’12 valientes’: los jinetes del 11-S


Estados Unidos tiene una capacidad única para convertir sus ‘vergüenzas’ o sus derrotas históricas, ya sean bélicas, diplomáticas o de cualquier índole, en éxitos morales o sociales. Y elevar sus éxitos hasta la categoría de hazañas atemporales que deberían estudiarse en los libros de historia, al menos en los suyos. Por eso no es de extrañar un film como el que dirige Nicolai Fuglsig (Exfil), con sus discursos, su mensaje moral sobre el valor de un soldado, el hermanamiento de los guerreros o la amistad que surge en un campo de batalla. Y por eso tampoco debería extrañar que la película sea, en pocas palabras, una más sobre las numerosas guerras en las que ha estado el país norteamericano.

En efecto, 12 valientes no deja de ser una obra que ofrece poco al espectador. Se encuentra en ese peligroso rango de películas que dicen muy poco emocional o narrativamente, y que por ello tienden a ser olvidadas con facilidad. Y lo cierto es que la película tiene potencial para no ser una más, pero aquí el principal problema radica en un guión con un desarrollo dramático excesivamente lineal y plano, y un director sin un pulso narrativo adecuado para este tipo de historias bélicas. Visualmente hablando, el lenguaje de Fuglsig recurre a planos excesivamente generales en los momentos más intensos del relato, restando dramatismo a la situación de unos soldados que tuvieron que combatir casi a ciegas en un territorio en el que nadie se había adentrado antes. No por casualidad, donde mejor trabaja el director es en los momentos puramente interpretativos, aquellos en los que se explora el trasfondo de los personajes, sus motivaciones, sus miedos y sus anhelos. Al fin y al cabo, su planificación alcanza la máxima expresividad en estos momentos.

Y junto a esto, el guión, débil en los momentos bélicos y sólido en los dramáticos. La relación que se establece entre los personajes de Chris Hemsworth (Vacaciones) y Navid Negahban (Castillo de arena) es posiblemente lo mejor del relato, amén de los vínculos entre los soldados, lo que en el fondo convierte al reparto en uno de los aspectos más atractivos de la cinta. Pero el texto se mueve en todo momento en territorios dramáticos conocidos, sin ofrecer al espectador nada que sea realmente distinto. Si a esto le sumamos que los teóricos puntos de giro dramáticos carecen, en realidad, del dramatismo esperado, el resultado es una historia bastante lineal, sin grandes retos para los protagonistas. Y eso deja un sabor agridulce ya que da la sensación de que los héroes alcanzan su objetivo sin sacrificios, sin cambiar un ápice su forma de entender el mundo que les rodea desde el comienzo del relato hasta el final.

Al igual que el monumento que hay en Nueva York, 12 valientes sirve únicamente como homenaje para esos soldados que realizaron la primera misión, secreta y por tanto sin reconocimiento, en territorio afgano tras el atentado del 11-S. Un homenaje que tiene su interés si no se conoce la historia, que resulta curioso en tanto en cuanto unos soldados con el último armamento militar tienen que moverse a caballo por un territorio desconocido. Pero ahí termina todo. Los amantes del cine tal vez encuentren más alicientes en el reparto, pero desde luego su historia, dramáticamente hablando, ofrece poco, y desde luego menos de lo que podría haber ofrecido. Ese es el problema de relatos basados en hechos reales: si la realidad no supera a la ficción, la ficción poco puede hacer para que la realidad tenga más atractivo.

Nota: 6,5/10

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’15:17 Tren a París’: unos héroes sin historia


Estados Unidos es un país de héroes. O al menos eso es lo que siempre trata de vender en sus historias. Gente corriente, cuya vida pasaría desapercibida en cualquier otro país, que se convierte en todo un icono al lograr salvar vidas, superar obstáculos o enfrentarse al sistema. Una forma de presentar el sueño americano. Pero este sueño puede ser, literalmente, somnoliento, y eso ocurre cuando detrás de ese héroe no hay historia. Al menos no una interesante cinematográficamente hablando.

