‘Homeland’ cambia de enemigo y une familia y espionaje en la 7ª T.


El final de la sexta temporada de Homeland supuso toda una revolución en muchos aspectos. La serie sentaba unas bases cuanto menos interesantes para su desarrollo futuro. Y una vez vista y disfrutada la séptima etapa, solo cabe rendirse ante lo evidente: esta ficción creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant) es una de las más completas, complejas y enriquecedoras que existen en la actualidad. Y lo es porque aprovecha los acontecimientos reales para crear todo un mundo ficticio paralelo, dotándolo así de un realismo inusualmente alto, algo imprescindible en este tipo de tramas.

Al igual que ya ocurriera al final de la anterior etapa, el argumento transcurre en Estados Unidos. Pero a diferencia de lo visto hasta ahora, el islamismo ha dejado paso a la amenaza rusa, al delicado equilibrio entre dos potencias mundiales históricamente enfrentadas. Casualidad o no (más bien lo segundo), la injerencia rusa ha sido una de las constantes en los primeros meses de Donald Trump en la Casa Blanca, del mismo modo que ocurre en la serie. Claro que en estos 12 capítulos  la trama va más allá. Mucho más allá si se analizan la sucesión de acontecimientos que han nutrido el arco dramático de la temporada. Porque, en efecto, son muchos los matices dignos de analizar en esta etapa, al igual que ocurre en la serie en general.

Si bien es cierto que todo vuelve a girar en torno a Carrie Mathison (Claire Danes –El caso Wells-, de nuevo inmensa en el papel), como no podría ser de otro modo, Homeland es capaz de encontrar tramas secundarias lo suficientemente importantes como para ampliar su campo narrativo, elevando el grado de complejidad de la historia y terminando con un gancho que, posiblemente, sea el mejor de toda la serie. Pero sobre eso hablaremos luego. Uno de los aspectos más interesantes de la historia es, precisamente, el peso que han ganado muchos secundarios. No hace falta mencionar que el rol al que da vida Mandy Patinkin (Wonder) es imprescindible ya en esta historia, pero a él se han sumado otros de presencia intermitente en esta historia.

Me refiero fundamentalmente a la familia de Mathison. En anteriores temporadas el tratamiento de su relación con su hija, sobre todo en los primeros años, y con su familia más directa ha sido cuanto menos cuestionable. Ya fuera por falta de espacio o por entenderse como una carga dramática innecesaria, lo cierto es que los roles de la hermana y de la hija han sido utilizados más como una muleta en la que apoyarse en diferentes momentos de la narración que como un trasfondo dramático. En esta séptima etapa, sin embargo, adquieren un peso notable, convirtiéndose en motor dramático para el desarrollo de la protagonista, interfiriendo de forma activa en el aspecto que, hasta ahora, siempre había sido el epicentro de la historia: el trabajo de una mujer para defender Estados Unidos. La unión de ambos mundos, muy diferenciados hasta ahora, transforma la historia para dotarla de una mayor profundidad dramática y, por tanto, una mayor y enriquecedora complejidad. Complejidad, por cierto, que se traduce en una espléndida deriva emocional de la protagonista, incapaz de manejar todos los aspectos de su vida a la vez.

Árabes por rusos

Aunque sin duda el cambio más interesante está en el enemigo al que debe enfrentarse la protagonista. La pasada temporada trasladó la amenaza al interior de Estados Unidos, y en esta se rompe, al igual que se hizo en la tercera etapa, con lo visto hasta ahora para plantear un nuevo enemigo, como decía al principio tomando como punto de partida la situación actual de las relaciones políticas internacionales. Bajo este prisma, la trama aborda, en primer lugar una amenaza interna marcada por teorías de la conspiración, y en segundo lugar una amenaza externa con influencias de la Guerra Fría.

Respecto a la primera, heredera directa del final de la sexta temporada, los creadores de Homeland aprovechan igualmente la realidad. O mejor dicho, las emociones actuales. La serie localiza buena parte de los sentimientos de rechazo que genera Trump para articular toda una lucha clandestina contra la presidenta a la que da vida Elizabeth Marvel (serie House of cards), primero a través de un comunicador de masas y luego a través de los propios movimientos políticos en el Congreso. Dos líneas aparentemente independientes que, sin embargo, tienen mucho en común y, lo que es más relevante, ofrecen un reflejo de la sociedad americana, al menos de una parte de ella. El tiroteo en una finca particular y las consecuencias del mismo es posiblemente uno de los momentos más dramáticos vistos en esta serie, y ha habido muchos. Pero a diferencia de otros, este se podría haber evitado, lo que aporta si cabe un mayor impacto emocional.

