‘American Gods’ explora los mitos divinos en su 2ª temporada


Puede parecer de perogrullo, pero una de las principales diferencias entre películas y series es que las segundas tienen una duración mucho mayor que las primeras. Y esto permite, a su vez, realizar un tratamiento mucho más profundo de los personajes, logrando a su vez un diseño narrativo más complejo, en el que la historia se puede detener para analizar a uno o varios personajes, ofreciendo al espectador en todo momento una cantidad de información que no solo le permite conocer e identificarse mejor con los personajes, sino que le sumerge mucho más en la historia. Y eso es, a grandes rasgos, lo que ha hecho la segunda temporada de American Gods, esa serie basada en la novela de Neil Gaiman en la que mitología, dioses, tecnología y nuevos medios se enfrentan en una batalla por la supervivencia.

Los 8 episodios de esta segunda etapa creada por Bryan Fuller (serie Hannibal) y Michael Green (serie Reyes) no suponen una pausa en el desarrollo de la trama, pero sí permiten a sus autores y al espectador ahondar en el pasado, en las motivaciones y en los miedos de muchos personajes secundarios, lo que sienta las bases para lo que vendrá en la tercera temporada. El resultado, dramáticamente hablando, es un viaje por el interior de los personajes, más que el viaje externo que ya hicieron en la primera temporada. No es casual, por tanto, que el primer capítulo arranque con ese viaje al tiovivo y la reunión en la mente de Odín. Una secuencia que sienta las bases de lo que será el resto de este arco argumental, tanto en ese tratamiento introspectivo de los objetivos y los conflictos internos de cada rol, como en el desarrollo más en profundidad de la mitología detrás de cada dios que aparece en pantalla.

En este sentido, American Gods se convierte casi más en un análisis de las historias que han acompañado a estos mitológicos personajes durante toda la historia, adaptándolos a un contexto narrativo más actual y complejo. Y no me refiero con esto a la guerra con los nuevos dioses, epicentro argumental de toda la serie, sino al modo en que la trama les presenta adaptándose a una sociedad que evoluciona, que tiende a olvidarles para centrarse en otros referentes a los que adorar. Las secuencias del pasado, el modo en que viven y sobreviven a través de las épocas, permite apreciar muchos matices de sus personalidades que, aunque en realidad ya estaban planteados desde el principio, adquieren ahora un mayor significado al hacer comprensibles algunas de sus decisiones en el presente. Y al mismo tiempo, esta segunda temporada explica algunas relaciones entre los secundarios, desvelando cierto misterio que se mantenía oculto. Curiosamente, esta decisión, lejos de restar interés a la serie, aporta una mayor profundidad dramática, pues abre la puerta a nuevas motivaciones y, sobre todo, a nuevos conflictos entre los dos principales protagonistas.

Entrando en lo que representa esta temporada, desde un punto de vista narrativo la historia sienta las bases en la que podría entenderse como la segunda fase de la batalla. Si la primera temporada presentaba a los personajes, introducía al protagonista en un mundo que no entendía y planteaba los bandos condenados a enfrentarse, en esta continuación se sientan las bases en cada uno de los lados del conflicto. Miedos, venganzas, traiciones, armas,… Todo lo que se genera en los compases previos a cualquier lucha aparece aquí con un marcado carácter mitológico, lo que no solo sirve al espectador para prepararse para lo que viene, sino que se introduce un poco más, como de hecho hace el personaje interpretado por Ricky Whittle (serie Los 100) a lo largo de este extraño viaje. Y esto es algo que no solo ocurre en el lado de los viejos dioses. El bando de esas nuevas deidades que el ser humano adora ahora (tecnología, nuevos medios, el Gran Hermano,…) queda representado como un grupo en el que sus miembros, por aquello de ser jóvenes, todavía están descubriendo parte de sus capacidades.

Secundarios incompletos

Pero estos 8 capítulos presentan algunas deficiencias. No es que sea algo que impida el desarrollo de la trama, o que conduzca la acción en un sentido completamente incoherente. No, el problema es, como es habitual en este tipo de tramas, que muchos personajes secundarios quedan relegados a un mero papel instrumental, cuando no desaparecen directamente. Y es una lástima, porque si algo tiene American Gods es una complejidad argumental y psicológica bastante alta, lo que implica que todo personaje, por pequeño que sea, tiene un trasfondo dramático que, al dejar de seguirlo, termina perdiéndose en un mar de roles con sus claroscuros. Al final, visto en global, no es un gran problema, pues la historia es tan contundente que termina llevándose por delante esas pequeñas historias, pero sí permanece la sensación de que podrían haber aportado algo más a la trama principal para potenciar ese universo en el que se ambienta.

