‘Ray Donovan’ toca fondo en una espiral autodestructiva en su 6ª T.


La evolución de Ray Donovan en su tratamiento dramático podría dar libros enteros de análisis cinematográfico. Desde el crecimiento de sus personajes hasta el modo en que los conflictos, sin cambiar demasiado, hacen avanzar la trama por terrenos de lo más interesantes, la serie creada por Ann Biderman (Enemigos públicos) da un nuevo giro en su sexta temporada, después del impacto dramático que tuvo la anterior etapa. Y es un giro en todos los sentidos, incluyendo el escenario en el que se desarrolla la acción. Pero a pesar de todo, nada parece cambiar en el mundo de este personaje.

Y esta es, precisamente, una de las claves de su calidad dramática. A pesar de todas las vicisitudes por las que pasa el rol interpretado por Liev Schreiber (La quinta ola), y de que el argumento evoluciona considerablemente en distintos niveles, existe una sensación de quietud casi permanente motivada, entre otros motivos, por ese carácter casi impertérrito del protagonista. Su modo de afrontar los problemas le convierten en una suerte de versión moderna de esos héroes del cine clásico capaces de enfrentarse a los mayores villanos sin mover un músculo. E incluso en esto, esta etapa que ahora analizamos también supone un cambio.

Cambio que llega de la mano del acontecimiento de la quinta temporada que lo cambió todo. En cierto sentido, estos 12 episodios de Ray Donovan se pueden entender como un viaje del héroe a los infiernos, tanto internos como externos. Un nuevo escenario (Nueva York) que perfectamente puede entenderse como un purgatorio de cemento, asfalto y metal en el que expiar unos pecados y una culpa que le torturan. La presencia de nuevos personajes no hace sino acentuar esa sensación de necesidad de devolver a una senda correcta (al menos todo lo correcta que puede permitirse este personaje) la historia de Ray, a pesar de que sus propias decisiones siempre tienden a llevarle por mal camino. Si a esto se suman los ya conocidos secundarios y sus respectivas historias, nos encontramos ante una etapa de auténtica redención, una etapa en la que todos los personajes, o al menos los principales, tocan fondo en una espiral autodestructiva que parece no tener fin.

Para terminar con el análisis del viaje del héroe, es importante señalar que esa dualidad de impresiones (el cambio dramático y la narrativa estática) se debe precisamente a un recurso narrativo muy interesante. La serie no avanza porque el protagonista se vea obligado a resolver nuevos retos que le lleven, a su vez, a plantear nuevas preguntas. Más bien, el personaje de Schreiber se mantiene impasible ante los nuevos conflictos, tendiendo una y otra vez a actuar siempre del mismo modo. Entonces, ¿cómo hacer que una historia evolucione? En el caso que nos ocupa, ello se debe a que con cada paso que da el héroe se va conociendo un poco más de su pasado y de su personalidad. Esto, a su vez, permite al espectador adquirir nueva conciencia de las motivaciones, los deseos y los miedos del protagonista. Y esto ofrece un punto de vista diferente de las secuencias. Incluso en una temporada como esta, en la que Donovan llora o se angustia por sus hijos, tiende siempre al pétreo rostro, por lo que la trama busca y encuentra otros caminos dramáticos para sostener la historia.

La familia es lo primero

Pero la evolución dramática también llega por otros derroteros. La sexta temporada de Ray Donovan también presenta una mayor independencia de los personajes secundarios. Independencia coherente y esperada, por otro lado, ya que el daño generado por las decisiones del protagonista no permitía por más tiempo una conexión directa de los personajes de esta serie. Por ello, se ha reforzado muchas de sus historias, haciéndolas más interesantes o, al menos, más sólidas. Para ello, y aprovechando todo el trabajo previo, Biderman construye todo un universo ajeno al rol de Schreiber, casi como si fuera ajeno a una realidad que está ante sus ojos. Soy consciente de que es un concepto buscado tanto en el tratamiento como en el desarrollo de personajes, por lo que solo puede calificarse de éxito.

Con todo, y si es necesario poner algún “pero” a esta serie, hay que señalar que algunas de estas historias secundarias quedan definidas por trazos excesivamente gruesos. La distancia puesta entre el protagonista y el resto de su familia hace que algunas de esas historias se narren con secuencias que son casi flashes visuales, planteando únicamente los puntos dramáticos necesarios para sostener la historia principal. Los que más sufren este fenómeno son los dos hijos, interpretados de nuevo por Kerris Dorsey (Don’t tell Kim) y Devon Bagby (Broken ghost), y su ayudante (Katherine Moennig –Sin rastro-), esta última quedando relegada casi a un punto de apoyo a utilizar cuando es conveniente para enrevesar la trama.

