‘Thor: Ragnarok’: un señor del trueno psicodélico


Es curioso, pero en Marvel siempre hay algún personaje que, por el motivo que sea, se queda en un limbo incapaz de definirle en un marco concreto. El Dios del Trueno ha sido, desde el principio, uno de esos personajes. Tres son sus aventuras en solitario, y tres las diferentes visiones del personaje que se han dado. Que esta última vaya a ser la definitiva parece algo evidente a tenor del éxito que está teniendo, pero la pregunta es si realmente es la versión idónea de Thor.

Posiblemente no, pero a tenor del final de Thor: Ragnarok, eso no es algo demasiado importante. Y es que esta tercera entrega del personaje parece más un camino hacia la madurez que una mera representación algo cómica y autoparódica de este superhéroe de cómic. Con un estilo que recuerda poderosamente a la saga de Guardianes de la galaxia, el director Taika Waititi (Lo que hacemos en las sombras) imprime una fuerza visual algo psicodélica y deliberadamente colorida para este viaje del protagonista por medio universo. Un viaje que, como he dicho, le permite madurar al comprender tanto sus lazos familiares como el futuro que le espera como líder de su pueblo. En este sentido, la cinta ahonda notablemente en el héroe, pasando de un personaje arrogante y arquetípico a otro más dramático y poliédrico (tampoco mucho, que al fin y al cabo esto es una ‘peli’ de superhéroes de Marvel), utilizando para ello un diseño de producción espléndido como marco para el humor y ciertos chistes fáciles dirigidos al público adolescente.

El principal problema de esta tercera entrega es que ahonda en los problemas que siempre han tenido estas aventuras en solitario del personaje. Para empezar, Chris Hemsworth (Cazafantasmas), con toda su presencia en pantalla y su adecuado perfil divino, no termina de imprimir el carácter dramático al personaje, ni siquiera con el corte de pelo. Hay que reconocer, sin embargo, que sí es capaz de asumir la madurez de su rol, lo que abre las puertas a unas interesantes posibilidades dramáticas en un futuro no muy lejano. La cinta, además, adolece de una duración excesiva, algo que se aprecia en una serie de secuencias innecesarias destinadas a divertir a un público adolescente más interesando en la risa fácil y obscena que en la historia que le cuentan. Todo ello resta fuerza a una historia que, por lo demás, sabe apoyarse en unos notables secundarios para construir un relato que va más allá del Señor del Trueno, que tarda más de dos horas en ganarse el título de Dios.

Así las cosas, se podría decir que Thor: Ragnarok es la mejor de la trilogía. La apuesta visual del director, unido a una planificación que en algunos momentos sabe aprovechar al máximo las posibilidades narrativas de la historia y a una banda sonora brillante, ensalzan el viaje de madurez de un héroe que ha tardado mucho tiempo en encontrarse a sí mismo. Con todo, eso no quiere decir que esta película no peque de muchas irregularidades, fundamentalmente provocadas por una cierta sensación de necesitar autoparodiarse, como si el personaje de Thor no pudiera tomarse en serio como, por ejemplo, sí hace Capitán América. Habrá que ver cómo se presenta el rol en las próximas aventuras, pero por lo pronto el camino emprendido, con sus debilidades y dificultades, parece el adecuado.

Nota: 7,5/10

Anuncios

‘Transformers: El último caballero’: robots de destrucción masiva


Mantener el interés en una saga cinematográfica (o de cualquier otro tipo), sea del género que sea, es todo un reto. Pero hacerlo con el mismo director una y otra vez tras las cámaras parece casi tarea imposible. Y la saga Transformers es un buen ejemplo, por desgracia para muchos que, como un servidor, ha crecido con estos robots capaces de adoptar formas de todo tipo de objetos, principalmente vehículos. Que Michael Bay siga ejecutando la parte visual de estos proyectos empieza a evidenciar un cansancio alarmante de ideas, utilizando siempre los mismos recursos narrativos para una batalla que, al final, termina siendo la misma film tras film. Y lo peor de todo es que los guiones cada vez tienen menos efectividad.

En esta ocasión, y con la excusa de la historia secreta de estos robots gigantes en la Tierra, la historia nos retrotrae a la época de Arturo y la Mesa Redonda. Más allá de lo idóneo o no de esta idea, el principal escollo que no logra superar Transformers: El último caballero es una narrativa con demasiados personajes secundarios luchando en diversos frentes, amén de la presencia de roles que no aportan absolutamente nada al conjunto, salvo metraje innecesario que alargan este espectáculo audiovisual y pirotécnico hasta las dos horas y media. Que las películas hayan crecido en complejidad visual y dramática es, hasta cierto punto, normal. Que lo hagan incorporando personajes autoparódicos sin relevancia ninguna no solo no es normal, sino que no aporta el toque de humor que podría presuponerse, e incluso resta credibilidad a un conjunto que, por lo demás, entretiene los suficiente como para no mirar demasiado el reloj.

Porque sí, al igual que sus predecesoras, la cinta entretiene. Tal vez no durante todo su metraje (una razón más para quitar minutos innecesarios), pero en líneas generales ofrece lo que promete: acción, aventura y mucha adrenalina. Ahora bien, nada más. La historia secreta de los Transformers se explica en los primeros instantes, y a pesar de algún que otro giro argumental a lo largo del desarrollo, la narrativa visual en los momentos en que los robots no se lían a tortazos es más bien deficiente, con diálogos que en algunos momentos rozan el absurdo en un intento de ser divertidos (que lo consigan o no depende, me imagino, de la predisposición de cada uno). Eso por no hablar del hecho de que en muchas ocasiones se solventa de un plumazo los momentos más relevantes de la trama. Y esta es la principal diferencia. Los primeros films, con sus defectos, narraban una historia con una cierta coherencia, con unos límites autoimpuestos para poder crecer.

