‘American Gods’ explora los mitos divinos en su 2ª temporada


Puede parecer de perogrullo, pero una de las principales diferencias entre películas y series es que las segundas tienen una duración mucho mayor que las primeras. Y esto permite, a su vez, realizar un tratamiento mucho más profundo de los personajes, logrando a su vez un diseño narrativo más complejo, en el que la historia se puede detener para analizar a uno o varios personajes, ofreciendo al espectador en todo momento una cantidad de información que no solo le permite conocer e identificarse mejor con los personajes, sino que le sumerge mucho más en la historia. Y eso es, a grandes rasgos, lo que ha hecho la segunda temporada de American Gods, esa serie basada en la novela de Neil Gaiman en la que mitología, dioses, tecnología y nuevos medios se enfrentan en una batalla por la supervivencia.

Los 8 episodios de esta segunda etapa creada por Bryan Fuller (serie Hannibal) y Michael Green (serie Reyes) no suponen una pausa en el desarrollo de la trama, pero sí permiten a sus autores y al espectador ahondar en el pasado, en las motivaciones y en los miedos de muchos personajes secundarios, lo que sienta las bases para lo que vendrá en la tercera temporada. El resultado, dramáticamente hablando, es un viaje por el interior de los personajes, más que el viaje externo que ya hicieron en la primera temporada. No es casual, por tanto, que el primer capítulo arranque con ese viaje al tiovivo y la reunión en la mente de Odín. Una secuencia que sienta las bases de lo que será el resto de este arco argumental, tanto en ese tratamiento introspectivo de los objetivos y los conflictos internos de cada rol, como en el desarrollo más en profundidad de la mitología detrás de cada dios que aparece en pantalla.

En este sentido, American Gods se convierte casi más en un análisis de las historias que han acompañado a estos mitológicos personajes durante toda la historia, adaptándolos a un contexto narrativo más actual y complejo. Y no me refiero con esto a la guerra con los nuevos dioses, epicentro argumental de toda la serie, sino al modo en que la trama les presenta adaptándose a una sociedad que evoluciona, que tiende a olvidarles para centrarse en otros referentes a los que adorar. Las secuencias del pasado, el modo en que viven y sobreviven a través de las épocas, permite apreciar muchos matices de sus personalidades que, aunque en realidad ya estaban planteados desde el principio, adquieren ahora un mayor significado al hacer comprensibles algunas de sus decisiones en el presente. Y al mismo tiempo, esta segunda temporada explica algunas relaciones entre los secundarios, desvelando cierto misterio que se mantenía oculto. Curiosamente, esta decisión, lejos de restar interés a la serie, aporta una mayor profundidad dramática, pues abre la puerta a nuevas motivaciones y, sobre todo, a nuevos conflictos entre los dos principales protagonistas.

Entrando en lo que representa esta temporada, desde un punto de vista narrativo la historia sienta las bases en la que podría entenderse como la segunda fase de la batalla. Si la primera temporada presentaba a los personajes, introducía al protagonista en un mundo que no entendía y planteaba los bandos condenados a enfrentarse, en esta continuación se sientan las bases en cada uno de los lados del conflicto. Miedos, venganzas, traiciones, armas,… Todo lo que se genera en los compases previos a cualquier lucha aparece aquí con un marcado carácter mitológico, lo que no solo sirve al espectador para prepararse para lo que viene, sino que se introduce un poco más, como de hecho hace el personaje interpretado por Ricky Whittle (serie Los 100) a lo largo de este extraño viaje. Y esto es algo que no solo ocurre en el lado de los viejos dioses. El bando de esas nuevas deidades que el ser humano adora ahora (tecnología, nuevos medios, el Gran Hermano,…) queda representado como un grupo en el que sus miembros, por aquello de ser jóvenes, todavía están descubriendo parte de sus capacidades.

Secundarios incompletos

Pero estos 8 capítulos presentan algunas deficiencias. No es que sea algo que impida el desarrollo de la trama, o que conduzca la acción en un sentido completamente incoherente. No, el problema es, como es habitual en este tipo de tramas, que muchos personajes secundarios quedan relegados a un mero papel instrumental, cuando no desaparecen directamente. Y es una lástima, porque si algo tiene American Gods es una complejidad argumental y psicológica bastante alta, lo que implica que todo personaje, por pequeño que sea, tiene un trasfondo dramático que, al dejar de seguirlo, termina perdiéndose en un mar de roles con sus claroscuros. Al final, visto en global, no es un gran problema, pues la historia es tan contundente que termina llevándose por delante esas pequeñas historias, pero sí permanece la sensación de que podrían haber aportado algo más a la trama principal para potenciar ese universo en el que se ambienta.

