‘Z, la ciudad perdida’: lo que esconde la obsesión con el Amazonas


Después de seis películas, el director James Gray (Two lovers) se ha convertido en uno de esos autores de Hollywood capaces de sacar adelante proyectos complejos en lo dramático y en lo técnico. Y desde luego, su último proyecto no se aparta de esta idea. Incluso si solo atendemos a la duración de la historia, que transcurre a principios del siglo XX, y a los numerosos acontecimientos por todo el mundo que la nutren, la película ya recuerda a las grandes épicas del Hollywood clásico. Pero por suerte, hay mucho más.

Z, la ciudad perdida es una obra mastodóntica en todos los sentidos. Visualmente incomparable, con unos escenarios tan variopintos como la selva amazónica, la Inglaterra de principios de siglo o las trincheras de la I Guerra Mundial, el film explora, más que la simple búsqueda de aventuras, el constante equilibrio entre el deber y la familia, entre una obsesión y el deber con aquellos que son más cercanos a nosotros. En este sentido, Gray compone con un puñado de protagonistas todo un cosmos en el que, incluso los secundarios, abordan de algún modo esta dualidad, esta confrontación dramática que termina convirtiéndose en el motor de una historia cuyo final, por cierto, es de los más elegantes y bellos que se podían realizar teniendo en cuenta el desenlace de la historia real que relata.

Posiblemente el mayor problema del film sea su duración. A pesar de que la obra es capaz de mantener el interés durante buena parte de su metraje, sobre todo cuando la selva es la protagonista, es inevitable que el ritmo decaiga en numerosas ocasiones, lo que le hace flaco favor, además al reparto. Y es que, aunque la labor del director con los actores es espectacular, no impide que sus carencias interpretativas se perciban a lo largo de las casi dos horas y media de duración, fundamentalmente en aquellos momentos más dramáticos. Con todo, es de justicia reconocer su trabajo en un film que abarca décadas, y en el que los personajes pasan por diferentes etapas de su vida. En este sentido, el tratamiento del guión, que presenta de forma diferente a los protagonistas dependiendo del momento, es formidable.

Pero a pesar de sus debilidades, Z, la ciudad perdida es una de las aventuras épicas más atractivas e interesantes de los últimos años. Gray es capaz de crear un universo fascinante, un mundo con el que demuestra que lo inexplorado todavía tiene cabida en una sociedad que tiene cualquier rincón del mundo al alcance de un clic. Con una puesta en escena elegante y sobria, el director explora las pasiones de un hombre obsesionado no solo con un descubrimiento, sino con el honor, su familia y la reparación de su nombre. En realidad, y aunque la ciudad perdida sea el Mcguffin, lo verdaderamente relevante son las motivaciones que llevan a estos hombres a volver a la selva amazónica hasta en tres ocasiones. Es ahí donde la obra alcanza su mayor expresividad, y donde el espectador puede encontrar todo lo que esconde el film.

Nota: 7,5/10

‘Kong: La Isla Calavera’: el olor del napalm por la mañana


Realizar la enésima película sobre un personaje o una misma historia siempre es una apuesta arriesgada. Contar algo diferente, no caer en tópicos, etc., suelen ser problemas añadidos a la ya de por sí difícil tarea de componer una historia. De ahí que resulte tan satisfactorio encontrarse con un producto como la nueva versión de King Kong, una grata sorpresa que esconde varias interpretaciones a medida que se avanza en su trama y se rasca un poco sobre esa superficie de serie B maquillada con gran presupuesto y un puñado de estrellas que disfrutan como niños.

Porque, en efecto, Kong: La Isla Calavera es un entretenimiento en todos los sentidos. Visualmente espectacular, la labor de Jordan Vogt-Roberts (The kings of summer) no se limita únicamente a narrar la historia, sino que aprovecha con inteligencia las posibilidades que ofrece la perspectiva de tamaños entre el gigantesco simio y los diminutos humanos. La llegada a la isla, sin ir más lejos, es uno de los momentos más espectaculares del cine de acción de los últimos meses, combinando ritmo y belleza visual a partes iguales. Y cómo no, las inevitables luchas entre monstruos de proporciones ciclópeas que harán las delicias de cualquier aficionado al género.

Aunque desde luego, lo más interesante es el guión, lo cual puede parecer obvio pero es todo un logro para este tipo de films. Sin apenas carencias de ritmo, el desarrollo dramático combina adrenalina y narrativa casi a partes iguales y, lo que es más atractivo, ofrece una interpretación diferente no solo de este argumento, sino de la visión general de este personaje a lo largo de los años. Con la guerra de Vietnam como telón de fondo, la cinta se afana en dibujar un ejército americano obsesionado con un enemigo al que no puede derrotar, y al que quiere aniquilar incluso cuando está de su parte, con algunas referencias a clásicos del cine que no deberían ser pasadas por alto (entre ellas, cómo no, Apocalypse Now). Algo muy diferente a la imagen de atracción de feria que tiene este enorme mono en las versiones ambientadas en los años 20.

Quizá el mayor problema sean los arquetípicos personajes de su historia y la imperiosa necesidad de transitar algunos lugares comunes en su arco narrativo. Esto, sin duda, resta complejidad a la trama, pero lo cierto es que tampoco la busca. Kong: La Isla Calavera es lo que quiere ser, un divertimento sin mayor preocupación que la de evadir al espectador durante un par de horas. Pero si además lo hace aportando algo más de trasfondo y crítica política y social, mejor que mejor.

Nota: 7/10

‘El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos’, un film para unirlos a todos


Martin Freeman encarna a Bilbo Bolsón por última vez en 'El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos'.Han sido necesarias seis películas, pero parece que finalmente Peter Jackson, autor cinematográfico de las aventuras en la Tierra Media, ha dado carpetazo a su particular visión de los clásicos de aventura fantástica escritos por J.R.R. Tolkien. Seis películas que hace menos de 15 días encontraron su último representante en El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos, que viene a ser un broche no solo a una trilogía innecesaria, sino a todo un fenómeno que se inició allá por 2001 con El señor de los anillos: La comunidad del anillo. El resultado, con sus luces y sus sombras, es más correcto que el de sus dos predecesoras, fundamentalmente porque no necesita ocupar metraje con elementos secundarios.

