‘Locke’: La responsabilidad de destruir nuestra vida


Tom Hardy es 'Locke', quien está a punto de acabar con todo lo que tiene.Puede parecer sencillo, pero hacer una película minimalista es más complejo que llevar a cabo un blockbuster veraniego. Si se hace bien puede revelar una serie de componentes artísticos únicos. La nueva película de Steven Knight, que debutó en la dirección con Redención (Hummingbird) el año pasado, es una de esas historias que a primera vista se antojan extrañas, puede que incluso desconcertantes. Sin embargo, el desarrollo dramático está construido de tal modo que el espectador no solo termina comprendiendo todos los matices del personaje protagonista, sino que asiste impotente y atónito a uno de los procesos autodestructivos más interesantes vistos en una pantalla de cine.

Sin duda, la propuesta de Knight es arriesgada. Ubicar a un único personaje en un escenario tan limitado como un coche es una de esas decisiones que tienen todas las papeletas para que salga mal. Requiere de una variedad visual enorme y de una interpretación lo suficientemente intensa como para no aburrir al espectador. Locke posee ambos pilares, sobre todo el segundo. Si la apuesta formal es notable, girando siempre alrededor de ese manos libres que no para de sonar, la labor de Tom Hardy (Origen) como único intérprete, manteniendo sobre sus hombros una película de casi hora y media, es brillante. El actor logra dotar de una entereza y de un dramatismo únicos a un personaje obsesionado por no repetir los errores de su padre, por hacer lo que considera correcto aunque eso le condene y destruya una vida que se antoja, por teléfono, perfecta.

Porque sí, el teléfono es parte fundamental de la trama, casi otro personaje. A través de las diferentes conversaciones que mantiene con su jefe, su mujer, un empleado, … el espectador asiste a una situación habitual que, como es lógico, genera confusión durante los primeros minutos por desconocimiento previo. Empero, son esas mismas conversaciones las que terminan por revelar todos y cada uno de los matices de la situación que vive el protagonista, otorgando a la película una identidad propia y única que, si bien no posee grandes giros narrativos, si crea una espiral de descontrol que el protagonista provoca por sus decisiones pasadas, presentes y futuras, creando al mismo tiempo toda una serie de reflexiones a tener en cuenta. Quizá lo más interesante del conjunto sean los motivos que llevan al personaje de Hardy a la situación en la que se encuentra, que curiosamente surgen de una discusión con sus propios demonios.

Locke se convierte con el paso de los minutos en una brillante reflexión sobre la responsabilidad, sobre las decisiones y sobre las salidas que la vida nos ofrece a medida que crecemos. En este sentido la carretera adquiere un notable carácter simbólico que Tom Hardy aprovecha para componer un personaje soberbio, incapaz de ser superado por las circunstancias al ser él mismo el que las ha creado. El aplomo del personaje ante sus decisiones, incluso aunque estas destruyan todo su mundo conocido, puede llegar incluso a generar escalofríos por la frialdad que poseen, si bien es cierto que el final evidencia el carácter teatral de dicha postura. Steven Knight compone así un viaje a los abismos del ser humano y un estudio sobre las decisiones y la idoneidad de la responsabilidad en situaciones límite. Una película que puede parecer excesivamente lineal en su desarrollo, pero que obliga a pensar en ella durante bastantes kilómetros después de salir de la sala.

Nota: 8/10

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‘Shutter Island’, la colaboración más compleja de DiCaprio y Scorsese


Leonardo DiCaprio y Michelle Williams en un momento de 'Shutter Island', de Martin Scorsese.Dice Leonardo DiCaprio que para El lobo de Wall Street, su última película con Martin Scorsese tras las cámaras, tuvo que convencer al director, con el que quería trabajar a toda costa porque, entre otras cosas, le considera su mentor. Ya hemos comentado en este espacio que el protagonista de Origen (2010) está en proceso de cambio, en una evolución hacia personajes más complejos y profundos. Todo como parte de un intento por dejar atrás esa imagen de chico guapo que cultivó en sus primeros años. No es casualidad que tenga en tan alta estima a Scorsese, pues dicho cambió empezó a fraguarse con Gangs of New York, primera colaboración de ambos, en 2002. Sin embargo, hoy quiero poner el foco sobre otra película más compleja, posiblemente el papel más difícil al que se haya enfrentado el actor y, sin lugar a dudas, una de las más bellas e inquietantes obras del director: Shutter Island (2010).

