‘The Walking Dead’ siembra la semilla del caos en la T. 10 (I)


Con los años The Walking Dead se ha ido especializando en una estructura dramática a la que, aunque no siempre ha sido efectiva, se ha aferrado como si fuera la Biblia del desarrollo argumental. En el caso de la primera parte de la décima temporada el resultado se podría decir que es exitoso, toda vez que logra algo pocas veces visto en la serie: que la etapa de calma y planteamiento del conflicto sea, a su vez, un vehículo para desarrollar un caos en el seno de los protagonistas que deriva en un episodio final con uno de los mayores ganchos de esta ficción postapocalíptica, con permiso de Negan, claro está.

Estos ocho episodios de la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) y Angela Kang (serie Terriers) son tan irregulares como apasionantes. Sé que puede parecer contradictorio, pero en realidad toda la serie basada en la novela gráfica de Robert Kirkman, Charlie Adlar y Tony Moore tiene ese mismo punto contradictorio. Pero me explico. Esta temporada la serie pierde buena parte de su fuerza dramática porque divide al grupo protagonista, repartido por las diferentes ciudades que conforman esa suerte de primera civilización tras el apocalipsis zombi. Si bien esto produce nuevas sinergias dramáticas y narrativas, también hace que la producción pierda fuerza dramática. Los protagonistas afrontan nuevos desafíos en solitario, sin poder compartir secuencias con otros personajes, y cuando lo hacen es de un modo limitado al no existir esa facilidad de reunir a todos los héroes bajo un mismo techo. Esto produce, por ejemplo, que muchos personajes no tengan presencia durante varios episodios, o que sea algo meramente testimonial, lo que termina por romper el interés del espectador.

Pero son cosas previsibles y derivadas de la amplia dimensión que ha adquirido The Walking Dead. Por eso, sus creadores han aprovechado estos problemas para convertirlos en oportunidades, y vaya si lo han hecho. De hecho, han localizado su mirada en los villanos, desarrollando todo un complejo esquema de secuencias que ayudan a explicar cómo funciona ese grupo de Susurradores encabezado por una extraordinaria Samantha Morton (Two for Joy). Algo que, de hecho, ha ocurrido muy pocas veces, por no decir ninguna. El hecho de narrar los orígenes de la villana principal a lo largo de varios episodios (dedicándole uno plenamente a ella) enriquece de tal modo la trama que vuelve la historia mucho más compleja emocionalmente hablando, pues permite comprender las motivaciones del otro bando y lo que les lleva a ser como son. Si a esto sumamos la presencia de Negan (Jeffrey Dean Morgan –Watchmen-) y de otros personajes que juegan a dos bandas entre el bien y el mal, lo que obtenemos es un interesante reflejo de cómo una comunidad se desestructura poco a poco, y de cómo el ser humano es capaz de renunciar a sus principios con las consecuencias que eso conlleva.

Dicho de otro modo, esta primera mitad de la décima temporada es un ejemplo de cómo dinamitar por dentro lo construido previamente. A través de varios personajes, sorpresa final incluida (el episodio 7 posiblemente sea de los mejores de toda la serie), la trama ahonda en los miedos, en los problemas, en las suspicacias entre unos y otros mientras confiamos aquellos dichos de “la unión hace la fuerza” y “divide y vencerás”. Efectivamente, la división entre los principales protagonistas, principalmente física aunque en parte también emocional, provoca situaciones que hacen evolucionar la historia hacia lugares que habitualmente no se han tocado en esta serie, especialmente en sus dos últimos episodios. Sin desvelar grandes spoilers se puede decir que personajes definidos por su recia moral terminan sucumbiendo a sus ansias de venganza, y que roles que comienzan una vida en familia… bueno, eso es mejor descubrirlo por uno mismo.

Héroes, villanos y antihéroes

Y esto entronca directamente con otro de los grandes aciertos de esta temporada de The Walking Dead. Su planteamiento del bien y del mal, de los héroes y los villanos, queda difuminado en numerosas ocasiones. A diferencia de temporadas anteriores, donde los villanos eran más que evidentes y no tenían, digamos, una interpretación moral que justificase sus actos, en esta ocasión no solo existe dicha explicación, como comentaba antes, sino que los héroes toman decisiones y actúan de modos muchas veces cuestionables. Comprensibles por el dolor que han sufrido, pero en cualquier caso cuestionables. La sed de venganza hacia esos Susurradores es el detonante de muchos conflictos internos en el grupo, pero también de muchos dilemas morales en cada uno de los héroes.