Más adelante analizaré la película en sí, pero antes es conveniente enmarcarla en el contexto en el que debe ser entendida. Y es que no solo no es independiente de las dos anteriores entregas, sino que su valor se enriquece desde el momento en que se considera un nexo de unión entre esta trilogía y la de ‘El señor de los anillos’. En efecto, no solo algunos de sus personajes comparten ambas trilogías (algunos de ellos forzados por las circunstancias, como es el caso de Legolas), sino que el desenlace de las principales historias invita a revisar la trilogía protagonizada por Elijah Wood (Grand Piano) y Viggo Mortensen (La carretera). Independientemente de la fidelidad a la obra original, prácticamente ninguna si tenemos en cuenta que son más de seis horas de metraje para un libro de poco más de 200 páginas, resulta meritorio comprobar cómo las tramas se cierran en un círculo, creando un puente entre las películas que convierte ambas sagas en una única aventura de seis películas.

Pero hay más trasfondo en esta tercera y última entrega. Mucho más. El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos es, en cierto modo, un reflejo a menor escala de El señor de los anillos: El retorno del rey (2003), casi tanto como las dos primeras partes lo fueron unas de otras. En este sentido, ambas sagas discurren de forma paralela con una estructura similar, unas set pieces muy parecidas y un desenlace bélico con varios puntos de unión, sobre todo en lo que a épica y emotividad se refiere. Claro que esto, aunque como idea general es muy loable, no logra la consistencia necesaria si tenemos en cuenta que una (‘El hobbit’) necesita alargarse sin sentido con tramas y personajes secundarios que encajan a duras penas, y la otra (‘El señor de los anillos’) tuvo que ser acortada para poder acomodarla a las tres entregas.

Esto es lo que convierte a una en un clásico y a otra en un paquete de aventuras inocentes a la sombra de su hermana mayor. En cualquier caso, y como proyecto cinematográfico, no es posible reconocer el mérito de unir tantas historias bajo un único techo, con una línea argumental que comienza en El hobbit: Un viaje inesperado (2012) y termina en la ya mencionada ‘El retorno del rey’. Con el anillo como epicentro de todo, ambas trilogías se mueven por terrenos similares, por aventuras con protagonistas y escenarios que son ecos unos de otros, y con enemigos que, en definitiva y a pesar de sus diferentes diseños, son siempre los mismos. Se convierte casi en un reto, por tanto, abordar las seis películas para poder encontrar todos los nexos de unión entre ellas, y comprobar si la intención de Peter Jackson realmente queda patente en los fotogramas.

Una conclusión notable

Prueba de ese reflejo que es la trilogía de ‘El hobbit’ respecto a la de ‘El señor de los anillos’ es que esta tercera entrega es la mejor de todas, más o menos como le venía a ocurrir a ‘El retorno del rey’, aunque sobre esto siempre habrá todas las discusiones posibles. Lo que sí parece evidente es que El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos hace honor a su título. Más de dos horas de combates entre humanos, orcos, elfos, enanos y bestias que apenas dan respiro para un desarrollo dramático notable… claro que tampoco es necesario. Los personajes, presentados en las dos anteriores entregas, muestran ahora su faceta más dinámica, luchando sin descanso entre montañas, las calles de una ciudad o el lecho de un río helado. Todo para evidenciar una técnica digital casi impecable que deja ver su truco en algún que otro momento.

Esto no impide, o al menos no debería, que el espectador disfrute con cada momento, deseando casi que las pocas secuencias de diálogo y pausa se terminen para pasar de nuevo a la acción. Bajo este prisma, esta tercera película se convierte en un derroche de imaginación a la hora de realizar movimientos de combates y muertes épicas, si bien es cierto que carece casi por completo de sorpresa o giros argumentales importantes. Curiosamente, uno de los mejores momentos del film reside en la labor de Richard Armitage (En el ojo de la tormenta) como líder de los enanos, quien sufre una transformación interesante y bien plasmada que dota al conjunto y a su evolución de un trasfondo dramático algo más intenso de lo que se había visto con anterioridad.

Aunque como decía al comienzo, uno de los aspectos más interesantes de esta película es su forma de completar un proyecto que va mucho más allá de su propia dimensión, e incluso de su condición de final de una trilogía. Así, no solo cierra las historias secundarias desarrolladas a lo largo de las dos anteriores películas, sino que sitúa a cada personaje en la senda hacia las aventuras de ‘El señor de los anillos’, reservando un último plano que enlaza con aquella primera película de comienzos de siglo. Todo ello, unido a un desarrollo dramático similar en fondo y forma al de la última de las entregas originales, da como resultado una película más entretenida y en líneas generales mejor que sus predecesoras.

Pero esto no significa que El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos sea un gran film. Ni siquiera que esté a la altura de lo que logró la trilogía de ‘El señor de los anillos’. Al fin y al cabo, estas tres películas no dejan de ser un reflejo de aquellas. Esta última entrega posiblemente adquiera mayor relevancia porque adopta un tono más adulto y alejado de cabriolas y humor sin demasiado sentido, centrándose más en el lado oscuro que amenazaba en todo momento pero que nunca terminaba de representar una seria amenaza. Termina así un viaje, y lo hace de una forma más que correcta que sirve, además, de nexo de unión para un proyecto cinematográfico mucho mayor, más épico y, aunque solo sea por el esfuerzo invertido, memorable.

‘Black Sails’ crece entre personajes históricos y ficticios en su 1ª T


'Black Sails' narra la relación entre John Silver y el capitán Flint.Si una producción está apadrinada, digamos, por Martin Scorsese (Uno de los nuestros), los prejuicios, buenos y malos, son inevitables. Del mismo modo, si una serie tiene como nombre de peso el de Michael Bay (Transformers) sobran las palabras. Espectacularidad, grandes planos y pieles brillantes es lo que mejor define su cine en el plano visual. Por eso a nadie debería extrañarle que la primera temporada de Black Sails sea, en este sentido, todo un producto made in Bay. Pero más allá de su envoltorio, más allá de sus espectaculares batallas navales o de sus violentas peleas, se esconde una trama interesante y original que combina inteligentemente personajes históricos con ficciones narrativas. Todo en el incomparable marco de la piratería en el Caribe.