Tras esta Transformers: El último caballero todo en la saga parece desmoronarse. El guionista abandona, el director parece dejar la silla, y se busca un cambio de sentido dramático y argumental. Desde luego, la saga necesita de un lavado de cara urgente, aunque la clave está en saber cómo debe ser dicho lavado. Por lo pronto, habrá que pensar qué hacer con un planeta, la Tierra, que ya no tiene Luna, cuya superficie se ha visto atacada por otro planeta y en la que, ahora sí, se han destruido definitivamente las pirámides de Egipto. Bueno, sea como sea, la puerta para las siguientes entregas queda abierta con el final de este film, así que todo es posible. Solo queda la esperanza de que estas películas vuelvan a demostrar, como dice su ‘slogan’, que hay más de los que los ojos ven.

Nota: 5/10

Una Theron ‘Atómica’ frente al último caballero de los ‘Transformers’


Agosto comienza, en muchos sentidos, del mismo modo en que ha terminado julio. Y en las salas de cine no es diferentes. Si hace siete días llegaba el reinicio de una saga, ahora lo hace una nueva entrega de otra. La diferencia podría estar en que, mientras el fin de semana pasado era el único gran estreno, este viernes día 4 hay otras novedades llamadas a llenar las salas, o por lo menos a intentarlo.

Así que comenzamos este repaso semanal con Transformers: El último caballero, quinta parte de la famosa saga basada en los muñecos de Hasbro y en la serie animada que vuelve a dirigir Michael Bay (Dolor y dinero), y cuyo argumento arranca poco tiempo después de la anterior entrega, con Optimus Prime desaparecido y con la guerra entre Autobots y Decepticons en su punto álgido. Los humanos tratan de sobrevivir en esta lucha, pero para ello deberán conocer la Historia secreta de los Transformers en la Tierra. Mark Wahlberg (Día de patriotas) vuelve a ser el protagonista de esta aventura de ciencia ficción, acción y toques de humor en cuyo reparto encontramos también a Josh Duhamel (Spaceman), Anthony Hopkins (serie Westworld), Stanley Tucci (La bella y la bestia), John Goodman (Kong: La isla Calavera), John Turturro (Mia madre), Laura Haddock (serie Da Vinci’s demons) e Isabela Moner (Los peores años de mi vida), entre muchos otros.

Acción también es lo que propone Atómica, cinta que adapta la novela gráfica escrita por Antony Johnston e ilustrada por Sam Hart. Su argumento, ambientado en el mundo del espionaje en 1989, arranca cuando una agente del MI6 se traslada a Berlín para acabar con una red de espionaje que acaba de asesinar a su compañero. El agente estaba intentado hacer llegar a Occidente una lista con los nombres de todos los agentes encubiertos que trabajan en Berlín Oriental. A medida que la agente se infiltra en este mundo descubrirá no solo que nadie es lo que parece, sino que la muerte la acecha a cada paso que da. David Leitch dirige esta propuesta protagonizada por Charlize Theron (Mad Max: Furia en la carretera), James McAvoy (Múltiple), Sofia Boutella (La Momia), John Goodman, que hace doblete esta semana, Toby Jones (serie Wayward Pines) y Eddie Marsan (serie Ray Donovan).

El estreno español de la semana es Abracadabra, nueva película escrita y dirigida por Pablo Berger (Blancanieves) que, en clave de comedia, narra la historia de un matrimonio en el que el marido parece más preocupado de su equipo de fútbol que de atender a su esposa. Todo cambia tras una boda y un aparente truco de hipnosis que convierte al hombre en un atento y servicial marido. A medida que pasa el tiempo la esposa reconoce cada vez menos al hombre con el que se casó, llegando a creer que está poseído e intentando curarle por todos los medios. Entre los principales actores destacan Antonio de la Torre (Tarde para la ira), Maribel Verdú (El faro de las orcas), Quim Gutiérrez (Anacleto: Agente secreto), José Mota (Torrente 4) y Josep Maria Pou (Secuestro).

Entre los estrenos europeos destaca Regreso a Montauk, drama romántico producido entre Alemania, Irlanda y Francia cuyo protagonista es un escritor que regresa a Nueva York para presentar su último libro. Allí le espera su esposa, pero también una mujer de la que se enamoró hace años y cuya historia es la base de su nueva novela. Aunque se muestra reticente al principio, finalmente terminará viajando con ella a Montauk, donde vivieron su romance y donde ya no queda prácticamente nada salvo un faro y una interminable playa. Dirigida por Volker Schlöndorff (Diplomacia), la cinta cuenta en su reparto con Stellan Skarsgård (Un traidor como los nuestros), Nina Hoss (serie Homeland), Niels Arestrup (War horse), Robert Seeliger (El mundo abandonado), Susanne Wolff (Los tres mosqueteros), Ray Wiederhold (For never) y Bronagh Gallagher (Amor en su punto).

Francia y Bélgica producen Reparar a los vivos, adaptación de la novela de Maylis De Kerangal cuya trama  se centra en un joven que, después de un día de surf con sus amigos, sufre un trágico accidente de coche que le deja conectado a un soporte vital en un hospital para poder sobrevivir. Mientras tanto, una mujer espera un trasplante de corazón que supondrá una nueva oportunidad de seguir viviendo. Katell Quillévéré (Suzanne) dirige este drama protagonizado por Emmanuelle Seigner (La venus de las pieles), Tahar Rahim (Los anarquistas), Anne Dorval (Miraculum), Alice Taglioni (French women), Monia Chokri (Yesterday, today, yesterday) y Bouli Lanners (Crudo).

La última de las novedades de esta semana es La decisión del rey, drama biográfico producido en Noruega sobre la decisión que tuvo que tomar el rey Haakon VII de aquel país en 1940, cuando el ejército alemán llega a Oslo, enfrentándose a la posibilidad de rendirse o morir. Dirigida por Erik Poppe (Mil veces buenas noches), entre los actores de esta cinta histórica destacan Jesper Christensen (Spectre), Anders Baasmo Christiansen (Kon-tiki), Tuva Novotny (Come Reza Ama), Katharina Schüttler (serie Hijos del Tercer Reich) y Karl Markovics (El gran hotel Budapest).

