‘Thor: Ragnarok’: un señor del trueno psicodélico


Es curioso, pero en Marvel siempre hay algún personaje que, por el motivo que sea, se queda en un limbo incapaz de definirle en un marco concreto. El Dios del Trueno ha sido, desde el principio, uno de esos personajes. Tres son sus aventuras en solitario, y tres las diferentes visiones del personaje que se han dado. Que esta última vaya a ser la definitiva parece algo evidente a tenor del éxito que está teniendo, pero la pregunta es si realmente es la versión idónea de Thor.

Posiblemente no, pero a tenor del final de Thor: Ragnarok, eso no es algo demasiado importante. Y es que esta tercera entrega del personaje parece más un camino hacia la madurez que una mera representación algo cómica y autoparódica de este superhéroe de cómic. Con un estilo que recuerda poderosamente a la saga de Guardianes de la galaxia, el director Taika Waititi (Lo que hacemos en las sombras) imprime una fuerza visual algo psicodélica y deliberadamente colorida para este viaje del protagonista por medio universo. Un viaje que, como he dicho, le permite madurar al comprender tanto sus lazos familiares como el futuro que le espera como líder de su pueblo. En este sentido, la cinta ahonda notablemente en el héroe, pasando de un personaje arrogante y arquetípico a otro más dramático y poliédrico (tampoco mucho, que al fin y al cabo esto es una ‘peli’ de superhéroes de Marvel), utilizando para ello un diseño de producción espléndido como marco para el humor y ciertos chistes fáciles dirigidos al público adolescente.

El principal problema de esta tercera entrega es que ahonda en los problemas que siempre han tenido estas aventuras en solitario del personaje. Para empezar, Chris Hemsworth (Cazafantasmas), con toda su presencia en pantalla y su adecuado perfil divino, no termina de imprimir el carácter dramático al personaje, ni siquiera con el corte de pelo. Hay que reconocer, sin embargo, que sí es capaz de asumir la madurez de su rol, lo que abre las puertas a unas interesantes posibilidades dramáticas en un futuro no muy lejano. La cinta, además, adolece de una duración excesiva, algo que se aprecia en una serie de secuencias innecesarias destinadas a divertir a un público adolescente más interesando en la risa fácil y obscena que en la historia que le cuentan. Todo ello resta fuerza a una historia que, por lo demás, sabe apoyarse en unos notables secundarios para construir un relato que va más allá del Señor del Trueno, que tarda más de dos horas en ganarse el título de Dios.

Así las cosas, se podría decir que Thor: Ragnarok es la mejor de la trilogía. La apuesta visual del director, unido a una planificación que en algunos momentos sabe aprovechar al máximo las posibilidades narrativas de la historia y a una banda sonora brillante, ensalzan el viaje de madurez de un héroe que ha tardado mucho tiempo en encontrarse a sí mismo. Con todo, eso no quiere decir que esta película no peque de muchas irregularidades, fundamentalmente provocadas por una cierta sensación de necesitar autoparodiarse, como si el personaje de Thor no pudiera tomarse en serio como, por ejemplo, sí hace Capitán América. Habrá que ver cómo se presenta el rol en las próximas aventuras, pero por lo pronto el camino emprendido, con sus debilidades y dificultades, parece el adecuado.

Nota: 7,5/10

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‘Thor: El mundo oscuro’: un entretenimiento con luces y sombras


Chris Hemsworth y Tom Hiddleston en un momento de 'Thor. El mundo oscuro'.Lo que ocurre en la Casa de las Ideas, nombre con el que se conoce a Marvel, desde que decidió apostar fuerte por las adaptaciones cinematográficas de sus cómics es cuanto menos curioso. Existen dos niveles bastante diferenciados, asociados normalmente a la fama de sus personajes. Algunas películas han ayudado a ensalzar esta especie de subgénero en el que se han convertido las películas de superhéroes; otros, por contra, demuestran los importantes vacíos que existen en estas tramas cuando el humor y la mediocridad se apoderan de los relatos. El caso de la primera Thor hace un par de años se quedó a medio camino, y su continuación no mejora demasiado, aunque hay que reconocer que posee los suficientes elementos para que casi dos horas de metraje se pasen en un suspiro.