Para aquellos que no hayan tenido la oportunidad de acercarse a esta aventura con dosis de intriga, traición y picaresca, estos primeros 8 episodios creados por Robert Levine y Jonathan E. Steinberg, colaboradores desde la serie Jericó, se centran en la vida de un joven John Silver, quien años más tarde se convertirá en el pirata más famoso de la literatura gracias a ‘La isla del Tesoro’ de Robert Louis Stevenson. Concretamente, la acción comienza cuando éste, por un azar del destino, se cruza en el camino del capitán Flint, otro personaje mencionado en la novela, quien para encontrar un inmenso tesoro español necesita una ruta descrita en un papel que está en manos de Silver. Bajo esta premisa se desarrolla un complejo mundo de intrigas, conspiraciones, rebeliones y traiciones en la que se citan famosos piratas como Charles Vane (Zach McGowan), Jack ‘Calico’ Rackham (Toby Schmitz) o Anne Bonny (Clara Paget), una de las pocas mujeres que optaron por este estilo de vida. Y como digo, lo más interesante de la serie es comprobar cómo Historia e historia van de la mano.

Un proceso, por cierto, que va de menos a más, lo cual es algo a tener en cuenta a la hora de acercarse a Black Sails. Si bien es cierto que sus títulos iniciales son espectaculares y prometedores, el desarrollo dramático del episodio piloto no es todo lo que cabría esperar de este tipo de producciones, sobre todo viendo el resultado de los últimos compases de la temporada. A pesar de que muestra un mundo muy distinto al que estamos acostumbrados a ver (los piratas son organizados y responden ante una jefa… sí, una mujer), el hecho de centrar la atención en el protagonista y en secundarios que tienen, al menos en este instante, poco o ningún interés, resta fuerza al conjunto. Silver, interpretado con bastante soltura por Luke Arnold (Dealing with destiny), es definido como un rol irritante, capaz de salir de cualquier situación gracias a su labia. Si bien es cierto que esto no es necesariamente malo (es más, genera algunas situaciones a posteriori realmente notables), hay que decir que durante los primeros minutos puede parecer poco creíble.

De algún modo, con los secundarios ocurre lo contrario. Su presencia en la primera parte de la temporada, teniendo algunos episodios con más relevancia que el capitán Flint (un Toby Stephens espléndido), lleva a la serie a plantear una serie de líneas argumentases secundarias de lo más interesantes, pero otorga protagonismo a unos roles de los que apenas se conoce nada y que es evidente que tendrán un papel secundario en la serie, sobre todo si se tiene en cuenta que los protagonistas son Flint y Silver. Todo ello puede llevar a la errónea conclusión de estar ante una producción menor de piratas en la que lo único que importa son las secuencias de acción y cuya trama es un compendio de situaciones a modo de excusa para unir batallas navales y terrestres. Pero superados estos primeros episodios lo que el espectador se encuentra es algo bastante diferente.

Urca de Lima

Si se analiza el arco dramático de estos primeros episodios de Black Sails la conclusión es que el primer acto, que abarca más o menos los dos primeros capítulos, es algo confuso, tal vez de poco interés, obligado en cierto modo por las necesidades derivadas de presentar a los personajes y sus posiciones de partida en la historia. Pero a medida que se avanza hacia el segundo acto, y sobre todo cuando los acontecimientos se precipitan en el tercer acto, la serie gana enteros en todos los sentidos, desde el drama de unos hombres que marchan a la aventura sospechando de su capitán, hasta la espectacularidad de los combates entre galeones en los mares del Caribe. Todo ello tiene un único leit motiv, o como diria Alfred Hitchcock (Psicosis) un “McGuffin”, aunque en este caso sí tiene relevancia: el Urca de Lima, nave capitana de la Flota española que transportaba el tesoro de la corona y que encontró su destino en las costas de Florida en los primeros años de 1700.

Su presencia es la que logra aunar bajo una única bandera negra los diferentes aspectos de la trama principal, como son la relevancia del personaje de Silver, el motín que sufre el capitán Flint o las distintas muertes que se suceden en el barco. El viaje que emprende la tripulación se convierte así en un fresco de intereses personales, de traiciones e intrigas que bien podrían enmarcarse en cualquier serie dramática que transcurra en las calles de una ciudad norteamericana. El hecho de que el trasfondo sea un barco pirata en pleno siglo XVIII no hace sino acentuar los conflictos internos de algunos roles, además de ofrecer al espectador una visión bastante más adulta, seria y compleja de la mecánica y el funcionamiento de una tripulación pirata. No hay que dejar pasar en este sentido algunas de las reflexiones morales sobre el sentido de la piratería o las verdaderas motivaciones de estos hombres. El desenlace de esta trama principal, a medio camino entre la ansiedad del combate y la tragedia de la rebelión, no podría ser más adecuado, pues no solo representa esa fusión entre Historia y ficción, sino que pone toda la carne en el asador para la segunda temporada ya planteada.

La importancia de este barco español es tal que no solo articula y consolida la trama principal, sino que da forma a las diferentes tramas secundarias de los piratas “históricos”. Gracias al Urca de Lima las historias de Vane y Rackham se desarrollan en unas direcciones mucho más interesantes de lo que en un principio cabría esperar. De convertirse en meros antagonistas de los roles principales evolucionan hacia posiciones propias alimentadas por sus propios objetivos que poco o nada tienen que ver con la venganza hacia el capitán Flint y los suyos (es de suponer que este sea un aspecto a retomar en un futuro no muy lejano). El hecho de que tengan entidad propia les convierte en roles a tener en cuenta, capaces de crear situaciones y tramas por sí mismos, y con una definición tan rica en matices que termina redundando en el balance general de la serie.

Estamos, por tanto, ante una producción que ha sabido sobreponerse a sus limitaciones iniciales. La primera temporada de Black Sails es una buena muestra (otra más) de que se pueden hacer cosas diferentes, frescas y entretenidas en televisión. Es cierto que no es de las mejores producciones históricas que ahora mismo se emiten por la pequeña pantalla, pero eso no impide que no esté uno o dos peldaños por encima de otras ficciones de aventuras. El hecho de que introduzca personajes reales en una historia que toma como punto de partida unos roles de la ficción literaria es algo admirable, sobre todo por la forma en que lo hace. Quizá la mejor prueba de su calidad sea su último episodio, cuyo desarrollo está plagado de intriga, drama y acción. Su batalla final es Michael Bay en estado puro. Solo queda esperar que su continuación mejore el camino emprendido.