En todo caso, estas historias secundarias incompletas contrastan, y mucho, con los secundarios más importantes, que no solo enriquecen la historia (en algunos casos son determinantes, como es el papel de Pablo Schreiber –El rascacielos-), sino que tienen un arco argumental propio que se desarrolla de forma paralela y que, de un modo u otro, permiten al espectador evadirse por un momento de esa guerra para centrarse en otros aspectos de la serie sin abandonar, en ningún caso, ese universo fantástico. El ejemplo más evidente es el de Emily Browning (Pompeya), con objetivos y motivaciones propios que viene a representar la otra pata de la trama, el love interest que siempre suele existir en la construcción de las narraciones. Curiosamente, su presencia en la historia es más bien anodina, al no aportar gran cosa a la trama principal, pero tiene el poder suficiente para influir en las decisiones del héroe, lo que en último término convierte a este personaje en una pieza clave para el desarrollo dramático.

Aunque sin duda, una de las cosas más interesantes y atractivas que ofrece la serie es su tratamiento de los dioses, sean del bando que sean. El modo en que se representan, la estética de los lugares que frecuentan, la iluminación utilizada para cada uno de los personajes,… Todo está perfectamente medido no solo para mostrar la diferencia entre lo nuevo y lo viejo, entre el futuro y el pasado, sino para evidenciar cómo son ambos mundos. Mientras que los antiguos dioses se mueven en viejos coches, ambientes con sabor tradicional y espacios algo “retro”, los nuevos dioses, representados con rasgos juveniles, viven en entornos tecnológicos en los que cables, pantallas y luces fluorescentes son la tónica general. Incluso las armas a utilizar y el vestuario son diametralmente opuestos. A esto se suma incluso el carácter del que hacen gala cada uno de ellos. Frente a la calma, la pausa y la reflexión que parecen mostrar Odín y compañía, el modo en que se mueven y se comportan los Nuevos Media y la Tecnología responde más a la personalidad de adolescentes que creen saber todo. La interpretación de esto lleva la guerra mucho más allá de las deidades, planteando la serie como una lucha entre la madurez y la juventud en la que se ve en medio un personaje cuya vida tras su paso por la cárcel, tal y como la recordaba, parece haberse terminado.

De este modo, la segunda temporada de American Gods se plantea más como un análisis en profundidad de los personajes, de la mitología que les rodea y de sus miedos y objetivos. Los preparativos que realizan para la batalla que está por venir permiten a los creadores de la serie ahondar en los conflictos que viven, tanto internos como externos. Pero sobre todo, esta etapa es una reflexión sobre el viaje del héroe, sobre su madurez, sus creencias y su capacidad (o incapacidad) de dejar marchar el amor de su vida, quien le traicionó justo antes de morir. El trasfondo dramático e interpretativo del conflicto divino no deja de ser muy humano, y eso es lo que ofrecen estos episodios, más allá de lecturas modernizadas de personajes de diferentes culturas por todo el mundo (lo que, por cierto, nos permite aprender un poco más de las creencias de los diferentes pueblos). Es cierto que hay altibajos narrativos, y que algunos personajes podrían haber dado más de sí antes de desaparecer por completo, pero eso no impide disfrutar de unos notables capítulos.

1ª T. de ‘American Gods’, el viaje del héroe en la guerra de los dioses


Puede que para muchos el nombre de Neil Gaiman no tenga especial interés, pero el autor británico no solo es uno de los creadores de fantasía más interesantes de las últimas décadas, sino que su interpretación de los mitos y los dioses clásicos invita a una reflexión sobre el mundo, el ser humano y la sociedad que muy pocos escritores consiguen. Y eso es precisamente lo que se esconde tras la primera temporada de American Gods, adaptación en formato de serie de una de sus novelas más conocidas. Recién estrenada la segunda etapa, es obligado revisar algunos de los pilares narrativos de los primeros ocho episodios de la ficción creada por Bryan Fuller (serie Hannibal) y Michael Green (guionista de Blade Runner 2049).

