‘American Horror Story: Apocalypse’, el culmen de las series de antología


La máxima de una serie de antología es que cada capítulo o temporada cuente una historia diferente con personajes diferentes. Esto se traduce habitualmente en que cada historia es totalmente independiente de la anterior. La serie American Horror Story es uno de los más recientes y notables ejemplos de este formato dramático, pero también es la que ha logrado experimentar con él hasta llegar a una octava temporada que ha logrado al cuadratura del círculo: no solo es continuación de aquella extraordinaria primera temporada, sino que vincula algunas de las historias narradas en otras etapas de esta ficción creada por Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie Pose). Eso y que los mismos actores interpretan varios personajes en la misma trama.

En efecto, los 10 episodios de este Apocalypse recuperan lo narrado en la primera y tercera temporada para abordar, con el inconfundible estilo que le caracteriza, el fin del mundo y la llegada del hijo de Satán. Pero a diferencia de otras temporadas, donde se juega con las líneas temporales para narrar un trasfondo dramático, en esta etapa se recurre más bien a un manejo de los diferentes momentos de la propia línea temporal, planteando así al espectador un interesante desafío para descubrir quién es quién en la historia. De este modo, la trama evoluciona de forma original, pasando de plantear una situación de supervivencia de un puñado de personajes a desarrollar un orquestado plan de lucha contra el mal mucho más complejo. Lo más interesante posiblemente sea comprobar que dicho cambio se presenta de un modo orgánico, aprovechando las oportunidades que da el formato episódico (es decir, con ganchos al final de los capítulos) y utilizando una línea argumental muy elaborada y bien planificada desde el principio, a la que se le da una presentación diferente.

Esto provoca dos fenómenos sumamente interesantes, al menos desde un punto de vista puramente profesional. Para empezar, al fusión de historias y tramas que en teoría estaban finalizadas en American Horror Story. La continuación de ambos universos completamente diferentes a través de un argumento único, original y diferente evidencia las posibilidades dramáticas y narrativas que ofrece el séptimo arte si se saben manejar herramientas como el tiempo o la distribución de conflictos dramáticos. Visto así, incluso la serie en su conjunto cambia en algunos matices, pues hasta ahora daba la sensación de que cada temporada había transcurrido en una realidad diferente, algunas desde luego en épocas diferentes. Ahora lo que nos encontramos, sin embargo, es que muchas de estas historias de terror que dan una vuelta de tuerca a leyendas clásicas no solo transcurren en un mismo universo dramático, sino que tienen vínculos y conexiones entre ellas.

Pero lo más llamativo sin duda es el hecho de que muchos actores dan vida a varios personajes a la vez, rompiendo con la idea de que cada personaje diferente tiene que estar interpretado por un actor para una comprensión correcta del argumento. El regreso a la casa de la primera temporada, además de dar pie a otras novedades que explicaré a continuación, recupera algunos roles que lleva a actores que han pasado por las ocho temporadas a interpretar hasta a tres personajes diferentes. Es evidente que, para un espectador que se acerque a Apocalypse sin conocer la historia previa, este guiño dramático puede no entenderse e, incluso, provocar desconcierto al desconocer la trayectoria de todos los protagonistas. Pero en líneas generales la impresión generada es diferente, más bien de estar ante un ejercicio dramático que demuestra que con un grupo de actores limitado se puede lograr una complejidad dramática de un número mucho más amplio de personajes. Y eso es algo que daría para varios análisis.

Viejos conocidos

Pero la continuación de las diferentes historias que han poblado las pesadillas de American Horror Story durante estos años también deja el regreso de viejos personajes y de actores que, en mayor o menor medida, han ido abandonando la serie. No cabe duda de que lo más significativo es la presencia de Connie Britton (serie Nashville) y Dylan McDermott (La lectora) en los personajes que hicieron famosa esta serie en la primera temporada. No solo por la calidad dramática de los mismos, sino porque con su historia, y con la del resto de protagonistas de esa primera historia, se cierra un ciclo y todos aquellos posibles cables sueltos que quedaron en esa casa encantada.

En cierto modo, este Apocalypse es el colofón a un concepto dramático que se ha apreciado en muchas de las temporadas, y que responde a la idea de defensa de la familia ante un mal imparable. Curiosamente, este trasfondo argumental se encuentra en las etapas más complejas y atractivas de esta serie de antología. Concretamente en lo que respecta a estos 10 capítulos, el desarrollo dramático ahonda en las consecuencias de esta idea a todos los niveles, incluyendo el viaje a los infiernos, literalmente, del protagonista, cuya motivación inicial, al menos una de ellas, es encontrar alguien que le quiera como es. La idea se refuerza, precisamente, con ese viaje a través de varios grupos de personas que, lejos de acogerle, tratan de utilizarle para sus propios beneficios.

Este recorrido dramático se convierte, al menos durante buena parte de la temporada (aquella que transcurre de una forma más o menos lineal al narrar el pasado), en un motor de desarrollo muy intenso en el que el espectador se adentra en los sentimientos de un rol que finalmente termina convirtiéndose en el villano. La ventaja de esta arquitectura dramática radica en que el resto de personajes, al menos los principales, ya han sido presentados y desarrollados en otras temporadas, por lo que solo es necesario retomar sus historias donde quedaron y, en todo caso, aportar ciertas pinceladas argumentales. Esto permite que los guionistas se centren por completo en el villano, en su humanidad y su maldad, en su poder y sus debilidades. Y eso, en definitiva, le convierte en un gran villano y, por extensión, hace de la temporada un gran relato dramático.

No cabe duda de que American Horror Story: Apolypse es una de las mejores temporadas de toda la serie. Y lo es porque esta octava historia no solo narra un acontecimiento como el fin del mundo y la llegada del Anticristo, sino que lo hace con inteligencia, sobriedad y una complejidad dramática que, desde luego, no existía en otras temporadas. Pero también lo es porque lleva el concepto de serie de antología un paso más allá, cerrando varias historias abordadas en temporadas anteriores y tomando conceptos y escenarios de muchas otras. Ello ofrece un nuevo punto de vista a toda la serie, y abre las puertas a poder desarrollar nuevas y complejas historias. La guinda del pastel es que este Apocalipsis no es el final, todavía queda terror para algunos años más.

‘Fear the Walking Dead’ aclara sus ideas en la 3ª temporada


La evolución que ha tenido Fear the Walking Dead durante sus tres primeras temporadas ha sido, cuanto menos, irregular. Con un notable comienzo, el desarrollo dramático de la historia ha sido errático, en buena medida determinado por el gran número de personajes, sus excesivamente diferentes historias secundarias y la sensación de que el arco argumental todavía se estaba tratando de encontrar a sí mismo. Pues bien, buena parte de sus problemas parecen haberse solucionado en estos 16 episodios que componen la tercera entrega de esta ficción nacida bajo la sombra de The walking dead. Buena parte, pero no todos.