Disney aporta sus señas de identidad a ‘Tarzán’ pero deja su esencia


Disney logró combinar en su 'Tarzán' la filosofía del personaje y la de la productora.No cabe duda de que uno de los personajes más conocidos e icónicos de la literatura es Tarzán, el hombre criado por simios que se convierte en el rey de la selva. Creado por Edgar Rice Burroughs, sus adaptaciones al cine comienzan en 1918, siendo las más conocidas las interpretadas por el que, personalmente, creo que ha sido, es y siempre será Tarzán: Johnny Weissmuller (Tarzán de los monos). Sin embargo, vamos a abordar otra de las adaptaciones que, por el momento en que se hizo y la técnica utilizada, posee matices interesantes. Nos referimos a Tarzán (1999), la versión Disney del personaje.

Es inevitable recordar este film dirigido por Chris Buck (Frozen: El reino del hielo) y Kevin Lima (102 dálmatas) ahora que otra adaptación de inminente estreno utiliza también la animación como medio (aunque en este caso es 3D). Con todo, la cinta que aquí tratamos se ha ganado con los años el derecho a estar entre lo mejor que se ha hecho sobre el personaje, principalmente porque supo encontrar el equilibrio entre el espíritu infantil y soñador de la productora y el tono serio y algo más sombrío de la historia. Puede que la mejor muestra de ello sea el hecho de presenciar una de las primeras muertes de la historia de la compañía, aunque sólo sea de forma sonora. En este sentido, el guión encuentra un equilibrio perfecto entre ambos mundos gracias, entre otras cosas, a dividir la trama en dos partes bien diferenciadas incluso en su paleta cromática: la infancia y la edad adulta. Gracias a esto el desarrollo evoluciona de menos a más en todos los aspectos, ofreciendo un viaje en el que los conflictos se suceden casi sin tregua, si bien es cierto que unos son más físicos que otros. Así, los minutos en los que el protagonista es pequeño se presentan despreocupados, vivos y coloridos, mientras que en la edad adulta los tonos oscuros se entremezclan con los más claros, aportados en este caso por los secundarios.

Aunque lo realmente interesante es que Tarzán no se entrega a la aventura o la acción sin sentido. Ni mucho menos quiere esto decir que sea una reflexión filosófica sobre el ser humano. Al fin y al cabo, es Disney. Pero con todo y con eso, el film recoge numerosas reflexiones que acompañan a los orígenes del personaje. Desde la soledad por sentirse rechazado entre aquellos a los que considera semejantes sólo por ser diferente, hasta la búsqueda de la identidad una vez se encuentra con otros humanos, la película trata con notable sentido dramático los conflictos internos a los que se enfrenta el protagonista, sobre todo aquel que tiene que ver con su lugar en el mundo. Y como suele decirse, lo importante está en los detalles. Que el protagonista descubra su pasado a través de imágenes, que se civilice (otro término que ofrece muchas connotaciones) o que se debata entre su amor por la hermosa protagonista y su responsabilidad con su familia son elementos que, en mayor o menor medida, siempre han estado.

Empero, la cinta la expresividad corporal del personaje para narrar su evolución y esos conflictos que nutren el desarrollo de la trama. El uso de los nudillos para caminar, o el mero hecho de que camine a cuatro patas, son algunos de los detalles a los que hacía referencia. Esto, unido a cualidades del personaje como su curiosidad o su sentido de la moral inculcado por la vida salvaje terminan definiendo mejor que cualquier otro aspecto las diferentes caras del protagonista, sin duda el mejor representado si tenemos en cuenta que los secundarios son, en líneas generales, bastante arquetípicos (sus rasgos físicos les definen casi antes de que digan una sola frase).

Dinamismo en plena crisis

Como no podía ser de otro modo, la adaptación está marcada por una magistral banda sonora compuesta por Phil Collins en varios idiomas y que fue premiada con un Oscar. La capacidad del artista para narrar con canciones lo que se ve en imágenes recuerda a la labor de Elton John en El rey león (1994), salvando las evidentes distancias. Sin embargo, si hay algo que define a esta película es el momento en el que apareció y la técnica utilizada para llevarla a cabo, a medio camino entre la animación por ordenador y la tradicional.

Se puede considerar a este Tarzán el eslabón entre el nuevo rumbo que dio Disney con el cine de animación por ordenador y la animación que hasta entonces venía haciendo. El descenso continuado en la calidad de las tramas y de los personajes llevó a las técnicas tradicionales a desaparecer, o al menos a ser consideradas marginales. La adaptación del personaje de Burroughs evidenció que cualquier técnica es válida siempre y cuando esté sustentada en sólidos pilares narrativos, ya sean a nivel de guión o en el plano visual. La película, en este sentido, recupera conceptos muy tradicionales que pueden encontrarse en los grandes clásicos de la productora, pero no los utiliza para contar su propia historia, sino que los adapta a las necesidades del protagonista.

La película incorporó, además, un estilo nuevo al personaje, limitado hasta entonces por las capacidades físicas de actores de carne y hueso. Y eso que algunos de ellos eran auténticos atletas, como es el caso de Weissmuller. Me estoy refiriendo, como muchos se imaginarán, a ese estilo surfista para trasladarse por las ramas de los árboles, posiblemente la única concesión, digamos, moderna. Independientemente de que sea más o menos acertado, es indudable que aporta un dinamismo diferente y propio, que aleja al conjunto lo suficiente de sus predecesores como para no ser considerada una adaptación más. Por supuesto, habría que añadir aquí los personajes, que basculan entre la comicidad y el dramatismo, y una trama que en ningún momento pierde de vista lo que está contando.

La versión Disney de Tarzán puede incluirse, por tanto, entre las mejores adaptaciones del personaje. Es cierto que hay momentos en los que el tono infantil se impone y que tiene algunas concesiones algo innecesarias. Es cierto que sus personajes, a excepción del protagonista, son algo tópicos, sin apenas matices y con una función demasiado clara y evidente en la trama. Pero en líneas generales aúna todos los elementos que definen al personaje (aventura, exclusión, pertenencia a un grupo, supervivencia, respeto, …), y lo logra gracias a una evolución en el tono dramático. Su forma de afrontar los conflictos emocionales de un personaje que se enfrenta a una realidad desconocida no tiene nada que envidiarle a algunas de las mejores versiones, y su uso del color y la banda sonora para ayudar a narrar esta historia son espléndidos. Una película, en definitiva, que fue capaz de demostrar la calidad de la animación en 2D siempre y cuando esta sea adecuada.