La impresión general, sin embargo, es de una espiral autodestructiva general, cuyo motor principal es el propio Ray y que tiene como potenciadores de daño a la familia que le rodea. Esto evidencia no solo la temática general de estos 12 capítulos, sino la necesidad de hacer que todos los personajes toquen fondo de un modo u otro para impulsar la historia hacia otras cotas dramáticas. Ejemplos claros son los de los personajes de Eddie Marsan (Atómica) y Dash Mihok (Car dogs). No quiere decir esto que vaya a haber una renovación completa, pero posiblemente sí que la situación de algunos personajes cambie, e incluso que el argumento pueda dar un giro sin que resulte inverosímil. Lo que en todo caso parece claro es que la familia seguirá siendo lo primero, y que Ray Donovan mantendrá ese carácter adusto, frío y un poco distante que le ha llevado a perder todo lo que tenía, ya sea real o figuradamente.

Y lo que también está claro es que Ray Donovan está sabiendo evolucionar, adaptarse a nuevas situaciones y mantener en ese proceso su espíritu. Su sexta temporada llega después de un importante cambio en el que los personajes secundarios dieron un paso al frente. Ahora, estos episodios demuestran que la trama tiene espacio para dar cabida a todos los miembros de la familia Donovan, cada uno con sus historias y cada uno influyendo en el desarrollo dramático de los demás. Puede que alguno tenga más peso que otro, que algunos arcos argumentales sean más débiles que otros, pero eso es inevitable en una ficción con tantos personajes. Lo importante es que todos suman para, en el caso que nos ocupan, narrar ese viaje a los infiernos, esa senda de autodestrucción. Y lo importante es que con todo ello la serie sigue manteniendo el alto nivel que presenta desde sus inicios.

‘Ray Donovan’ muestra la importancia de los secundarios en su 5ª T.


En líneas generales, Ray Donovan es una serie más que notable. Dramáticamente intensa, con un reparto espléndido y unas tramas sólidas, esta serie creada por Ann Biderman (Smila: Misterio en la nieve) es un claro ejemplo de que una buena ficción, sea en cine o televisión, siempre deberá sustentarse en los mismos principios antes mencionados. Pero por si esto no fuera suficiente, la quinta temporada es todo un ejercicio digno de estudiar en las clases de guión. Los 12 episodios que conforman esta etapa demuestran que toda historia, para ser completa, necesita de unos secundarios extraordinarios.

La trama de esta temporada viene a confirmar, además, algo que se intuía desde el comienzo de la serie: que el personaje de Paula Malcomson (Los juegos del hambre) era la piedra angular no solo de las interacciones entre personajes, sino del desarrollo dramático y de los conflictos que han nutrido a esta ficción desde sus primeros episodios. El modo en que Biderman trata a este personaje y toda su línea argumental en esta etapa es sencillamente perfecto, alternando pasado y presente sin más indicaciones que los personajes y sus diferentes representaciones físicas. Eso, y el impacto que tiene en el protagonista, un Liev Schreiber (El caso Fischer) inmenso al que los Globos de Oro, un año más, han dejado de lado en los premios (suma cinco nominaciones seguidas por este papel).

Precisamente el modo en que estos dos personajes afrontan el conflicto es lo que genera el contraste dramático y la profundidad emocional a la que posiblemente sea la mejor temporada de la serie. A través de flashbacks, el relato compone un puzzle del que hace partícipe al espectador, que más allá de los problemas laborales de Donovan debe prestar especial atención a los saltos temporales constantes en cada episodio. El arco argumental, por tanto, se nutre a cada paso, jugando con precisión con la información que tiene el espectador. Se genera de este modo un suspense único, una intriga por conocer los detalles de lo acontecido y narrado en el primer episodio de esta etapa de Ray Donovan. Y mientras algunas cosas se desvelan con cierta celeridad, otras se antojan casi un misterio que reta al espectador a resolverlo antes de verlo en pantalla.

Un delicado equilibrio que tiene como principal problema la debilidad del resto de tramas secundarias, amén del tratamiento que se da a algunos de los personajes habituales de la serie. Empero, y aunque de esto hablaremos más adelante, es importante señalar que a pesar del protagonismo del personaje de Schreiber, cada temporada ha tratado de poner el foco sobre alguno de los miembros de la familia Donovan. En mayor o menor medida, cada bloque de episodios ha narrado la historia con un secundario diferente como apoyo dramático a los problemas laborales del protagonista, idea que culmina de forma apabullante en esta quinta temporada y que obliga a plantearse no solo cómo continuará la trama sin un rol clave, sino si será capaz de superar el pico dramático de esta etapa.

