‘Mamá y papá’: amor mortal de padres a hijos


A Brian Taylor (Crank: Alto voltaje) se le pueden achacar muchas cosas, pero falta de originalidad no es precisamente una de ellas. Si a eso le sumamos un lenguaje visual algo histriónico, con tendencia al movimiento excesivo (en algunos casos sin sentido) y a un actor como Nicolas Cage (Como perros salvajes) dando rienda suelta al desenfreno más absoluto, nos encontramos con esta extraña y alocada cinta en la que el instinto maternal y paternal se torna en unas ansias irrefrenables de matar a la progenie.

En efecto, todo eso es Mamá y papá. Una cinta que dedica el tiempo justo a la presentación de personajes y de la situación de partida para entrar de lleno en una locura a medio camino entre el drama y el humor negro, muy negro. Con referencias a todo tipo de películas, desde el clásico Los pájaros (1963) hasta la versión de Zack Snyder de Amanecer de los muertos (2004), Taylor construye un relato que, más allá de su fuerza visual y un montaje cuanto menos curioso, pone sobre la mesa algunas reflexiones interesantes sobre la sociedad, la relación paterno filial y los sacrificios que hace cada uno de los miembros de una familia por el bien de todos.

Quizá el mayor problema del film sea ese, que simplemente deja sobre la mesa interesantes elementos en los que podría haber ahondado algo más. Eso, y que Taylor se entrega en exceso en algunos momentos a ese estilo visual tan particular, introduciendo planos innecesarios que, aunque acentúan la sensación de caos y psicosis, perfectamente se podrían haber ahorrado. En el lado opuesto de la balanza, dos hechos fundamentales: por un lado, el director opta por no recurrir al gore al que invita la premisa de la cinta, lo que no solo remarca ese cierto humor negro que desprende el relato, sino que dota al conjunto de una elegancia inesperada. Por otro, la introducción de un tercer factor en la trama: los abuelos. Su presencia en el tercio final del film es un punto de giro tan evidente y a la vez eficaz que permite desatar completamente el surrealismo de la historia, gracias entre otras cosas a un Lance Henriksen (Un gran día) en estado de gracia.

Desde luego, Mamá y papá no es tanto como parece en un primer momento. Ni es tan violenta, ni tan sangrienta, ni desde luego tan alocada como podría pensarse. Pero precisamente en ese control de una historia que podría salirse de madre con facilidad es donde está lo mejor de la cinta dirigida con acierto por Taylor. Visualmente impactante en algunos momentos, aunque el argumento se limita solo a plantear los hechos, la locura que aportan Cage, Henriksen y Selma Blair (Hellboy), esta última la más siniestra de los tres, y el humor que desprenden algunas situaciones hacen de esta cinta una delicia de lo más surrealista a disfrutar y descubrir.

Nota: 7/10

La locura de ‘Mamá y papá’ viaja rumbo a ‘Yucatán’


Último día de agosto y último viernes de estrenos de este mes. Y ese final no podría ser más ecléctico en lo que a títulos se refiere. Porque, en efecto, son varias las novedades de este 31 de agosto, pero todas ellas están enfocadas a un tipo de público muy concreto, desde el que busque acción y comedia hasta el que se decante por el drama o la aventura juvenil.

Y el mejor ejemplo de esa variedad puede que sea Mamá y papá, una locura procedente de Estados Unidos a medio camino entre la comedia, el thriller y el terror que escribe y dirige Brian Taylor (Gamer) y cuya premisa inicial es que una extraña epidemia lleva a padres y madres a atacar y matar a sus hijos. En este contexto, dos hermanos deberán intentar sobrevivir a los ataques de sus progenitores. Nicolas Cage (Snowden) y Selma Blair (Ordinary wolrd) dan vida a esos padres, aportando un toque histriónico a la ya de por sí extrema historia. El reparto se completa con Anne Winters (serie Tyrant), Joseph D. Reitman (Then there was), Zackary Arthur (La quinta ola), Olivia Crocicchia (Backgammon) y Lance Henriksen (Lake Eerie).