En cierto modo, esta nueva temporada de la serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) y el autor del cómic en el que se basa la serie original, Robert Kirkman, es una purga de todos aquellos elementos innecesarios en la historia, tanto dramáticos como narrativos. Y entre ellos, por supuesto, destacan los personajes. Para empezar, las tramas de los diferentes personajes se han unificado en un único elemento. Se acabó, por tanto, el ubicar a cada rol protagonista en un escenario diferente. Más allá de los beneficios económicos y de producción que eso conlleva, dramáticamente hablando permite a la serie centrar la atención no solo en un grupo de supervivientes muy concreto, sino que potencia el desarrollo de las relaciones entre personajes, de sus conflictos y el modo en que reaccionan juntos (o separados) ante la adversidad.

A esto se suma la eliminación de muchos roles que, siendo sinceros, se habían vuelto anodinos o eran, casi desde el principio, totalmente innecesarios. El ejemplo más evidente es el de Cliff Curtis (Resucitado), cuyo papel desde el comienzo de Fear the Walking Dead ha estado marcado por una alarmante indefinición ante los acontecimientos que ocurrían a su alrededor. Y aunque se le ha intentado integrar, lo cierto es que su personalidad no tenía cabida en una serie de este tipo, al menos no como el presunto líder que debería ser. De ahí su desaparición. Otra cuestión es el modo en que desaparece, bastante criticable por lo ridículo que resulta. A él se añaden otros, tanto principales que habían participado desde el principio como secundarios incorporados en esta tercera temporada. En este sentido, resulta interesante comprobar cómo la serie está empezando a adquirir la estructura dramática de su modelo a seguir, con villanos humanos diferentes en cada temporada y concentrando la atención en un pequeño grupo de personajes.

Porque sí, la serie tiene muchos secundarios, pero al igual que en la serie original, el peso de la trama recae en unos pocos, que además se han reducido ostensiblemente en esta etapa, dividida en dos partes claramente diferenciadas tanto en la historia como en el escenario en el que se desarrolla la trama. El hecho de que todo se haya concentrado en apenas cinco personajes ha permitido, además, desarrollar más en profundidad la personalidad de los mismos, ahondando en sus miedos, en sus capacidades y, sobre todo, en su pasado. Esto ha permitido algunos momentos sumamente interesantes, como el regreso a las drogas del rol de Frank Dillane (En el corazón del mar), una situación tan dramática como surrealista si se tiene en cuenta el mundo apocalíptico en el que ocurre todo. En definitiva, esta tercera temporada se ha librado de lastres para concentrar el foco en los aspectos más interesantes, potenciándolos a su vez al tener más tiempo para poder realizar un mejor tratamiento.

Problemas zombis

Con todo, esta etapa de Fear the Walking Dead sigue arrastrando numerosos problemas de las anteriores temporadas, como si de los muertos vivientes a los hace referencia el título se tratara. Para empezar, una cierta indefinición en su trama. Mientras que su serie matriz muestra un claro objetivo del grupo protagonista, en esta ficción apocalíptica los protagonistas se dispersan tanto física como psicológicamente, sin un sendero claro ni, aparentemente, un objetivo a alcanzar, salvo tal vez el de sobrevivir, que no es poco en este tipo de ficciones. No es poco, pero no es suficiente, sobre todo porque la serie provoca una y otra vez la sensación de estar ante algo inacabado, como si se hubiera iniciado la trama sin tener claro hacia donde dirigirla. Y eso termina afectando, en cierto modo, a los personajes.

Y es que, aunque el hecho de centrar la trama en un puñado de roles ha beneficiado al desarrollo dramático de la historia, esta todavía sigue presentando irregularidades en su tratamiento debido, precisamente, a esa aparente falta de objetivo. Los personajes no parecen dispuestos a luchar por nada salvo ellos mismos, por sobrevivir un día más en lugar de intentar establecer una zona de seguridad. Sí, hay intentos, pero dado que ninguno de ellos termina por tener éxito, el balance final es el de arcos argumentales marcados por la llegada a un lugar y su posterior destrucción. Y ello sin contar con villanos realmente relevantes, lo que hace aún más complicado aceptar algunas de las premisas que se han planteado, por ejemplo, en esta tercera temporada.

Estos nuevos 16 episodios tampoco logran librarse de la definición de algunos de los supervivientes. A pesar de la evidente evolución que han sufrido los protagonistas, algunos de ellos todavía mantienen ciertas reminiscencias de una personalidad anodina, a medio camino entre la inocencia, la pasividad o la incomprensión de lo que ocurre. Y esto, aunque en determinados momentos puede ser provechoso para acentuar el contraste entre los roles, en muchos otros se convierte en un lastre para que la acción avance, al menos de forma progresiva. En este sentido, y unido a esa idea de supervivencia día a día que antes mencionaba, la serie parece moverse en círculos constantes con los que los personajes, por fortuna, están evolucionando, pero que les sume en una espiral que les lleva a vivir similares situaciones una y otra vez.

Solo cabe esperar que Fear the Walking Dead pueda librarse de esta estructura circular para seguir avanzando hacia un futuro que, con la eliminación de personajes y el final de esta tercera temporada, promete ser sumamente interesante. Porque el gancho final de temporada de esta entrega es, posiblemente, de los mejores que ha tenido la serie desde sus inicios, situando a los personajes en un escenario complejo, marcado por la muerte y la destrucción. En cierto modo, estos 16 capítulos marcan un cambio de tendencia; no radical, pero sí lo suficiente como para que se aprecie algo diferente. Los problemas siguen ahí, pero se suavizan. Si se logran eliminar, o al menos sí cambiar progresivamente, la serie podría deparar un mundo apocalíptico apasionante.

‘Melanie. The girl with all the gifts’: nuevos zombis, viejas historias


Unos zombis diferentes dominan el mundo en 'Melanie. The girl with all the gifts'.El cine de zombis ofrece tantas posibilidades como restricciones. El contenido de las historias puede ser sumamente original, pero su tratamiento narrativo tiende a ser, por regla general, lineal y algo previsible. Pero si hay algo que han demostrado los años es que el bajo presupuesto beneficia a estas historias. Y como resultado de todo ello surge la primera película para la pantalla grande de Colm McCarthy, una historia tan curiosa como carente de giros argumentales.

