‘Los diez mandamientos’, superproducción épica de corazón íntimo


Charlton Heston y Yul Brynner en 'Los diez mandamientos', de Cecil B. DeMille.El estreno de Exodus: Dioses y reyes, la nueva cinta de Ridley Scott (Prometheus) invita a analizar uno de los clásicos más importantes de la Historia del Cine. Más allá de la historia que comparte con Los diez mandamientos, la versión de 1956 que Cecil B. DeMille (Cleopatra) hizo de su propia película de 1923, ambas cintas (la del 56 y la de este 2014) suponen dos formas de entender el cine como espectáculo, cada una de ellas notablemente marcada por el sino de los tiempos que les tocó vivir. En realidad, lo que cada una representa es una forma de afrontar la narrativa en todos sus aspectos, desde la interpretación hasta los detalles de todo aquello que da forma al contexto en el que transcurre la trama.

O lo que es lo mismo, el inmortal clásico de DeMille es una obra que, aunque marcada por la fantasía de los acontecimientos bíblicos que narra, trata de dotar al conjunto de un realismo visual impecable. El afán de la cinta por recrear el Egipto faraónico deja algunos detalles en su vestuario y en su decoración simplemente insuperables, como son la doble corona del faraón o el colorido de los ropajes. Motivados por el uso del color que en aquella época alcanzaba su máximo esplendor con las técnicas más modernas de la época, sus responsables investigaron el mundo faraónico lo suficiente como para mostrar al espectador un mundo mágico marcado, a su vez, por una historia igual de mágica. Por desgracia, es algo que se pierde en la historia que narra Scott, que parece argumentada con un mero vistazo a un libro de fotos (¿de verdad que nadie se planteó el absurdo de poner una pirámide al lado de un templo no funerario?).

No es este el momento de entrar a valorar los errores de ‘Exodus’, sino de apreciar aquellos matices que convierten a Los diez mandamientos en la magnífica obra que es. Y más allá de su ambientación, deliciosamente lograda, lo que resalta por encima de todos los aspectos, incluso del bíblico que se encuentra en la base, es la relación entre los dos protagonistas, Charlton Heston (Ben-Hur) y Yul Brynner (Los siete magníficos), Moisés y Ramsés respectivamente. Sus personajes, aunque en extremos opuestos de la trama, rebosan una presencia en pantalla única, dotándoles de la magnificencia que merecen. El primero como el encargado de representar a Dios entre los hebreos y ante el faraón; el segundo, como un hombre acostumbrado a reinar y a ser considerado Dios en la Tierra. Esta diatriba teológica lleva la relación de amor-odio de ambos personajes a un nivel diferente en el que no hay envidias o recelos, sino más bien respeto por un pasado común y por un vínculo debilitado pero todavía existente.

A diferencia de lo que ocurre con la cinta de Ridley Scott, Brynner compone un faraón sólido, capaz de imponer su voluntad por algo más que los galones y las joyas que adornan su cuerpo. Es, en definitiva, el líder de un pueblo que no está dispuesto a dejar marchar a nadie simple y llanamente porque no está en su educación. No se trata, por tanto, de una cuestión política o estratégica, sino únicamente de un desafío a su propio ser. Esa soberbia, que choca frontalmente con la humildad que adquiere el rol de Heston a medida que descubre sus orígenes, es la que genera el contraste que, a su vez, dinamiza el desarrollo dramático de la trama, hasta el punto de ensalzar emocionalmente el momento más trágico de la historia: la última de las plagas de Egipto. La muerte de los primogénitos, más que una derrota por haber asesinado a su propio hijo, se convierte en una derrota teológica. El Dios en la Tierra es derrotado definitivamente por el Dios hebreo tras una serie de “duelos” entre ambos en forma de milagros y su correspondiente contrapartida egipcia.

El Dios de fondo

En este sentido es importante destacar que Los diez mandamientos tiene un tercer pilar dramático que no hay que despreciar. El triángulo amoroso entre Ramsés, Moisés y Nefertari (Anne Baxter, vista en Eva al desnudo) se convierte en una fuente de conflicto que se suma a la historia principal. El personaje femenino, a través de la figura romántica, crece lo suficiente como para ser relevante en una historia masculina en la que las mujeres, en líneas generales, son “simplemente” madres, hermanas o esposas cuya misión es dotar de bondad y comprensión al desarrollo. Baxter, sin embargo, compone un rol duro, maduro y sibilino que mueve a los hombres en función de sus propios intereses, llevándoles muchas veces a un destino aciago que a ella poco parece importarle. Esta función de engranaje en la historia permite, además, revelar algunos aspectos secundarios del resto de personajes, lo que en definitiva les convierte en más humanos y más próximos al espectador.

