‘The brink’ encuentra la crítica ácida en el humor de su 1ª T


Jack Black es uno de los protagonistas de 'The brink'.A muchos críticos del modo de vida americano les costará imaginar que sus ciudadanos sean capaces de reírse de si mismos. La realidad es que no hay que hacer un gran esfuerzo, sobre todo si se compara con otros rincones del mundo y si se ha podido ver una pequeña joya del humor como es The brink. Y digo “joya” porque posiblemente no tenga mucha repercusión en la gran oferta audiovisual de la televisión que disfrutamos hoy en día. Incluso su forma de estructurar las tres tramas que sustentan la historia puede estar algo descompensada. Pero esta obra de Kim y Roberto Benabib (este último guionista de Weeds), cuya primera temporada consta de 10 episodios, es un festival de risas, de situaciones hilarantes y, sobre todo, de ideas y comentarios muy duros contra el mayor representante del capitalismo. Y eso no se ve todos los días.

De hecho, esta historia acerca de la situación crítica que vive Estados Unidos (‘brink’ vendría a significar ‘a punto de’) ante la inminencia de la guerra en Oriente Medio no deja títere con cabeza. Desde diplomáticos fumetas y algo inconscientes, hasta dictadores clínicamente locos y altos cargos de la Casa Blanca obsesionados con el sexo, pasando por un ejército representado por un camello y su acompañante, todo en la serie supone una provocación. Y aunque es cierto que los personajes son, cuanto menos, unos perdedores que buscan una forma de convertirse en héroes por un interés personal (salvo, tal vez, el rol del espléndido Tim Robbins –Un día perfecto-), en realidad son los diálogos, inteligentes y ácidos, los que llevan la voz cantante.

Puede parecer lo contrario, pero más que la acción (por cierto, algunas de las secuencias son magníficas), más que los conflictos diplomáticos o la parodia de las relaciones internacionales que refleja esta primera temporada de The brink, lo interesante siempre se encuentra en lo que los personajes dicen, en cómo lo dicen e, incluso, en lo que callan. Ejemplos hay muchos, demasiados para enumerarlos aquí. Desde la conversación en la que el personaje de Robbins logra detener un conflicto armado, hasta esa parodia de tribunal militar en el que Estados Unidos no reconoce haber iniciado una guerra entre dos países por el error de dos pilotos drogados, estos primeros 10 episodios se convierten en un desarrollo hilarante de un tema, por cierto, que en principio es poco dado a la risa.

Es importante tener en cuenta que uno de los principales atractivos, y también una de sus debilidades, es la estructura narrativa escogida. Con tres historias independientes pero al mismo tiempo complementarias, la trama se desarrolla en tres grandes escenarios que permiten a sus creadores explorar no solo las oportunidades cómicas de sus protagonistas, sino también algunos clichés de las culturas que protagonizan este divertido crisol. Desde luego, las ventajas saltan a la vista, pero las desventajas también están ahí. Más allá de que, al final, unas tramas terminan imponiéndose a otras (con todo lo que eso conlleva de pérdida de relevancia de algunos personajes), la distribución de los tiempos impide a la serie dibujar unos secundarios sólidos, más allá de convertirlos en parodias que complementan el surrealista mundo que refleja la serie. La verdad es que tampoco se necesita mucho más, pero eso no quita para que se tenga la sensación de perder algo de fuerza en algunos momentos de la temporada.

La confianza de los actores

Tim Robbins se convierte en el héroe de 'The Brink'.Claro que el humor, la ironía y la crítica política, social y militar de The brink no serían lo mismo sin el reparto, simplemente genial en todos sus aspectos. Tal vez sea por el carácter de héroe que tiene, por los problemas internos y externos a los que tiene que hacer frente, o porque es Tim Robbins, pero desde luego el rol de Walter Larson el faro de toda esta primera temporada. Más allá de sus dotes de líder, de su desprecio por sus compañeros de profesión o de su forma de entender el matrimonio, lo realmente interesante es el modo en que evoluciona, siempre a medio camino entre el deber de su cargo y sus debilidades como hombre. Esa dualidad, que provoca algunos de los momentos más surrealistas, también se convierte en uno de los aspectos más interesantes de la trama.