Diametralmente opuesta es la norteamericana La gaviota, adaptación de la obra de Antón Chéjov cuyo argumento gira en torno a la visita de verano que una veterana actriz realiza a su hermano y a su hijo en una casa de campo. A la cita, que se repite todos los años, lleva en esta ocasión a un novelista de éxito del que se enamorará una joven de una casa vecina. Se establece entonces un triángulo amoroso entre el novelista, la joven y el hijo de la actriz que amenazará con destruir las vidas de las víctimas del amor no correspondido. Dirigida por Michael Mayer (Una casa en el fin del mundo), la película está protagonizada por Saoirse Ronan (Lady Bird), Elisabeth Moss (serie El cuento de la criada), Annette Bening (La excepción a la regla), Michael Zegen (Brooklyn), Corey Stoll (Gold, la gran estafa) y Brian Dennehy (Knight of Cups), entre otros.

Este fin de semana también es el regreso de los superhéroes a la gran pantalla, en esta ocasión con Teen Titans Go! La película, adaptación de la serie animada que arranca cuando los jóvenes superhéroes deciden convertirse en protagonistas de su propia película, y no en meros acompañantes de grandes superhéroes. Pero sus planes se verán alterados por la presencia de un supervillano, que además amenaza con acabar con el espíritu de amistad y unidad que siempre ha reinado en el equipo. Aventuras, animación y humor se dan cita en esta película dirigida a cuatro manos por Aaron Horvath y Peter Rida Michail, autores de la serie original, y que cuenta con las voces originales de Scott Menville (The campus), Khary Payton (serie The walking dead), Tara Strong (Operator), Will Arnett (Ninja Turtles: Fuera de las sombras), Kristen Bell (The disaster artist), Nicolas Cage y Greg Cipes (America is still the place).

Dejamos Estados Unidos para pasar a los estrenos europeos, entre los que destaca Kings, cinta franco belga escrita y dirigida por Deniz Gamze Ergüven (Mustang) que combina drama, romance y crimen en una historia basada en los hechos reales que acontecieron en Los Ángeles en 1992, cuando se desataron una serie de disturbios raciales tras la absolución de varios policías implicados en la paliza a un taxista afroamericano. En este contexto, uno de los pocos residentes blancos en South Central ayudará a su vecina a encontrar y proteger a sus hijos. Daniel Craig (Spectre), Halle Berry (X-Men: Días del futuro pasado), Isaac Ryan Brown (Believe), Lamar Johnson (Full out) y Reece Cody son los principales actores.

La producción española tiene su máximo representante en la comedia Yucatán, nueva película de Daniel Monzón (El niño) tras cuatro años alejado de la gran pantalla. La trama se centra en una pareja de estafadores de turistas en cruceros de lujo que años atrás se separaron por su rivalidad por el amor de una mujer. Sin embargo, un inesperado botín les vuelve a reunir en un barco que cubre la ruta entre Barcelona y Cancún, provocando un encarnizado duelo de tramposos. El reparto está encabezado por Luis Tosar (1898. Los últimos de Filipinas), Stephanie Cayo (serie La hermandad), Rodrigo De La Serna (Cien años de perdón), Toni Acosta (Mi gran noche), Adrián Núñez (Spiral) y Joan Pera (Transeúntes).

También procede de España En las estrellas, drama que se centra en un director de cine en paro, alcohólico y terriblemente deprimido, en parte por la muerte de su mujer. La única luz en su vida es su hijo, al que cuenta los guiones que algún día piensa dirigir cuando encuentre la financiación suficiente. Los problemas para ambos se multiplican desde el momento en que se cuestiona el papel del hombre como padre. Escrita y dirigida por Zoe Berriatúa (Los héroes del mal), la película está protagonizada por Luis Callejo (Es por tu bien), Jorge Andreu, Ingrid García Jonsson (Gernika), Macarena Gómez (Pieles), Kiti Mánver (Las heridas del viento) y José Luis García Pérez (Lejos del mar), entre otros.

El último de los estrenos europeos es Non, producción franco española que aborda de forma coral cómo afectó la reforma laboral de 2016. En concreto, la trama arranca cuando varios trabajadores se enfrentan al cierre de la fábrica y a una insultante indemnización después de una enconada huelga. Ese será el detonante para una espiral donde derechos y reivindicaciones se mezclan. Dirigido a cuatro manos por Eñaut Castagnet y Ximon Fuchs, ambos debutantes tras las cámaras, este drama cuenta con un anónimo reparto integrado por el propio Fuchs, Hélène Hervé, Fafiole Palassio, Manex Fuchs y Tof Sanchez.