El principal problema de Thor: El mundo oscuro reside en su guión, que adolece por completo de profundidad dramática, incluso en los momentos más teóricamente impactantes de la trama. Apenas existe sorpresa en sus giros argumentales, algunos de los cuales, por cierto, se ven venir de lejos si se conoce la naturaleza de los protagonistas, quienes se aferran a sus naturalezas inamovibles como si de un mapa de intenciones y personalidades se tratara, y en el que los buenos se distinguen con unos colores y los malos con otros (en pocas palabras, claros y oscuros). En este sentido, empero, hay que aplaudir la madurez con la que se trata al protagonista respecto al primer film, en el que se le presentaba algo más infantil y más insoportable. Por otro lado, tampoco ayuda demasiado la realización de Alan Taylor, director curtido en la televisión que, según parece, ha debido conseguir el trabajo gracias a su labor en la serie Juego de Tronos, de la que ha dirigido numerosos episodios.

Es aquí donde se encuentra el tendón de Aquiles, al menos visualmente hablando. La planificación es impersonal, correcta pero carente de una marca personal, de una visión que supere ese marco formal que tienen los artesanos de este oficio. Eso no es necesariamente malo, más bien al contrario. Sin embargo, en este caso concreto, con la aplicación de las tres dimensiones al resultado final, podría haber optado por algo más arriesgado, sobre todo con algunas ideas realmente originales del guión, como ese combate final que se viaja entre varios mundos. Todo ello evita que el espectador se zambulla en la riqueza visual de un film que, por otro lado, entretiene de principio a fin. Gracias a la combinación de humor y a la labor de los actores, todos ellos más que correctos en sus respectivos papeles, la película se convierte en un espectáculo puro y duro.

Habrá quien opine que la primera parte fue mejor que la segunda; otros pensarán lo contrario, y habrá quienes directamente la consideren irrelevante. Thor: El mundo oscuro mantiene el nivel de la primera, y por momentos la supera. Pero que nadie espere con esto nada más que una distracción palomitera que, en el fondo, podría haber sido mucho mejor. Hay que verla como lo que es: un eslabón más en ese macroproyecto de la compañía que consiste en llevar el mundo de los cómics a la gran pantalla. Siempre que no se espere más de ella, podrá disfrutarse sin grandes frustraciones. Incluyendo la ya tradicional secuencia final en los créditos, un guiño que posiblemente solo entenderán los fans.

Nota: 6/10

‘Vikingos’, drama e Historia se unen en una espléndida 1ª temporada


Katheryn Winnick, Travis Fimmel y Clive Standen protagonizan la serie 'Vikingos'.Llevo varios días pensando en la mejor forma de definir la serie Vikingos, y tras todas estas reflexiones lo más conveniente es referirse a los dos pilares que han hecho posible el argumento de esta producción: el canal Historia y el guionista Michael Hirst, creador de Los Tudor. Lo cierto es que analizando fríamente la asociación de estos dos nombres no podía surgir de ella otra cosa que estos primeros 9 episodios en los que, en lugar de mostrar una imagen estereotipada y arcaica de los pueblos del norte de Europa, se nos presenta una sociedad de agricultores, ganaderos y guerreros cuya vida giraba en torno a los saqueos de verano que les permitían sobrellevar los duros inviernos. Aviso para navegantes: destacar un aspecto por encima de otro en una obra tan completa es tarea complicada, pero allá vamos.

Desde luego, lo que llama poderosamente la atención en esta historia que gira en torno a Ragnar Lothbrok, rey semilegendario de los territorios que ahora son Suecia y Dinamarca, es la forma de presentar la sociedad vikinga. Una forma que se aleja de los ideales transmitidos en la cultura popular y que elimina algunos de los iconos más representativos de esta cultura para convertirla, simple y llanamente, en unos feroces guerreros cuyo poder residía en su agilidad y en sus ansias de abrazar la muerte para poder reunirse con sus dioses. Hirst plantea la vida como un ciclo marcado por los saqueos en la época estival, una fecha señalada y esperada cuyos frutos permitirían a los guerreros aguantar el invierno. No son, por tanto, violentos por naturaleza, sino por necesidad, lo cual termina trasladándose a todos los ámbitos de su cultura.

