‘True Blood’, contagio y enfermedad en una previsible temporada final


La enfermedad de los vampiros centra la séptima y última temporada de 'True Blood'.He de confesar que, a pesar de haber visto las siete temporadas de True Blood, nunca me he acercado a las novelas de Charlaine Harris que se encuentran en la base de la serie creada por Alan Ball (serie A dos metros bajo tierra). Tal vez debería haberlo hecho para tener una visión más completa de este fenómeno televisivo, pero lo cierto es que la producción es lo suficientemente sólida como para tener entidad propia. Sin embargo, a lo largo de las temporadas ha habido ciertas concesiones al dramatismo adolescente que los guionistas no han sabido, o no han querido, eliminar. La conclusión de esta magnífica serie en su séptima temporada es la guinda de ese pastel dramático que empaña un poco el desarrollo de toda la ficción, aunque no lo hace por los acontecimientos en sí, sino por el enfoque previsible de su desarrollo.

Si algo ha caracterizado a la serie a lo largo de estos años es su capacidad para abordar polémicas sociales. Lo que comenzó siendo una suerte de crítica al racismo, en contra de la homofobia y a favor de la diversidad ha derivado con el paso del tiempo en todo un arte interpretativo de las claves religiosas, fanáticas e incluso neonazis. Como colofón la trama se centra en una enfermedad que solo afecta a los vampiros, una especie de hepatitis que envenena sus cuerpos y sus mentes hasta volverles sádicos animales como paso previo a la verdadera muerte. Planteado en la temporada anterior, el tema podría haber dado mucho juego si se hubiese enfocado con la seriedad de la primera temporada. Sin embargo, lo que comienza siendo una reflexión sobre la actitud ante la muerte de unos seres que se consideran inmortales, poco a poco da paso a un enfoque trágico de la enfermedad, entregándose al más puro drama lacrimógeno en sus dos últimos episodios.

A esto habría que añadir el factor conclusivo de True Blood, que en este caso hace mucha mella en el resultado final. Los guionistas suelen aprovechar las temporadas finales para dejar todas las líneas argumentales cerradas, tratando de dotar de sentido a todos y cada uno de los personajes. Lo que hace Ball y su equipo en esta ocasión, empero, es algo tosco y previsible. Puede que durante los primeros compases de la temporada, sobre todo en ese primer episodio que comienza de forma salvaje y brutal, la confusión sorprenda al espectador, pero a medida que se avanza en los 10 episodios que dura esta última entrega las intenciones de los responsables se intuyen hasta volverse completamente visibles. Que mueran determinados personajes no es sino una de las formas más antiguas de eliminar un obstáculo hacia un fin mayor. Y traer de vuelta a roles como el de Hoyt , al que da vida Jim Parrack (El último deseo), con una novia del brazo puede generar no pocas sospechas, que sin duda se tornarán certezas antes del último fundido a negro.

Pero más allá de su aspecto narrativo, esta séptima y última temporada deja una serie de ideas notables en la mitología vampírica, manteniendo así la sintonía con etapas anteriores. La propia enfermedad, sin ir más lejos, es un caldo de cultivo perfecto para mostrar, por ejemplo, la fragilidad de estos seres que se antojan todopoderosos. Sus febriles recuerdos de su vida humana, sus pesadillas o su “sentimiento humano”, como se menciona en la serie, ofrecen al espectador una reinterpretación de los estados más críticos de una enfermedad grave. Del mismo modo, es la enfermedad la que provoca el frente común entre humanos y vampiros, y es también la responsable de la locura y la intransigencia de los sectores más fanáticos de la sociedad. Todo ello ofrece un marco perfecto que deja una serie de premisas interesantes en el aire que rodea al drama que antes mencionaba.

El final feliz de unos personajes sufridores

Sin duda, lo más chocante de este final de True Blood es el hecho de que todos los personajes, al menos los principales, logran su final feliz tras temporadas y temporadas de dolor, sufrimiento y miedo. La imagen final de los protagonistas sentados a una larga mesa para compartir una comida es buena muestra de que existía la necesidad de dar a los roles de Anna Paquin (El piano) y compañía algo de sosiego en medio de todo este caos. Eso sí, un final feliz que llega después de uno de los momentos más dramáticos de toda la serie, visceral y sangriento tanto visual como conceptualmente, y que aquí no desvelaremos. En general, todos consiguen lo que quieren, aunque algunos lo hacen de una forma más natural que otros.

Entre los primeros están, sin duda, Eric y Pam, los personajes de Alexander Skarsgård (The East) y Kristin Bauer van Straten (Life of the party). Tal vez porque son los mejores personajes de la serie, tal vez porque han sido los que han recibido un trato más sincero a lo largo de las temporadas, el caso es que su evolución a lo largo de estos 10 capítulos es una de las mejores bazas de la temporada. Su obsesiva búsqueda de una cura para la enfermedad y su natural tendencia a dominar a aquellos que tienen más cerca les lleva a convertirse en dueños y señores de un final tan irónico y estremecedor como ellos mismos, y que incluye una Sangre Nueva que bien podría ser la excusa para otra producción. Puede que algunos acontecimientos se precipiten en exceso, pero en líneas generales poseen la mejor línea argumental.

No solo es mejor que otras secundarias, como la que protagonizan Ryan Kwanten (Mystery road), Deborah Ann Woll (Ruby Sparks) y el ya mencionado Parrack, sino que es incluso mejor que el drama que vive la protagonista, cuyo periplo en esta última entrega es incluso más caótico que en etapas anteriores. En efecto, lo que acontece en la trama principal que gira en torno a Paquin es una sucesión de situaciones previsibles que se encaminan a dejar su futuro en perfecta situación de felicidad, aunque para ello deba llorar unas cuantas veces. Hay que incidir aquí en el hecho de que lo visto en pantalla no es, en sí misma, una mala propuesta. El problema surge por la debilidad de su presentación. Más o menos como le ocurre al trío romántico de Kwanten, Ann Woll y Parrack, que puede saborearse casi desde el primer momento en que el último hace acto de presencia de nuevo en la serie tras unas cuantas temporadas alejado.

