‘El maestro del agua’: el azúcar del café


Olga Kurylenko y Russell Crowe en un instante de 'El maestro del agua'.Las óperas primas de los directores suelen tener un punto en común. La mayoría de ellas son meros vehículos para demostrar la calidad del discurso narrativo que tienen con la cámara. Y eso es básicamente lo que puede encontrarse en la primera obra de Russell Crowe (Una mente maravillosa) tras las cámaras; eso sí, enriquecido con la experiencia como actor y con un trasfondo humano muy interesante.

A grandes rasgos, El maestro del agua ofrece poco desde el punto de vista de la narración. Sin demasiados giros argumentales, la búsqueda de este granjero australiano que viaja a Turquía para buscar a sus hijos muertos en la batalla de Galípoli (o de los Dardanelos) durante la I Guerra Mundial es una sucesión de secuencias, de diálogos sobre la pérdida, la esperanza y el amor. Visto así, el film puede entenderse como un tedioso ejercicio en el que lo único que se salvan son sus actores y la labor de Crowe como director, quien demuestra una caligrafía visual pulcra y con cierta fuerza en los momentos más dramáticos (aunque no tanta como cabría esperar).

Sin embargo, aquellos que quieran buscar algo más profundo, como de hecho hace el protagonista al inicio del relato, se encontrarán con una serie de ideas notables, algunas realmente reflexivas que dotan al relato, y por extensión al conflicto bélico que narra, de un significado matizado. El hecho de que, por ejemplo, el único que ayuda al protagonista sea su máximo enemigo da una idea de los lazos que unen a los hombres y que les lleva a enfrentarse en un conflicto bélico. Igualmente, los contrastes culturales entre occidente y oriente, y los efectos que una guerra tiene en todos los bandos, son otros temas que hacen al relato más sólido de lo que se aprecia a simple vista.

De este modo, El maestro del agua se convierte en un film que esconde bajo su superficie más de lo que aparenta. Visualmente tradicional, con un ritmo constante pero sin giros argumentales destacables, las ideas que lanza invitan al espectador a reflexionar sobre numerosos temas que van desde el choque de culturas hasta las relaciones humanas. Es, por hacer un símil con la propia película, como el café que se utiliza para tomar todas las decisiones. Puede parecer amargo, pero todo depende de la cantidad de azúcar que se le eche.

nota: 6,5/10

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‘En el ojo de la tormenta’: la eterna búsqueda del tornado


Richard Armitage y Sarah Wayne Callies deberán sobrevivir 'En el ojo de la tormenta'.Es muy difícil, y esto puedo asegurarlo por propia experiencia, discernir correctamente lo que necesita un guión cuando se está desarrollando la preproducción del mismo. Esto implica que puede producirse una interpretación errónea, lo que a su vez lleva a crear una película que en todo momento se encuentra por encima de sus posibilidades. En cierto modo, la segunda película de Steven Quale (Destino final 5) presenta este problema… entre muchos otros. Lo que se ha vendido como un espectáculo visual y una experiencia cinematográfica en todos los sentidos termina siendo un film de perfil bajo que logra alcanzar algo de lo que promete en su clímax. Pero en ningún caso la tensión o la emoción se adueñan de la pantalla.

O lo que es lo mismo, apenas ocurre nada hasta el tercio final, cuando la madre de todos los tornados hace acto de presencia. El planteamiento de En el ojo de la tormenta es similar al de otras cintas de catástrofes naturales, con la pequeña e insalvable diferencia de ser una serie B (por no decir serie Z). Y si algo bueno tiene la serie B es que puede permitirse el lujo de ciertos excesos; excesos que aquí brillan por su ausencia, salvo tal vez el de la pareja de amigos que vienen a ser la representación fiel del paleto norteamericano con suerte. Pero más allá de esto la historia carece de drama o de tensión. Esta debilidad hace que las actitudes de los personajes, bastante planos y tópicos, se antojen irreales, por mucho que sean necesarias para el avance del argumento.

El perfil bajo de la película no se refiere, por tanto, al hecho de que sea una serie B, sino a que los conflictos que deberían llevar a la trama a un clímax impactante brillan por su ausencia. Es de esperar que los efectos visuales tengan una calidad más bien pobre; e incluso es comprensible que los personajes no sean más que meras excusas para exponer poderosas imágenes de tornados de fuego o de grandes vehículos volando por los aires. Pero lo que no parece de recibo es el hecho de que todo ello solo ocurra en su tercio final, obligando al espectador a asistir a un intento de desarrollo de personajes innecesario. Tampoco ayuda al conjunto el hecho de que Quale trate de dotar al conjunto de un estilo found footage, o lo que es lo mismo, de documento de vídeo casero encontrado tras una catástrofe. Que la trama salte de este formato al convencional secuencia a secuencia genera confusión, por no hablar de que estéticamente hablando es algo que chirría.