Los conceptos atemporales de ‘Star Wars’ que la convierten en clásico


'Star Wars', la obra que cambió la forma de entender la ciencia ficción.Las madres fueron ayer el centro de atención de todo el planeta. La verdad es que no debería ser así, pero el caso es que todos aprovechamos para demostrar un poco más el amor por la mujer que nos dio la vida. Pero ayer, 4 de mayo, también es el día elegido por los fans de La guerra de las galaxias (1977) para celebrar no solo el estreno del film, sino la creación de todo un universo que ha supuesto un antes y un después. El motivo de elegir este día no es otro que la frase más famosa de toda la saga (y una de las más importantes que ha dado el cine): “que la fuerza te acompañe”. Ésta, en su versión original, dice así: “may the force be with you”. El comienzo de dicha frase tiene una pronunciación muy similar a “may the forth”, o lo que es lo mismo, cuatro de mayo en inglés. Dos más dos son cuatro, nunca mejor dicho. El caso es que, aprovechando este día de todos los fans galácticos, no está de más revisar un clásico que, como decimos, supuso un punto de inflexión.

Soy consciente de que no voy a descubrir la rueda ni nada por el estilo con lo que aquí se mencione, pero no está de más hacer hincapié en algunos de los aspectos que convirtieron esta obra en lo que es prácticamente desde su estreno. Y desde luego lo más básico y principal es su tono, diametralmente opuesto a lo que por entonces se entendía por ciencia ficción. De hecho, esta historia acerca de un joven granjero espacial que debe huir de su hogar para salvar su vida, rescatar a una princesa y salvar la galaxia combina magistralmente la sencillez dramática del western más clásico con la complejidad técnica de una cinta espacial. En muchos círculos se la considera un western estelar, y no en vano prácticamente todos los elementos que en ella se desarrollan poseen, en mayor o menor medida, un sabor a Far West deliberado y acertado.

Con todo, personalmente considero que lo más interesante que puede aportar Star Wars (la película, no la saga) es el mundo imaginado por su director y creador, George Lucas (American Graffiti). Siguiendo en cierto modo la estela de otro pilar básico de la ciencia ficción como es Star Trek (1966), la cinta enlaza con naturalidad las diferentes tramas, mundos y criaturas para crear un todo familiar y lógico para el espectador. Familiar porque, al fin y al cabo, todo lo que se narra en pantalla podría extrapolarse a cualquier situación (un joven cuya familia es asesinada, la lucha contra una tiranía, una princesa en apuros, un villano atemporal, …), y lógico porque el desarrollo dramático que aporta Lucas se mueve siempre por sendas relativamente sencillas, sin grandes complicaciones visuales o conceptuales.

Esto deriva en una libertad absoluta de la cinta en su conjunto para convertirse en una obra de aventuras atemporal, capaz de comprenderse, atraer y generar expectación en cualquier época, después de los visionados que sean e, incluso, aprendiéndose de memoria las características de cada personaje, aparato o planeta que en ella aparecen. Es ese carácter aventurero y, en cierto modo, carente de los más tradicionales pilares de la ciencia ficción lo que aporta Lucas al género. Otro cantar sería su labor como director, algo mediocre. Sé que esto generará no pocos comentarios críticos, pero no hay más que mirar su trabajo para comprobar su calidad artística en este campo. Claro que más de uno mataría por haber hecho “solo” lo que él ha hecho.

Unos personajes memorables

Evidentemente, el otro gran acierto del film son sus personajes. Dejando a un lado su magistral e indescriptible banda sonora a cargo de John Williams o la sencillez y eficacia de sus efectos visuales (algo que se ha perdido, todo sea dicho, con la llegada de la tecnología digital), son los protagonistas los que soportan la mayor parte del peso, sobre todo en esta primera película. Una vez expandido el universo y creada una legión de fans a su alrededor, los personajes fueron perdiendo fuerza al mismo tiempo que los efectos fueron ganando presencia (el resultado fue esa cosa llamada Jar Jar Binks en Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma), pero en esta primera aparición su definición sobre el papel y la labor de sus actores es tan imprescindible como espléndida.

En este sentido, hay que señalar el acierto de Lucas al escoger los actores acordes a sus personajes, y no me refiero a su físico. Desconozco si fue algo consciente o simplemente se alinearon los astros, pero la verdad es que elegir para los jóvenes protagonistas (personajes que son nuevos en el mundo galáctico que se abre ante ellos) a actores casi desconocidos fue una idea que, a la larga, se ha revelado soberbia. Mark Hamill (La furia del viento), Harrison Ford (El poder del dinero) y Carrie Fisher (Shampoo) apenas habían tenido apariciones en series de televisión y alguna tv movie. Por el contrario, los roles más veteranos del film, aquellos que hacen las veces de maestros que deben abrir las puertas a la guerra en la que se introducen los anteriores, corren a cargo de veteranos como Alec Guinness (El puente sobre el río Kwai) y Peter Cushing (Drácula). Este contraste entre la familiaridad de unos y la novedad de otros permite al espectador identificarse, aunque sea de forma subconsciente, con unos roles que se adentran en este mundo y descubren sus propios destinos al mismo tiempo que él, lo que provoca un vínculo mucho más fuerte que el que habrían creado actores más conocidos.

Claro que, como siempre se dice, un buen villano es lo que sostiene a cualquier película. Y posiblemente la obra de Lucas tenga al mejor villano de la Historia del cine. Darth Vader, interpretado por David Prowse (La naranja mecánica) y con la voz en la versión original de James Earl Jones (Conan, el bárbaro), logra lo que muchas veces es imposible con un personaje cuyo rostro pueda traicionarle. Gracias a su máscara y a esa estructura semirrobótica de su cuerpo sus decisiones y su crueldad adquieren tintes mucho más desagradables de lo que podría esperarse, demostrando una vez más que no es necesaria una sobreactuación o una violencia exagerada para crear inquietud y fascinación. El hecho de que a lo largo del film se revele como el autor de la muerte del padre del protagonista, amén de enemigo vital del personaje de Guinness, no hace sino agrandar su figura como el auténtico personaje a batir, como el villano por antonomasia cuya derrota adquiere tintes heróicos y trágicos al mismo tiempo. Por si fuera poco, su figura logró agrandarse con la primera de las continuaciones, El imperio contraataca (1980), gracias al giro trágico de su historia. Pero ya llegaremos a eso.