1ª T. de ‘Westworld’, magistral laberinto de la inteligencia artificial


El Lejano Oeste es el protagonista en la serie 'Westworld'.Con todo lo que se ha hablado de la primera temporada de Westworld, decir que esta serie es una de las nuevas joyas de la televisión es no decir nada, y además quedarse muy corto. Lo más llamativo, desde luego, es su factura técnica y el mundo creado alrededor de este parque temático ambientado en el Lejano Oeste con robots tan idénticos a los humanos que es imposible reconocerlos. Pero la primera temporada es mucho más, y ello se debe al desarrollo narrativo planteado por Lisa Joy (serie Criando malvas) y Jonathan Nolan (serie Person of interest), autores de esta especie de adaptación/continuación de la película escrita y dirigida por Michael Crichton (autor a su vez de novelas como Parque Jurásico o La amenaza de Andrómeda) en 1973.

Y es que estos primeros 10 episodios son el ejemplo perfecto de cómo estructurar una narrativa para, como si de una cebolla se tratara, desvelar los secretos capa a capa hasta encajar todas las piezas de un puzzle apasionante y complejo. Lo que comienza siendo una especie de bucle episodio tras episodio en el que se van introduciendo pequeños y distintos elementos termina por convertirse en un relato de venganza, de obsesión y, en cierto modo, de proteger un legado. En dicha evolución los personajes, secundarios o protagonistas, se integran de forma armónica para componer una historia coral que, más allá de la violencia, lo que aborda es la humanidad y los riesgos de la tecnología, algo muy presente en la obra de Crichton. Y todo ello manteniendo un misterio que se resuelve con cuentagotas en los últimos episodios.

Aunque posiblemente lo más interesante de esta primera temporada de Westworld sea la capacidad de Nolan y Joy para relacionar líneas argumentales que no solo se narran de forma paralela, sino que discurren en tiempos diferentes. El hecho de que este mundo del Oeste no envejezca, no cambie, permite a sus creadores jugar con el presente, el pasado y el futuro. Bajo el paraguas de ese “juego” que quiere resolver el personaje de Ed Harris (Retales de una vida), la historia aborda desde diferentes prismas el concepto de la evolución psicológica de los personajes, concepto presente en todas y cada una de las líneas argumentales que nutren estos primeros capítulos. Puede parecer que muchas de las historias son, sencillamente, elementos complementarios a la principal, pero la resolución de la temporada permite una visión tan amplia de la trama que todas las piezas terminan encajando en ese laberinto que el rol de Harris se afana por resolver.

Un laberinto, por cierto, en el que también se introduce al espectador, con el que se establece un juego de inteligencia y perspicacia basado no solo en los detalles visuales, sino en los conceptos sobre los que reflexionan los personajes. Ideas como que los robots solo ven lo que sus creadores quieren que vean, o su incapacidad para hacer daño, terminan siendo ideas fundamentales que no solo sostienen la coherencia de este universo, sino que provocan puntos de giro tan inesperados como impactantes, elevando la historia hasta niveles insospechados en un primer momento. La serie, que cuenta con el apoyo de J.J. Abrams (Star Wars. Episodio VII: El despertar de la fuerza) como productor, se revela así como una producción compleja, impecable en su factura técnica y con un trasfondo moral, humano y social sumamente sólido.

Actores y actrices

En efecto, esta primera temporada de Westworld es capaz de sobreponerse a sus fallos (si es que los tiene son menores) gracias a una constante reflexión en torno a la idea de lo que nos convierte en humanos, de esa capacidad para tomar decisiones. En este caso, a diferencia de la película original, no hay fallos mecánicos o de energía, sino una presencia en forma de código informático que abre la puerta al libre albedrío de las máquinas. A través de pequeños y aparentes fallos en su comportamiento, la trama cambia el prisma poco a poco para mostrar la verdadera realidad de una situación mucho más compleja, plagada de intereses y en la que pocos personajes terminan siendo lo que inicialmente fueron; es decir, la serie evoluciona, que al fin y al cabo es lo que se pide a toda historia.

Y en esta evolución tienen buena parte de responsabilidad los actores. Sostener una trama tan compleja, con tantas aristas y tantas lecturas, sería complicado si el reparto no está a la altura. Y lo cierto es que no solo asumen sus respectivos roles, sino que aportan algo más, ya sea físicamente o psicológicamente. Desde Anthony Hopkins (Noé), que comienza siendo una suerte de padre bondadoso para revelar su verdadera naturaleza, hasta Ed Harris (Una noche para sobrevivir), cuyo final no revelaremos por ser clave en la comprensión final de la trama, todos los actores acometen la difícil tarea de dotar de profundidad a los personajes, incluso aquellos definidos de una forma algo más burda y arquetípica.

En este sentido, destacan Thandie Newton (Huge), Jeffrey Wright (serie Boardwalk Empire) y Evan Rachel Wood (Los idus de marzo). La primera porque se convierte en el vehículo transformador de toda la historia, en la cara visible de un cambio que se produce a muchos niveles. A través de su personaje no solo se narra la revolución de las máquinas, sino que se descubre el dolor y la tortura a la que se somete a estos personajes. Tortura, por cierto, que se amplifica con el rol de Wright, cuyos giros argumentales en el tramo final son sencillamente abrumadores. En cuanto a Wood, su personaje es el epicentro de la trama, y a pesar de no desempeñar un papel fundamental en el desarrollo de la historia, es evidente que será clave en el futuro de la trama. Es, por así decirlo, el objetivo de todo lo narrado en estos episodios.

La primera temporada de Westworld se convierte, por tanto, en una de las producciones imprescindibles de la temporada. La espectacularidad y precisión de su factura técnica, posiblemente lo más llamativo del conjunto, es simplemente el envoltorio adecuado para una historia compleja que aprovecha los puntos de giro dramáticos para derribar las pretensiones del espectador de comprender algo de lo que ocurre. Y lo más fascinante de todo es que en apenas dos episodios todas las piezas de este parque temático encajan a la perfección para descubrir el fantasma dentro de la máquina, el mensaje que se nos transmite desde el principio y que no hemos podido, o no hemos sabido, ver. La guinda del pastel es que el final de estos 10 episodios deja la puerta abierta a un futuro mucho más apasionante.