La verdad es que lo mejor de En el ojo de la tormenta es su campaña de marketing. Eso, y el trabajo de sonido, que logra hacer temblar las salas de cine sin necesidad de la cacareada experiencia en 4D que iban a proporcionar algunos cines. La trama, carente de tensión dramática, se ralentiza en su planteamiento, lo que retrasa el verdadero interés de la historia e impide que este se reciba con los brazos abiertos. Tal vez esto habría sido correcto, e incluso necesario, en un film con personajes interesantes y actores de un mayor peso dramático, pero en una serie B como esta el secreto está en el exceso. Eso es lo que se ha promocionado de la película, y es lo que esta no tiene.

Nota: 4/10

‘Oldboy’, la violenta búsqueda de venganza de Park Chan-wook


Choi Min-sik es el desesperado protagonista de 'Old Boy', de Park Chan-wook.El reciente estreno de Stoker ha permitido que una amplia mayoría de espectadores españoles hayan descubierto a uno de los mejores directores asiáticos de la actualidad. La obra de Park Chan-wook, si bien reconocida por críticos y aficionados en los círculos más cinéfilos, no había tenido la distribución que merece en España, tal vez por aquello de que sus obras tienden a la transgresión visual y narrativa. Una de las pocas que lograron una mayor distribución fue Oldboy (2003), de la que, por cierto, Spike Lee (Red Hook Summer) está terminando un remake. El original coreano, basado a su vez en un cómic, es una obra tan perturbadora como deliciosamente angustiosa en la que el espectador se sorprende casi en cada giro narrativo que contiene la historia, hasta llegar a un final tan sobrecogedor como inesperado.

Una historia que, incluso en su versión más resumida, llama poderosamente la atención. Durante la vuelta a casa desde el trabajo un hombre corriente es drogado y secuestrado. Cuando despierta se encuentra en una habitación en la que la única distracción es una televisión. Es gracias a ella que se entera de que la sociedad le culpa de la misteriosa muerte de su mujer unos días después. Durante los siguientes 15 años dedica sus días a buscar una explicación y a entrenarse. Un buen día es abandonado en pleno campo con dinero y un teléfono móvil. La primera llamada que recibe le comunica que tiene 5 días para encontrar al que le ha torturado todos estos años. El camino, por supuesto, no será sencillo, pero lo que encontrará será mucho más inquietante de lo que en ningún momento se imaginó.

Puede que lo más interesante de este Oldboy sea su fiel carácter al original en papel, sobre todo en algunos de los momentos visuales más impactantes. Esto no debe impedir, empero, que se reconozca la sabia mano de un director que, ante todo, busca narrar en imágenes, y con esto no debemos limitarnos al mero encuadre, sino al montaje y la planificación. Es gracias a esto que el guión, impecable por otro lado, engrandece sus fortalezas y disimula algunos de sus secundarios errores, convirtiéndose en una carrera por la supervivencia y el descubrimiento a través de un camino de dolor, violencia y terror.

Sin duda lo que más llama la atención desde el primer momento es la estética lúgubre y marcadamente retro del conjunto. Buena culpa de ello la tiene el director de fotografía Chung Chung-hoon, colaborador de Chan-wook en todas sus obras, pero también debe encontrarse buena parte de la motivación en las influencias literarias que desprende el conjunto, entre ellas la obsesión de H. P. Lovecraft con los tentáculos, como se desprende de ese escalofriante plano en el que el protagonista se muestra ante la cámara con los tentáculos de un pulpo saliendo de su boca.

Arte en imágenes

Pero incluso en este ambiente sórdido y decadente que muestra el director cabe encontrar algo de belleza, poesía incluso. A través de la pulcritud técnica que exuda cada uno de los planos el espectador no solo asiste a esta tragedia sin sentido aparente, sino que se involucra por completo en la injusticia de un hombre acosado por su propia mente desdibujada después de 15 años de cautiverio, así como en el odio de la venganza o en la angustia de un tiempo que se acaba. Sensaciones todas ellas, por cierto, que el protagonista, interpretado por Choi Min-sik (Encontré al diablo), reproduce en diferentes momentos del film.

No nos engañemos. La narrativa asiática (y oriental en general) tiende a la recreación visual de los instantes, a la reflexión personal en cada plano. Esto provoca, como es lógico, una cadencia rítmica mucho más pausada que la de la filmografía occidental. Con todo, Oldboy cuenta con algunas de las mejores secuencias de acción de los últimos años. Gracias a una capacidad para cambiar de ritmo en segundos, Chan-wook lleva la historia por terrenos tan dispares como una relación de afecto y amor entre el protagonista y una joven, y la lucha sin cuartel que debe librar el recientemente liberado personaje principal con los peligros que debe afrontar para alcanzar su destino. En este sentido, resulta inolvidable la forma en que el director resuelve una secuencia de lucha en un solo plano secuencia, todo un ejercicio cinematográfico que debería ser estudiado como ejemplo de buena planificación y preparación del rodaje de un plano.