Pero junto a Robbins habría que destacar a Jack Black (El gran año), quien se aleja de histrionismos y payasadas para encontrar su vena cómica más “seria”; Pablo Schreiber (serie Orange is the new black), cuyo dúo con Eric Ladin (serie Boardwalk Empire) hace las veces de martillo para romper las reticencias iniciales con el género de la serie (el momento en la cabina del caza con ambos colocados y mareados es inigualable); Carla Gugino (serie Wayward Pines), que termina siendo una pieza importante en este curioso mosaico. Y así sucesivamente. En realidad, desde los mayores protagonistas hasta los secundarios menos importantes, todos los roles encuentran un sentido a su presencia en la trama, aunque sea puramente testimonial o como herramientas de usar y tirar para el desarrollo de la historia.

Lo mejor que se puede hacer con esta serie es entregarse a su surrealismo, a sus situaciones casi imposibles y al modo en que sus creadores llevan a los personajes, a través de la trama, a una situación límite, al borde de una guerra mundial provocada, al menos en parte, por los propios Estados Unidos. Quien quiera encontrar risas posiblemente se sature, pero esta primera temporada también deja una serie de reflexiones interesantes para todo aquel que las acepte y que las quiera ver. Tal vez no sea una producción sesuda ni dramática; sus personajes, desde luego, no tiene el carisma ni la elaboración de otras ficciones políticas. Pero precisamente porque aplica con inteligencia el humor al contexto pre bélico que desarrolla la denuncia social y política sale a la luz, lo que termina por convertir al producto en algo más que una mera parodia.

Así, The brink sabe evolucionar en su primera temporada desde un comienzo puramente cómico, sin demasiado atractivo más allá de las risas aseguradas, para revelarse como una comedia política que reparte críticas para todos los gustos y países, Estados Unidos a la cabeza. Ese componente de mirarse en el espejo e identificar sus propias debilidades tal vez sea lo más destacable, pero desde luego no es lo único.Y tal y como terminan estos 10 episodios, la segunda temporada se presenta más interesante todavía, trasladando el foco del conflicto a otra zona del mundo donde apenas entran los países desarrollados. Parece que las risas estarán aseguradas.

1ª T de ‘Wayward Pines’, el misterio de corto recorrido de Shyamalan


Carla Gugino y Matt Dillon protagonizan el misterio de 'Wayward Pines' en su primera temporada.Cualquiera que haya visto una amplia mayoría de la filmografía de un director sabrá que existen características comunes en todos ellos. Tal vez no visualmente hablando, pero sin duda sí en los temas abordados. Y eso se está trasladando a los títulos televisivos que apadrinan. No es casualidad que Steven Spielberg (E.T., el extraterrestre) esté detrás, por ejemplo, de Falling Skies, o que Martin Scorsese (Uno de los nuestros) haya apoyado una obra como Boardwalk Empire. Por eso aquellos que hayan terminado de ver la primera temporada de Wayward Pines, cuyo último episodio se ha emitido esta semana, habrán encontrado puntos comunes con la obra de su nombre estrella: M. Night Shyamalan, autor de El Sexto Sentido (1999) o El bosque (2004). Para bien y para mal.

Precisamente con esta última tienen bastante que ver estos primeros 10 episodios creados por Chad Hodge (serie The Playboy club). Adaptación de las novelas de Blake Crouch, la trama arranca cuando un agente secreto en busca de unos compañeros desparecidos despierta en un pequeño pueblo después de sufrir un accidente. Poco más se puede decir de su argumento para no desvelar los giros narrativos claves, salvo tal vez que el protagonista pronto comprende que en esa pequeña localidad nada es lo que parece, y que todo el mundo está controlado por cámaras, micrófonos y microchips. Desde luego, con esta premisa inicial el episodio piloto se convierte en un notable ejercicio de intriga que, aunque se desarrolla de forma más o menos previsible, sí deja lugar para numerosos detalles que posteriormente pueden, y deben, ser contrastados con la verdadera historia que se esconde detrás de esta serie.