True Blood termina de forma agridulce. Los intentos de Alan Ball por dotar a la serie de una conclusión madura y seria son loables, y la trágica imagen previa a la dicha absoluta así lo confirma. Del mismo modo, los ecos socioculturales de esa hepatitis vampírica, que pueden identificarse con varias enfermedades reales, dotan al conjunto de ese aire oscuro y sobrio que tan buenos resultados ha dado a esta ficción. Sin embargo, la sensación de estar ante una tragedia romántica en la que los buenos siempre acaban bien y los malos acaban mal nunca desaparece. Que determinados personajes cambien su forma de ser casi por arte de magia es algo que no encaja con el sentido general de la trama. Asimismo, la falta de pulso en el desarrollo de algunas líneas argumentales resta interés a los personajes, que se antojan más como herramientas para el final feliz. Pero como reza el último episodio, ante una serie como esta solo cabe decir: “gracias”.

‘X-Men: La decisión final’ sustituye la trama por el entretenimiento


'X-Men: La decisión final' reduce el conflicto mutante a buenos y malos.La primera fase de las aventuras mutantes en el cine llegó a su fin en 2006 con una decisión ciertamente extraña. Su director y alma mater Bryan Singer abandonó la franquicia para dirigir Superman Returns (2006), mientras que Brett Ratner se puso tras las cámaras de la última entrega de la saga gracias al éxito de Hora Punta (1998) y su secuela. Para gustos los colores, por supuesto, pero personalmente creo que el cambio salió mal en todos los sentidos. Fue malo para Singer, cuya versión de Superman dejó mucho que desear, y fue malo para Ratner y los mutantes, pues optó por un entretenimiento con menos contenido y más artificio.

No quiere decir esto que X-Men: La decisión final sea una mala película, pero indudablemente no alcanza el nivel de las anteriores. Desde luego, su gran problema fue estrenarse apenas tres años después de la mejor entrega de la trilogía, lo que por un lado avivó los recuerdos de X-Men 2 y por otro empeoró su propia imagen. La realidad, como suele ocurrir, se halla en un punto intermedio, pues aunque es cierto que la película de Ratner se entrega más a la espectacularidad, decir que no aporta nada sería excesivamente injusto. Sobre todo por las repercusiones que ha tenido a posteriori en las aventuras de Lobezno en solitario.

Pero entremos de lleno en el análisis. A nivel dramático el film se mueve siempre por terrenos conocidos. Tal vez demasiado conocidos. El hecho de apostar por el entretenimiento y el gran público llevó a sus responsables a crear una trama carente de las sutilezas que sí tenían las dos anteriores. Los puntos clave del desarrollo carecen, por tanto, de sorpresa, evidenciando un proceso que, dicho de un modo claro, es simple y lineal. Evidentemente, los más perjudicados en todo esto son los personajes, cuyos pasados, traumas y conflictos quedan relegados a un segundo plano para explotar sus respectivas imágenes de héroes y villanos.

La que mejor representa este proceso es Jean Grey, personaje interpretado por Famke Janssen (GoldenEye) que, tras una supuesta muerte en la segunda parte, regresa en este X-Men: La decisión final como un ser malvado, mucho más poderoso de lo que nunca imaginó y consumido por la ira y la venganza. Más allá de que su tratamiento se asemeje mucho o poco al original de los cómics (al fin y al cabo, son dos medios distintos y la capacidad de desarrollo no es la misma), lo más llamativo es que este cambio carece por completo de matices. Es un villano totalmente plano, sin motivaciones complejas ni decisiones que puedan influir en la trama. Y teniendo en cuenta las posibilidades narrativas, es sin duda una gran pérdida.

Poco interés de los nuevos mutantes

Esta idea de personajes carentes del interés que existía anteriormente en la saga se consolida con la presencia de los nuevos mutantes, algunos de ellos realmente atractivos tanto a nivel visual como narrativo. Que el rol interpretado por Ben Foster (El único superviviente) tenga apenas tres momentos en toda la trama evidencia un desarrollo dramático intermitente, incapaz de dar cabida a todos los personajes y preocupado más por mostrar ligeramente los poderes de cada uno de ellos para, eso sí, explotarlos en un espectacular clímax bélico. Lo mismo podría decirse de los personajes de Vinnie Jones (Snatch: Cerdos y diamantes) y Kelsey Grammer (serie Boss).

La sensación de estar ante un producto puramente comercial es lo que puede llevar a la conclusión de que es la más mediocre de las tres. Y no es que las anteriores no tuviesen un claro objetivo comercial, pero poseían la suficiente personalidad como para aportar algo distinto, más emocional y emocionante. El caso de X-Men: La decisión final confirma la idea de que los estudios tomaron los mandos de la franquicia y de que, una vez Singer desapareció de la ecuación, no hubo nadie capaz de interponerse. Como resultado, la película adquiere un tono menos oscuro y más inocente.

Un tono que, por cierto, trata de disimularse a lo largo de la trama con secuencias ciertamente espectaculares y espléndidas, como es la muerte de Charles Xavier (Patrick Stewart), la posibilidad de “curar” a los mutantes y la batalla final ya comentada, cuya conclusión es tan dramática como apoteósica. La inclusión de momentos dramáticos otorga al film un aire más trágico, fatalista incluso, pero que en ningún caso sirve para contrarrestar el resto del metraje. Aunque como digo al comienzo, no significa que sea un mal film. Puede que si se aborda con la idea de una continuación lógica de la saga el resultado decepcione un poco, pero en ningún caso aburre.