Aunque evidentemente, uno de los elementos definitorios del film es la presencia de Dios, cuya figura nunca llega a verse pero cuyo papel está presente en todo momento. Es conveniente señalar que, mientras que la cinta de Scott opta por un Dios vengativo y rencoroso (se puede decir que incluso tiránico), DeMille presenta a este personaje como un ser que busca, ante todo, la salvación de un pueblo sin dañar al otro. Los milagros que obra, además, tienen una presencia mucho más divina que en esta nueva versión, por lo que la cinta poco a poco deriva hacia una historia de carácter mágico, sobre todo durante las plagas de Egipto y la separación de las aguas del Mar Rojo. Se puede decir, por tanto, que Dios es una presencia de fondo en una historia que, en realidad, aborda el distanciamiento de dos hermanos por sus diferentes puntos de vista en la forma de tratar a los esclavos.

Y esta es una de las grandes diferencias con Exodus: Dioses y reyes aunque pueda parecer sorprendente. Sí, existe la relación entre los dos protagonistas. Y sí, ambos luchan en la liberación del pueblo, cada uno en un lado de la balanza. Pero Scott trata a Ramsés como un tirano incapaz de regir un reino como Egipto. Un hombre débil y, en cierto modo, cobarde, que está más preocupado de sus construcciones (algunas de ellas ni siquiera suyas históricamente hablando) que de su pueblo. Y esto termina debilitando el conflicto entre ambos hombres, pues la “grandeza” moral de Moisés no encuentra un antagonista creíble en la “bajeza” moral de Ramsés. Es esta una de sus más notables diferencias con la cinta de DeMille, cuya solidez dramática en este sentido queda patente en prácticamente todas las secuencias que comparten Heston y Brynner.

Desde luego, tras casi 60 años nadie duda que Los diez mandamientos es un clásico incomparable. El uso de técnicas de última generación para su época generó algunos de los momentos más recordados del cine, sobre todo en lo referente al Mar Rojo. Pero por encima de sus efectos visuales y de su fidelidad a la hora de recrear Egipto, lo que hace memorable al film es el conflicto humano, casi familiar, que existe entre sus dos protagonistas, y que azuza convenientemente el rol de Anne Baxter. Al final, independientemente de las tablas de la Ley, del éxodo o de las plagas de Egipto, lo relevante es el pulso dramático e interpretativo entre esos dos grandes actores y esos dos grandes personajes. Ni siquiera la presencia de Dios es capaz de restar relevancia al antagonismo de ambos, lo cual da una idea del verdadero sentido de esta superproducción épica de corazón íntimo.

‘El Planeta de los Simios’, denuncia social de los errores humanos


Charlton Heston debe sobrevivir en 'El Planeta de los Simios', dirigida por Franklin J. Schaffner.Si algo bueno tienen los remakes, secuelas y precuelas es que ponen el foco sobre obras precedentes normalmente más interesantes o que han adquirido con los años la categoría de clásicos y referentes cinematográficos. El estreno de El amanecer del Planeta de los Simios tiene, en este sentido, una doble función: refrescar lo narrado en El origen del Planeta de los Simios (2011), de la que es secuela, y rememorar el clásico de 1968 protagonizado por Charlton Heston (Ben-Hur) y dirigido por Franklin J. Schaffner (Patton). Adaptación de la novela de Pierre Boulle, El Planeta de los Simios se ha convertido con los años en una obra cumbre de la ciencia ficción, y es una declaración de intenciones desde el primer minuto. Más o menos como le ocurre a la más reciente de las entregas de la saga, la cual por cierto realiza varios guiños al original.