Lo cierto es que esta historia de venganzas y búsquedas de redención mantiene muchos puntos en común, al menos en la temática, con el reciente film protagonizado por Mia Wasikoska (Albert Nobbs). En ambas, por ejemplo, está muy presente los pecados del pasado, la ausencia de conciencia en la venganza o la incertidumbre que rodea a los personajes prácticamente hasta el final de la historia. Por supuesto, una es un drama y otra un thriller plagado de momentos tan violentos como arrolladores, pero eso no debe ser un impedimento para encontrar las obsesiones del director.

Sea como fuere, Oldboy se ha convertido con los años en uno de los referentes de la obra de Park Chan-wook y en uno de los mejores títulos del moderno cine oriental. Sin duda el film ya poseía una base en forma de cómic sólida y llamativa, pero como suele decirse un buen guión puede empeorarse en el rodaje y en el posterior montaje, y al revés. La labor del director, afortunadamente, no hace sino acrecentar la sensación de desesperación y fatalidad que sobrevuela la historia desde el primer momento, y que se revela en todo su esplendor en su desenlace final, toda una muestra de la crueldad humana, que es capaz de esperar durante décadas para clamar venganza. Tal vez todavía necesite de más reconocimiento para ser considerada obra maestra, pero no cabe duda de que estamos ante uno de los films más completos y transgresores de los últimos tiempos.

‘Los últimos días’: la angustiosa búsqueda de humanidad


Quim Gutiérrez y José Coronado en 'Los últimos días', de David y Álex Pastor.Tras décadas en las que el cine español se identificaba, al menos a nivel popular, con historias sobre la Guerra Civil, el sexo o las drogas, desde hace ya varios años se está produciendo un cambio de dichas impresiones generado principalmente por las producciones de género, en concreto del fantástico y del terror. Y lo cierto es que la factura técnica y artística de dichas películas se encuentra a la altura de muchos de los films en los que se miran, los de Hollywood. Lo último de los hermanos Pastor, David y Álex, quienes por cierto ya han tenido su particular aventura norteamericana con Infectados (2009), sigue esta estela de buen cine de género, componiendo una historia asfixiante y dinámica que camina por derroteros tal vez demasiado conocidos.

Y como suele pasar en este tipo de tramas, tal vez lo más terrorífico sea una premisa inicial cuyo origen desconocen protagonistas y espectadores. La epidemia de esa especie de agorafobia que mata al instante a cualquier persona que salga de un edificio es la excusa perfecta para mostrar una Barcelona apocalíptica en la que la Humanidad ha perdido todos aquellos valores que un día la definieron. Si bien es cierto que en ningún momento Los últimos días intenta ser nada más de lo que es, hay que reconocer que en ese contexto de previsibilidad los directores y guionistas consiguen una atmósfera opresiva, acorde a la locura y la desesperación de no poder salir de un edificio.

Al igual que ocurrió con su film norteamericano, los Pastor muestran un viaje cuya motivación fundamental es la supervivencia en un entorno donde el ser humano es el mayor de los peligros, y para eso son fundamentales sus dos actores principales. Curiosamente, es José Coronado (El cuerpo) quien termina por atraer todas las miradas gracias a un personaje tan odioso como heroico que se convierte en el motor y el apoyo del protagonista, un Quim Gutiérrez (La cara oculta) que no resulta del todo convincente. La relación entre ambos, nutrida por numerosos flashbacks que muestran el inicio del fin (y que son de lo mejor del film), es lo que debe sustentar el relato, y lo consigue gracias no tanto a la química de los actores, sino al trasfondo de ambos personajes, unidos por unas circunstancias de lo más irónicas.

Es una lástima, como ya hemos comentado, que la historia se mueva por terrenos excesivamente conocidos. Apenas hay lugar para la sorpresa o la novedad. Ni siquiera el final, esperanzador como pocos y muy hermoso, logra eliminar la sensación de estar ante un producto que ya se ha visto con anterioridad. Esa falta de originalidad es lo que convierte a Los últimos días es un producto de género sólido y muy interesante, pero no en una obra sobresaliente. Y podría haberlo sido, sin duda. Con todo, y acostumbrados a lo que muchas veces nos llega desde la maquinaria cinematográfica de España, hay que reconocer su calidad, sobre todo en un diseño de producción que quita el aliento.