A grandes rasgos, el desarrollo narrativo de Wayward Pines en esta primera temporada cumple con los objetivos marcados. La ficción, a través de numerosos ganchos episódicos, logra mantener al espectador pendiente de la explicación que aclarará el misterio planteado unos minutos antes. De este modo, el arco dramático avanza de forma más o menos fluida y exigiendo una única condición: cuadrar mentalmente todo lo visto para que la explicación tenga sentido. Así, la producción se revela como un delicado ejercicio de equilibrio en el que todo está muy medido, en el que las cuestiones (al menos las más evidentes) tiene su porqué. El éxito radica, precisamente, en un consistente armazón firmemente asentado y con una coherencia interna que no siempre se logra en productos de este tipo.

Por desgracia, a medida que el misterio se va desvelando las debilidades narrativas también van apareciendo, algo que no por casualidad también ocurre con frecuencia en el cine de Shyamalan. La revelación a mitad de temporada del secreto mejor guardado de la serie obliga a sus responsables a virar el sentido original de la producción para pasar de un thriller bien medido a una suerte de producto de acción y conspiranoico en el que, en cierto modo, se pierde el norte de muchos personajes. En realidad, este fenómeno se debe a dos motivos. Por un lado, tras conocerse el sentido real de la trama son necesarios algunos capítulos que ayuden a consolidar la nueva información y sienten las bases para el nuevo dogma dramático. Por otro, la corta duración de la temporada impide que haya tiempo suficiente para desarrollar correctamente diversos aspectos, entre ellos el anterior. El resultado es una aceleración de los acontecimientos que no termina de encajar en lo que propone la producción desde un principio.

El sacrificio de los personajes

Aunque desde luego los mayores damnificados de este fenómeno son los personajes. Resulta sorprendente comprobar cómo son sus propios responsables los que destruyen todo lo construido en los primeros episodios de la temporada con su apuesta por virar hacia otro formato en los últimos capítulos de Wayward Pines. Esto genera un fenómeno cuanto menos curioso. Mientras que en los inicios la serie establece las bases de los diversos conflictos que se desarrollarán, todos ellos quedan literalmente olvidados a raíz de los acontecimientos finales. Ni el posible triángulo amoroso, ni las dudas morales del protagonista cuando conoce la verdad. Nada de lo visto hasta ese momento parece tener interés, cuando precisamente debería ser todo lo contrario.

Una posible explicación es el carácter arquetípico de todos sus roles, que no logran desarrollarse más allá de sus características básicas. La mejor evidencia de su carácter se encuentra en los últimos episodios, cuando se produce el ataque al pueblo. A modo de Apocalipsis selectivo, solo son salvados por Dios (léase, los creadores de la trama) aquellos personajes que han mostrado un cierto atisbo de redención, ya sea enfrentándose a aquellos a los que hasta ahora habían ayudado, ya sea apoyando a los protagonistas de forma más explícita. Pero otra explicación, que no es necesariamente excluyente, es que el desarrollo queda totalmente interrumpido. Salvo roles como el de Melissa Leo (Prisioneros) o Carla Gugino (San Andrés), ésta en menor medida, los demás quedan eclipsados por el impacto narrativo de su punto de giro intermedio, dejando a un lado sus propias naturalezas para convertirse en meras herramientas al servicio de un objetivo último.

La pregunta que hay que hacerse es cuál es ese objetivo. La respuesta se encuentra en el apéndice del último episodio, cuando el pueblo vuelve a la normalidad después del ataque… o casi. El diálogo mantenido entre los personajes de Charlie Tahan (Lazos de sangre) y Sarah Jeffery (serie Rogue), que podrían cargar con el peso de la serie en una hipotética segunda temporada, revela un futuro dramático que plantea en principio repetir estructuras narrativas con personajes más jóvenes, dejando a los más veteranos como complemento, apoyo dramático o recurso narrativo. Esto permitiría, una vez conocidos todos los secretos, mejorar el desarrollo de los arcos dramáticos de cada personaje, aprovechando asimismo para enriquecer la historia con tramas secundarias que, todo sea dicho, darían un carácter completamente diferente a la serie.

