‘Piratas del Caribe: La venganza de Salazar’: abandonen el barco


Construir una saga sobre una primera película sencillamente brillante es difícil. Muy difícil. Pocos son los casos en los que una segunda parte supera a la primera. Y lo más normal es que la calidad evolucione inversamente proporcional a la espectacularidad de las historias. La serie ‘Piratas del Caribe’ es uno de los mejores ejemplos modernos, pero su última entrega ofrece, además, una curiosa visión de lo que significa abandonar el barco, nunca mejor dicho.

Y no porque sea una mala película… al menos no la peor de las cinco. Sin embargo, Piratas del Caribe: La venganza de Salazar emana despedida en cada fotograma. Su propia historia viene a terminar con un concepto recurrente en prácticamente todas las cintas, y es la maldición que suele afectar al villano de turno. Historia, por cierto, que cada vez es más repetitiva, utilizando una estructura que no por insistir resulta igualmente efectiva. Existe un cierto hastío en ver cómo Jack Sparrow (un Johnny Depp que está perdiendo la gracia) pierde su barco, lo recupera, logra vencer al malo contra todo pronóstico y se embarca en una nueva aventura, todo ello botella en mano y con un equilibrio un tanto desequilibrado.

Los problemas de esta entrega dirigida por Joachim Rønning y Espen Sandberg (Kon-Tiki), cuya marca tras las cámaras se limita casi a las escenas en tierra firme, no se ciñen exclusivamente a la estructura dramática. Los personajes veteranos parecen estar de paso en un guión con toques cómicos pero que pierde fuerza por momentos, y los nuevos roles, llamados a tomar el testigo, no terminan de encajar en su pálido reflejo de lo que un día fueron Orlando Bloom (Zulu) y Kaira Knightley (Laggies). Y aunque Javier Bardem (El consejero) consigue hacer interesante un personaje pintado con brocha gorda, lo cierto es que su mera presencia no es suficiente para cargar sobre su espalda todo el peso narrativo y dramático.

Al final, Piratas del Caribe: La venganza de Salazar (que alguien me explique el porqué de este nombre cuando el original –Los muertos no cuentan cuentos– es mucho más atractivo y se menciona en la propia película) se convierte en una simple y llana aventura, incapaz de ofrecer nada más que un broche final más o menos digno a muchos de los personajes que durante años han surcado las salas de todo el mundo haciéndose con un botín que todavía sigue aumentando. Espectáculo, por supuesto. Diversión, bastante asegurada. Interés, poco. Originalidad, más bien nada. Y a pesar de todo, parece que la Perla Negra seguirá surcando los mares.

Nota: 6,5/10

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‘Black Sails’ evoluciona con el pasado de los personajes en su 2ª T


Los protagonistas de 'Black Sails' afrontan nuevos retos en la segunda temporada.Posiblemente lo mejor de una historia que combina ficción y realidad es comprobar cómo los narradores son capaces de adecuar los tiempos para que los personajes ficticios evolucionen en función de los acontecimientos históricos que se conocen. La primera temporada de Black Sails consiguió ir de menos a más gracias a esta pericia, y la segunda entrega, de 10 episodios, ha confirmado que estamos ante uno de los productos más originales de la parrilla. Con un conflicto de fondo como es el de la piratería en el Caribe, la serie ha sabido evolucionar mucho más allá para narrar algo mucho más grande que la mera aventura pirata, al tiempo que ha empezado a dar forma a los principales personajes de La isla del tesoro, relato de Robert L. Stevenson que se encuentra en la base de la serie.