Nota: 6,5/10

‘La noche más oscura’: visión sobria de una búsqueda a ciegas


Jessica Chastain es la protagonista de 'La noche más oscura'.Estamos tan acostumbrados a ver en una película que los Estados Unidos son los héroes de turno, ensalzados por un patriotismo visual espectacular e innecesario, que cuando llega a nuestras manos un producto más o menos objetivo, emocionalmente distante y, sobre todo, crítico con su propio sistema, puede llegar a parecernos hasta un rara avis. Kathryn Bigelow (Acero azul) no solo lo consigue con un tema tan delicado y fácilmente manipulable como es la persecución y muerte de Osama Bin Laden, sino que ofrece una película sobria, perfecta en su planteamiento y valiente en su forma de abordar las diferentes fases de una investigación que duró más de una década.

No cabe ninguna duda de que estamos ante una de las mejores producciones del 2012, y es una firme candidata a los Oscar. Y lo es principalmente por la labor de su directora y de su guionista, Mark Boal (En tierra hostil). La historia, narrada a través de bloques en los que se recogen las diferentes fases y líneas de investigación seguidas a lo largo de los años, da pie en numerosas ocasiones para entregarse a un fanatismo estadounidense y anti islamista capaz de arrasar con Oriente Medio varias veces. Afortunadamente, y ciñéndose a las informaciones de agentes de la CIA, los responsables optan por un tono mucho más comedido, desnudo en muchas ocasiones, dejando al espectador la labor de valorar si aquello que ve es lo suficientemente espectacular, violento o tenso, lo que es de agradecer.

La película huye en todo momento del efectismo facilón y barato. Nada de banderas; nada de discursos motivadores; nada de héroes. Si algo destaca por encima de todo en La noche más oscura es su reflejo fiel de la realidad. Los militares no son máquinas de matar, sino seres humanos entrenados para situaciones violentas; la CIA no es un cuerpo de inteligencia de élite donde sus miembros se entregan a un fin superior, sino individuos marcados por sus propios miedos; ni siquiera se representa a Estados Unidos como una potencia honesta, una crítica a esas torturas que tanto dieron que hablar y que aquí se muestran en toda su crudeza.

Sumando a este tono sincero un reparto de auténtico lujo que asume su rol vehicular de una historia más grande que ellos mismos, nos encontramos ante una obra diferente, un film que se acerca, en cierto modo, al documental ficcionado, capaz de llevar al espectador por un caudal de nombres, investigaciones, torturas y atentados que, por cosas del destino y la perseverancia de una agente de la CIA, dan como resultado la captura de Bin Laden… a pesar de la incertidumbre de su ubicación. Y ese es el otro gran pilar de la trama. Los acontecimientos históricos no se escriben en el primer borrador, sino que son fruto del ensayo, del error y de las corazonadas que tanto han marcado el devenir del ser humano. La noche más oscura es un compendio de más de 10 años de todo ello.

Nota: 9/10

La búsqueda de una cura para una sociedad enferma de ‘El último hombre… vivo’


Pocas cosas hay más aterradoras que saberse el último hombre sobre la Tierra. Primero, por la propia soledad que eso conlleva, y segundo por la inevitable desaparición de todo aquello que nos hace humanos, obligados a vivir fuera de los límites sociales a los que estamos acostumbrados. Estos miedos vuelven, en mayor o menor medida, a la actualidad cinematográfica con FIN, cinta española de corte apocalíptico en el que un grupo de jóvenes se encuentran con lo que parece ser el fin de la humanidad tal y como la conocían. Si hay un relato que refleja perfectamente este tipo de apocalipsis es Soy leyenda, de Richard Matheson. Puede que la mayoría de los aficionados al cine recuerden su versión más moderna protagonizada por Will Smith (Hombres de negro III) en el 2007, pero para entonces ya se habían hecho dos adaptaciones más. Una de ellas estuvo protagonizada por Vincent Price (La caída de la casa Usher) en 1964, y otra, la que ahora nos ocupa, tuvo por protagonista a Charlton Heston (Los 10 mandamientos) en 1971, titulada El último hombre… vivo.

Si algo tiene de diferente esta versión es, precisamente, los seres que rodean al doctor Neville, protagonista absoluto de esta trama en la que la humanidad se ha visto asolada por un virus que les ha convertido en una especie de vampiros, plaga contra la que trata de luchar a través de la investigación y con las armas de fuego a su alcance. Al menos eso ocurre en el argumento original, porque lo cierto es que la versión dirigida por Boris Sagal (Loco por las muchachas) se aleja bastante de esta concepción para ofrecer una visión mucho más siniestra si cabe, en la línea de los temores y sentimientos que se respiraban en los años 70 en Estados Unidos.

