Una espiral innecesaria alarga la 3ª T. de ‘El cuento de la criada’


Las producciones futuristas, distópicas o visualmente espectaculares tienen que luchar contra algo que otro tipo de historias no tienen, y es superar el impacto visual inicial. Ya sea una serie de películas o en una serie, una vez asumida esa primera impresión lo único que queda es la historia, y si esta es endeble, nos encontramos ante una ficción inaguantable. Esto no es exactamente lo que le ocurre a la tercera temporada de El cuento de la criada, pero esta serie creada por Bruce Miller (En manos del asesino) a partir de la novela de Margaert Atwood presenta en esta tanda de episodios varios problemas muy relacionados con eso, alargando la trama de forma innecesaria y, lo que es más importante, desconectando al espectador con ese universo tan único que ha creado esta ficción.

Pero vayamos por partes. El planteamiento de estos 13 capítulos se mantiene intacto respecto a la anterior temporada, es decir, la premisa básica sigue siendo la lucha de la protagonista en un mundo en el que las mujeres se consideran… bueno, desde luego no iguales a los hombres. Su arranque exactamente en el mismo momento en que termina la anterior etapa plantea la idea de desarrollar la lucha de un modo mucho más directo, boicoteando desde dentro el funcionamiento de una sociedad podrida por unos valores tan hipócritas como retrógrados y machistas. Y si atendemos a esto, en esta ocasión la trama avanza y crece de forma notable, situando a los personajes al final del episodio final en una posición muy diferente a la que tenían al inicio, no digamos ya al comienzo de la primera temporada. Teniendo todo esto en cuenta, es importante analizar ese viaje a lo largo de todo el arco dramático, y es aquí donde flaquea.

Sea cual sea el motivo, lo cierto es que El cuento de la criada, en esta tercera entrega, da vueltas sobre el mismo concepto una y otra vez sin desarrollar consecuencias claras hasta el tercio final de la temporada. La lucha de la protagonista, una Elisabeth Moss (The old man & the gun) que, por cierto, no parece encontrar del todo la esencia del personaje que sí se vio en las anteriores temporadas (y no es responsabilidad suya, sino del guión), se vuelve cada vez más evidente, con unos efectos mucho más notables y visibles. Pero es una lucha que parece volver en cada episodio al punto de partida, como si a los responsables del desarrollo argumental les diese miedo entregarse a las consecuencias de estos actos de la heroína. Dicho de otro modo, a pesar del impacto en esta sociedad distópica, las acciones y decisiones de la protagonista nunca parecen lograr el efecto deseado, pero tampoco provocan una reacción en su contra. Nadie parece sospechar nunca de ella, y aquellos que la identifican parecen querer protegerla a pesar de creer firmemente en el sistema. Son todas ellas decisiones argumentales que, aunque comprensibles hasta cierto punto, carecen de una justificación clara.

Todo ello hace que la trama se desarrolle de forma artificial. Los pasos que da, los puntos de giro que plantea, no son regulares, y en algunos casos se podrían cuestionar mucho los motivos para incluirlos en la historia. Sobre todo por las bases argumentales que plantea la serie. Suele decirse que, incluso la producción más fantástica que pueda imaginarse, debe ajustarse a sus propias leyes para mantener una coherencia. Por eso resulta poco creíble que la espiral cada vez mayor de acciones por parte de la protagonista no llegue nunca a descubrirse de forma generalizada en una sociedad férreamente vigilada por un cuerpo de seguridad que tiene “ojos” por todas partes. Sea como fuere, esto ralentiza sobremanera el desarrollo de la trama principal, alargando innecesariamente unos acontecimientos que posiblemente podrían haberse narrado en la mitad de tiempo y que podrían haber permitido a esta temporada llegar algo más lejos en esta lucha.

Criminales de guerra

Curiosamente, lo más interesante de esta tercera temporada de El cuento de la criada se halla en sus secundarios, o mejor dicho en el matrimonio interpretado por Yvonne Strahovski (Predator) y Joseph Fiennes (Resucitado). La evolución de estos antagonistas, con el poder y la obsesión por su hija como principales motores dramáticos, no solo es espléndida, sino que tiene un final que abre todo un abanico de posibilidades de marcado contenido social y político, con esa declaración de criminales de guerra como telón de fondo. De su mano llegan algunos de los mejores momentos de la temporada, como esa visita a Washington (y los símbolos de esta nueva sociedad que se presentan en pantalla) o las visitas de Strahovski a su pequeña, todo un arco argumental en sí mismo que deriva posteriormente en lo que deriva. Más allá del devenir de la protagonista, son ellos los que hacen avanzar la historia, convirtiéndose así en los impulsores de la trama que discurre paralela a la protagonizada por Moss.

Es importante señalar que estos episodios tienen también unos efectos colaterales a tener en cuenta. Por un lado, varios personajes secundarios simplemente desaparecen de la trama, algunos de ellos con una presencia notable en las anteriores temporadas, como es el caso del rol de Max Minghella (En el bosque). Su historia, solventada de un modo cuanto menos apresurado, se ha convertido no ya en un recurso a utilizar cuando sea conveniente, sino en un vago recuerdo, cuando su papel en toda esta trama ha sido, y podría continuar siendo, bastante relevante. Y como él, muchos otros personajes parecen haber perdido relevancia. Pero por otro, han surgido en su lugar nuevos roles que aportan a la historia algo de profundidad dramática, política y social. Sin ir más lejos, el interpretado por Bradley Whitford (Los archivos del Pentágono), toda una muestra de que la visión mostrada hasta ahora en la serie puede tener muchos matices para enriquecerse. Su complejidad y su culpa abren un nuevo panorama dentro del tratamiento de este universo conservador y machista.