Un original que, para quien todavía no haya podido verlo, narra el viaje interestelar que realizan cuatro astronautas cuya misión se centra en demostrar las consecuencias físicas y temporales de viajar a la velocidad de la luz. El viaje, que según los indicadores ha durado varios siglos, termina de forma brusca cuando la nave se estrella contra un planeta desierto en el que parece no haber vida. Las tres supervivientes del accidente emprenden entonces una exploración del entorno, encontrándose durante el recorrido con un grupo de humanos cuya forma de vida se asemeja a los animales. Sin embargo, la sorpresa llega cuando dichos humanos, junto a los tres astronautas, son capturados por un grupo de simios a caballo. El único superviviente de los exploradores es confinado a una jaula a pesar de sus intentos por hacer comprender a los simios su verdadero origen. Su lucha le llevará a rebelarse contra sus captores y a buscar el motivo por el cual en dicho planeta los simios evolucionaron más que los humanos.

Cualquier resumen general de la historia permite apreciar una serie elementos característicos de la trama que se han mantenido, en mayor o menor medida, a lo largo de todas las películas: la denuncia del comportamiento humano con su entorno, tanto animal como vegetal. El discurso que pronuncia el personaje de Heston en la primera secuencia del film deja patente el tono que seguirá el resto del argumento. Los lamentos del personaje y las críticas hacia una sociedad marcada por el egoísmo y la soberbia son los que, posteriormente, se trasladan a la raza superior de simios, que trata a los humanos en los mismos términos que denuncia el protagonista. Esta idea de simios con comportamiento humano permite a Schaffner presentar algunas instantáneas de lo más interesantes y reveladoras, como son la foto que se hacen los simios después de la cacería o el terror que siembra un humano en libertad por las calles de la ciudad simia. No es difícil encontrar similitudes con lo que puede verse hoy en día.

Evidentemente, esta idea de simios como humanos es capital en una película que se titula El Planeta de los Simios. Empero, no se trata únicamente de mostrar a los animales como seres racionales y viceversa, sino de establecer un paralelismo entre dos sociedades a priori tan diferentes. En las nuevas entregas de la saga este proceso se desarrolla a través del personaje central de César; en el original es Charlton Heston el que lleva ese peso sobre sus hombros. Su personaje, cínico y con una visión más bien negativa del ser humano y del mundo que ha construido, evoluciona hacia un rol algo menos sombrío pero igualmente crítico, esta vez con los simios. Resulta muy interesante comprobar cómo la idea que subyace en este proceso es que la inteligencia y el conocimiento, o mejor dicho el miedo a éstos, es lo que define a las dos sociedades de las que reniega el protagonista, encontrando algo de paz en esos seres humanos que poseen la inocencia de los animales. En cierto modo, y esto es algo que recupera la última de las películas de la saga, la pérdida de esa inocencia es lo que termina por corromper a la sociedad.

El final inesperado

Este mensaje, esta actitud desencantada del protagonista, adquiere una mayor relevancia a medida que avanza el film y el espectador descubre nuevos matices de ese planeta gobernado por simios, llegando a su máxima expresión con esa revelación final que, para quien no sepa nada del film, supone un shock similar al que sufre el personaje. La compresión del verdadero significado de todo lo que se desarrolla en la historia es uno de los mejores y mayores giros argumentales de la historia del cine, y por extensión de la cultura. Y no solo porque determine el carácter completo del film (que por cierto ofrece nuevos matices una vez se conoce el desenlace), sino porque sitúa a los simios en un estatus social nuevo y mucho más identificable con la sociedad humana, dominado por el miedo a revelar unos orígenes que, como se deja entrever en algún momento de la trama, se han tergiversado y manipulado para dominar al resto de los simios.

Resulta sencillo identificar en buena parte de las confrontaciones morales que se dan entre los propios simios las discusiones que hasta no hace mucho se mantenían en nuestra sociedad. Concretamente las relacionadas con el determinismo y la evolución natural. Escuchar a los simios rechazar ideas como que el humano es el animal del que han evolucionado, o que su inteligencia puede ser similar a la de los simios, es tan irónico como reflexivo. Y las reacciones que esto provoca, producidas sin duda por el miedo a perder el control sobre una sociedad alienada, son francamente reveladoras si se hace un paralelismo con lo que estamentos como la Iglesia han defendido durante siglos. En este sentido, la imagen de los tres simios tapándose ojos, orejas y boca es todo un derroche de imaginación y ácida crítica.