Y es que lo interesante no es tanto la “vampirización” de la raza humana como la concepción de que dicho virus ha convertido a los hombres en unos seres dementes autoconvencidos de su propia superioridad intelectual y física, a los que se niega la luz del sol por una mutación de su piel y ojos que les ha convertido en una especie de albinos semiciegos. Los nuevos seres, por tanto, no son criaturas violentas y despiadadas sin autocontrol, como podría ocurrir en la interpretación más reciente de la historia, sino que son seres humanos enloquecidos por un virus biológico que les otorga, entre otras cosas, unos delirios de grandeza relativamente fundados. En este contexto es donde la presencia del personaje de Heston adquiere una mayor relevancia. Se establece una lucha de intelectos y de intenciones: mientras que la nueva sociedad trata por todos los medios de convertir (o matar, lo que antes suceda) al último hombre vivo, este busca una cura convencido de que la humanidad puede abandonar su estado de locura para volver a un entorno civilizado.

En cierto modo, y aunque modifica notablemente el original literario, El último hombre…vivo pone el énfasis en todos los elementos críticos de la obra de Matheson, adaptándolos a una época muy concreta marcada por temores no solo bélicos, sino sociales. Por lo demás, el film contiene a nivel dramático algunos conceptos explotados en otras versiones, como la fortaleza en la que vive Neville, en la que investiga y en la que juega y habla con su entorno para evitar la locura de la soledad. Pero hay más. La película contiene algunos de los planos más impactantes del cine, como son esos paseos por las vacías y sucias calles de Nueva York, en las que solo se oye el ruido del coche que conduce el protagonista, que parece disfrutar de una libertad que no es tal cuando comprueba que el sol empieza a ponerse. Unos planos, por cierto, que fueron homenajeados en otro film de corte apocalíptico, aunque mucho más amable: Wall·E (2008).

La última esperanza de supervivencia

Muchos de esos momentos memorables están protagonizados, como no podía ser de otro modo, por los miembros de la nueva raza, principalmente por el personaje de Anthony Zerbe (Licencia para matar), una especie de líder espiritual y social que inquieta más con sus conversaciones pausadas y sus amenazas veladas (y no tan veladas) que con su aspecto. En realidad, es el combate intelectual y dialéctico que se establece entre protagonista y antagonista el que mantiene el interés en buena parte del film, que de otro modo naufragaría en algunos momentos menos álgidos de la trama, coincidentes además con las fases de investigación.

Tal vez el componente menos explotado de esta historia sea, en esta ocasión, el de las relaciones humanas. Y es que la presencia de otros personajes humanos, supervivientes a la plaga por una resistencia de su sistema inmunológico, queda relegada a una posición casi de invitado a la historia, a excepción del personaje de Rosalind Cash (Klute), único enlace del mundo humano. Aunque puede parecer a primera vista una debilidad del guión, en realidad es una muestra más de la soledad del personaje principal y de su absoluto desarraigo de todo aquello que le convertía en un ser humano completo. Su entrega a la búsqueda de una cura, unido a los años que ha pasado en soledad y constante peligro, es tan absoluta que queda patente en ese primer encuentro con el personaje femenino, al que no logra distinguir de un maniquí.

Las lecturas sociológicas de El último hombre… vivo son las que le dan al film algo más de entereza narrativa. Eso, y el siniestro diseño de los seres que amenazan al personaje de Heston, auténticos reclamos del film (y que han sido parodiados en más de una ocasión). Pero la película cojea, por desgracia, en muchos otros aspectos, entre ellos el de los efectos visuales, algo toscos incluso en aquella época, o la resolución del arco dramático de Heston, equiparándole a un nuevo mesías que carga con los pecados del mundo para que este pueda volver a la senda de la luz. Una interpretación religiosa que empaña la crítica social previa, aunque no impide que el relato sea disfrutable y un icono de la ciencia ficción.

La búsqueda de ‘Prometheus’ encuentra una buena taquilla


En lo que va de año se ha producido un fenómeno cuanto menos curioso que podría ser objeto de estudio para los expertos en los movimientos de la taquilla y el comportamiento de los films en España. En estos meses los dramas y las cintas más adultas han sido las que mejor han aguantado el tirón semana tras semana, con el caso extraordinario de Intocable a la cabeza. Sin embargo, han sido las cintas de ciencia ficción las que han generado picos en la recaudación, logrando cifras de récord en este 2012, aunque se han desinflado rápidamente. El fin de semana pasado, con el estreno de Prometheus, pertenece a la segunda categoría, a la espera de ver la reacción del público durante esta semana.

La cinta de Ridley Scott, que vuelve al mundo de Alien con esta precuela de su película de 1979, se sitúa como la más taquillera con 3,43 millones de euros de un total en estos tres días de 7,6 millones. Con 412 copias, esta historia de terror espacial se hace con el 43% de los espectadores del fin de semana, lo que es muy indicativo del atractivo que presentaba el evento. De mantener un ritmo similar podría rondar los 10 millones de euros, aunque la división de opiniones y el sabor agridulce que ha dejado el film podrían jugar en su contra.