Al final, lo mejor que le puede ocurrir a X-Men: La decisión final es que sea vista como lo que es: un producto destinado al consumo masivo, al puro entretenimiento con pocos interrogantes y muchos efectos especiales que harán las delicias de los aficionados al cine de acción. Empero, no hay que olvidar nunca que los mutantes llegaron al cine con otros objetivos y mucho más que aportar desde un punto de vista dramático. La conclusión es que sí, es muy entretenida y divertida, pero en el resto de elementos es la más floja de las tres.

‘X-Men 2’, más acción y efectos al servicio de un drama más complejo


Lobezno, interpretado por Hugh Jackman, adquiere más protagonismo en 'X-Men 2'.Ayer hablábamos de la que posiblemente sea la primera piedra en el exitoso camino de las modernas adaptaciones al cine de superhéroes e historias de cómic y novelas gráficas. El éxito que tuvo X-Men en el año 2000 permitió a muchos otros superhéroes dar el salto a la gran pantalla, pero también obligó a sus responsables a continuar con una historia que dejaba muchos cabos sueltos. Evidentemente, el motivo económico fue determinante, pero el hecho de que X-Men 2 (2003) fuese mejor en todos los aspectos que su predecesora indica que al menos su director, Bryan Singer (Valkiria), tenía algo más que contar.

Creo que tras todos estos años de reflexión nadie duda de que la primera continuación de la saga mutante es la mejor de la trilogía original, y por extensión una de las mejores adaptaciones de superhéroes que se han hecho. El motivo principal, como decimos, es una correcta comprensión del “más y mejor” que debe predominar en cualquier secuela, pero lo cierto es que solo con esto el film no habría adquirido con el tiempo la categoría que ahora tiene. La pregunta que cabe hacerse, por tanto, es qué aporta de novedoso a lo ya expuesto por su predecesora.

La respuesta hay que buscarla, como no podía ser de otro modo, es su argumento, en una trama que vuelve a repetir formato y divide su tiempo en dos líneas de desarrollo que avanzan de forma paralela para unirse en un clímax tan espectacular como emotivo. X-Men 2 acentúa los dos grandes dramas de la primera parte para erigirse como un producto mucho más completo, más dinámico y con mayor profundidad en las motivaciones de sus personajes. A través de un lenguaje audiovisual que juega con la intriga y la información aportada, la historia vuelve a optar por el oscurantismo bien entendido de la primera parte, en el sentido de no ofrecer al espectador un producto masticado, digerido y regurgitado.

El hecho de apostar de forma clara y contundente por la historia de Lobezno, de nuevo con un Hugh Jackman (Los miserables) sensacional, aporta solidez narrativa al conjunto, permitiendo un mayor desarrollo del personaje y, por extensión, una visión más amplia del mundo de los mutantes y su lucha por la supervivencia ante la intolerancia y el miedo de gobiernos y ejércitos. La presencia de William Stryker (Brian Cox) es la que articula el pasado y el presente en la historia, y es el que vincula el desarrollo de las dos tramas. Resulta interesante comprobar cómo un único personaje, cuando está bien diseñado desde el comienzo, es capaz de modificar los parámetros de toda una historia mucho más compleja.

Más mutantes, más poderes

Desde luego, la presencia de Jackman genera en el film algunos de los mejores momentos de toda la saga, como es el ataque a la mansión y la respuesta de Lobezno, o ese final en la presa. Pero como decía al comienzo, X-Men 2 supo aprovechar su apuesta por el desarrollo de la trama para integrar en ella más acción, más espectacularidad y más mutantes, que se sumaron a los ya presentados en la anterior entrega (los más destacados son los interpretados por Shawn Ashmore y Alan Cumming) y que, en líneas generales, modificaron notablemente sus puntos de partida. Ahí está, por ejemplo, el cambio que sufre Lobezno, marcado en todo momento por el traumático pasado.

Aunque sin duda esa evolución está representada por el personaje de Famke Janssen (Ni una palabra), rol que siempre ha sido objeto de profundos cambios y que en esta segunda parte encuentra una vía para explorar todos los aspectos del personaje. De forma sutil la trama introduce los cambios que se producen en Jean Grey y que la llevan a sacrificarse por el grupo en uno de los momentos más emotivos de la cinta (sacrificio que para los seguidores exploraba un nuevo camino con esa imagen final del ave sobrevolando el agua). Curiosamente, el triángulo amoroso pasa a un segundo plano en beneficio de los conflictos personales de cada uno de los integrantes, amén de otras tramas secundarias que ganan importancia, como es la constante lucha entre mutantes (aquí unidos por fuerza mayor) o la huida de la mansión para sobrevivir.

Lo más interesante del film es que todo esto, a pesar de generar más acción y más efectos, nunca llega a imponerse a la trama, siendo un recurso más de los utilizados por el director para narrar la historia. Hago hincapié en esto porque, aunque pueda parecer simple y lógico, es algo que se perdió en la tercera parte, de ahí su importancia. El arco dramático de los personajes está marcado por un sinfín de detalles, de percepciones y de motivaciones. Ninguno de ellos puede definirse en esta película como “buenos” y “malos”. Las fronteras, aunque más o menos claras, nunca llegan a definirse totalmente, llegando incluso a fundirse al final de la historia. Es eso lo que aporta a la saga, y lo que la convierte en la gran película que es: no todo es blanco o negro; no todo está bien o mal. Ese realismo, incluso narrando lo que se está narrando, es el “más y mejor” de la segunda parte.

Por tanto, X-Men 2 es en todos los sentidos un film mucho más completo y más atractivo. Dejando a un lado las comparaciones, hay que aclarar que el film tiene puntos débiles de gran relevancia, como es el hecho de que algunos secundarios pecan demasiado de arquetípicos. Su trama, además, posee los altibajos habituales de este tipo de cintas, en las que tras grandes secuencias de acción es necesario pararse a plantear los interrogantes. Pero en cualquier caso es una notable propuesta que expone sus intenciones desde el primer momento y que apuesta, por fortuna, por una historia compleja y trágica que en todo momento controla, como ocurre en el film con los mutantes, sus herramientas narrativas.