A este respecto cabe señalar que, y eso es un importante acierto de la serie, la carga política, social y moral crece exponencialmente en este arco argumental. Independientemente del tratamiento de las tramas, cada capítulo muestra la decadencia de una sociedad en la que las mujeres están condenadas a un segundo plano, a ser esclavas, sirvientas, objetos sexuales, … Pero también ahonda en cómo cada personaje asume su rol en este contexto, desde las propias criadas, algunas extrañamente solícitas, hasta las mujeres de los mandamases, pasando por los propios líderes y el resto de secundarios importantes de la trama. Y a todo ello se suma, en esta ocasión, un importante desarrollo del aspecto político, tanto interno (con las cábalas de un Estado para tomar decisiones que beneficien a sus intereses de dudosa moral) como externo, con la ya mencionada relación con los países limítrofes y el efecto en el matrimonio Waterford.

Todo ello, a priori, debería convertir a esta tercera etapa de El cuento de la criada en una mejor tanda de episodios que sus predecesoras, y desde el prisma sociológico así es. El problema radica en su forma, en el desarrollo argumental de una trama principal que parece enrocarse en sí misma para alargar innecesariamente los acontecimientos. El hecho de que, con todo lo que ocurre, nunca haya consecuencias para la heroína a pesar de conocerse su implicación es algo que termina por desgastar la historia, perdiendo interés en lo que pueda ocurrir porque, sencillamente, no llega a ocurrir nada salvo en el tercio final de la temporada. Eso sí, los ganchos del episodio final dejan un planteamiento muy atractivo para la cuarta parte ya confirmada.

La 2ª T. de ‘El cuento de la criada’ desarrolla a los secundarios


Finalmente la segunda temporada de El cuento de la criada no ha logrado llevarse ningún premio en los Emmy de 2018, a pesar de las numerosas nominaciones tanto a la serie como a sus protagonistas. Y lo cierto es que, al menos estos últimos, sí habrían merecido algún reconocimiento en forma de estatuilla tras ver el trabajo realizado en los 13 episodios de esta segunda etapa. Unos episodios que, aunque sientan las bases de lo que parece será un futuro mucho más conflictivo, han tenido un desarrollo algo irregular e incluso irreal, y eso que hablamos de una ficción ambientada en un futuro distópico.

El principal problema de esta trama creada por Bruce Miller (Providence) a partir de la novela de Margaret Atwood es la sensación de estar en un bucle dramático que no solo parece que no acaba, sino que pierde fuerza a medida que se reproduce. Dicho de otro modo, la temporada comienza con un intento de huida de la protagonista interpretada de forma magistral por Elisabeth Moss (serie Mad Men) y termina exactamente igual. Y por el medio, al menos otro intento. Pero siempre se queda en eso, en intentos. Y en algunos casos por motivos que no terminan de encajar en el desarrollo del arco argumental, como si fuera necesario mantener a la protagonista dentro de este mundo religioso, gris y patriarcal para representar la lucha desde dentro contra el orden establecido. Evidentemente, dicha necesidad existe (la serie perdería buena parte de su sentido en caso contrario), pero lo que no es coherente es el modo en que se ha abordado.

Curiosamente, esto tiene varios efectos secundarios distintos según los personajes. La peor parada posiblemente sea la protagonista, en tanto en cuanto su personaje queda algo desdibujado respecto a la primera temporada, sin un rumbo claro que defina su recorrido en la serie. Tan pronto es una luchadora como se vuelve sumisa, como vuelve a enfrentarse a sus captores. Esos cambios, no por casualidad, se identifican con esa sensación repetitiva de la trama. En este sentido, también se difumina ligeramente el rol de Joseph Fiennes (Resucitado), cuya fuerza y amenazadora presencia se revela más bien como una personalidad que solo es fuerte ante aquellos que considera inferiores o ante los que no le plantan cara, aunque lo hace de un modo un tanto ambiguo.

Sin embargo, es el personaje de Yvonne Strahovski (Predator) el que crece de forma exponencial en esta segunda temporada de El cuento de la criada. El rol adquiere una infinidad de matices que enriquecen sobremanera la figura algo unidimensional que pudo verse en los primeros episodios, convirtiendo a esta mujer en una superviviente, en una luchadora no solo externa, sino sobre todo en su fuero interno, en el que sus convicciones y el apoyo a una causa se enfrentan a sus derechos como mujer, a su libertad individual como persona. Esta dualidad queda magistralmente mostrada en los últimos episodios, mutilación incluida, pero es algo que se construye con detalles, con conversaciones y con miradas a lo largo de toda la temporada. A todo ello se suma la impecable labor de la actriz, sin duda el gran atractivo de esta temporada.

La Resistencia toma la calle

Aunque posiblemente esa doble lectura que se aprecia en el tratamiento de personajes se note más en el modo en que se aborda la trama. Ya hemos explicado que, desde el punto de vista de la protagonista, el desarrollo dramático es circular, volviendo siempre al punto de partida por uno u otro motivo, y sin que eso tenga excesivas consecuencias negativas teniendo en cuenta el contexto en el que se producen. Ahora bien, de forma paralela se desarrolla una idea que ya se planteó en la primera temporada y que ahora toma cuerpo de un modo más evidente. Se trata de la red de resistencia que surge en la clandestinidad.

Resulta sumamente interesante estudiar el modo en que este elemento dramático adquiere forma, crece y se consolida en la trama de El cuento de la criada. Para empezar, el tratamiento de la misma cambia, pasando de un activo propio del thriller (se desconoce la identidad de sus miembros, por lo que todos pueden ser amigos o enemigos) a un motor dramático en estado puro. Un atentado, los viajes diplomáticos a otros países, las protestas y la presencia de más y más personas dentro de ese país dominado por el machismo religioso que luchan contra el orden establecido son las pinceladas que hacen avanzar la trama por un sendero algo diferente, más propio de una historia bélica que de un drama de suspense. Sin embargo, por ahora son eso, pinceladas, aunque viendo el modo en que finaliza esta segunda temporada es fácil imaginar que tendrá una mayor continuidad e impacto dentro del desarrollo dramático.