La segunda película más taquillera es Madagascar 3: De marcha por Europa, que en su segunda semana desciende un 32% para sumar 1,41 millones a los 5,3 millones de euros en total; un comportamiento que sigue la línea de otros títulos similares, y que es más que probable que vea afectada su trayectoria con la llegada de lo nuevo de Pixar en los próximos días. Otro mantenimiento, El caballero oscuro: La leyenda renace, se coloca en tercera posición con 852.800 euros, un 49% menos que continúa el comportamiento descendente de la semana pasada. En total, 9,05 millones de euros que serán fácilmente superados para tocar los 11 o 12 millones.

Ice Age 4: La formación de los continentes registra unos datos similares, al menos en porcentaje, a Madagascar 3. Con un descenso del 31%, esta semana recauda 322.000 euros y acumula un total que se acerca a los 15 millones de euros, cifra que a buen seguro superará a pesar de, como decimos, el estreno animado del próximo viernes. A continuación encontramos la comedia El dictador, que sigue gustando al público juvenil a tenor de su descenso del 31% respecto a los datos de la semana anterior y aun total de 4,65 millones de euros.

Otro de los estrenos del fin de semana, Sin rastro, se cuela en la sexta posición con 243.150 euros, lo que no es un buen dato pero se haya en la línea de otros títulos similares de los últimos meses. Teniendo en cuenta la calidad del film y las malas críticas recibidas, es más que probable que la audiencia deje de interesarse por ella más pronto que tarde. Por su parte, The amazing Spider-Man se mantiene en con un descenso del 44&, lo que implica una recaudación de 171.300 euros. 8,67 millones de euros es su cifra global.

Los últimos puestos del top 10 son para las comedias Qué esperar cuando estás esperandoLa felicidad nunca viene sola. Mientras la primera logra mantenerse todavía entre las 10 más vistas, la segunda no parece convencer en su estreno, y con 101 copias alcanza los 143.300 euros, lo que no augura una buena evolución de aquí a unos días. El farolillo rojo de este ranking es para la española Tengo ganas de ti, que tras siete semanas pierde un 48%, lo cual no es un mal dato teniendo en cuenta las cifras globales: unos 12 millones de euros y cerca de 2 millones de espectadores.

 

 

 

 

 

 

 

 

El nuevo fenómeno de superhéroes que comenzó con ‘Batman Begins’


Si en los años 80 y 90 surgieron directores cuya máxima era el entretenimiento a través de historias emotivas y planos espectaculares, la nueva generación de este siglo XXI, si bien tiene nombres que han potenciado dicha tendencia, cuenta con muchos otros autores preocupados más por un guión perfectamente armado, conscientes de que los personajes provocan la credibilidad de una historia por imposible que parezca. Christopher Nolan (Memento) es uno de los máximos exponentes de este cine. Aunque ya hemos abordado su elegancia, el estreno de El caballero oscuro: La leyenda renace obliga a echar la mirada atrás y comprender cuál ha sido su aportación al personaje y al género.

La propia elección del director ya supuso todo un punto de inflexión. A pesar de que su cine nunca ha estado enmarcado en el drama más puro, su estilo narrativo y las temáticas de sus historias no parecían convertirle en la opción más adecuada para una película de acción y superhéroes. Nada más lejos de la realidad. La apuesta de la productora no solo salió bien, sino que, como decimos, marcó un antes y un después en la forma de abordar este tipo de subgénero que, según se mire, ha adquirido ya entidad propia. Sin Christopher Nolan, Marc Webb no habría dirigido The amazing Spider-Man; sin Christopher Nolan, no se estarían planteando todas las “nuevas visiones” de otros personajes.

Pero, ¿qué es lo que aportó al género? Entidad. Los superhéroes siempre han estado marcados por su origen en el cómic y lo que ello representa erróneamente en la sociedad, es decir, fantasía infantil que sólo leen niños o jóvenes adultos reacios a madurar. Una interpretación mal enfocada que el director de Insomnio (2002) se encargó de rectificar. Su aproximación al personaje de DC es tan seria, tan adulta, tan abrumadoramente  oscura, que la única opción posible es sumergirse en el mundo de Gotham, en la corrupción y en los intentos de un hombre por impedir que se repita el acto traumático que él sufrió de pequeño.

Esto significa que Batman Begins (2005), primera entrega de la trilogía que se cierra este 20 de julio, no solo fue una nueva interpretación del personaje, sino que crea más bien un personaje nuevo que guarda similitudes con el original pero que presenta coherencias mucho más naturales. Más allá del traje, planteado como una armadura negra más que como un disfraz, el personaje de Bruce Wayne, interpretado magníficamente por Christian Bale (El maquinista), se revela como un joven en constante búsqueda de sí mismo, de los motivos por los que sus padres murieron siendo él un niño.