Ambos elementos de esta amenaza interna están unidos por algo mucho mayor, que es la amenaza externa. El cambio de enemigo a Rusia genera también un cambio en el desarrollo dramático muy particular. A diferencia de temporadas anteriores, donde el enemigo se escondía y era necesario encontrarle, en estos 12 episodios el enemigo juega las mismas cartas que la protagonista, lo que eleva la dificultad del juego y, por lo tanto, el interés. El mejor momento que define esta idea es la conversación entre los roles de Danes y Patinkin, donde la primera comprende el alcance de la conspiración rusa y el segundo se pone tras una pista que hasta ese momento solo era una teoría. Punto de inflexión de manual, dicha conversación modifica en apenas unos minutos todo el planteamiento narrativo precedente y posterior, en un ejercicio dramático sencillamente brillante en todos sus aspectos.

Pero si Homeland deja algo grabado a fuego en la memoria es su gancho de final de temporada. Esos meses con la protagonista prisionera, esa mirada perdida al ser rescatada y la certeza de que su mente tardará en recuperarse, si es que alguna vez lo logra, son ingredientes suficientes para que una futura temporada desarrolle una trama sumamente interesante, potenciando los aspectos personales y profesionales del personaje y dotando de un mayor protagonismo a secundarios menos importantes en todos estos años. Pero eso es el futuro. Por lo pronto, la séptima etapa no solo confirma que la serie es de lo mejor en intriga y espionaje que se hace hoy en día, sino que sabe adaptarse y reinventarse a cada paso, aprovechando los acontecimientos de la actualidad política para crear toda una conspiración que evoluciona constantemente.

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El nuevo ‘Blade Runner’ persigue ‘La montaña entre nosotros’


La ciencia ficción se adueña este fin de semana de la cartelera española. Aunque es cierto que hoy viernes, 6 de octubre, son varias y muy variadas las propuestas que llegan a las salas de cine, lo cierto es que solo una de ellas parece acaparar todas las miradas, ya sea por la expectación que genera la secuela de un clásico inapelable de la ciencia ficción, ya sea por las propias características de la película. En cualquier caso, octubre comienza con una mirada al futuro.

Un futuro que lleva por título Blade Runner 2049, secuela del film de 1982 dirigido por Ridley Scott (Marte) y cuya trama transcurre 30 años después de los acontecimientos del primer film. El argumento arranca cuando un blade runner desentierra un secreto que puede convertir en caos el orden establecido. Su búsqueda de ayuda le llevará a encontrar a Rick Deckard, un blade runner que desapareció hace 30 años. Dirigida por Denis Villeneuve (La llegada), la cinta está protagonizada por Ryan Gosling (La La Land. La ciudad de las estrellas), Harrison Ford (Star Wars: Episodio VII – El despertar de la fuerza), Robin Wright (Wonder Woman), Dave Bautista (Guardianes de la galaxia vol. 2), Ana de Armas (Juego de armas), Machenzie Davis (Siempre amigas) y Jared Leto (Escuadrón suicida).

De Estados Unidos en exclusiva llega La montaña entre nosotros, drama con dosis de aventura y acción basado en la novela de Charles Martin y que dirige Hany Abu-Assad (Idol). El argumento gira en torno a dos desconocidos que, tras un accidentado viaje en avión, quedan atrapados en medio de una montaña cubierta de nieve. Cuando comprenden que nadie va a acudir en su ayuda emprenden un peligroso viaje por un paraje inhóspito y desconocido que creará una inesperada atracción entre ambos. Idris Elba (La Torre Oscura) y Kate Winslet (Belleza oculta) conforman la pareja protagonista, a los que acompañan Dermot Mulroney (Noche de venganza), Beau Bridges (serie Masters of sex) y Marci T. House (serie iZombie).

La fantasía y el drama se dan cita en La cabaña, producción estadounidense basada en el libro de William P. Young, Wayne Jacobsen y Brad Cummings y cuya historia arranca cuando un hombre que ha caído en una profunda depresión tras sufrir una tragedia familiar recibe una carta misteriosa en la que alguien le cita en una cabaña. Aceptar esa invitación no solo le cambiará la vida, sino que le obligará a enfrentarse a la tragedia y a verla desde otro punto de vista. Stuart Hazeldine (Exam) se pone tras las cámaras, mientras que Sam Worthington (Hasta el último hombre), Octavia Spencer (Figuras ocultas), Radha Mitchell (La oscuridad), Tim McGraw (Tomorrowland: El mundo del mañana) y Graham Greene (Unnatural) son los principales actores.