Desde luego, lo más atractivo de Melanie. The girl with all the gifts es el trasfondo de la enfermedad que convierte a los humanos en ‘hambrientos’ (se empiezan a agotar los calificativos para no llamarlos zombis), en esta ocasión un hongo que, lejos de matar para luego resucitar, provoca una transformación que continúa durante diferentes fases, en una especie de malsana interpretación de que la naturaleza siempre se abre camino. Sin duda, lo relevante reside en el personaje de la niña protagonista interpretada por Sennia Nanua, tan aparentemente dulce como violenta. En su figura quedan representados diferentes matices del género, desde la conciencia de los zombis hasta los híbridos.

El problema, y no es algo secundario, es que el desarrollo dramático de esta trama basada en la novela de Mike Carey carece de sorpresas. Los roles adultos, con un reparto de altura (Gemma Arterton, Glenn Close y Paddy Considine), son arquetípicos, respondiendo a los cánones de la serie B más tradicional. Las secuencias se suceden sin grandes sorpresas, salvo tal vez al final, cuando se introducen una serie de elementos novedosos en este tipo de tramas que aportan nuevos niveles interpretativos. Pero hasta entonces, ya sean las motivaciones, los diálogos, los miedos o los recelos, todo en la cinta resulta conocido, sobre todo si el espectador es un fiel seguidor de este tipo de cine.

Así, Melanie. The girl with all the gifts se convierte en un producto menor, en una aportación más a este subgénero del thriller y el terror que son los zombis. Y aunque la aportación, desde un punto de vista conceptual, tiene su interés y ofrece ideas frescas sobre las que apoyar futuras interpretaciones más elaboradas, su desarrollo carece del ritmo y la intensidad necesarios para que el film sea recordado como algo más que una sencilla cinta británica. Dicho de otro modo, entretiene y en algunos momentos incluso puede llegar a resultar sumamente interesante, pero la sensación final no logra llenar. Eso sí, siempre es de agradecer que se pueda disfrutar de un reparto como este, incluso cuando los personajes no tienen demasiada profundidad.

Nota: 6/10

‘X-Men: Apocalipsis’: ¿la tercera parte siempre es la peor?


Los mutantes se enfrentan a su mayor enemigo en 'X-Men: Apocalipsis'.Si algo hay que reconocerle a Bryan Singer (Verano de corrupción) es que ha sabido trasladar a la perfección el mundo mutante de Marvel a la gran pantalla. Por supuesto, eso no quiere decir que no haya altibajos y momentos de crisis creativa, pero en líneas generales ha sabido mantener un cierto nivel narrativo y conceptual. Esta tercera parte de la segunda trilogía sobre los personajes confirma lo ya sabido y, aunque aporta pocas novedades, sí es capaz de hacer avanzar la historia hacia un futuro ciertamente interesante.

Quizá lo mejor de esta X-Men: Apocalipsis sea el tratamiento de los nuevos personajes, sobre los que descansa buena parte de la historia y que suponen un soplo de aire fresco a los roles ya conocidos. Y tal vez porque están llamados a ser los protagonistas, la labor de Sophie Turner, la famosa Sansa Stark de Juego de Tronos, y Tye Sheridan (Detour) es de lo mejor de la cinta, amén de la solvencia y peso que aportan los principales héroes de anteriores entregas.

Y aunque los personajes están bien tratados (curiosamente, el que peor parado sale es el villano de turno, interpretado por Oscar Isaac –Mojave-) y la trama posee buenas secuencias de acción mezcladas con cierta ironía, la película peca en exceso de conformismo y previsibilidad. A pesar de su espectacular y prometedor comienzo, el desarrollo dramático se desinfla poco a poco hasta convertirse en una línea temporal a la que se le ven los conflictos y puntos de giro con horas de antelación. Y el tratamiento de un personaje tan importante como Magneto (de nuevo un magnífico Michael Fassbender –Frank-) no es que se menosprecie, es que simplemente se repite de lo visto en películas previas, lo que termina por convertirle en una especie de recurso dramático que siempre sufre, se enfurece y finalmente recapacita para luego seguir su camino.

Es precisamente esta falta de frescura el problema que más se le puede achacar a un film que, por otro lado, es un espectáculo a la altura de sus predecesores. Desde luego, que lo peor de X-Men: Apocalipsis sea el modo en que se ha tratado el argumento no es algo demasiado alentador, pero esa debilidad logra suplirse con el desarrollo de varios personajes nuevos y con una espectacularidad sin parangón, amén de convertir el film en un nexo de unión entre todas las películas hechas sobre estos personajes (atentos al diálogo final entre Xavier y Magneto). En un momento dado se llega a decir en el film que “las terceras partes siempre son las peores”. En esta ocasión, y comparada con las anteriores, desde luego que no es mejor, pero no tiene que ser necesariamente peor, sobre todo si no se espera demasiado de ella.

Nota: 7/10

El Apocalipsis mutante llega a España


Estrenos 20mayo2016Tras dos semanas alejados de aventuras superheróicas, la cartelera española vuelve a recibir una adaptación de historias sacadas de las viñetas de un cómic, en esta ocasión de Marvel. Pero el cine más comercial está acompañado esta semana por un buen puñado de estrenos que ofrecen a los espectadores una variada alternativa donde elegir, desde el drama histórico o el thriller hasta la comedia, pasando por el documental.

Pero si hay que comenzar por algún título, ese es X-Men: Apocalipsis, tercera entrega de la nueva hornada de mutantes dirigida de nuevo por Bryan Singer (Valkiria) y que suma al reparto habitual de las últimas películas varios rostros conocidos. La trama, para aquellos poco familiarizados con el mundo mutante, se centra en la lucha de unos jóvenes X-Men contra Apocalipsis, el primer mutante nacido en el Antiguo Egipto que ha acumulado poderes de otros como él a lo largo de los siglos y que despierta en un mundo que le decepciona, por lo que decide rodearse de cuatro guerreros para destruir a la Humanidad. James McAvoy (Victor Frankenstein), Michael Fassbender (Steve Jobs), Jennifer Lawrence (Joy), Rose Byrne (Espías), Nicholas Hoult (Equals), Evan Peters (serie American Horror Story: Hotel) y Lucas Till (Wolves) vuelven a interpretar a sus personajes, añadiéndose además los nombres de Oscar Isaac (Star Wars: El despertar de la fuerza), Sophie Turner (serie Juego de tronos), Tye Sheridan (Mud), Kodi Smit-McPhee (Slow west), Ben Hardy (serie Gente de barrio), Alexandra Shipp (Straight Outta Compton), Lana Condor y Olivia Munn (Mortdecai).

Muy distinta es la comedia estadounidense Es la jefa, vehículo de lucimiento personal para Melissa McCarthy (St. Vincent) en el que interpreta a una gigante de la industria que entra en prisión por uso de información privilegiada. Al salir está decidida a recuperar su lugar en la sociedad y convertirse en la persona más popular del país, pero no todo el mundo está dispuesto a seguirla y apoyarla. Ben Falcone (Tammy), quien se reserva un papel en la trama, dirige esta propuesta en la que también encontramos a Kristen Bell (serie House of lies), Peter Dinklage (Pixels), Kristen Schaal (Un paseo por el bosque) y Kathy Bates (El coro).