El comienzo de un caballero

Es dicha búsqueda la que determina el metraje de esta primera entrega, última por otro lado con el nombre del personaje en su título. Y no es este el único final moral que se incluye en el film. Bruce Wayne/Batman termina con esa idea del vengador nocturno. El personaje de Nolan es, en realidad, un hombre incapaz de controlar su ira, ajeno a los problemas de los demás debido al dinero de su familia y con un egoísmo innato. La búsqueda de la historia no es, por tanto, de una luz interior que modifique su comportamiento, sino de una forma de canalizar dicha rabia.

Pero junto al personaje, muchos son los cambios que introduce el director de El truco final (El prestigio) (2006). La ciudad dominada por el crimen en la que vive el protagonista deja de ser un lugar oscuro, lúgubre y gótico para convertirse en un amasijo de calles y edificios donde la inseguridad campa a sus anchas, donde la corrupta policía apenas actúa (sea de día o de noche) y donde científicos y criminales encuentran su campo de juegos particular. No es Gotham, por tanto, una ciudad irremediablemente caótica, sino un centro urbano donde la ley parece estar en manos equivocadas.

Si a todo esto unimos la consabida elegancia formal del director y unos actores de primera línea que ofrecen un mosaico de interpretaciones que se complementan como si de un hermoso puzzle se tratara, lo que se obtiene es una obra completa en su forma y en su fondo capaz de narrar una historia de superhéroes ajena a disfraces (excepto en su tramo final), motivaciones simplificadas o personajes arquetípicos. Eso es lo que Christopher Nolan introdujo con este Batman Begins, lo que han tratado de reproducir otros realizadores y productoras, y lo que el propio director ha elevado a la máxima expresión en la segunda parte.

Hay magia alrededor de un Amazonas sobrenatural y poco terrorífico en ‘The River’


Puede que sea porque ha dejado de ser una novedad. Puede que tenga algo que ver el hecho de que cada vez más películas y producciones de terror se realicen imitando un formato casero. El caso es que The River, la última propuesta de terror sobrenatural para televisión, como se ha promocionado, y rodada en dicho formato, tiene mucho de sobrenatural y poco de terrorífico. Su primera temporada (con un piloto dirigido por el español Jaume Collet-Serra, el de La casa de cera) se plantea como un programa de ocho entregas en el que un grupo de personas va en busca del Dr. Emmet Cole (Bruce Greenwood), quien había desaparecido en el Amazonas realizando un programa de televisión, enfrentándose a mitos, leyendas y misterios relacionados con la cultura más tradicional de la zona, incluidos demonios, fantasmas y barcos malditos.

La serie producida por Steven Spielberg (Tiburón), con todo, se revela como un buen producto dentro de su género, con algunos capítulos realmente conseguidos y muchos momentos que quedan en la memoria del espectador varios días después. El principal problema, sin embargo, es la falta de unidad narrativa del conjunto. Si bien es cierto que la búsqueda de esta especie de Jacques Cousteau de lo sobrenatural es la premisa inicial, la serie tarda demasiado en utilizarlo como auténtico nexo de unión de los fenómenos paranormales que viven los tripulantes del Magus, barco en el que se trasladan. Durante la primera parte de la serie cada episodio supone un fenómeno diferente, sin ninguna relación entre sí, pero que al final deja una pista del posible paradero del Dr. Cole.

Una estructura que, de tanto repetirse, termina por derrotar el interés que genera cada caso. Un interés, como decimos, puramente fantástico y carente de la chispa de terror que, por ejemplo, sí tiene American Horror StoryThe Walking Dead. Da la sensación de que con cada capítulo se alarga una búsqueda que, de otro modo, habría terminado en el segundo episodio, en un intento de completar un mínimo de entregas para su primera temporada. Los episodios finales, con todo, ofrecen la coherencia argumental que parecía fallar al comienzo, revelando más y más de esa zona del Amazonas llamada Boyuna en referencia a un mito amerindio de tintes demoníacos.

Personajes misteriosos

Uno de los elementos más atractivos y, al mismo tiempo, menos explotados de la serie es el crisol de personalidades que se dan cita en el barco para encontrar al desaparecido. Por un lado, la mujer y el hijo del susodicho, auténticos protagonistas del producto y que cargan a sus espaldas el peso de la narración, ayudados en muchas ocasiones por los cámaras, el productor del programa y el resto de personajes. A pesar de tener todo a su favor para generar conflictos dentro del grupo, estos siempre parecen quedar relegados con la llegada de lo sobrenatural, por lo que no terminan de evolucionar. Por ejemplo, no se conoce hasta el final una relación ilícita entre dos personajes, a pesar de que se plantea en numerosas ocasiones; igualmente, es evidente que el joven protagonista y la chica que viaja a bordo del barco se quieren desde pequeños, pero dichos sentimientos no parecen tener interés para el devenir de la trama.