La trama, basada en la novela de Dennis Lehane, se ambienta en 1954, cuando un Marshall viaja hasta una isla para investigar la desaparición de una paciente de un hospital psiquiátrico conocido por sus técnicas pioneras en el tratamiento de diversas enfermedades mentales. Junto a su compañero deberá iniciar una investigación que poco a poco se convertirá en un laberinto plagado de asesinos, recuerdos de un pasado doloroso y secretos en cada esquina. Un laberinto cuya salida será más traumática que los secretos que guarda. Planteada como cine negro de corte muy clásico, la película es una de esas producciones que, con el paso del tiempo, ganan en presencia, convirtiéndose cada vez más en un referente. Y lo hace fundamentalmente por tres factores: su director, su protagonista y su fotografía, amén de un guión deliciosamente sutil.

De todos ellos, tal vez los más relacionados entre sí sean los dos últimos. Texto e imagen, desarrollo dramático y cromatismo. Uno de los grandes aciertos del film reside en saber combinar dichos elementos de forma totalmente armónica, creando un microcosmos insano, gris y sucio que no solo genera ansiedad solo con observarlo, sino que introduce al espectador en el frenesí de una investigación en la que los secretos se vuelven más y más evidentes con el paso de los minutos. Gracias a la labor de Robert Richardson (Django desencadenado), Scorsese logra una ambientación única, un mundo en el que los colores apenas existen, en el que todo es tan irreal y al mismo tiempo escalofriante que da la sensación de que, en cualquier momento, el género fílmico cambiará hacia uno más terrorífico o fantasioso.

Afortunadamente, nada de eso ocurre. Sin embargo, eso no impide que no haya lugar para la ensoñación. En este sentido, tanto director como director de fotografía destacan las denotadas diferencias entre un ambiente y otro, el primero con una planificación más pausada y menos asfixiante (planos más amplios pero igualmente incómodos) y el segundo recurriendo a una gama más vívida de color. Esos contrastes ensalzan, al mismo tiempo, un arco argumental especialmente elaborado para no dejar nada al azar, para no permitir que la verdad se sepa hasta el final. No existen concesiones en esta lucha intelectual con el espectador. Shutter Island está pensada para atrapar, y lo logra con creces.

Entre el monstruo y el hombre

Ya he mencionado que la labor de Scorsese tras las cámaras, y no seré yo quien vaya a descubrir a estas alturas el genio de este director. Empero, sí es conveniente señalar algunos hallazgos del film. Uno de ellos es, sin duda, el recurso visual de utilizar planos muy cerrados para los interiores y más amplios para los interiores. Esta opción, lejos de provocar contraste, sigue una pauta narrativa realmente eficaz. Ambos son dos pilares de esa sensación de desasosiego, miedo y descontrol que parece adueñarse del argumento. Ambos son, en definitiva, el sentido visual de un texto que avanza entre sombras y recovecos para no llegar nunca a mostrar el verdadero puzzle en el que se mueve el protagonista.

Y con él, con el protagonista, llegamos a la labor de DiCaprio. Comenzaba asegurando que es su trabajo más complejo. Durante los últimos años el actor ha abordado roles realmente conflictivos, muchos basados en personalidades extravagantes de personajes reales. Sin embargo, lo que logra con este Teddy Daniels es asombroso. Ya desde su primer plano logra definirlo casi con una mirada, una mezcla de cansancio, tristeza y desazón. Sin saber nada de él el espectador es capaz de intuir que algo no funciona como debería. Aunque no es esto, evidentemente, lo más destacable. A lo largo de las aproximadamente dos horas y diez minutos de metraje el actor sufre la transformación de su personaje, tanto física como psicológica.

