‘El ladrón de palabras’: las muñecas rusas del mundo literario


Una historia dentro de otra y que, a su vez, narra una tercera. La idea no es ni mucho menos nueva, pero en función de cómo se afronte puede dar como resultado una muy interesante película, sobre todo si lo que cuenta tiene un trasfondo más allá de los tópicos propios de un género. Brian Klugman y Lee Sternthal han elegido dicha estructura para su primera película a cuatro manos como directores y guionistas. Y el resultado, como en muchas obras primerizas, se queda a medio camino entre el todo y la nada.

Desde un punto de vista dramático, la historia posee los suficientes elementos como para ser atractiva y enganchar al espectador a medida que acompaña al protagonista en sus deseos y frustraciones, así como en el error más grande de su vida. Error que, como suele ocurrir, no descubre hasta bien avanzada el arco narrativo, y que queda revelado por la aparición de un anciano (magnífico Jeremy Irons). El principal escollo que encuentra el film es, precisamente, la entrada en escena de este personaje. Su presencia apunta hacia un camino dramático que los autores evitan con todos los recursos narrativos posibles, lo que genera algo de confusión y, sobre todo, cierta indiferencia que convierte la película en una historia más sobre el plagio, la falta de sinceridad personal y el dolor de una historia maldita.

La película se desinfla hacia su tramo final. No solo ya por la historia del escritor y el anciano, sino por la falta de intensidad dramática en los conflictos familiares y morales que se le presentan al joven que ha hecho suyas las palabras de otro. Por otro lado, la presencia del personaje de Dennis Quaid (narrador de toda la historia) y su reflexión final sobre el devenir de los personajes de su libro deja en entredicho la resolución de una historia que, ya de por sí, parece inconclusa en la resolución de las líneas dramáticas secundarias a las que da lugar el detonante de la historia.

Tal vez sea la narrativa que combina hasta tres espacios, tres tiempos y tres protagonistas diferentes; tal vez sea la pérdida paulatina de interés ante la falta de conflicto real. El caso es que El ladrón de palabras no termina de convencer. Se presenta como una historia con alma, una historia que se vende como diferente, pero al final se mira en demasiados espejos sin llegar a parecerse a ningún reflejo pero con muchos miembros de todos.

Nota: 6/10

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