Desde Estados Unidos también llega Tu mejor amigo, comedia dramática de corte familiar que adapta la novela de W. Bruce Cameron cuya trama se centra en un perro que busca un sentido a su vida a través de los diferentes dueños que tiene. Dirigida por Lasse Hallström (Un viaje de diez metros), la película está protagonizada por Dennis Quaid (La verdad), Britt Robertson (El viaje más largo), Luke Kirby (serie Rectify), Josh Gad (Pixels), K.J. Apa (serie Riverdale), John Ortiz (Kong: La Isla Calavera), Gabrielle Rose (Mi amigo el gigante) y Juliet Rylance (serie The knick).

El principal estreno español de la semana es la comedia Toc toc, cinta dirigida por Vicente Villanueva (Lo contrario al amor) que traslada a la gran pantalla la obra homónima de Laurent Baffie en la que un grupo de personas diagnosticadas con TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) coincide en la sala de espera de su psiquiatra. Cuando este se retrasa y todos tienen que convivir no solo con sus manías y trastornos, sino con los de los demás, el caos se desata. Paco León (Embarazados), Alexandra Jiménez (100 metros), Rossy de Palma (Señor, dame paciencia), Oscar Martínez (El ciudadano ilustre), Adrián Lastra (Noctem) e Irma Cuevas (serie Vis a vis) encabezan el reparto.

Muy diferente es Morir, drama español que se centra en la vida de una joven pareja que debe hacer frente a su futuro y a la fortaleza de su amor cuando a él le diagnostican una grave enfermedad. Fernando Franco (La herida) es el director y uno de los guionistas de esta cinta protagonizada por Marian Álvarez (La niebla y la doncella), Andrés Gertrúdix (Que Dios nos perdone), Íñigo Aranburu (El guardián invisible) y Eduardo Rejón.

Entre el resto de estrenos europeos tenemos El jardín de Jeannette, adaptación de la novela de Guy de Maupassant ambientada en 1819, cuando una joven llena de sueños e inocencia regresa a su casa tras acabar sus estudios escolares en un convento. Es entonces cuando se casa con un vizconde que rápidamente se muestra como un hombre miserable e infiel, destruyendo poco a poco las ilusiones de la joven. Dirigida por Stéphane Brizé (No estoy hecho para ser amado), esta cinta franco belga cuenta en su reparto con Judith Chemla (Una dulce mentira), Jean-Pierre Darroussin (Golpe de calor), Yolanda Moreau (La infancia de un líder), Swann Arlaud (Baden Baden), Nina Meurisse (Las sillas musicales) y Olivier Perrier (Voy a ser mamá).

Con capital argentino y español se presenta El último traje, drama escrito y dirigido por Pablo Solarz (Juntos para siempre) que narra la búsqueda de un judío para encontrar a un amigo que también consiguió salir vivo de un campo de exterminio nazi. Entre los principales actores encontramos a Miguel Ángel Solá (El corredor nocturno), Ángela Molina (Murieron por encima de sus posibilidades), Martín Piroyansky (Permitidos), Natalia Verbeke (Las chicas de la sexta planta) y Julia Beerhold (Westfalia).

El último de los estrenos de ficción, que además llega el jueves día 5, es la japonesa Museum, film de 2016 que adapta el manga de Ryôsuke Tomo en el que un detective de la policía de Tokio debe investigar un asesinato desconcertante. La víctima ha sido brutalmente torturada, y junto al cadáver solo hay una nota que avanza que no será el único crimen. Comienza así una persecución a un asesino que parece atacar solo cuando llueve y que cubre su rostro con una máscara de una rana. Thriller y terror se mezclan en este film dirigido por Keishi Ohtomo (Kenshin, el guerrero samurai) y protagonizado por Masatô Ibu (Kuroshitsuji), Mikako Ichikawa (Shin Godzilla), Tomomi Maruyama (Nana 2) y Shûhei Nombra (Birigyaru).

En lo que a documental se refiere, Una verdad muy incómoda: Ahora o nunca es la secuela del documental de 2006 que, en esta ocasión, se centra en los cambios de la revolución energética y sus consecuencias. Bonni Cohen y Jon Shenk (Audrie & Daisy) son sus directores.

‘Masters of Sex’ acelera el desarrollo y final de su última temporada


Los protagonistas de 'Masters of sex' hacen frente a sus miedos en la última temporada.Y en su cuarta temporada llegó al clímax. Masters of Sex, la serie creada por Michelle Ashford (serie Nuevos policías), ha puesto punto y final a esta historia sobre los padres de la revolución sexual. Y como ocurre en no pocas ocasiones, lo ha hecho de forma un tanto precipitada, cerrando tramas de modo abrupto y forzando el natural desarrollo tanto de personajes como de acontecimientos. Y sin que esto sea algo necesariamente negativo, sí revela que la serie podría haber dado para, al menos, una temporada más, toda vez que la historia de William Masters y Virginia Johnson siguió en los años posteriores al último de estos 10 episodios finales.