Lo que también deja esta etapa son nuevos elementos que ayudan a comprender lo ocurrido y, sobre todo, la estratificación social tan interesante que plantea la serie. Dicho de otro modo, la ficción ahonda en todo aquello que aporta el contexto, y lo hace integrándolo en la historia de un modo brillante. El funeral y el modo en que las criadas se visten, la boda obligada conjunta, el papel de las mujeres en la sociedad, etc. Incluso explora, aunque de forma algo indirecta, los acontecimientos previos a la creación de ese mundo religioso, la guerra y las víctimas de la misma, continuando de este modo con lo iniciado en la anterior temporada. Es importante comprender que con apenas un puñado de secuencias se puede construir una idea aproximada del pasado de la trama, permitiendo a sus creadores ampliar poco a poco esa idea del futuro distópico que presentan, y permitiendo igualmente introducir el pasado de los personajes, lo que termina por definirles mejor y, en cierto modo, modificar la percepción que el espectador tiene de ellos, a favor o en contra. En este sentido, las secuencias del rol de Strahovski en el pasado y la revelación que se produce en el lugar donde se esconde la protagonista al inicio de la temporada son buenos ejemplos.

Por tanto, lo que nos encontramos en la segunda temporada de El cuento de la criada es un producto que avanza en aspectos secundarios, construyendo un poco más el mundo en el que se desarrolla la historia de la protagonista, pero que se queda bloqueado en una especie de bucle con respecto al personaje de Moss. Esto genera una sensación extraña, a medio camino entre la espléndida ambientación y las ansias por conocer más de ese universo, y la frustración por ver a un personaje luchador dar bandazos en su determinación sin terminar de aprender de sus decisiones, así como la falta de represalias ante unos delitos que en otros casos han costado la muerte. Hay que entender que es la heroína y que su contexto dramático puede ser diferente, pero resulta poco creíble que no llegue a sufrir ni un mísero castigo por sus constantes desafíos. En cualquier caso, la trama sienta los pilares dramáticos de la siguiente temporada, en la que esperemos que tramas principales y secundarias vayan de la mano.

1ª T. de ‘El cuento de la criada’, una colorida distopía gris


Ha sido sin lugar a dudas una de las series de este año 2017. Y méritos no le faltan. The Handmaid’s Tale, o El cuento de la criada en español, la adaptación a la pequeña pantalla de la novela de Margaret Atwood, es un interesante trabajo visual, interpretativo y conceptual, de obligado visionado tanto para estudiantes del lenguaje audiovisual como para aquellos que quieran entender, aunque sea mínimamente, cuáles pueden ser los sentimientos de la mujer en una sociedad dominada por los hombres. Y aunque es evidente que esta distopía no deja de reflejar una situación llevada al extremo, este tipo de historias siempre suelen reflejar aspectos de la sociedad actual, lo que añade un elementos realmente inquietante a la trama de esta primera temporada de 10 episodios creada por Bruce Miller (serie Los 100).

Una trama que comienza cuando una mujer es capturada para convertirse en criada de un matrimonio. Lo que comienza siendo un acto atroz pronto se desvela simplemente como el comienzo de algo más brutal. Y es que en un futuro la Humanidad se ha vuelto estéril, y solo un grupo de mujeres son fértiles. En este contexto, la sociedad norteamericana ha sido tomada, en su mayoría, por una autocracia religiosa que somete a las mujeres a diferentes tareas; la de las criadas contempla, entre otras cosas, la de tener hijos para los líderes de la comunidad, que una vez al mes las violan bajo la excusa de realizar un rito contenido en las escrituras. La serie se centra en la historia de una de estas criadas.

Si el argumento de The Handmaid’s Tale ya es de por sí sumamente interesante, lo más llamativo, y al mismo tiempo más sutil, es el tratamiento visual de esta sociedad. Basado en un código de colores, el lenguaje visual utilizado explota al máximo las posibilidades expresivas de dicho código. Planos cenitales que muestran cómo el rojo de las criadas se mueve en bloque; movimientos de cámara que combinan rojo, verde, gris y negro de un modo casi armónico; y así sucesivamente. Sin embargo, lo más llamativo es que toda esta gama cromática se muestra ante el espectador de un modo apagado, sin el brillo que cabría esperar y siempre con una tonalidad gris en el ambiente, cuando no directamente oscura. Este contraste de colores vivos con la frialdad y la tristeza que transmiten los tonos grises viene a reflejar, en última instancia, el contraste interno de una sociedad presuntamente ordenada en la que las mujeres son sometidas, en la que la apariencia de felicidad y tranquilidad esconde una verdad mucho más atroz. En definitiva, el contraste que esconde una distopía.

La combinación de la apuesta visual con el contenido dramático de esta primera temporada conforma un todo extraordinario. Y es que más allá de la fuerza narrativa, el trasfondo de la serie es sin duda uno de los elementos más perturbadores de la pequeña pantalla. No me refiero tanto al diseño de la sociedad en sí; ni siquiera a la influencia religiosa o a determinados momentos de la trama, como aquellos en los que se planean los atentados terroristas que dieron lugar a esa nueva sociedad. No, lo perturbador es cómo todo ello no deja de ser una excusa para someter a las mujeres, para violarlas y utilizarlas como complace a los hombres, algunas para tener hijos, otras para ser sus cocineras, sus siervas o sus esclavas. Escenarios como el burdel al que solo tienen acceso los hombres y, sobre todo, el modo en que se va descomponiendo la careta de perfección de muchos personajes son sin duda los mayores hallazgos del relato.

