‘Orange is the new black’, reivindicación y denuncia en su 5ª T.


La evolución de Orange is the new black es cuanto menos interesante desde un punto de vista narrativo y de construcción de tramas. Lo que comenzó siendo una serie carcelaria de mujeres con una clara protagonista se ha convertido en una producción coral con muchos y atractivos personajes entre los que, curiosamente, se ha diluido por completo el personaje de Taylor Schilling (Noche infinita), con el que comenzó todo hace ya cinco temporadas. Y aunque en líneas generales siempre ha existido un tratamiento dramático con un trasfondo de denuncia social, en los 13 episodios de esta quinta etapa esa denuncia del sistema penitenciario y la reivindicación de los derechos de presos y presas es más acusado que nunca.

Y es que, con una historia concentrada en unos pocos días y con un motín como contexto narrativo, la creadora Jenji Kohan (serie Weeds) compone un universo en constante evolución en el que la tensión se nota en casi cada plano. Una tensión combinada con el ácido humor del que siempre ha hecho gala la serie pero que, en esta ocasión, dispara de forma indiscriminada contra cualquier personaje, tenga la condición que tenga. Así, los momentos más dramáticos, siempre en torno a la muerte del personaje que da pie al motín, se mezclan con situaciones de lo más irónicas y surrealistas, desde el secuestro de los rehenes y lo que hacen con ellos, hasta los problemas existentes entre los diferentes clanes dentro de la prisión. Este tratamiento cómico-dramático, al fin y al cabo presente durante toda la serie, genera algunos momentos sumamente divertidos a la par que preocupantes, manteniendo en definitiva el espíritu de esta producción.

Sin embargo, el carácter reivindicativo de Orange is the new black está mucho más presente, sobre todo en el tramo final de la temporada. Y lo está por muchos motivos. Más allá de la negociación entre presas y responsables de la penitenciaría, la serie pone el foco en diversos aspectos sociales que enriquecen el desarrollo de la historia como tal. Por un lado, el trato inhumano e insensible con el que se mantiene a las presas, no tanto por el poco espacio en el que conviven sino por la falta de tacto después de que una de ellas haya muerto aplastada por un guardia. Por otro, el hecho de que todo esté en manos privadas hace que solo interesen los beneficios, con el impacto que eso tiene en la vida entre rejas de estas mujeres. Pero es que además, y esto puede que sea más importante, se aprecia una falta de interés del sistema en reintegrar a estas personas. Los intentos de construir algo parecido a una sociedad dentro de la cárcel, en la que el intercambio entre productos fabricados por las presas sea la base del buen funcionamiento, se vienen abajo al no existir una integración real entre los diferentes grupos, lo que invita a pensar en las dificultades de reintegrarlas en la sociedad.

En este sentido, es interesante establecer el paralelismo entre los distintos comportamientos que se producen dentro de la prisión entre las internas, y cómo todos ellos derivan de un único acontecimiento en el que, eso sí, estuvieron todas unidas casi por primera vez en toda la serie. Desde aquellas que quieren evitar el conflicto a aquellas que quieren controlarlo; desde las presas que solo quieren paz en un rincón apartado hasta aquellas que provocan más y más caos. En este pequeño microcosmos están representados absolutamente todos los comportamientos, todos los modos de afrontar y aprovechar un motín como el que narra esta quinta temporada. Y tal vez sea por la falta de coordinación, o simplemente que era algo que tenía que pasar, pero lo cierto es que el desenlace es uno de los que más posibilidades de futuro ofrece a esta ficción si se sabe aprovechar.

Torre de Babel

Como mencionaba al comienzo, la desaparición del protagonismo de Schilling en la trama ha abierto las puertas a una verdadera “Torre de Babel” en la que varios personajes han ido asumiendo más y más peso dramático. Y si bien esto es algo positivo dado que la primera protagonista no es, ni de lejos, tan interesante como otros roles más o menos secundarios, también genera varios problemas narrativos que a lo largo de las cinco temporadas de Orange is the new black se han tratado de forma irregular.

En el caso de esta quinta etapa el tratamiento ha sido realmente interesante. A pesar de un ritmo intermitente, la trama se ha apoyado sobre los personajes más importantes, que han adquirido una mayor responsabilidad dramática y han salido airosos de la prueba. Asimismo, el hecho de que el argumento se haya desarrollado en varios núcleos claros en los que transcurre prácticamente toda la acción ayuda a ubicar tanto temporal como espacialmente el grueso de una trama mucho más condensada y con un objetivo más claro que el de temporadas anteriores. Todo ello conforma un arco argumental cuyo planteamiento, nudo y desenlace son más evidentes, más directos y, en cierto modo, más tradicionales de lo que esta serie nos tiene acostumbrados, lo cual no resta un ápice a la ironía ni al carácter de los personajes. Al contrario, los potencia, lo que debería hacer reflexionar sobre el rumbo que debe tomar la serie en lo que a tratamiento y estructura narrativa se refiere.

Y es que a diferencia de las anteriores temporadas, el hecho de desarrollar la trama en poco tiempo, siempre con un tema claro como telón de fondo y con la necesidad de encontrar una salida correcta al conflicto planteado, permite a su creadora centrar la atención y acotar la narrativa a las protagonistas de siempre, cuyas particularidades se potencian gracias a estas limitaciones espacio-temporales. Es evidente que la temporada puede tener (y de hecho tiene) altibajos de ritmo y de interés, sobre todo por la introducción de algunas tramas secundarias que, aunque divertidas, aportan poco al conjunto salvo definir algo mejor el universo de la serie. Pero con todo y con eso, la temporada se erige como una de las más completas.

De hecho, y aunque para gustos se hicieron los colores, esta quinta etapa de Orange is the new black posiblemente sea la más completa en lo que a contenido dramático se refiere. El acontecimiento que da lugar al motín, el desarrollo del mismo, los hitos dramáticos y los puntos de giro convierten a estos 13 capítulos en los más intensos de la serie. Tal vez no los mejores, pues parte de su tratamiento puede resultar algo caótico o irregular, pero sin duda los más complejos. Y su final, abierto como siempre pero con muchos más interrogantes, es la guinda perfecta de un pastel que ha cambiado su receta para tener un sabor más intenso. La duda que queda ahora es si esto tendrá una continuidad en el futuro o se volverá al caos resuelto en un puñado de episodios que venía siendo hasta ahora.