‘Premonición’: un final esperado y previsto por las visiones


Colin Farrell y Anthony Hopkins se ven las caras en 'Premonición'.A mediados de los años 90 David Fincher revolucionó el thriller con Seven. Guste o no, la cinta, con su estética y un calculado guión, supuso un nuevo punto de vista para la relación entre policías y asesinos en serie, entre buenos y malos, demostrando que no siempre el héroe es el vencedor de la historia. Menciono esta cinta por la nueva película de Afonso Poyart (coelhos) bebe en buena medida de aquella, aunque lo hace desde un punto de vista más fantástico y, desde luego, menos inteligente.

En efecto, Premonición presenta una buena base dramática. Más allá del componente irreal, con la capacidad de dos personajes para ver el futuro y el pasado de las personas, la premisa inicial, con un criminal que siempre va un paso por delante de la policía y que maneja los acontecimientos en su propio beneficio, pone los pilares de una trama interesante, con personajes lo suficientemente complejos como para resultar interesantes, y con un trasfondo dramático que enaltece un desarrollo, por otro lado, sin grandes giros argumentales. Dicho de otro modo, el primer acto del film, y buena parte del segundo, apuestan por el suspense al estilo más clásico posible, siempre teniendo como marco el componente fantástico que define, en última instancia, la historia.

El problema es, curiosamente, este componente fantástico. Que tanto el criminal como el protagonista sean capaces de predecir todas las líneas temporales de cualquier acción impide a la historia tener una conclusión, digamos, inesperada. La trama incide tanto en el hecho de la precognición que tanto el clímax como el desenlace final carecen de la sorpresa necesaria en un thriller tan aparentemente oscuro como este. La sensación que queda al final es que el villano se sale con la suya, es cierto, pero no que el héroe sufre unas consecuencias inesperadas (como de hecho ocurría en Seven), sino más bien que comprende que es el único modo de que todo tenga un final feliz. Y es este final feliz el que no encaja en una historia en la que el malo de turno maneja los hilos a su antojo durante toda la trama.

Es cierto que cabe una explicación emotiva y muy dramática en ese final de Premonición, pero no termina de encajar con el desarrollo mostrado durante buena parte de su metraje, sobre todo con el comienzo. De este modo, un thriller que apuntaba maneras diferentes se queda en una propuesta casi al uso, con un plantel de actores más que notable pero con una carencia lógica y sólida en su resolución. Es un problema habitual cuando se juega con ideas tan complejas, no cabe duda, pero no por ello hay que dejarlo de lado. Sobre todo si es la base de la trama.

Nota: 6/10

Secuelas, premoniciones e infiernos protagonizan los estrenos


Estrenos 15julio2016A diferencia de otros veranos, la época estival de este 2016 está siendo especialmente fructífera en lo que a cine familiar, infantil y de animación se refiere. Por supuesto, eso no impide que no exista oferta para los amantes de emociones fuertes. Y de todo ello es buen ejemplo este viernes, 15 de julio, cuando llegan a la cartelera cintas para todos los públicos, thrillers de corte fantástico y drama con dosis de acción y adrenalina en futuros distópicos.

Aunque desde luego la novedad más importante es Ice Age: El gran cataclismo, nueva entrega (la quinta, de hecho) de la exitosa saga de animación creada por Blue Sky. En esta ocasión los protagonistas tendrán que hacer frente a una lluvia de meteoritos que amenaza con acabar con el mundo tal y como lo conocen. Aventura, diversión y humor son las claves de esta historia que volverá a contar, como no podía ser de otro modo, con la ardilla Scrat. Mike Thurmeier (Ice Age 4: La formación de los continentes) y Galen T. Chu, que debuta en el largometraje, dirigen esta cinta que cuenta, en su versión original, con las voces de John Leguizamo (Hermanísimas), Denis Leary (The Amazing Spider-man), Josh Peck (The timber), Ray Romano (Rob the mob), Nick Offerman (Believe me), Adam Devine (El becario), Jennifer Lopez (Obsesión), Seann William Scott (Just before I go) y Queen Latifah (Los milagros del cielo), entre otros.

Muy diferentes son el resto de propuestas procedentes de Hollywood. Una de las más interesantes es Premonición, thriller con tintes fantásticos que arranca cuando una pareja de agentes del FBI recurren a un analista civil con una extraordinaria capacidad para predecir lo que va a ocurrir. El motivo de pedirle ayuda es, precisamente, encontrar a un asesino que parece siempre ir un paso por delante. La investigación desvelará que el criminal posee unos extraordinarios poderes contra los que el analista no puede hacer frente solo. Dirigida por Afonso Poyart (coelhos), la película está protagonizada por Colin Farrell (serie True detective), Anthony Hopkins (Noé), Jeffrey Dean Morgan (Amanecer rojo) y Abbie Cornish (RoboCop).

Otra de las secuelas destacadas del fin de semana es Election: La noche de las bestias, tercera entrega de la serie ambientada en una realidad distópica en la que Estados Unidos permite una vez al año toda clase de crímenes. La historia recupera a uno de los personajes de la segunda parte, que unos años después de aquellos acontecimientos se ha convertido en el jefe de seguridad de una senadora que no solo opta a la Presidencia, sino que se opone a la noche de la Purga. Su plan para protegerla durante esa interminable noche se va al traste cuando una traición les deja en mitad de la calle, lo que les obligará a luchar por su supervivencia. James DeMonaco (Anarchy: La noche de las bestias) vuelve a ponerse tras las cámaras como guionista y director para narrar esta trama protagonizada por Frank Grillo (Capitán América: Civil War), Elizabeth Mitchell (serie Revolution), Edwin Hodge (Llévame a casa nena) y Mykelti Williamson (Convergence).

También pertenece al thriller, aunque en esta ocasión con dosis de terror, la cinta Infierno azul, nueva propuesta del director español Jaume Collet-Serra (Una noche para sobrevivir) que recupera una historia tan antigua como sencilla. Una joven que practica surf en una solitaria y paradisíaca playa es atacada de repente por un enorme tiburón. Aunque no logra llegar a tierra, sí se refugia en un pequeño islote a escasos 100 metros de la costa. Su salvación parece cercana, pero el viaje de esos metros será el más largo y peligroso de su vida. La cinta cuenta como principal estrella con Blake Lively (El secreto de Adaline), a la que se suman Óscar Jaenada (Cantinflas), Brett Cullen (serie Person of interest), Sedona Legge y Janelle Bailey.