Con todo, hay que reconocer a Ashford su capacidad para estructurar la temporada de forma más o menos coherente. De hecho, la introducción de los personajes interpretados por Betty Gilpin (Una historia real) y Jeremy Strong (La gran apuesta) imprime al conjunto un renovado espíritu transgresor a todos los niveles, pues más allá del propio carácter de ambos roles se convierten en un reflejo de lo que ha sido la relación de los protagonistas a lo largo de estas temporadas. Una metáfora que los creadores de esta ficción se afanan en poner de manifiesto ya sea a través de diálogos o de situaciones, lo que permite al espectador apreciar matices que tal vez hubieran pasado por alto anteriormente.

A esto se suma, y quizá sea lo más interesante, la evolución moral y profesional del personaje de Michael Sheen (Passengers), que tras tocar fondo afronta todo un proceso de autocrítica y autoaceptación como pocas veces puede verse en una serie. La labor de Sheen, en este sentido, es espléndida, así como la del resto del reparto que asiste y/o participa de este cambio. A través de sus ojos se aprecia, asimismo, el cambio que se produce en otros roles secundarios y en la propia dinámica de la serie, que recupera tramas casi olvidadas para cerrar poco a poco los cabos sueltos que habían quedado de temporadas anteriores de Masters of Sex.

El problema, y no es un problema menor, es que dicha recuperación de tramas no conlleva una correcta finalización de las mismas. De hecho, muchos de estos hilos argumentales que complementan la trama principal simplemente se abandonan, como si fueran una incomodidad que pudiera dejarse morir por ausencia en la estructura dramática. Le ocurre al personaje de Annaleigh Ashford (Top five) y su relación lésbica, y le ocurre al interpretado por Kevin Christy (La montaña embrujada), que ha ido perdiendo interés y protagonismo con el paso de las temporadas hasta convertirse, en este tramo final, casi en una decoración más. Asimismo, en los últimos capítulos se aceleran de tal forma los acontecimientos que no solo da la sensación de ausencia de información, sino que se desvirtúa el carácter de algunos personajes.

Las prisas no son buenas

Bill Masters trata de recomponer su vida en la cuarta y última temporada de 'Masters of Sex'.La peor parada es, curiosamente, la otra protagonista principal interpretada por Lizzy Caplan (Ahora me ves 2). El personaje nunca ha terminado de definir una serie de motivaciones claras (lo que le ha otorgado un cierto interés y fuerza dramática), sobre todo en lo referente a su relación con el rol de Sheen, algo que cambia en esta última parte de la serie. El problema es que cambia en un sentido que termina cargándola con un cierto carácter manipulador tanto en el plano personal como laboral, alejado de otras actitudes mostradas a lo largo de toda la ficción y que, en cualquier caso, nunca habían sido tan evidentes como en los compases finales de este drama.

En el lado opuesto podría encontrarse la evolución del personaje de Caitlin FitzGerald (Adultos a la fuerza), aunque su caso es diferente. Su evolución ha ido de la mano del desarrollo dramático de Masters of Sex, por lo que la revolución que provoca en esta cuarta y última temporada es, hasta cierto punto, coherente. Otra cosa es que, ante la necesidad de cerrar la historia, se haya acelerado su proceso de cambio hasta convertirlo casi en un impulso que en un cambio meditado ante los tiempos que le ha tocado vivir. En cualquier caso, es posiblemente uno de los procesos más interesantes de la serie, y desde luego uno de los personajes más complejos y atractivos de esta ficción.

Ambos casos son los extremos de un proceso que, como decía al comienzo, es relativamente frecuente en el final de cualquier serie, sobre todo si este es inesperado. En el caso que nos ocupa, esta cuarta temporada combina el tratamiento narrativo natural de la historia con unas presiones dramáticas poco justificadas que hacen derivar la historia hacia una conclusión que, curiosamente, deja abiertas muchas tramas secundarias, quizá demasiadas. Un equilibrio cuyo resultado es una temporada que se desinfla de forma progresiva al tratar de integrar en el planteamiento del argumento las necesarias secuencias finales de cualquier historia, cuando esta todavía no había terminado lo que podríamos considerar como segundo acto.

Con esto en mente, la cuarta y última temporada de Masters of Sex deja un sabor agridulce, una sensación de que hay algo más en esta historia que no se ha contado, ya sea porque se ha condensado de un modo tosco todo lo acontecido en estos episodios, ya sea porque la historia todavía tenía muchas cosas interesantes que abordar. Sea como fuere, tampoco sería justo valorar una producción de este tipo por sus últimos compases, y de ahí la extraña sensación que deja en el espectador. Después de algunos momentos dramáticos y narrativos realmente espléndidos, la ficción de Michelle Ashford se despide con prisas, de forma algo atropellada y sin dar demasiadas explicaciones. Y como suele decirse, las prisas nunca son buenas consejeras.

