‘Atómica’: La espía que destrozó Berlín en 1989


Que actores como Charlize Theron (Lugares oscuros), James McAvoy (Trance) o John Goodman (Día de patriotas) decidan trabajar en la primera película de un director como David Leitch debería ser suficiente para, al menos, despertar la curiosidad del más incrédulo. La combinación de estos nombres, con todo lo que eso conlleva artística y visualmente hablando, han dado lugar a un producto que, si bien es cierto que bebe de muchos films similares anteriores, ofrece un espectáculo único, un complejo puzzle de espionaje, acción y drama que deja algunos de los momentos más interesantes del panorama cinematográfico actual, al menos en lo que a apartado formal se refiere.

Puede que Atómica sea, desde el punto de vista del argumento, algo enrevesada. Basándose en la novela gráfica escrita por Antony Johnston, el film tiende, sobre todo en su tercio final, a rizar el rizo del espionaje, a situar la trama en un nivel de complejidad que no termina de encajar con el tono previo que ha tenido la narración, obligando a una especie de final triple que alarga innecesariamente la historia y que, aunque da un sentido muy distinto a todo lo visto durante las casi dos horas de metraje, también plantea otras dudas que no quedan resueltas como deberían. Eso por no hablar de que la definición de algunos secundarios se realiza de forma tan esquemática que tiende a perderse en la maraña de personajes y tramas que suelen definir este tipo de historias.

Con todo, y aunque parezca increíble, este es un mal relativamente menor. La película de Leitch es un espectáculo visual en todos sus sentidos, desde una puesta en escena que juega con inteligencia con los colores y la calidez o frialdad de la luz, hasta algunos hallazgos visuales sencillamente perfectos, como es ese largo plano secuencia que comienza en la calle, pasa por varias peleas dentro de un edificio y termina en el agua. Eso por no hablar de la intensidad de las secuencias de acción, cortesía de un director curtido en este tipo de situaciones (ha sido especialista y director de segunda unidad de este tipo de secuencias en otros films). Todo ello aporta a esta historia un sabor único, a medio camino entre la decadencia y el kitsch, que se acentúa por una banda sonora imprescindible para melómanos.

La verdad es que Atómica apenas da respiro al espectador para acomodarse en su butaca. Y entre medias, las suficientes secuencias narrativas para explicar el contexto, la trama y la doble moral de muchos de los personajes. Una cinta de espionaje que sin duda evocará varios héroes masculinos del género, y que en esta ocasión tiene a una belleza como Theron repartiendo mamporros con cualquier objeto a su alcance. Espectacularidad, adrenalina y mucha intriga, aunque esta última puede terminar por resultar algo irreal según se acepten o no los falsos finales que presenta. En cualquier caso, es un mal que puede poner una mancha en el expediente de esta espía en el Berlín de 1989, pero que no resta valor al resto de su historia.

Nota: 7/10

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‘El puente de los espías’: hombre firme, hombre tranquilo


Tom Hanks y Mark Rylance protagonizan 'El puente de los espías'.Hay algo en el cine de Steven Spielberg que le diferencia del resto. Dicho así, puede sonar a obviedad, pero lo cierto es que nadie, ni siquiera los mejores directores del panorama actual, tienen la magia que tiene el director de La terminal (2014). Llámese magia, aunque me decanto más por un lenguaje tan particular como universal, capaz de aprovechar al máximo todos los elementos de la narrativa audiovisual para componer cualquier tipo de historia. Y todo ello alejado de histrionismos y montajes alocados que no solo impiden una correcta comprensión de lo que sucede, sino que son señal de poco control sobre el resultado final.

Un director firme y tranquilo, como los protagonistas de El puente de los espías, una de esas cintas que en manos de otro director podría considerarse menor, pero que el talento de Spielberg convierte en un drama humano, en un thriller con tintes sociales y morales muy marcados, en una compleja y sencilla historia, en definitiva. Porque sí, la trama es más bien simple, e incluso su desarrollo dramático es excesivamente lineal. Pero es en lo que sucede durante ese viaje donde se halla el verdadero atractivo del film, principalmente en unos diálogos que juegan en todo momento al gato y al ratón, ofreciendo una segunda lectura que, como sugieren todos los profesores de guión cinematográfico, es lo que debe tener toda conversación.