Pero por ahora, lo que ofrece Wayward Pines en su primera temporada es, a grandes rasgos, lo que ofrece M. Night Shyamalan en sus películas: un planteamiento sumamente atractivo, un desarrollo algo irregular y un desenlace totalmente diferente. Que esto guste o no depende de cada uno. Lo que sí puede percibirse es un arco dramático que no logra aprovechar todas las posibilidades que ofrece no solo el misterio que centra los primeros episodios, sino “la verdad” contada a mitad de temporada. Ni los personajes ni la historia son capaces de levantar el vuelo con un desarrollo que parece empeñado en constreñir las posibilidades del producto, tal vez porque todo se reserva para una futura continuación que, por ahora, no se ha confirmado. Sea como fuere, este pueblo y sus habitantes reclamaban una mayor profundización en sus relaciones y en los conflictos que generan.

‘San Andrés’: sabíamos que esto iba a pasar


Dwayne Johnson y Carla Gugino protagonizan 'San Andrés', de Brad Peyton.Algunos la tacharán de predecible. Otros de meros efectos digitales que ni siquiera necesitan director. Y estoy convencido de que otros tantos cargarán sus tintas contra Dwayne Johnson (Fast & Furious 7), cuyos lagrimales posiblemente estén atrofiados por tanto músculo. Pero lo cierto es que la nueva película de Brad Peyton (Viaje al centro de la Tierra 2: La isla misteriosa) es un entretenimiento puro y duro, sin más pretensiones que dejar al espectador clavado a su silla a base de impactantes secuencias de acción, una trama lineal pero bien elaborada y un final de esos que llevarán a muchos a plantearse su ingreso en algún cuerpo de seguridad. Y hasta la fecha no creo que eso sea algo negativo si uno es consciente de lo que está a punto de ver.

Y desde luego San Andrés no promete nada que no pueda cumplir. Es cierto que la cinta no ofrece grandes momentos dramáticos, y desde luego los actores podrían haber dado algo más de sí (o no, quién sabe), pero eso importa relativamente poco en una película que lo único que ofrece es una cuidada destrucción de toda la costa este de Estados Unidos. Espectacular en todo su metraje, brillante en sus dos grandes setpieces en Los Ángeles y San Francisco, la película es lo que se puede deducir de su título. Ni más ni menos. Y desde luego que los efectos digitales cobran una importancia vital, pero la mano de Peyton se puede apreciar en cada fotograma. Es gracias a él, por ejemplo, que la angustia se apodera del plano secuencia en Los Ángeles, posiblemente la mejor secuencia de toda la película.

Claro que la mayor parte del mérito de que estemos ante un divertimiento palomitero de primer nivel es su guión. Sí, no cabe duda de que el trasfondo dramático es casi inexistente, y desde luego no hay ni un solo giro dramático relevante. Pero el desarrollo de la trama, con secuencias de acción perfectamente distribuidas en los momentos adecuados, refleja un cuidado trabajo narrativo que engancha al espectador, le zarandea entre edificios derrumbándose y corrimientos de tierra, y le deja al final del camino como un superviviente más. Y eso es, a todas luces, el mejor atractivo de una cinta de catástrofes como esta. No son las muertes, todas ellas previsibles. No son las pruebas que los protagonistas deben superar para sobrevivir. No, es simple y llanamente el viaje propuesto.

Es evidente que no estamos ante un profundo drama familiar enmarcado en una tragedia social, pero es que San Andrés tampoco pretende serlo. Su vocación de blockbuster queda patente desde la primera secuencia, con un rescate casi imposible apto solo para héroes como Johnson. A partir de ese momento, y salvo concesiones necesarias para el desarrollo mínimo de sus personajes, la película es una auténtica montaña rusa de caos, destrucción y espectacularidad que no da respiro para reflexionar. Y como toda cinta de estas características, no puede faltar el detalle patriota final. Una distracción sana, sin pretensiones y con sabor veraniego. Como reza uno de los carteles promocionales, “sabíamos que esto iba a pasar”. Y no hay nada de malo en disfrutarlo.

