‘St. Vincent’: la bondad oculta de Bill Murray


Bill Murray es 'St. Vincent', de Theodore Melfi.Una de las cosas más hermosas del cine es que, aunque pasen los años, siempre puede sorprender. Y a medida que el tiempo avanza dichas sorpresas suelen esconderse tras títulos a priori menores pero de una calidad artística, dramática y humana admirables. Ya le gustaría a muchos de los supuestos dramas modernos lograr la honradez del nuevo film de Theodore Melfi (Winding Roads), una obra hecha a la medida de su protagonista pero que es capaz de sobreponerse a su labor para convertirse en una obra bella en todos los sentidos. Y todo ello sin hacer demasiado ruido, lo cual puede que no le reporte ingentes cantidades de dinero pero sin duda dejará más de una nominación.

De hecho, algunas ya han llegado como reconocimiento a la labor de Bill Murray (Atrapado en el tiempo), quien demuestra, una vez más, el grandísimo actor que es. Es cierto que su personaje se enmarca en sus papeles habituales de hombre malhumorado, algo cascarrabias y cuyo rechazo de aquellos que le rodean es una lamentable pose que termina por aislarle de la sociedad. Y sí, es cierto igualmente que tras esa fachada se esconde un ser humano entrañable, entregado al amor de su vida y con una bondad muy por encima de la media. Pero con todo y con eso, el verdadero reto llega con el segundo punto de giro, que aquí no desvelaremos. Es en ese punto cuando su actuación alcanza niveles que pocos actores logran con el realismo, la sencillez y la sinceridad con que lo hace Murray.

Aunque independientemente de su papel, la película es un atractivo mapa de las complicadas relaciones humanas que a veces nos toca vivir. El vínculo creado entre este anciano y el niño al que debe cuidar termina por convertirse en un reflejo de lo que un padre debería ser, aunque visto a través de un filtro algo distorsionado. El discurso final del joven al que da vida el debutante Jaeden Lieberher así lo demuestra. El santo no es, por tanto, aquel que se comporta de forma recta e inmaculada, sino aquel que ayuda a sus semejantes en el sentido más amplio de la palabra “ayuda”. Bajo este prisma se desarrollan toda una serie de relaciones que derivan en la idea de que cada uno recibe lo que da a los demás, ofreciendo al protagonista una segunda oportunidad.

Tal vez St. Vincent no sea una gran obra (algunos pasajes de su desarrollo son demasiado simples), pero sin duda es una película entrañable, que deja un buen sabor de boca y que logra hacer reír con algunas situaciones realmente difíciles. Es la magia del buen cine. Y buena parte de la responsabilidad la tiene Bill Murray, aunque es justo reconocer que todo el reparto, en líneas generales, logra una labor notable. Es lo que ocurre cuando una película se hace con el sentimiento de estar contando algo importante, aunque solo sea para el reducido equipo de personas que participan en un rodaje. Esa sinceridad traspasa la pantalla para reclamar la atención del espectador, y desde luego lo consigue.

Nota: 7/10

‘Divergente’: no quiero ser una sola cosa


Shailene Woodley y Theo James protagonizan 'Divergente', de Neil Burger.Soy consciente de que con los años se adquiere una perspectiva sobre lo que nos rodea que no se tiene a edades más tempranas, pero incluso así me resulta sorprendente la cantidad de novelas juveniles que están surgiendo en los últimos años (y sus correspondientes adaptaciones cinematográficas, claro) y que son, en esencia, idénticas. Me imagino que esto ha pasado toda la vida, incluyendo mis años adolescentes, pero parece que Hollywood ha decidido explotar al máximo este fenómeno en los últimos años, provocando una saturación de proyectos cuyas intenciones van poco más allá de llenar salas. Lo cual es muy loable siempre y cuando no resulte ofensivo incluso para los menos exigentes. Esto último es lo que le ocurre al nuevo film de Neil Burger (Tipos con suerte).

En líneas generales, Divergente es un film de aventuras con cierto mensaje revolucionario de fondo que entretiene, o mejor dicho distrae durante sus excesivos 139 minutos. Con un diseño de vestuario que parece sacado de lo que se rechazó en Los Juegos del hambre, la película aprovecha bastante bien sus momentos de acción para conformar un entramado dinámico que apenas pierde fuerza durante sus momentos más narrativos. Bien es cierto que el hecho de tener que explicar la estructura social dominante genera un interés que, sin duda, deberá ser sustituido por algo más en las próximas secuelas, la primera de ellas empezando a rodarse en estos días. El entrenamiento al que es sometido la protagonista, una Shailene Woodley (Moola) que ni encandila ni molesta, se termina convirtiendo en lo mejor del film junto a esa especie de golpe de estado final perpetrado por el personaje de Kate Winslet (Descubriendo Nunca Jamás), de largo la mejor del reparto junto a Jai Courtney (Felony).

Pero el hecho de que no sea un insulto a la inteligencia no implica que no sea mejorable, más bien al contrario. La cinta no ahonda nunca en algunos de los conflictos más interesantes que propone, como es la lucha de poder entre las distintas facciones que viene a desmentir esa idea instaurada en el film de sociedad idealizada. La necesidad de narrarlo todo desde el punto de vista de la joven protagonista impide, por ejemplo, desarrollar algo más algunos villanos y algunos secundarios, algo que habría aportado más dramatismo al conjunto. Además, y aunque no sea necesariamente una debilidad, existe cierta tendencia a infantilidad algunas situaciones. La película se mueve entre la seriedad que aportan los actores más maduros (que por extensión interpretan los personajes más interesantes) y el abandono al género adolescente más tópico y previsible (la relación romántica, la amistad, la ausencia total de sangre). Uno de los mejores ejemplos de esa dualidad es la labor del propio director, quien alterna secuencias muy logradas (el descenso por el cable) con otras bastante confusas o poco convincentes (en general, las peleas).

En cierto modo, Divergente logra un equilibrio entre los dos mundos que representa, tanto formalmente como interpretativamente. Empero, este equilibrio es precisamente lo que impide que alcance el potencial que podría tener, quedándose en un mero producto adolescente que, todo hay que decirlo, sabe cuál es su sitio y cuáles son sus posibilidades. Teniendo esto en cuenta, y sin tomarse demasiado en serio algunos de sus momentos, la cinta se deja ver con cierta frescura, perdiendo ritmo hacia su tercio final pero sin resultar ridícula, como sí ha ocurrido con otros films de características similares. En resumen, podría ser peor. Mucho peor. Es de suponer que en ocasiones futuras aproveche algo más todo el trasfondo social del orden y el control en oposición al libre albedrío que ahora mismo solo se intuye. Pero eso tendrá que ser en un año aproximadamente.

Nota: 6/10

Diccineario

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