En efecto, lejos de limitarse a desarrollar los personajes que fueron presentados en la primera parte, los responsables de la trama, con Robert Levine y Jonathan E. Steinberg (serie Escudo humano) a la cabeza, han optado por dar un golpe de timón y abordar una historia más compleja, con mayores matices y, sobre todo, con consecuencias para los protagonistas más interesantes. Partiendo de la base de que el rol de Toby Stephens (The machine) no es quien dice ser, la ficción adquiere un cariz totalmente distinto que permite al espectador analizar los acontecimientos desde una perspectiva nueva. Desde luego, lo más interesante es comprobar cómo la serie, sin necesidad de dar un giro a su historia, es capaz de transformarla lo suficiente para que renueve el interés. A esto se suma, por supuesto, la calidad de algunos personajes como el de Charles Vane (de nuevo con los rasgos de Zach McGowan, visto en Snapshot), cuya evolución le ha convertido en uno de los grandes atractivos de la serie, o el del propio John Silver (Luke Arnold –The tunnel-), que ya empieza a desvelar algunas de las características descritas en la novela de Stevenson.

Esto no quiere decir que todas las decisiones de la segunda temporada de Black Sails hayan sido acertadas o, si se prefiere, adecuadas. Baste decir que la revelación en el pasado del personaje de Stephens, si bien es un giro dramático muy impactante, resulta extremo, como si se intentara ofrecer al espectador un dato que aleje al personaje aún más de su leyenda. No se trata, por tanto, de la credibilidad del oscuro secreto que guarda, sino más bien de cómo eso encaja en la trama y lo que realmente aporta a ella. Por lo pronto, y a la espera de lo que pueda ocurrir en sucesivas temporadas, no ha generado el impacto esperado (de hecho, queda más bien como una anécdota), por lo que cabe preguntarse si tal detalle era necesario. Asimismo, algunos personajes como el de Hannah New (Maléfica) no terminan de consolidarse, posiblemente porque las dudas de su personaje se lo impiden.

A pesar de ello, los problemas que presenta esta tanda de episodios no trascienden demasiado al conjunto del arco dramático, permitiendo a la serie desarrollarse sin mayores dificultades y explorando nuevos planos narrativos a través de diversas tramas secundarias. Uno de los más interesantes, salvo por el detalle antes mencionado, es el pasado del protagonista, que permite al espectador no solo conocer mejor sus intenciones, sino ubicar en la trama a varios personajes, sobre todo al de Louise Barnes (Critical assignment). Y es precisamente este rol el que protagoniza uno de los giros narrativos más inesperados, desencadenando una ruptura absoluta con el pasado de la serie y encaminándola hacia un futuro en el que la diferencia entre piratas y gobiernos será absoluta, si es que no lo era ya.

Más violencia

No seré yo quien diga que Black Sails no es una serie con momentos realmente violentos, pero en comparación con otras producciones de similares características hay que reconocer que esta ficción apadrinada por Michael Bay (Dolor y dinero) tendía más a la aventura que a las vísceras. Hasta esta temporada. La aparición de un personaje, un nuevo pirata, en el primer episodio es toda una declaración de intenciones de lo que será esta nueva etapa. Y desde luego que cumple con las expectativas. Si bien la presencia de este catalizador no es duradera, tanto su final como los acontecimientos que se desarrollan después están marcados por una violencia notable, quizá no tanta como cabría esperar pero a todas luces mayor que la vista hasta ahora.

Y eso es algo de agradecer. No quiero hacer con esto una especie de apología de la violencia, pero un mundo tan salvaje como el mostrado en la serie, en el que los hombres luchaban y morían casi a diario, la ausencia de sangre era un dato a tener en cuenta. Por ello, el viaje hacia posturas más radicales que algunos personajes como el de Vane realizan en estos episodios es tan bienvenida. Sobre todo porque encuentra una sólida justificación en las motivaciones y los objetivos asociados a cada uno de ellos. Esto no provoca, además, que la trama pierda intensidad dramática, más bien al contrario. El punto de giro protagonizado por el personaje de Barnes que antes mencionaba es una buena prueba de ello.