‘X-Men’, los personajes por encima de los efectos digitales


Hugh Jackman interpretó por primera vez a Lobezno en 'X-Men', de Bryan Singer.El fenómeno de los superhéroes llegó al cine con el nuevo siglo. Es cierto que siempre han estado relacionados de un modo u otro, pero hace exactamente 14 años el subgénero alcanzó un grado de sofisticación y seriedad que lo ha llevado a generar algunos de los mejores films de acción y ciencia ficción de los últimos años, como es el caso de la trilogía sobre Batman de Christopher Nolan (Memento). Ahora mismo, con los efectos digitales campando a sus anchas por las historias de los justicieros enmascarados, parece quedar muy lejos aquella película que, en cierto modo, abrió definitivamente la veda a la adaptación cinematográfica de los cómics. Pero dado que esta semana se estrena X-Men: Días del futuro pasado, en Toma Dos vamos a repasar la evolución de la saga de mutantes, comenzando por el origen de todo el fenómeno: X-Men (2000), dirigida por un entonces relativamente novato Bryan Singer (Sospechosos habituales).

Más allá de su valor como punto de partida, la obra de Singer ha ganado peso con los años gracias fundamentalmente a su guión, un texto elaborado a partir de los elementos más conocidos por el gran público de estos seres humanos con habilidades especiales debidas a mutaciones genéticas y, sobre todo, por saber absorber perfectamente la esencia del cómic creado por Stan Lee y Jack Kirby, que no es otra que la lucha contra la intolerancia, el racismo y el miedo a lo desconocido. Unos conceptos que pueden encontrarse casi desde el inicio del film con esas secuencias aparentemente inconexas que poco a poco van confluyendo hacia una trama única. Ahí está, por ejemplo, la huída de casa del personaje interpretado por Anna Paquin (serie True Blood) o el discurso del personaje de Famke Janssen (Venganza) y la reacción que provoca. De hecho, la idea del racismo es la que mueve toda la historia, tanto para generar el conflicto entre los dos bandos mutantes (uno apoya la integración y el otro la lucha) como para desarrollar toda la intriga en torno al senador que aboga por perseguir a esta nueva raza de seres humanos.

Desde luego, su apuesta por el desarrollo dramático de los personajes es lo que mejor define a esta primera X-Men. La definición de los mismos a través de sus acciones, de sus gestos y de sus miradas demuestra que en cualquier cinta de acción hay espacio para más aspectos que los puramente físicos. Sin ir más lejos, la película logra establecer casi en un suspiro el trío amoroso entre Lobezno, Jean Grey y Cíclope (Hugh Jackman, Janssen y James Marsden, respectivamente). Y ni siquiera es necesario un diálogo explicativo. Esta sutileza, además, es capaz de generar cierta intriga en las motivaciones de muchos de los roles, tanto héroes como villanos, y logra que el punto de giro que da pie al tercer acto tenga la suficiente fuerza como para resultar inesperado y apasionante (las verdaderas intenciones del villano). No hay que dejar pasar, sin embargo, la debilidad de algunos secundarios como el interpretado por Halle Berry (Cosas que perdimos en el fuego). Su rol, uno de los más importantes de las viñetas, queda aquí relegado a un segundo plano muy plano, y perdón por el juego de palabras. No solo aporta poco a la historia, sino que lo hace de forma algo tosca, burda y hasta ridícula. Por fortuna, esto fue algo que quedó solventado en aventuras posteriores.

Y como suele ocurrir en estos casos, el desarrollo de la historia y de los personajes corre en sentido contrario al desarrollo de los efectos especiales. No quiere decir esto que sean malos, al contrario. El director logra algunos momentos inolvidables, como ese primer plano de las garras del personaje de Jackman saliendo de los puños o los rayos emitidos por Cíclope. Pero dichas secuencias son tan escasas como logradas. No existe, por tanto, un abuso innecesario de los recursos digitales. Es más, algunos momentos son más bien mecánicos. Las secuencias de acción, excelentes, se someten a las necesidades de la historia, y no al revés. En definitiva, y siempre dentro de los parámetros de un film de estas características, el tratamiento es más realista, definiendo perfectamente las posiciones de cada uno de los personajes y estableciendo unas líneas de actuación comedidas, sin excesos audiovisuales e, incluso, con un sentimiento más intimista y entrañable. Quizá una de las mejores secuencias que ejemplifican esta idea es aquella en la que Magneto, interpretado magistralmente por Ian McKellen (El señor de los anillos: La comunidad del anillo), mantiene una disputa con Charles Xavier (Patrick Stewart) mientras amenaza a un buen número de policías con sus propias armas.

Un oscuro dominante

Aunque sin duda el mayor acierto de Singer en X-Men fue dar el protagonismo a Lobezno y a un Hugh Jackman (Prisioneros) por entonces desconocido. Desde luego, el éxito del personaje ha encumbrado a este magnífico actor, pero sería injusto no reconocer que el beneficio ha sido mutuo. El intérprete ha sabido dotar al rol (actualmente algo desgastado) de una entidad única, tanto física como psicológicamente. Jackman es capaz de aunar la fortaleza física, la violencia y la ira de un personaje turbado por un pasado traumático, la pérdida y el dolor. Hasta tal punto es imprescindible su participación que actor y personaje se han fusionado hasta confundirse, siendo prácticamente imposible que nadie se imagine a este mutante con esqueleto de adamantium con otros rasgos que no sean los del actor.

Pero más allá de todo eso, el director logra equilibrar con bastante acierto su arco dramático personal con el desarrollo de la historia, ofreciendo pinceladas del tortuoso pasado al tiempo que ubica al personaje en una lucha de la que no quiere formar parte. Ese espíritu libre, unido a la lealtad y sentido de la justicia que lleva incorporados de serie el personaje, convierten a Lobezno en el verdadero atractivo de la cinta. Su protagonismo es más que evidente, incrementándose a medida que han ido pasando los años. De hecho, es el único que cuenta con films propios. Y su carácter es lo que hace avanzar la trama en muchas ocasiones, ya sea de forma directa o indirecta, y ya sea como centro de atención de la intriga o como uno de los vértices del triángulo amoroso.

