4ª T. de ‘Mozart in the jungle’, un inesperado y sobresaliente final


Uno de los efectos secundarios habituales de las series es que dejan una sensación casi de orfandad cuando llegan a su fin. Una sensación de haber terminado una etapa de nuestras vidas que no volveremos a recuperar, al menos no del mismo modo. Y cuanto más dura la serie, más acentuada es esa sensación. Pero cuando una producción de este tipo se cancela casi sin previo aviso y, por lo tanto, no es posible llegar a terminar su historia de forma correcta, lo que el espectador puede llegar a sentir es algo muy diferente, a medio camino entre la pérdida y la indignación, entre la frustración y la pena. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido con la cuarta temporada de Mozart in the jungle.

Y es que esta comedia con la música como telón de fondo ha finalizado, y curiosamente no lo ha hecho con un final abierto. Más bien, la trama que ha centrado estos 10 episodios ha tenido un arco dramático completo, situando a los personajes ante nuevos retos de futuro. Y eso es precisamente lo que genera más frustración. La serie creada por Alex Timbers, Roman Coppola (Moonrise kingdom), Jason Schwartzman (Viaje a Darjeeling) y Paul Weitz (El circo de los extraños) termina planteando nuevos hilos conductores que ahora se quedarán sin resolver, como si sus autores tuvieran la esperanza de retomar la historia de estos personajes en un futuro no muy lejano, lo que crea un delicado equilibrio de emociones y de estructuras dramáticas.

Por un lado, esta cuarta y última temporada se revela como, posiblemente, la más original de las cuatro. Durante todos sus capítulos Mozart in the jungle ha hecho gala de una transgresión narrativa, visual y sonora sin igual, pero es en esta última etapa cuando apuesta por echar toda la carne en el asador. Desde inteligencias artificiales creadas para poder componer música y dirigir orquestas, hasta un viaje de autoconocimiento o, sobre todo, una interpretación de la vida del protagonista a través de la danza, el arco argumental ha dejado algunos de los momentos más bellos de la serie, amén de ahondar en las motivaciones y los objetivos de la pareja protagonista interpretada por Lola Kirke (Barry Seal: El traficante) y Gael García Bernal (Me estás matando Susana) hasta un punto pocas veces visto, lo que por extensión convierte a esta temporada en la más dramática de todas.

Por otro, el final deja un sabor agridulce. Y no precisamente porque su resolución busque ese efecto, que en cierto modo también lo hace. Más bien, lo que se genera es la sensación de estar ante una etapa que termina y otra que comienza en la trama, con la salvedad de que la segunda parte nunca va a ocurrir. El tsunami dramático que se produce en el tercio final de esta temporada es de tal magnitud que no hay ni un solo personaje que no modifique su situación dentro de la trama. En mayor o menor medida, cada rol con cierto protagonismo en esta musical historia evoluciona personalmente, algo que se traduce en su posición laboral y en su búsqueda de nuevos retos profesionales. Y aunque el tratamiento de estos arcos argumentales sea irregular (a algunos secundarios no se les da el espacio suficiente), en líneas generales todos han cambiado desde sus inicios, lo que añade valor a esta temporada y la convierte, posiblemente, en la mejor de las cuatro, tanto musical como visual y dramáticamente hablando.

La importancia de los secundarios

Y aquí entra en juego el otro gran aspecto de esta cuarta temporada de Mozart in the jungle y de toda la serie en general. Si bien es cierto que la pareja protagonista, sus tira y afloja, sus éxitos y sus fracasos, son el motor fundamental de la trama, la presencia de unos secundarios con entidad propia ha permitido al argumento crecer en complejidad, ser mucho más transversal y, por tanto, menos lineal. Con sus fobias, sus esperanzas y su bagaje dramático propio y ajeno al resto, cada uno de estos roles menos relevantes en la trama ha crecido hasta hacerse un hueco propio en el desarrollo del arco dramático principal, enriqueciéndolo y aportando matices tanto humorísticos como reflexivos.