‘Masters of Sex’ apuesta por los secundarios en su tercera temporada


Los problemas románticos entre los protagonistas se agudizan en la tercera temporada de 'Masters of Sex'.Uno de los fallos que se producen con facilidad a la hora de desarrollar una historia es dejar en un segundo plano las, valga la redundancia, tramas secundarias. Los problemas que esto puede generar engloban desde la pérdida de interés en personajes potencialmente atractivos hasta la debilidad de la estructura dramática. Y hasta cierto punto, era lo que ocurría en la serie Masters of Sex durante las dos primeras temporadas, sobre todo en la segunda. Tal vez por eso, Michelle Ashford (serie Nuevos policías), creadora de esta interesante producción basada en la novela de Thomas Maier, ha optado en esta tercera temporada por desarrollar el mundo de los personajes que se mueven detrás de la relación entre Bill Masters y Virginia Johnson.

De hecho, estos 12 episodios recuperan algunos personajes que parecían haberse perdido a lo largo del tratamiento de la historia. El caso más evidente es el de Beau Bridges (Fuga explosiva), mentor del protagonista, homosexual y con una carga dramática que prácticamente había desaparecido. Su vuelta a escena, además de coherente y enmarcada dentro de la historia de una forma impecablemente natural, ofrece al espectador una reflexión sobre el mundo en el que se desarrolla la trama, tanto a nivel social como personal. Gracias a este punto de apoyo, la serie enriquece ese espectro de romance/sexualidad que parecía acotado al estudio de los protagonistas y a los derivados del mismo, y que ahora tiene una vía de desarrollo ajena, en cierto modo, a esa historia principal.

Del mismo modo, el abanico de personajes secundarios que se dan cita en esta tercera temporada de Masters of Sex, unido a la cada vez mayor presencia de sus historias, crean un mundo mucho más interesante en el que la pareja protagonista es, en cierto modo, testigo, no catalizador. Desde la oposición religiosa y todo lo que eso conlleva (con un gancho de final de serie sumamente interesante), hasta el carácter más independiente del personaje de Annaleigh Ashford (Top five), la historia de la serie adquiere cada vez más ramificaciones, lo que en definitiva ayuda a que el episodio final deje un escenario más complejo, más incierto e indudablemente más atractivo.

En este contexto es importante destacar lo acaecido con el personaje de Caitlin FitzGerald (Adultos a la fuerza), esposa resignada que ya había experimentado cierta evolución en la anterior etapa y que, ahora, adquiere un rol mucho más notable. Más allá de la fortaleza de convertirse en una mujer independiente, lo realmente llamativo es la forma en que asume la infidelidad de su esposo, dotando de naturalidad no solo el acto en sí, sino la relación con la amante colaboradora, estableciendo un curioso triángulo que genera situaciones tan sorprendentes como bien tratadas desde un punto de vista dramático.

Nuevos olores

Todo esto no impide, por supuesto, que la trama principal de Masters of Sex siga su evolución. Al contrario, la enriquece de un modo que, en cierto sentido, se había perdido. Pero volviendo a esa trama principal, esta tercera temporada decide dar un giro completo a la relación entre los personajes de Michael Sheen (Lejos del mundanal ruido) y Lizzy Caplan (The interview) y situarles en un punto de inflexión tan atractivo como coherente. La tensión dramática entre ambos, desarrollada a lo largo de las temporadas anteriores en una especie de tira y afloja, rompe por completo en estos 12 capítulos de un modo inesperado.

En realidad, y conociendo el tono general de este drama, la forma en que el romance de estos personajes evoluciona no podría ser de otro modo. Lejos de disputas con objetos volando por la habitación, o de gritos que traspasan varias estancias, la seriedad que ambos doctores muestran en el modo de tratar su relación es un soplo de aire fresco que, además, añade un grado más de dificultad al desarrollo dramático de la serie. Y es que ese tira y afloja que antes mencionaba, y que ahora parece romperse al menos por uno de los extremos, sigue siendo vigente, precisamente, en el otro cabo, lo que provoca una situación de desequilibrio muy interesante.

Situación que es abordada de formas muy diversas por todos los personajes que rodean a los protagonistas, y evidentemente por los propios protagonistas. La aparición en escena del personaje de Josh Charles (Más allá de la muerte) no solo conlleva la evolución del estudio sobre sexualidad al campo de los olores y las fragancias, sino que se convierte en un punto de inflexión que pone patas arriba el mundo de prácticamente todos los roles que participan en la trama. Evidentemente, su efecto es mayor en aquellos cercanos a los protagonistas, pero eso no impide que no genere cierto impacto en el resto. Es él el que protagoniza, junto a Sheen y Caplan, algunas de las mejores secuencias de la temporada, y desde luego es él uno de los activos más importantes en el cambio que se produce en la serie al final de esta etapa.