Y eso es lo que les ocurre a los protagonistas de 15:17 Ten a París. Los jóvenes norteamericanos, dos de ellos militares, que lograron detener, junto a un cuarto pasajero, a un terrorista islamista que amenazaba la vida de cientos de personas, son presentados en este film como lo que son: héroes. Pero héroes cuya vida carece de interés alguno. De ahí que el guión del nuevo film de Clint Eastwood (Invictus) destaque, curiosamente, por no destacar absolutamente nada. Pocas veces puede verse un relato tan falto de giros dramáticos, de puntos de inflexión en la historia. Los protagonistas, que se interpretan a sí mismos, deambulan por el desarrollo dramático recordando sus años previos a ese viaje por Europa que, este sí, supuso un plot point.

El gran problema del film, por tanto, es ese. Hasta el final del relato no ocurre absolutamente nada. El espectador asiste impasible a la juventud de estos amigos en el colegio para, a continuación, suprimir años de amistad y ubicarles en ese viaje a Europa previa muestra de sus respectivas situaciones vitales. Ni la labor de Eastwood tras las cámaras ni el montaje intentando introducir saltos temporales entre pasado y presente logran aportar un mínimo de interés a una historia carente del mismo y vacía de contenido en la que los presuntos dramas se eliminan de un plumazo. Eso por no hablar del hecho de que el meollo de todo este relato dura apenas unos segundos.

Así, el problema de 15:17 Tren a París no es su patriotismo o esa necesidad de ensalzar la labor de los jóvenes y los militares estadounidenses. En un momento del film se menciona que los americanos no derrotaron a Hitler por mucho que lo digan sus libros de historia o sus películas. Irónicamente, la película muestra a estos tres héroes pero se olvida del cuarto condecorado por Francia, que sí aparece en las escenas finales y que, no por casualidad, no era norteamericano. Pero lecturas políticas o socioculturales aparte, la realidad es que esta historia solo genera curiosidad por el hecho de que los protagonistas se dan vida a sí mismos, lo que aporta cierto grado de veracidad en algunos momentos. El resto no es más que una ventana a la vida normal y corriente de cualquiera de nosotros. La normalidad de un héroe puede tener su grado de atractivo, pero en este caso, la realidad no superó a la ficción. Ni siquiera estuvo cerca.

Nota: 5,5/10

La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

‘Homeland’ continúa evolucionando dramáticamente en la 5ª T


Claire Danes viaja a Alemania en la quinta temporada de 'Homeland'.Desconozco si Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24), autores de Homeland, tienen algún tipo de conocimiento sobre los movimientos geoestratégicos en Oriente Medio, pero lo cierto es que han logrado que la serie protagonizada por Claire Danes (Stardust) sea una interpretación al menos actual de lo que ocurre en el panorama internacional. Con la quinta temporada, que finalizó el pasado 20 de diciembre en Estados Unidos, han confirmado no solo que la ficción todavía está tomando forma dramática, sino que es una de las producciones más apasionantes de la parrilla actual.

Y lo es precisamente por el componente de realismo que se imprime a la trama. Con esto no quiero decir que no se tomen ciertas licencias dramáticas (el personaje interpretado por Rupert Friend –Hitman: Agente 47– es un claro ejemplo), sino que sus acontecimientos están rodeados de un halo de veracidad tan complejo y sutil que convierte a la serie en una suerte de punto de vista de lo que ocurre realmente con el terrorismo en Oriente Medio. A esto se suman los terribles atentados de París, acaecidos en plena emisión y que se antojan un spin off real y cruel de lo narrado en estos 12 episodios.