En este sentido, la mano de los hermanos Coen (Un tipo serio) también se aprecia a lo largo de la trama. Su humor negro y su humanización de los personajes hace de esta historia de la Guerra Fría, de espías y de líderes de la inteligencia norteamericana y soviética, un compendio de ironías a cada cual más notable. Precisamente esto es uno de los valores más interesantes del film, pues permite apreciar el estoico aguante del rol de Tom Hanks (Al encuentro de Mr. Banks), espléndido como siempre, ante los engaños y envites de personajes que se consideran por encima del bien y del mal. La postura de este abogado de seguros ante el suceso, no solo el canje de prisioneros sino, en general, ante la justicia norteamericana, es todo un alarde de sinceridad moral. Y posiblemente esa defensa de los valores norteamericanos, con unos discursos algo patrióticos, es lo que más chirríe en la película.

Y es que, en el fondo, El puente de los espías no es un alegato a favor o en contra de un estilo de vida. Es, simple y llanamente, la defensa de una forma de ser, de la integridad moral del individuo ante los ataques y las tentaciones de la sociedad por dar gusto a los instintos más básicos y primarios, desde el miedo hasta la dominación del otro. Es aquí donde logra los mejores momentos, aunque sin perder de vista el contexto en el que se mueve (la construcción del Muro de Berlín y lo que ocurre en dicho lugar es aterrador). Spielberg vuelve a demostrar, si es que alguien necesita que se lo demuestren, que está lejos, muy lejos, de los grandes directores del momento. No digamos ya de los realizadores encargados de productos precocinados.

Nota: 8/10

La 1ª T de ‘The Blacklist’ logra unir sus tramas en un final prometedor


James Spader es el absoluto protagonista de 'The Blacklist'.Algunas películas y series se caracterizan por tener un punto de partida espléndido. Le ocurrió a Perdidos, por ejemplo. Pero si hay algo fundamental en este mundo del séptimo arte, ya sea en la pequeña o en la gran pantalla, es saber cómo va a terminar la historia antes incluso de que se sepa cómo ha de empezar. Jon Bokenkamp, guionista de Vidas ajenas (2004), debuta en esto de los argumentos seriados con The Blacklist, una producción con buen inicio que puede generar tantas sensaciones favorables como contrarias a lo que narra. Y ello se debe, entre otras cosas, a que su desarrollo tarda en despegar, obligando al espectador a asistir a dos líneas argumentales paralelas que, a pesar de que confluyen hacia el final de la primera temporada, nunca son desarrolladas de forma conjunta, dividiendo cada uno de los 22 episodios en partes demasiado diferenciadas. Pero antes de nada, el argumento.

La serie da comienzo cuando un antiguo agente del Gobierno de los Estados Unidos acusado de diversos y graves delitos se entrega al FBI después de haber estado escondido durante décadas. Ofrece a las autoridades los nombres de los más peligrosos y despiadados criminales, pero a cambio solo quiere tener a una analista de perfiles como contacto. Lo que comienza siendo una caza y captura de la lista negra a la que hace referencia el título pronto desvela una serie de secretos que envuelven la vida de la agente del FBI y del agente del Gobierno. Con lo dicho hasta ahora cualquier aficionado al thriller habrá sufrido, al menos, un atisbo de curiosidad. Y lo cierto es que este último aspecto del argumento, aquel relacionado con el pasado de los personajes, es sin duda lo más relevante de la serie y el auténtico motor de que haya podido superar la primera temporada completa. Es más, el irregular desarrollo dramático gana enteros cuando se centra en este aspecto, perdiendo fuerza en aquellas situaciones centradas en los criminales que persigue el grupo especial del FBI. No quiere decir esto que los casos investigados no tengan relevancia (algunos son tan llamativos como espeluznantes), pero su presencia remite demasiado a las clásicas series policíacas que tanto abundan en la parrilla.

Dos líneas argumentales, como decía, que encuentran un nexo de unión hacia los últimos episodios de la temporada, sin duda lo mejor de The Blacklist. Quizá el mayor “pecado” de esta serie sea la descarada división que Bokenkamp hace en todos los episodios, destinando alrededor de 30 minutos al caso y unos 15 a generar intriga con el oscuro pasado de los dos protagonistas. Una división que se antoja antinatural, obligando a los personajes (y al espectador) a resolver un caso para poder tener acceso a algo de información mucho más interesante. La principal consecuencia de esto es, precisamente, el innecesario desgaste de la trama. El equipo del FBI es presentado como un grupo de marionetas bajo las órdenes de un hombre cuyos contactos, conocimientos y habilidades le permitirían perfectamente solucionar los casos sin ayuda de nadie. El corto desarrollo de los crímenes y sus precipitadas resoluciones no hacen sino confirmar la idea de que son una mera excusa de algo más interesante.