Así las cosas, la tercera temporada de Masters of Sex se ha convertido en una de las mejores etapas de la serie. Superado el primer impacto de una serie con un tratamiento tan abierto de la sexualidad, estos episodios ofrecen al espectador un auténtico tratamiento de la sociedad en la que se enmarca la producción, más o menos como había ocurrido en la segunda temporada, pero unificando más la trama principal con las secundarias, y generando una tensión en aumento entre los personajes principales y los secundarios más relevantes. Un enriquecimiento, en definitiva, de la complejidad creativa de este producto cuya cuarta temporada promete, a tenor del final de esta, un mundo completamente nuevo.

‘Masters of Sex’ separa sexo y contexto social en su 2ª temporada


Lizzy Caplan y Michael Sheen mezcla placer y trabajo en la segunda temporada de 'Masters of Sex'.Que las comparaciones son odiosas lo demuestra normalmente el hecho de que una segunda parte o un remake no llega a tener la calidad del original. Hay excepciones, lo sé, pero es lo que ocurre en la inmensa mayoría de los casos. En la televisión, y más concretamente en las series, la segunda temporada tiende a sufrir un fenómeno similar. Resulta complicado mantener el interés en la historia y en los personajes. A primera vista, muchos seguidores de Masters of Sex puede que tengan esta sensación con su segunda temporada después de una primera entrega notable. Sin embargo, eso podría limitar un poco el contenido de esta creación de Michelle Ashford (serie Nuevos policías). Si durante aquellos episodios se abordó el impacto del sexo en una sociedad puritana, en esta el contexto social no es menos importante, aunque en otro sentido.

Se podría decir, por tanto, que reflejo social y sexualidad se dividen en dos, lo que lejos de debilitar al conjunto lo enriquece. En efecto, si durante la primera temporada existió una única trama principal (la relación de los protagonistas y la influencia del sexo), en estos 12 episodios nuevos dicha relación sigue existiendo, incluso evoluciona, pero otro aspecto hace acto de presencia: la lucha por los derechos de los afroamericanos. Perfectamente hilvanado a lo largo de esta entrega, el espectador asiste a una creciente presencia del racismo en el que vive la sociedad norteamericana en esa época, primero a través del estudio y luego de forma independiente con una trama propia que, todo sea dicho, también tiene algo de influencia sexual.

Cabe destacar en este sentido el papel de Caitlin FitzGerald (Damiselas en apuros), la mujer del protagonista. Si durante la anterior etapa de Masters of Sex su personaje era casi testimonial y un apoyo argumental para determinados conflictos morales, en esta crece visiblemente hasta el punto de lograr que su historia adquiera significado propio. no por casualidad, dicho crecimiento viene marcado por el sexo, como demuestra el hecho de que el personaje encuentre la valentía que antes le faltaba en ello. Sus decisiones, unido a la confesión que realiza al final de la temporada (y con la que confiesa conocer las infidelidades de su marido), dotan a este rol de una entereza interesante y abren las puertas a una mayor complejidad de la que cabría esperar.

Pero el contexto social no solo reside en esto. El comienzo de esta segunda entrega episódica retoma algunos argumentos que quedaron sin resolver al final de los primeros capítulos, como la sexualidad del personaje de Beau Bridges (Los descendientes) o la enfermedad del rol de Julianne Nicholson (Agosto). Ambas tramas quedan resueltas en los primeros episodios de forma más o menos solvente, eliminando de la ecuación unos personajes que, todo sea dicho, aportaban bastante peso al conjunto. La decisión de suprimirles, aunque resta algo de interés en los instantes siguientes, es decisiva para poder afrontar uno de los mejores momentos de la temporada, que no es otro que la transición a través de secuencias cortas de varios años de trabajo por parte de los protagonistas y que viene motivada, en buena medida, por ese contexto que antes mencionaba. Del mismo modo, la integración de algunos personajes secundarios a la trama principal, como es el caso del interpretado por Annaleigh Ashford (La boda de Rachel) simplifica notablemente la estructura dramática, ajustándose ahora a dos tramas principales y algunas secundarias esporádicas.