Aunque personalmente el giro dramático más importante lo protagoniza el personaje de Arnold, ese joven John Silver que ya empieza a demostrar sus cualidades. A diferencia de lo que ocurría en la primera temporada, la capacidad de este rol para dominar a sus semejantes se hace patente en todos y cada uno de los episodios de la segunda parte. La conciencia que toma Silver de su poder no pasa desapercibida, y de hecho se convierte en uno de los motores dramáticos más importantes. Pero es la forma en que concluye la temporada lo que debería marcar un punto de inflexión imprescindible, acercándole más al personaje que todos los lectores de La isla del tesoro conocen. Su mayor protagonismo es uno de los grandes aciertos de la temporada, y lo más probable es que sea aprovechado en la tercera entrega.

La impresión general que Black Sails deja en su segunda temporada es la de una serie que no quiere anclarse, que busca en todo momento ofrecer al espectador algo más que la aventura de piratas. Desde luego, la fusión entre ficción y realidad ayuda mucho a esto, pero son los personajes los que parecen que van a poder sostener en el futuro todo el peso dramático. Es cierto que existen algunos aspectos que podrían ser mejorados, pero por suerte para la serie  son menores que las virtudes que presenta. Lo que en cualquier caso parece claro es que el viaje a la isla del tesoro cada vez está más cerca.

‘Black Sails’ crece entre personajes históricos y ficticios en su 1ª T


'Black Sails' narra la relación entre John Silver y el capitán Flint.Si una producción está apadrinada, digamos, por Martin Scorsese (Uno de los nuestros), los prejuicios, buenos y malos, son inevitables. Del mismo modo, si una serie tiene como nombre de peso el de Michael Bay (Transformers) sobran las palabras. Espectacularidad, grandes planos y pieles brillantes es lo que mejor define su cine en el plano visual. Por eso a nadie debería extrañarle que la primera temporada de Black Sails sea, en este sentido, todo un producto made in Bay. Pero más allá de su envoltorio, más allá de sus espectaculares batallas navales o de sus violentas peleas, se esconde una trama interesante y original que combina inteligentemente personajes históricos con ficciones narrativas. Todo en el incomparable marco de la piratería en el Caribe.

Para aquellos que no hayan tenido la oportunidad de acercarse a esta aventura con dosis de intriga, traición y picaresca, estos primeros 8 episodios creados por Robert Levine y Jonathan E. Steinberg, colaboradores desde la serie Jericó, se centran en la vida de un joven John Silver, quien años más tarde se convertirá en el pirata más famoso de la literatura gracias a ‘La isla del Tesoro’ de Robert Louis Stevenson. Concretamente, la acción comienza cuando éste, por un azar del destino, se cruza en el camino del capitán Flint, otro personaje mencionado en la novela, quien para encontrar un inmenso tesoro español necesita una ruta descrita en un papel que está en manos de Silver. Bajo esta premisa se desarrolla un complejo mundo de intrigas, conspiraciones, rebeliones y traiciones en la que se citan famosos piratas como Charles Vane (Zach McGowan), Jack ‘Calico’ Rackham (Toby Schmitz) o Anne Bonny (Clara Paget), una de las pocas mujeres que optaron por este estilo de vida. Y como digo, lo más interesante de la serie es comprobar cómo Historia e historia van de la mano.

Un proceso, por cierto, que va de menos a más, lo cual es algo a tener en cuenta a la hora de acercarse a Black Sails. Si bien es cierto que sus títulos iniciales son espectaculares y prometedores, el desarrollo dramático del episodio piloto no es todo lo que cabría esperar de este tipo de producciones, sobre todo viendo el resultado de los últimos compases de la temporada. A pesar de que muestra un mundo muy distinto al que estamos acostumbrados a ver (los piratas son organizados y responden ante una jefa… sí, una mujer), el hecho de centrar la atención en el protagonista y en secundarios que tienen, al menos en este instante, poco o ningún interés, resta fuerza al conjunto. Silver, interpretado con bastante soltura por Luke Arnold (Dealing with destiny), es definido como un rol irritante, capaz de salir de cualquier situación gracias a su labia. Si bien es cierto que esto no es necesariamente malo (es más, genera algunas situaciones a posteriori realmente notables), hay que decir que durante los primeros minutos puede parecer poco creíble.