El drama de época lo pone Madame Bovary, nueva adaptación de la novela de Gustave Flaubert que gira en torno a la mujer de un doctor cuya vida en un pequeño pueblo la consume hasta el punto de desear una vida de pasión que está dispuesta a conseguir cueste lo que cueste. La cinta de 2014, dirigida por Sophie Barthes (Cold souls), está producida entre Estados Unidos, Alemania y Bélgica, y protagonizada por Mia Wasikowska (El viaje de tu vida), Ezra Miller (Tenemos que hablar de Kevin), Paul Giamatti (Parkland) y Rhys Ifans (The amazing Spider-man).

En cuanto al cine europeo que aterriza hoy en la cartelera, destaca Noche real, producción inglesa de 2015 a medio camino entre el drama, la comedia y el romance que aborda la salida de incógnito que realizaron el 8 de mayo de 1945, cuando finalizó la II Guerra Mundial, las princesas Isabel (hoy reina Isabel II) y Margarita. Ambas querían unirse a la celebración que se vivía en Londres mientras su padre, el rey Jorge, prepara su discurso. Una noche en la que tendrán sus primeros escarceos románticos. Julian Jarrold (La joven Jean Austen) pone en imágenes esta historia de época interpretada por Sarah Gadon (Belle) y Bel Powley (Side by side) como las jóvenes princesas, y Rupert Everett (Rosenn) y Emily Watson (Testamento de juventud) como el matrimonio real.

Desde España nos llega El rey tuerto, comedia dramática basada en la obra teatral de Marc Crehuet, quien se encarga también de su adaptación a la gran pantalla y de la dirección. La trama arranca cuando dos amigas se reúnen después de muchos años. A pesar de ser diametralmente diferentes, el encuentro transcurre de forma cordial hasta que se revela que el novio de una de ella dejó tuerto al otro en el transcurso de una manifestación. El hecho no solo romperá la relación de las amigas, sino que derivará en una serie de crisis de identidad cuyas consecuencias alcanzarán una magnitud inesperada. Mike Esparbé (Incidencias), Alain Hernández (Palmeras en la nieve), Ruth Llopis, Betsy Túrnez (serie Pop ràpid) y Xesc Cabot (Open 24h) encabezan el reparto.

También española es Seis y medio, intenso drama cuyo punto de partida es cuanto menos curioso. Una pareja debate cuánto se aman hasta el punto de calificarlo con una puntuación de 6,5. A partir de este momento su relación no volverá a ser la misma. Dirigida por Julio Fraga, quien debuta de este modo en el largometraje, la cinta está protagonizada por Homero Rodríguez-Soriano y Cristina Rojas.

Y España también está presente en Magallanes, producción que cuenta además con capital peruano y argentino cuya historia comienza cuando el protagonista que da nombre al film ve subirse a un taxi a una mujer que conoció años atrás. Dispuesto a conseguir redención, la busca para tratar de ayudarla, aunque lo último que ella parece querer es volver a verle. Ópera prima de Salvador del Solar, la cinta está protagonizada por Damián Alcázar (Olvidados), Magaly Solier (Amador), Federico Luppi (La corporación) y Christian Meier (serie Familia en venta).

China y Japón, con la colaboración de Francia, producen Más allá de las montañas, drama romántico escrito y dirigido por Jia Zhangke (Un toque de violencia) que gira en torno a un triángulo amoroso durante varias décadas desde finales de los años 90, y en el que dos amigos de la infancia se disputan el amor de una joven en China. El reparto está encabezado por Tao Zhao (Naturaleza muerta), Zhang Yi (Pi fu), Jing Dong Liang (Zhantai), Zijian Dong (Qing Chun Pai) y Silvia Chang (American Fusion).

En lo que a documentales se refiere, dos novedades. La primera es Malú, ni un paso atrás, que recoge la trayectoria de la que posiblemente sea la artista española más influyente del momento. La cinta ahonda en los miedos, las pasiones y los sueños de esta cantante con 13 álbumes publicados y 21 discos de platino. Telmo Iragorri y Curro Sánchez (Paco de Lucía: La búsqueda) dirigen la propuesta.

Francia y Alemania están detrás de Las estaciones, obra dirigida a cuatro manos por Jacques Perrin y Jacques Cluzard (Océanos) que desgrana la relación que se establece entre el hombre, los animales y las estaciones meteorológicas a lo largo de la historia.

1ª T de ‘Wayward Pines’, el misterio de corto recorrido de Shyamalan


Carla Gugino y Matt Dillon protagonizan el misterio de 'Wayward Pines' en su primera temporada.Cualquiera que haya visto una amplia mayoría de la filmografía de un director sabrá que existen características comunes en todos ellos. Tal vez no visualmente hablando, pero sin duda sí en los temas abordados. Y eso se está trasladando a los títulos televisivos que apadrinan. No es casualidad que Steven Spielberg (E.T., el extraterrestre) esté detrás, por ejemplo, de Falling Skies, o que Martin Scorsese (Uno de los nuestros) haya apoyado una obra como Boardwalk Empire. Por eso aquellos que hayan terminado de ver la primera temporada de Wayward Pines, cuyo último episodio se ha emitido esta semana, habrán encontrado puntos comunes con la obra de su nombre estrella: M. Night Shyamalan, autor de El Sexto Sentido (1999) o El bosque (2004). Para bien y para mal.

Precisamente con esta última tienen bastante que ver estos primeros 10 episodios creados por Chad Hodge (serie The Playboy club). Adaptación de las novelas de Blake Crouch, la trama arranca cuando un agente secreto en busca de unos compañeros desparecidos despierta en un pequeño pueblo después de sufrir un accidente. Poco más se puede decir de su argumento para no desvelar los giros narrativos claves, salvo tal vez que el protagonista pronto comprende que en esa pequeña localidad nada es lo que parece, y que todo el mundo está controlado por cámaras, micrófonos y microchips. Desde luego, con esta premisa inicial el episodio piloto se convierte en un notable ejercicio de intriga que, aunque se desarrolla de forma más o menos previsible, sí deja lugar para numerosos detalles que posteriormente pueden, y deben, ser contrastados con la verdadera historia que se esconde detrás de esta serie.