Todos estos conceptos son, como decimos, comunes a las nuevas entregas, que aprovechan los huecos dejados por El Planeta de los Simios para narrar una historia distinta pero identificable. Incluso se pueden encontrar ciertos homenajes, como el nombre de “Ojos azules” o los simios a caballo. En cierto modo, incluso el diseño de los personajes puede tener su evolución lógica, salvando las distancias evidentes entre el maquillaje tradicional y el diseño digital de los simios. Técnicas aparte, la idea de que han pasado varios siglos y de que los simios han evolucionado permite al espectador adaptar su mente a la idea de unos simios erguidos, muy parecidos unos a otros y diferenciados, casi exclusivamente, en el color de su pelo. No hay, como sí ocurre en las nuevas entregas, una variedad de razas, al menos no de una forma visual. Sí existe, en cambio, un clara organización social en la que los diferentes tipos de simios tienen su función, como se explica en varios momentos de la trama. Esto permite, en definitiva, asemejar aún más la sociedad de los simios a la humana.

Posiblemente El Planeta de los Simios sea uno de los mejores argumentos para defender la idea de que la mejor crítica y el mejor análisis social suele venir de la mano de una obra de ciencia ficción. En este caso, la presencia de una sociedad simiesca pone de manifiesto los errores del comportamiento humano y sitúa al hombre en la posición de criatura dominada, despreciada y utilizada como conejillo de indias. Toda una declaración de intenciones que, como decía al comienzo, queda patente desde ese primer minuto en el que el personaje de Heston hace un resumen de todos los errores de la Humanidad. Todo ello queda eclipsado y al mismo tiempo engrandecido por ese final tan simple como devastador que pone patas arriba la concepción del propio film. Lo que más suele recordarse de este clásico es ese giro final, es cierto, pero un análisis más en profundidad de su trama permite apreciar que es dicha conclusión la que pone al film en el lugar que le corresponde. Un referente sociocultural imprescindible de los años 60 del siglo XX que dio origen a toda una saga cuyos orígenes se explican en pleno siglo XXI.

‘Ben-Hur’, conflicto entre pueblos en un guión de manual


Un momento de la famosa carrera de cuadrigas de 'Ben-Hur', dirigida por William Wyler.La celebración de la Pascua en medio mundo ha servido para que, al menos en España, se mantenga la tradición de emitir en televisión producciones de diversa calidad relacionadas con la religión, la vida de Jesucristo y la época romana. A estas alturas no seré yo quien descubra que uno de los máximos exponentes de este tipo de cine es Ben-Hur, épica obra de 1959 ganadora de 11 Oscars que, basada en la novela de Lew Wallace, aborda la época en la que Jesús nació a través de la odisea que sufre el príncipe judío que da nombre al título. Abordar un comentario completo sobre una película de semejantes características requeriría más espacio del que aquí existe (al menos en un único texto), por lo que trataremos de apuntar algunos de sus rasgos más distintivos.

Narrativamente hablando, el film dirigido por William Wyler (Vacaciones en Roma) ofrece uno de los más curiosos análisis que se puedan dar. A pesar de la duración de más de tres horas y media, las peripecias del personaje interpretado espléndidamente por Charlton Heston (El último hombre… vivo) no llegan a decaer en ritmo en ningún momento, principalmente gracias a un arco dramático que pasa por prácticamente todas las fases posibles. La teoría del conflicto en un guión establece que cada acto, cada secuencia, debe contener una constante lucha entre las dos partes implicadas, generando picos que oscilan entre lo bueno y lo malo, la victoria o la derrota.

En cierto modo, Ben-Hur sigue a pies juntillas dicha teoría. La trama comienza positivamente para derivar rápidamente en una espiral dramática en la que el protagonista es llevado al límite para, posteriormente, volver a un estado de gracia que es corrompido por un nuevo golpe psicológico. Una forma física y muy visual de situar a un personaje frente a conflictos que debe superar y que definen por necesidad su propia personalidad. Empero, no hay que olvidar la época en la que se enmarca la obra, que más allá de creencias religiosas o concesiones al cristianismo está marcada por el conflicto entre Roma y los habitantes de los lugares conquistados, en este caso Judea.