Pero más allá de coincidencias o de reflexiones que aportan más bien poco, la quinta temporada de Homeland ha dejado claro que el “reinicio” de la serie en la cuarta temporada todavía está creciendo desde un punto de vista dramático, y todo apunta a que lo hace para lograr una mayor complejidad sin perder un ápice de intriga, acción y drama. Así, a los arcos dramáticos de la lucha contra el terrorismo y la situación personal de la protagonista se suma ahora la traición dentro de la CIA y el contraespionaje. Tres pilares que, aunque ayudan a sustentar más sólidamente la historia, también generan alguna complicación narrativa.

En realidad, la aparición de esta tercera trama no deja de ser una transformación de lo que siempre ha abordado esta ficción: la presencia en las organizaciones norteamericanas de activos enemigos. La novedad, y tal vez lo mejor que tiene esta nueva tanda de episodios, es que en este caso ese espionaje dentro de la agencia de espías más famosa del mundo no tiene nada que ver con el yihadismo, sino con el otro gran enemigo de Estados Unidos: Rusia. La conformación de dos frentes abiertos es, desde un punto de vista dramático, más enriquecedora para la trama, que combina esas dos grandes líneas argumentales de forma armónica para introducir más personajes (lo que nutre a los protagonistas de nuevos conflictos) y nuevos giros dramáticos.

Personajes sin cariño

Y si algo ha confirmado la quinta temporada de Homeland es que los personajes, salvo tal vez los dos principales, no son demasiado queridos. Al menos no lo suficiente como para modificar los acontecimientos para su comodidad. Y me explico. La tercera temporada de la serie fue, en pocas palabras, un terremoto. Que el principal protagonista, aquel con el que no solo había arrancado la serie sino que era el pilar fundamental de su argumento, muriera de forma violenta fue un giro tan impensable y arriesgado que muchos asumieron el final de esta ficción. Sin embargo, supo rehacerse con nuevos protagonistas, nuevas tramas y un cambio de foco bastante evidente.

Estos nuevos episodios vienen a ser algo parecido, a menor escala pero igualmente violento, desagradable y determinante. La presunta desaparición de algunos personajes clave en el desarrollo de los acontecimientos pone de manifiesto que nada ni nadie parece intocable en esta producción, algo que sin duda es positivo siempre y cuando la trama, como ha ocurrido hasta ahora, esté dominada por la coherencia dramática. La falta de miedo a explorar los territorios a los que llevan las decisiones de los personajes es uno de los aspectos más apasionantes de este thriller, y desde luego aporta un cariz más serio que el que se pueda encontrar en otros productos con la CIA o el FBI de por medio.

Mencionaba antes la falta de cariño a los personajes. Bueno, eso depende del cristal con el que se mire. Personalmente considero que la mayor muestra de amor que se puede hacer en un guión a sus protagonistas es anteponer la trama a sus propios intereses, ofreciéndoles siempre una salida acorde a su naturaleza. Eso es lo que logra esta quinta temporada, aunque para ello tenga que sacrificar parte de su desarrollo narrativo y no logre aunar en un único final las dos líneas argumentales que nutren esta última etapa. Es un problema menor, en realidad, pero sí provoca la sensación de presenciar un epílogo en el último episodio más que estar ante un final de temporada como tal.

Pero repito, es un mal menor. Mucho menor. La quinta temporada de Homeland ha demostrado que la serie está en plena forma, que es capaz de afrontar todo tipo de retos narrativos con una solidez asombrosa, y sobre todo que no tiene miedo a lo que pueda llegar. La duda que empieza a generar, y ahí está parte de su genialidad, es si se nutre de la realidad o si la realidad ha tomado prestadas algunas ideas de la ficción. Ironías aparte, el desarrollo dramático, la presencia de sus actores y la coherencia con la que aborda las tramas son incuestionables, y devuelven la posible salud perdida en temporadas anteriores. Y la sexta es en Nueva York… ¡agárrense a sus asientos!