A grandes rasgos, el desarrollo narrativo de Wayward Pines en esta primera temporada cumple con los objetivos marcados. La ficción, a través de numerosos ganchos episódicos, logra mantener al espectador pendiente de la explicación que aclarará el misterio planteado unos minutos antes. De este modo, el arco dramático avanza de forma más o menos fluida y exigiendo una única condición: cuadrar mentalmente todo lo visto para que la explicación tenga sentido. Así, la producción se revela como un delicado ejercicio de equilibrio en el que todo está muy medido, en el que las cuestiones (al menos las más evidentes) tiene su porqué. El éxito radica, precisamente, en un consistente armazón firmemente asentado y con una coherencia interna que no siempre se logra en productos de este tipo.

Por desgracia, a medida que el misterio se va desvelando las debilidades narrativas también van apareciendo, algo que no por casualidad también ocurre con frecuencia en el cine de Shyamalan. La revelación a mitad de temporada del secreto mejor guardado de la serie obliga a sus responsables a virar el sentido original de la producción para pasar de un thriller bien medido a una suerte de producto de acción y conspiranoico en el que, en cierto modo, se pierde el norte de muchos personajes. En realidad, este fenómeno se debe a dos motivos. Por un lado, tras conocerse el sentido real de la trama son necesarios algunos capítulos que ayuden a consolidar la nueva información y sienten las bases para el nuevo dogma dramático. Por otro, la corta duración de la temporada impide que haya tiempo suficiente para desarrollar correctamente diversos aspectos, entre ellos el anterior. El resultado es una aceleración de los acontecimientos que no termina de encajar en lo que propone la producción desde un principio.

El sacrificio de los personajes

Aunque desde luego los mayores damnificados de este fenómeno son los personajes. Resulta sorprendente comprobar cómo son sus propios responsables los que destruyen todo lo construido en los primeros episodios de la temporada con su apuesta por virar hacia otro formato en los últimos capítulos de Wayward Pines. Esto genera un fenómeno cuanto menos curioso. Mientras que en los inicios la serie establece las bases de los diversos conflictos que se desarrollarán, todos ellos quedan literalmente olvidados a raíz de los acontecimientos finales. Ni el posible triángulo amoroso, ni las dudas morales del protagonista cuando conoce la verdad. Nada de lo visto hasta ese momento parece tener interés, cuando precisamente debería ser todo lo contrario.

Una posible explicación es el carácter arquetípico de todos sus roles, que no logran desarrollarse más allá de sus características básicas. La mejor evidencia de su carácter se encuentra en los últimos episodios, cuando se produce el ataque al pueblo. A modo de Apocalipsis selectivo, solo son salvados por Dios (léase, los creadores de la trama) aquellos personajes que han mostrado un cierto atisbo de redención, ya sea enfrentándose a aquellos a los que hasta ahora habían ayudado, ya sea apoyando a los protagonistas de forma más explícita. Pero otra explicación, que no es necesariamente excluyente, es que el desarrollo queda totalmente interrumpido. Salvo roles como el de Melissa Leo (Prisioneros) o Carla Gugino (San Andrés), ésta en menor medida, los demás quedan eclipsados por el impacto narrativo de su punto de giro intermedio, dejando a un lado sus propias naturalezas para convertirse en meras herramientas al servicio de un objetivo último.

La pregunta que hay que hacerse es cuál es ese objetivo. La respuesta se encuentra en el apéndice del último episodio, cuando el pueblo vuelve a la normalidad después del ataque… o casi. El diálogo mantenido entre los personajes de Charlie Tahan (Lazos de sangre) y Sarah Jeffery (serie Rogue), que podrían cargar con el peso de la serie en una hipotética segunda temporada, revela un futuro dramático que plantea en principio repetir estructuras narrativas con personajes más jóvenes, dejando a los más veteranos como complemento, apoyo dramático o recurso narrativo. Esto permitiría, una vez conocidos todos los secretos, mejorar el desarrollo de los arcos dramáticos de cada personaje, aprovechando asimismo para enriquecer la historia con tramas secundarias que, todo sea dicho, darían un carácter completamente diferente a la serie.

Pero por ahora, lo que ofrece Wayward Pines en su primera temporada es, a grandes rasgos, lo que ofrece M. Night Shyamalan en sus películas: un planteamiento sumamente atractivo, un desarrollo algo irregular y un desenlace totalmente diferente. Que esto guste o no depende de cada uno. Lo que sí puede percibirse es un arco dramático que no logra aprovechar todas las posibilidades que ofrece no solo el misterio que centra los primeros episodios, sino “la verdad” contada a mitad de temporada. Ni los personajes ni la historia son capaces de levantar el vuelo con un desarrollo que parece empeñado en constreñir las posibilidades del producto, tal vez porque todo se reserva para una futura continuación que, por ahora, no se ha confirmado. Sea como fuere, este pueblo y sus habitantes reclamaban una mayor profundización en sus relaciones y en los conflictos que generan.

2ª T. de ‘Resurrection’, explicar lo inexplicable con la religión


'Resurrection' ha sido cancelada en su segunda temporada.Hay producciones que parecen perseguir un desarrollo inconexo, irregular y algo caótico. Muchas veces es debido a los personajes, que entran y salen de la trama casi sin justificación aparente. Otras es simplemente que la trama no logra ahondar lo suficiente en los conflictos. Y otras se produce porque el objetivo último resulta, cuanto menos, ilógico con el tratamiento dado a la historia. Esto último es lo que podría achacarse a Resurrection, serie que ha terminado en su segunda temporada y que ha dejado un sabor de boca agridulce al encontrar una explicación simplona y poco coherente con el desarrollo visto en la primera entrega.

Es cierto que los primeros episodios de esta serie creada por Aaron Zelman (serie Daños y perjuicios) a partir de una novela de Jason Mott planteaban una compleja maraña de historias, secretos, pasados y mentiras que había terminado por debilitar el sentido general de la ficción, pero estos nuevos 13 capítulos, lejos de solventarla, ha empeorado la situación. A pesar de que ha sabido centrarse en los personajes principales y ha dejado de lado las historias secundarias (una medida necesaria para encarrilar el argumento), la explicación al fenómeno de los resucitados ha resultado ser el peor remedio, eliminando por completo cualquier aspecto de suspense o thriller dramático que pudiera existir en la producción.

Y no me refiero simplemente al hecho de recurrir a la religión para explicar que los muertos vuelvan a la vida, sino a todo lo que eso conlleva. Choques religiosos, referencias bíblicas, apocalipsis, Satanás, … En fin, toda una suerte de justificaciones que rompen con lo establecido anteriormente, sobre todo porque no logra explicar algunos de los fenómenos vistos en la primera temporada, como el hecho de que haya gente que resucite cuando sus huesos ni siquiera existen ya. El hecho de que la segunda temporada de Resurrection enfoque sus esfuerzos hacia este camino impide, además, que se desarrollen plenamente algunas de las tramas secundarias que hubieran nutrido de forma interesante la historia principal. No me refiero con esto a historias de personajes secundarios, sino a las líneas argumentales propias de cada uno de los protagonistas.

