algunos dirigentes para llegar a donde están. En este sentido, el lanzador de patatas que desarrolla es revelador. Pero dentro de esta gran compañía hay mucho más: los equipos de desarrolladores que se van pasando los problemas de uno a otro, las “magníficas ideas” que no se podrán desarrollar hasta dentro de 20 años, los aduladores que solo buscan su propio beneficio.

El final de la temporada es el mejor ejemplo de lo que significa la serie en esta segunda tanda de episodios. La amarga victoria que logra el protagonista es directamente proporcional a la derrota que sufre el antagonista. Curiosamente, y aunque el segundo pierde más que el primero, la sensación que resta en el espectador es la de que ninguno sale ganando, quizá porque ambos han perdido mucho por el camino, quizá porque los siguientes retos se plantean mucho más complejos. Sea como fuere, esa imagen del vencedor derrotado resume con detalle el modo en que la serie debe interpretarse. Todos los reveses y las pírricas victorias en el mundo digital no hacen sino acrecentar esa idea de que los protagonistas se mueven constantemente en un mundo que no terminan de comprender.

La segunda temporada de Silicon Valley, por tanto, responde a esa idea de más y mejor de cualquier saga cinematográfica (y por qué no, de la tecnología). Lejos de desarrollar únicamente la trama principal ya planteada, la ficción decide apostar por añadir capas dramáticas en forma de tramas y lograr así un enriquecimiento del mundo en el que viven los protagonistas. Lo más satisfactorio es que la serie logra dejarse muy pocas cosas en el tintero, salvo claro está aquellas que deben mantener la historia una tercera temporada ya confirmada. Los personajes crecen, aunque sea a golpe de escarmiento; las tramas evolucionan, y el humor nunca desaparece del todo, ni siquiera en los momentos más dramáticos. Esta nueva temporada confirma que es una producción que no debe ignorarse.

‘El legado de Bourne’ se adelanta a los estrenos del 17 de agosto


Con motivo de la festividad de La Asunción, y en lo que parece un intento por atraer a los espectadores a los cines, los estrenos del 17 de agosto se han repartido entre el viernes y el miércoles día 15. Los títulos adelantados están liderados por El legado de Bourne, nueva entrega de la saga de espionaje y acción que no cuenta ni con el director de las dos últimas ni con el actor original. Por su parte, la cinta de animación ¡Piratas! puede que sea el título más importante de los reservados para el viernes.

Comenzando por las películas adelantadas, lo nuevo de la saga de Jason Bourne es lo más destacado y lo que sin duda atraerá a un mayor número de espectadores. Esta cuarta entrega, planteada como una secuela/reinicio de la franquicia, no cuenta ni con Matt Damon (Dogma) como protagonista, ni con ninguno de los directores que se encargaron de la trilogía inicial. Y aunque el nombre de Bourne se menciona en alguna que otra ocasión, la historia sigue a Aaron Cross, un agente secreto del Departamento de Defensa entrenado para misiones muy arriesgadas de larga duración (y cuyos genes han sido alterados) que deberá luchar por su vida cuando el programa Treadstone, desvelado por Bourne, amenace con sacar a la luz otros programa similares, uno de los cuales está integrado por Cross. Acción, intriga y tramas muy elaboradas que mantienen el sabor de la saga es lo que promete la cinta dirigida por Tony Gilroy (Duplicity), guionista de la saga y que también participa en el guión de El legado de Bourne. Jeremy Renner (En tierra hostil) es el principal protagonista, aunque el resto de nombres son igualmente conocidos, algunos repitiendo papel: Rachel Weisz (La momia), Edward Norton (El ilusionista), Scott Glenn (Sucker Punch), Stacy Keach (serie Prison Break), Oscar Isaac (Ágora), David Strathairn (serie Alphas), Zeljko Ivanek (Un golpe de altura) y Donna Murphy (Diario de una niñera), entre otros.

Los tres chiflados también llega antes de tiempo. Nueva versión de los programas del famoso trío de humoristas, la cinta está dirigida por los hermanos Farrelly, responsables igualmente de otra cinta con la que este título guarda cierta relación: 2 tontos muy tontos. La historia gira en torno a tres hombres a cada cual más estúpido que deciden salvar el orfanato en el que se criaron, viviendo todo tipo de peligros y aventuras en el proceso. Comedia absurda y muy física en la que Sean Hayes (Soul men), Will Sasso (Como la vida misma) y Chris Diamantopoulos (Cásate conmigo) estarán acompañados por Jane Lynch, la entrenadora de las animadoras de la serie Glee; Sofía Vergara (serie Modern Family) y Jennifer Hudson (Dreamgirls).

Desde Japón llega lo nuevo de Takashi Miike (13 asesinos), una historia acerca de un samurái que llega a la casa de un clan con la intención de suicidarse hasta que el amo le cuenta la historia de un joven que llegó poco tiempo atrás con la misma intención. Hara-Kiri, muerte de un samurái, que también se estrena el día 15, está protagonizada por Ebizô Ichikawa (Space Battleship Yamato), Kôji Yakusho (Seda), Eita (Wairudo 7) e Hikari Mitsushima (Moteki).

El último estreno adelantado es el de Quiero ser italiano, una comedia francesa del 2010 que gira en torno a un hombre que, a sus 40 años, parece tenerlo todo: va a ser ascendido en su trabajo como vendedor de Maserati en Niza y su novia quiere casarse con él. El problema es que no es quien dice ser, ocultando su verdadera identidad, de origen árabe, bajo un nombre falso. La llegada del Ramadán y una promesa hecha a un padre moribundo le obligarán a hacer auténticos malabares para mantener el secreto. El film está dirigido por Olivier Baroux (Safari) y protagonizado por Kad Merad (Bienvenidos al norte), Valérie Benguigui (Tête de turc), Roland Giraud (Tres solteros y un biberón: 18 años después) y Philippe Lefebvre (Le siffleur).

Estrenos del 17 de agosto

Como ya hemos dicho, para el viernes se reservan algunos títulos, entre ellos uno dirigido al público infantil. ¡Piratas! supone una nueva aventura realizada con plastilina y la técnica del stop motion (y con la posibilidad del 3D) bajo la dirección de Peter Lord (Chicken run: Evasión en la granja) y Jeff Newitt, que debuta en el largometraje. La cinta cuenta en clave cómica las aventuras de un pirata que, al frente de una tripulación más bien desastrosa, se marca como objetivo conseguir el premio al Pirata del Año. Su viaje le llevará hasta las calles de Inglaterra, hogar de la reina Victoria, principal enemiga de los piratas. Hugh Grant (Un niño grande), Martin Freeman (Dime con cuántos), Imelda Staunton (La maldición de Roockford), Salma Hayek (Frida), Anton Yelchin (Star Trek) y Brenda Gleeson (El irlandés) son algunos de los actores que ponen voz a los personajes.

Por su parte, Kristin Scott Thomas (Cuatro bodas y un funeral) vuelve a las pantallas españolas con En sus manos, una producción francesa realizada en 2010 escrita y dirigida por Lola Doillon (Et toi tes sur qui?) y que cuenta la historia de una ginecóloga secuestrada por un hombre que la considera responsable de la muerte de su esposa. Sin embargo, los sentimientos afloran entre ellos, y cuando ella queda libre comenzará la búsqueda de su captor. Pio Marmaï (La delicadeza) y Jean-Philippe Écoffey (La escafandra y la mariposa) completan el reparto principal de este drama.

También desde Francia, aunque con participación canadiense, llega Café de Flore, drama romántico con Vanessa Paradise (Los seductores) como protagonista y Jean-Marc Vallée (La reina Victoria) en calidad de director y guionista. La historia presenta un romance entre dos personas, dos épocas y dos mundos tan distintos como una madre en los años 60 y un DJ en la actualidad. Kevin Parent, en su primer papel, encarna al personaje masculino, mientras que Hélène Florent (Lance et compte) y Evelyne Brochu (Frisson des colines) encabezan el resto del reparto.

Los estrenos de la semana concluyen con Hasta la vista, una comedia que sigue las andanzas de tres jóvenes amantes del vino y las mujeres. Buscando poder intimar con una mujer realizan un viaje a España para poder degustar sus vinos y disfrutar del sexo, y ni siquiera sus discapacidades supondrán un impedimento: uno de ellos es ciego, otro está en silla de ruedas y le tercero no tiene ninguna movilidad. Dirigida por Geoffrey Enthoven (Happy together), los protagonistas son Robrecht Vanden Thoren (Meisjes), Gilles De Schrijver (Turquaze) y Tom Audenaert (De helaasheid der dingen).

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