De lo que no cabe duda, ya seamos apasionados de la historia o detractores de la misma, es que La guerra de las galaxias es uno de esos films atemporales, imprescindibles para cualquier persona que se considere cinéfila y, porqué no, para cualquiera a la que le guste el cine en general. Sus personajes, el tono poco convencional de su trama, sus efectos visuales, su inmortal banda sonora. Todo en ella no solo ha soportado bien el paso del tiempo, sino que ha ganado enteros frente a las secuelas, algunas más mediocres que otras, que ha generado. George Lucas puso la primera piedra para un fenómeno que, si nos atenemos a lo que ocurrió más allá del aspecto cinematográfico, solo él supo ver. Ahora sus fans los celebran cada cuatro de mayo, y el cine podrá continuar descubriendo las aventuras de Skywalker y compañía en la próxima película dirigida por J.J. Abrams (serie Fringe). Una vez más, “que la fuerza te acompañe” sonará en las salas de todo el mundo.

‘La Lego película’: construir la imaginación infantil


Los héroes de 'La Lego película' deberán luchar contra la falta de imaginación.Se dice que si algo no aparece en la serie Los Simpsons no es realmente famoso. Con el juego de construcción Lego pasa algo parecido. Su evolución hasta convertirse en un espacio único en el que tienen cabida todo tipo de mundos y personajes. Sus videojuegos, además, han permitido a la marca dar un paso más allá y completar un estilo cómico, a modo de parodia, de las principales películas y sagas del cine (léase Star WarsIndiana Jones, los superhéroes de Marvel y DC, …). Ahora le toca el turno a la película, que como no podía ser de otro modo construye el siguiente escalón en dicha evolución.

Muchos pensarán que La Lego película es una de esas propuestas diseñadas para hacer caja de unos juguetes que tienen su vida útil hasta que se supera la infancia. Nada más lejos de la realidad. El film de Phil Lord y Christopher Miller, directores de Lluvia de albóndigas, es la clase de cinta de animación infantil que disfrutan grandes y pequeños. Es cierto que su desarrollo dramático y el tratamiento de sus personajes es más bien plano. Y es cierto que, aunque la sonrisa siempre asoma a la comisura de los labios, no llega nunca a generar la comicidad que podría esperarse de ella. Son aspectos que minoran su calidad. Pero su diseño visual, con esos mundos totalmente diferenciados que poco a poco se van mezclando, y la forma de abordar la característica más representativa de Lego (la construcción) es fascinante. Sobre todo un océano de piezas azules y blancas que es simplemente indescriptible.

Hay que reconocer, sin embargo, que el giro que da paso al tercer acto es tan brillante como imprevisto. Un punto de giro que cambia por completo el planteamiento de la trama y obliga a verla con renovados ojos, lo que a posteriori termina resultando un acierto, pues buena parte del infantilismo del film queda justificado. Un tercer acto que, además, posee moraleja para cualquier persona que se acerque a la sala: que nunca, jamás, deberíamos de perder la imaginación que desarrollamos en nuestra infancia, ni impedir que los más pequeños sean capaces de crear sus propias aventuras. Un final, en definitiva, que explica la lucha entre el villano de la función y los héroes de turno por liberar a la población de estos mundos de la tiranía de los planos que se incluyen en las cajas.

Tal vez no sea una producción espectacular (no creo que nadie lo esperara), pero La Lego película es un film que se disfruta. Sus constantes homenajes y parodias al cine y los grandes personajes de la pantalla (incluyendo, por cierto, a Los Simpsons) y de la cultura popular convierten a la cinta en un viaje prácticamente sin descanso que alcanza su clímax, curiosamente, fuera del mundo de construcción. Una historia para que los más pequeños desarrollen su creatividad más allá de los límites que les impone la realidad, y para que los adultos recuerden cómo, cuando eran pequeños, podían ser los amos de sus propios universos compuestos por piezas.

Nota: 7/10

‘La leyenda del samurái: 47 ronin’: la venganza de una traición


Keanu Reeves protagoniza 'La leyenda del samurái', de Carl Rinsch.Viendo el resultado final es de suponer que la primera pregunta que el director Carl Rinsch y su equipo se hicieron a la hora de poner en imágenes esta leyenda nipona debió de ser algo así como… ¿cuál es la mejor manera de transmitir el mensaje de la tradición samurái? La respuesta es, precisamente, la tradición. Tradición a la hora de rodar, a la hora de planificar y a la hora de interpretar. Y esto, como casi todo en el cine, tiene su lado positivo y su lado negativo. Claro que, y no es un dato menor, la película se planteó en un principio como una superproducción que, según algunas fuentes, supera los 200 millones de dólares.

Lo cierto es que la historia de La leyenda del samurái: 47 ronin tiene todos los elementos de una buena trama épica de aventuras, magia, acción y artes marciales. Y sin que en ningún momento llegue a emocionar, el film logra mantener el interés en todo momento gracias a un ritmo que, sin ser frenético, si sabe cuándo acelerar y cuando tomarse un respiro para focalizar la atención en el drama, uno de los pilares del relato. A este último aspecto contribuyen notablemente los intérpretes asiáticos, sobre todo Hiroyuki Sanada (Speed Racer) y Tadanobu Asano (Mongol), quienes se hacen con el peso de la narración durante buena parte de las dos horas que dura la película, robándole protagonismo al que, supuestamente, debería ser el protagonista. Por otro lado, los contados efectos digitales resultan solventes, aunque nunca llegan a sobresalir del conjunto.

Pero como decía al inicio, toda esta tendencia a la tradición, a la consecución de un estatus correcto, juega en contra de una producción que podría haber dado mucho más de sí. Sobre todo si se tiene en cuenta su presupuesto. A lo largo de todo el film da la sensación de estar presenciando una película de serie B, un producto hecho para entretener consciente de sus limitaciones y que únicamente busca ofrecer de la forma más sincera posible una historia que, para un hipotético presupuesto bajo, es excesivamente grande. Pero no hay un presupuesto bajo, y ahí reside el problema. La labor de Rinsch tras las cámaras, sin ser mala, evidencia una falta de visión en las secuencias de acción, planificadas y montadas con excesiva simpleza (aunque hay que reconocer que el asalto final está muy conseguido). A esto habría que sumar la presencia de un Keanu Reeves (Constantine) que, una vez más, se muestra excesivamente hierático, excesivamente inexpresivo para lo que exige su personaje.

En sí misma, La leyenda del samurái: 47 ronin es una película correcta, sin grandes alardes pero entretenida, destinada a poner en conocimiento de los espectadores la leyenda en la que se basa y que, según se explica al final, todavía genera peregrinaciones en el país del sol naciente. Pero poco más. Que nadie busque en ella grandes alardes visuales o la mano firme de un director experimentado en este tipo de productos. Como relato de serie B es una buena propuesta para pasar un par de horas. Como el supuesto blockbuster que iba a ser, es un fiasco, entre otras cosas porque si realmente costó más de 200 millones de dólares no parece que vaya a recuperar la inversión.