De este modo, lo que esta segunda temporada logra es un desarrollo casi por inercia, sin plantear excesivos conflictos ni pretender profundizar en las ideas ya expuestas, sustituyéndolas por otras nuevas plagadas de puntos de giro aparentemente dramáticos pero que no generan el dinamismo necesario para evitar caer en la tentación de la desidia. Y eso es algo que se nota incluso en el reparto, que deambula por la serie sin rumbo fijo, sin creer en sus propios personajes y con una notable falta de frescura a la hora de afrontar los momentos más dramáticos de la ficción. Solo algunos aspectos como el conflicto familiar parecen desmarcarse del tono general de la trama, algo que se debe fundamentalmente a Michelle Fairley (serie Juego de tronos). Aunque la palabra clave es “parecen”, pues en realidad esta diferenciación se basa sobre todo en la entereza con la que afronta Fairley su personaje; en el momento en que pierde esa cualidad dicho conflicto cae por su propio peso.

Arreglar el futuro

La verdad es que la segunda temporada de Resurrection no aporta aspectos realmente interesantes a los planteamientos de sus primeros episodios. No se trata tanto del enfoque religioso que se da a la trama como la forma en la que se aborda dicho enfoque. Si durante la primera temporada los personajes luchaban contra sus propios demonios y debían hacer frente a sus debilidades, ahora se convierten en meras marionetas de un desarrollo que casi no les tiene en cuenta, salvo tal vez para convertirles en héroes o villanos en su tercio final. Se ha pasado, por tanto, de una confluencia excesiva de tramas, personajes y conflictos a una reducción religiosa de todos esos conflictos, poniendo al apocalipsis y al hijo del diablo como paraguas para soportar todo el peso de la historia.

Como puede apreciarse, el problema no reside tanto en la religión como en la forma de utilizarla. Básicamente, lo que propone no cuadra con lo desarrollado en la primera temporada, por lo que el espectador se encuentra ante una especie de Deus ex machina que todo lo puede y que elimina todo rastro de lo que pudiera existir con anterioridad. El problema es que, al ser cancelada tras esta segunda temporada, no puede saberse si estos planes eran los originales para la temporada o si se ha visto obligada por las circunstancias. Lo cierto es que de todo este caos en que se convierten los 13 episodios es justo rescatar la fortaleza de sus responsables para tratar de dar un cierre a la historia, incluso aunque este sea incongruente.

Es una forma de arreglar el futuro, o al menos de intentar dejar las principales historias lo suficientemente atadas como para plantear un desarrollo a posteriori de esta historia bajo otros parámetros. Es, más o menos, lo que se desprende de la secuencia final de la serie. Desde luego, es loable el esfuerzo, no así el resultado. Comparando con otras producciones que han sido canceladas sin previo aviso y que han dejado sus tramas a medio terminar, al menos la ficción de Zelman logra componer una idea fuerza final que puede dar una cierta coherencia al desarrollo de la segunda temporada a pesar de que ésta no tenga mucho sentido si se compara con la primera. Dicho de otro modo, se evita un mal mayor.

Resurrection es una de esas series que demuestran la teoría de que muchas producciones nacen simplemente con una premisa inicial y sin un desarrollo dramático estudiado, elaborado y planificado. Soy consciente de que se basa en una novela, pero esto no deja de ser una adaptación y, por tanto, tiene vida propia. Solo hay que mirar al fenómeno de Juego de tronos. No, el problema de la serie ha sido su falta de objetivos, su poco interés en desarrollar correctamente unos personajes que podrían haber dado algo más de sí y, sobre todo, culpar a la religión, que en este caso no es capaz de explicarlo todo.

‘Sleepy Hollow’ se desinfla en una 2ª temporada sin objetivos claros


Tim Mison y Nicole Beharie siguen luchando contra el mal en la 2ª T de 'Sleepy Hollow'.Mantener el interés de una serie con tramas episódicas puede ser, a veces, tan complicado como lograrlo con tramas desarrolladas en temporadas. Pero lograr el equilibrio entre ambas en una producción y no morir en el intento es, posiblemente, el más difícil todavía. A nadie debería extrañarle, por tanto, que la segunda temporada de Sleepy Hollow haya tenido numerosos altibajos, muchos provocados por una indefinición en algunos conceptos y otros por la falta de tramas convincentes más allá de la principal. Es cierto que la serie creada por Phillip Iscove, Alex Kurtzman, Roberto Orci (estos últimos responsables de la serie Fringe) y Len Wiseman (Underworld) ha sabido reinterpretar los mitos norteamericanos bajo una pátina religiosa, pero no ha logrado un desarrollo lineal claro.

Uno de los indicadores más significativos de este síntoma es el hecho de que muchos personajes secundarios entran y salen de la trama en función de las necesidades, sin tener una regularidad y sin lograr así una mínima identificación con sus personalidades. El caso más notable es el del rol de Matt Barr (serie Hatfields & McCoys), una especie de Indiana Jones que se dedica a suministrar armas y artefactos en la lucha contra el demonio. El problema es que su presencia no tiene un desarrollo claro, quedándose en una mera anécdota que termina con un episodio dedicado a su pasado. Y aunque es el caso más evidente, en líneas generales todos los secundarios adolecen de esta problemática, lo que impide que sus respectivas tramas se integren. La excepción sería el personaje de Orlando Jones (El circo de los extraños), si bien su historia da excesivos giros para la simplicidad de la propuesta.

Estos nuevos 18 episodios de Sleepy Hollow presentan una serie de logros interesantes. Narrativamente hablando, es justo reconocer que la serie ha sido consciente de sus posibilidades y ha sabido dar un giro dramático hacia la mitad de esta segunda temporada. Un giro que, en pocas palabras, rompe con lo establecido desde el inicio de la primera etapa, lo que evidencia una valentía enorme por parte de sus responsables. El problema es lo que ha llegado después. Sin un objetivo claro, la segunda parte de estos capítulos ha sido un constante vaivén sin un objetivo dramático claro, salvo tal vez allanar el camino hacia lo que vendrá en la tercera temporada, ya anunciada.

Esto no quiere decir, sin embargo, que no hayan existido buenas motivaciones en los personajes, algo que se ha labrado de forma inteligente y muchas veces sutil a lo largo de la temporada. La evolución del rol de Katia Winter (Una extraña entre nosotros), a pesar de ciertos excesos en su tramo final, ha permitido convertirla en una villana que podría haber dado mucho que hablar en el futuro, tanto por el poder que parece ostentar como por las relaciones que le unen a la pareja protagonista, pero cuyo final se precipitó al final de esta entrega de capítulos. Un final cuyas consecuencias deberían ser exploradas.