Actrices y actores ante todo

Claro que todo ello no sería lo mismo sin un reparto en estado de gracia. Sobre todo de unos secundarios que sostienen, en buena medida, todo el contexto político, social y religioso que convierte a The Handmaid’s Tale en lo que es. Curiosamente, tanto Elisabeth Moss (serie Mad Men) como Joseph Fiennes (Hércules) resultan los menos atractivos del conjunto, al menos analizados de forma separada. Ella se convierte en el vehículo narrativo para exponer el mundo en el que vive, mientras que él representa, con todos sus matices, los contrastes de esa sociedad distópica, que se muestra de un modo pero que, de puertas adentro, es de otro totalmente diferente. Sin embargo, los momentos que ambos comparten juntos se convierten en los más reveladores del relato, evidenciando que ambos roles se necesitan el uno al otro no solo para crecer dramáticamente, sino para establecer la dinámica que necesita la serie.

Asimismo, es importante señalar el uso de la narrativa paralela que se establece con la voz en off del personaje de Moss. A través de esta especie de proyección de sus pensamientos sobre los acontecimientos que vive el espectador se adentra no solo en su personalidad, sino en el corazón de una sociedad corrupta, lo que ayuda a comprender mejor la dinámica de clases y la hipocresía de los líderes.

Mencionaba antes a los secundarios. En verdad, todos ellos son capaces de componer, por un lado, un mosaico clasista bajo un código de colores que enriquece la ya de por sí interesante historia del personaje de Moss. Pero es que, además, cada uno de forma individual define maravillosamente el estamento al que pertenece y los contrastes que en él se producen a medida que avanza la trama. Desde Yvonne Strahovski (serie Dexter) hasta Max Minghella (Ágora), todos los personajes son un reflejo de los debates morales y éticos que provoca la doble vara de medir de una sociedad creada solo para el dominio del hombre sobre la mujer. En este sentido, resulta especialmente destacable la labor de Madeline Brewer (serie Orange is the new black), cuyo rol como criada llevado a sus últimas consecuencias se puede considerar el detonante de un futuro apasionante para esta serie. La evolución de este rol es cuanto menos aplaudible, y desde luego es un modelo en el que fijarse para crear y hacer evolucionar un personaje.

No cabe duda de que The Handmaid’s Tale es una de las series del año, y si se mantiene el tono dramático y visual de esta primera temporada, terminará siendo una de las producciones más complejas e interesantes de los últimos años. Todo indica que así va a ser, pues el final de estos primeros 10 capítulos deja abiertas las líneas argumentales necesarias para desarrollar lo que cabe esperar de una historia como esta, es decir, profundizar más en las miserias y corruptelas de un sistema social y político aparentemente perfecto, y desarrollar la rebelión de estas criadas que una vez al mes son violadas para intentar dejarlas embarazadas. Una serie con muchas capas, a cada cual más compleja, que crean una historia capaz de atrapar al espectador en un mundo tan increíble como plausible.

3ª T. de ‘The Leftovers’, o cómo concluir sin dar demasiados detalles


Hay producciones que parecen prefabricadas por un programa informático. Otras tratan de aprovechar el tirón de algún otro producto de éxito. Y otras sencillamente son tan extrañas que en ocasiones hay que hacer un notable esfuerzo para comprender lo que se está contando. The Leftovers ha pertenecido a esta última categoría. La serie basada en la novela de Tom Perrotta y adaptada a la pequeña pantalla por Damon Lindelof (serie Perdidos) es una de esas producciones que, por su temática y su tratamiento, pueden generar casi tanta locura como la que se narra en su argumento. Su tercera y última temporada, sin embargo, ha optado por una narración algo más lineal, más coherente, tratando de dar un broche final adecuado a lo visto en estos casi 30 episodios.

Personalmente creo que lo consigue. En apenas 8 episodios esta etapa final da rienda suelta a algunos de los aspectos más importantes de la trama, entre ellos el religioso, el fanático y, sobre todo, las desapariciones de esos millones de personas que han sido el impulso dramático de la serie durante toda su duración. Y para poder explicarlo Lindelof y Perrotta optan por un tratamiento más clásico, con un desarrollo más lineal, sin demasiados saltos temporales ni apariciones y desapariciones de personajes en la escena. La historia, por resumir, se centra por completo en los personajes de Justin Theroux (La chica del tren) y Carrie Coon (Perdida), y lo hace no solo para encontrar una justificación a su trama, sino porque sobre sus hombros carga el verdadero significado y la moraleja de toda esta compleja historia.

En realidad, ambos personajes vienen a representar los dos grandes aspectos dramáticos de The Leftovers a lo largo de estas tres temporadas. Por un lado, la angustia existencial que generan las preguntas “¿por qué yo?” y “¿a dónde fueron?” los desaparecidos. Y al menos una de ellas sí encuentra respuesta, de ahí que el final de esta serie genere una satisfacción incompleta. En efecto, esta tercera temporada desvela qué ha ocurrido con aquellos que desaparecieron hace tantos años. A través de un final brillante que intercala imágenes y relato oral, el último episodio se convierte en una especie de epílogo, en la clásica conclusión que cierra la historia de los personajes años después, cuando todo lo relevante ha ocurrido sin necesidad de mostrarse en pantalla. Ese paso del tiempo, unido a la intensidad dramática habitual en la serie y al carácter del otro pilar argumental de la serie, genera un caldo de cultivo perfecto para aclarar buena parte de las ideas planteadas hasta ese momento en apenas unos minutos de metraje, evitando de este modo posibles complicaciones futuras con nuevas tramas en hipotéticas nuevas temporadas.