Estados Unidos y México colaboran en el thriller dramático 600 millas, ópera prima de Gabriel Ripstein que gira en torno al tráfico de armas. En concreto, la historia arranca cuando un joven mexicano que se está introduciendo en este mundo y un veterano agente de la ATF se ven envueltos en un incidente que ligará sus futuros irremediablemente. Enemigos naturales, los dos personajes deberán aprender a colaborar si quieren sobrevivir al viaje que les espera. Tim Roth (Selma), Kristyan Ferrer (Las horas muertas), Noé Hernández (La tirisia), Mónica Del Carmen (La pantera negra) y Harrison Thomas (serie Banshee) encabezan el reparto.

Entre las novedades europeas destaca The Duke of Burgundy, cinta de 2014 producida entre Reino Unido y Hungría que ahonda en la complicada relación de dos mujeres cuya pasión se sustenta en el placer sadomasoquista y el fetichismo. Sus vidas darán un peligroso giro cuando una de ellas quiera una relación más convencional, lo que derivará en una obsesión por parte de su pareja. Escrita y dirigida por Peter Strickland (Katalin Varga), la película cuenta entre sus actores con Sidse Babett Knudsen (serie Borgen), Monica Swinn (Tren especial para Hitler), Chiara D’Anna (Berberian Sound Studio) y Eugenia Caruso (La juventud).

De temática homosexual es también Théo & Hugo, París 05:59, drama francés escrito y dirigido a cuatro manos por Olivier Ducastel y Jacques Martineau (Nés en 68) que arranca cuando dos jóvenes se encuentran en un club gay y viven un momento apasionado. Sin embargo, superado ese primer instante, ambos deberán afrontar el incipiente amor por las calles de París y luchar contra el desengaño. Geoffrey Couët (Un hombre de altura), François Nambot (Tu veux… ou tu veux pas?), Bastien Gabriel y Mario Fanfani encabezan el reparto.

Terminamos con la cinta más europea de la semana. La clase de esgrima es un drama histórico ambientado en el mundo del deporte que narra cómo un joven campeón de esgrima llega a Estonia en 1950 huyendo de Leningrado y la policía soviética. Allí empieza a trabajar como profesor y crea una pequeña escuela deportiva que pronto se convierte en un refugio para los niños, la mayoría huérfanos y que le ven como a un padre. Pero esta relación despertará los recelos del director de la escuela, que indagará en su pasado. Producida entre Finlandia, Estonia y Alemania en 2015, la película está dirigida por Klaus Härö (Cartas al padre Jacob) y protagonizada por Lembit Ulfsak (Mandarinas), Märt Avandi (Mina olin siin), Kirill Käro (Golubka), Liisa Koppel y Kai Nordberg.

‘El corredor de laberinto’ se enfrenta a la prueba de coronar ‘Everest’


Estrenos 18septiembre2015El fin de semana que comienza hoy, viernes 18 de septiembre, se presenta interesante en lo que a estrenos se refiere. Muchas propuestas que aportan una gran variedad a la cartelera española aterrizan hoy, aunque sin duda lo más interesante pasa por los principales estrenos, que comparten un tono catastrofista en su planteamiento. Una en clave de aventura juvenil, la otra como una historia real, pero ambas llamadas a atraer grandes cantidades de espectadores a las salas.

Lo cierto es que es difícil escoger entre ambas para encabezar los estrenos, por lo que nos decantaremos por la que tiene un reparto más espectacular. Everest es el regreso de Baltasar Kormákur (guns) al largometraje. Un regreso que toma como punto de partida la historia real de dos expediciones que buscan coronar el famoso pico. Y aunque logran su objetivo, una de las mayores tormentas a las que se ha enfrentado el hombre en esas condiciones cayó sobre ellos cuando afrontaban el descenso, obligando al grupo a poner a prueba su ingenio para tratar de sobrevivir al viento, la nieve, el frío y la falta de aire. Drama, tragedia y una atmósfera angustiosa es lo que promete esta cinta proyectada en 2D y en 3D, y protagonizada por un elenco inmejorable: Jason Clarke (Terminator Génesis), Josh Brolin (Una vida en tres días), Keira Knightley (The imitation game), John Hawkes (Lincoln), Jake Gyllenhaal (Prisioneros), Sam Worthington (Sabotage), Martin Henderson (Ases calientes), Emily Watson (La teoría del todo), Robin Wright (La princesa prometida) y Michael Kelly (serie House of cards).

Tampoco se queda atrás el reparto de El corredor del laberinto: Las pruebas, continuación de la cinta de 2014 que vuelve a dirigir Wes Ball y que toma como referencia el segundo de los libros escritos por James Dashner. Ubicada exactamente donde termina la primera entrega, la trama sitúa a los protagonistas en un viaje por una realidad post apocalíptica que no entienden para detener a una misteriosa organización conocida como CRUEL. El trayecto les llevará a atravesar una zona conocida como La Quemadura, de la que no ha regresado nadie. Proyectada en 2D y en 3D, este film juvenil está protagonizado por muchos de los integrantes originales del reparto, a los que se suman nombres nuevos. Dylan O’Brien (Los becarios), Thomas Brodie-Sangster (La última legión), Kaya Scodelario (Ahora y siempre), Ki Hong Lee (Yellow face), Giancarlo Esposito (serie Érase una vez), Aida Gillen (serie Juego de tronos), Patricia Clarkson (Aprendiendo a conducir), Lili Taylor (serie Almost human) y Barry Pepper (Matar al mensajero).

Entre las novedades europeas de la semana destaca El caso Heineken, drama de acción con dosis de humor que aborda el secuestro del conocido magnate de la cerveza Freddy Heineken en 1983. Producido entre Holanda, Reino Unido y Bélgica, está basado en el libro de Peter R. de Vries y dirigido por Daniel Alfredson (Millennium 2: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina), y su reparto está encabezado por Jim Sturgess (La mejor oferta), Sam Worthington, que esta semana repite, Ryan Kwanten (serie True Blood) y Anthony Hopkins (Noé).