Regreso al origen

Como decía un poco más arriba, la segunda parte de la temporada ha carecido de la coherencia que sí tuvo la primera temporada de Sleepy Hollow. La presencia de demonios, ángeles vengativos, criaturas mitológicas y brujos poderosos ha abierto el abanico de posibilidades para la serie, es cierto, pero la ausencia de un objetivo concreto, de una misión para los dos protagonistas, ha creado una sensación de vacío. Sensación refrendada, por cierto, por la ausencia absoluta de uno de los pilares de la serie, el jinete sin cabeza. Su desaparición de la trama coincide, no por casualidad, con ese cierto caos dramático que se apodera de la ficción en su parte final. Su regreso, a tenor del final de temporada, debería generar nuevos conflictos que reaviven esa rivalidad entre Ichabod Crane (un cada vez más cómodo Tom Mison –La pesca del salmón en Yemen-) y el jinete.

Algo que nos lleva, básicamente, a reiniciar la serie, un concepto que queda patente con la elección del último episodio de la segunda temporada, toda una declaración de intenciones. Pero más allá de todo esto, si algo realmente bueno han tenido estos episodios es la evolución que han sufrido los protagonistas, cuya relación ha pasado por todo tipo de situaciones. Aunque en determinados momentos puede parecer algo folletinesca, lo cierto es que ha permitido sustentar con éxito toda la estructura dramática de la serie, incluyendo aquellos episodios más caóticos. La ausencia de un love interest al estilo más clásico ha permitido a sus creadores desarrollar otras líneas dramáticas que, unidas a algunos aspectos cómicos de la relación, han generado por sí solas los contrapuntos necesarios para aportar un tono más irónico a la historia.

Lo que la serie no ha perdido en ningún caso es su capacidad reinterpretativa de los mitos norteamericanos y de ciertos referentes de la ciencia ficción y la fantasía. Sin entrar a valorar todos y cada uno de ellos, sí es importante señalar que la fusión entre religión, creencias y hechos históricos ha seguido aportando algunos de los mejores momentos de la trama. El problema radica en que esto, aunque crea un entretenimiento inocente, no ahonda en las motivaciones y en los conflictos de una serie que parece que podría dar más de sí misma. La falta de tramas secundarias sólidas y que sean capaces de tener una vida independiente es, posiblemente, el mayor fallo de toda la producción.

Desde luego, esta segunda temporada de Sleepy Hollow se ha desinflado con el paso de los episodios. El giro argumental de mitad de etapa, aunque inesperado, no logra ser el revulsivo que cabría esperar, más bien al contrario: crea un vacío dramático que no llega a taparse en ningún momento, ya sea por falta de iniciativa o por la planificación de un reinicio de la serie en la tercera temporada. Sea como fuere, la falta de secundarios fuertes capaces de desviar la atención de la trama principal ha provocado que muchas veces la serie deambule por su propia propuesta, entreteniendo más que interesando, y perdiéndose en algunas líneas dramáticas cuya resolución ha demostrado la falta de objetivos. Habrá que esperar a la nueva etapa para confirmar si existe un plan más allá de lo visto hasta ahora.

‘The last ship’ halla entretenimiento en la simpleza de su 1ª T


Eric Dane y Rhona Mitra protagonizan la primera temporada de 'The last ship'.Escuchar la frase “la serie más vista del año en Estados Unidos” o alguna similar puede dar lugar a equívoco. A priori debería ser una buena señal para la producción, pero en muchas ocasiones lo que oculta es una suerte de dibujo de los valores norteamericanos en una trama cuanto menos cuestionable. Ya le ocurrió a Rehenes, thriller dramático que no duró más de una temporada, y demasiado fue. Ahora le llega el turno a The last ship, thriller apocalíptico con el sello Michael Bay (Transformers) que, a diferencia del anterior, sabe encontrar en sus defectos las virtudes necesarias para ser un producto distraído y hasta irónico en muchos momentos.

Basada en la novela de William Brinkley, esta serie creada por Steven Kane (serie The closer) y Hank Steinberg (serie Sin rastro) centra la trama en un futuro no demasiado lejano en el que la Humanidad ha sido asolada por un virus que mata en cuestión de días. Ninguna de las vacunas han surtido efecto, por lo que los gobiernos son incapaces de hacer frente a su avance. La única esperanza se deposita en un destructor naval norteamericano en el que viaja una científica cuya misión es desarrollar una cura a partir de una veta primigenia del virus. Pero incluso en esta situación, los tripulantes no son ajenos a los ataques de otras naciones… o de lo que queda de ellas.

Todos aquellos que sepan leer entre líneas, o que hayan tenido oportunidad de ver los 1o episodios de esta primera temporada de The last ship, se habrán percatado de que el conflicto básico de esta ficción es buenos contra malos, o lo que es lo mismo, norteamericanos contra el resto del mundo. En efecto, la serie no apuesta por la complejidad dramática o narrativa. Los tripulantes del barco son los buenos, los únicos héroes en un mundo donde la gente, desesperada, toma lo que quiere por la fuerza. Son, en definitiva, el último reducto de la rectitud, la moralidad y la democracia. Y con esto queda definida buena parte de la problemática de la temporada. A todo esto acompañan, por supuesto, los personajes, con el capitán interpretado por Eric Dane (serie Anatomía de Grey) y la doctora a la que da vida Rhona Mitra (Vidas robadas) a la cabeza. Apenas existen matices entre ellos, siendo todos héroes capaces de sacrificar su integridad por salvar al de al lado, e incluso por salvar a quien no conocen en aras de la buena moral.

En el lado opuesto, como no podía ser de otro modo, están los villanos, primero los rusos y luego todo tipo de personajes secundarios. La serie sirve, en este sentido, para hacer un repaso de todos los demonios que han ocupado las pesadillas norteamericanas durante las últimas décadas, a excepción de Oriente Medio y el terrorismo islamista. Rusos que parecen intentar ganar una carrera armamentística (en este caso sanitaria), dictadores de tres al cuarto que viven en selvas, e incluso el enemigo dormido dentro de sus fronteras, son algunos de los temas que aborda esta primera temporada, cuyo viaje por todo el globo terráqueo sirve al espectador para desarrollar una cierta simpatía por la simpleza de la propuesta.