‘El hombre más buscado’: espiando a los espías por un bien personal


Philip Seymour Hoffman y Robin Wright en un momento de 'El hombre más buscado', de Anton Corbijn.John le Carré, afamado novelista de intriga y espionaje, está en la base de lo nuevo de Anton Corbijn (El americano) como director, y eso es algo que hay que tener muy en cuenta a la hora de abordar el que es el último film de Philip Seymour Hoffman (Cold Mountain) como actor protagonista. Si alguien espera una especie de caza al terrorista en el que buenos y malos jueguen una partida por ver quién gana a quién, mejor que abandone la sala antes de que se apaguen las luces. Eso sí, perdería la ocasión de ver un thriller frío y calculado cuyo final es inclasificable.

Una frialdad que no solo se palpa en los diálogos, sino en el tratamiento que Corbijn le da a la trama, con una paleta cromática opaca, con predominancia de grises y una iluminación dura. Gracias a eso y a una planificación sobria y al mismo tiempo hermosa, el director sumerge al espectador en una intriga donde el mayor peligro no es tanto el potencial atentado que se trata de impedir, sino las relaciones institucionales entre los diferentes poderes del espionaje que se dan cita en el film y que, de un modo u otro, tratan de ponerse una medalla en su trayectoria profesional. Una crítica, en definitiva, a la lucha de poderes que no hace sino entorpecer la lucha contra el terrorismo, y da una idea de las verdaderas intenciones de los gobiernos implicados.

Pero para lograr transmitir esta idea de competencia se requería de un reparto sin fisuras, algo que consigue con creces. Decir que Hoffman vuelve a demostrar lo mucho que va a notar el cine su ausencia sería repetitivo, casi tanto como reconocer la labor de Willem Dafoe (A woman) o Robin Wright (Dos madres perfectas), esta última reduciendo su presencia al mínimo y, con todo, siendo determinante. En realidad, el descubrimiento lleva por nombre Grigoriy Dobrygin (Black Lighting: Rayo negro), quien en todo momento logra transmitir el trauma al que ha sido sometido durante años.

El principal problema de El hombre más buscado es su ritmo, algo pausado. La insistencia de sus responsables en ahondar en las consecuencias y emociones durante varios segmentos del metraje lleva al film a un desarrollo intermitente, dando la sensación de que el suspense en la investigación no avanza. Empero, su resolución, tan impactante como simple, evidencia el verdadero sentido de la película, dando sentido al conjunto y permitiendo que todo, desde los actores hasta la iluminación, adquieran un mejor y mayor significado.

Nota: 7/10

‘Kamikaze’: siempre hay alguien que sufre más que tú


Verónica Echegui y álex García protagonizan 'Kamikaze', ópera prima de Álex Pina.El fin último de cualquier película es emocionar. En el sentido más amplio de la palabra. Esto implica, fundamentalmente, lograr la conexión entre película y espectador. Y normalmente eso se logra con buenos y elaborados personajes y una trama con conflictos sólidos y giros argumentales imprevistos o sorprendentes. Pero como esto del arte cinematográfico no es una ciencia, muchas veces nos encontramos con casos como el de la ópera prima de Álex Pina, una película con alma cálida, entrañable y por momentos divertida que, a pesar de sus evidentes limitaciones, logra ese objetivo principal de conectar con el espectador.

En el caso concreto de este Kamikaze que debe convivir durante tres días con las víctimas del avión que pensaba hacer estallar, la principal ventaja estriba en los personajes y, sobre todo, en la difusión casi con cuenta gotas que se hace del pasado de cada uno de los personajes, alguno más dramático que otro. Gracias a esto y a unos actores realmente inspirados (sobre todo Álex García y Carmen Machi), la película adquiere solidez narrativa a medida que avanza hasta convertirse en una agridulce comedia donde el dolor y la risa comparten habitación como si de otros huéspedes del hotel se tratara. Momentos como el de la viuda repasando su vídeo de boda (y revelando un tortuoso pasado) o aquel en el que el espectador comprende por fin los motivos del protagonista revelan un corazón más grande que la mera exposición de un cuadro compuesto por un variopinto grupo de personajes.