Para aquellos que no conozcan su argumento, la historia arranca cuando un hombre sale de prisión. Ese mismo día se entera que su novia y su mejor amigo han muerto en un accidente de tráfico que apunta a que estaban teniendo una aventura. El expresidiario conoce además a un misterioso hombre que responde al nombre de Sr. Miércoles, quien le contrata para iniciar un viaje que le llevará a ser protagonista en una guerra en la que los antiguos y los nuevos dioses y mitos luchan por el favor y el control de los hombres. Visto así la serie podría entenderse como una propuesta de ciencia ficción al estilo más clásico, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, Fuller y Green realizan un planteamiento completamente diferente, optando más por el drama y la intriga y, sobre todo, por un desarrollo de personajes muy arriesgado en los tiempos que corren.

Porque al igual que los antiguos dioses de American Gods, esta primera temporada recurre a algo que ya no suele verse, y es dedicar toda una temporada, episodio tras episodio, a desarrollar los orígenes, motivaciones y posicionamiento de cada uno de los personajes secundarios que aparecen en la historia. De este modo, esta etapa se convierte más en un escaparate de seres míticos, de dioses en la tierra que pasan desapercibidos entre nosotros pero a los que se les rinde, o se les ha rendido alguna vez, culto de un modo u otro. Y es algo completamente gratificante. Como ocurre con los nuevos dioses (los nuevos media, los media, la tecnología, …), el actual ritmo de la sociedad parece impedir una cierta pausa y reflexión, y que una serie de estas características sea capaz de desafiar esto para presentar algo más pausado y tradicional es, a la vez que admirable, una suerte de vínculo metalingüístico entre realidad y ficción que hace aún más compleja la serie.

Para muchos tal vez esta estructura narrativa de esta primera etapa sea algo negativo para la propia ficción, y hasta cierto punto es cierto, pues centrar la atención en los personajes secundarios muchas veces distrae del objetivo principal, e incluso impide un seguimiento natural de la trama. Sin embargo, enriquece notablemente el universo en el que se desarrolla la acción, y teniendo en cuenta la complejidad que se antoja va a tener el argumento, resulta gratificante poder conocer las motivaciones y la posición de cada uno de los roles. Esto permite, además, una reinterpretación de muchos seres mitológicos y divinos de diferentes culturas y épocas de la civilización, una seña de identidad de Gaiman que los creadores de esta ficción televisiva logran captar a la perfección.

Composición de las tramas

Todo ello genera, por otro lado, algo muy interesante para cualquier profesional y aficionado a las complejas historias, y es la construcción de un “árbol” de tramas en el que cada arco argumental secundario es una rama que se une al resto en un tronco central que no es otro que la guerra que se avecina. Vista así, esta primera temporada de American Gods se convierte en un interesante compendio de detalles y líneas dramáticas que se entrelazan, se nutren y modifican unas a otras, y sobre todo se hacen crecer entre ellas. El viaje de los dos protagonistas permite al espectador asomarse a una visión de las creencias religiosas antiguas (y modernas, aunque en menor medida) tan particular como acertada, pero ante todo le permite descubrir los vínculos de esas antiguas deidades, de su devenir durante siglos en una tierra en la que la fe parece haber desaparecido. A través del Sr. Miércoles, rol magistralmente interpretado por Ian McShane (John Wick: Pacto de sangre), se va desenmarañando una intrincada madeja de viejos rencores, de encuentros pasados y de traiciones presentes.

Aunque la parte dramática no sería nada sin un apartado visual espléndido que no solo saca el máximo provecho a la historia en sí, sino que capta la esencia estética de la obra de Gaiman. A medio camino entre la belleza y la visceralidad, la complejidad dramática de los personajes se nutre con una puesta en escena única que oscila entre la road movie y el viaje del héroe para encontrar su sentido en el mundo. Asimismo, la serie aprovecha para presentar los ambientes en los que se mueven los secundarios, cada uno de ellos definiéndoles de una forma muy precisa que contribuye, además, a esa reinterpretación de los mitos que realiza Gaiman. Todo ello, fondo y forma, crea una obra diferente, no apta para todos los públicos y capaz de poner a prueba la paciencia de muchos espectadores. Pero no hay atajos para poder afrontar la complejidad de una historia de estas características, y al igual que ocurre con otras series de dimensiones tan grandes, la paciencia al final tiene su recompensa.

Esta primera temporada nos deja, por tanto, el viaje iniciativo de un héroe que se adentra en un mundo de dioses, mitos y seres mágicos. Un mundo que convive con el nuestro a plena vista y que, sin embargo, el común de los mortales es incapaz de ver. Bajo este prisma, esta ficción se convierte en una versión moderna de clásicas historias, lo que aporta al conjunto un sentido mucho mayor, engrandeciendo su propia esencia y trascendiendo sus propias limitaciones televisivas para revelarse como una historia atemporal, única y brillante. Serían necesarias muchas entradas en este rincón de Internet para analizar todos y cada uno de los matices que representan a los dioses, así como cada interpretación que de sus mitos se realiza. Baste decir que, por ejemplo, los personajes de Anubis e Ibis son sencillamente perfectos, cada uno convertido en una versión moderna de su función en el Antiguo Egipto, balanza del juicio de Osiris incluida.

Lo que representa este comienzo de American Gods es el punto de partida de un complejo juego en el que los intereses y los conflictos se contraponen unos con otros. La belleza formal de su propuesta, la profundidad de sus personajes y de sus arcos dramáticos, y el toque de humor característico de Gaiman (la escena con todos los Jesús provocados por las ramificaciones de la religión católica es tan hilarante como cierta) componen ocho episodios no solo recomendables, sino sumamente interesantes para todo aquel aficionado a la historia, a los mitos clásicos y, sobre todo, al contraste que generan con una sociedad de consumo como la actual. Fuller y Green componen una sinfonía en la que cada paso del viaje, cada dios o ser mitológico que aparece, queda representado por una nota característica que enriquece el conjunto hasta dotarlo de una vida única, propia y diferente a lo visto habitualmente en televisión.

‘Hannibal’ se adentra en las novelas de Harris en su 3ª temporada


'Hannibal' es encarcelado en su prisión de cristal en la tercera temporada.Bryan Fuller (serie Criando malvas), creador de la obra de arte que explora los orígenes del caníbal más famoso del cine, tenía un plan para desarrollar Hannibal en varias temporadas. Dicho plan, truncado sin explicación alguna por fuerzas ajenas a él, contemplaba que el personaje interpretado por Mads Mikkelsen (La caza) fuera incorporando a su historia las novelas de Thomas Harris. Personalmente espero que podamos llegar a ver el resto de temporadas, pero a falta de eso esta tercera y última entrega deja un avance de lo que podremos encontrarnos. Y desde luego no solo está a la altura de etapas anteriores, sino que es el puente natural y perfecto entre elegancia y sadismo, entre inteligencia y violencia.

Y es que estos 13 episodios contienen todo aquello que siempre ha caracterizado al personaje, desde la cárcel de cristal hasta la famosa máscara, aquí modificada ligeramente para la ocasión. Con dos partes perfectamente diferenciadas, esta nueva temporada se aleja sutilmente de los elementos más sugerentes de la trama para convertirse en algo más explícito, más salvaje y sangriento. Y aunque es cierto que en la segunda temporada ya se deja entrever la verdadera naturaleza de Hannibal Lecter, es en estos capítulos cuando el espectador debe afrontar realmente la crudeza de un animal extremadamente inteligente. La sangre, las vísceras y la acción se apoderan poco a poco de la trama para concluir con un final tan épico como abierto.

Y ese carácter evolutivo de la historia es lo que juega tanto a su favor como en su contra. Es evidente que la historia de este doctor necesitaba de una visceralidad mayor que dotara al personaje de las herramientas necesarias para su inclusión en la cárcel. Dicho de otro modo, tenía que cometer errores. En este sentido, Fuller aprovecha la relación de los personajes principales, sobre todo del que interpreta Hugh Dancy (Martha Marcy May Marlene), para mostrar ciertas debilidades en un rol que, por otro lado, es casi sobrehumano. Gracias a ello, Lecter adquiere una dimensión “mortal” que le hace más próximo, más reconocible. Y eso puede que sea lo que menos guste a aquellos que disfruten con la primera y segunda temporada y ese juego intelectual que aquí se diluye.

Sin embargo, la forma en que sus responsables reconvierten la historia es sumamente pedagógica. A través de unos primeros episodios más simbólicos, que exigen del espectador una atención y comprensión mucho mayores de lo visto hasta ahora, Fuller disecciona la compleja relación Lecter-Graham, hasta el punto de convertirlos en dos caras de una misma moneda, explotando al máximo, además, lo sembrado en las temporadas anteriores. Y es gracias a esa relación que la segunda parte de la temporada puede desarrollarse sin complejos, y que permite además la incorporación de nuevos personajes de las novelas, haciendo más reconocible si cabe al protagonista.

El Dragón Rojo

Independientemente de lo que ocurre en Italia, y que tiene muchas, muchísimas referencias a Hannibal (2001), lo más interesante es la introducción del asesino conocido como el Dragón Rojo, primera novela de Harris y que ha sido llevada al cine en varias ocasiones. Encarcelado el caníbal, la presencia de un nuevo asesino psicópata abre un nuevo mundo de interpretaciones, de secuencias casi oníricas y muy simbólicas que enriquecen la trama, y que aportan una especie de contrapunto al personaje de Lecter, más o menos como ocurrió con el asesino de la primera temporada. A esto se suma una más que lograda interpretación de Richard Armitage (En el ojo de la tormenta) como un hombre atormentado y entregado a sus más oscuros deseos.

La relación a distancia entre Hannibal y el Dragón Rojo, y la relación presencial entre Hannibal y Graham, compone un triángulo que mantiene en todo momento esa especie de amor-odio que se desprende en todo momento en la serie. La persecución entre el ratón y el gato adquiere en estos episodios, sobre todo en los últimos, una mayor incógnita, desconociendo en todo momento quién persigue a quién. El hecho de poder mantener esa esencia a pesar de los cambios en las situaciones de los personajes y de la introducción de nuevas tramas es, sin duda, el mayor logro de la tercera temporada.

Asimismo, el arco dramático de Lecter sirve como paraguas para proteger y llevar a buen término la mayoría de las tramas secundarias que quedaron abiertas con el final de la segunda temporada. Tramas que, en su mayoría, están bien integradas en el resto de la serie, aunque no en todos los casos, lo que genera cierta irregularidad en el ritmo. Así, esta última temporada se ve obligada a abandonar algunos personajes en beneficio del conjunto para retomarlos mucho más tarde, lo que crea una sensación de personajes comodín que en ningún caso beneficia a la imagen general de la trama, aunque dada la complejidad de la historia resulta comprensible.

Sea como fuere, la tercera y última temporada de Hannibal es una delicia a disfrutar para los amantes del personaje y de la serie. Combinación perfecta entre las novelas y el mundo creado por Bryan  Fuller, el cambio que registra el tono general de la ficción invita a pensar que la prematura cancelación ha obligado a un cambio de planes que, por fortuna, sale notablemente bien parado. El final abierto, épico y violentamente sangriento, es una promesa de que el futuro de Lecter no está, ni mucho menos, resuelto. Independientemente de que llegue o no ese futuro, las tres temporadas que deja tras de sí son, sencillamente, una obra de arte.

‘Hannibal’ desarrolla su inteligencia y su violencia en la 2ª temporada


Mads Mikkelsen da vida a 'Hannibal' en la espléndida segunda temporada.Aunque pueda parecer lo contrario, es mucho más complicado escribir sobre una buena producción que sobre una mala. Y si el objeto del texto es algo como la serie Hannibal, la tarea es casi titánica. Reducir a un puñado de párrafos la complejidad y calidad de este producto que recoge los años del personaje previos a las novelas de Thomas Harris es inútil. Es más, puede que ni siquiera un análisis individualizado de cada episodio permita una comprensión completa de la serie creada por Bryan Fuller (serie Criando malvas). Si la primera temporada fue un derroche de inteligencia, elegancia y buen gusto, esta segunda tanda de episodios es mucho más violenta y salvaje, pero al mismo tiempo mucho más inteligente. O lo que es lo mismo, una delicia para los seguidores del caníbal más famoso de la ficción.

La verdad es que vista en perspectiva la evolución de la serie en estos 13 episodios hay que reconocer que parecía complicado poder llevar a los personajes de la producción por un camino que no fuese el típico y tópico, sobre todo teniendo en cuenta que en la anterior temporada todos ellos eran marionetas al servicio del personaje interpretado por Mads Mikkelsen (La caza). Sin embargo, y sin necesidad de realizar giros argumentales excesivos o que desentonen, Fuller desvía el desarrollo hacia un destino inesperado, libre de ataduras y coherente. Se puede decir que las marionetas que antes bailaban al son de un ser superior tienen ahora mayor conciencia de sus propios actos, rebelándose contra lo que antes creían como cierto. Esto no significa, ni mucho menos, que no sigan estando controladas, pero sí que existe ahora un conflicto mucho más interesante, más sutil y que requiere de una atención a los detalles mucho mayor.

La traducción más directa de esto es el juego del gato y el ratón que inician los dos protagonistas. Con el detonante del asesinato de una agente del FBI (uno de los más impactantes de la temporada), los personajes de Mikkelsen y Hugh Dancy (Martha Marcy May Marlene) desatan un peligroso y subrepticio duelo intelectual de mortal desenlace, como de hecho se muestra en esa secuencia inicial del episodio que abre la temporada, lo que en términos de Hannibal se traduciría por un aperitivo. Como digo, la muerte de este personaje abre un abanico de posibilidades narrativas que afecta a todos los personajes, principales y secundarios, y permite introducir nuevos roles que conectan directamente con las tramas narradas en los libros y en las películas, como es el caso del papel interpretado por Michael Pitt (serie Boardwalk Empire), cuya trascendencia puede ser notable.

Así, y aunque la trama involucra de forma más directa a otros personajes, el peso vuelve a recaer en la pareja protagonista y la particular relación de amistad que ambos cultivan. Lo más interesante de esta segunda temporada es que el espectador, aun cuando responda a las exigencias de una serie como esta, está a merced de los acontecimientos, identificándose como un personaje más y dudando de la cordura de los roles protagonistas, de los que nunca puede esperarse nada. Es aquí donde reside la genialidad de estos nuevos episodios, pues lejos de incidir de nuevo en los parámetros de la primera temporada, permite a los personajes evolucionar y madurar, abriéndoles los ojos a un mundo macabro y salvaje en el que ellos mismos son objetivos. Y como suele ocurrir, dicho despertar llega demasiado tarde.

Rienda suelta a los instintos

Pero como decía al inicio, Hannibal no solo ha sabido buscar una vuelta de tuerca a su desarrollo dramático desde un punto de vista intelectual. También lo hace en el plano visual, desarrollando al máximo las secuencias oníricas del personaje de Dancy y ofreciendo al espectador todo un repertorio de mensajes simbólicos que, lejos de crear confusión, permiten una mejor comprensión de las intenciones, inquietudes y roles morales de todos los personajes. Momentos como la pesca en el río, el ciervo y su correspondiente versión humanoide o la transformación de Will Graham en ciervo permiten acceder a mensajes visuales que, de otro modo, tendrían que ser intuidos o desarrollados mediante otras técnicas. El hecho de optar por esta alternativa, más allá de que encaje en el sentido general de este thriller psicológico, es uno de los grandes aciertos de la producción.

Y si el duelo entre los dos protagonistas alcanza en la segunda temporada de Hannibal cotas insospechadas, el carácter caníbal del personaje de Mikkelsen tiene en estos episodios carta blanca para hacer prácticamente lo que se le antoje. La anterior temporada jugaba con la idea de no mostrar la verdadera naturaleza de Hannibal Lecter, utilizando la sutileza y el montaje para transmitir los movimientos en las sombras del personaje. Ahora, sin embargo, la brutalidad de su personalidad adquiere todo su esplendor. No solo se le ve cocinando miembros y órganos humanos, sino que el sadismo y la superioridad física y mental del Dr. Lecter se desarrollan sin traba alguna. Dar de comer a un individuo su propia pierna, manipular a sus semejantes para que maten por él o utilizar cuerpos a modo de campo de cultivo son solo algunas de las aficiones que expresa este hipnótico personaje al que, por cierto, Mikkelsen da vida de forma simplemente magistral, permitiendo olvidarse por un momento de la labor que hizo Anthony Hopkins en El silencio de los corderos (1991), Hannibal (2001), con la que por cierto guarda alguna conexión y El dragón rojo (2002).

Desde luego, la serie no es apta para estómagos sensibles. La imaginación a la hora de mutilar cuerpos llega a ser indescriptible. Víctimas como panales, como una paleta de colores o hasta como una especie de animal son solo algunos de los artísticos cuadros que crea el caníbal protagonista. Pero con todo y con eso, es el final de la temporada lo que realmente deja sin aliento. El primer episodio de esta segunda tanda comienza, como ya he dicho, con una secuencia de acción poética que deja a algunos personajes principales en una situación límite e interesante por las consecuencias evidentes que conlleva. Empero, no es hasta la conclusión del último episodio cuando dicha secuencia encuentra su explicación, por otro lado espléndida. La resolución de esos acontecimientos, precipitando el final de prácticamente todos los roles protagonistas, es de lo mejor que se puede ver en televisión ahora mismo. Si a esto le sumamos el pequeño extra que puede verse tras los títulos de crédito, el resultado es simplemente impactante, dejando el mundo de Lecter tan abierto que aventurarse a predecir por dónde evolucionará la trama en el futuro es absurdo.

Personalmente, Hannibal es de las mejores series que el aficionado puede encontrar. Es cierto que exige del espectador algo más que sentarse frente al televisor o la pantalla, pero la recompensa es sensacional. Esta segunda temporada, cuyos episodios llevan por título un plato de la cocina japonesa, supone un paso más en todos los aspectos, evitando estancarse en la repetición de conceptos para llevar a los personajes un paso más allá y explicar las consecuencias que esto puede tener. Es indudable que este thriller requiere de estómagos fuertes y de un interés por el personaje de Lecter, pero en cualquier caso su factura técnica, con una iluminación y concepción visual sublimes, y su base narrativa, sostenida en unos personajes espléndidamente complejos, son incuestionables. Ahora queda comprobar si la tercera temporada es capaz de recomponer el fragmentado mundo que deja la conclusión de estos episodios.

‘Hannibal’ adereza con violencia su compleja psicología en su 1ª T


Imagen promocional con los actores de 'Hannibal'.Hablar de Hannibal Lecter es hablar de Anthony Hopkins y, sobre todo, de El silencio de los corderos (1991). Es en este espléndido thriller en el que la naturaleza del inmortal caníbal queda más patente, en el que su brutalidad convive en perfecta armonía con su intelecto y su elegancia. Sus posteriores secuelas y precuelas son, por decirlo de algún modo, más brutales y menos elaboradas. Es por eso que una recuperación del personaje para la pequeña pantalla planteaba la doble vía de exploración, amén de la necesidad de buscar un actor capaz de, al menos, mantener el tipo frente a la leyenda de Hopkins. El resultado es Hannibal, serie creada por Bryan Fuller (serie Héroes) y cuya primera temporada terminó hace casi un mes en Estados Unidos. A modo de resumen inicial, es un más que digno heredero de los mejores valores del personaje.

Estos primeros 13 episodios, cada uno con el nombre en francés de conceptos e ingredientes culinarios, narran la relación que se establece entre un asesor del FBI cuya capacidad para empatizar con los asesinos le vuelve vulnerable y el famoso psiquiatra Hannibal Lecter. Lo que comienzan siendo unas sesiones para controlar el estado mental del agente terminará convirtiéndose en una especie de experimento en el que el doctor lleva a la mente del agente hasta el límite de sus fuerzas en el proceso de búsqueda de un asesino en serie que imita los crímenes de otros.

De esta pequeña sinopsis se desprenden los dos pilares fundamentales de la producción. Por un lado, la violencia. Ya desde sus títulos de crédito iniciales, con una música tan brillante como inquietante que acompaña al dibujo del rostro de Hannibal Lecter con lo que parece ser sangre, queda patente. Incluso la forma de iniciar el capítulo piloto, inteligentemente titulado ‘Apéritif’, es significativa. El agente del FBI se halla en la escena de un crimen poniéndose en el lugar del criminal y recreando un brutal asesinato. Y de ahí en adelante, porque lo que se inicia como casos aislados que deben ser resueltos pronto se convierten en una escalada de salvajismo sangriento y morboso que lleva a la sensibilidad del espectador hasta sus tolerancias más elevadas. Una violencia, por cierto, extremadamente realista.

Pero no es esto lo más destacable de la serie. De hecho, se antoja más como una consecuencia innata a la historia del propio personaje. Lo interesante se halla en el otro pilar dramático: la psicología. A lo largo de los capítulos el espectador asiste a un verdadero descenso a los infiernos del protagonista. Poco a poco, caso tras caso, la mente del asesor federal se fragmenta hasta tornarse casi demente, incapaz de distinguir la realidad de lo que ocurre únicamente en su mente. Este proceso, magníficamente representado por el actor Hugh Dancy (Hysteria) y abordado con un realismo abrumador, termina por dominar al resto de elementos, entre otras cosas porque es la clave para desvelar todo el misterio acerca del inquietante doctor Lecter que se mueve por la escena como un titiritero.