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‘Orange is the new black’ confirma su apuesta desordenada en la 4ª T.


Es justo reconocer que Orange is the new black ha sabido reinventar su fórmula para, con los mismos personajes y el mismo contexto dramático, convertirse en algo completamente diferente a lo que se planteó en su primera temporada. La llegada de la, en teoría, protagonista a la cárcel de mujeres ha dado paso a una ficción coral en la que cada vez más personajes tienen relevancia en la trama. Pero su cuarta temporada confirma otra idea que tal vez sea menos positiva, y es el hecho de que todos estos personajes provocan un errático avance argumental que puede jugar en contra de esta producción creada por Jenji Kohan (serie Weeds).

Ya ocurrió con la anterior temporada. Los 13 episodios que conforman esta cuarta etapa poseen el denominador común de no tener denominador común, salvo tal vez el hecho de transcurrir en una cárcel y la llegada de un grupo de guardias a cada cual más tirano. La ausencia de un desarrollo dramático con cierta continuidad de un episodio a otro provoca la sensación de estar ante una ficción sin un objetivo claro, sin una línea argumental que se nutra de otras secundarias y que el espectador pueda seguir de forma más o menos nítida.

El resultado más inmediato de esta apuesta por el caos que hace Kohan es la pérdida de interés. La cuarta temporada de Orange is the new black posee numerosas depresiones de ritmo y narrativas que invitan a desconectar demasiado a menudo de la trama principal, que existe escondida en un bosque de líneas argumentales secundarias. La falta de una conexión clara, unida a que algunos episodios se olvidan de conflictos planteados previamente solo porque hay que dar cabida a muchas historias, invita a perder el rastro de lo realmente importante, amén de que algunos personajes principales de anteriores etapas no hacen acto de presencia hasta bien entrada la temporada, lo que acentúa la sensación de desconexión con lo visto hasta ahora, sobre todo si no se recuerdan determinados detalles.

Todo ello, como digo, provoca un cierto vértigo y, en algunos casos, incluso hastío. Pero al igual que ocurriera en la anterior etapa, todo esto enmascara en realidad una línea argumental que resulta interesante si se observa con cierta distancia y de forma global. Y, como analizaremos a continuación, conduce a un final tan atractivo como complejo, tan significativo como indispensable para cambiar el futuro de la serie de un modo irrevocable. Es precisamente ese final el que revela que existe algo más que tramas secundarias unidas por los personajes, y es el que evidencia que tras todo el caos se esconde una historia profunda.

Drama, mucho drama

A pesar de las apariencias, y de que el humor ácido es una tónica habitual de la serie, Orange is the new black posiblemente haya alcanzado su techo dramático en esta cuarta temporada. Claro que con el episodio final se deja la puerta abierta a un tratamiento dramático mucho mayor, pero en líneas generales estos 13 capítulos se confirman como los más difíciles para los personajes protagonistas. Bandas raciales, torturas (entre presas y por parte de los vigilantes) e incluso una muerte son algunos de los hitos dramáticos de esta etapa. Muerte que, sin desvelar a quien afecta, debe ser entendida como un recurso narrativo necesario para dar un giro argumental a todo el planteamiento.

Incluso la pérdida de protagonismo del personaje de Taylor Schilling (Noche infinita) está mejor integrada en el conjunto de la serie, ya sea por el caos de tramas a su alrededor o porque ha encontrado su hueco entre tanto personaje mucho más interesante. Personalmente me decanto por la segunda opción. Sea como sea, lo cierto es que su falta de protagonismo (y de carisma en algunos casos) ha permitido a la trama centrarse en el pasado de muchos roles, continuando de este modo la estructura dramática que tanto define a esta ficción. Pero también ha permitido, y esto es más importante, abordar la evolución dramática de este amplio abanico de roles femeninos, lo que ha enriquecido notablemente la visión general de las relaciones entre personajes.

Vista en perspectiva, esta cuarta etapa confirma esa ausencia de una línea argumental única (o al menos principal) que se nutre de tramas secundarias. Más bien al contrario, cada historia de cada personaje tiene su importancia y camina de forma paralela al resto. Pero si algo diferencia a estos episodios es que esta estructura dramática se ha definido más y mejor, permitiendo apreciar un cierto sentido, aunque sea muy genérico, sobre lo que realmente aborda esta temporada. El problema es lo que se menciona al principio del párrafo: esto se aprecia con la perspectiva de haber superado los 13 capítulos. Durante ellos, y salvo el tramo final de la historia, puede resultar muy difícil seguir el hilo argumental, y por tanto mantener el interés.

Y aquí está la piedra angular de todos los problemas de Orange is the new black. A pesar de sus potentes personajes, a pesar de su valiente e inteligente tratamiento argumental, la serie tiene tantos y tan buenos personajes que darles a todos una cierta relevancia termina por difuminar en exceso lo que se quiere contar. Esto tiene difícil solución, pues al fin y al cabo es la esencia de la serie. Esta cuarta temporada demuestra que la ficción de Kohan ha alcanzado un delicado equilibrio que se rompe con demasiada facilidad. Dicho de otro modo, la serie puede resultar tediosa, pero siempre existen ciertos momentos de interés que se van agrandando conforme se llega a la resolución del arco dramático. Es algo que pasó en la tercera temporada y que aquí se acentúa. El final de esta etapa deja la puerta abierta a un cambio total, que según todas las informaciones se va a producir a nivel dramático y narrativo. Veremos, porque de no ser así puede ser consumida por su propia originalidad.

3ª T de ‘Orange is the new black’, estructura caótica para notable final


Taylor Schilling se hace con el control de un negocio ilegal en la tercera temporada de 'Orange is the new black'.Si algo hay que reconocerle a Orange is the new black es su capacidad para, a través de las historias y del pasado de todos sus personajes, componer un mosaico capaz de dar sentido a una temporada completa. La serie, desde su primera temporada, ha evolucionado hacia un formato más inconformista, menos tradicional y más coral, en el que la supuesta protagonista interpretada por Taylor Schilling (Argo) tiene una relevancia cada vez menor. El problema es que en esta tercera temporada el componente de unión entre todos los roles se pierde… o al menos eso parece.