Nota: 5,5/10

‘La princesa prometida’, aventuras y literatura de estilo clásico


Robin Wright y Cary Elwes protagonizan 'La princesa prometida', de Rob Reiner.El cine es un claro ejemplo de cómo el tiempo no pasa en balde por mucho dinero y recursos para mantenerse joven que uno pueda tener. Hace poco tuve la oportunidad de revisionar uno de los mejores clásicos de aventuras de los años 80, La princesa prometida (1987), dirigida por Rob Reiner (Algunos hombres buenos) y protagonizada por un puñado de actores que hoy en día se han convertido en estrellas más o menos importantes. No es este espacio para comentar lo bien o mal que ha envejecido cada uno, sino para analizar los motivos por los que un film tan sencillo y humilde como este no solo ha sabido mantenerse década tras década, sino que se ha erigido como un modelo perfecto del cine de aventuras.

La historia, para aquellos que no hayan tenido ocasión de verla, gira en torno a una joven cuyo amado parte en busca de aventuras. Al enterarse de que ha sido atacado por un temible pirata que nunca hace prisioneros se sume en una profunda depresión. Años después un apuesto y arrogante príncipe decide desposarla, pero unos días antes de la boda es secuestrada por tres personajes que buscan provocar una guerra entre su reino y otro vecino. Un misterioso enmascarado de negro frustrará sus planes y salvará a la princesa, pero desvelará otros mucho más peligrosos que tienen como autor al propio príncipe. Todo ello narrado desde la perspectiva de un cuento leído por un abuelo a su nieto enfermo.

Este último detalle tal vez sea el más relevante de la idea básica de la película. En sí mismo, el argumento y su desarrollo es tan sencillo y directo como entretenido y enternecedor, pero no reviste especial relevancia frente a otras cintas de aventuras con ingredientes similares. Lo que supone una cierta revolución, y que dota al conjunto de un aire mucho más especial, es el hecho de enfrentar la literatura y la imaginación a un mundo cada vez más dominado por la televisión, los ordenadores y los videojuegos. De hecho, el niño enfermo está jugando a un videojuego cuando recibe la visita de su abuelo, a lo que se muestra inicialmente reticente para sumergirse después en la pasión que levanta una obra de ficción literaria.

Ya hemos dicho que su guión, obra de William Goldman, autor de la novela homónima en la que está basada, es directo y sencillo, con una estructura de análisis claro que puede ser un buen ejemplo para iniciarse en esta especialización cinematográfica. Pero si la base literaria es clara (lo que no implica que no tenga interés, al contrario), la forma de narrar es igualmente eficaz. Nada de largos y enrevesados planos. Nada de jugar con los puntos de vista o con las diferentes posibilidades lumínicas. La princesa prometida es, desde su inicio hasta su fin, un cuento de aventuras, de amor y de acción, de comedia y de drama, y como tal está planteado. En cierto modo, todo se podría resumir en dos palabras: entretenimiento directo. Cierto es que estamos hablando de la década de los 80 del siglo pasado, pero en esos años ya se empezaba a experimentar con los efectos digitales como TRON (1982).

La importancia de los secundarios

Como suele ocurrir en este tipo de historias, la película de Reiner se apoya mucho en sus personajes secundarios. Puede que incluso sean lo mejor de la película. No quiero decir con esto que la labor de Cary Elwes (Sin compromiso) y Robin Wright (serie House of cards) no sea relevante, ni mucho menos. Sin embargo, a todo aquel que se le nombre este relato posiblemente lo primero que recuerde sea la frase: “Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”, pronunciada por el personaje de Mandy Patinkin, de actualidad gracias a la serie Homeland.

Dicha cita, junto a otros conceptos y la caracterización de muchos de los secundarios, aportan a la trama un aura única que termina por definir su verdadero carácter. En otras palabras, muestra su alma. No se trata ya de que el héroe recupere a su amada, sino de que las tramas secundarias de cada uno de los personajes encuentre su resolución en un único clímax que, como no podía ser de otro modo, se desarrolla mediante combates a espada y luchas cuerpo a cuerpo. Unas tramas secundarias, por cierto, que poseen un interés y una importancia casi tan relevante como la trama principal. Puede que la historia del personaje de Patinkin sea visualmente la más evidente, pero existen muchas otras: la del gigante que busca su sitio en un mundo que le rechaza, la del villano cuyos planes aspiran a mucho más que un simple matrimonio, … Todo conforma un paisaje mucho más rico que la propia historia de los protagonistas.

Todo esto no implica que La princesa prometida sea una obra muy distinta a otras aventuras como pueden ser las de Robin Hood, con las que guarda no pocos parecidos. La película contiene todas las facetas que se le pueden pedir a su género, desde personajes extraños hasta la combinación de acción y magia, pasando por personajes muy, muy característicos y por la combinación de géneros. La idea de aventura literaria, de un relato capaz de despertar la imaginación y la curiosidad de generaciones alienadas o conquistadas por la televisión y los videojuegos se muestra en su máximo esplendor gracias a una trama en la que comedia, drama, intriga y acción se entremezclan armónicamente. Mención especial habría que hacer a la banda sonora compuesta por Mark Knopfler, pero eso lo dejaremos para otra entrada de Toma Dos.

Lo más evidente es que, a pesar de los años y de la humildad que emana de cada fotograma, La princesa prometida sigue siendo un documento a analizar perfecto. Tal vez ese sea su secreto. En cualquier caso, las nuevas generaciones (que cada vez están más involucradas en el mundo digital) siguen descubriendo en sus imágenes y en las páginas de la novela todo un mundo capaz de motivar la imaginación de los más jóvenes. Es directa, clara y concisa. Para algunos esto puede ser una debilidad. Para otros será sin duda el legado de una forma tradicional y siempre eficaz de contar una historia.