Terminamos con el drama La novia del desierto, producción con capital argentino y chileno cuyo argumento gira en torno a una mujer de 54 años que siempre ha trabajado como criada para una familia de Buenos Aires, y cuya vida da un vuelco el día que dicha familia vende la casa para mudarse. Sin recursos, la mujer acepta un trabajo en una lejana ciudad a la que tiene que viajar en autobús. El viaje empeora cuando en la primera parada pierde el bolso, pero ese mismo incidente provocará que conozca a un vendedor ambulante que parece la única persona capaz de ayudarla. Cecilia Atán y Valeria Pivato debutan en la dirección de largometrajes con esta cinta protagonizada por Paulina García (Aquí no ha pasado nada) y Claudio Rissi (Sangre en la boca).

‘Tyrant’ se deja llevar en una última temporada de final ambiguo


Cómo se convierte un líder en un tirano? ¿Y cómo una serie con un planteamiento puede derivar en un producto sin un objetivo claro? Los motivos son muchos, y la tercera temporada de Tyrant es un ejemplo idóneo de cómo una ficción puede terminar siendo algo ficticio, valga la redundancia. Dicho de otro modo, lo que comienza siendo una especie de thriller familiar que gira en torno al poder, la traición y la violencia termina siendo… pues lo mismo, pero transformando a sus personajes de tal modo que se vuelven irreconocibles, dejándose llevar por una narrativa incontrolada para terminar en un final ambiguo y abierto como pocos. Y todo ello en 10 episodios.

Y es que la serie creada por Howard Gordon (serie Homeland), Gideon Raff (serie Prisoners of war, en la que se basa Homeland) y Craig Wright (serie Sexy money) ha evolucionado de forma irregular e intermitente. Con una trama principal realmente sólida e interesante, los primeros compases sentaron las bases de un drama y thriller político, social y familiar en Oriente Medio, planteando todos los actores posibles, desde los intereses de un país como Estados Unidos hasta los deseos de la sociedad de una libertad que no les otorga una dictadura militar. Todo eso se sigue manteniendo en esta última etapa, y puede que ese sea el gran problema. La ficción, aunque ha sufrido una evidente evolución, no ha cambiado en esencia su dinámica. Da la sensación de que ha sustituido unos personajes por otros, introduciendo por el camino elementos anexos para regular tramas secundarias como el ‘love interest’ o las historias de familiares y amigos.

Esto genera una doble y extraña sensación. Por un lado, la historia de Tyrant evoluciona en una especie de espiral que solo evoluciona hacia más violencia, pero que siempre vuelve a la situación inicial recrudecida por la sangre y la muerte. Y por otro, los personajes principales dan un giro radical a sus personalidades de un modo tosco, algunas veces motivado por un suceso extremo, otras simplemente por la necesidad de la trama, cuando debería de ser al revés o, al menos, una sincronía entre personajes e historia. El mejor ejemplo es el protagonista interpretado por Adam Rayner (Tracers). Cuesta creer que un hombre que ha liderado una revolución y una rebelión contra su hermano asuma el mando de un país de forma temporal, sea incapaz de enfrentarse a sus consejeros y termine haciendo aquello que más odia solo porque está obligado.

A ello se añaden algunos elementos propios de una telenovela destinada a durar cientos de episodios. Hijos secretos, amores pasados que regresan para volver a irse, intrigas familiares, etc. Todo ello envuelve una historia que, por si sola, tiene el suficiente peso dramático como para poder ser desarrollada de forma íntegra, sobre todo en esta tercera temporada, donde el apartado político y social adquiere un mayor protagonismo. Con todo lo que supone una convocatoria electoral, la amenaza del terrorismo, las protestas ciudadanas, los presos políticos y el resto de elementos parece poco necesario centrar la atención en elementos superfluos que solo hacen enrevesar dramáticamente la historia pero que aportan más bien poco a su desarrollo real. Todo ello invita a pensar que esta última temporada, en realidad, iba a tener una continuación. Si no, la serie tendría uno de los finales menos acabados que se recuerdan.Falsas elecciones

Con todo, esta tercera y última temporada de Tyrant ofrece una visión muy interesante sobre cómo el poder corrompe, sobre cómo la venganza consume al ser humano y sobre el modo en que podemos llegar a aprovechar una situación para tratar de salir indemnes de nuestros delitos anteriores. Y todo ello con la sencilla premisa de celebrar unas elecciones democráticas en un país dominado por una dictadura. Esta decisión, más allá del modo en que luego se desarrolla en pantalla, es el desencadenante de toda una serie de consecuencias que componen un interesante mosaico de ideas que, en conjunto, dibujan un desolador panorama acerca de la libertad en un país tradicionalmente controlado con tiranía.