Y esto es algo relevante. Uno de los principales problemas que ha tenido la serie, y del que tampoco termina de librarse en su tercera entrega de episodios, es la falta de peso dramático de secundarios que, a priori, deberían de tener algo más de interés. Los hijos del personaje de Theroux son un buen ejemplo. Sus historias, aunque con conexiones con la trama principal, han sido demasiado independientes, lo que ha llevado en ocasiones a abandonar sus historias durante varios episodios para centrar el desarrollo en los protagonistas o en otros secundarios. La tercera temporada, en este sentido, directamente opta por dejar su presencia en este universo a una mera referencia residual, lo cual por otro lado aporta un mayor interés y dinamismo al conjunto. Y como ellos, varios secundarios más que no han terminado de cuajar en el extraño puzzle que es esta serie, aportando si cabe más complejidad y originalidad al conjunto pero complicando la comprensión de esta elaborada historia con un final relativamente simple.

El nuevo mesías

El otro gran elemento dramático es la religión. O mejor dicho, el fanatismo en todas sus formas. Y si bien este aspecto toma como epicentro el rol de Theroux, en realidad es algo muy presente en prácticamente todos los personajes que le rodean. Aunque ha sido el argumento de fondo para prácticamente toda la serie, con la secta o el personaje de Christopher Eccleston (Amelia) como recordatorios constantes, lo cierto es que en esta última temporada de The Leftovers adquiere ya una dimensión casi bíblica, toda vez que el protagonista se convierte, o más bien le convierten, en una especie de mesías capaz de resucitar y de guiar los pasos de la sociedad después del incidente.

Bajo este prisma pivota todo el desarrollo dramático de la serie, integrando en él a la perfección el otro gran pilar narrativo casi como un complemento necesario para aportar globalidad de conjunto. El final, sin ir más lejos, es el colofón a esta unión de contenidos, tanto por el hecho de que los dos personajes representan esas bases dramáticas como porque tiene como telón de fondo, al menos durante un tiempo, una boda, lo cual no es algo casual. Como toda buena conclusión, los aspectos que se habían ido planteando a lo largo de la trama tanto en el aspecto religioso como en el existencial tienen su resolución en esta temporada, algunos mejor tratados que otros, pero cerrando un ciclo de forma sólida y compacta.

Cosa muy distinta es que se queden algunas preguntas sin respuesta que, en el fondo, no impiden la comprensión de lo ocurrido. La principal sin duda es el motivo de las desapariciones. En efecto, se da respuesta a prácticamente todo menos al ‘por qué’, a ese motor dramático de la historia. Y aunque parezca contradictorio, esto en realidad tampoco es un obstáculo para entender, interpretar o disfrutar de la serie, al contrario, aporta más misterio y envuelve el modélico final en un halo de misterio que genera más interés si cabe en ese diálogo final entre los dos protagonistas. Con todo, este tratamiento dividido en dos partes también provoca cierta incongruencia dramática al introducir personajes secundarios algo innecesarios, y centrar en exceso la atención en ellos, en su pasado y en sus motivaciones. Da la sensación de haber querido contar una historia nueva con los mismos protagonistas pero otros secundarios que, al mismo tiempo, pudiera continuar la trama previa. Una combinación peligrosa que sale bien, pero que deja algunos momentos algo innecesarios.

Sea como fuere, la realidad es que The Leftovers finaliza como debería terminar cualquier serie. Su tercera y última temporada es el broche perfecto a un tratamiento atípico de la trama, a una narrativa quebrada en casi todos sus episodios, capaz de poner el foco en uno u otro personaje sin miedo a perder la coherencia o la atención del espectador. Si bien estos últimos 8 capítulos presentan un formato más tradicional (entendido esto dentro de lo que ha sido esta serie, claro está), lo cierto es que deja espacio siempre para jugar con la inteligencia y la perspicacia del espectador. Casi olvidándose de secundarios innecesarios, sus responsables optan por centrarse en los protagonistas para dar salida a una compleja trama, y lo consiguen con creces, conformando una serie tan misteriosa como interesante, tan dramática como compleja. Un producto dramático atípico muy a tener en cuenta.

‘The Leftovers’ opta por el cariz más humano y comprensible en su 2ª T


'The leftovers' aborda la pérdida de los seres queridos desde otro punto de vista en su segunda temporada.La primera temporada de The Leftovers dejó claras dos cosas: que la serie era una de las propuestas más originales y frescas de esa temporada, y que su misterio y el drama de los personajes hacían incomprensibles muchos de los momentos que se vivían en la trama. Pero una vez superado el choque inicial, la producción creada por Damon Lindelof (serie Perdidos) y Tom Perrotta (Juegos secretos) ha entrado en un desarrollo más coherente, más centrado en el presente de los personajes y no en sus consecuencias emocionales a raíz de la masiva desaparición de personas cuya explicación, por cierto, todavía tardará en conocerse.

La segunda temporada, de nuevo con un desarrollo en 10 episodios, tiene un arranque tanto o más sorprendente que el episodio piloto. Y aunque lo que podríamos considerar el primer acto del arco dramático posee una estructura algo inconexa, con saltos en el tiempo y personajes que en principio tienen poco o nada que ver entre ellos, el posterior avance de la trama no hace sino confirmar que esta etapa no solo es diferente, sino que resulta incluso más interesante. Y lo es porque, a pequeña escala, el espectador es capaz de vivir en primera persona la frustración y el miedo de una familia ante la desaparición de su hija.