Problemas secundarios

Como decía antes, uno de los problemas de Ray Donovan en esta tanda de episodios es la debilidad de las tramas secundarias que tienen poco o nada que ver con el epicentro dramático de la acción. A diferencia de anteriores temporadas, donde todo tenía una mejor y mayor integración, en estos 12 capítulos la relevancia y la intensidad de los principales acontecimientos obligan a quitar tiempo de desarrollo a otras historias, que se convierten casi en un trasfondo narrativo para enmarcar el arco argumental principal, siendo utilizadas solo como apoyo en determinadas ocasiones y, eso sí, aprovechadas para plantear conflictos dramáticos para la sexta temporada.

Uno de los casos más curiosos es el de los hijos, interpretados por Kerris Dorsey (Moneyball: Rompiendo las reglas) y Devon Bagby (Broken Ghost). Por un lado, en esta temporada se ha intentado integrar más en la trama a la joven, introduciéndola de lleno en la historia principal y siendo, en cierto modo, motor de cambio de muchas de las secuencias a lo largo de los episodios. En este sentido, ha venido a sustituir al rol de Malcomson como el contrapunto femenino a una historia eminentemente masculina. Pero por otro, el papel del adolescente ha tomado una deriva cuanto menos cuestionable. El personaje parece alejarse cada vez más del interés dramático de la serie, y eso queda más que patente en las situaciones en las que se le ubica. No solo no tienen un nexo de unión claro con el resto del argumento, sino que podrían interpretarse como una forma sutil y progresiva de dejarle fuera de esta ficción definitivamente. Habrá que ver si se le intenta integrar en un futuro cercano o si, por el contrario, se convertirá en un personaje episódico que aparezca cuando sea necesario un apoyo dramático.

Aunque lo más interesante ocurre con el rol de Jon Voight (Más allá). Si durante todas las temporadas anteriores ha sido un punto de inflexión en la historia, un contrapunto a medio camino entre la comedia y el drama para la trama principal, en esta quinta temporada su influencia parece haber quedado en un segundo plano. Su arco argumental, aunque sigue siendo el contrapunto cómico de la serie, se aleja mucho de la influencia que sí tuvo en etapas previas. Tanto que camina de forma paralela durante buena parte de la temporada, siendo integrada en el resto únicamente para explicar algún matiz del pasado o, y esto es sumamente importante, para sentar las bases de los nudos dramáticos que están a punto de venir, y que a todas luces volverán a tener el conflicto padre-hijo como telón de fondo.

Cómo será que el mundo de Ray Donovan ha sido sacudido desde sus cimientos que ni siquiera la trama relacionada con su trabajo que habitualmente tiene un peso específico más que notable en esta quinta temporada solo sirve para plantear la trama principal y para generar ciertas situaciones anómalas en la vida del protagonista. Y todo ello es, ni más ni menos, porque lo relevante en esta temporada de inflexión es la vida personal de este fascinante personaje. Cómo cambia su día a día, las relaciones con hermanos, hijos y resto de la familia y, sobre todo, la fragilidad de un hombre aparentemente irrompible ante la pérdida del amor de su vida, por mucho que durante toda la duración de la serie se haya podido poner en duda. En cierto modo, esta ha sido la temporada más humana y más íntima de toda la serie, ofreciendo una faceta del héroe nunca antes vista. Personalmente, ha sido la mejor etapa de toda la ficción a pesar de ciertas irregularidades en el contexto dramático y en los secundarios. A partir de ahora se abre un nuevo escenario que revitaliza una serie que, en realidad, no necesitaba ningún empujón para seguir siendo uno de los productos más frescos, dinámicos, apasionantes e interesantes de la televisión.

4ª T. de ‘Ray Donovan’, o cómo llevar al límite a un personaje


Familia y crimen, más unidos que nunca en la cuarta temporada de 'Ray Donovan'.Los seguidores de Ray Donovan habrán apreciado que la serie creada por Ann Biderman (serie Southland) suele separar de forma más o menos clara los problemas familiares del protagonista con sus “problemas laborales”. Ya en la tercera temporada comenzó a cambiar esta dinámica, y en los 12 episodios que conforman su última etapa televisiva dicho cambio no solo continúa, sino que parece confirmarse con un viaje a los infiernos del rol interpretado magistralmente por Liev Schreiber (Spotlight).