Dos son los títulos españoles de este fin de semana. Por un lado, El virus de la por es lo nuevo de Ventura Pons (Año de Gracia), un drama acerca de las inquietudes sociales. La acción se desencadena cuando un grupo infantil de natación empieza a nadar sin burbuja, momento en el que un monitor da un beso a un niño. Las sospechas acerca del hombre se extienden rápidamente, generando en torno al acto un sinfín de teorías que pondrán en tela de juicio no solo al propio monitor, sino la radicalidad de una sociedad que puede convertir un inocente acto de consuelo en un delito. Roser Batalla (serie El cor de la ciutat), Rubén de Eguia (Una visita inquietante), Albert Ausellé (Lo más importante de la vida es no haber muerto), Santi Ricart (Las voces de la noche) y Diana Gómez (Los inocentes) encabezan el reparto.

Por otro, un título muy interesante para aquellos que quieran conocer el ‘caso Bárcenas’ en profundidad. B, la película es una dramatización de los acontecimientos que tuvieron lugar el 15 de julio de 2013, cuando el ex tesorero del Partido Popular, Luis Bárcenas, declaró en la Audiencia Nacional, así como los motivos que llevaron al acusado a declarar su papel fundamental en una de las tramas de corrupción más importantes de España. Basada en la obra de Jordi Casanovas, la película está escrita y dirigida por David Illundain, quien debuta de este modo en el largometraje, y cuenta con Pedro Casablanc (Un ramo de cactus) y Manolo Solo (Asesinos inocentes) como principales intérpretes.

Desde Francia nos llega La cabeza alta, drama dirigido por Emmanuelle Bercot (Backstage) que gira en torno a un joven que, tras ser abandonado por su madre, dedica su juventud a entrar y salir de juzgados de menores. Su vida cambia cuando un matrimonio decide acogerle bajo su tutela y enviarle a un centro correccional, donde conocerá a una joven que le enseñará otro camino hacia la madurez. La película está protagonizada por Catherine Deneuve (En un patio de París), Sara Forestier (El amor es un crimen perfecto), Benoît Magimel (Pour une femme), Catherine Salée (Melody) y Rod Paradot.

Del país vecino también procede Eden, drama musical de 2014 dirigido por Mia Hansen-Løve (Un amour de jeunesse) que aborda la época dorada del movimiento conocido como “French Touch”, que reunió a un grupo de jóvenes interesados en la música electrónica. Centrándose en los integrantes del grupo Cheers, la cinta aborda el auge y la caída de estos jóvenes mientras formaciones como Daft Punk lograban un hueco entre la élite musical. El film cuenta en su reparto con Félix de Givry (Después de mayo), Pauline Etienne (2 otoños 3 inviernos), Vincent Macaigne (La chica del 14 de julio), Greta Gerwig (La sombra del actor) y Hugo Conzelmann, entre otros.

Francia también participa, junto a Alemania, en la producción de Heimat, la otra tierra, interesante drama histórico que centra su mirada en el éxodo europeo de mediados del siglo XIX hacia Sudamérica, en un intento de la sociedad de huir de la hambruna y las condiciones de vida del continente. El relato, con dos hermanos como protagonistas que se alimentan de sus sueños, combina el romance, la Historia y el drama. Edgar Reitz (El sastre de Ulm) dirige la propuesta, mientras que Jan Dieter Schneider, Antonia Bill, Maximilian Schmidt (Santini’s Netzwerk) y Marita Breuer (This is love) encabezan el reparto.

La producción más internacional posiblemente sea Francisco: El Padre Jorge, biopic del actual pontífice que, a través de la visión de una periodista, recorre su vida desde sus inicios en la religión hasta sus momentos más importantes en la lucha contra la pobreza, la corrupción o la droga. Basado en el libro de Elisabetta Pique y producido entre España, Italia y Argentina, el film está dirigido por Beda Docampo Feijóo (El último tren) y protagonizado por Darío Grandinetti (Relatos salvajes), Silvia Abascal (Ma ma), Carlos Hipólito (Amores locos) y Leticia Brédice (Rosa fuerte).

‘Drácula de Bram Stoker’, tradición visual para un clásico moderno


Gary Oldman es el 'Drácula de Bram Stoker' en la película de Francis Ford Coppola.El reciente estreno de Drácula: La leyenda jamás contada es una pieza más en este fenómeno revisionista del vampiro. Sin embargo, en el caso de este film la revisión es del personaje escrito por Bram Stoker, punto de partida de todo un fenómeno posterior que ya dura más de un siglo. Y más concretamente, del hombre antes del monstruo, algo que pocas películas sobre el conde han abordado. Una de esas pocas películas, posiblemente la más fiel a la novela epistolar del escritor irlandés, es la que realizó en 1993 Francis Ford Coppola (El padrino), cuyo respetuoso título ya indica en cierto modo dicha fidelidad. Y aunque han pasado poco más de 20 años, Drácula de Bram Stoker puede ser considerada como un clásico tanto en su apuesta visual como en la carga dramática del protagonista, algo que muchas veces se desestima para potenciar el lado violento y sangriento del mismo.

Porque si algo caracteriza al film es que las técnicas utilizadas para dar vida al mundo sobrenatural en el que vive el vampiro son, por decirlo de algún modo, tradicionales. En este sentido son reveladores algunos pasajes de los contenidos extras que diversas ediciones en DVD y Blu-ray contienen. Momentos del film como los ojos de Drácula observando sobreimpresionados un tren de pasajeros, las diversas secuencias de acción a caballo o las escenas de batalla iniciales son buenos ejemplos. Todo ello, independientemente de que sea más o menos acertado, imprime al film un carácter único, acorde con la historia que narra y la época en la que se enmarca, en la que el cine era considerado casi como una atracción de feria más. Pero además, genera cierta nostalgia y una capacidad física que no tienen los actuales films de vampiros. Dicho de otro modo, este recurso a las técnicas más tradicionales, que evidentemente utilizan mecanismos reales, hace que los personajes puedan interactuar con algo auténtico, algo que indefectiblemente se traslada al conjunto.