A esto deberíamos sumar, además, la complejidad que aporta al conjunto el rol de Dean Morgan. Tal vez sea mucho decir, pero posiblemente estemos ante el personajes más interesante y enigmático de toda la serie, y el actor engrandece el viaje de este villano reconvertido en antihéroe hasta hacerlo más indispensable de lo que ya es. El camino que emprende no solo permite al espectador conocer más en profundidad a Negan, sino que además obliga a repensar muchas de sus actitudes y sus decisiones, sobre todo la relativa a los Susurradores. El que fuera archienemigo de Rick Grames demuestra, con sus actuaciones, que se ha pasado a ese oscuro mundo del antihéroe, considerado por muchos como el villano pero capaz de hacer cosas buenas para salvar a la gente. Habrá que esperar a la siguiente tanda de episodios para averiguar los verdaderos planes de este hombre.

Más allá de los cambios respecto a la novela gráfica (algunos muy muy significativos, como es habitual), lo que esta primera mitad de temporada aporta es, desde el punto de vista dramático, una disección muy interesante del funcionamiento de una sociedad, de cómo sus miembros quieren regirse por unas normas que, sin embargo, no pueden evitar ignorar cuando les consume la ira. Pero es que desde el punto de vista audiovisual la temporada es un ejemplo de cómo narrar en el silencio, utilizando los sonidos en numerosas ocasiones para hacer avanzar la acción. Muchos verán en estos episodios una muestra de esa lentitud que se achaca muchas veces a esta ficción. Y puede que sea así. Pero en esa calma, en ese silencio, la serie encuentra una poderosa arma narrativa que ofrece muchas posibilidades de interpretación y complejidad emocional. Ese silencio, que siempre acompaña a los Susurradores, termina por llegar a los héroes, algo que en cierto modo también es una forma de consolidar la idea de que estos villanos tienen una enorme influencia.

Desde luego, el final de esta primera mitad de la décima temporada de The Walking Dead tiene uno de los mejores ganchos de toda la serie, pero es solo el colofón a un arco dramático que, aunque irregular en algunos episodios, ha llevado a los personajes a otro nivel. El impacto de los acontecimientos de la novena temporada, unido a esa división del grupo de héroes y al tratamiento que se da a los antihéroes, convierten a estos 8 episodios en una tanda interesante, apasionante por momentos y tediosa en otros tantos, pero que lleva la historia hasta puntos realmente críticos, sobre todo en su clímax de los dos últimos capítulos. Es la tormenta que precede a la calma, eso es más que evidente, pero también es un ejercicio de tratamiento dramático y de estudio del caos imprescindible en una serie que, durante varias temporadas, había caído en una dinámica de buenos y malos sin luces ni sombras. Lo planteado en esta primera etapa es, en muchos sentidos, un soplo de aire fresco aunque pueda no parecerlo.

‘Orange is the new black’ confirma su apuesta desordenada en la 4ª T.


Es justo reconocer que Orange is the new black ha sabido reinventar su fórmula para, con los mismos personajes y el mismo contexto dramático, convertirse en algo completamente diferente a lo que se planteó en su primera temporada. La llegada de la, en teoría, protagonista a la cárcel de mujeres ha dado paso a una ficción coral en la que cada vez más personajes tienen relevancia en la trama. Pero su cuarta temporada confirma otra idea que tal vez sea menos positiva, y es el hecho de que todos estos personajes provocan un errático avance argumental que puede jugar en contra de esta producción creada por Jenji Kohan (serie Weeds).

Ya ocurrió con la anterior temporada. Los 13 episodios que conforman esta cuarta etapa poseen el denominador común de no tener denominador común, salvo tal vez el hecho de transcurrir en una cárcel y la llegada de un grupo de guardias a cada cual más tirano. La ausencia de un desarrollo dramático con cierta continuidad de un episodio a otro provoca la sensación de estar ante una ficción sin un objetivo claro, sin una línea argumental que se nutra de otras secundarias y que el espectador pueda seguir de forma más o menos nítida.