Y la verdad es que si atendemos a la conclusión de estos primeros episodios, es infinitamente más interesante. Hay que reconocer que la temporada posee su principal punto de giro hacia la mitad del desarrollo con el ataque a la sede secreta del FBI en un episodio doble. Es a partir de ese momento cuando las piezas del puzzle creador por sus autores cobra algo de sentido. La revelación paulatina de secretos, que concluye con un final abierto a una segunda temporada que se antoja muy distinta, dota al conjunto de un cariz mucho más relevante de lo presentado hasta ese momento. Los personajes, sobre todo los secundarios, crecen en importancia; la trama, hasta ese momento episódica, se torna más compleja, nutriéndose de todo lo vivido con anterioridad (los casos encajan entre ellos y muchas de las incógnitas encuentran sentido al unirse unas con otras) y abriendo la puerta a nuevos secretos producidos por una guerra cuyos primeros conflictos solo se han atisbado a ver. Esta promesa de algo distinto, más grande que lo anterior y sin tantas distracciones, es lo mejor que le podía ocurrir al futuro de la producción.

De actores y personajes

The Blacklist se podría definir como un intento por llevar las series episódicas de policías al nivel de las mejores series que actualmente se producen. No quiero hacer comparaciones con ninguna porque es inevitable que se produzca un agravio, pero presentar un arco dramático con tantas sombras y contar con personajes cuyos pasados influyen irremediablemente en las decisiones del resto es un ejemplo del futuro que podría aguardar a la serie. Y hablando de personajes, es inevitable hablar de la labor de su protagonista, un James Spader (serie Boston Legal) espléndido en un papel con infinitos matices que le mantienen siempre en un delicado equilibrio entre el héroe y el villano, entre el salvador y la víctima. Un rol moldeado por un pasado inmensamente rico y traumatizado en lo que a experiencias se refiere, capaz de una sensibilidad y de una brutalidad extremas. Sus constantes contrastes, unidos a los inevitables secretos que guarda y que no se preocupa en disimular, le convierten en el perfecto anfitrión de The Blacklist, contrastando mucho, curiosamente, con la protagonista femenina.

En efecto, si Spader es la piedra angular de la trama, el personaje de Megan Boone (San Valentín sangriento) es mediocre en exceso, o por lo menos no está a la altura de las expectativas generadas por su partenaire masculino. Tal vez sea porque su personaje tiene un desarrollo más irregular (sus bandazos en lo que a decisiones se refiere son incomprensibles), tal vez porque era necesario un personaje femenino, pero el caso es que ni su interés ni su presencia son demasiado relevantes. La labor de Boone tampoco ayuda, eso está claro, pero hay que reconocer que la joven actriz logra captar más atención a medida que su rol adquiere más presencia (de nuevo, cuando la trama se centra en los secretos del pasado), lo que hace pensar en que no todo es error del intérprete. El tratamiento de su personaje contrasta con el de algunos secundarios, sobre todo con el interpretado por Diego Klattenhoff (serie Homeland), quien comienza siendo un acompañante en la trama para gozar de varios momentos propios, algunos de los cuales determinantes para el desarrollo posterior de la trama. Un arco, en definitiva, mucho más concreto y sólido que eleva al rol algunos peldaños por encima del mero secundario.

Siendo sinceros, hay que reconocer que en líneas generales todos los personajes, incluyendo los villanos, adquieren una mayor presencia a medida que la trama se decanta por esa conspiración mundial para acabar con Raymond Reddington perpetrada por el villano conocido como Berlín. Ya decía que el giro de mitad de temporada es determinante para este cambio, pero son los últimos dos episodios, de nuevo planteados como un díptico (lo cual no creo que sea casual), los que terminan por redefinir la serie. ¿Es necesario todo el proceso? Eso depende de lo que se espere de una serie de estas características. Lo que sí está claro es que la serie, desde su estética a los personajes, pasando por los casos investigados, tiene unas intenciones y expectativas que van más allá de lo que en realidad se termina viendo en pantalla. De hecho, este tipo de cambios en su estructura narrativa a mitad de temporada suelen estar provocados por la necesidad de reenganchar al público, aunque en este caso concreto se antoja más como una ausencia de objetivo claro en los primeros compases de la serie.