Pero esto tiene un riesgo, y por desgracia la película no sabe evitarlo. El equilibrio entre humor y drama es muy difícil de conseguir, y si no se estudian detenidamente todas y cada una de las escenas puede llegar a pesar más uno de los dos elementos, descompensando el conjunto. Si es la comedia lo normal es que se caiga en el ridículo. Si es el drama puede dar pie a una entrega, deliberada o inconsciente, a la dramatización exagerada, generando incredulidad y, ante todo, incompatibilidad con el resto del relato. Esto último es lo que le ocurre al film hacia su tercio final, cuando el director debe resolver la papeleta de mostrar la decisión del héroe. Más allá de que no existen demasiadas dudas acerca de tal alternativa (el otro gran punto débil de la película es su falta de sorpresa), lo llamativo son las innecesarias acciones que se suceden para demostrar que el terrorista se transforma en salvador. Que un avión derrape o que se vean disparos a cámara lenta, por no hablar de un rescate en plena nieve con camiseta de tirantes, no son sino concesiones innecesarias al drama en una película que, por sí sola, podría tener drama más que suficiente.

Todo ello impide que Kamikaze sea una mejor película, aunque esto no significa que sea mala, al contrario. La historia, aunque previsible, engancha gracias sobre todo a los actores y el trasfondo de sus personajes, a medio camino entre lo humorístico y lo trágico. Es un film entretenido y entrañable, un viaje en medio de ninguna parte que recoge las diferentes visiones de la vida de un grupo de individuos cuyos pasados los ha llevado hasta ese punto, algunos para seguir con sus vidas y otros para terminar con ella. El problema es que no se desprende de un cierto aroma a dramatismo gratuito, a tragedia forzada en giros algo innecesarios. Como se dice en un momento del metraje, “siempre hay alguien que sufre más que tú”. Pero no es necesario manipular el desarrollo dramático para demostrarlo.

Nota: 7/10

‘Non-Stop (Sin escalas)’: la inseguridad de un secuestro aéreo ya visto


Julianne Morre ayuda a Liam Neeson a encontrar al secuestrador de 'Non-Stop'.El cine, al igual que cualquier otro arte, tiende a repetirse. El espectador suele ver esto como algo negativo (vista una, vista todas), pero no es necesariamente así. La novela negra del norte de Europa, por ejemplo, ha proliferado en los últimos años sin aparente oposición. Una de las temáticas más comunes en la pintura, sin ir más lejos, son los bodegones. En todos y cada uno de estos casos se pueden encontrar matices, detalles o interpretaciones que no están en las demás obras. La nueva película de Liam Neeson (Love actually) es uno de esos films que tienden a verse con recelo por diferentes motivos, pero que finalmente colman un mínimo de expectativas.

Dichos motivos no son otros que la sensación de haberla visto con anterioridad y, por tanto, de ser un producto pensado para el lucimiento personal del protagonista. Y la verdad es que no es descabellado pensarlo. Un agente en un avión. Una amenaza de muerte a un anónimo pasajero. Una cuenta atrás. Y una bomba. Todo muy ajustado a los parámetros del género, sin apenas salidas de tono y con lugares y personajes comunes. Entonces, ¿qué aporta? En realidad más bien poco, pero a pesar de todo logra entretener a lo largo de su metraje sin dar tregua al espectador, que termina con un buen puñado de sospechosos capaces de iniciar el macabro juego. Un metraje ajustado que apenas se toma su tiempo en presentar a los personajes para meterse de lleno en la acción y el suspense. Los giros argumentales, aunque no se salgan de lo común, están medidos con precisión milimétrica, lo que no hace sino beneficiar a una trama que encuentra en el español Jaume Collet-Serra (La huérfana) un buen artesano del género.