Es este elemento uno de los que mejor pueden definir The Leftovers en su segunda parte. La serie opta por dejar a un lado ese carácter reflexivo e introspectivo que tanto caracterizó a la primera temporada para convertir el relato en una lucha constante entre el carácter violento y primario del ser humano y su comportamiento en sociedad. Con ese escenario idóneo llamado ‘Miracle’ (Milagro), Lindelof y Perrotta exploran todas las posibilidades de un pueblo “tocado” por Dios para salvarle de la desaparición masiva de personas. Eso, unido al carácter agnóstico del personaje de Kevin Carroll (Margaret), genera toda una corriente narrativa diferente, más dinámica y, en cierto modo, más interesante. La desaparición de su hija es, desde luego, el detonante de toda la trama, pero antes incluso se pueden percibir ciertos detalles sobre el carácter del personaje.

Aunque desde luego la muestra más evidente del cambio de estilo narrativo y conceptual es la secta Remanente Culpable. De blanco, fumadores y en completo silencio en la primera temporada, en esta segunda etapa, y con Liv Tyler (Un amigo para Frank) como principal rostro, modifican su comportamiento hacia un grupo más activo, más agresivo, y desde luego no tan silencioso. Algo que ya se pudo prever al final de la etapa anterior, que no por casualidad es similar al de estos 10 nuevos episodios, y que reflejan la dualidad de toda la serie en general entre el pacifismo y la guerra, entre el carácter calmado y reflexivo y la violencia que siempre representa el uso de la fuerza para lograr lo que se quiere. Que el cambio en esta secta sea algo positivo o negativo es cuestión de opiniones, pero a tenor de la evolución de la serie parece lógico pensar que ha sido para mejor.

Los del más allá

Ahora bien, este cambio no impide que The Leftovers siga teniendo un componente intrínsecamente intimista y reflexivo. El papel de Justin Theroux (Sácame del paraíso), cada vez más sólido como protagonista, mantiene su definición silenciosa, construida a base de miradas y de sentimientos reprimidos no solo hacia los que le rodean, sino incluso hacia aquellos que parecen conocerle mejor ya que, en esta ocasión, están dentro de su cabeza. El hecho de que este personaje ocupe, en cierto modo, el papel que tuvo su padre en la primera temporada, le hace evolucionar y abre la puerta hacia aspectos ignotos de este mundo tan peculiar como fascinante creado por Lindelof y Perrotta.

Es más, es gracias a él que la trama empieza a explicar algunos aspectos. O al menos, a eliminar posibilidades. El viaje que realiza el protagonista al más allá, original como pocos y desde luego una ruptura narrativa sumamente atractiva, deja algunas respuestas a preguntas cómo dónde están los desaparecidos o qué ocurre con determinados personajes. Claro que, al mismo tiempo, genera muchas otras incógnitas. Estos pocos episodios ambientados en un hotel, unidos a la estructura dramática del resto de la trama, más lineal y coherente, convierten a esta nueva etapa en un soplo de aire fresco, más interesante si cabe que la anterior y, a todas luces, más completa y compleja.

Aunque de nuevo, lo más interesante que deja esta temporada es el final o, mejor dicho, el futuro. Porque si el desarrollo, con clara influencia del cine negro y del suspense, deja al espectador con la sensación de comprender mejor lo que ocurre en ese pueblo salvado de las desapariciones, el final del último episodio abre un camino tan interesante como impredecible. Lejos de generar un gancho que deje a los espectadores expectantes ante el futuro incierto de los personajes, la serie opta por romper con el orden establecido durante todos los episodios (algo para lo que realmente nos preparan durante todos los episodios, aunque eso se comprende a posteriori), lo que en última instancia provoca un sentimiento contradictorio y una incertidumbre acerca del siguiente paso en el viaje de los protagonistas. En efecto, no es un gancho, pero su influencia puede ser mucho mayor.

El resumen más sencillo podría ser que The Leftovers mejora en todos los aspectos durante su segunda temporada. Menos aséptica narrativamente hablando, más emocional y visceral, la trama se nutre con personajes más mundanos y mucho menos reflexivos, pero no deja en ningún momento el espíritu que la convirtió en la revelación que fue en su primera temporada. Lo cierto es que sí, estos episodios ofrecen más en todos los sentidos, y lo hacen cambiando ligeramente algunas de sus máximas formales. Pero esta segunda etapa es mucho más. Es una continuación más que notable, y es la llave de un futuro que se antoja, al menos, atractivo. De mantener este camino podríamos estar ante una de las producciones más originales y diferentes de la televisión actual.

‘Olive Kitteridge’, reflexión humana a través de la vida de una mujer


Frances McDormand y Richard Jenkins forman el matrimonio protagonista de 'Olive Kitteridge'.A pesar del éxito y del renombre que están adquiriendo las series durante los últimos años, en la pequeña pantalla sigue habiendo un género que no se prodiga mucho entre las ficciones episódicas, y es el del drama en su vertiente más social, humana y personal. Sí, es cierto que muchas producciones tienen componentes dramáticos importantes, pero precisamente el diseño de las series, de largas temporadas que se suceden año tras año, tiende a disminuir el grado de intensidad y sustituirlo por otros elementos. Por eso cuando llega a la televisión algo como Olive Kitteridge se convierte en un soplo de aire fresco, sobre todo si posee el nivel de esta adaptación de la novela de Elizabeth Strout a cargo de Jane Anderson (Donde reside el amor).

Planteada como una miniserie de cuatro episodios de unos 60 minutos cada uno, la trama narra la vida de la mujer que da nombre a la serie a lo largo de unos 25 años y su relación con su bondadoso marido, su hijo y el pueblo en el que vive. Así planteada, esta serie dirigida por Lisa Cholodenko (Regreso al hogar) puede parecer extremadamente simple en su base, y hasta cierto punto lo es. Visualmente hablando, no ofrece grandes atractivos, salvo momentos muy concretos en los que la imaginación o la locura hacen acto de presencia. Y a pesar de todo, estamos ante una de las ficciones más interesantes desde un punto de vista narrativo y dramático. Evidentemente, esto es debido al tratamiento de la historia y a unos personajes simplemente únicos.