Porque lo cierto es que esta etapa de 13 episodios en la serie creada por Jenji Kohan (serie Weeds) tiene una temática bastante más genérica que en las anteriores temporadas, aunque también algo más dispersa. Dicha temática, teniendo en cuenta el contexto de la trama, es de lo más simple: los anhelos de libertad de todos y cada uno de los personajes, incluyendo aquellos que deben vigilar a las presas. Es esta idea la que mueve no solo a los personajes entre las cuatro paredes y las rejas de la cárcel, sino en los flashbacks de su pasado. No en vano, todas y cada una de las historias elegidas tratan de abordar las necesidades de escapar, de huir de su propia realidad de las internas.

El problema es que ese objetivo queda desperdigado por la trama de Orange is the new black. Ante la falta de una protagonista sólida, el desarrollo dramático de la historia no tiene un foco capaz de guiar los acontecimientos, lo que da lugar a una sucesión de tramas secundarias que, es cierto, nutren muy bien la riqueza que presenta esta particular cárcel, pero que también son incapaces de aunar esfuerzos por abordar algo concreto, algo tangible. Prueba de ello es que los arcos dramáticos comienzan y acaban dentro de la propia temporada, algunos con una velocidad excesivamente alta.

Eso no es impedimento para que el final de la temporada sea, posiblemente, el mejor de toda la serie. Y es aquí donde hay que retomar la idea de libertad que subyace en todo el relato. Ese baño final en un lago es simbólico por dos motivos. Uno, por la frescura que transmiten las imágenes y por la sensación redentora de muchos de sus detalles, desde las dos amigas que se perdonan con una mirada a la felicidad de aquellas que peor parecen haberlo pasado. Pero el otro, tal vez más importante, radica en el hecho de que ninguna de ellas sienta el deseo de huir físicamente de la cárcel. Nadie intenta escapar, solo disfrutar de un momento de desasosiego que, además, contrasta con el cambio que se produce intramuros. Un paralelismo que abre las puertas a nuevos retos narrativos.

El detonante del personaje

Del mismo modo, hay que valorar positivamente la evolución del personaje de Schilling, que parece convertirse en aquello por lo que la encerraron en un primer momento. Ya sea por la evidente falta de carisma del personaje, o simplemente porque ha perdido interés con el paso de los episodios, el caso es que la transformación dramática que sufre en esta tercera temporada es algo a tener en cuenta. Es más, resulta interesante comprobar cómo es capaz de actuar cada vez con menos empatía, con una mentalidad de supervivencia que se lleva todo por delante.

En dicho cambio juega un papel primordial la incorporación del rol de Ruby Rose (Around the block), calculador como pocos y cuya participación en la jugada final de la protagonista supone un giro interesante no solo para la trama, que parece incorporar definitivamente un personaje tan atractivo como algo peligroso, sino para el propio personaje de Piper Chapman, cuyo ataque frontal definitivo parece eliminar todo tipo de inocencia para dejar exclusivamente a una mujer movida por el interés personal.

Sin duda, este proceso de cambio es lo más interesante de la tercera temporada, aunque hay que remarcar que se produce de forma intermitente, más o menos como el resto de tramas de los episodios. Con todo, la impresión final, una vez analizado el arco dramático general de la protagonista, es que se produce una separación notable del resto de roles. Dicho de otro modo, en ese proceso de transformación de Chapman se dejan atrás no solo las emociones, sino a las amigas y amantes. Ahora solo queda comprobar que dicho cambio genere frutos en las siguiente etapa.

Al final, Orange is the new black logra salvar los muebles en una tercera temporada que, aunque mantiene la estructura dramática de las anteriores, se vuelve algo más caótica, menos dirigida hacia un claro objetivo. Es cierto que la idea de libertad es el nexo de unión de todas las historias, pero es un concepto tan vago que no logra conformar un claro desarrollo. El final combinado de la historia protagonizada por Taylor Schilling y esa suerte de cierre coral de la búsqueda de la libertad logran generar la sensación de que esta etapa ha sido mejor de lo que realmente ha sido. Ahora bien, las bases del futuro ya está puestas. Habrá que ver si saben aprovecharlas.

‘Orange is the new black’ gana interés y pierde protagonista en su 2ª T


La rivalidad entre Kate Mulgrew y Lorraine Toussaint acapara la atención de la segunda temporada de 'Orange Is The New Black'.A primera vista, las diferencias entre una serie para televisión y una película cinematográfica son evidentes. Duración, formato, estructura narrativa e incluso los efectos visuales marcan las pautas más básicas, si bien este último aspecto cada vez es menos relevante. Pero existen otros aspectos tal vez menos evidentes que marcan distinciones fundamentales que, por diversos motivos, pueden pasarse por alto. Una de esas características propias es el protagonismo del producto, algo en lo que la segunda temporada de Orange is the new black tiene mucho que decir. Y es que a pesar de que la primera entrega fue un soplo de aire fresco por la temática abordada y los personajes presentados, estos nuevos 13 episodios han superado las expectativas gracias a un interés creciente en el microcosmos que conforma la cárcel de mujeres, dejando a un lado a la supuesta protagonista.

En efecto, la nueva temporada de la serie creada por Jenji Kohan (serie Weeds) abandona en cierto modo la línea argumental protagonizada por Taylor Schilling (Argo) para centrar todos sus esfuerzos en abordar las relaciones humanas de un grupo de presas que, de un modo u otro, están entre rejas por errores cometidos en lugar de por ser un peligro real y físico para la sociedad. La introducción de un nuevo y soberbio personaje, interpretado brillantemente por Lorraine Toussaint (El solista) confirma esta idea. La presencia de un rol verdaderamente maligno y superior en todos los aspectos a sus congéneres supone un factor desestabilizador en el equilibrio de las internas de esa cárcel, fundamentalmente porque en el tiempo que dura la temporada, apenas unos meses, es capaz de hacerse con el control de personas y negocios. Y como digo, todo ello sin contar con Schilling, dando un mayor protagonismo a Red, el personaje al que da vida Kate Mulgrew (Perception), y a “Ojos Locos”, papel por el que Uzo Aduba ha recibido un Emmy.