El resultado más inmediato de esta apuesta por el caos que hace Kohan es la pérdida de interés. La cuarta temporada de Orange is the new black posee numerosas depresiones de ritmo y narrativas que invitan a desconectar demasiado a menudo de la trama principal, que existe escondida en un bosque de líneas argumentales secundarias. La falta de una conexión clara, unida a que algunos episodios se olvidan de conflictos planteados previamente solo porque hay que dar cabida a muchas historias, invita a perder el rastro de lo realmente importante, amén de que algunos personajes principales de anteriores etapas no hacen acto de presencia hasta bien entrada la temporada, lo que acentúa la sensación de desconexión con lo visto hasta ahora, sobre todo si no se recuerdan determinados detalles.

Todo ello, como digo, provoca un cierto vértigo y, en algunos casos, incluso hastío. Pero al igual que ocurriera en la anterior etapa, todo esto enmascara en realidad una línea argumental que resulta interesante si se observa con cierta distancia y de forma global. Y, como analizaremos a continuación, conduce a un final tan atractivo como complejo, tan significativo como indispensable para cambiar el futuro de la serie de un modo irrevocable. Es precisamente ese final el que revela que existe algo más que tramas secundarias unidas por los personajes, y es el que evidencia que tras todo el caos se esconde una historia profunda.

Drama, mucho drama

A pesar de las apariencias, y de que el humor ácido es una tónica habitual de la serie, Orange is the new black posiblemente haya alcanzado su techo dramático en esta cuarta temporada. Claro que con el episodio final se deja la puerta abierta a un tratamiento dramático mucho mayor, pero en líneas generales estos 13 capítulos se confirman como los más difíciles para los personajes protagonistas. Bandas raciales, torturas (entre presas y por parte de los vigilantes) e incluso una muerte son algunos de los hitos dramáticos de esta etapa. Muerte que, sin desvelar a quien afecta, debe ser entendida como un recurso narrativo necesario para dar un giro argumental a todo el planteamiento.

Incluso la pérdida de protagonismo del personaje de Taylor Schilling (Noche infinita) está mejor integrada en el conjunto de la serie, ya sea por el caos de tramas a su alrededor o porque ha encontrado su hueco entre tanto personaje mucho más interesante. Personalmente me decanto por la segunda opción. Sea como sea, lo cierto es que su falta de protagonismo (y de carisma en algunos casos) ha permitido a la trama centrarse en el pasado de muchos roles, continuando de este modo la estructura dramática que tanto define a esta ficción. Pero también ha permitido, y esto es más importante, abordar la evolución dramática de este amplio abanico de roles femeninos, lo que ha enriquecido notablemente la visión general de las relaciones entre personajes.

Vista en perspectiva, esta cuarta etapa confirma esa ausencia de una línea argumental única (o al menos principal) que se nutre de tramas secundarias. Más bien al contrario, cada historia de cada personaje tiene su importancia y camina de forma paralela al resto. Pero si algo diferencia a estos episodios es que esta estructura dramática se ha definido más y mejor, permitiendo apreciar un cierto sentido, aunque sea muy genérico, sobre lo que realmente aborda esta temporada. El problema es lo que se menciona al principio del párrafo: esto se aprecia con la perspectiva de haber superado los 13 capítulos. Durante ellos, y salvo el tramo final de la historia, puede resultar muy difícil seguir el hilo argumental, y por tanto mantener el interés.

Y aquí está la piedra angular de todos los problemas de Orange is the new black. A pesar de sus potentes personajes, a pesar de su valiente e inteligente tratamiento argumental, la serie tiene tantos y tan buenos personajes que darles a todos una cierta relevancia termina por difuminar en exceso lo que se quiere contar. Esto tiene difícil solución, pues al fin y al cabo es la esencia de la serie. Esta cuarta temporada demuestra que la ficción de Kohan ha alcanzado un delicado equilibrio que se rompe con demasiada facilidad. Dicho de otro modo, la serie puede resultar tediosa, pero siempre existen ciertos momentos de interés que se van agrandando conforme se llega a la resolución del arco dramático. Es algo que pasó en la tercera temporada y que aquí se acentúa. El final de esta etapa deja la puerta abierta a un cambio total, que según todas las informaciones se va a producir a nivel dramático y narrativo. Veremos, porque de no ser así puede ser consumida por su propia originalidad.