Esta oscuridad, empero, no se ciñe únicamente a su personaje. Si algo generó controversia hace 14 años fue la forma en que Singer iba a abordar el tema de los trajes que lucen los héroes. Para aquellos que no estén familiarizados, digamos que cada rol presenta una paleta cromática que les define, lo que en pantalla podría ser, literalmente, un desastre. Al principio mencionaba la seriedad que esta película aportó a las adaptaciones de superhéroes. Bueno, pues buena parte del éxito radica, aunque no lo parezca, en el diseño de vestuario. La apuesta por unos uniformes negros, alejados de las mallas multicolor, termina resultando hasta coherente en el contexto general de la trama, superando el primer contraste de ver a todos los personajes uniformados para el combate. El director se permite incluso hacer un guiño a esa “licra amarilla” que luce el personaje de Jackman en los cómics. La ausencia de color surgió de la necesidad (no es lo mismo ver a Spider-Man o a Iron Man que a seis personajes cada uno de un color), pero su diseño sentó las bases del resto de la saga.

Tal vez X-Men no sea la mejor de las películas sobre superhéroes. Desde luego, no es la mejor de toda la saga. Hay momentos de su guión en los que se echa en falta algo más de garra. Algunos personajes, como el de Tormenta o los villanos secundarios, dejan mucho que desear. Pero en líneas generales el film evidencia una apuesta por un estilo narrativo y visual alejado de estridencias o de concesiones al gran público. Tal vez por eso la historia busca ante todo acercarse a los personajes y hacerlos accesibles para todos los espectadores. Tal vez el hecho de no saber cómo iba a resultar este primer experimento es lo mejor que le pudo pasar al film. Sea como fuere, los mutantes llegaron para quedarse, y gracias a esta primera historia con más desarrollo y menos efectos el público aceptó aquello que era diferente.

‘Tráiler de X-Men: Días del futuro pasado’: las sagas mutantes se unen


Cartel promocional de 'X-Men: Días del futuro pasado'.Apenas quedan dos meses para su estreno, pero 20th Century Fox ha sacado el que posiblemente sea el más completo e interesante tráiler de la nueva aventura mutante, X-Men: Días del futuro pasado. Tras varias semanas revelándose imágenes, artes conceptuales y vídeos promocionales, no ha sido hasta este momento que los fans pueden apreciar algunos de los secretos mejor guardados del film, como son los centinelas. Aunque no es lo único interesante que deja este avance. Si bien la trama ya era más o menos conocida, este segundo tráiler ofrece diferentes matices y, sobre todo, permite ver a algunos de los mutantes en acción.

La trama, como decimos, es conocida. Ambientada en un futuro en el que los mutantes están inmersos en una guerra por su supervivencia y viven en un mundo totalmente destruido, los líderes Charles Xavier y Magneto deciden enviar al pasado a Lobezno para que convenza a las versiones más jóvenes de ambos a que tomen caminos distintos, no solo en su particular enemistad, sino en sus decisiones frente a los humanos. La película, por tanto, supone aunar en una única trama a prácticamente todos los personajes que aparecieron en la trilogía original y en la película X-Men: Primera generación, amén de incluir otros nuevos, muchos de los cuales ya aparecen en este avance (o han aparecido en otros anteriores).

Eso sí, lo que desvela el vídeo no es únicamente el diseño de los enormes robots destinados a destruir a los mutantes, sino el propio tono del film, que parece aprovechar la actual tendencia de incidir en el aspecto trágico de todos estos personajes de las viñetas. En cierto modo, la película combina sus partes más oscuras (definidas en ese futuro apocalíptico) con algunas más ligeras propias de la acción en el pasado, aunque en ambos se desprende un cierto aire dramático que invita a pensar en un enfoque algo más adulto de la temática mutante. Del mismo modo, el diseño de la futurista ciudad ofrece la posibilidad de desarrollar al máximo las cualidades de los personajes, como esa imagen del hombre de hielo realizando sus famosos caminos por el aire.

La película supone el regreso tras las cámaras de Bryan Singer, creador de la trilogía, y reúne bajo un mismo techo a Hugh Jackman (Prisioneros), Patrick Stewart (Star Trek: Nemesis), Ian McKellen (El hobbit: La desolación de Smaug), James McAvoy (Trance), Michael Fassbender (El consejero), Jennifer Lawrence (La gran estafa americana), Halle Berry (Marea letal), Peter Dinklage (serie Juego de tronos), Ellen Page (The east), Nicholas Hoult (Jack el caza gigantes), Anna Paquin (serie True Blood), Evan Peters (serie American Horror Story: Coven), Shawn Ashmore (serie The following) y Omar Sy (Intocable), muchos de ellos recuperando los personajes originales de las tres primeras películas. Por cierto que el tráiler de la cinta, que encontraréis a continuación, se publicó con un cartel promocional interesante que muestra, a grandes rasgos, a los principales personajes. A continuación el vídeo.

La crítica al racismo y la xenofobia regresan en la 6ª T de ‘True Blood’


Anna Paquin deberá enfrentarse a nuevos enemigos en la sexta temporada de 'True Blood'.Cuando la sexta temporada de True Blood empezó a emitirse ya hubo voces que aseguraban un retorno a los orígenes de la serie. Tras finalizar hace unos días los 10 episodios que componen esta última entrega hay que rendirse a la evidencia. La serie ha retomado ese espíritu, es cierto, y lo ha hecho de una forma que solo Alan Ball (serie A dos metros bajo tierra), su creador, podía permitirse: llevando a los personajes y las tramas por unos senderos surrealistas para exponer sus propias debilidades a la luz del sol, devolviendo a cada uno de los protagonistas a un estado similar al inicial y permitiendo, por tanto, una puesta a punto de algunas relaciones deformadas por el paso del tiempo.