Sobre todo esta última. Desde que comenzó la serie su personaje ha sido uno de los pocos que son capaces de generar risa e inquietud a partes iguales. La capacidad de la actriz para transmitir no solo los bruscos cambios de ánimo del personaje, sino la complejidad psicológica de las ideas que pasan por su mente, es abrumadora. En este sentido, en esta segunda temporada de Orange is the new black logra alcanzar un peldaño más al apoyarse en el personaje de Toussaint y convertirse en un ser casi maquiavélico, leal hasta extremos inimaginables y violento cuando su jefa es atacada. La secuencia de la ducha en la que apalea a una “disidente” es, simple y llanamente, espeluznante y reveladora. De hecho, es posible que sea de lo mejor que tienen estos 13 capítulos. Pero más allá de este personaje, el desarrollo dramático de esta trama que nace como secundaria pero se convierte en principal es brillante en su uso de la sutileza moral. Puede que sea por eso que termina acaparando toda la atención posible.

Con todo esto la pregunta que cabe hacerse es: ¿y qué pasa con el personaje de Schilling? Pues más bien poco. Como decía al comienzo, esta ficción creada por Kohan es un buen ejemplo para comprobar que en televisión, si algo no funciona y se dan los elementos adecuados, el cambio es posible. Su personaje, justificación para introducir al espectador en ese mundo entre rejas, se desvanece notablemente a lo largo de la temporada, llegando incluso a ser una mera sombra en varios capítulos. Su trama, con el desarrollo de su relación amor/odio entre su amante lesbiana (una Laura Prepon –The kitchen– casi testimonial) y su ex novio (al que da vida el protagonista de American Pie, Jason Biggs), pierde buena parte del interés dramático que pudo tener en su primera temporada, convirtiéndose casi en una suerte de muletilla irónica que sirve de contraste para los demás problemas, muchos de ellos bastante más sólidos. Esto no quiere decir, claro está, que no tenga cierto protagonismo, sobre todo en los primeros compases de esta etapa, pero sin duda ha perdido mucha fuerza, en buena medida debido a la presencia del personaje interpretado por Toussaint.

A vueltas con el pasado

Esta segunda temporada de Orange is the new black mantiene intacta su estructura narrativa, aunque lo hace con menos variedad que en la temporada de su estreno. Por supuesto, la práctica totalidad de los episodios cuentan con una serie de flashbacks que ayudan a comprender a los personajes más allá de los motivos por los que ingresan en la cárcel. La obsesión del personaje de Yael Stone (West) o los problemas de acogida del rol interpretado por Danielle Brooks son solo algunos ejemplos. En relación con esto, una de las cosas más interesantes que incorporan estos nuevos capítulos es la reinterpretación de este concepto, ofreciendo al espectador un marco más amplio que nutre de forma indiscutible el crisol de personalidades que viven en ese recinto.

Y no hablo solo de las presas. Los responsables de la serie optan por una mayor introducción de los guardias que trabajan entre esos mismos barrotes, presentándoles fuera de su entorno para poder, de ese modo, definirlos de forma más precisa. Si durante la primera etapa fue el personaje de Michael Harney (serie True Detective) el que tuvo el peso en este sentido, en esta segunda parte es Nick Sandow (All roads lead), Joe Caputo en la ficción, el que toma el relevo. Su arco dramático, motivado por los deseos de prosperar y de hacer algo bien en una cárcel que se cae a pedazos, es el otro gran pilar sobre el que se asienta la temporada, permitiendo un desarrollo más profundo y algo más caricaturesco de este funcionario de prisiones al que todo parece salirle mal a pesar de sus buenas intenciones.

Aunque hablar sobre los vigilantes y no hacerlo del personaje de Pablo Schreiber (Los amos de Dogtown) puede ser poco menos que contradictorio. En realidad, este es uno de los pocos “peros” que se le puede poner a la segunda temporada. Su personaje, que abandonaba la cárcel al final de la primera temporada, tiene en esta una presencia mínima, solamente justificable como detonante de la evolución de alguna trama secundaria. Y es una lástima, pues tanto la labor del actor como la definición sobre el papel son de lo mejor que ha dado este producto en los dos años de vida que tiene. Y eso dentro de un cúmulo de personajes que, en líneas generales, son inolvidables. Su ausencia trata de disimularse con el resto de vigilantes, pero un hueco así es difícil de cubrir. La ironía y el desagrado que aportó en los primeros episodios desaparecen en esta nueva etapa, lo que a la larga dota al conjunto de otros aires, si no distintos al menos sí modificados.

Pero en conjunto, la segunda temporada de Orange is the new black confirma que lo visto en la primera etapa no fue un éxito fulgurante. Gracias a los elaborados personajes que pueblan la cárcel la serie ha sabido rearmarse para convertirse en una producción coral donde las historias de las presas tienen más interés y peso que la de la propia protagonista, quien por cierto sigue siendo de lo más débil del conjunto. La incorporación de nuevos personajes, además de enriquecer ese particular universo, ha hecho avanzar el carácter dramático de la obra creada por Jenji Kohan, dotándola de un tono irónicamente dramático mucho mayor. En este proceso de transformación, como es lógico, ha habido víctimas que se han quedado por el camino. Algunas son recuperables (caso del rol de Schreiber), pero todo apunta a que otras dejarán de existir definitivamente (caso de la vida previa de la protagonista). Sea cual sea el futuro, parece claro que si se sigue de este modo la tercera temperada consolidará la serie como una de las más frescas del panorama actual.

‘Orange is the new black’ evoluciona de menos a más en su 1ª T


Imagen promocional de la serie 'Orange is the new black'.Cuando una serie de televisión basa su argumento en una trama cuyo arco transcurre a lo largo de toda una temporada suele exigirse, o al menos ser necesaria, una evolución que lleve al protagonista a terminar siendo algo diferente a lo que inicialmente conocimos. Pues bien, Orange is the new black, una de las series a destacar en lo que va de año, es el más vivo ejemplo de ese cambio. En todos los sentidos, la verdad, pues no solo varía el personaje en torno al cual gira la historia, sino en líneas generales todos y cada uno de los secundarios, y con ellos la propia trama creada por Jenji Kohan (serie Weeds).