Mal que nos pese

Y llegamos así al meollo de la cuestión. The last ship es una producción que no engaña, que a pesar de su evidente ausencia de tensión dramática sabe lo que es y lo explota. Y eso es digno de admirar, sobre todo porque otras producciones similares tratan de dotar de gravedad una historia que no tiene ni pies ni cabeza. Y no me refiero con esto a su premisa básica, sino a su desarrollo. Este último barco que queda en el mundo se convierte en un microcosmos donde todo viene determinado por acontecimientos externos, no internos. Si un día están a punto de quedarse sin combustible, otro deben encontrar agua; si en un episodio son atacados por los rusos, en otro deben salvar a toda una comunidad. Paso a paso, heroicidad a heroicidad, los personajes se definen, o mejor dicho el conjunto de protagonistas.

Porque como decía antes, apenas hay diferencias entre ellos. Tan pocas que ni siquiera hay conflictos entre ellos, salvo para demostrar que las dudas las solventa el capitán con su ejemplo. Ante tal propuesta, parece más que obvio pensar en todo aquello que ha gustado en Estados Unidos, y que básicamente es lo que han sabido exportar más allá de sus fronteras. No solo son los encargados de encontrar una cura, sino que su rectitud en una situación en la que ni siquiera existe el Gobierno norteamericano está fuera de toda duda, lo que termina por engrandecer a unos personajes diminutos en lo que a definición dramática se refiere.

Eso sí, hay que reconocer que el golpe de efecto de su último episodio da un giro cuanto menos interesante al conjunto de la primera temporada. Sin desvelar nada relevante, básicamente se pasa del enemigo externo al interno, y del mar a la tierra. Un giro que, en cierto modo, era de esperar, aunque eso no impide que abra la puerta a una nueva vía de desarrollo dramático que, esperemos, ofrezca algo más de complejidad a la historia. Personalmente lo dudo, pero la esperanza es lo último que se pierde, y de eso saben mucho los protagonistas de esta serie. Es más, puede que aquellos que hayan empezado a verla y no hayan apagado la pantalla a los cinco minutos estén interesados en ver cómo evolucionan todos los conflictos que ya se pueden prever. Habrá que esperar al 2015 para eso.

Así que sí, The last ship es una serie que puede disfrutarse, aunque para ello debe cumplirse una condición sine qua non: hay que tomársela como lo que es, un producto mediocre que sabe reírse de sí mismo y de sus propias limitaciones. Que nadie espere un intenso drama o una especie de thriller con tensión en cada esquina. Es entretenimiento que no obliga a pensar, e incluso mata alguna que otra neurona en algún momento. Permite pasar unos minutos sin pensar en nada más que en lo buenos que son los buenos, y en lo malos que son los malos. Quien quiera eso encontrará en la serie un producto que incluso disfrutará. Pero no nos llevemos a engaño: no es una buena serie.

Drácula vence en una taquilla que crece gracias a Halloween


El fin de semana de Todos los Santos, o de Halloween según el país o la zona del país en la que nos encontremos, ha dejado muy buenas noticias en la taquilla española. Un fin de semana precedido por la Fiesta del Cine y en el que los títulos de terror y de ciencia ficción han tenido buena parte de culpa en el resultado final, entre otras cosas porque han sido los más pequeños y los jóvenes el principal soporte de los 6,58 millones de euros recaudados, al menos si atendemos a los títulos que mejor comportamiento han tenido. Dicha cifra es un 15,7% más que hace una semana, y permite a la taquilla respirar tranquila, al menos durante estos días.

Prueba de que el terror y la fantasía se han adueñado del top 10 es que los primeros títulos que nos encontramos en este repaso del box office pertenecen a estos géneros. Drácula: La leyenda jamás contada repite como número uno, curiosamente registrando el peor balance del ranking. Logra poco más de un millón de euros, lo que supone un 31% menos que el fin de semana anterior, pero su total ronda los 4 millones, por lo que no es descabellado pensar en que terminará superando los 5 millones, e incluso puede que logre llegar a los 6 millones de euros. Fantástico es también el género de Los Boxtrolls, que se cuela en segunda posición con 644.376 euros logrados en su estreno en 380 salas, lo que deja un balance de 1.696 euros. Habrá que ver cómo aguanta el tirón de los título navideños y para toda la familia que están por llegar, pero lo normal será que termine en la órbita de los 3 millones de euros.

La sorpresa vuelve a darla Relatos salvajes, que demuestra una vez más la fortaleza del boca a boca. Mejora un 8,4% respecto al mismo periodo de la semana anterior, lo que quiere decir que su recaudación es de 496.826 euros. Acumula 2,24 millones de euros, y de seguir así no sería extraño que alcanzara los 5 millones. En cuarto lugar tenemos otro estreno, [REC]4: Apocalipsis, que debuta en el top 10 con 493.575 euros repartidos en 287 pantallas, es decir, 1.720 euros en cada una. No es mal inicio, pero tendrá complicado poder obtener grandes resultados. En principio, su techo se sitúa en los 2 millones de euros.

La quinta posición es para Caminando entre las tumbas, que logra un balance muy similar a la cinta de terror española. Sus 461.421 euros repartidos en 269 salas arrojan una media de 1.716 euros, por lo que su futuro, en caso de mantener su fuerza durante algunas semanas, pasa también por los 2 millones de euros recaudados antes de abandonar el circuito de salas. Por su parte, Perdida se queda esta semana en 389.769 euros, un 3% menos que la semana pasada. Tras un mes en cartel acumula 4,20 millones de euros, por lo que todo hace pensar en que superará con relativa facilidad los 5 millones. Más complicado será que llegue a cifras mayores.

Uno de los mayores descensos lo sufre Ninja Turtles, que se deja un 30,2% y se queda en séptima posición con 369.671 euros. Después de un par de semanas con bastante fortaleza en la cartelera, esta importante pérdida de espectadores deja su recaudación total en 2,75 millones, por lo que de seguir así tendrá complicado superar los 4 millones. Lo más probable es que se quede entre los 3 y los 3,5 millones de euros. Muy distinto es el caso de Annabelle, que con motivo de la festividad de Halloween logra reducir sus ingresos un solitario 1%. Los 344.055 euros le permiten presumir de un total de 3,75 millones de euros cuando se cumple un mes desde su estreno, por lo que los 4 millones parecen un objetivo cumplido. Más difícil será que aguante el tirón y llegue a los 5 millones de euros.

En noveno lugar se sitúa Torrente 5: Operación Eurovegas, que recauda 339.675 euros (-21,8%) en su quinta semana en cartel. A pesar de que ha perdido interés a pasos agigantados, sus 10,36 millones de euros recaudados son claro indicio de que se ha convertido en un éxito absoluto en este 2014, teniendo ahora como principal objetivo superar los 11 millones antes de dejar las salas de cine. Finalmente, el farolillo rojo lo porta The equalizer (El protector), que pierde un 18,2% al ingresar durante el fin de semana 330.158 euros. Su total asciende a 2,59 millones, por lo que todo parece indicar que terminará algo por encima de los 3 millones de euros.

Diccineario

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