Unas elecciones, falsas al fin y al cabo como se desprende del final de la serie, que a pesar de querer ser democráticas sirven, en definitiva, para los intereses personales de cada personaje que, en mayor o menor medida, participa en ellas. Desde la mujer del dictador que las usa a modo de redención, hasta el amigo crítico del dictador que las utiliza para desmarcarse de esa amistad, todos los personajes encuentran en esta promesa una vía para desarrollar sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Poco parece importar, por tanto, el interés del pueblo, y es este uno de los aspectos más interesantes de esta etapa final. Porque, en efecto, la batalla entre dictadura y democracia se traduce en realidad en un conflicto entre personalismos y sociedad en el que siempre pierden aquellos que defienden lo segundo. Y aquí no tienen cabida ni el amor ni la amistad.

El problema, como he dicho antes, no radica tanto en la trama principal, bien planteada y con hitos dramáticos interesantes. No, el problema está en el desarrollo de dicha trama, en el modo en que se plantean las líneas argumentales secundarias (muchas a modo de telenovela que concuerda poco con el espíritu que pretende tener la serie) y, sobre todo, en algunos puntos de giro obligados para poder mantener un formato poco natural o, por lo menos, en el que los personajes no solo no parecen encajar, sino en el que se les obliga a cambiar su personalidad y su definición según conviene. A priori, estos cambios podrían considerarse una suerte de debate moral (y hasta cierto punto lo es), pero el modo en que se realiza, toscamente y sin asentar previamente las bases de esas dudas éticas, es lo que termina por no encajar correctamente.

Que no exista ese trabajo previo es fruto, precisamente, de que Tyrant introduce líneas secundarias innecesarias que quitan tiempo y protagonismo a lo realmente interesante. Esta tercer y última temporada confirma que en esta serie han existido dos interpretaciones muy diferentes, aquella que pretendía ser un thriller sobrio sobre la dictadura, el poder, el terrorismo y la lucha por la libertad, y otra que pretendía otorgar más dramatismo, más giros argumentales enfocados a enrevesado la parte personal de los personajes. Por desgracia, no es capaz de encontrar el equilibrio, y el final de la serie lo confirma, dejando inacabado el desarrollo de la historia, sin explicar el futuro de los protagonistas y sin cesar ninguna de las principales tramas que se dan cita en esta tercera etapa. Al final, lo que pretendía ser un relato sobre un país de Oriente Medio dominado por la tiranía y el modo en que la libertad se abre camino se queda, precisamente, a medio camino.

1ª T de ‘Tyrant’, o el desarrollo antinatura de la trama y sus personajes


'Tyrant' presenta las luchas de poder de una dictadura árabe en su primera temporada.Lo bueno de que las series de televisión aumenten en calidad es que los matices en narrativa, fotografía o planificación pueden apreciarse con más claridad. Esto permite diferenciar entre las producciones destinadas al puro entretenimiento y aquellas que buscan algo más. Y digo esto sin menosprecio a ninguna de ellas, pues sin la presencia de las primeras no podrían existir las segundas. Esta idea no debe ser un impedimento para apreciar fallos y virtudes de una ficción como Tyrant, creada por Gideon Raff (Train) cuya premisa podría haber producido algo más complejo que el folletín que realmente es.

El autor de la serie israelí en la que se basa la norteamericana Homeland narra en esta primera temporada cómo el hijo exiliado del dictador de un país árabe, médico de profesión y renegado de los crímenes de su familia, regresa tras más de 20 años a su tierra natal para asistir a la boda de su sobrino. A partir de este momento los acontecimientos se precipitarán hasta el punto de que el espectador sospechará que el tirano al que hace referencia el título no es realmente el dictador. Vista en líneas generales, su argumento ofrece todos los elementos necesarios para convertirse en un interesante thriller en el que cualquier matiz en un diálogo o en una mirada genere un punto de inflexión que de un sentido distinto a la serie.