Todo comienza cuando una joven de clase acomodada y un estatus social medio alto ingresa voluntariamente en la cárcel por un delito que cometió hace años. Esta primera temporada de 13 episodios, que concluyó a finales de febrero, narra cómo la mujer, prometida a un escritor que trata de hacerse un hueco en el periodismo, debe enfrentarse tanto a las internas con las que comparte prisión (entre las que se encuentra una antigua novia responsable de estar encerrada) como a sus propios demonios, que poco a poco van saliendo a la superficie. Como muchos se habrán dado cuenta al leer la sinopsis, existe una cierta contradicción en los géneros utilizados. En efecto, la protagonista, interpretada con solvencia por Taylor Schilling (Argo), es bisexual, y ese es uno de los aspectos más interesantes del personaje, sobre todo por lo que provoca en las diferentes tramas.

Y es que los conflictos emocionales que se derivan del hecho de estar encerrada con su antigua novia, traficante de drogas y delatora de su participación, terminan dominando casi por completo el conjunto de la producción. O al menos se convierten en originarios de los últimos acontecimientos de la trama, realmente impactantes. En cierto modo, dichos conflictos son los que hacen que la mujer que se presenta en el episodio piloto, algo flojo por cierto, no sea la misma que termina cerrando el último capítulo. Los problemas con su prometido (un Jason Biggs que sigue encasillado en su personaje de American pie) y los escarceos amorosos con su ex amante lesbiana (Laura Prepon, la de Aquellos maravillosos 70) terminan por destruir el mundo que conocía y que consideraba seguro, revelando una naturaleza sombría y amenazadora que hasta entonces apenas se había dejado ver.

Esta es la principal evolución que puede verse en Orange is the new black. Con una estructura narrativa que utiliza los flashbacks para narrar los motivos por los que las compañeras de cárcel acabaron encerradas (una forma de evolución más), la serie adquiere verdadero significado cuando centra su completa atención en la adaptación de la protagonista a un entorno que, a priori, no es ni remotamente el suyo. Un entorno en el que delincuentes, drogadictas, asesinas o mafiosas se dan cita, y en el que las clases y grupos sociales están, si cabe, más definidos que en el mundo ajeno a esas verjas. Sin quitar relevancia a muchos de los pasados de las presas, lo realmente interesante es comprobar cómo la separación física de dos prometidos termina por modificar sus propias naturalezas y, por ende, destruir la relación iniciada. Y todo eso se logra precisamente cuando se ahonda en las decisiones y relaciones de la protagonista, muchas promovidas por los propios secundarios.

Secundarios tópicos

Precisamente otro de los pesos pesados de la serie es la cantidad de secundarios relevantes que posee, lo que ofrece infinidad de posibilidades a la hora de desarrollar tramas secundarias que adquieran entidad propia (caso de la relación romántica entre vigilante y presa) o que influyan en la historia principal. Y si bien es cierto que la forma de manejar dichos personajes e historias es brillante, la forma de presentar la cárcel resulta algo tópica, excesivamente arquetípica. Sí, la serie no aburre, e incluso provoca interés por conocer el pasado y los motivos que llevaron a esas mujeres a estar allí. Pero el problema es que las diferentes clases sociales quedan reflejadas de una forma algo genérica, sin apenas rasgos definitorios entre los integrantes de cada grupo racial. Salvo los secundarios principales, el resto conforman un marco tipo en el que integrar algunas anécdotas. Por ejemplo, las latinas quedan reflejadas como mujeres lujuriosas; las afroamericanas se muestran agresivas y amenazadoras, con un lenguaje que hace pensar en los guetos que tantas veces se han visto en las películas; y las blancas son, en líneas generales, lesbianas o devotas de algún tipo de religión.

Curiosamente, esta visión general (repito, se salvan algunos secundarios) contrasta mucho con los motivos que llevaron a las mujeres a la cárcel. Es cierto que algunas cometieron los crímenes de forma consciente, pero muchas de ellas simplemente cometieron un error o estaban en el momento y lugar equivocados. Algo parecido a lo que le ocurre a la protagonista. En otras palabras, a pesar de los humildes orígenes o el difícil pasado que puedan haber tenido, esas mujeres comparten la cruz de haber cometido un error por el que deben de pagar, pero eso no las convierte necesariamente en criminales. Unos pasados muy particulares que, como decimos, son la contrapartida de esa forma tan clasista de presentar a los diferentes grupos sociales.

Aunque si hay un secundario que destaca por encima de todos (incluso de la protagonista) es el encarnado magistralmente por Pablo Schreiber (El mensajero del miedo), un tirano vestido de guardia consciente de su poder y de la facilidad para manipular a unas mujeres que lo único que comparten es el temor a la autoridad. Aunque la definición del personaje sobre el papel puede dejar la sensación de haberse visto antes, el trabajo de Schreiber es sencillamente perfecto, componiendo un rol que genera repugnancia y respeto con su simple presencia física, y que llega a convertirse en el villano por excelencia de la serie más allá de dramas amorosos o problemas legales. El hecho de que sea un traficante en su propia cárcel, de que apenas muestre empatía o de que por momentos sea un auténtico misógino no hace sino engrandecer su figura por encima de todos los demás aspectos del drama. La mejor noticia es que la derrota que sufre hacia el final de la temporada ha abierto la puerta a nuevos aspectos de su personalidad que pueden (y deben) llevar al personaje hacia nuevos niveles.

Así, Orange is the new black es una de esas producciones que van de menos a más, de un piloto curioso pero no espléndido a un final impactante, alejado por completo del origen de la serie y que asienta las bases para un futuro con novedades. La serie es entretenida, con verdaderos momentos irónicos y otros muy trágicos. A pesar de sus definiciones algo esquemáticas de las clases sociales y de algunos personajes, el carácter realista del conjunto (muchas actrices son desconocidas), al que introduce una presentación compuesta por los rasgos faciales de verdaderas presas, aporta un tono único que la convierte en algo fresco y diferente. Podría haber sido mejor, sin duda, pero si sigue creciendo como lo ha hecho en esta primera temporada llegará a serlo.