En todo caso, estas historias secundarias incompletas contrastan, y mucho, con los secundarios más importantes, que no solo enriquecen la historia (en algunos casos son determinantes, como es el papel de Pablo Schreiber –El rascacielos-), sino que tienen un arco argumental propio que se desarrolla de forma paralela y que, de un modo u otro, permiten al espectador evadirse por un momento de esa guerra para centrarse en otros aspectos de la serie sin abandonar, en ningún caso, ese universo fantástico. El ejemplo más evidente es el de Emily Browning (Pompeya), con objetivos y motivaciones propios que viene a representar la otra pata de la trama, el love interest que siempre suele existir en la construcción de las narraciones. Curiosamente, su presencia en la historia es más bien anodina, al no aportar gran cosa a la trama principal, pero tiene el poder suficiente para influir en las decisiones del héroe, lo que en último término convierte a este personaje en una pieza clave para el desarrollo dramático.

Aunque sin duda, una de las cosas más interesantes y atractivas que ofrece la serie es su tratamiento de los dioses, sean del bando que sean. El modo en que se representan, la estética de los lugares que frecuentan, la iluminación utilizada para cada uno de los personajes,… Todo está perfectamente medido no solo para mostrar la diferencia entre lo nuevo y lo viejo, entre el futuro y el pasado, sino para evidenciar cómo son ambos mundos. Mientras que los antiguos dioses se mueven en viejos coches, ambientes con sabor tradicional y espacios algo “retro”, los nuevos dioses, representados con rasgos juveniles, viven en entornos tecnológicos en los que cables, pantallas y luces fluorescentes son la tónica general. Incluso las armas a utilizar y el vestuario son diametralmente opuestos. A esto se suma incluso el carácter del que hacen gala cada uno de ellos. Frente a la calma, la pausa y la reflexión que parecen mostrar Odín y compañía, el modo en que se mueven y se comportan los Nuevos Media y la Tecnología responde más a la personalidad de adolescentes que creen saber todo. La interpretación de esto lleva la guerra mucho más allá de las deidades, planteando la serie como una lucha entre la madurez y la juventud en la que se ve en medio un personaje cuya vida tras su paso por la cárcel, tal y como la recordaba, parece haberse terminado.

De este modo, la segunda temporada de American Gods se plantea más como un análisis en profundidad de los personajes, de la mitología que les rodea y de sus miedos y objetivos. Los preparativos que realizan para la batalla que está por venir permiten a los creadores de la serie ahondar en los conflictos que viven, tanto internos como externos. Pero sobre todo, esta etapa es una reflexión sobre el viaje del héroe, sobre su madurez, sus creencias y su capacidad (o incapacidad) de dejar marchar el amor de su vida, quien le traicionó justo antes de morir. El trasfondo dramático e interpretativo del conflicto divino no deja de ser muy humano, y eso es lo que ofrecen estos episodios, más allá de lecturas modernizadas de personajes de diferentes culturas por todo el mundo (lo que, por cierto, nos permite aprender un poco más de las creencias de los diferentes pueblos). Es cierto que hay altibajos narrativos, y que algunos personajes podrían haber dado más de sí antes de desaparecer por completo, pero eso no impide disfrutar de unos notables capítulos.

1ª T. de ‘American Gods’, el viaje del héroe en la guerra de los dioses


Puede que para muchos el nombre de Neil Gaiman no tenga especial interés, pero el autor británico no solo es uno de los creadores de fantasía más interesantes de las últimas décadas, sino que su interpretación de los mitos y los dioses clásicos invita a una reflexión sobre el mundo, el ser humano y la sociedad que muy pocos escritores consiguen. Y eso es precisamente lo que se esconde tras la primera temporada de American Gods, adaptación en formato de serie de una de sus novelas más conocidas. Recién estrenada la segunda etapa, es obligado revisar algunos de los pilares narrativos de los primeros ocho episodios de la ficción creada por Bryan Fuller (serie Hannibal) y Michael Green (guionista de Blade Runner 2049).

Para aquellos que no conozcan su argumento, la historia arranca cuando un hombre sale de prisión. Ese mismo día se entera que su novia y su mejor amigo han muerto en un accidente de tráfico que apunta a que estaban teniendo una aventura. El expresidiario conoce además a un misterioso hombre que responde al nombre de Sr. Miércoles, quien le contrata para iniciar un viaje que le llevará a ser protagonista en una guerra en la que los antiguos y los nuevos dioses y mitos luchan por el favor y el control de los hombres. Visto así la serie podría entenderse como una propuesta de ciencia ficción al estilo más clásico, pero nada más lejos de la realidad. De hecho, Fuller y Green realizan un planteamiento completamente diferente, optando más por el drama y la intriga y, sobre todo, por un desarrollo de personajes muy arriesgado en los tiempos que corren.