En esta ocasión, la trama retoma exactamente el momento con el que concluía la quinta temporada, desvelando la nueva naturaleza de Bill Compton (Stephen Moyer), la influencia de la muerte de los padres de la protagonista en su futuro más inmediato y la presencia de una nueva criatura, un hada vampiro que posee lo mejor de ambos mundos. Pero lo verdaderamente relevante es la presencia de un nuevo villano casi más aterrador que el ya mítico vampiro Russell Edgington (Denis O’Hare). Y lo es porque proviene del mundo de los humanos, y porque lo que propone es una especie de campo de concentración para desarrollar un virus capaz de matar vampiros.

Analizado en conjunto, el mencionado retorno a los orígenes de la serie no estriba tanto en la destacada presencia de vampiros (el resto de criaturas prácticamente desaparecen de la trama, incluyendo secundarios de peso) como en el aspecto social a tratar. Siendo sinceros, la serie se ha desviado en muchas ocasiones por derroteros puramente comerciales, dejando de lado el reflejo de las miserias sociales que tanto definieron la primera temporada. Con estos nuevos capítulos la producción vuelve a denunciar, siempre a su modo, algunos de los aspectos más oscuros del ser humano, retrocediendo unos años en la Historia. Concretamente, hasta la época de la II Guerra Mundial. La presencia de ese villano que busca conocer mejor a su enemigo y la imponente construcción en la que se experimenta con los vampiros es una clara versión moderna de los campos de exterminio.

Y en este caso, al igual que entonces, se argumenta una supuesta lucha contra un enemigo que en el fondo no lo es tanto única y exclusivamente para tener la excusa perfecta de su aniquilamiento. Esta potente premisa en torno a la cual gira buena parte del desarrollo dramático de la temporada otorga al conjunto una solidez que hacía mucho no tenía la producción, si bien es cierto que la combinación de esta línea principal con las secundarias (más débiles en esta ocasión) ha dado lugar a una situación bastante poco creíble incluso en una serie como esta, pero que por fortuna se ha resuelto con inteligencia, originalidad y bastante sentido del humor. Me refiero al hecho de que los vampiros puedan caminar bajo la luz del sol por beber la sangre de ese hada vampiro y su posterior forma de devolverlos a su naturaleza original, aparente muerte del personaje de Alexander Skarsgård (Melancolía) incluida.

Una debilidad secundaria

La trama principal de True Blood en esta sexta temporada ha provocado altas y bajas en el bando vampírico, incluyendo alguna con una carga crítica bastante relevante, como la transformación en vampiro de la hija del villano, en lo que es una muestra más de lo absurdo que resulta el racismo o la xenofobia, sobre todo en un mundo donde nada es blanco o negro, humano o vampiro, bueno o malo. Habría que hacer mención especial también a la evolución de los dos vampiros principales. Ambos vuelven a sus orígenes, en efecto, pero las formas de hacerlo son muy distintas. Mientras el personaje de Skarsgård se mueve por la venganza para volver a ser ese vampiro despiadado y sanguinario (su momento en el búnker de vampiros es uno de los momentos más salvajes de la serie), lo del vampiro Bill resulta un poco débil.

Hay que recordar que al final de la temporada anterior este personaje resucitaba convertido en lo que parecía una especie de dios. Su evolución sigue esa senda, pero la propia naturaleza de este nuevo personaje, este Blilith, como le llaman en algún momento de la serie, lo convierte en inservible. Y me explico. El hecho de que un personaje protagonista posea todo tipo de poderes y ninguna debilidad termina por destruir las posibilidades narrativas del resto de personajes, tanto humanos como vampiros. Es por eso que era necesario terminar con su forma divina. El problema es que la forma de hacerlo ha sido, por así decirlo, un tanto cristiana: su sacrificio para que el resto de su especie pueda vivir, en un plano que parece una macabra representación de Cristo en la cruz, lo devuelve a su estado natural, buscando desde entonces redimir sus actos previos.

En cualquier caso, el verdadero punto débil de esta temporada han sido las tramas secundarias y la forma de afrontar los conflictos de los personajes menos relevantes. Más allá de la muerte de uno de ellos, que supone un cierto punto de inflexión en el futuro desarrollo de la serie, el resto de nudos argumentales no aportan nada, o casi nada, al desarrollo de la serie. Todo lo relacionado con los hombres lobo y los cambiantes queda aquí aparcado, pero como los personajes no pueden desaparecer se les sitúa en medio de una historia un tanto peregrina. Desconozco si esto ha sido por influencia de los libros en los que se basa o por falta de ideas, pero su inclusión deja que desear. Sobre todo porque son historias autoconclusivas que no llevan a ninguna parte, salvo tal vez a encontrar una justificación para ese pequeño epílogo final del episodio 10 en el que, a ritmo de ‘Radioactive’ del grupo musical Imagine Dragons, se ofrece el futuro más inmediato de la séptima temporada: ahora hay vampiros sanos y vampiros infectados con el virus desarrollado en ese campo de concentración, estos últimos mucho más peligrosos y sanguinarios.

Personalmente, esta sexta temporada de True Blood creo que está entre las mejores de toda la producción, principalmente porque retoman el conflicto original entre humanos y vampiros desde un punto de vista racial. El hecho de que las historias secundarias resulten algo flojas respecto al resto no debería ser un impedimento para disfrutar de estos 10 capítulos. Además, el futuro de los personajes se antoja muy interesante con esa nueva plaga de vampiros infectados y la situación social de cada uno de los personajes, alguna realmente novedosa. Y aviso para navegantes: aquellos que crean que el vampiro de Skarsgård ha muerto, una frase de Brian Buckner (Friends), showrunner de la serie: “No voy a sacar a Alexander Skarsgård de los salones de la gente”.