Aunque si algo distingue a Drácula de Bram Stoker del resto de versiones del personaje es la facilidad que tiene Coppola para fundir en la historia drama y sangre, romance y violencia. Algo que, por otro lado, sabe trasladar James V. Hart (Contact), guionista del film, desde la novela. En efecto, desde el primer instante el carácter trágico del protagonista queda patente, lo que le convierte más en una figura de la que sentir lástima que en una criatura salvaje y violenta a la que temer. El hecho de que todo gire alrededor del amor perdido y de un sentimiento que es más fuerte que la muerte hace que el resto de conceptos, todos ellos de vital importancia para conformar el carácter final de cada uno de los roles, se conviertan en meros aderezos. Así, Drácula no es una criatura fuerte cuyo que se mueva por un afán individualista, sino que queda retratado como un ser condenado a buscar el amor por toda la eternidad y a alimentarse de otro ser humano para subsistir.

Y es en esos primeros minutos donde, además, la película conecta directamente con la historia real de Vlad Tepes, el “empalador”, algo en lo que en principio se inspira la última de las versiones del famoso vampiro. La verdad es que el film de Coppola ha dejado en el imaginario colectivo un sinfín de referencias y referentes culturales, desde el aspecto de Drácula cuando es anciano, hasta la amiga de la protagonista convertida en vampiresa con un vestido blanco impoluto. Pero entre todas ellas una de las más señaladas es su forma de narrar las luchas del conde contra los otomanos y la ya famosa armadura roja que alude directamente a un cuerpo humano sin piel. El carácter dramático de estas primeras secuencias, con el suicidio de su amada, su rechazo a la religión y la cruz pétrea sangrando por la herida de una espada, predispone al espectador a una historia diferente, pero también ofrece un trasfondo emotivo que marca por completo el devenir del desarrollo dramático posterior.

Actores, sangre y tradición

Por supuesto, buena parte del éxito de Drácula de Bram Stoker reside en el reparto, quizá no el mejor en lo que a calidad interpretativa se refiere pero sin duda el más adecuado para los personajes. Ni qué decir tiene que en esa categoría de “calidad interpretativa” quedan excluidos tanto Gary Oldman (El topo) como Anthony Hopkins (Hitchcock), pues ambos convierten a sus personajes, Drácula y Van Helsing respectivamente, en roles atemporales, incapaces de clasificar y, hasta la fecha, posiblemente los mejores que se han visto en una pantalla (aunque sobre esto, como no podría ser de otro modo, habrá discrepancias). El primero dota a su vampiro de un trasfondo trágico perfecto y único, convirtiendo al personaje en un ser atormentado cuya búsqueda del amor choca frontalmente con su naturaleza violenta y condenada a causar daño en el ser humano. El segundo quita gravedad al supuesto archienemigo para convertirle en un rol inteligente, conocedor de su propia inteligencia y, en consecuencia, divertido e irónico.

No quiere decir esto que el resto de intérpretes no logren una labor notable, pero lo cierto es que ninguno de ellos logra alcanzar la presencia de los dos anteriores, que se debaten en duelo para dilucidar quién es capaz de captar mayor atención de la cámara. Tanto Keanu Reeves (Matrix) como Winona Ryder (El protector), cuyos personajes deberían de tener algo más de peso narrativo, se convierten en meros engranajes para hacer avanzar la acción, sin alcanzar a tener una personalidad propia capaz de sobreponerse a la naturaleza que les otorga la historia. No hablemos ya de los secundarios, auténticos testigos de todo lo que ocurre sin mayor relevancia que la de participar en la batalla final para, en cierto modo, equilibrar fuerzas con un ser sobrenatural.

Pero como decía al antes, su presencia es la más adecuada para los personajes, pues ofrecen ese aspecto tradicional y clásico que mencionaba al principio. Clasicismo que incluso podría encontrarse en las secuencias más violentas y sangrientas de la historia, que también existen. Al fin y al cabo, es un vampiro, y el componente sangriento es inseparable. Más que clasicismo, habría que hablar de homenajes. Coppola aprovecha una puesta en escena clásica para introducir referencias, algunas más veladas que otras, a grandes clásicos del género de terror. Quien haya visto El resplandor (1980) encontrará cierto parecido entre este film y la sangre entrando a chorro en la película sobre el conde Drácula. Quien haya visto Nosferatu (1922) podrá recordar la llegada en barco o el uso de las sombras por parte del director de Apocalypse Now (1979), sobre todo en el castillo del conde.

Todo ello, más que convertir a Drácula de Bram Stoker en un compendio referencial, otorga al film una entidad propia y única, capaz de sobreponerse a versiones anteriores y de ser una referencia para versiones sucesivas. Francis Ford Coppola, en su intento por homenajear la novela, convierte su película en una cinta personal que, al igual que su base literaria, combina inteligentemente el romance y el drama, salpicándolo de violencia y cierto aire malsano cuando la ocasión lo requiere. La apuesta del director por técnicas tradicionales en lugar de las, en aquel momento, incipientes herramientas digitales, otorga a la obra una naturaleza distinta que se integra en la historia como si de una pieza más del puzzle se tratara, evitando distracciones innecesarias y generando una mayor credibilidad a lo que se ve en pantalla. Un clásico moderno, por tanto, concebido de este modo en todos y cada uno de sus elementos.

‘Noé’: la naturaleza del hombre ante el diluvio universal


Jennifer Connelly da vida a la mujer de 'Noé', interpretado por Russell Crowe.Aviso para todos aquellos cristianos, judíos, musulmanes y demás religiones que recojan la historia de Noé en sus respectivos libros sagrados: la visión de Darren Aronofsky (Pi, fe en el caos) de este suceso no es, ni con mucho, similar a lo que está escrito. Dejando a un lado lo de los cientos de años que vivieron él, sus antepasados y sus hijos, lo más sorprendente de esta aproximación es que combina con inteligencia la fantasía del relato con el “realismo”, si es que dicho término puede aplicarse en este caso, de unos personajes que, ante todo, son muy humanos.