Porque al igual que los antiguos dioses de American Gods, esta primera temporada recurre a algo que ya no suele verse, y es dedicar toda una temporada, episodio tras episodio, a desarrollar los orígenes, motivaciones y posicionamiento de cada uno de los personajes secundarios que aparecen en la historia. De este modo, esta etapa se convierte más en un escaparate de seres míticos, de dioses en la tierra que pasan desapercibidos entre nosotros pero a los que se les rinde, o se les ha rendido alguna vez, culto de un modo u otro. Y es algo completamente gratificante. Como ocurre con los nuevos dioses (los nuevos media, los media, la tecnología, …), el actual ritmo de la sociedad parece impedir una cierta pausa y reflexión, y que una serie de estas características sea capaz de desafiar esto para presentar algo más pausado y tradicional es, a la vez que admirable, una suerte de vínculo metalingüístico entre realidad y ficción que hace aún más compleja la serie.

Para muchos tal vez esta estructura narrativa de esta primera etapa sea algo negativo para la propia ficción, y hasta cierto punto es cierto, pues centrar la atención en los personajes secundarios muchas veces distrae del objetivo principal, e incluso impide un seguimiento natural de la trama. Sin embargo, enriquece notablemente el universo en el que se desarrolla la acción, y teniendo en cuenta la complejidad que se antoja va a tener el argumento, resulta gratificante poder conocer las motivaciones y la posición de cada uno de los roles. Esto permite, además, una reinterpretación de muchos seres mitológicos y divinos de diferentes culturas y épocas de la civilización, una seña de identidad de Gaiman que los creadores de esta ficción televisiva logran captar a la perfección.

Composición de las tramas

Todo ello genera, por otro lado, algo muy interesante para cualquier profesional y aficionado a las complejas historias, y es la construcción de un “árbol” de tramas en el que cada arco argumental secundario es una rama que se une al resto en un tronco central que no es otro que la guerra que se avecina. Vista así, esta primera temporada de American Gods se convierte en un interesante compendio de detalles y líneas dramáticas que se entrelazan, se nutren y modifican unas a otras, y sobre todo se hacen crecer entre ellas. El viaje de los dos protagonistas permite al espectador asomarse a una visión de las creencias religiosas antiguas (y modernas, aunque en menor medida) tan particular como acertada, pero ante todo le permite descubrir los vínculos de esas antiguas deidades, de su devenir durante siglos en una tierra en la que la fe parece haber desaparecido. A través del Sr. Miércoles, rol magistralmente interpretado por Ian McShane (John Wick: Pacto de sangre), se va desenmarañando una intrincada madeja de viejos rencores, de encuentros pasados y de traiciones presentes.

Aunque la parte dramática no sería nada sin un apartado visual espléndido que no solo saca el máximo provecho a la historia en sí, sino que capta la esencia estética de la obra de Gaiman. A medio camino entre la belleza y la visceralidad, la complejidad dramática de los personajes se nutre con una puesta en escena única que oscila entre la road movie y el viaje del héroe para encontrar su sentido en el mundo. Asimismo, la serie aprovecha para presentar los ambientes en los que se mueven los secundarios, cada uno de ellos definiéndoles de una forma muy precisa que contribuye, además, a esa reinterpretación de los mitos que realiza Gaiman. Todo ello, fondo y forma, crea una obra diferente, no apta para todos los públicos y capaz de poner a prueba la paciencia de muchos espectadores. Pero no hay atajos para poder afrontar la complejidad de una historia de estas características, y al igual que ocurre con otras series de dimensiones tan grandes, la paciencia al final tiene su recompensa.

Esta primera temporada nos deja, por tanto, el viaje iniciativo de un héroe que se adentra en un mundo de dioses, mitos y seres mágicos. Un mundo que convive con el nuestro a plena vista y que, sin embargo, el común de los mortales es incapaz de ver. Bajo este prisma, esta ficción se convierte en una versión moderna de clásicas historias, lo que aporta al conjunto un sentido mucho mayor, engrandeciendo su propia esencia y trascendiendo sus propias limitaciones televisivas para revelarse como una historia atemporal, única y brillante. Serían necesarias muchas entradas en este rincón de Internet para analizar todos y cada uno de los matices que representan a los dioses, así como cada interpretación que de sus mitos se realiza. Baste decir que, por ejemplo, los personajes de Anubis e Ibis son sencillamente perfectos, cada uno convertido en una versión moderna de su función en el Antiguo Egipto, balanza del juicio de Osiris incluida.

Lo que representa este comienzo de American Gods es el punto de partida de un complejo juego en el que los intereses y los conflictos se contraponen unos con otros. La belleza formal de su propuesta, la profundidad de sus personajes y de sus arcos dramáticos, y el toque de humor característico de Gaiman (la escena con todos los Jesús provocados por las ramificaciones de la religión católica es tan hilarante como cierta) componen ocho episodios no solo recomendables, sino sumamente interesantes para todo aquel aficionado a la historia, a los mitos clásicos y, sobre todo, al contraste que generan con una sociedad de consumo como la actual. Fuller y Green componen una sinfonía en la que cada paso del viaje, cada dios o ser mitológico que aparece, queda representado por una nota característica que enriquece el conjunto hasta dotarlo de una vida única, propia y diferente a lo visto habitualmente en televisión.

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