La religión y el fanatismo, pilares de la sangrienta 5ª T de ‘True Blood’


Stephen Moyer, en la última escena de la quinta temporada de 'True Blood'.Han pasado cinco temporadas, pero aquel primer capítulo en el que los seguidores de True Blood descubrían a una joven capaz de leer la mente que se enamoraba de un vampiro después de que estos se dieran a conocer parece muy, muy lejano. Tanto, que ahora se antoja hasta inocente. Desde entonces no solo han evolucionado los personajes principales, algunos de forma harto vertiginosa, sino que el mundo de humanos y vampiros se ha complicado hasta límites insospechados. Demonios, fantasmas, hombres lobo, hombres pantera, cambiantes, hadas, … La verdad es que pocas criaturas quedan por explorar ya en esta adaptación de las novelas de Charlaine Harris escrita por Alan Ball (American Beauty). Con todo, no es eso lo más llamativo de esta quinta temporada sino, una vez más, el trasfondo de crítica social que se realiza a través de la ciencia ficción, la violencia y la sangre, sobre todo la sangre.

En cierto modo, el desarrollo dramático de esta quinta temporada es muy coherente con lo acontecido en años anteriores. Si durante los capítulos previos se han abordado temas como la intolerancia religiosa, el racismo, la lucha de clases o, incluso, la paternidad no deseada (al modo vampírico, claro está), en estos nuevos 12 episodios tocaba afrontar tal vez uno de los aspectos sociales más polémicos de la historia: la interpretación religiosa del mundo. Y si el espectador ya conocía más o menos como funcionaba el mundo de estos muertos en vida (con sus áreas, zonas, shérifs, reyes y autoridades), ahora descubre con cierto regocijo que poseen algo que les acerca a su pasada humanidad: el conflicto religioso entre los creyentes en un ser creado a imagen y semejanza de Dios (quien, por cierto, es vampiro también), llamados “sanguinistas”, y aquellos que abogan por unificar a los seres humanos y a los chupasangre bajo un parapeto de igualdad y tolerancia.

Un conflicto, como decimos, tan humano que puede hacer pensar en estar viendo más un estudio sobre las interpretaciones tan opuestas de un mismo concepto que una serie sobre vampiros y otras criaturas sobrenaturales. Esto, claro está, ocurre solo en los instantes, pocos la verdad, en los que la sangre y la brutalidad no hacen acto de presencia. Sería injusto no reconocer a True Blood el carácter transgresor, ya desde sus impecables títulos iniciales (que tras todas estas temporadas no han cambiado), pero igual de injusto es no aceptar que esta última temporada es, de lejos, la más violenta de las cinco. Baste como ejemplo el final de la temporada, con un Bill Compton (de nuevo el taciturno Stephen Moyer) resurgiendo de un charco de sangre y dispuesto a matar a todo lo que se le ponga por delante, como podéis ver en la imagen.

Una evolución exigente

No cabe duda de que la serie protagonizada por Anna Paquin (Una historia de Brooklyn), quien en esta ocasión parece ceder algo de protagonismo en favor del desarrollo de los personajes vampíricos, está teniendo un crecimiento casi tan extraño como su propia temática. Con la aparición de nuevos personajes y de nuevas criaturas, así como con el descubrimiento de nuevos secretos, el espectador se sumerge cada vez más en un mundo incomprensible si no se accede a él con la mente total y absolutamente abierta. Los prejuicios deben quedar en otra habitación antes de ver siquiera el primer plano. De lo contrario, el producto tiende a generar algo de rechazo, tanto por su violento contenido como por los saltos narrativos entre capítulos que generan algo de confusión.

¿Cuál es el resultado de todo esto? Simplemente, la sensación de estar asistiendo a un espectáculo esperpéntico, a medio camino entre la comedia y el drama, entre el terror y el gore, que puede desenganchar a aquellos menos fieles. Esto no implica que la serie esté reduciendo su calidad, ni mucho menos. La factura técnica ha mejorado notablemente gracias a esa incorporación de nuevas criaturas. Los actores, por su parte, afrontan en esta quinta temporada unos cambios de registro realmente complejos con una naturalidad difícilmente igualable (sobre todo Moyer y Alexander Skarsgård). Y las diferentes tramas secundarias están, en general, resueltas de forma sólida. Todo ello convierte a esta, por ahora, última temporada en una digna sucesora de las anteriores entregas. Y aunque puede no llegar en su desarrollo al nivel que alcanzaron otras temporadas, su abrupto e inesperado final deja la puerta abierta a un desarrollo totalmente diferente en el que el protagonista principal, el “bueno” de la película, tiene todas las papeletas para haberse convertido en el próximo villano a derrotar, por no hablar de los cambios en personajes tan relevantes como el de Tara (Rutina Wesley), quien afronta una nueva naturaleza.

Como contrapunto a este aspecto sangriento, Alan Ball ironiza acertadamente con el aspecto religioso del conjunto, considerando a Salomé (sí, aquella que pidió la cabeza de Juan Bautista) como una antigua vampiresa, a Jesucristo como un hippie, o la visión de Dios como el efecto de ingerir una droga, en este caso sangre vampírica. Incluso pone sobre la mesa la existencia de una Biblia vampírica que alienta a los vampiros a alimentarse de forma descontrolada de los humanos. Son estos, y algunos otros aspectos, los que confieren al final ese grado humorístico que ayuda a digerir los numerosos frentes abiertos que se crean, y algunos de los cuales seguirán así en la sexta temporada.

De este modo, True Blood es, en su quinta temporada, todo un festín para los fans del fantástico en general y de la serie en concreto, pero también supone una reflexión irónica y mordaz de unos conflictos religiosos que, como se deja entrever a lo largo de sus capítulos, resulta inofensiva y hasta ridícula hasta que el fanatismo toma el control, desbocándose hacia una guerra abierta que solo trae locura y muerte. Dos conceptos, por cierto, que parecen sentar las bases de la trama de la próxima entrega.