‘Mad Max: Furia en la carretera’: locura en estado puro


Tom Hardy es el protagonista de 'Mad Max: Furia en la carretera'.A pesar de haber dirigido películas de lo más variado, George Miller siempre va a ser recordado por la saga ‘Mad Max’ y por la mitología que fue capaz de crear en ese mundo post apocalíptico. Pero lo que ha hecho con la cuarta entrega de la serie es simplemente indescriptible. En resumen se puede decir que ha llevado al protagonista y a ese desértico mundo en el que vive a un nuevo nivel, pero incluso esto sería quedarse corto.

Lo cierto es que Mad Max: Furia en la carretera es locura en estado puro, un espectáculo audiovisual simple, directo y sin concesiones, que atrapa al espectador en una orgía de adrenalina, violencia y estridencias de la que no le libera hasta el fundido a negro dos horas después que, por cierto, se pasan en un suspiro. Por supuesto, no es una película para todos los gustos, pero el pulso firme de Miller y las interpretaciones sobresalientes de Tom Hardy (Warrior) y Charlize Theron (Monster) son capaces de sumergirnos en una trama independientemente de las preferencias individuales. Y no hay que olvidar la brillante fotografía a cargo de John Seale (El paciente inglés), sobre todo en esas noches americanas que tan bien le sientan a la historia.

Desde luego, el film logra lo que se propone, y en este sentido se puede decir que es una obra redonda. Esto no quiere decir, sin embargo, que no existan aspectos que lastran un tanto su desarrollo. Sin duda el principal problema es, precisamente, su decidida apuesta por la adrenalina, lo que conlleva que los momentos de pausa la historia pierda fuerza al no existir una historia sólida detrás. Los personajes se revelan excesivamente sencillos, con pocos matices y, desde luego, sin ningún tipo de claroscuro. Esto implica no solo que se conoce el final de antemano, sino que a medida que se suceden los diálogos el espectador ansía cada vez más su renovada dosis de acción.

En cualquier caso, Mad Max: Furia en la carretera es un deleite visual, sonoro y narrativo. Es cierto que tiene algún altibajo, pero no más que cualquier otro film, y desde luego muchos menos que otras cintas de acción. Tom Hardy recoge el testigo de Mel Gibson (Arma letal) con firmeza, reiterando el gran actor que es, y George Miller dota a su particular mundo desértico de una espectacularidad acorde a los tiempos. Si uno se deja arrastrar por la locura encontrará en el caos una de las mejores superproducciones en lo que va de año.

Nota: 8/10

La 5ª T de ‘Glee’ no se sobrepone a la pérdida de Cory Monteith


La quinta temporada de 'Glee' ha sufrido muchos altibajos.La quinta temporada de Glee ha sido fiel reflejo de las consecuencias que tiene la improvisación. La muerte de Cory Monteith (Monte Carlo) supuso un duro golpe no solo para el equipo técnico y artístico, sino para el propio desarrollo dramático de la ficción. Sus creadores, Ian Brennan (Flourish), Brad Falchuck y Ryan Murphy (ambos responsables de la serie American Horror Story), no han sido capaces de sobreponer la trama a la ausencia de su principal protagonista masculino. Lo que es peor, los intentos por encauzar el rumbo han sido incluso más perjudiciales para el conjunto, que ha visto mermada su calidad y el interés de la audiencia de forma alarmante.

Puede parecer un poco exagerado valorar la calidad de un producto en base a la presencia o ausencia de uno de sus actores, pero en el caso que nos ocupa todo apunta a ello. No tanto por la calidad interpretativa de Monteith, sino por lo que su personaje representa dentro del mundo de la serie. Estos 20 nuevos episodios (se eliminaron dos de la parrilla por decisión de la cadena) han carecido de un auténtico nexo de unión entre el pasado y el futuro de los protagonistas, o lo que es lo mismo, entre Nueva York y el instituto. Un nexo que en teoría representaría Monteith y con cuya ausencia la ficción ha quedado deslavazada, sin un objetivo claro y con personajes que entraban y salían de escena como fantasmas por las habitaciones, sin más mérito que alguna canción bien cantada. Así, el dramatismo y un cierto toque irónico en las historias narradas quedan en esta temporada sin la fuerza que tuvieron en épocas anteriores, entre otras cosas porque también se ha perdido buena parte de la esencia de su argumento.