De algún modo, con los secundarios ocurre lo contrario. Su presencia en la primera parte de la temporada, teniendo algunos episodios con más relevancia que el capitán Flint (un Toby Stephens espléndido), lleva a la serie a plantear una serie de líneas argumentases secundarias de lo más interesantes, pero otorga protagonismo a unos roles de los que apenas se conoce nada y que es evidente que tendrán un papel secundario en la serie, sobre todo si se tiene en cuenta que los protagonistas son Flint y Silver. Todo ello puede llevar a la errónea conclusión de estar ante una producción menor de piratas en la que lo único que importa son las secuencias de acción y cuya trama es un compendio de situaciones a modo de excusa para unir batallas navales y terrestres. Pero superados estos primeros episodios lo que el espectador se encuentra es algo bastante diferente.

Urca de Lima

Si se analiza el arco dramático de estos primeros episodios de Black Sails la conclusión es que el primer acto, que abarca más o menos los dos primeros capítulos, es algo confuso, tal vez de poco interés, obligado en cierto modo por las necesidades derivadas de presentar a los personajes y sus posiciones de partida en la historia. Pero a medida que se avanza hacia el segundo acto, y sobre todo cuando los acontecimientos se precipitan en el tercer acto, la serie gana enteros en todos los sentidos, desde el drama de unos hombres que marchan a la aventura sospechando de su capitán, hasta la espectacularidad de los combates entre galeones en los mares del Caribe. Todo ello tiene un único leit motiv, o como diria Alfred Hitchcock (Psicosis) un “McGuffin”, aunque en este caso sí tiene relevancia: el Urca de Lima, nave capitana de la Flota española que transportaba el tesoro de la corona y que encontró su destino en las costas de Florida en los primeros años de 1700.

Su presencia es la que logra aunar bajo una única bandera negra los diferentes aspectos de la trama principal, como son la relevancia del personaje de Silver, el motín que sufre el capitán Flint o las distintas muertes que se suceden en el barco. El viaje que emprende la tripulación se convierte así en un fresco de intereses personales, de traiciones e intrigas que bien podrían enmarcarse en cualquier serie dramática que transcurra en las calles de una ciudad norteamericana. El hecho de que el trasfondo sea un barco pirata en pleno siglo XVIII no hace sino acentuar los conflictos internos de algunos roles, además de ofrecer al espectador una visión bastante más adulta, seria y compleja de la mecánica y el funcionamiento de una tripulación pirata. No hay que dejar pasar en este sentido algunas de las reflexiones morales sobre el sentido de la piratería o las verdaderas motivaciones de estos hombres. El desenlace de esta trama principal, a medio camino entre la ansiedad del combate y la tragedia de la rebelión, no podría ser más adecuado, pues no solo representa esa fusión entre Historia y ficción, sino que pone toda la carne en el asador para la segunda temporada ya planteada.

La importancia de este barco español es tal que no solo articula y consolida la trama principal, sino que da forma a las diferentes tramas secundarias de los piratas “históricos”. Gracias al Urca de Lima las historias de Vane y Rackham se desarrollan en unas direcciones mucho más interesantes de lo que en un principio cabría esperar. De convertirse en meros antagonistas de los roles principales evolucionan hacia posiciones propias alimentadas por sus propios objetivos que poco o nada tienen que ver con la venganza hacia el capitán Flint y los suyos (es de suponer que este sea un aspecto a retomar en un futuro no muy lejano). El hecho de que tengan entidad propia les convierte en roles a tener en cuenta, capaces de crear situaciones y tramas por sí mismos, y con una definición tan rica en matices que termina redundando en el balance general de la serie.