Traumas, la siguiente fase

Aunque la parte más interesante de esta segunda temporada de Masters of Sex sigue siendo la relación entre William Masters y Virginia Johnson, o lo que es lo mismo, entre Michael Sheen (Matar al mensajero) y Lizzy Caplan (Despedida de soltera). Si la primera temporada terminaba con ambos personajes envueltos en una relación a medio camino entre la investigación y el romance, en estos episodios el matiz es mucho más significativo, pues se disfraza de ciencia lo que es pura atracción. La ausencia de material científico y el incomparable marco de una habitación de hotel son las dos únicas herramientas que el espectador necesita para leer entre líneas de unos inteligentes diálogos. Con una salvedad. Dicha atracción física y romántica sí posee un componente médico: tratar de curar la impotencia a través de la superación de los traumas del pasado.

En este sentido, la serie da un interesante e importante paso hacia adelante al llevar el estudio a un nuevo campo. No se trata únicamente de reflejar el comportamiento del cuerpo humano durante el coito, sino de tratar de superar una disfunción. Y por encima del aspecto físico, lo más relevante son los componentes psicológicos de dichos problemas, cuya revelación dota a los personajes y al conjunto de la serie de un peso dramático mucho mayor. La relación con un hermano desconocido para la audiencia, con sus propios problemas derivados de un pasado común, es especialmente ilustradora y fascinante, ya que en cierto modo la guionista Ashford lo utiliza como espejo en el que el rol de Sheen se ve obligado a mirarse. Es uno de los últimos secundarios que aparecen en la trama, y desde luego es uno de los mejores momentos de esta etapa.

Hay que señalar igualmente la estrecha relación de simbiosis y complementación que tienen ambas historias principales. Vistas en conjunto, resulta interesante comprobar cómo la evolución de una incide de forma indirecta en la evolución de la otra, y viceversa. La actitud del personaje de Sheen hacia su esposa lleva a esta a volcarse con los derechos de los afroamericanos, aunque por motivos que no exactamente raciales. Pero además, la cada vez mayor independencia de ella hace que el protagonista tienda a revelar su auténtico yo a la mujer con la que pasa muchas noches. Se puede apreciar, por tanto, el distanciamiento entre unos y la aproximación de otros. Y todo ello girando en torno a los traumas del pasado, como confirma la trama secundaria iniciada por el encargado de grabar las sesiones y una de las pacientes.

Todo ello convierte a esta segunda temporada de Masters of Sex en un producto más complejo, con miras más altas y en el que la sexualidad deja de tener un protagonismo físico (lo que no hace que desaparezca, ni mucho menos) para optar por una presencia más psicológica, más social. O lo que es lo mismo, se pasa de la recopilación de datos a abordar las consecuencias de los actos. La forma de abordar este cambio por parte de los responsables puede parecer algo burda en un primer momento con la eliminación de algunos personajes, las transiciones de años o la falta de conflicto en el trío protagonista. Pero la conclusión de la temporada demuestra lo contrario: la complejidad es mucho más sutil, y la perspectiva para la próxima temporada es muy esperanzadora.

T. 1 de ‘Masters of Sex’, la ciencia del sexo en una sociedad cohibida


Lizzy Caplan y Michael Sheen, en un momento de 'Masters of sex'.Una de las revelaciones del año en lo que a la pequeña pantalla se refiere ha sido, sin lugar a dudas, la historia de William Masters y Virginia Johnson. La pregunta habitual que suscitan estos nombres es: ¿y quiénes son? Con los años y la cada vez más extendida presencia del sexo en nuestra sociedad estos dos pioneros han dejado de ser conocidos por el gran público, pero ellos fueron en buena medida los responsables de arrojar mucha luz sobre un acto tan natural y al mismo tiempo tan misterioso socialmente hablando como es el coito. Fueron ellos los que iniciaron una investigación científica sobre el sexo, sus fases, las reacciones que provoca y cómo incide en la vida del hombre y de la mujer. Masters of Sex, cuya primera temporada terminó a mediados del diciembre pasado, recoge esos primeros años de investigación y los conflictos a los que tuvieron que hacer frente.

Ahora bien, estos 12 episodios no tratan sobre sexo. Al menos no exclusivamente. Como no podía ser de otro modo, la motivación principal que sustenta toda la trama es la parte científica y todos los problemas que supera poco a poco. Desde el primer capítulo, en el que se plantean las premisas básicas, hasta el último, en el que el resultado de un año de investigación sale a la luz con resultado poco alentador, la serie siempre busca el espacio necesario para abordar el avance de la investigación. En este sentido, por cierto, es conveniente señalar y reconocer la valentía de los responsables a la hora de mostrar y hablar sobre sexo. Pero esta motivación, este estudio, no deja de ser eso, una premisa sobre la que construir algo mucho más interesante: el aspecto social del sexo.