La principal consecuencia de todo esto es el sacrificio de todo aquello que definió Glee en sus primeras temporadas, es decir, del instituto. La introducción de nuevos personajes en la pasada temporada, que estaban llamados a tomar el relevo, no ha logrado el éxito necesario, entre otras cosas porque los personajes no poseen el bagaje cultural y dramático que sí poseían los originales. Ni sus protagonistas son marginados en el instituto ni sufren burlas constantes por parte de abusones… al menos no de forma explícita como sí ocurrió en los primeros episodios. En este sentido, poco a poco la evolución dramática de los conflictos ha ido trasladándose a Nueva York, donde los veteranos han vuelto a demostrar, incluso con guiones menos elaborados, los motivos por los que fueron elegidos en primera instancia. El final de esta quinta temporada deja patente que la serie pretende mirar hacia el futuro y no hacia el pasado.

Aunque si hay un personaje sacrificado en toda esta huída hacia delante que ha sido la penúltima temporada es el de Jane Lynch (Síndrome postdivorcio), cuya acidez ha sido notablemente suavizada. Su evolución ha sido de más a menos a lo largo de estos episodios, protagonizando algunos momentos realmente brillantes pero dejando en el recuerdo la sensación de decadencia, de pérdida de solidez y profundidad. Su pérdida, más que ninguna otra, roba a la serie la posibilidad de mantener un tono crítico y un contraste cómico que haga las veces de contrapeso a la música, las canciones y el optimismo que desprenden sus roles principales. Es, en definitiva, la representación más evidente del dicho “nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”.

Sin plan a la vista

La quinta temporada de Glee ha dejado, además, numerosos hitos de dudosa credibilidad por el camino. No me refiero tanto a la pérdida de los personajes más jóvenes (entre los que, por cierto, muy pocos tenían la calidad para representar un auténtico relevo), sino a numerosos roles secundarios que no han podido, o no han sabido, encontrar su sitio en la trama. Sobre todo en la línea argumental de Nueva York, la aparición de algunos personajes parecía responder a la necesidad de ofrecer al espectador nuevas alternativas en un mundo musical más rico en matices. Eso por no hablar de que abrían la puerta a varias tramas secundarias que podían ayudar a dar un giro algo más adulto y dramático al carácter general de la ficción.

El resultado, sin embargo, ha sido el contrario. Aquellos que sigan la serie posiblemente no hayan notado nada a primera vista, pero un leve repaso mental a la evolución de los personajes secundarios basta para preguntarse qué ocurre con ellos, cuándo desaparecen de la historia y por qué sucede. Esta sucesión de vanos intentos por nutrir el desarrollo de la temporada ha jugado en su contra, pues en ningún momento han supuesto un auténtico giro argumental, ni siquiera un conflicto dramático real que genere impacto sobre el futuro de la trama. Su entrada y salida de escena queda supeditada, por tanto, a las meras necesidades de sus creadores, y no tanto de la historia. En otras palabras, aparecen cuando se necesita un apoyo argumental, y desaparecen cuando los huecos son completados con otros personajes, otras historias y otros números musicales.

Antes mencionaba que estos episodios representan una “huída hacia delante” por parte de la serie. Y en efecto, así sucede. El problema es que en ese proceso no hay una planificación estratégica sólida. Da la sensación de que lo único importante es terminar por resolver el futuro de su protagonista, una Lea Michele (Noche de fin de año) a la que la serie cada vez se le queda más pequeña. El resto de personajes, incluso aquellos con una cierta relevancia, giran a su alrededor esperando resolver sus tramas personales de la mejor forma posible, algunos con éxito y otros no sin muchos contratiempos. El último episodio de la temporada deja a los personajes principales a las puertas de un salto cualitativo en sus vidas, pero lo hace desperdigándolos por diferentes localizaciones, por lo que la duda ahora es saber si la serie será capaz de afrontar semejante abanico de posibilidades.