Esta producción viene a confirmar algo fundamental en cine y televisión que, sin embargo, muchas veces se ignora. Un buen plantel de secundarios puede convertir una serie mediocre en una producción aceptable, y una obra notable en algo fuera de lo común. Y eso es en lo que se ha convertido en apenas cuatro temporadas esta obra de música, romance, humor y algo de locura. Asimismo, esto ha provocado una dinámica sumamente interesante en toda la serie. Mientras que el peso narrativo comenzó estando más sobre los hombros de García Bernal que de Kirke, en la última parte de la historia ha sido al revés, algo que no solo se ve en la fuerza que ha adquirido el personaje, sino en algo tan palpable y a la vez identificativo como las conversaciones con los compositores muertos que tiene inicialmente el Maestro y que luego asume la joven oboísta.

La última temporada de esta original serie, por tanto, es el canto de cisne de una historia que apuntaba al futuro. Porque aunque es cierto que estos 10 capítulos cierran argumentos, también abren otros muy interesantes y, a raíz de esos secundarios capaces de evolucionar y crecer de forma independiente, plantea un escenario completamente nuevo que renovaría la serie. Dicho de otro modo, esta cuarta temporada podría ser, hasta cierto punto, el fin de un ciclo, y como tal permite la posibilidad de finalizar la producción en este punto. Pero la capacidad de renovarse de forma autosuficiente hace que se abran nuevas expectativas, nuevas posibilidades tanto o más interesantes de lo visto hasta ahora. Y ahí radican los sentimientos encontrados de esta obra.

Sentimientos que, en cualquier caso, no restan calidad a Mozart in the jungle. Más bien al contrario, esta serie es una de las pocas que pueden presumir de haber crecido y mejorado con cada temporada, de haber explorado los rincones más interesantes de sus personajes, principales o secundarios, capítulo a capítulo y con el humor y la ironía por bandera. Es cierto que su narrativa puede resultar en algunos momentos un tanto confusa. Y no es menos cierto que con tantos personajes algunos roles menos importantes han tenido un desarrollo intermitente. Pero nada de eso debería de ser un impedimento para disfrutar de una comedia fresca, dinámica y diferente con una banda sonora, evidentemente, fuera de lo común. ¿La única pega? Que se haya acabado antes de tiempo.

1ª T de ‘Mozart in the jungle’, malabares cómicos en diferente formato


Gael García Bernal protagoniza la primera temporada de 'Mozart in the jungle'.Se suele decir que la televisión moderna está permitiendo una originalidad que ya no existe en cine. Que la variedad de historias, géneros y tratamientos en pantalla pequeña es inversamente proporcional a la saturación de secuelas, remakes y adaptaciones de la pantalla grande. Y aunque las producciones tienden a centrarse en policías, abogados o médicos, sí es cierto que existen propuestas diferentes, frescas y muy gratificantes. Una de ellas es Mozart in the jungle, ficción creada por Roman Coppola, productor de En la carretera (2012), Jason Schwartzman (Big eyes) y Alex Timbers, cuya acción sigue a un excéntrico director de orquesta y a una joven oboísta que busca su oportunidad para demostrar su talento. Su primera temporada, de tan solo 10 episodios, es el mejor ejemplo de que se puede hacer otro tipo de televisión.

Y es que esta comedia ambientada en el mundo de la música es de todo menos convencional. Alejada del tradicional formato de una sitcom, la serie compone un interesante fresco sobre los egos de los artistas, sobre sus inseguridades y sus anhelos, y sobre todo el modo en que se enfrentan a ellos. Evidentemente, el peso del relato recae sobre los hombros de su principal estrella, Gael García Bernal (Un pedacito de cielo), quien compone un personaje brillante a medio camino entre el genio loco y el profesional entregado a un trabajo que le apasiona. Más bien, y ese es uno de los atractivos de la ficción, el rol evoluciona de un extremo a otro de forma orgánica y natural, influenciado no solo por el resto de personajes y sus particulares historias sino también por su propia conciencia de que su futuro depende de un concierto que, como es de esperar, se produce en el último episodio de la temporada (y que abordaremos más adelante).

El otro gran atractivo de Mozart in the jungle lo representa Lola Kirke (Perdida), la joven oboísta. Sin embargo, en este caso el éxito no se basa tanto en el personaje, ciertamente arquetípico y poco desarrollado, como en su función dentro de la estructura dramática general. En efecto, su rol como vehículo para introducir al espectador en el mundo de la música clásica y las orquestas se convierte en piedra angular de los histrionismos, las obsesiones y los rituales de músicos y maestros. Es a través de sus ojos que se puede llegar a comprender el papel que juega cada músico en el funcionamiento general de una orquesta, y que muchas veces va más allá de la propia música. Por ello, la inocencia e incluso una cierta falta de carisma y determinación en el personaje funcionan tan bien. E igualmente por eso es necesario que el rol evolucione durante la segunda temporada, prevista para el próximo 2016.