En efecto, la fusión de tramas que comenzó en los anteriores capítulos adquiere en esta nueva temporada un cariz mucho más violento y dramático, enfocando el trabajo narrativo hacia la creación de una única trama principal con ramificaciones secundarias, en lugar de diversas tramas con influencias sobre la historia protagonista. El resultado de todo ello es un mundo mucho más rico e interconectado en el que las decisiones de cada personaje tiene relevancia, al menos, para el antihéroe de esta historia. Pero también, y eso es quizá lo más interesante, genera consecuencias para todos ellos, incluyendo las últimas incorporaciones de roles secundarios.

La ingeniería narrativa de Ray Donovan, por tanto, alcanza un nuevo nivel, más sofisticado y complejo, confirmando la evolución de esta más que notable serie. El viaje del protagonista a lo largo de los episodios se revela como una suerte de epifanía con la que llega a comprender que ha abandonado su verdadera naturaleza. Y lo más curioso es que la temporada comienza, precisamente, con un Ray Donovan que parece haber encontrado el camino correcto para salir de la espiral de violencia en la que está sumergido.

Pero como decimos, este viaje no sirve únicamente para descubrir que el personaje de Schreiber no podrá cambiar, sino para comprender que trabajo y familia están íntimamente ligados, algo que siempre se ha intuido a lo largo de la serie pero que ahora toma forma. Y esto se consigue gracias, sobre todo, a una evolución de los acontecimientos narrados en la anterior temporada, es decir, tomando como punto de partida algo ya conocido por el espectador; una continuidad que dota de una mayor entidad a la serie, que por cierto alcanza unas cotas de violencia bastante inusitadas en una ficción ya de por sí bastante agresiva.

Entre boxeadores anda el juego

En esta evolución, sin embargo, la cuarta temporada de Ray Donovan tiene sus más y sus menos. El carácter integrador de su narrativa se sustenta en algunas historias secundarias que podrían considerarse, cuanto menos, excesivamente largas. Desde luego, el ejemplo más claro es el del boxeador y su relación incestuosa con su hermana. La forma en que se aborda esta trama, al menos narrativamente hablando, resulta excesivamente circular, volviendo sobre el único conflicto una y otra vez sin que nunca llegue a resolverse, como si fuera necesario alargar su presencia en la historia hasta el final de la temporada.

Si bien es cierto que se adorna con diversos conflictos menores, y que de hecho permite a la serie reformular algunos de sus conceptos dramáticos, sobre todo los que tienen que ver con la familia Donovan y la relación entre el protagonista y el hermano interpretado por Eddie Marsan (La verdad duele), el tratamiento dado tanto a la historia como a los secundarios que la protagonizan resulta un tanto incongruente en tanto en cuanto se repite el conflicto en demasiadas ocasiones, dando además soluciones temporales que se antojan similares, muy similares.

El otro ejemplo, aunque en esta ocasión menos evidente, es el de la historia protagonizada por Jon Voight (Más allá). En esta temporada, más que nunca, su personaje parece fuera de órbita de la trama principal. De hecho, los acontecimientos de este desarrollo no parecen tener mucho impacto en las secuencias más relevantes. Pero solo lo parece, porque de hecho la función de esta línea argumental es la de acercar posturas entre el protagonista y su padre, ahondando la serie en el concepto familiar que resulta fundamental en su concepción. Sí es cierto que el regreso una y otra vez a los mismos errores de este personaje pueden antojarse un recurso algo manido después de cuatro años, pero la realidad es que, por un lado, permite hacer evolucionar la historia, y por otro cuenta como epicentro con uno de los actores más en forma de la serie, por no hablar de un personaje que termina por hacerse querer.

En cierto modo, Ray Donovan logra en esta cuarta temporada la que posiblemente sea la mejor historia de la serie, demostrando que todavía tiene margen de crecimiento. La búsqueda por parte de sus creadores de una nueva fórmula que aúne los dos pilares fundamentales de la serie en un único desarrollo dramático augura un futuro brillante si se trata de forma coherente y sin perderse en la necesidad de concesiones dramáticas, algo que por otro lado no parece propio de esta ficción. Es raro encontrar una serie capaz de mejorar temporada tras temporada incluso con sus posibles errores, y Ray Donovan es de esos raros productos.