Desde luego, visto lo ocurrido con la quinta temporada, no parece probable que Glee sea capaz de enderezar su historia, al menos no de una forma equilibrada y sólida. Se puede decir que estos episodios han sido caóticos desde un punto de vista argumental, con personajes que entraban y salían, con historias resueltas de forma abrupta y con poca coherencia, y con números musicales menos impactantes que en etapas anteriores. Eso no quiere decir que no deje momentos para el recuerdo, como el episodio dedicado a Monteith, cuya presencia se ha dejado sentir durante todo el desarrollo. Pero en líneas generales lo cierto es que la pérdida de su personaje ha generado un vacío tan inesperado y trágico que la serie no ha podido sobreponerse.

20 aniversario del año de Spielberg (y II): ‘Parque Jurásico’


El parque temático de dinosaurios se convierte en pesadilla en 'Jurassic Park'.Hace unos días dábamos inicio a esta revisión del año de Steven Spielberg con la que es, hasta la fecha, su película más premiada, La lista de Schindler. Aquel 1993, sin embargo, hubo otra película suya que posiblemente haya dejado una huella mucho más profunda en varias generaciones de niños y jóvenes que descubrieron con asombro y fascinación cómo eran las criaturas que habitaban la Tierra hace 65 millones de años. Nos referimos, por supuesto, a Parque Jurásico, cuyo reestreno en 3D no ha hecho sino confirmar algo que muy pocas películas pueden defender: que es perfecta, si es que eso existe en un mundo como el cinematográfico.

Para aquellos que no conozcan la historia, esta adaptación de uno de los libros más famosos de Michael Crichton narra cómo una visita a un parque temático en el que las atracciones son dinosaurios creados genéticamente se convierte en una pesadilla cuando los enormes animales se ven liberados de sus barreras y campan a sus anchas por toda la isla en la que está ubicado el parque, convirtiéndose los visitantes en presa de los depredadores más letales que han existido. Y si bien existen algunas diferencias menores entre película y novela, el espíritu de ambas es el mismo: la imposibilidad de controlar la naturaleza, de impedir que los animales sigan sus instintos y, sobre todo, de los peligros que puede deparar la genética utilizada para fines de dudosa moralidad.

En cualquier caso, es evidente que lo más recordado de esta aventura de Spielberg es el impactante acabado de sus efectos digitales en combinación con los animatronics y otros efectos físicos. No vamos a hablar aquí acerca de lo que supusieron dichos efectos para el desarrollo cinematográfico, entre otras cosas porque solo hace falta asomarse a una sala de cine para comprobarlo. Es más reseñable, empero, centrarse en la narrativa visual que utiliza el director de Atrápame si puedes (2002) para atrapar al espectador. Hace poco leía un artículo en el que un guionista afirmaba que la descripción de una escena sobre el papel no es, en sí misma, una descripción de la escena, sino de la acción. Parque Jurásico es la viva imagen de dicha definición. Ninguno de sus planos (y eso es decir mucho) es estático. Salvo los consabidos planos/contraplanos de los diálogos, e incluso aquí siempre se aprecia movimiento, toda la narrativa de la película se basa en el movimiento, ya sea dentro de un plano o con la cámara.

Puede parecer un detalle insustancial, e incluso demasiado simple, pero es este aspecto el que otorga a todo el conjunto, en colaboración con los dos grandes pilares de la trama (guión y banda sonora), un empaque único, diferente, dinámico. No solo consigue que la película no sea aburrida, sino que juega en todo momento con lo que el espectador puede ver. Toda la acción que transcurre fuera de campo, todo aquello que se oye pero no puede verse, se vuelve casi más importante que aquello que aparece en pantalla, lo que a la larga genera un estado constante de suspense, de tensión y de amenaza, trasladando al espectador al meollo de esa pequeña isla donde se desata el horror. En este sentido, y en algún otro más, esta película comparte puntos en común con La lista de Schindler, pues ambas son capaces de contra mucho mostrando muy poco. Y ambas son la viva imagen de un director capaz de convertir en mágica y bella una historia terrible.