La forma en que la película aborda estos acontecimientos es uno de los elementos que la definen y elevan por encima de las demás. Ben-Hur queda representado, por tanto, no solo como un superviviente capaz de enfrentarse a los retos más crueles que le depara el destino, sino también por su forma de afrontar el hecho de ser judío en un mundo romano. Este último aspecto, evidentemente, tiene su máxima expresión en la amistad/enemistad con Messala, un Stephen Boyd (La caída del Imperio Romano) que logra algo realmente complicado: dar vida a un personaje odioso hasta sus últimas consecuencias. Es la máxima expresión de esta idea, sí, pero no es la única. Su periplo está marcado en todo momento por esa idea de confrontación entre pueblos: las galeras romanas, la adopción romana. Incluso esa conclusión con Jesucristo portando la cruz y siendo crucificado puede entenderse dentro de este marco.

Una enemistad en la distancia

Por supuesto, si hay que personificar dicho conflicto el hombre a escoger es, como decimos, Messala. Como no podía ser de otro modo, el guión de Ben-Hur, además del desarrollo dramático que ya hemos abordado, se sustenta en una definición de personajes excepcional. Y si la del protagonista se fortalece con lo acontecimientos que vive, la del antagonista crece en las sombras, o mejor dicho en el olvido. Gracias a la labor de Boyd, el villano de la función permanece en el recuerdo a pesar de que su presencia en pantalla se limita casi al inicio y al final. Y lo logra porque su forma de actuar al inicio es tan despiadada y cargada de odio que marca el devenir del resto de la trama.

Aunque pueda parecer de una lógica aplastante, hay que señalar que su rol es tan impactante gracias al cambio de postura que sufre en pocos minutos, pasando de la amistad a la enemistad, del apoyo a un amigo a la defensa de unos intereses personales disfrazados con la gloria del Imperio Romano. Esta transformación tan radical, definida en el propio film como la “corrupción de Roma” obliga al arco dramático a plantear un final ineludible que solvente la disputa. Y el final es esa joya del cine de aventuras y de acción conocida como la carrera de cuadrigas.

Si bien es cierto que la trama lo disfraza con la imposibilidad de Ben-Hur de matar con sus propias manos, desde un punto de vista narrativo una enemistad como esta, fraguada en pocos minutos y con unas consecuencias tan contundentes, requería de algo más que un duelo de espadas. Sobre todo debido a esa idea de amistad tornada en enemistad (u odio, según se mire). Se entiende que el clímax, por su propia definición, debe ser mucho mayor que el conflicto que origina toda la historia, y eso se logra con dicha carrera, que por cierto debería ser modelo para cualquier director que quiera rodar secuencias de este tipo, por mucho que los cánones y las tendencias modernas tiendan a cambiar.

Evidentemente, son muchos y muy variados los elementos que convierten a Ben-Hur en la obra maestra que es. Vestuario, Banda sonora, fotografía, diálogos, … todo en ella encaja como las piezas de una maquinaria perfecta que lleva al espectador en una montaña rusa cuyo final religioso es, en cierto modo, lo de menos. La base de todo, empero, es un guión que sigue las pautas formales y las teorías dramáticas paso a paso. Irónicamente, de todos los premios que consiguió no logró el de Mejor Guión Adaptado, premio que se llevó el drama Un lugar en la cumbre.

La búsqueda de una cura para una sociedad enferma de ‘El último hombre… vivo’


Pocas cosas hay más aterradoras que saberse el último hombre sobre la Tierra. Primero, por la propia soledad que eso conlleva, y segundo por la inevitable desaparición de todo aquello que nos hace humanos, obligados a vivir fuera de los límites sociales a los que estamos acostumbrados. Estos miedos vuelven, en mayor o menor medida, a la actualidad cinematográfica con FIN, cinta española de corte apocalíptico en el que un grupo de jóvenes se encuentran con lo que parece ser el fin de la humanidad tal y como la conocían. Si hay un relato que refleja perfectamente este tipo de apocalipsis es Soy leyenda, de Richard Matheson. Puede que la mayoría de los aficionados al cine recuerden su versión más moderna protagonizada por Will Smith (Hombres de negro III) en el 2007, pero para entonces ya se habían hecho dos adaptaciones más. Una de ellas estuvo protagonizada por Vincent Price (La caída de la casa Usher) en 1964, y otra, la que ahora nos ocupa, tuvo por protagonista a Charlton Heston (Los 10 mandamientos) en 1971, titulada El último hombre… vivo.