No cabe duda de que Noé, con todos sus defectos y todas sus virtudes (que se reparten el mérito casi a partes iguales), se apoya acertadamente en la evolución dramática de su protagonista. Russell Crowe (El dilema) logra encarnar con fortuna un rol complejo que comienza movido por la bondad y termina destruido por la obsesión y la convicción de ser el único hombre con derecho sobre todo lo que le rodea. Un hombre, en definitiva, con ciertos delirios de grandeza que no duda en utilizar la fuerza para defender lo que es correcto, o al menos lo que él considera que es correcto, incluso en situaciones extremas. Es este notable cambio el que sustenta el film, el que crea expectación hacia la mitad del metraje y el que logra que su tercio final sea, al menos, tolerable.

Porque que nadie se engañe, lo nuevo de Aronofsky se mueve hacia la deriva casi como el arca protagonista. No quiere decir esto que la película no tenga un sentido, al contrario. Su mensaje religioso, a pesar de lo que algunos puedan pensar, está muy claro. Las bellas imágenes de la creación, la hermosa y celestial banda sonora, o las dantescas escenas de caos y violencia que rodean a los hombres remiten una y otra vez al sentido bíblico de su trasfondo. No, la deriva en este caso se produce por la constante pérdida de ritmo que sufre el argumento, más acentuado desde el momento en el que la acción se traslada al interior de esa enorme caja de madera. Las obligaciones dramáticas de un escenario cerrado, oscuro y monótono llevan a la película a resultar tediosa, únicamente dinamitada (en parte) por esa evolución del protagonista que antes comentaba. Eso por no hablar de algunas tramas secundarias que parecen encajadas con calzador, como la del personaje interpretado por Logan Lerman (Pequeños salvajes) o la presencia milagrosa de Matusalén, un Anthony Hopkins (Lo que queda del día) que simplemente se deja ver.

Desde luego, aquellos que busquen aventura se darán de bruces con un relato denso, interesante desde un punto de vista dramático y formal pero irregular en muchos de sus aspectos más relevantes a primera vista. Aronofsky nunca ha sido un director de fácil digestión, está claro, y Noé es un claro ejemplo. Posee muchos hallazgos y simbolismos interesantes, como la presencia de esos deformes y algo burdos gigantes, la forma en que los animales comprenden a dónde deben dirigirse a través de un riachuelo de agua o la propia historia de la creación, una excelente combinación entre ciencia y religión. Pero como entretenimiento falla, perdiendo interés de forma progresiva y derivando en una especie de análisis de la locura y la obsesión de un hombre y su acuerdo con el Creador. De todo esto tienen poca culpa sus responsables, pues la historia no permite mucho más, pero eso no impide que la película termine haciéndose algo larga, tal vez demasiado.

Nota: 6,5/10

‘Thor: El mundo oscuro’: un entretenimiento con luces y sombras


Chris Hemsworth y Tom Hiddleston en un momento de 'Thor. El mundo oscuro'.Lo que ocurre en la Casa de las Ideas, nombre con el que se conoce a Marvel, desde que decidió apostar fuerte por las adaptaciones cinematográficas de sus cómics es cuanto menos curioso. Existen dos niveles bastante diferenciados, asociados normalmente a la fama de sus personajes. Algunas películas han ayudado a ensalzar esta especie de subgénero en el que se han convertido las películas de superhéroes; otros, por contra, demuestran los importantes vacíos que existen en estas tramas cuando el humor y la mediocridad se apoderan de los relatos. El caso de la primera Thor hace un par de años se quedó a medio camino, y su continuación no mejora demasiado, aunque hay que reconocer que posee los suficientes elementos para que casi dos horas de metraje se pasen en un suspiro.

El principal problema de Thor: El mundo oscuro reside en su guión, que adolece por completo de profundidad dramática, incluso en los momentos más teóricamente impactantes de la trama. Apenas existe sorpresa en sus giros argumentales, algunos de los cuales, por cierto, se ven venir de lejos si se conoce la naturaleza de los protagonistas, quienes se aferran a sus naturalezas inamovibles como si de un mapa de intenciones y personalidades se tratara, y en el que los buenos se distinguen con unos colores y los malos con otros (en pocas palabras, claros y oscuros). En este sentido, empero, hay que aplaudir la madurez con la que se trata al protagonista respecto al primer film, en el que se le presentaba algo más infantil y más insoportable. Por otro lado, tampoco ayuda demasiado la realización de Alan Taylor, director curtido en la televisión que, según parece, ha debido conseguir el trabajo gracias a su labor en la serie Juego de Tronos, de la que ha dirigido numerosos episodios.

Es aquí donde se encuentra el tendón de Aquiles, al menos visualmente hablando. La planificación es impersonal, correcta pero carente de una marca personal, de una visión que supere ese marco formal que tienen los artesanos de este oficio. Eso no es necesariamente malo, más bien al contrario. Sin embargo, en este caso concreto, con la aplicación de las tres dimensiones al resultado final, podría haber optado por algo más arriesgado, sobre todo con algunas ideas realmente originales del guión, como ese combate final que se viaja entre varios mundos. Todo ello evita que el espectador se zambulla en la riqueza visual de un film que, por otro lado, entretiene de principio a fin. Gracias a la combinación de humor y a la labor de los actores, todos ellos más que correctos en sus respectivos papeles, la película se convierte en un espectáculo puro y duro.

Habrá quien opine que la primera parte fue mejor que la segunda; otros pensarán lo contrario, y habrá quienes directamente la consideren irrelevante. Thor: El mundo oscuro mantiene el nivel de la primera, y por momentos la supera. Pero que nadie espere con esto nada más que una distracción palomitera que, en el fondo, podría haber sido mucho mejor. Hay que verla como lo que es: un eslabón más en ese macroproyecto de la compañía que consiste en llevar el mundo de los cómics a la gran pantalla. Siempre que no se espere más de ella, podrá disfrutarse sin grandes frustraciones. Incluyendo la ya tradicional secuencia final en los créditos, un guiño que posiblemente solo entenderán los fans.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: