‘Juego de tronos’ evoluciona hacia la complejidad visual y narrativa en su 2ª temporada


El año pasado la televisión dio un salto cualitativo importante al estrenas la serie Juego de tronos, sobre todo en lo referente a la producción. Las novelas de George R. R. Martin presentaban un mundo tan rico y complejo como el de El señor de los anillos, por lo que la mera idea de trasladar todo ese entorno a una producción para la pequeña pantalla (donde escenarios comunes y pocos personajes son el pan nuestro de cada día) resultaba algo casi mágico. El resultado es de sobra conocido. Más allá de los seguidores, la serie conquistó a los espectadores gracias a una estrategia perfectamente calculada donde primaba, por encima de todo, la definición de personajes y las tensas relaciones entre ellos. Nada de batallas; nada de magia; casi nada de efectos digitales (salvo algunos escenarios). La segunda temporada, finalizada hace poco, deja la sensación de haber asistido a una loable continuación que, con todo, ofrece mucha más riqueza narrativa gracias a la introducción de los elementos que sí faltaron en su predecesora.

Pero no nos engañemos. La premisa principal no ha sido “más grande, más espectacular y más dinero”, como suele ocurrir con las segundas partes en el cine. Más bien al contrario. La trama ha seguido la tónica general de narrar los acontecimientos mediante diálogos, miradas y pactos ocultos, contando con escenarios ya conocidos de la primera temporada y añadiendo otros nuevos. Gracias a esta forma de abordar una novela tan larga como Choque de reyes (el segundo libro de la saga), los responsables aíslan el corazón de las historias y lo despojan de ornamentos innecesarios en forma de conquistas bélicas o criaturas fantásticas. Habrá muchos seguidores de la literatura de Martin que se llevarán las manos a la cabeza ante la cantidad de elementos omitidos, pero lo cierto es que, sin ellos, la historia queda intacta para aquellos que no se han acercado a las páginas.

Es evidente que para conseguir el éxito con estas armas son necesarios unos actores lo suficientemente buenos como para convencer de las emociones e intrigas que se muestran en pantalla. Y si en la primera temporada la mayor parte del peso recaía en el personaje de Sean Bean (GoldenEye), en esta ocasión es para el personaje de Peter Dinklage, posiblemente uno de los mejores del actual panorama televisivo. Ya en la anterior entrega hizo gala de una evolución tan interesante como perturbadora, y en ésta logra remarcarse por méritos propios. De hecho, suyo es el protagonismo de uno de los episodios más intensos, el del asedio a la capital del reino; por cierto, una de las mejores batallas que se han rodado de un tiempo a esta parte.

Así y todo, la producción sí ha incluido la idea de “más y mejor”. Es por eso que la proliferación de personajes ha sido, tal vez, uno de los puntos débiles de una producción tan enorme como esta. Juego de tronos no está hecha para ser seguida semana tras semana. Resulta un arduo ejercicio de memoria el recordar a algunos personajes más o menos secundarios que adquieren protagonismo poco a poco, así como los lazos de sangre y amistad que unen a los nuevos rostros. Si a esto se unen los múltiples frentes a los que debe atender el argumento, el resultado es un cierto desequilibrio entre la presencia de los personajes y la comprensión de sus motivaciones, sus relaciones y sus objetivos.


Más efectos necesarios

Con todo, es un mal menor. Retrocediendo la mirada, el conjunto se revela sólido, complejo y comprensible, pudiendo situar a cada uno de los protagonistas y de los secundarios de cara a la tercera temporada, que presenta no solo nuevas intrigas, sino nuevos frentes en los que combatir a tenor de ese décimo y último capítulo con la tierra helada y poblada de personajes poco humanos como telón de fondo.

En este sentido, la serie ofrece un salto formal destacable en los últimos episodios. Mientras que la mayor parte de la serie ha atendido a un formato más dialogado en el que predominaban las intrigas y los secretos, el final de temporada ha estado marcado por los efectos visuales y digitales. Magia, batallas y personajes misteriosos se han incorporado a una historia que queda enriquecida sin resultar apabullante.

Pero sobre todo, abre la puerta a una mayor integración de dicha herramienta en el conjunto de las historias para el futuro. De este modo, la presencia cada vez más importante de magia, dragones y los seres sobrenaturales obliga a un uso controlado de las técnicas, y es aquí donde se abre la puerta a uno de los retos más importantes para lo próximo que vendrá: el abuso o el control.

Sea como fuere, esta segunda temporada de Juego de tronos ha demostrado que pueden hacerse cosas muy diferentes a las sitcom o los dramas policíacos. En el fondo, todo pasa por la elaboración de un guión y de una trama sostenida por unos personajes interesantes y bien definidos. Y de eso la serie creada por David Benioff (Troya) y D. B. Weiss tiene mucho. Más bien todo. El resto no son más que elementos contextuales. Esperemos que siga siendo así.

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