El caso más llamativo es el del encargado de la seguridad, un hombre misterioso, poco hablador y armado hasta los dientes que, en numerosas ocasiones, parece involucrado en algo similar a una conspiración. Ni siquiera en el desenlace de la trama se llega a conocer su verdadera identidad, aunque se deja entrever. Se puede decir que el misterio que rodea a los protagonistas y que casi nunca se ve (es curioso cómo muchas veces se gira la cámara en el momento idóneo, impidiendo ver con claridad lo que ataca al grupo) envuelve también las relaciones entre los miembros, impidiendo la identificación clara con alguno de ellos o la comprensión de algunos detalles que, es de suponer, se revelen en la segunda temporada.

Una segunda temporada, por cierto, que al igual que ha ocurrido con Terra Nova, se encuentra en el limbo. Desde luego, el final de la primera temporada es toda una declaración de intenciones de que hay algo más que agua y selva en el Amazonas. Con un auténtico tour de force en el que se dan cita posesiones, zombis y ritos maléficos para invocar a demonios, la imagen con la que se cierra esta primera entrega del falso programa de televisión es, en pocas palabras, impactante, apoyando la idea de la selva laberíntica. Una nueva entrega de capítulos que se revela necesaria para comprender un poco mejor el papel de cada personaje en la historia y conocer más en profundidad la mitología del Amazonas.

Como dice el Dr. Emmet Cole a lo largo de los capítulos, frase que ya se ha convertido en lema de la serie, “hay magia alrededor”. Sí, en efecto, hay magia, mucha magia, pero poco terror.

‘Tan fuerte, tan cerca’: El camino irregular hacia la madurez


Hace 12 años, Stephen Daldry debutaba en el largometraje con Billy Elliot, y descubría a uno de los actores jóvenes más prometedores, Jamie Bell. Tras incursiones cinematográficas tan interesantes como Las horasThe reader, el director presenta su particular visión sobre la superación de los hechos traumáticos, la culpa y el proceso de curación de las heridas emocionales en Tan fuerte, tan cerca. Muy emotiva, la película, empero, no alcanza el nivel artístico de las otras mencionadas, en parte por un desarrollo algo irregular. Por cierto, aclarar algo desde el principio: en muchas partes se menciona el salto al vacío durante el 11-S, pero eso no es realmente lo que ocurre en la película.

La mención a Jamie Bell no es casual. En esta historia protagonizada por Tom Hanks (Larry Crowne) y Sandra Bullock (La red) el peso vuelve a recaer en un joven y novato actor, Thomas Horn, quien logra hacer suyo un papel complejo y excesivo en muchas ocasiones. Marcado por las fobias, el personaje realiza una búsqueda física por Nueva York que le embarca en un viaje emocional del que logra salir más maduro y aprendiendo una lección que, más tarde o más temprano, todo niño comprende, y que muchas veces supone el paso a la madurez: que la vida sigue a pesar de los seres queridos que desaparecen.

El principal problema reside, precisamente, en el desarrollo de esa búsqueda. A lo largo de los meses en los que el joven contacta con cientos y cientos de personas, la película se centra más en los recuerdos con su padre que en lo que cada persona aporta a la superación de los miedos. Y a pesar de que hacia el final del metraje se desvela una parte importante de dichas visitas, no logra transmitir una correcta evolución hacia el sentimiento final que le confiesa a la madre. Una pena, pues habría dado consistencia a un drama lacrimógeno que, de esta forma, supondrá para muchos una gran decepción.

Con todo, lo mejor de la historia se aprecia en dos elementos. Por un lado, un magnífico Max Von Sydow (El manantial de la doncella) que consigue enternecer y hacer reír con sólo escribir en una libreta y mostrar sus sentimientos con la mirada. Un personaje que no sólo engrandece la película, sino al propio actor. El otro factor a tener en cuenta aparece una vez encendidas las luces de la sala, cuando se reflexiona sobre lo vivido durante estas más de dos horas. Sí, la historia puede hacerse algo pesada; sí, el niño protagonista algunas veces es repelente y excesivo; sí, el uso del 11-S puede ser un recurso demasiado fácil. Pero la historia va más allá.

Esta película basada en la novela de Jonathan Safran Foer reflexiona sobre el miedo a olvidar a los familiares que hemos perdido. Sobre cómo luchamos por mantenerlos cerca mientras nos alejamos de ellos irremediablemente y el dolor y la soledad que nos produce el arrepentimiento de ese último momento en el que nos equivocamos. En muchas otras películas se menciona la frase “no le dije que le quería”; aquí simplemente es la acción de descolgar el teléfono y una imagen de televisión que un 11 de septiembre de 2001 estremeció a todo el planeta. Es en este sentido donde la película gana.

Nota: 6,5/10

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