En efecto, la forma en que Olive Kitteridge aborda el paso del tiempo y el efecto que éste tiene en las relaciones humanas contrasta notablemente con el carácter pausado e intenso de su argumento. Por necesidades propias de la historia (se trata de condensar un cuarto de siglo en menos de cuatro horas), esta mini serie presenta saltos temporales notables que, lejos de generar confusión, hacen avanzar la historia de forma dinámica y muchas veces necesaria. Combinando sobreimpresiones y la naturaleza de las propias secuencias, el desarrollo transporta al espectador de época en época para mostrar la evolución de las relaciones humanas y cómo el comportamiento tiene consecuencias, sobre todo a largo plazo. Este trasfondo social, que está representado fundamentalmente en la protagonista interpretada por Frances McDormand (Moonrise kingdom) permite apreciar matices que, de otro modo, tal vez se difuminarían en una amalgama de historias, nombres y escenas.

Así, uno de los mejores activos de la producción es que centra su atención en el reducido mundo de la protagonista para explicar algo que va mucho más allá. Las relaciones que establece la señora Kitteridge son un reflejo, en el fondo, de las relaciones humanas, de los comportamientos sociales y familiares de los individuos, y de cómo estos determinan el ocaso de nuestras vidas. Resulta interesante comprobar cómo la mujer, cuyo carácter alejó a aquellos que quería a lo largo de su vida, termina por encontrar consuelo junto a otra personalidad similar por la mera necesidad de no dejar pasar los solitarios días en una casa vacía. Este final viene a confirmar el hecho de que las decisiones de nuestra vida influyen en la forma de vivir nuestra vejez.

Unos actores irrepetibles

Por supuesto, todo esto es posible gracias a un reparto espléndido. Desde la propia Olive Kitteridge, a la que da vida la mencionada McDormand (principal valedora de que esta mini serie haya visto la luz) hasta secundarios como Bill Murray (St. Vincent), quien aparece en el tramo final de la historia, todos los actores aúnan esfuerzos para elevar este drama a un nivel que, de otro modo, no habría conseguido nunca. Mención especial merece Richard Jenkins (Asalto al poder), cuya labor como el bondadoso marido que tolera todos los excesos verbales y salidas de tono de su esposa es brillante. Puede que no sea la actuación más llamativa de la serie, pero sin duda es la que desencadena prácticamente todos los acontecimientos. Su bondad y su atracción por su joven ayudante siembra una semilla que desencadena acontecimientos muchos años después. Y su amor es lo que lleva a la protagonista a comprender cuál ha sido su error a lo largo de los años, incluso aunque no haya margen para enmendarlo.

Evidentemente, McDormand es la auténtica estrella de la función. Su papel, arisco y poco dado a la alegría, supone todo un reto para cualquier actor, pues es de esos personajes situados en una delgada línea entre el exceso dramático y la parquedad sin sentido. Lograr la sutileza de las miradas y de los íntimos diálogos que se establecen en las primeras fases suele ser una tarea ardua que la actriz, en cambio, alcanza con solvencia. Gracias a esto logra provocar en el espectador una serie de emociones encontradas a medio camino entre el rechazo y el interés por una mujer insatisfecha con la vida que ella misma ha elegido y que, como queda patente al final, ha sido una buena vida. Quizá el mejor ejemplo de esto sea la relación con su hijo, turbulenta y marcada por el trauma. La forma en que esta evoluciona es una clara explicación de buena parte del trasfondo emocional de la serie.

El carácter de mini serie dota al conjunto, además, de un sentido mucho más concreto que obliga a la trama a hacer hincapié en los hechos más determinantes. Los conatos de infidelidad que se dan en la pareja; su difícil relación con su hijo; la forma en que la vida pone a cada uno en su sitio. El hecho de que sean cuatro episodios marca notablemente el desarrollo, pues obliga a prestar atención a una serie de personajes muy concretos, evitando así abrir tramas secundarias que no lleven a ningún lado. Esto permite, en definitiva, que la vida de la protagonista se convierta en esa representación de las relaciones sociales, en esa visión de las dificultades que viven las parejas y cómo eso determina su forma de afrontar lo que han construidos juntos. Una serie con más episodios, e incluso con más temporadas, no solo habría creado un exceso narrativo, de personajes y de tramas, sino que habría obligado a sobrecargar la historia con más dramas, lo que podría haber sido contraproducente.

Lo cierto es que Olive Kitteridge es una de esas mini series intensas emocionalmente hablando. Todo diálogo, toda mirada, toda situación está cargada de sentido, de intencionalidad. Su limitada duración y unos actores brillantes completan los tres pilares dramáticos de una producción muy recomendable y que permite aprender mucho en lo que a desarrollo se refiere. Puede que no tenga un atractivo visual demasiado alto, y desde luego habrá muchos espectadores a los que la vida de una mujer madura en un pequeño pueblo le diga más bien poco. Pero no hay que confundirse. Ni esta mujer madura es un estereotipo al uso ni su vida merece ser desdeñada. El personaje es único, y Frances McDormand lo convierte en algo casi exclusivo. Y aunque solo sea por eso, merece mucho la pena.

1ª T de ‘The Leftovers’, misterios e incógnitas para un futuro atractivo


El 2% de la población mundial desaparece en la primera temporada de 'The Leftovers'.Hay algo sumamente atractivo en el misterio. No me refiero al thriller, sino a lo desconocido. Hace años la serie Perdidos se convirtió en el estandarte de un tipo de trama que jugaba con el espectador a un juego sumamente peligroso, como después se pudo comprobar: plantear una serie de incógnitas a cada cual más surrealista para generar un sinfín de preguntas con un sinfín aún mayor de respuestas. Y como por arte de magia, se genera el atractivo. Uno de sus creadores, Damon Lindelof, plantea un juego similar en su nueva serie, considerada por muchos como un producto de culto aun cuando solo tiene una temporada. Se trata de The Leftovers, una de esas ficciones cuyo futuro es tan incierto como su presente.