‘The Walking Dead’ T. 4 (I), la derrota del enemigo definitivo


Los protagonistas de 'The Walking Dead' tratan de vivir con normalidad en esta primera parte de la temporada 4.Aquellos que lean este blog de forma más o menos asidua sabrán que las series que se comentan y analizan se abordan desde el punto de vista de las temporadas, no de los episodios. En primer lugar por una cuestión logística, y en segundo lugar porque una serie, y esto lo digo por propia experiencia, se plantea como un conjunto, por lo que los capítulos no son más que fragmentos de una historia aún mayor, incluso en aquellas producciones donde poco o nada tienen que ver entre ellos. Sin embargo, The Walking Dead es un punto y aparte; es una serie distinta a todos los niveles. Desde su segunda temporada la estructura de cada entrega se divide en dos partes, pero en el caso de la cuarta temporada que ahora analizamos el fenómeno ha ido más allá, convirtiendo esta primera parte de 8 capítulos en un producto compacto, único, con sentido propio y, lo más importante, generando un punto de inflexión tanto o más importante que el que se produjo al final de la segunda temporada. Por todo ello es conveniente afrontar un análisis individualizado de cada una de sus partes.

Para gustos los colores, faltaría más, pero personalmente creo que el comienzo y el final de esta tanda de 8 episodios es lo mejor que se ha producido en toda esta ficción sobre un mundo apocalíptico plagado de zombis. Y lo es fundamentalmente por dos motivos. El primero de ellos, más sentimental que otra cosa, es la lucha por una normalidad social en medio del caos de muerte y terror en el que viven los protagonistas. La temporada, que retoma los acontecimientos de la tercera, presenta al grupo habitando la prisión, cultivando verduras y, en general, organizándose en una sociedad estable en la que el agua, la educación, la sanidad y los alimentos están más o menos asegurados. El contraste con el mundo exterior al otro lado de la verja se explica por sí solo, como es el caso de la imagen que acompaña el texto.

El otro pilar, empero, es más narrativo y mucho más acorde con lo que representa el sub género zombi, ya sea en cine o en televisión. Desde sus inicios, estos muertos vivientes no han sido más que una excusa para sacar a relucir los problemas y los miedos sociales. Pues bien, tras enfrentarse entre ellos, tras afrontar los riesgos que suponen aquellos con miedo a asumir la cruda realidad e incluso derrotar a megalómanos con ansias de dominar a sus semejantes, el personaje de Andrew Lincoln (Los seductores) y su grupo se enfrentan al que posiblemente sea el peor enemigo de todos: una enfermedad contagiosa. Puede parecer simple, pero es en ese aspecto donde reside la genialidad.

Los espectadores estamos tan acostumbrados a que los protagonistas destrocen cráneos a diestro y siniestro en cada episodio que resulta chocante verles simplemente luchar porque uno de ellos no caiga enfermo y muera, con todo lo que eso conlleva. A muchos tal vez les parezca incoherente para con el carácter general de The Walking Dead, pero en realidad es uno de los conflictos más dramáticos y aterradores a los que se puede enfrentar el ser humano en un mundo donde las medicinas escasean, donde la salubridad es una utopía y donde cualquier muerto, se encuentre donde se encuentre, se levanta para comer carne humana. Es un enemigo invisible y difícil de derrotar, amén de que puede provocar, como de hecho hace, una crisis de muertos vivientes en un espacio cerrado y claustrofóbico como es la prisión. Una especie de enemigo definitivo.

Pero hay más. Mucho más. Narrativamente hablando, esta primera parte de la cuarta temporada contiene uno de los mejores ejemplos sobre cómo dirigir la atención del espectador en la dirección elegida. A lo largo de los primeros cinco capítulos la acción se circunscribe casi en exclusiva a la cárcel y los problemas de epidemia que sufren los protagonistas. Gracias a momentos tan espectaculares como el del gran supermercado del primer episodio, o tan tensos como el del primer infectado que muere en la cárcel, la serie creada por Frank Darabont (The Majestic) genera tal expectación por el devenir de muchos de los personajes que, por un momento al menos, logra hacer olvidar la conclusión de la tercera temporada, en la que el Gobernador interpretado por David Morris (Blitz) huía después de enloquecer.

Viejos conocidos, nuevos futuros

Digo esto porque a partir del sexto capítulo la acción se centra exclusivamente en este último personaje, si bien es cierto que su presencia se anunciaba al final del anterior. El cambio tan radical que se produce en el desarrollo narrativo, haciendo desaparecer a los habituales personajes para centrarse en unos nuevos totalmente desconocidos para los espectadores es una apuesta arriesgada. Nada de paralelismos temporales (todo lo que ocurre sucede al mismo tiempo que la epidemia en la cárcel). Nada de hacer referencia a los acontecimientos pasados, salvo alguna mención secundaria y muy velada. Se podría decir que a partir de este momento The Walking Dead se convierte en otra serie, en una especie de spin off centrado en el Gobernador.

Siendo sinceros, el personaje tiene recorrido para eso y mucho más. La profundidad de su psicología, de sus ansias de poder, de su dolor y su miedo, le convierten sin lugar a dudas no solo en el villano perfecto, sino en uno de los mejores personajes que ha dado la serie. Evidentemente, esta primera parte de la temporada termina con un encuentro entre ambos bandos (cárcel y Gobernador), pero habría resultado poco lógico, por no decir poco interesante, que el personaje de Morris no hubiese tenido un desarrollo más amplio, unos momentos en los que fuese el absoluto protagonista y que mostrasen, para mayor deleite, cómo es capaz de hacerse con el control de un grupo de personas y llevarlas a una guerra, en lo que sin duda es una referencia a los dictadores de la primera mitad del siglo XX.

Pero esta fase inicial de la temporada no sería lo que es sin su episodio final, una apoteosis bélica en la que héroes, villanos y zombis se dan cita para modificar para siempre el mundo de la serie en el que los personajes se encontraban tan seguros y cómodos al principio. Dicho de otro modo, estos 8 episodios bien podrían haber sido una temporada completa, pues ninguno de los personajes termina del mismo modo en que empezó. La muerte de algunos (temida y casi anunciada a lo largo de varios episodios, pero no por ello menos dramática) y la separación de otros, así como el caos generado en ese sorprendente, fascinante y magnífico final, ha llevado a la disolución no solo del grupo protagonista, sino a la del grupo liderado por el Gobernador. Un conflicto en el que los únicos que ganan son los zombis, como deja claro esa imagen de la cárcel plagada de muertos vivientes. Una evidencia más de la mezquindad del ser humano, capaz de destruir aquello que no tiene con tal de que no lo tengan los demás, incluso cuando el contexto que les rodea invite a unir fuerzas.