Sin embargo, estos primeros 10 episodios de Tyrant optan por un desarrollo tópico, previsible en muchas situaciones y con poco interés en los personajes, planteados bajo un prisma extremadamente sencillo. De hecho, el mayor problema de la serie (que no el único, ni mucho menos) es precisamente la necesidad de los guionistas de convertir a los protagonistas en meros arquetipos que reaccionan de forma meridianamente clara ante los acontecimientos que se suceden. El dictador violento y dominado por sus pasiones; la mujer norteamericana ingenua; una esposa calculadora y ambiciosa. Y así sucesivamente. Todo ello no sería un problema si no fuera porque la historia, en realidad, tiende en todo momento hacia una complejidad mucho mayor que va desde las revoluciones de un pueblo oprimido hasta el golpe de estado perpetrado por el protagonista.

Y es aquí donde la serie tropieza constantemente. Resulta poco creíble, por no decir incoherente, la evolución de los personajes, sobre todo de la familia norteamericana. Que en un mundo donde las noticias vuelan ninguno sepa de las atrocidades que se cometen en el país resulta ridículo, pero puede comprenderse como una necesidad dramática. Pero que los personajes oscilen entre la ingenuidad y el rechazo, y entre el horror y la ignorancia, de los actos que ven con sus propios ojos durante su estancia en el país es un problema insalvable del tratamiento de los personajes. Todo ello tiene su fundamento en el hecho de que la propia evolución dramática de los protagonistas les empuja en una dirección que sus creadores no pueden consentir por no ajustarse al tono general de la serie, lo que en última instancia provoca unos contrastes dramáticos que derivan en secuencias ciertamente ilógicas.

Unos actores de foto

Curiosamente, lo mejor que puede ofrecer Tyrant es su reparto, al menos parte de él. Y más concretamente, la parte que da vida a la rama árabe de la familia protagonista. Ashraf Barhom (Ágora), quien da vida al hermano dictador del protagonista, es quizá el mejor representante de esto. Su encarnación de un rol que actúa movido por sus instintos más básicos logra que el espectador termine identificándose con él, precisamente porque su violencia se entiende más como la de un animal acosado que como la de un sádico asesino. También resulta interesante el carácter regio que otorga Moran Atias (Los próximos tres días) a la esposa de aquel, en un papel con pocas sombras pero no por ello carente de cierto atractivo.

Con todo, el tono general del reparto se mantiene en la misma línea que el resto de elementos de la producción, es decir, en un perfil bajo. Si la trama se mueve en todo momento por cauces que no generen grandes complicaciones o situaciones complejas que deriven en giros argumentales impactantes, los personajes terminan por resultar casi irrisorios en ese intento por encajar en una historia que ni siquiera parecen entender. El envoltorio para este regalo entretenido pero con poco contenido es una fotografía suave, sin grandes contrastes y con poca expresividad. Los entornos son siempre cálidos, casi ideales, evitando así crear una confusión en el mensaje que recibe el espectador.

Curiosamente, el único momento en el que todo cambia llega con la conspiración que se desarrolla en los últimos episodios, más o menos desde que comienza el tercer acto de la temporada. Es aquí donde no solo la fotografía adopta formas más sugerentes, sino que incluso los personajes parecen más complejos dentro de su propia naturaleza de arquetipos. Sin embargo, esto no logra ser suficiente para que la impresión general de estos 10 capítulos cambie. Más bien, aporta un cierto grado de interés para afrontar la segunda temporada ya anunciada.

Una segunda temporada que, esperemos, sepa evolucionar hacia un terreno algo más complejo y elaborado. No parece muy probable, pero desde luego a Tyrant no le faltan argumentos para poder cambiar. De mantener el desarrollo dramático actual y esa imperiosa necesidad de dirigir a los personajes por caminos no naturales sin duda los próximos episodios generarán expectación, pero no provocarán más que un ligero entretenimiento en el que el espectador deberá hacer esfuerzos para no encontrar las irregularidades. Pero eso deberá ocurrir mientras las consecuencias del intento de golpe de estado se desarrollan. Por ahora, las impresiones de esta primera temporada no son demasiado positivas.

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