La musicalidad de un guión

Pero antes mencionábamos los dos grandes pilares de la película, algo que también comparte con el drama ambientado en la II Guerra Mundial. En efecto, Parque Jurásico posiblemente no sería nada sin ambos conceptos. El primero es un derroche de sabiduría dramática, un ejemplo a estudiar de cómo se abona un terreno para luego recoger lo sembrado. Si uno analiza con detalle lo que se dice y lo que se hace en el primer acto de la película y en el planteamiento del segundo acto se puede comprobar que todo, absolutamente todo, tiene repercusión en su tercio final. Podría pasar con esto que la trama se tornara tediosa y algo previsible, pero en eso consiste la magia del relato. Son elementos que se mencionan casi de forma anecdótica, secundaria, pero que quedan grabados en la mente del espectador para luego ser rescatados en el momento idóneo. Por ejemplo, si durante el viaje en los coches se menciona que un dinosaurio caza lanzando veneno a los ojos mientras se mantiene una conversación, dicha información será utilizada para acabar con algún personaje.

Aunque tal vez el elemento que más emocione de todo el film sea su banda sonora, de nuevo a cargo de John Williams, autor de la mayoría de composiciones en películas de Steven Spielberg. Han pasado 20 años, pero la llegada a la isla Nublar en helicóptero con esa música subiendo y engrandeciendo la aventura que está a punto de iniciarse sigue emocionando, al menos a un servidor. Su uso de la percusión, de los instrumentos de viento y de cuerda aportan la magia que le pueden faltar a algunos momentos del relato, por no hablar de la narrativa paralela que el público recibe. Su forma de componer, remarcando momentos como el descubrimiento de huevos de dinosaurio en libertad o la imagen final de una bandada de aves volando, explica muchos de los conceptos que subyacen en el texto visual del director.

Puede parecer con todo esto que los actores se convierten en meras marionetas al servicio de un espectáculo formal, pero nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que lo más impactante de Parque Jurásico son sus dinosaurios y el avance tecnológico que supuso la película (y por lo cual ganó sus tres Oscars), el aspecto interpretativo contribuye muy significativamente a esa magia de la que hablábamos antes. Tanto Sam Neill (serie Alcatraz) como Laura Dern (Ahora los padres son ellos) representan a la perfección las emociones encontradas de unos adultos que han crecido soñando con dinosaurios y que dedican su vida a localizar sus restos. Aunque por encima de cualquiera de ellos se halla Jeff Goldblum (La mosca), cuyo papel del excéntrico matemático que prevé el caos de la isla es único. El cinismo y el carisma que desprende, amén de la irritabilidad que provoca en sus primeros momentos, es un claro ejemplo de cómo un personaje debe evolucionar, tanto en la trama como a los ojos del espectador.

Lo cierto es que, a pesar de ser dos películas muy diferentes, La lista de SchindlerParque Jurásico tienen muchos elementos en común, sobre todo los formales. En el caso de la cinta que nos ocupa, y a pesar de que nunca será reconocido con premios, su enorme calidad ha permitido no solo que siga de actualidad 20 años después, sino que su transformación en 3D la beneficie en la mayoría de ocasiones, algo que no ha ocurrido con otros intentos anteriores. Steven Spielberg logró con estos dinosaurios crear un precedente, pero no solo en la animación o los efectos digitales. Creó un precedente en la forma de narrar y de entretener, más o menos como hace con la mayoría de sus películas. Películas que, por cierto, pertenecen casi todas a la Historia del cine.

El caos de un Joker inigualable se apodera de ‘El caballero oscuro’


Hace poco leí que Christopher Nolan, autor de la trilogía sobre Batman que comenzó con Batman Begins en 2005, definía aquella primera entrega con el miedo, mientras que El caballero oscuro (2008) estaba marcada por el caos. No cabe duda de que es así, gracias sobre todo al personaje del malogrado Heath Ledger (10 razones para odiarte), pero la segunda entrega del hombre murciélago va mucho más allá. Su enfoque, el tratamiento de sus personajes y las elaboradas secuencias de acción convierten a esta continuación en una de esas raras ocasiones en que, al menos, se coloca al mismo nivel que su predecesora. En algunos momentos incluso la supera.