Nota: 7/10

Dwayne Johnson planta cara a los dinosaurios con ‘San Andrés’


Estrenos 26junio2015El mes de junio llega a su fin. Un mes que ha estado marcado, sin lugar a dudas, por el masivo éxito de Jurassic World, que va camino de convertirse en la cinta más taquillera de todos los tiempos. Pero en lo concerniente a España, hoy viernes, 26 de junio, llega una cinta que tratará de tomar el relevo en lo que a blockbusters se refiere. No llega sola, aunque sin duda es el estreno más importante de la semana, sobre todo si atendemos a la distribución. Acción, aventura, comedia y drama son los ingredientes que conforman la oferta de estrenos de este fin de semana.

Comenzamos el repaso por San Andrés, cinta de aventuras en la que, una vez más, la destrucción del planeta, o al menos de una parte de él, acapara toda la atención. En esta ocasión, como su propio título indica, es la falla de San Andrés la que desencadena el desastre, que comienza con la destrucción de Los Ángeles. Tras este suceso un piloto de helicópteros de rescate y su ex mujer deciden ir a San Francisco para rescatar a su hija, pero ni siquiera lo ocurrido en Los Ángeles les podría haber preparado para lo que se encontrarán en la ciudad del Golden Gate. Dirigida por Brad Peyton (Viaje al centro de la Tierra 2: La isla misteriosa), la película tiene como protagonista absoluto a Dwayne Johnson (Fast & Furious 7), al que acompañan Alexandra Daddario (Carta blanca), Paul Giamatti (The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro), Ioan Gruffudd (El rey Arturo), Carla Gugino (serie Political animals), Colton Haynes (serie Arrow) y la cantante Kylie Minogue (Blue).

Muy diferente es el tema y el tratamiento de Espías, nuevo vehículo para Melissa McCarthy (St. Vincent) que, todo sea dicho, cuenta en esta ocasión con un reparto de altura. La historia, una parodia de las cintas de agentes secretos, gira en torno a una modesta analista de la CIA que ha sido olvidada por la agencia a pesar de ser la heroína de una de las misiones más peligrosas que se hayan realizado jamás. Con una vida monótona y tediosa, su oportunidad de volver a la acción llega cuando uno de sus compañeros es captura. Sin nadie más a quien recurrir, se ofrece voluntaria para infiltrarse en una peligrosa banda que trafica con armas. Paul Feig (La boda de mi mejor amiga) dirige esta comedia en la que encontramos a Jude Law (El gran hotel Budapest), Jason Statham (Los mercenarios 3), Rose Byrne (Malditos vecinos), Miranda Hart (serie Miranda), Bobby Cannavale (Blue Jasmine), Allison Janney (Juegos de palabras) y Morena Baccarin (serie Gotham).

Los estrenos europeos están protagonizados en exclusiva por Francia. La comedia No molestar, producida en 2014, supone el nuevo vehículo de lucimiento de Christian Clavier (Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?). Basada en la obra de Florian Zeller y con la dirección de Patrice Leconte (Mi mejor amigo), la historia comienza cuando un fanático del jazz encuentra un exclusivo álbum en un mercadillo. Dispuesto a escucharlo sin más dilación, cuando llega a casa su único objetivo es lograr una hora de tranquilidad. Sin embargo, el mundo parece estar en su contra, y uno tras otro se irán sucediendo conflictos y situaciones que le impedirán disfrutar de su pequeño placer, convirtiendo su mañana soñada en una auténtica pesadilla. El reparto se completa con Carole Bouquet (Obras en casa), Rossy de Palma (Tres bodas de más), Stéphane De Groodt (Barbacoa de amigos) y Valérie Bonneton (Pequeñas mentiras sin importancia), entre otros.

En el otro extremo se encuentra el drama Con todas nuestras fuerzas, una historia de superación dirigida en 2013 por Nils Tavernier (Aurore) que gira en torno a la difícil relación entre un padre y su hijo, que sufre parálisis cerebral desde pequeño y no puede andar ni hablar. Alejados con el paso de los años, padre e hijo volverán a acercarse cuando el adolescente le proponga al hombre competir juntos en un triatlón, reto casi imposible pero que les llevará a compartir el proceso de preparación. Jacques Gamblin (Los nombres del amor), Alexandra Lamy (Su ausencia me enfurece), Fabien Héraud, Sophie de Furst (L’oncle Charlie) y Pablo Pauly (Fonzy) encabezan el reparto.