Sea como fuere, The Blacklist es un producto que pide a gritos una segunda oportunidad, y lo hace a mitad de temporada. Indudablemente evoluciona de menos a más, integrando cada vez mejor todos sus elementos en un conjunto algo deslavazado en su primera parte. La presencia de un gran villano, la revelación de muchos de los secretos (algunos de ellos intuidos casi desde el principio) y los criminales presentados en la trama son sus grandes bazas, amén de un protagonista inclasificable. Si uno es capaz de superar los primeros capítulos se encontrará con un arco dramático cuyas caras conforman un poliedro que puede dar mucho juego. Eso sí, todo queda a expensas de lo que la segunda temporada ya confirmada nos depare. Por ahora, ha logrado una merecida segunda oportunidad.

‘Hijos del Tercer Reich’, alemanes en una guerra dirigida por nazis


Los cinco amigos protagonistas de 'Hijos del Tercer Reich' brindan antes de separarse por la guerra.Más de 10 millones de euros de presupuesto. Una década de trabajo. Una media de siete millones de espectadores en su país de origen, Alemania. Ese es el balance que deja la miniserie Hijos del Tercer Reich. Tres episodios de hora y media de duración cada uno que narra la II Guerra Mundial desde una perspectiva pocas veces vista: la de los soldados y ciudadanos alemanes. Ante tal fenómeno televisivo la pregunta es obvia: ¿es para tanto? ¿Realmente aporta algo a las incontables aproximaciones al conflicto armado más brutal del siglo XX? Habrá muchos que la critiquen e incluso se sientan molestos por la humanización de los que tradicionalmente se han presentado como villanos en la ficción. Pero esta serie escrita por Stefan Kolditz (Burning Life) y dirigida por Philipp Kadelbach (serie Unschuldig) es mucho más que una simple mirada bondadosa a los nazis.

De hecho, los nazis son retratados como individuos deshumanizados, absorbidos por una ideología en la que no había lugar para la compasión y a los que les importaba más bien poco la muerte de sus soldados o de niños inocentes, como demuestra una de las escenas más impactantes del primer episodio, titulado Otra época. Precisamente es en este punto donde se encuentra el gran atractivo de la serie. Los protagonistas son cinco jóvenes cuyas vidas (auténticas, si tenemos en cuenta las fechas mostradas de cada uno en el último episodio) se mueven más o menos ajenas a ideologías y conflictos bélicos. Dos de ellos, hermanos, están a punto de partir al frente para luchar en una guerra que ni siquiera comprenden del todo, movidos más por un sentimiento generalizado en la población que por una creencia ferviente en la ideología nazi. Una chica también conocerá la guerra de cerca al haber aprobado el examen para enfermera. Y los otros dos, novios desde hace años, vivirán en sus carnes la intolerancia y la hipocresía del régimen: él es judío y ella quiere ser artista, para lo que tendrá que someterse a los deseos de un mando de la Gestapo.

Como se deduce de la premisa con la que se inicia la serie, ninguno de ellos es nazi, sino alemán. Una distinción que muchas veces se pasa por alto pero que en la producción alemana, cuyo título original es Unsere Mütter, Unsere Väter (Nuestras madres, nuestros padres), es la clave para comprender no solo determinadas decisiones, sino la evolución de cada uno de los cinco amigos, auténtico leit motiv de la miniserie. A lo largo de sus episodios el espectador comprueba cómo la guerra fue un infierno para aquellas personas que arriesgaron (y en muchos casos dieron su vida) por su país porque en aquel momento era lo que se respiraba en el ambiente, y no por un convencimiento pleno de lo que Hitler promulgaba. Para estos jóvenes la guerra se antojaba un paseo (como de hecho fue el avance alemán hasta la invasión de Polonia), un compromiso con su país. Una actitud, en definitiva, similar a la de otros soldados de todo el mundo, con la diferencia de que al frente se hallaba el partido nazi.