Igualmente, tanto la labor de Neeson como la de Julianne Moore (La sombra de los otros), así como la del reparto en general, es correcta, sobre todo para lo que exigen sus propios personajes, de los que se intenta sacar algo de información a lo largo de la historia con resultados relativamente pobres. En este sentido es donde la película pierde fuerza. El trasfondo de algunos personajes, sobre todo del protagonista, no termina de revelarse correctamente. No es hasta el final que el espectador conoce las motivaciones personales del personaje de Neeson, impidiendo una mayor identificación con él. Asimismo, las excusas de los secuestradores para hacer lo que hacen en pos de la seguridad (o de la falta de ella, más bien) resultan un tanto absurdas.

Como decía al inicio, Non-Stop (Sin escalas) es uno de tantos thrillers ambientado en un avión. Puede que aporte poco o nada nuevo al género, pero entretiene lo suficiente como para no mirar el reloj cada 20 minutos. Realizada con sobriedad y sin grandes alardes audiovisuales, los amantes del género encontrarán en ella una propuesta interesante, con actores solventes y una resolución espectacular con el avión como gran protagonista. A los que estas cintas de suspense les digan más bien poco posiblemente se aburran viendo a Neeson recorrer el aparato de un lado a otro sin encontrar solución hasta el detalle final que, como no, nos lleva al inicio. Todo sea para demostrar que la seguridad no es más que una pantomima. Bueno…

Nota: 6/10

‘Homeland’ da un vuelco lógico a su trama en su segunda temporada


El final de la segunda temporada de 'Homeland' destruye la CIA.Si he de ser sincero, la segunda temporada de esa obra de arte que es Homeland me parecía, en su puesta en escena, menos impactante que la primera temporada. No quiero decir con esto que no sea igual de intensa. De hecho, supera con creces el drama, la tensión y los giros dramáticos profundos que tenían los 12 episodios anteriores. Pero sí daba la sensación de que, capítulo tras capítulo, las revelaciones sorprendentes e inesperadas habían desaparecido. Debo entonar un merecido mea culpa por dudar de la capacidad de los creadores de la serie. No solo ha tenido un desarrollo capaz de dejar anonadado al espectador capítulo tras capítulo. Es que con la conclusión de la temporada rompen todos los esquemas habidos y por haber en la dramatización de cualquier historia, situando el punto de giro más importante justo antes de finalizar la trama. Una muestra más de que estamos ante uno de esos productos diferentes, únicos y coherentes que abundan poco en la televisión y el cine.

Puede que lo más destacable de todo el producto sea, precisamente, su coherencia. Al igual que ocurre con otras series como Boardwalk Empire, existe una ausencia total de miedo escénico a la hora de afrontar los caminos por los que transita la historia y el desarrollo emocional de los personajes. Si hay que enfrentar al protagonista a su moral terrorista, se hace, aunque haya que romper con el argumento básico de la serie; si hay que torturar a la agente de la CIA protagonista, pues se la tortura. Y si hay que destruir la CIA para convertir al principal villano de la producción en el buen y acosado militar que debe esconderse en la tercera temporada, pues se hace. Y se hace a lo grande, como todo lo sucedido en este thriller. Es este acontecimiento el final de una temporada brillante, un punto y aparte en la historia que pone patas arriba todo lo acontecido hasta ahora, con una sede de inteligencia tocada de muerte (como puede verse en la imagen) y con nuevos y suculentos sospechosos de terrorismo infiltrado en esta guerra que, con acierto, se describe en estos ya 24 episodios.