Sin duda, uno de los aciertos del film es su independencia narrativa. La historia resulta comprensible tanto si se tiene en mente la primera parte como si no. Es más, puede que resulte mucho más aterradora si se desconoce el origen del personaje. Todo en esta película ha evolucionado, desde el diseño de la ciudad hasta las relaciones entre los personajes, mucho más tensas y erosionadas de lo que estaban en un primer momento. Este elemento, además, confiere al conjunto una imagen mucho más coherente, lógica y próxima al espectador, pues saca del mundo del cómic (y del pedestal) a los protagonistas para ponerlos al nivel social más común, reaccionando como cualquier persona lo haría.

La idea de humanizar a un superhéroe, si bien no es nueva, toma aquí un cariz diferente. Batman no posee superpoderes para hacer y deshacer a su antojo, por lo que todas sus decisiones tienen consecuencias, una de ellas realmente dramática que supone un importante giro en la trama. Por otro lado, es una de las pocas veces en las que el heroísmo se muestra sin máscara y a plena luz, siendo Bruce Wayne el que actúe.

Esto me lleva a otro de los conceptos novedosos del film. Gotham deja de ser una ciudad oscura, sombría y tenebrosa. El terror que implanta el Joker, villano de esta función junto a Dos Caras, en la ciudad no conoce límites ni tiempos. Sus actos, justificados solo por un ansia de ver el terror y el caos en los ojos de la gente, le llevan a atacar allí donde más personas habrá. La ciudad de Batman se convierte así en una urbe más, similar a otras como Nueva York, que se diferencia simplemente por el número de criminales, maníacos y gángsters por metro cuadrado que pueden encontrarse. Una idea que consolida lo ya iniciado en Batman Begins.

Batman es el Joker

Pero si algo define a El caballero oscuro es el villano. La película posee algunas de las mejores secuencias de acción de los últimos años, elaboradas al detalle y aumentando las expectativas a cada plano; la evolución de sus personajes, cada uno con un lado oscuro que lucha por salir, atrapa como si de una red se tratara; la planificación, como no podía ser de otro modo, es sencillamente brillante. Pero todo ello podría quedar incompleto si el villano de turno no estuviera a la altura.

Lo que ocurre con el Joker en este film es algo muy curioso. Su presencia supera a la del propio protagonista en muchos momentos. Más allá de su maquillaje, de su vestuario o de sus cicatrices, es la definición del personaje lo que aterra. Maníaco sin escrúpulos, la interpretación de Ledger (por la que recibió un Oscar a título póstumo) eclipsa casi todos los demás elementos. No es tanto un criminal que guste de juegos y payasadas como podía ser el de Jack Nicholson en el Batman de Tim Burton. Simplemente, es un agente del caos, y eso es lo que más temor despierta.

Este villano es un auténtico sociópata capaz de robar a mafiosos y luego quemar el dinero sólo para hacerse con el control del crimen; capaz de utilizar a un esbirro como bomba humana o de reducir a cenizas un hospital. Cualquier película debería avanzar por la contraposición entre los objetivos de protagonista y antagonista. En esta ocasión, Nolan invierte con maestría la fórmula para situar siempre al héroe un paso por detrás del villano, incapaz de entender una motivación que no posee, en sí misma, motivación alguna.

Puede que el mayor acierto del personaje sea la falta de orígenes. Estamos acostumbrados a que cualquier film de superhéroes narre tanto los orígenes del protagonista como del malo de turno. Y aunque en El caballero oscuro sí se cuenta la evolución hacia el crimen de Dos Caras, interpretado convincentemente por Aaron Eckhart (su maquillaje es perturbador), no lo hace con el Joker, lo que aporta un plus de inquietud al psicópata. En realidad, poco importan ante la fuerza arrolladora tanto de la definición en papel como del trabajo de Ledger.

El final de El caballero oscuro deja abierta una puerta muy interesante que supone un broche de oro a una historia increíblemente compleja y humana. Batman opta por inculparse de un crimen que no ha cometido por salvaguardar la ciudad.; un último acto heroico de un personaje que conoce tanto las emociones encontradas que despierta en la sociedad como la necesidad de la misma de tener un modelo a seguir. Como decía al principio, el caos impera en esta segunda parte, pero es solo un elemento que se suma a la culpa de los personajes, a los giros dramáticos y a la definición de la delgada línea entre el bien y el mal.

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