Estamos, por tanto, ante una producción que ha sabido sobreponerse a sus limitaciones iniciales. La primera temporada de Black Sails es una buena muestra (otra más) de que se pueden hacer cosas diferentes, frescas y entretenidas en televisión. Es cierto que no es de las mejores producciones históricas que ahora mismo se emiten por la pequeña pantalla, pero eso no impide que no esté uno o dos peldaños por encima de otras ficciones de aventuras. El hecho de que introduzca personajes reales en una historia que toma como punto de partida unos roles de la ficción literaria es algo admirable, sobre todo por la forma en que lo hace. Quizá la mejor prueba de su calidad sea su último episodio, cuyo desarrollo está plagado de intriga, drama y acción. Su batalla final es Michael Bay en estado puro. Solo queda esperar que su continuación mejore el camino emprendido.

‘300: El origen de un imperio’: Leónidas sigue reinando


Sullivan Stapleton protagoniza '300: El origen de un imperio', dirigida por Noam Murro.Han pasado 8 años desde que 300 (2006) abriera el camino a una nueva forma de entender la épica grecorromana. Un camino que muchas otras producciones han seguido con desigual fortuna. Ahora su más directa heredera, nada menos que la continuación, llega para intentar, por lo menos, ser digna del legado de Leónidas y sus valientes espartanos. Y el resumen podría ser que cumple con lo previsto, aunque sería un resumen algo simplista e indudablemente incompleto. Porque lo cierto es que la película, aun teniendo numerosos elementos a su favor, peca de aquello que nunca puede faltar en un film: un destino.

No deja de ser irónico que 300: El origen de un imperio (me encantaría que alguien explicara a qué imperio hace referencia el título) tenga “origen” pero no final. La cinta, que viene a narrar los acontecimientos que suceden de forma paralela a lo acontecido en su predecesora, aprovecha las características de la saga, es decir, fotografía, efectos digitales y violencia, para mostrar una cruenta batalla por la libertad. Sin embargo, la verdadera batalla en la que los pueblos griegos lograron derrotar la amenaza de un futuro bajo el yugo persa queda, literalmente, inconclusa. La sensación, por tanto, es la de estar ante una especie de 300 pero desde otro punto de vista, lo cual no hace sino restar méritos a los acontecimientos y protagonistas de esta historia, que no son otros que los atenienses, cuyas capas son azules para distinguirse de los apasionados espartanos.

La narrativa de Noam Murro (Gente inteligente), por otro lado, debe demasiado a la labor que en su día realizó Zack Snyder. Sí, su uso de las tonalidades azules y frías otorgan al conjunto otro aspecto y transmite otras sensaciones, definiendo al pueblo ateniense de forma diametralmente opuesta al espartano, de tonalidades más rojas. Empero, el uso de determinados planos (algunos demasiado similares al original) y de los recursos de la cámara lenta remiten en exceso al original, lo que en ningún momento permite entender este film como un ente independiente y complementario del anterior. Más bien parece ser un necesario derivado. Eso sí, como toda secuela que se precie ofrece más en todos los sentidos: más violencia, más espectacularidad y más sangre. Mucha más sangre.

Al final, 300: El origen de un imperio se revela como una digna secuela, realizada con cabeza y no como un producto débil y sin sustento. Sus constantes reminiscencias a la gesta de las Temópilas, sin embargo, enturbian el desarrollo propio de una historia que, aunque relacionada, debería ser independiente. La ira de los espartanos llega hasta tal punto que su presencia en Salamina pone punto y final a la historia, que no a la batalla, que se narra en el film. Curiosamente, el final debería haber sido algo en lo que imitar a su predecesora, y es lo único en lo que no se la imita. El sacrificio de Leónidas se hace, si cabe, aún más grande.

Nota: 6,5/10

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