Uno de los aspectos más interesantes es comprobar cómo a medida que avanza el estudio de Masters y Johnson no solo se derriban mitos y leyendas en torno al acto, sino los muros que constriñen a una sociedad, la de los años 60 y 70 del pasado siglo, muy encorsetada por unos convencionalismos que convertían el sexo en tabú. Es un reflejo de la revolución que años más tarde provocarían los investigadores con sus publicaciones. La serie recoge de forma sutil y al mismo tiempo contundente cómo los personajes, atrapados en una sociedad que no entiende de deseos y pasiones, liberan sus sentimientos a medida que el sexo se hace más y más presente en sus vidas. Más adelante hablaré de lo que me parece uno de los puntos más previsibles del conjunto, pero antes he de detenerme en el personaje de Beau Bridges (Los descendientes) porque es, posiblemente, el que más acusa dicho cambio.

Al menos es el que más perjudicado resulta con el inicio del estudio. Chantajeado por una condición sexual que por aquel entonces se consideraba una enfermedad (algún resto de esta ideología todavía perdura en la actualidad), desde ese momento su evolución y la influencia que tiene el experimento, tanto en él como en su matrimonio, reflejan la doble vida que la sociedad tenía en aquellos años. Su personaje, maravillosamente interpretado, por cierto, se debate en todo momento entre lo que la sociedad le ha enseñado que es correcto (ama a su esposa) y sus verdaderos sentimientos y necesidades que debe buscar en otra parte. Su dualidad, unido a ese concepto del sexo a medio camino entre la pulcritud y la curiosidad de lo novedoso, posiblemente represente mejor que cualquier otra línea argumental lo que trata de ser Masters of Sex, es decir, una transgresión, un continuo contraste entre lo admitido y lo prohibido, entre el tabú y la ciencia.

Un médico como los de antes

Sin duda, y aunque posee algunas trazas de prototipo trágico y sufridor, es uno de los mejores personajes de la trama. No quiere esto decir que los protagonistas no tengan interés, pero sí es cierto que son dos roles excesivamente previsibles, excesivamente arquetípicos. Sobre todo el de Masters, un espléndido Michael Sheen (Midnight in Paris) que vuelve a demostrar un talento innato para los personajes históricos. Su evolución a través del estudio y de su ayudante Johnson, a la que da vida Lizzy Caplan (Monstruoso), se anuncia casi desde el primer minuto, restando algo de interés a la relación que se gesta entre ellos. De hecho, y al margen del resto de acontecimientos que se van sucediendo en la trama, no es extraño que el espectador haga apuestas sobre el episodio en el que se van a producir, y cómo se van a producir, los inevitables puntos de giro.

Curiosamente, los efectos que provoca esta relación a todos los niveles tienen más interés que ella en sí misma. Ver cómo afecta al estudio, al matrimonio y al resto de personajes secundarios resulta mucho más enriquecedor, sobre todo porque produce una serie de tramas secundarias que completan notablemente el conjunto. Un conjunto, por cierto, que recrea la época de forma espléndida, tanto en diseño de producción como en vestuario, vehículos e incluso movimientos físicos. Todo para generar la sensación de vivir en un espacio asfixiante del que la única vía de escape, al menos para los protagonistas, es el tiempo que pasan en esa pequeña sala realizan los estudios sobre sexualidad.

No quiero terminar el comentario sin hacer referencia al último episodio en el que se realiza la presentación de los resultados del experimento. Más allá de que se conozca o no la historia real en la que se basa, más allá de que el resultado de la exposición del material se intuya casi desde el capítulo anterior, es interesante comprobar cómo para determinadas cosas la sociedad no ha cambiado en 50 años. Y lo más grave es el contexto en el que ocurre todo, supuestamente más abierto y receptivo. Que una sala llena de médicos se tome a broma un experimento sobre la sexualidad humana hasta que se aborda plenamente ese tema desde el punto de vista femenino refleja claramente el machismo imperante. Pero que un grupo de profesionales se escandalice por las imágenes que se grabaron durante el experimento es poco menos que ético. Como digo, después de medio siglo deberíamos haber cambiado, pero no es infrecuente ver esas mismas reacciones en determinados ámbitos. Por no hablar de la forma de entender la homosexualidad.

Es una serie diferente. Masters of Sex podrá incomodar a algunos, encantar a otros y dejar indiferente a más de uno. Pero es una producción valiente, arriesgada, que busca en todo momento reflejar el carácter de una sociedad que no permitía a sus individuos expresar sus sentimientos y emociones como ellos deseaban. Es una serie sobre ciencia, medicina y sexo, en efecto. Pero es una trama sobre los convencionalismos, sobre la forma de evolucionar y de romper con lo establecido. En cierto modo, ella misma busca romper ciertos tabúes televisivos, y personalmente creo que lo consigue.

Diccineario

Cine y palabras

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