Para poder comprender algunos de los detalles es imprescindible tener todo esto en cuenta. Es la base para que, por ejemplo, la frustración y desilusión del personaje de Volker Bruch (El lector) tenga sentido. O para que el calvario que sufre Greta, personaje interpretado por Katharina Schüttler (Oh boy) adquiera un mayor significado. Esto no quiere decir, ya lo mencionábamos, que los órganos de gobierno alemanes no queden retratados como lo que eran. Prácticamente todo aquello que se aleja del frente se antoja cruel, hasta sádico, capaz de tomar decisiones sin importar las vidas de sus soldados, cada vez más jóvenes a medida que el conflicto llega a su fin. Capaces de asesinar a niños, de dar órdenes prácticamente suicidas y de provocar una reacción de rechazo allá por donde pasan. Un rechazo que sufren en sus carnes los soldados, no ellos.

Mención aparte merece el tema de los judíos, abordado aquí de forma tangencial en lo que se refiere a las decisiones internas de Alemania, y más frontalmente en la actitud del resto de países con este pueblo. De hecho, si tuviese que señalar algo impactante sería el trato que recibe el amigo judío de aquellos que luchan contra el ejército nazi y que, se supone, se oponen a su ideología. Hijos del Tercer Reich deja perfectamente claro que el odio a los judíos no era algo exclusivo de Hitler, como muchas veces se ha querido vender. A partir del segundo episodio (posiblemente el mejor de los tres), titulado Otra guerra, la serie centra buena parte de sus esfuerzos en mostrar que los judíos son tratados como auténticos parias, condenados al rechazo absoluto allá donde vayan. Da igual el país en el que estén. El odio, el desprecio que se desprende de los diálogos y de ciertas actitudes, no deja de ser sorprendente a la par que inquietante.

La guerra te transforma

Todos estos aspectos, sin embargo, son los pilares que enriquecen la trama principal, que como decíamos más arriba es la evolución de cada uno de estos cinco amigos. O más bien, cómo la guerra les convierte en algo muy diferente a lo que eran cuando se separaron tras esa despedida en plena noche en un bar. En este sentido, las miradas que se cruzan los supervivientes cuando regresan al bar, prácticamente el único símbolo que queda en Berlín de glorias pasadas, son impecables. Miradas que combinan la culpa, el odio, la derrota y la desolación en ese final del tercer episodio titulado Otro país. Capítulo, por cierto, que contiene algunos de los momentos más indignantes de toda la serie, como es la revelación de que algunos mandos nazis lograron salvarse gracias a su colaboración con los rusos.

Unas evoluciones que no consisten tanto en dar un giro de 180 grados a su forma de ser como en mostrar la madurez forzosa que deben realizar todos y cada uno de ellos. Sí, hay algunos cuyo cambio es más simple, por decirlo de algún modo (caso del personaje de Bruch, que pasa de ser un entusiasta soldado a un desertor que no entiende el sentido de la guerra). Pero de hecho, ni es el más enriquecedor de la trama ni el más interesante. Es realidad, cada una de las cinco historias supone una especie de hilo conductor que, unido a las demás, conforma un tejido dramático que ofrece una visión completa y bastante trágica de cómo esta guerra fue también un infierno para los alemanes.

Empero, todo lo que la miniserie posee a nivel dramático, fruto de los años de investigación, le falta a nivel visual y narrativo. No significa esto que esté mal contada o resulte irregular en su exposición de los hechos, sino que aporta más bien poco a la forma de contar el conflicto. Tal vez sea porque Steven Spielberg ha sentado un precedente de difícil comparación con Salvar al soldado Ryan (1998) y el díptico formado por las series Hermanos de sangreThe Pacific, pero lo cierto es que el estilo de la producción es excesivamente formal y manido en los momentos bélicos, mientras que los acontecimientos que ocurren en la retaguardia no poseen la intensidad que podría esperarse de ellos, sobre todo en lo concerniente a la Gestapo o a los nazis.

Pero en cualquier caso, Hijos del Tercer Reich es una producción relevante en lo que a la II Guerra Mundial se refiere, principalmente porque aporta una visión fresca y diferente a lo que tradicionalmente estamos acostumbrados a ver. Quizá la mejor prueba de su valía sea el hecho de que la rabia, la pena y la angustia se apoderan del relato y del espectador a medida que los jóvenes idealistas y soñadores se convierten en adultos cínicos y desilusionados. Un proceso trágico que ninguna persona debería vivir. Un proceso que no hace distinción entre rusos, americanos, franceses o alemanes. Alemanes, no nazis.

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