‘El caballero oscuro: La leyenda renace’ eclipsa los estrenos


Hace un par de semanas, cuando llegaba a las pantallas españolas The amazing Spider-man, hubo estrenos de lo más variado con nombres y propuestas interesantes que quedaron eclipsadas por la magnitud del evento cinematográfico. Ahora vuelve a producirse un fenómeno similar, es decir, el 20 de julio llega con varios títulos interesantes, pero el caballero oscuro de DC acapara todos los focos.

Y es que la nueva entrega de Batman no es cualquier cosa. Supone el broche de oro a una trilogía que ha revolucionado la forma de entender el cine de superhéroes y, de algún modo, la narrativa cinematográfica moderna. El caballero oscuro: La leyenda renace supone una continuación en toda regla de los acontecimientos narrados en El caballero oscuro (2008), en el que Batman se autoinculpaba de un asesinato. Ocho años después, el superhéroe de Gotham se ve obligado a abandonar su retiro por la presencia de una nueva amenaza que responde al nombre de Bane, que busca utilizar la ciudad como base de operaciones para organizar el crimen de todo el mundo. Los principales responsables repiten: Christopher Nolan (Memento) en la dirección, Christian Bale (El imperio del sol), Michael Caine (Hijos de los hombres), Morgan Freeman (Invictus), Gary Oldman (El libro de Eli),Liam Neeson (Sin identidad) y Cillian Murphy (Luces rojas), a los que se suman Tom Hardy (El topo) como el villano, Anne Hathaway (Amor y otras drogas) como Catwoman, Marion Cotillard (Pequeñas mentiras sin importancia), Joseph Gordon-Levitt (G. I. Joe) y Matthew Modine (La isla de las cabezas cortadas).

Pero más allá de la superproducción llamada a ser título importante del año, la oferta cinematográfica se completa con El irlandés, cinta escrita y dirigida por John Michael McDonagh en lo que representa su debut en el largometraje. Protagonizada por Brendan Gleeson (Escondidos en Brujas) y Don Cheadle (Hotel Rwanda), esta comedia negra que se mezcla con el thriller narra la historia de un policía de un pueblo de Irlanda cuya máxima afición son las prostitutas. Su actitud despreocupada y su carácter conflictivo harán que no preste atención a la llegada de un agente del FBI para desarticular una red de tráfico de drogas, al menos en un primer momento. Liam Cunningham (El viento que agita la cebada) y Mark Strong (Red de mentiras) son otros rostros que completan el reparto.

Los amantes de las historias más dramáticas tienen una buena propuesta con Margaret, lo nuevo de Anna Paquin como protagonista en el cine entre mordisco y mordisco de la serie True Blood. Escrita y dirigida por Kenneth Lonergan (Puedes contar conmigo), la trama gira en torno a la madurez y los caminos que toma la vida, tan diferentes a lo que imaginamos siendo jóvenes. El resto del reparto es realmente inspirador: J. Smith-Cameron (In & Out), Mark Ruffalo (Los Vengadores), Jean Reno (Todo incluido), Kieran Culkin (Scott Pilgrim contra el mundo), Matthew Broderick (Godzilla) y Matt Damon (Infiltrados) entre muchos otros.

Ya desde Europa, y más concretamente desde España en coproducción con Inglaterra, llega una película del 2010, Mr. Nice, biopic de Howard Marks, un hombre que llegó a lo más alto en su carrera profesional (físico nuclear, contactos con agencias de inteligencia y espionaje, empresas por todo el mundo, …) y que se convirtió en el mayor traficante de marihuana del mundo. Dirigida por Bernard Rose (Amor inmortal), esta comedia está protagonizada por rostros muy conocidos del panorama cinematográfico ingles y español, entre los que se dejan ver estrellas estadounidenses: Rhys Ifans (Anonymous), Chloë Sevigny (Zodiac), David Thewlis (Siete años en el Tíbet), Luis Tosar (Mientras duermes), Crispin Glover (Regreso al futuro) y Elsa Pataky (Serpientes en el avión) son algunos de ellos.

Otra producción española (esta vez en solitario) del 2010 también llega a las pantallas. Se trata de Desechos, escrita y dirigida por David Marqués, el de Aislados. La historia de esta comedia aborda una problemática muy actual: dos amigos que pasan por una mala situación económica por culpa de la crisis deciden alquila una habitación. El problema es que solo tienen dos, por lo que adaptan un armario empotrado como si de un tercer dormitorio se tratara. A pesar del rechazo de muchos interesados, un extraño personaje aceptará dormir en ese minúsculo espacio y les propondrá, además, un plan para mejorar su situación económica. Los amigos son Adrià Collado y Eric Francés, actores habituales del director, mientras que el inquilino tiene los rasgos de Fernando Tejero (Cinco metros cuadrados). Además, Guillermo Toledo (Crimen ferpecto), Antonia San Juan (Todo sobre mi madre), Fele Martínez (Tesis) y Antonio Pagudo (El síndrome de Svensson) completan el reparto.

Los estrenos se completan con la producción rusa Elena, lo nuevo de Andrey Zvyagintsev (El regreso), un intenso drama en el que una pareja de ancianos, cada uno con un hijo de otro matrimonio, ve como cambia su mundo cuando el marido sufra un infarto. Un momento de ternura con su hija, que mantiene una distancia considerable con su padre, llevará al hombre a tomar la decisión de dejarle todos sus bienes en herencia. Elena, la mujer, cuyo hijo se encuentra en el paro y no es capaz de mantener a su familia, elaborará un plan para que a su familia no le falte de nada. Nadezhda Markina (Svadba) y Andrey Smirnov (Persona non grata) interpretan a la pareja de ancianos, mientras que Elena Lyadova (Buben, baraban) y Aleksey Rozin (Sobiratel pul) dan vida a los hijos.

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