Francia también colabora, junto a Israel, en la producción de La profesora de parvulario, drama escrito y dirigido por Nadav Lapid (Policía en Israel) cuyo argumento se centra en una profesora de un jardín de infancia que descubre en uno de sus niños de cinco años un verdadero talento para la poesía. Decidida a potenciar su arte, la mujer tratará de sacar al niño del entorno familiar en el que vive, con un padre que desprecia la profundidad cultural y una niñera cuyo único interés por la poesía radica en el beneficio económico que pueda conseguir. La cinta está protagonizada por Sarit Larry (Zman Avir), Avi Shnaidman, Lior Raz (Mabul) y Ester Rada (Os ni holeh).

Terminamos el repaso de esta semana con Una segunda madre, film brasileño escrito y dirigido por Anna Muylaert (Chamada a cobrar) cuya figura central es una mujer que vive y trabaja en la casa de una acomodada familia. A lo largo de los años no solo ha cuidado de la casa, sino que ha criado al hijo del matrimonio, ahora adolescente. El equilibrio de poder parece estable hasta que la hija de la mujer aparece, desestabilizando a los personajes y poniendo en peligro el futuro de la protagonista. El reparto está encabezado por Regina Casé (Made in China), Michel Joelsas (A Suprema Felicidade), Camila Márdila (O outro lado do Paraíso), Karine Teles (Riscado) y Lourenço Mutarelli (Natimorto).

1ª T de ‘Political Animals’, drama estándar de una familia típica


Sigourney Weaver encabeza el reparto de 'Political Animals'.A estas alturas de la televisión creo que cualquier persona atisba a comprender, aunque sea de forma general, que la producción de ficción para la pequeña pantalla vive una época dorada. Es uno de los temas recurrentes en las conversaciones, la calidad dramática de las historias es muy alta (en ocasiones bastante más que la de su eterno hermano mayor, el cine) y el acabado técnico es impecable. Para colmo, muchos de los profesionales están emigrando hacia un medio que les aporta más prestigio y mayores retos en sus respectivas carreras. Pero todo esto tiene una cara oculta, o mejor dicho una complicación. En esta escalada de calidad surgen productos con aspiraciones que se quedan en eso, en una aspiración. Es, en cierto modo, lo que le ocurre a Political Animals, miniserie de 6 episodios creada por Greg Berlanti (serie Eli Stone) que mezcla el drama y la política en un producto algo desafortunado.

No quiero decir con esto que sea una mala producción, ni mucho menos, pero atendiendo al reparto y a su argumento cabría esperar algo más interesante, menos estándar. La serie comienza cuando una ex primera dama de Estados Unidos pierde las primarias del partido demócrata. Dos años después, sin embargo, está trabajando a las órdenes de su rival como Secretaria de Estado de la Casa Blanca. En ese puesto tendrá que lidiar no solo con los conflictos internacionales, sino con los problemas familiares (un hijo drogadicto que ha intentado suicidarse y un ex marido que trata de reconquistarla) y con el acoso de una periodista que ha hecho carrera a base de tratar de destrozar su vida profesional y personal. Todo ello sin renunciar a su sueño de convertirse en la primera presidenta de Estados Unidos.

El principal problema de la trama, y que es lo que lastra el conjunto hasta convertirlo en algo corriente, es la simpleza, o mejor dicho la estandarización, de sus conflictos y de sus personajes. La verdad es que la familia protagonista de esta especie de tragedia griega es prototípica: la madre fuerte que se deshace por sus hijos, el ex marido promiscuo, la abuela con cierta tendencia a la bebida, el hijo homosexual, el otro hijo que busca el constante reconocimiento, … Todos y cada uno de ellos está dibujado de una forma tan tópica que apenas dejan margen para la sorpresa. Por ejemplo, si un personaje es drogadicto ya se sabe de antemano que cualquier intento por desengancharse fracasará estrepitosamente.