Si algo tiene de diferente esta versión es, precisamente, los seres que rodean al doctor Neville, protagonista absoluto de esta trama en la que la humanidad se ha visto asolada por un virus que les ha convertido en una especie de vampiros, plaga contra la que trata de luchar a través de la investigación y con las armas de fuego a su alcance. Al menos eso ocurre en el argumento original, porque lo cierto es que la versión dirigida por Boris Sagal (Loco por las muchachas) se aleja bastante de esta concepción para ofrecer una visión mucho más siniestra si cabe, en la línea de los temores y sentimientos que se respiraban en los años 70 en Estados Unidos.

Y es que lo interesante no es tanto la “vampirización” de la raza humana como la concepción de que dicho virus ha convertido a los hombres en unos seres dementes autoconvencidos de su propia superioridad intelectual y física, a los que se niega la luz del sol por una mutación de su piel y ojos que les ha convertido en una especie de albinos semiciegos. Los nuevos seres, por tanto, no son criaturas violentas y despiadadas sin autocontrol, como podría ocurrir en la interpretación más reciente de la historia, sino que son seres humanos enloquecidos por un virus biológico que les otorga, entre otras cosas, unos delirios de grandeza relativamente fundados. En este contexto es donde la presencia del personaje de Heston adquiere una mayor relevancia. Se establece una lucha de intelectos y de intenciones: mientras que la nueva sociedad trata por todos los medios de convertir (o matar, lo que antes suceda) al último hombre vivo, este busca una cura convencido de que la humanidad puede abandonar su estado de locura para volver a un entorno civilizado.

En cierto modo, y aunque modifica notablemente el original literario, El último hombre…vivo pone el énfasis en todos los elementos críticos de la obra de Matheson, adaptándolos a una época muy concreta marcada por temores no solo bélicos, sino sociales. Por lo demás, el film contiene a nivel dramático algunos conceptos explotados en otras versiones, como la fortaleza en la que vive Neville, en la que investiga y en la que juega y habla con su entorno para evitar la locura de la soledad. Pero hay más. La película contiene algunos de los planos más impactantes del cine, como son esos paseos por las vacías y sucias calles de Nueva York, en las que solo se oye el ruido del coche que conduce el protagonista, que parece disfrutar de una libertad que no es tal cuando comprueba que el sol empieza a ponerse. Unos planos, por cierto, que fueron homenajeados en otro film de corte apocalíptico, aunque mucho más amable: Wall·E (2008).

La última esperanza de supervivencia

Muchos de esos momentos memorables están protagonizados, como no podía ser de otro modo, por los miembros de la nueva raza, principalmente por el personaje de Anthony Zerbe (Licencia para matar), una especie de líder espiritual y social que inquieta más con sus conversaciones pausadas y sus amenazas veladas (y no tan veladas) que con su aspecto. En realidad, es el combate intelectual y dialéctico que se establece entre protagonista y antagonista el que mantiene el interés en buena parte del film, que de otro modo naufragaría en algunos momentos menos álgidos de la trama, coincidentes además con las fases de investigación.

Tal vez el componente menos explotado de esta historia sea, en esta ocasión, el de las relaciones humanas. Y es que la presencia de otros personajes humanos, supervivientes a la plaga por una resistencia de su sistema inmunológico, queda relegada a una posición casi de invitado a la historia, a excepción del personaje de Rosalind Cash (Klute), único enlace del mundo humano. Aunque puede parecer a primera vista una debilidad del guión, en realidad es una muestra más de la soledad del personaje principal y de su absoluto desarraigo de todo aquello que le convertía en un ser humano completo. Su entrega a la búsqueda de una cura, unido a los años que ha pasado en soledad y constante peligro, es tan absoluta que queda patente en ese primer encuentro con el personaje femenino, al que no logra distinguir de un maniquí.

Las lecturas sociológicas de El último hombre… vivo son las que le dan al film algo más de entereza narrativa. Eso, y el siniestro diseño de los seres que amenazan al personaje de Heston, auténticos reclamos del film (y que han sido parodiados en más de una ocasión). Pero la película cojea, por desgracia, en muchos otros aspectos, entre ellos el de los efectos visuales, algo toscos incluso en aquella época, o la resolución del arco dramático de Heston, equiparándole a un nuevo mesías que carga con los pecados del mundo para que este pueda volver a la senda de la luz. Una interpretación religiosa que empaña la crítica social previa, aunque no impide que el relato sea disfrutable y un icono de la ciencia ficción.

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