‘Hace un millón de años’, los dinosaurios revividos por Harryhausen


Los dinosaurios de 'Hace un millón de años' es uno de los elementos más atractivos del film.Antes de que Steven Spielberg revitalizara a los dinosaurios con Parque Jurásico (1993), y mucho antes de que los personajes creados por ordenador interactuaran con actores de carne y hueso, los efectos especiales debían nutrirse de las técnicas mecánicas y cinematográficas que fuesen necesarias para aportar el realismo necesario para generar las emociones propias de la escena. En este sentido uno de los grandes maestros fue Ray Harryhausen, cuyo fallecimiento en el día de ayer a los 93 años deja para la posteridad un nombre clave en el desarrollo de la imaginación y de la técnica cinematográficas. Desde Toma Dos, y a modo de homenaje, abordaremos uno de sus títulos más famosos, Hace un millón de años (1966), historia en la que humanos, dinosaurios y fantásticas criaturas se dan cita para narrar temas tan universales como la exclusión social, el racismo o el amor.

Vaya por delante que, desde un punto de vista puramente personal, considero que es el mejor trabajo de Harryhausen, posiblemente porque fue mi introducción al género fantástico y al mundo de los dinosaurios en mi más tierna juventud. Nostalgias aparte, es inevitable reconocer que la película dirigida por Don Chaffey (Criaturas olvidadas del mundo) ha adquirido con los años un aura de referente de género obligado si se quiere conocer de dónde provienen buena parte de los actuales realizadores. Sin ir más lejos, y salvando las distancias temporales y tecnológicas, la anteriormente mencionada Parque Jurásico debe buena parte de su imaginería a lo que cuenta esta trama que sigue las aventuras de un cavernícola que debe sobrevivir en una prehistoria casi mitológica tras ser expulsado por su clan. Durante su periplo conocerá a una tribu costera tan diferente a él que terminará por ser rechazado, no sin antes conocer el amor de una de las mujeres de dicho clan que le acompañará en su viaje para encontrar un nuevo hogar.

Que nadie espere encontrar un rigor histórico. Hace un millón de años es una aventura pura y dura, un relato que combina con eficacia drama, acción, ternura y diversión durante más de una hora y media. Y lo hace sin pronunciar una sola palabra en todo su metraje, algo digno de alabar no solo por la dificultad de transmitir el desarrollo de la trama, sino por lo que implica de cara al espectador. Podríamos decir que en la actualidad un proyecto así sería rechazado por el gran público, pero se me ocurren varios ejemplos recientes que rebatirían dicha afirmación. En realidad, esta película de aventuras prehistóricas es toda una declaración de principios: el arte cinematográfico es, por su propia definición, puramente audiovisual, no hablado. Si la trama se estructura adecuadamente los diálogos se convierten en un estorbo innecesario.

Y así ocurre en el film. Los momentos más determinantes de la trama, como la expulsión del clan o la evolución en la relación de los dos protagonistas, son fácilmente comprensibles simplemente con las miradas y los gestos. Un alarde casi teatral que en buena medida ha logrado sobrevivir con fuerza hasta nuestros días. Claro que ello es posible gracias al reparto, comenzando por una Raquel Welch (Los tres mosqueteros) impecable en su papel y en un biquini casi imposible, y continuando por John Richardson (El ojo en la oscuridad), Percy Herbert (Los cañones de Navarone), Robert Brown (Panorama para matar) y Martine Beswick (Desde Rusia con amor).

Caminando entre dinosaurios

Es gracias a los actores que los diferentes temas que aborda la trama, como son el rechazo social de los semejantes o el racismo ante aquello que no se conoce o de lo que se desconfía, logran un desarrollo lo suficientemente amplio como para emocionar al espectador en los momentos esenciales de la historia. Empero, este no es un film intimista, es evidente. No, lo más llamativo de la historia son, por supuesto, sus criaturas. Y aquí es donde entra la mano prodigiosa de un genio como Harryhausen. Gracias a la técnica de stop-motion, que consiste básicamente en grabar el movimiento fotograma a fotograma, el especialista logra sumergir al espectador en un mundo donde dinosaurios, tortugas gigantes y otros fenómenos fantásticos convivan y, tal vez lo más importante, interactúen.

Porque sí, los dinosaurios no se limitan exclusivamente a caminar por un fondo grabado previamente. Son numerosas las secuencias en las que el protagonista (y no solo él) debe enfrentarse a peligros que le superan en tamaño y número. Una épica del hombre contra la naturaleza (o si se prefiere, el hombre contra su destino) que ejemplifica en imágenes el duro camino interno que debe transitar un hombre prehistórico abandonado por los suyos en un mundo tan árido y arisco como desolador. En este contexto, las criaturas de Harryhausen, cuyos movimientos son, incluso hoy, dignos de alabar, se convierten en un elemento indispensable de la trama.

La interacción entre personajes y criaturas representa, sin ningún género de dudas, algunos de los mejores momentos del relato, como es la defensa con lanzas que debe hacer el clan costero ante la llegada de un dinosaurio que, por cierto, termina con la vida de alguno de los miembros. Dada su complejidad y la limitación de recursos de la época, es de admirar no tanto el realismo conseguido como la planificación de dichas escenas. Desde un punto de vista analítico la forma de mirar de los actores a las criaturas, o la forma en que estas reaccionan a la presencia de los personajes, es un alarde de técnica en una época en la que no existían ordenadores para analizar la dirección de las miradas o para renderizar las imágenes grabadas e insertar en ellas criaturas digitales.

Todo era manual. Todo era físico. Todo era real. Ese es, o era, el secreto del arte de Ray Harryhausen. Su labor era artesanía pura, paciente y detallista. Tres valores que pueden apreciarse en, por ejemplo, las luchas entre criaturas que se dan en Hace un millón de años, desarrolladas con un cuidado que actualmente sería casi impensable, entre otras cosas porque buena parte de las secuencias de acción están plagadas de planos cortos y cercanos que no hacen sino generar la confusión necesaria para crear adrenalina. Pero en 1966 la tensión y el drama de un combate debía lograrse con pocos planos, normalmente abiertos. De ahí la necesidad de crear algo perfecto y creíble.

El creador de los efectos de Furia de Titanes (1981) o Jasón y los argonautas (1963) era un maestro en esta técnica. No me refiero al stop-motion, sino a la creación de magia. Tal vez para entender esto es necesario ver sus films con los ojos de un joven que descubre el cine por primera vez, ajeno a efectismos digitales o a facilidades tecnológicas (con todo lo bueno que conllevan, por supuesto). En el Museo del Cine de Berlín se dedica una sala especial a sus personajes y a la labor de este artesano y artista, amén de otros iconos del cine. Tal vez esto nos permita hacernos una idea de la mente creativa que acaba de perder el cine. Por suerte, siempre podremos seguir disfrutando de sus mundos fantásticos.

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Cine y palabras

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