Prueba de ello podría ser su panteón divino, del que el protagonista asegura ser descendiente. No vamos a entrar aquí a analizar la forma de presentar a Odín, Thor, Loki y el resto de miembros de los salones de Asgard, pero sí es relevante uno de los conceptos tal vez más impactantes de la primera temporada a nivel dramático. Independientemente de sus diferencias formales, el creador de la serie formula la hipótesis de que todas las religiones guardan los suficientes puntos en común. Para demostrarlo ubica a un sacerdote cristiano (George Blagden) como esclavo de los vikingos, produciéndose en este una conversión con la que el espectador casi termina por identificarse. Es cierto que su religión es violenta; es cierto que sus dioses no son mortales. Pero el mensaje que subyace a ambas culturas es muy similar, por no decir el mismo. Simplemente cambia la forma de entender la organización, evidentemente influenciada por la forma de entender la vida.

Uno de los mayores problemas con los que se enfrenta Vikingos es la credulidad del espectador. Existen numerosos momentos que, aun estando lejos de parecer exagerados o un tanto divinizados, impactan tanto la sensibilidad que son difíciles de aceptar. Y no me refiero a sangrientas refriegas o elementos religiosos (que los hay, y muy bien introducidos para el posterior desarrollo dramático). Me refiero, por ejemplo, a momentos como el sacrificio humano realizado en uno de los episodios. Sorprende sobre todo la forma de entender el sacrificio, sobria, digna y respetuosa. En cualquier caso, las credenciales de los responsables de la serie avalan lo suficiente al producto como para considerarlo, al menos, posible.

Unos conflictos universales

A nivel formal estos serían los tres grandes aspectos que la serie creada por Michael Hirst presenta. Evidentemente, hay muchos otros, como la forma de combatir (es soberbia la batalla en una playa de Inglaterra) o la estructura social, en la que las mujeres tenían una presencia mucho más relevante que en otras sociedades de la época en el resto de Europa. Como muestra baste decir que combatían junto a los hombres, muchas veces de forma más aguerrida que los soldados, siendo la prueba más fehaciente el personaje de Lagertha Lothbrok (Katheryn Winnick), esposa del protagonista. Pero si esto genera el suficiente atractivo para aquellos a los que les guste la Historia, el aspecto dramático no es menos relevante, conformando una historia de traiciones, deseos y envidias que podría considerarse universal.

Ya he mencionado que la trama se centra en Ragnar Lothbrok (Travis Fimmel), personaje que da una libertad absoluta al guionista y showrunner de la serie. Y es que poco se sabe de este legendario rey salvo una aproximación temporal y los lugares que atacó. Con esos pocos datos Hirst compone un personaje sencillamente brillante, dotado de una curiosidad y una inteligencia sin igual entre sus compañeros. Sus ansias por descubrir, por conocer otras culturas, es lo que le lleva a triunfar donde otros fracasan. Lo que logra mantener el aura de misterio a su alrededor son sus intenciones. Se plantea así un juego entre espectador y guionista que, por fortuna para el conjunto, siempre gana el segundo. Aquellos que no hayan visto la serie tal vez piensen que no es el típico vikingo, que su carácter no es como el de sus compañeros. Sí y no. Es tan violento como los demás, pero es mucho más peligroso porque utiliza su inteligencia para aprovechar las debilidades de su enemigo, encontrando oportunidades allí donde otros solo ven… bueno, en realidad no ven nada.

No cabe duda, por tanto, de que buena parte del éxito de la serie, que ya ha confirmado su segunda temporada, es la labor de Fimmel, actor visto en The experiment (2010). Su forma de abordar el personaje ensalza el misterio que envuelve las decisiones que toma. Sus miradas, su expresión corporal, denotan esa inteligencia que no poseen los demás. Aunque evidentemente no es el único valor a tener en cuenta. Estos primeros 9 episodios concluyen con una de las secuencias más perturbadoras de la serie, dejando en ascuas la delicada relación entre hermanos que protagoniza el nudo dramático hasta ahora más importante de la trama. Mucho más incluso que el conflicto por el cual Lothbrok se convierte en conde, que centra buena parte de la temporada y que tiene como protagonista a Gabriel Byrne (El capital).

Vikingos es uno de esos productos extraños. Tiene todos los elementos de una serie espectacular: buen acabado técnicos, mejores guiones y una base histórica atractiva y sorprendente. Sin embargo, no ha sido un éxito arrollador. Tal vez se deba a que no es una producción estadounidense y, por tanto, no ha gozado de la promoción que merece. En cualquier caso, es un producto a descubrir y disfrutar sin reparos. Ahora solo queda esperar la próxima época de saqueos… digo, la próxima temporada.

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