Antes mencionaba el motivo por el que creo que es necesario comentar esta primera parte de la cuarta temporada de The Walking Dead. Sus características la convierten casi en una temporada única, tal vez puente entre lo ocurrido en el pasado y lo que está por llegar. Sea así o no, lo cierto es que posee entidad propia. La fortaleza de sus planteamientos narrativos, la violencia y el impacto de algunas de sus secuencias y, sobre todo, ese final salvaje y carente de piedad, se podrían considerar como los elementos básicos en la narración de cualquier historia autoconclusiva. La serie ya había probado este planteamiento de dividir las temporadas en dos partes. Sin embargo, hasta este momento no se había definido tan claramente el inicio y el fin de una era. Sin duda la segunda parte continuará la historia, pero será algo distinto. Hasta entonces, la serie nos deja el que posiblemente sea el mejor momento de toda la producción.

3ª temporada de ‘The Walking Dead’, lucha de poder entre zombis


Los protagonistas de 'The Walking Dead' se refugian en una cárcel durante la tercera temporada.Cómo ha cambiado el cine. No solo en el aspecto visual, sino en la elaboración narrativa. Las tramas son mucho más elaboradas, los personajes hace mucho que abandonaron la sencillez de una definición plana, y los conflictos tratan por todos los medios de ofrecer una auténtica lucha interna a la par que externa. ¿Realmente ha cambiado tanto? Hace años, cuando me iniciaba en esto del cine, alguien con muchos más años de experiencia me aseguraba que “todas las historias están contadas. No vas a inventar nada nuevo”. Lo que queda, por tanto, es la forma de narrar. Todo esto viene a cuento porque la tercera temporada de The Walking Dead es un soberbio ejercicio narrativo que ha sido capaz de coger una trama relativamente conocida, sobre todo en el subgénero zombi, y convertirla en uno de los mejores shows televisivos de la temporada.

Con una duración mucho mayor que sus predecesoras (16 episodios), la serie creada por Frank Darabont (The Majestic) ha dado un paso de gigante en el contexto global de la trama y, sobre todo, respecto a su segunda temporada. A lo largo de los meses he podido acceder a comentarios acerca de la mediocridad de esa segunda temporada. Sin estar del todo de acuerdo, es justo reconocer que no tuvo, tal vez, la intensidad dramática que se espera de un survival como este, si bien es cierto que no siempre se puede mantener el listón alto, o al menos no tan alto como lo había dejado la primera temporada. Tal vez sea por eso que, mientras los 13 episodios de la segunda entrega exploraban más los dilemas morales e internos del grupo de supervivientes liderado por el personaje de Andrew Lincoln (Boston Kickout), esta nueva temporada ha vuelto a centrarse en los riesgos innatos de vivir entre muertos vivientes cuyo único propósito es comerse a los humanos. Bueno, esto no es del todo exacto.

Sí, la nueva temporada posee algunos de los momentos más asfixiantes de toda la temporada. Y desde luego, los fans de la sangre y las vísceras quedarán plenamente satisfechos. Pero nada de eso es lo más espectacular de una trama que enfrenta al grupo protagonista aislado en una cárcel con todo un pueblo liderado por un personaje al que se conoce como El Gobernador. La lucha de poder de dos formas de entender la sociedad (dictatorial frente a democrática) es la verdadera protagonista, o mejor dicho lo absurdo del comportamiento humano, capaz de luchar por un poder cuando la verdadera amenaza se haya en otra dirección. En esta ocasión, sin embargo, no hay revelación que valga. No existen pactos tácitos para defenderse del enemigo común, al menos no por la parte dictatorial.

Comenzaba asegurando que todo está contado. Desde luego, esta trama ha sido contada en más de una ocasión. Estas luchas de poder incluso se han manifestado en cintas propias de este subgénero de terror, sin ir más lejos en la mayor parte de las entregas de la saga de muertos vivientes creada por George A. Romero, con La noche de los muertos vivientes (1968) a la cabeza. Este reflejo de la naturaleza humana es, desde luego, lo que convierte a esta tercera temporada en una de las mejores hasta la fecha, si no la mejor. Claro que este trasfondo sería poca cosa si no estuviera aderezado con otros ingredientes de igual o mayor interés. Ya hemos comentado la presencia, cada vez mayor y más elaborada, de esos muertos vivientes y sus correspondientes decapitaciones/destrucción de cráneos/mutilaciones. Pero hay más.

El Gobernador, un gran villano para la tercera temporada de 'The Walking Dead'.

Un Gobernador inmortal

No hay nada mejor para una trama que afrontar los retos que les plantean los personajes y resolverlos con naturalidad y coherencia. Además de fortalecer su desarrollo, aporta al espectador un grado de verosimilitud que le hará confiar en futuras diatribas. The Walking Dead pertenece a ese privilegiado grupo en el que todo ocurre por una razón. Y en un mundo devastado por zombis es más que evidente que los personajes principales, poco a poco, irán desapareciendo. Esta última temporada ha sabido administrar dichas desapariciones de forma sutil y preciosista, hasta el punto de convertir en dramáticas las muertes de algunos personajes que han llegado a resultar odiosos.

En cierto modo, esta es una temporada de reencuentros y de locura. De reencuentros porque muchos de los personajes que habían desaparecido en la segunda temporada vuelven en esta, como es el hermano de Daryl Dixon, Merle, a quien todo el mundo daba por muerte en la azotea durante los primeros episodios de la serie. Y de locura porque contiene, con mucha diferencia, algunos de los momentos más psicóticos y extremos de la serie (por no hablar de la televisión en general), resueltos todos ellos con una inteligencia audiovisual realmente apabullante. Me refiero, por supuesto, al descenso a los rincones más oscuros de la locura del protagonista, un Andrew Lincoln que ha dado lo mejor de sí durante los episodios centrales de la temporada, y que ha sabido reflejar el desquicio de la soledad y la pena. Por no hablar de la lucha entre el personaje de Steven Yeun (My name is Jerry) y un zombi en una habitación, el primero atado a una silla. Un secuencia que deja, literalmente, sin palabras.