Disfrutar de Homeland es disfrutar de una coherencia narrativa que pocas veces se consigue en una producción audiovisual. Porque si los guionistas no tienen reparos en afrontar situaciones complejas desde un punto de vista dramático, muchos menos tienen a la hora de adaptar a los personajes a dichas situaciones, modificando no solo sus puntos de vista, cada vez menos simples (si es que alguna vez lo fueron), sino las relaciones entre ellos. En este sentido, la segunda temporada deja para la posteridad algunos momentos que ocuparán, o deberían ocupar, un puesto relevante en la historia de la televisión. Sin ir más lejos, el interrogatorio al protagonista donde este confiesa, entre lágrimas y una derrota moral apabullante, los planes a futuro del terrorista más buscado de Norteamérica (y que, a falta de Bin Laden, responde al nombre de Abu Nazir). Pero hay mucho más, como el asesinato del Vicepresidente de los Estados Unidos o la ya citada bomba en la CIA.

Todos ellos, hilados con mano firme entre numerosas líneas argumentales secundarias cuya incidencia en la principal es bastante notable, conforman un entramado tan complejo como deleitable, tan intenso como sencillo de atender. En esta dualidad radica el gran atractivo de la serie. Con un tema tan puramente norteamericano como es el ataque en su propio suelo de terroristas islamistas consigue atrapar al espectador en una telaraña de intereses, amenazas y sentimientos encontrados que ni el mejor cine negro podría lograr. Y en esto, por suerte, no solo cuenta con unos guiones impecables.

Los actores, de buenos y malos

Antes mencionaba que esta segunda temporada ha tenido cambios dramáticos en estratos muy profundos. Dichos cambios se han producido, sobre todo, en el ámbito emocional y psicológico de los personajes, tanto en los principales como en los secundarios. Empero, el mayor cambio se ha producido en Nicholas Brody, marine norteamericano convertido a terrorista que interpreta Damian Lewis (Hermanos de sangre) y que, casi por arte de magia, termina convertido en fugitivo, inocente de un atroz crimen que se le imputa por falsas pruebas. Un cambio de 180 grados que, como todo en la vida, tiene su lado oscuro y no es, ni mucho menos, así de simple.

Junto con Carrie Mathison (una Claire Danes menos radical y paranoica), es el personaje más complicado. Su moralidad, como la de cualquier ser humano, no es blanca o negra, sino que está compuesta por una serie de tonalidades grises que lo hacen mucho más cercano a la realidad, más vulnerable y al mismo tiempo más accesible en sus decisiones y sus diatribas. Es gracias a esta falta de prejuicios de los creadores que el espectador puede empatizar con un terrorista, hasta el punto de aceptar sus motivaciones y convertirlo en el bueno de la historia, posición que parece ocupará en la tercera temporada (visto lo visto en estos episodios, la verdad es que nadie puede hacer una apuesta segura).

Incluso las nuevas incorporaciones al elenco, algunas más destacas que otras, poseen un grado de complejidad pocas veces visto. Si hubiese que etiquetar algún aspecto de categoría inferior al resto, ese podría ser el de los terroristas que trabajan para Nazir (sobrio Navid Negahban), delineados con poca o ninguna profundidad dramática, aunque lo cierto es que tampoco existe el tiempo necesario para ello. Por lo demás, la evolución dramática de los secundarios ya conocidos (como la relación de Brody con su familia, cada vez más degradada) y la de los nuevos personajes (sobre todo Peter Quinn, con los rasgos de Rupert Friend) no solo está a la altura de los acontecimientos, sino que demuestran que el mundo creado en la serie tiene vida propia y casi independiente al control de los guionistas.

Esta segunda temporada confirma a Homeland como uno de los mejores productos de los últimos años. Su solidez narrativa y la valentía a la hora de afrontar cambios importantes en su desarrollo dramático la convierten en un producto de obligado visionado y dejan al espectador en una situación total de indefensión. Indefensión entendida como una falta total de previsión de los acontecimientos, lo que obliga a entregarse al devenir natural de lo que vaya a ocurrir. Solo queda, por tanto, maravillarse de los intensos diálogos y las impactantes revelaciones, y esperar la resolución del imprescindible giro dramático final de esta segunda temporada.

Diccineario

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