Puede parecer a simple vista que esta primera temporada no termina de explotar algunos de sus elementos más interesantes, como puede ser la tensión que puede palparse entre algunos miembros de la orquesta o los conflictos subyacentes que luchan por aparecer entre el personaje de Bernal y los propietarios de la orquesta. Y hasta cierto punto es verdad. Empero, es fundamental señalar que en realidad estas tramas son secundarias, ayudando a conformar un panorama que roza el absurdo y en el que la música termina por imponerse a intereses personales. Dada la corta duración de los episodios y la ajustada duración de la propia temporada, la forma en que las pinceladas de estas historias complementarias nutren el conjunto es notable, ofreciendo un fresco complejo y mucho más interesante que las propias dudas del protagonista o los ensayos de la orquesta.

Un mundo desconocido

En realidad, lo que busca Mozart in the jungle es explorar en clave irónica el funcionamiento interno de la música, la otra cara de un arte con el que los asistentes a un concierto se maravillan. Y es en este mundo desconocido donde triunfa. Como señala el propio título de la serie (‘Mozart en la jungla’), estos 10 episodios recogen un desarrollo dramático de un genio en medio de un entorno que le resulta hostil, en el que se ve obligado a cambiar muchas de sus genialidades (léase excentricidades) por un trabajo más profesional, más atado a unas normas y convenciones determinadas por los propietarios de la orquesta. Ese contraste entre mundos, que como ya hemos dicho tiene su representación en la evolución del protagonista, genera la base cómica y dramática de la serie.

Desde luego, no es una producción que busque la carcajada. Es más, posiblemente no logre en ningún momento tal efecto. Sin embargo, la sonrisa no desaparece nunca, y algunos de los diálogos son simplemente brillantes, capaces ellos solos de potenciar algunas secuencias ya de por sí brillantes. La máxima expresión de esto es el concierto que ocupa buena parte del metraje del último episodio. Planteado como un clímax largamente esperado, el giro argumental que se produce en medio de la secuencia (giro lógico y hasta cierto punto esperado) convierte a ese final en una suerte de anti clímax, en un final seccionado en dos que logra aunar en un único concepto las diferentes tramas que parecían no tener un final en esta temporada. Gracias a ello, la serie se permite la licencia de una conclusión amable que saca a la luz algunas ideas sutilmente planteadas a lo largo de la temporada.

En realidad, ese concierto final es el resumen perfecto del sentido general de esta ficción. La genialidad de la música y de todo lo que tiene que ver con ella se opone a los conceptos narrativos más dramáticos y menos musicales. Una dualidad que, aunque debería estar en equilibrio, está más bien inclinada hacia el peso que tiene el mundo de la orquesta. Dicho de otro modo, la serie posee una notable descompensación entre su parte más musical y su parte más dramática. Y dicho de otro modo todavía más concreto, la serie gana interés cuando se centra en el personaje de Bernal, perdiendo más carisma cuando trata de ahondar en la vida privada del rol de Kirke. Posiblemente ello se deba a la falta de atractivo del personaje femenino, pero también influye el hecho de que el maestro Rodrigo es un ciclón que arrasa con todo incluso cuando pierde algo de su fuerza.

Pero a pesar de ciertas irregularidades que pueden corregirse sin demasiada dificultad, Mozart in the jungle es un producto fresco, dinámico y diferente, capaz de ofrecer algo más al espectador que el clásico formato de la comedia, ya sea en una sitcom o combinada con tramas policíacas, de abogados o familiares. Su primera temporada pone de manifiesto que una trama relativamente sencilla adquiere mucho interés con unos personajes complejos y algo extravagantes. Y si su evolución es tan evidente como la del protagonista, el interés aumenta exponencialmente. Una serie recomendable que no busca una risa fácil, sino la ironía sutil que permita al espectador pensar al tiempo que se divierte. Lograr el equilibrio en esta tarea es complicado, pero esta serie se queda muy cerca.

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