Gracias principalmente a las secuencias oníricas, DiCaprio muestra de forma progresiva una transformación de la naturaleza de su personaje, que pasa de ser un hombre de la ley a un prófugo, un hombre perseguido por sus demonios (a los que parece querer controlar en esos primeros minutos) e incapaz de escapar a su propia obsesión por solucionar un rompecabezas que se complica a medida que su historia personal se involucra en la investigación criminal. Una evolución que culmina con una revelación impactante y una decisión moral tan difícil como comprensible. Un momento que el actor aprovecha para mostrar, una última vez en la película, la dualidad de su personaje con apenas una mirada. Lejos del histrionismo en el que podría haber caído, el protagonista de Revolutionary Road (2008) busca en todo momento el control, al cordura en medio de tanta locura. El resultado es un descenso a los infiernos sobrecogedor.

Shutter Island es uno de esos fenómenos que ganan peso, y mucho, con los años. Un film que en su momento tal vez no tuvo la repercusión que cabría esperar pero que, una vez descubierta, se convierte en un thriller imprescindible. Y no solo lo es por la trama, brillante y trágica, sino por su apartado más artístico. Diseño de producción, vestuario, música, … pero sobre todo fotografía, dirección e interpretación. DiCaprio destaca, es cierto, pero sería injusto no mencionar al resto del reparto (Mark Ruffalo y Ben Kingsley sobre todo), aunque solo sea para destacar aún más la compleja labor del actor en un personaje de estas características. Tal vez sea este el año de DiCaprio, pero durante la última década ha dejado para la posteridad una buena cantidad de personajes. Sin duda, este ha sido uno de los más interesantes.

‘La red social’, innovar en historias de personajes contemporáneos


Andrew Garfield, Joseph Mazzello y Jesse Eisenberg, protagonistas de 'La Red Social'.Las biografías de personajes influyentes en la sociedad, ya sean históricos o contemporáneos, siempre ha sido un tema muy apreciado por cineastas y actores. Quizá la mejor prueba de ello sea que aquellos intérpretes que adoptan las características de dichos iconos suelen estar nominados a la mayoría de premios, consiguiendo muchos de ellos. Ashton Kutcher (Algo pasa en Las Vegas) será el último en sumarse a esta tendencia con su papel en jOBS, que aborda la vida del fallecido creador de Apple y que en pocos días llegará a medio mundo. Casualidad o no, hace tres años el mundo de la informática e Internet ya fue tratado en otra recreación de la vida de uno de los gurús de este mundo: Mark Zuckerberg, creador de Facebook. La red social, dirigida por David Fincher (El curioso caso de Benjamin Button), es uno de esos experimentos audiovisuales en los que una historia aparentemente poco cinematográfica se convierte en una pieza de estudio desde varios puntos de vista.

Y digo lo de “aparentemente poco cinematográfica” porque poco hay en su trama que pueda destacarse como algo fuera de lo común. El argumento no tiende en ningún momento a generar sorpresa o intriga. Ni siquiera provoca cierto malestar, salvo que se considere al protagonista como el verdadero villano del film (algo que, por cierto, se consigue en muchas ocasiones). El verdadero atractivo de la película, por tanto, reside en el retrato que se hace de los personajes y en la labor del propio Fincher, que vuelve a demostrar su talento en un film que, repasando su filmografía, encaja poco con sus otros proyectos.

Esto no es algo casual. Si los personajes tienen el peso que tienen en la trama es gracias a la labor del que es uno de los mejores guionistas en la actualidad: Aaron Sorkin (serie The Newsroom). Su habilidad innata para crear diálogos frescos y dinámicos en los que el contenido de lo que se dice es fundamental para comprender el desarrollo dramático, así como su capacidad para crear situaciones y secuencias corrientes cargadas de significado convierten esta historia sencilla en un estudio sobre la ambición, sobre la amistad (o la falta de ella) y sobre el poder de controlar nuestro entorno. Lo más destacable en este sentido posiblemente sea su retrato del protagonista, un hombre cuya alarmante falta de empatía y su egocentrismo sobrepasan el resto de aspectos de su personalidad.

Hace poco tuve la oportunidad de hacerme con una copia del libreto de la película en su versión original. Y tras leerlo solo se pueden destacar dos aspectos. Uno es precisamente esa agilidad a la hora de componer diálogos, entre otras cosas porque son textos cortos, incisivos y muy calculados. El otro es que cualquier estudiante de guión debería analizarlo en profundidad. Tal vez no en el sentido de la estructura dramática del film, sino en la forma de escribir, de estructurar la acción en cada una de las secuencias. Y todo ello sin la necesidad de contar una historia original o creativa. Simplemente adaptando el libro escrito por Ben Mezrich sobre una historia que, por su actualidad, buena parte de la sociedad ya conoce. Ahí radica el éxito de la obra.

El tándem perfecto

Claro que todo este aspecto narrativo es conveniente analizarlo una vez visto el film y leído el texto original. El otro gran pilar de la película, el visual, es mucho más directo y atractivo. Como ya hemos señalado, la historia en sí misma tiene pocos alicientes. Un drama de estas características con algún que otro detalle de intriga ofrece pocas posibilidades a la innovación, no digamos ya a la revolución. Empero, David Fincher logra crear algunos de los momentos más interesantes en lo que podríamos llamar una lección de dirección cinematográfica en toda regla.

La red social es un claro ejemplo de la máxima que obliga a no planificar por encima de las posibilidades de la historia. Y una trama como esta exige una planificación más bien neutral, con poco margen para filigranas con la cámara. Eso no impide que haya algunos momentos brillantes que, todo hay que decirlo, tienen buena parte de su mérito en el montaje, la fotografía o la música. En este aspecto hay dos momentos que pueden ser reveladores. Uno de ellos es la secuencia inicial, aquella que nos define al protagonista y que pone la semilla para el posterior desarrollo de la serie. Es una simple conversación de dos personajes sentados en una mesa. ¿Hay algo más simple y más manido? Puede que no, pero Fincher lo convierte en un frenético intercambio de ideas en el que los planos de uno y otro se suceden casi sin respiro hasta el punto de inflexión de la secuencia, aquel en el que la cámara se para para mostrar un contexto más amplio de la situación. En esta ocasión, la visión del director no hace sino acrecentar el tono del guión, convirtiendo el diálogo en una auténtica batalla verbal.

El otro es la regata. De nuevo, un momento sencillo y con poco margen a la innovación. Y si bien en este caso la planificación no es excesivamente novedosa (aunque tiene algún que otro detalle), resulta interesante comprobar cómo la fotografía y la música pueden jugar un papel igual o más determinante en uno de los papeles fundamentales de todo relato: transmitir emociones. La secuencia va de menos a más en todos sus elementos. Mientras que el inicio es pausado el final es tenso y un tanto dramático. El montaje, al contrario que la secuencia antes analizada, pasa de ser lento y con planos más o menos largos y amplios, a ser dinámico, con planos cortos y centrados en los elementos más significativos de la trama en ese momento. Del mismo modo, la música crece en intensidad hasta llegar al clímax en la resolución de la carrera. Es, como decimos, una forma de dramatizar un momento que a priori no significa nada dentro del cuadro general de la trama para convertirlo en una pieza que aporta una mayor profundidad a los personajes que la protagonizan.

Resumiendo, La red social es uno de esos films que, con los años, deberían ser analizados en profundidad. Tal vez no pase a la historia; tal vez ni siquiera sea el mejor trabajo de cada uno de sus responsables. Pero desde luego es un claro ejemplo de lo que es un buen guión, en su estructura general y en su narrativa particular, y de lo que se puede hacer visualmente hablando si lo que se trata es de narrar con cierta originalidad situaciones cotidianas repetidas hasta la saciedad a lo largo de los años. No por casualidad, Aaron Sorkin y David Fincher, dos de los talentos más interesantes del panorama actual, son los responsables.

‘Mud’: el río se lleva la inocencia de la juventud


Matthew McConaughey es el protagonista de 'Mud', de Jeff Nichols.Con tan solo tres películas el director y guionista Jeff Nichols, cuyo anterior trabajo fue la espléndida Take Shelter (2011), ha demostrado ser una de las conciencias creativas más profundas del actual panorama cinematográfico. Su última propuesta, todo un estudio acerca de la madurez humana y el despertar de la inocencia infantil, no solo mantiene la calidad ya atesorada, sino que descubre al espectador la complejidad de la naturaleza humana, de los sentimientos y, casi por encima de todo, la calidad interpretativa de sus protagonistas.

Sí, la historia es simplemente brillante. Sí, la forma de narrar la idea central de la trama es hermosa en su forma y enternecedora en su fondo. Pero con todo y con eso, cuando se encienden las luces de la sala el espectador solo puede pensar en una cosa: ¿de verdad que el protagonista es Matthew McConaughey (Sahara)? El cambio ha sido drástico pero acertado. El actor, encasillado desde hace tiempo en una cara bonita ideal para protagonizar cintas de dudosa calidad (salvo honrosas excepciones), ya lleva algún tiempo eligiendo meticulosamente los papeles a interpretar, y en Mud simplemente lo borda. Su forma de afrontar un personaje ambiguo, capaz de mentir incluso cuando se trata de sus sentimientos pero guiado siempre por un amor malsano, es magistral. Las miradas, sus constantes dudas y esa falsa voluntad que le mueve en la consecución de su objetivo son las herramientas con las que el actor logra componer un personaje complejo, una especie de versión adulta de la otra sorpresa del film, Tye Sheridan, uno de los chicos en El árbol de la vida (2011).

Y es que ambos personajes se mueven por un mismo ideal: el amor. Da igual que sea correspondido o no; da igual que les introduzca en una caótica espiral de la que nunca tendrán el control. Ambos personajes actúan impulsados por sus respectivos enamoramientos, y por eso conectan tan bien en pantalla. Y ambos sufren, del mismo modo, un despertar emocional de una forma algo cruel. En este sentido hay que reseñar que el film no trata, en el fondo, acerca del amor o del romance. Esta es una historia sobre la madurez, sobre la pérdida de todo aquello que nos ata a una etapa de nuestra vida que hay que dejar atrás. Todo lo que acontece remite indudablemente a la infancia, que queda plasmada en esa casa en el río que es destruida al final del film, y en ese propio río que arrastra todo a su paso como si del caudal de la vida se tratara. Un simbolismo tan sencillo como bello.

No hay que tener miedo a decirlo. Mud es un film excepcional, muy completo y complejo. Tal vez este sea su mayor defecto (si no contamos lo desaprovechado que está Michael Shannon), pues obliga al espectador a prestar atención a todas las sutiles miradas, a todos los elocuentes silencios que hay en el relato. No es una película intimista, sino emotiva. No busca remover la conciencia del espectador, sino sus recuerdos. Es, en definitiva, una historia de madurez, de evolución humana. Una historia universal en la que poco importa la edad que se tenga, pues antes o después es necesario dejar ese idealismo romántico y utópico para aterrizar en el mundo real.

Nota: 8,5/10

‘Spartacus: La guerra de los condenados’, brillante final para el mito


'Spartacus' encuentra su final en la tercera temporada.Hace unos cuatro meses concluyó uno de los experimentos más interesantes de la ficción moderna en televisión. Y digo “experimento” porque es difícil encontrar una cadena de televisión que apueste por un producto como Spartacus en su primer intento de producir algo propio. Como todo el mundo sabrá a estas alturas, esta revisión de la leyenda del gladiador que se levantó en armas contra Roma ha tenido un recorrido irregular y algo tortuoso, marcado principalmente por la inesperada muerte de su protagonista, Andy Whitfield (Gabriel). Tres temporadas y una precuela es el balance que deja la serie, amén de múltiples miembros amputados, violentas muertes y sangre, muchísima sangre. La última temporada, que lleva por subtítulo La guerra de los condenados, es una especie de regresión a los orígenes dramáticos de la serie, combinando intriga y violencia con la efectividad que ha caracterizado siempre al show.

Pero, ¿qué significa esto de la regresión? Una de las cosas más interesantes que tenía aquella primera temporada subtitulada Sangre y arena era que distribuía a partes iguales los feroces combates en la arena con las intrigas políticas en la Roma clásica, siempre con el telón de fondo de la amenaza de la inminente rebelión de esclavos. Sin embargo, si un episodio se destinaba a la violencia, otro tenía necesariamente que contener intriga. La siguiente temporada, sin embargo, centró más su atención en la intriga, principalmente por la obligación de narrar el periplo de Espartaco y los suyos por escapar de Roma. El contenido dramático de esta última, que desde su primer episodio ya anuncia el inevitable y amargo final de los protagonistas, ha entremezclado a la perfección ambos elementos, ofreciendo un espectáculo visual inteligente e interesante en el que las intrigas entre ambos bandos (y dentro de cada uno de ellos) tenían como único fin ganar la guerra.

Se podría decir en este sentido que esta tanda de 10 episodios es la más brillante de todas. Por supuesto, para gustos los colores, pero de lo que no cabe duda es de que su creador, Steven S. DeKnight (serie Smallville), ha sabido aportar algo más a la serie de lo que tenía en un principio. De hecho, lo pone en boca del protagonista, de nuevo interpretado por Liam McIntyre (Ektopos) de forma más que solvente. Dado que en la anterior temporada la motivación principal de estos gladiadores, la venganza, queda satisfecha, los guionistas han tenido que apoyarse en otra justificación: la propia libertad. Espartaco ya no lucha por derrotar a la República ni por ajusticiar a cuantos romanos se cruzan en su camino. Su único fin, generado entre otras cosas por su propia leyenda, es salvar a los miles de seguidores que tiene. No busca, por tanto, enfrentamiento, sino una salida a su cruzada.

Es esta línea argumental la que se desarrolla en esta tercera temporada, y lo hace jugando en todo momento con las emociones del espectador. En Spartacus: La guerra de los condenados se produce extraña sensación provocada por el conocimiento del final del protagonista y la impresión de que los responsables podrían reescribir la Historia otorgándole una salida. No sería extraño teniendo en cuenta que introducen en la trama el personaje de Cayo Julio antes de convertirse en César (Todd Lasance). El resultado es un mensaje de esperanza y de amargura, de libertad y de muerte, que está aderezado con algunas de las batallas y ejecuciones más violentas vistas en la serie. Y eso es decir mucho. Baste como ejemplo la Decimatio que tiene lugar en las filas romanas. Sin palabras.

En cierto modo, Spartacus se ha convertido en esta última temporada en un enfrentamiento intelectual y físico entre los dos grandes pilares que han sostenido toda la serie: romanos y gladiadores. Ya en Spartacus: Venganza se presentó parte de este enfrentamiento, pero el hecho de que la motivación fuera la venganza limitaba mucho las posibilidades dramáticas del conjunto. Ahora, y con la bandera de la libertad como estandarte, la serie se convierte en una lucha de ideologías, en un combate por defender unos estilos de vida muy diferentes. Curiosamente, y a pesar de las múltiples muertes que se producen en el bando de Espartaco, el resultado que cabría interpretar es que la libertad siempre termina imponiéndose, cueste lo que cueste.

Cuatro de los protagonistas de 'Spartacus: War Of The Damned'.Los cuatro mosqueteros

Y vaya si cuesta. Spartacus: La guerra de los condenados contiene algunos de los momentos más salvajes, espectaculares y violentos de toda la serie, como ya hemos comentado. Empero, lo que más llama la atención es la deificación de Espartaco y sus fieles lugartenientes, capaces de acabar ellos cuatro con varias unidades del ejército romano. A medio camino entre la sorpresa y la comicidad, las secuencias en las que ellos combaten casi en solitario son algunas de las más conseguidas, con unas coreografías que aprovechan al máximo los efectos digitales tan característicos del producto y las cámaras lentas que ha heredado de 300 (2006). Estos cuatro mosqueteros, además protagonizan algunas de las estrategias más interesantes de los 10 capítulos.

En este sentido hay que destacar que la tendencia vista en la temporada anterior se confirma: menos músculo y más calidad interpretativa. No seré yo quién defienda a capa y espada a los actores de la serie, la mayoría empezando sus carreras y muchos con limitaciones evidentes en los momentos más dramáticos. Sin embargo, funcionan mejor que en etapas anteriores, bien porque se conocen, bien porque el desarrollo emocional de todos ellos es mayor, otorgándoles la oportunidad de potenciar más su trabajo. La pareja formada por McIntyre y Manu Bennett (serie Arrow) se ha consolidado hasta convertirse casi en las dos facetas de un personaje del que se sabe más bien poco, como si ambos personajes fueran las dos motivaciones del verdadero Espartaco: acabar con Roma o alcanzar la libertad más allá de sus fronteras. Uno es la inteligencia, el otro la fuerza. Uno la destreza, el otro la valentía desmedida. Ambos forman un ser formidable. La muerte de uno supone un golpe mortal, tanto moral como físico.

Aunque tal vez el personaje que más atraiga sea el de Gannicus, interpretado por Dustin Clare (Goddess), no tanto por su carisma como por la evolución que ha tenido. Presentado en la precuela Spartacus: Dioses de la arena rodada durante la lucha contra la enfermedad de Whitfield, su recuperación en la segunda temporada fue un golpe de efecto interesante, pero su crecimiento en esta última ha sido ejemplar. No solo ha contado con sus propias tramas secundarias (ofreciéndole como enemigo eterno al mismísimo Julio César), sino que se ha erigido como el Espartaco colgado en la cruz. Para los que no hayan visto la temporada, uno de los episodios da comienzo con varios de los gladiadores afirmando ser Espartaco, en claro homenaje a la película de Stanley Kubrick (La chaqueta metálica) de 1960. Al final el verdadero líder de los esclavos no termina colgado, pero el simbolismo de crucificar en la vía Apia a uno de los que afirman ser él refleja el carácter de ficción histórica que ha manejado la serie.

Desde luego, la serie Spartacus no es un producto apto para todas las sensibilidades. Su apuesta por la violencia y la sangre ha teñido desde el primer momento el resto de pilares narrativos, mucho más interesantes y, a la larga, verdadera alma de la ficción. Sin embargo, sería muy injusto calificarla como simplemente un entretenimiento salvaje y visceral. La tercera temporada ha demostrado que hay algo más, unos conceptos dramáticos muy asentados y un desarrollo de personajes bastante más profundo de lo que podría esperarse. Es el ejemplo perfecto de que pueden combinarse ambas tendencias. ¡Ah! Para aquellos que hayan seguido toda la serie, imprescindible el homenaje del episodio final a todos los personajes que han pasado por la serie, incluyendo al Espartaco inicial. Emotivo como pocos.

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