Unido estrechamente a esto se encuentra la trama. Como decíamos antes, el desarrollo dramático podría haber dado mucho más de sí. El hecho de que la protagonista busque por todos los medios acceder a la presidencia la convierte en un potencial elemento discordante en un mundo plagado de hombres. Y el hecho de que sea más inteligente que cualquiera de ellos abre la puerta a intrigas y desconfianzas que bien podrían haber provocado algún que otro giro argumental de cierto peso. En lugar de eso, Berlanti opta por eliminar intrincados senderos narrativos para tomar los atajos necesarios que le permitan centrarse en el drama familiar. El resultado no es más que una serie sobre las miserias de la familia ambientada en política. Bueno, el hecho de que el marco sea la política casi es lo de menos.

Seis episodios a mitad de trama

En este contexto el reparto poco puede hacer salvo aportar consistencia a unos personajes algo pobres en su definición. Sigourney Weaver (Alien) demuestra su calidad interpretativa incluso en aquellos diálogos algo forzados que buscan una crítica a determinadas ideologías o actuaciones políticas; Carla Gugino (Spy Kids), acostumbrada a papeles algo más ligeros, convence como una periodista que busca recuperar un prestigio perdido, si bien es cierto que en ocasiones es excesivamente evidente las intenciones de aleccionar al periodismo con su rol por parte de los guionistas. Incluso personajes como los dos hijos (James Wolk y Sebastian Stan) o secundarios como los de Ellen Burstyn (Main Street) o Dylan Baker (Spider-man 2) se muestran convincentes en sus respectivas tramas secundarias. El problema de todos ellos, sin embargo, es que son demasiado tópicos, demasiado previsibles en sus decisiones debido a la poca profundidad de su definición.

La nota discordante la pone el personaje de Ciarán Hinds (serie Roma), curiosamente uno de los más odiosos y al mismo tiempo mejor desarrollados de la trama. De hecho, es uno de los mejores elementos de estos 6 episodios. Por un lado, su carácter promiscuo, ególatra y algo altivo generan inicialmente rechazo. Por otro, su forma de analizar el contexto político y de comprender el carácter de las personas le convierten en el único rol capaz de provocar expectación en el espectador. Pero es una isla en un océano. La brillantez de Hinds a la hora de engrandecer un personaje tan interesante como este contrasta demasiado con la mediocridad de muchos de los demás. Da la sensación en muchas ocasiones de que Berlanti utiliza a los personajes para expresar sus propias convicciones. Sé que muchos pensarán que en buena medida los personajes están para eso. Es cierto, pero una de las primeras leyes del diálogo es que lo que se dice nunca es lo que se dice, sino lo que se quiere decir.

Desconozco si estaba previsto o no, si la idea era desarrollar la serie en una segunda temporada o si realmente se quería dejar en el aire todo lo planteado en estos seis episodios, pero curiosamente lo más importante de toda la trama ocurre en el último capítulo… y se queda en el aire, planteando muchas dudas y abriendo unas vías dramáticas muy interesantes para desarrollar. No vamos a desvelar aquí lo que ocurre en esa conclusión de la miniserie, pero sin duda es un acontecimiento impactante. Tanto que se podría considerar como el punto de giro más importante de toda la trama. Su presencia pone patas arriba todo el orden establecido hasta ese momento, provocando como decimos un sinfín de posibilidades que, por desgracia, se quedarán suspendidas al no existir una segunda temporada.

Tal vez sea lo mejor. Political Animals no ha sido la propuesta política que cabría esperar. Los intentos por desarrollar el drama familiar y social son más que evidentes y, en muchos casos, fructíferos, pero en un mundo como la política, donde las intenciones jamás se muestran y los discursos suelen ocultar la verdadera opinión, presentar unos personajes que apenas tienen nada que esconder salvo sus miserias personales es una débil propuesta. Tal vez enmarcada en otro contexto esta familia habría dado mucho más, aunque también es verdad que sería necesaria la reescritura de algunos conceptos de sus personajes. Es una lástima.

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