Aunque el gran triunfador de estos 16 episodios, al menos desde un punto de vista artístico, ha sido David Morrisey (La cosecha), actor que da vida al ya citado Gobernador. Su labor dando vida a un personaje tan complejo, atormentado y psicótico como el de este líder de una comunidad aparentemente normal es, en una palabra, perfecto. La evolución de su carácter mostrada desde los primeros episodios hasta el clímax final en el que, literalmente, se vuelve loco evidencia un trabajo único, pocas veces visto en este tipo de relatos, y que sin duda ayuda a engrandecer la calidad de una temporada ya de por sí sólida. Una evolución, por cierto, que va aparejada a un cambio físico, y que tiene su punto de inflexión durante la refriega en la que pierde el ojo. Tal vez lo mejor de su personaje es que queda con vida y desaparecido, lo que permitiría recuperar en un futuro que, esperemos, no sea demasiado lejano a un villano que quedará para la posteridad.

Esta tercera temporada de The Walking Dead es, desde mi punto de vista, la mejor realizada hasta ahora en la serie. Si bien la primera entrega tuvo ese carácter innovador y fresco de un producto novedoso, esta ha sabido sobresalir por méritos propios más allá de ser una fase más en una serie de éxito. Estos 16 capítulos han colocado a la serie donde le corresponde, y lo ha hecho con unas armas que tal vez hayan pillado a mucha gente desprevenida. Más allá de muertes y escenas viscerales, la historia atrae por ser una radiografía del ser humano, incapaz muchas veces de sobreponerse a sus propias circunstancias para afrontar un mal común. Ese trasfondo, protagonizado por unos personajes sólidos y cada vez más desarrollados, es lo que aporta seriedad a un producto que perfectamente podría derivar en otros derroteros, como posiblemente lo haga la inminente Zombieland. Pero no es ese tipo de series. No, estamos ante una de las producciones más serias y adultas, por mucho muerto viviente que haya.

El uso del individuo por el poder en ‘1997: Rescate en Nueva York’


Le pese a quien le pese, hay que reconocer que John Carpenter es más bien un director de serie B. Es cierto que buena parte de sus películas han pasado a la historia del cine como auténticos clásicos de la ciencia ficción, el terror y el thriller, pero no por ello dejan de tener una factura técnica y dramática propia de un cine de segunda categoría que se nutría del buen hacer de sus intérpretes, de unas historias tan originales como irreales, y de la pasión y ganas de sus responsables técnicos. 1997: Rescate en Nueva York (1981) está impregnada de este aroma a película barata y de puro entretenimiento, y tal vez sea por eso por lo que es considerada uno de los clásicos de Carpenter.

Un clásico del que, por cierto, el propio director hizo una especie de secuela/remake con 2013: Rescate en Los Ángeles (1996) que no fue, ni con mucho, tan interesante como la primera de las aventuras de Plissken el Serpiente, uno de los personajes más importantes de Kurt Russell, quien adopta en físico, andares y hasta en la voz los rasgos de un criminal obligado a introducirse en la más peligrosa de las cárceles para salvar al Presidente de Estados Unidos (o lo que queda del país): Nueva York. Y es esta una de las ideas más sólidas del relato. La Gran Manzana se ha convertido, con los años, en el centro de todas las desgracias cinematográficas. Si algún director quiere destruir el mundo o reflejar la situación postapocalíptica que vive el protagonista, Nueva York es el escenario perfecto.

Pero nunca antes sus calles se habían convertido en una cárcel sin paredes, barrotes ni guardias. En efecto, el mayor atractivo del film es comprobar cómo las calles de Nueva York han quedado convertidas en vertederos y patio de juegos de los más peligrosos, sanguinarios y sádicos criminales, que se ven abocados a permanecer en la isla debido a las minas ocultas en los puentes de salida y a los altos muros que se hallan al final de los mismos. Una ciudad donde, curiosamente, siguen manteniéndose los barrios y los nombres de las calles, aunque en la historia poseen un significado mucho más tétrico. Incluso edificios tan emblemáticos como las Torres Gemelas son utilizados como escenario de momentos importantes en el desarrollo de la trama.

Con todo, y como ya hemos mencionado, son los actores los que dan vida a una historia que podría haber tenido otro devenir. A Russell, convertido automáticamente en un icono de la acción y la ciencia ficción (algo que consolidó con La cosa un año después), se le suma un buen grupo de secundarios, todos ellos grandes nombres del cine clásico, que engrandecen unos personajes tal vez excesivamente planos o, si se prefiere, con poco espacio en la trama para desarrollar algunos de los aspectos que sí dejan entrever. De entre todos ellos, destacan con luz propia un Ernest Borgnine (Grupo salvaje) como el taxista que intenta sobrevivir por todos los medios, o el jefe de seguridad que inicia toda la trama, interpretado por Lee Van Cleef (El bueno, el feo y el malo).

Solo ante las circunstancias

Pero como suele ocurrir en los clásicos de la ciencia ficción, la trama permite criticar algunos de los errores o de las miserias del ser humano en la sociedad. En el caso de 1997: Rescate en Nueva York, Carpenter aborda la idea de una sociedad que rechaza a los asesinos y a los violentos pero que no duda en utilizar sus “cualidades” cuando se trata de rescatar a uno de sus miembros más importantes. Poco importa si su destino final es la muerte o la salvación (al fin y al cabo, les consideran poco más que animales) siempre y cuando cumplan con las expectativas puestas en ellos.

Y, como es habitual, la puesta en riesgo de una vida para salvar otra no es por un bien mayor, y me explico. A lo largo del film se deja claro que el rescate del Presidente de Estados Unidos no es por salvar la vida de la persona; ni siquiera por demostrar que la cabeza visible del país es intocable e inviolable. No. Lo primordial es que de un discurso a la hora indicada que, supuestamente, mejorará las relaciones con otros países. En el fondo, y si no existiera dicho evento, da la sensación de que su secuestro sería ocultado o, directamente, ignorado.

Una idea que refuerza el concepto de que ninguna vida vale más que otra aunque conlleve un importante cargo político o social. Es por eso que el criminal escogido para introducirse “entre los de su calaña” necesita un incentivo personal. En una sociedad donde la corrupción de los estamentos es tal que lo único importante es la imagen hacia el exterior, ningún individuo, violento o pacífico, está dispuesto a dar su vida por esos conceptos. Aquí es donde entra el veneno que introducen en el protagonista y la resolución final, que provoca la satisfacción en el espectador al comprobar que todavía hay personajes que se aprovechan de la situación, por muy contraria a sus intereses que pueda parecer.

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