En colaboración con Tom Perrotta (Juegos salvajes), quien ha escrito el libro en el que se basa la historia, Lindelof ofrece una premisa de lo más interesante. Un día, como por arte de magia, desaparece el 2% de la población mundial. No hay motivos aparentes, no hay respuestas. Su ausencia, independientemente del vacío que deja en los familiares, supone un golpe social del que el resto de habitantes (a los que hace referencia el título) se recuperan a duras penas. La mayoría tratan de seguir con sus vidas, pero muchos reaccionan de forma un tanto inesperada. Sectas que pretenden recordar, mesías que prodigan sus poderes, locuras que encuentran su origen en individuos imaginarios, … O lo que es lo mismo, esta primera entrega de tan solo 10 episodios trata de exponer el escenario de una situación totalmente atípica e incomprensible, así como las reacciones de los que se quedaron atrás.

Narrativamente hablando, The Leftovers aprovecha la confusión generada con su punto de partida para narrar el pasado de todos los personajes a través de fashbacks, un recurso cada vez más utilizado que parece sentar una especie de cátedra en determinadas tramas. Gracias a este recurso, Lindelof y Perrotta bucean en el pasado de sus protagonistas tanto para exponer el cambio que sufren a partir de la desaparición como la vida que llevaban previamente. Eso sí, lo hacen con la parquedad a la que nos tiene acostumbrados el primero, obligando al espectador a activar un razonamiento paralelo que le permita dar cierto sentido a lo que se ve en pantalla. Y este es uno de sus principales escollos. Son tantas tramas, tantos personajes y tantos agujeros narrativos que resulta muy complicado encontrar una respuesta coherente a todo lo que sucede, lo que puede provocar reacciones encontradas: o se sigue el juego de los guionistas o se desiste.

Lo que en cualquier caso es innegable es la factura técnica de la producción. Esta primera temporada logra, a través de la fotografía y la iluminación, recrear un mundo que tiende siempre al gris y los colores apagados. Todo en la obra se antoja con poca viveza, con tonos ocres y fríos que ayudan a la sensación de vacío que sienten los protagonistas. Protagonistas que, en mayor o menor medida, están interpretados de forma brillante por sus actores, sobre todo Justin Theroux (Caballeros, princesas y otras bestias), cuyo proceso de locura solo se llega a atisbar en estos primeros episodios, y Ann Dowd (serie Masters of sex), la gran villana silenciosa de la función. Si la serie es capaz de transmitir la angustia, la desolación y la incomprensión de sus personajes es gracias a los contrastes de sutileza y brutalidad de los que hacen gala.

Remanente silencioso

Uno de los elementos más perturbadores es la locura que parece afectar al personaje de Theroux, principal protagonista, y los lapsus de conciencia que sufre a consecuencia de ello. Aunque si algo destaca en The Leftovers por encima de cualquier otra cosa es la secta conocida como ‘Remanente Silencioso’, sobre todo porque es el nexo de unión entre la práctica totalidad de tramas secundarias que se plantean en esta primera temporada. Liderados por el personaje de Dowd, su presencia en un principio desconcertante y poco a poco comprensible es un concepto incluso sociológico que podría dar para numerosas reflexiones. Si bien es cierto que su presencia en la historia se limita a ser una especie de recordatorio de aquellos que se han ido, su futuro resulta un tanto ambiguo al desconocer las intenciones de esta especie de fantasmas en vida.

De hecho, se puede decir que este grupo representa mejor que cualquier otro elemento de la serie el verdadero espíritu de esta. Silenciosos y casi omnipresentes, su paso por la trama es sutil pero determinante, siendo necesario algún que otro episodio para narrar los orígenes de sus principales miembros. Así se podría definir la historia creada por Lindelof y Perrotta. Su desarrollo dramático es un tanto abrupto, muchas veces basado en el silencio y las reflexiones de ese nuevo mundo. Reflexiones que, por cierto, hay que considerar omnipresentes. Y sin embargo, la conclusión de esta primera temporada deja una sensación de cierta comprensión, lo que indica que la trama ha sabido avanzar de forma sutil y constante. Sin duda, a ello contribuye el noveno episodio, tan necesario como revelador.

El principal problema de esta producción es el amplio espectro de tramas y personajes que trata de abarcar. La experiencia de series anteriores con premisas similares indica que a medida que se avanza en dichas tramas secundarias, y a menos que se le preste una atención sincera y directa, su resolución es cada vez menos sencilla, obligando a las historias a complementarse entre ellas y a tratar de solventar los huecos dramáticos que se van dejando. Estos primeros episodios notan mucho esa profusión de historias. Por supuesto, la trama principal y las secundarias más importantes gozan del protagonismo necesario para tener sustento argumental, pero no así el resto de secundarias, que plantean casi más interrogantes que soluciones.

Eso es algo que pasaba mucho en Perdidos, y es algo que puede ocurrirle a The Leftovers si no se encuentra una solución. Aunque en realidad, la solución más directa pasa por saber cómo va a terminar y, sobre todo, el motivo por el que desaparecen las personas. Sabiendo la respuesta a esto la serie, independientemente de su complejidad formal o de sus misterios narrativos, puede convertirse en una gran producción televisiva. Desconociendo la respuesta el resultado será algo parecido a la ya citada Perdidos. Pero como decía al comienzo, el misterio engancha, y en eso esta serie es inmejorable.

Diccineario

Cine y palabras

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