Nace un nuevo Lecter

Desde luego, el hecho de que el proceso de destrucción mental que sufre el protagonista aporta al conjunto una entidad mucho mayor que si se hubiese optado por un producto simplemente violento. Los sueños, las pesadillas y esa forma de recrear los crímenes hacen pensar en una producción policíaca de suspense casi al uso. Y digo casi. La presencia de Lecter es lo que desequilibra la balanza. Una presencia que no sería nada sin la labor de Mads Mikkelsen (La caza). Su forma de abordar el personaje, la elegancia de su expresividad corporal y la forma que tiene de ganar terreno frente a otros personajes secundarios le convierten en un más que digno heredero de la labor de Hopkins. Antes aseguraba que era difícil imaginar a otro actor en este papel. Mikkelsen no solo lo consigue, sino que en determinadas situaciones eclipsa al veterano actor.

No quiero dejar pasar el hecho de que acabo de mencionar a Lecter como un secundario, algo incongruente con el hecho de que la serie se titule Hannibal. La verdad es que, como el personaje que da nombre a la producción, no todo es blanco o negro. En efecto, el protagonista es el personaje de Dancy. Es él el que sufre la mayor transformación, física y mental, y es él el que tiene un objetivo claro y más relevante. Es más, la presencia de Lecter en la trama crece de forma gradual, primero como un secundario al que se le pide consejo y más tarde como un aliado (o no) del héroe de turno. Curiosamente, es ese segundo plano el que más relevancia le otorga, pues le permite convertirse en un marionetista capaz de construir y manejar a todos los personajes a su alrededor. Es él el que dirige la investigación del protagonista, y es él el que juega con su mente. Les suena, ¿verdad? Es exactamente los mismo que ocurre en la ya mencionada El silencio de los corderos. Una prueba más del buen juicio a la hora de mantener la línea argumental.

Claro que el famoso psiquiatra caníbal no solo juega con la mente del protagonista. También con la de los espectadores. Al igual que en la película, durante prácticamente la mitad de esta primera temporada vemos al doctor como un hombre refinado, respetado en su profesión y de costumbres caras pero rutinarias. Evidentemente, cualquiera que conozca el personaje sabe de sus especiales gustos, pero eso es algo que se introduce en el subconsciente del espectador a través del montaje de imágenes tan dispares como Lecter cocinando y un hombre huyendo por un bosque. Es en el capítulo 6, de nuevo convenientemente titulado ‘Entrée’ (entrante o primer plato), en el que se muestra por primera vez la verdadera naturaleza de Hannibal, desencadenando a partir de entonces un torrente de imágenes y de intenciones subrepticias que ofrecen una visión más amplia de la trama y un mayor disfrute del desarrollo dramático de la serie en todos sus aspectos, incluyendo la concesión a algunos momentos caníbales.

Algo que, sin embargo, se muestra desde los primeros instantes en los que el personaje de Dancy empieza a soñar con un enorme ciervo negro. Una visión que le acompaña a lo largo de estos primeros episodios y que le llevan a sospechar del doctor en el tramo final de este descenso a los infiernos de la mente y del ser humano. Es este el elemento más simbólico y, al mismo tiempo, más inquietante por lo que tiene de revelador para el espectador, sobre todo a partir de cierto detalle en la consulta de Lecter. Un tramo final, por cierto, que concluye de forma magistral intercambiando los papeles que en su momento recrearon Hopkins y Jodie Foster (Taxi driver): el agente encerrado y el doctor visitándole en la cárcel.

Hannibal es una de las experiencias televisivas más complejas e inquietantes de la temporada. Su repercusión mediática, a pesar del atractivo del personaje, no ha sido excesivamente masiva. No es de extrañar. Su acabado técnico y su enfoque dramático se alejan mucho de los formatos tradicionales de las series de terror o policíacas. Pero eso precisamente la convierten en una de las series más recomendables. Poder disfrutar de nuevo de la inteligencia de un Lecter como el que compone Mikkelsen es tan gratificante como aterrador. Algo que sin duda se repetirá en la segunda temporada que anuncia, no cabe duda, nuevas vías de exploración de la compleja psique de uno de los mejores personajes de la historia.

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