3ª T de ‘Ray Donovan’, vender el alma para lograr la mejor temporada


Liev Schreiber e Ian McShane marcan el desarrollo de la tercera temporada de 'Ray Donovan'.La serie creada por Ann Biderman (Las dos caras de la verdad) y protagonizada por Liev Schreiber (El mayordomo) ha mantenido un nivel más que aceptable en sus dos primeras temporadas, ahondando fundamentalmente en los problemas familiares, en el pasado y en el modo en que afectan a los personajes. Pero la tercera temporada de Ray Donovan ha sido, sencillamente, increíble. Y lo ha logrado, curiosamente, abandonando las tramas del pasado para centrarse en el futuro.

Estos nuevos 12 episodios sitúan al protagonista, hombre controlador donde los haya, ante situaciones que no controla, ante un mundo que, a priori, está fuera de su alcance y al que, sin embargo, quiere aferrarse desesperadamente para solventar su vida y la de su familia. En este contexto, los conflictos dramáticos de la temporada adquieren una mayor importancia, en tanto en cuanto el desarrollo obliga al personaje a algo a lo que no está acostumbrado: a vender su alma para poder salvar a los que quiere. A lo largo de los episodios ha sido tan habitual ver al héroe hacer y deshacer a su antojo, que verle atado de pies y manos por una familia más poderosa es algo sumamente atractivo.

Claro que no todo depende de la solidez dramática de esta tercera temporada. Las incorporaciones que presenta Ray Donovan en esta entrega tienen mucho que decir, fundamentalmente Ian McShane (El niño) y Katie Holmes (serie Dawson crece), brillantes en sus respectivos papeles. Más allá del héroe, el mundo creado por estos personajes, padre e hija, deja la violencia que desprende el rol de Schreiber como una mera anécdota. Y no porque sean viscerales, más bien al contrario. La capacidad de destruir con el poder y la influencia a quien quieran, de manipular los hechos para beneficiarse, y de controlar todo a su alrededor, les convierte en lobos con piel de cordero, algo a lo que todavía no estaba acostumbrada la serie.

Por ello, la temporada se torna mucho más atractiva de lo que fueron las anteriores etapas. Tal vez ha tenido mucho que ver el hecho de que la segunda entrega de episodios requirió de un análisis en profundidad del pasado de la familia Donovan, lo que terminó perjudicando el ritmo del conjunto. Sea como fuere, lo cierto es que la apuesta por hacer avanzar la acción a través de la introducción de nuevos personajes (y de retomar tramas abiertas anteriores) ha sido exitosa, hasta el punto de convertir esta tercera etapa en la mejor hasta la fecha.

Problemas del pasado

Pero la verdadera riqueza de Ray Donovan radica en su facilidad para integrar en un todo armónico todas las tramas, enriqueciéndose unas con otras para volver más complejas las relaciones entre los protagonistas. De hecho, es a raíz de una línea dramática heredada de la segunda temporada que el protagonista vende su alma. Pero es precisamente por eso por lo que, al final, se desencadenan una serie de acontecimientos que permiten ver, por primera y quizá última vez, al héroe de esta trama sin su coraza.

Y de nuevo es el personaje de Jon Voight (Cuestión de honor) el elemento perturbador de todo el desarrollo dramático. Lo cierto es que, sin su presencia, la serie no sería lo mismo. Tal vez porque es el único personaje que va por libre, tal vez porque es la verdadera némesis del héroe (y eso que es su padre), lo cierto es que ha recuperado con fuerza el carácter catalizador de los mayores dramas que presenta esta tercera temporada.

De hecho, sin él no habría tenido lugar el desenlace que se ha producido. No me refiero tanto a las acciones en sí mismas como al desarrollo de toda su trama, que termina como quería el personaje de Schreiber, aunque con una mayor carga trágica y dramática. La capacidad de Mickey Donovan para destruir todo y a todos los que le rodean se convierte, en definitiva, en el segundo motor de la serie, generando un notable contraste con el protagonista, cuyo fin es, precisamente, tratar de salvar todo y a todos los que le rodean.

Lo que deja en el recuerdo esta tercera temporada de Ray Donovan es a un héroe que afronta sus horas más bajas. A un hombre acostumbrado a controlar y a lograr el éxito que debe plegarse a las exigencias de otros para poder salvar a su familia. Y en esa debilidad, en ese conflicto interno y externo, es donde más crece la serie. ¡Ah!, y no hay que olvidar al personaje de Dash Mihok (El lado bueno de las cosas), el hermano pequeño de los Donovan. Su evolución en esta temporada es brillante, y el actor ha sabido estar a la altura. El broche de oro para una temporada impecable.

La 2ª T de ‘Ray Donovan’ pierde fuerza mientras desarrolla su pasado


Liev Schreiber vuelve a ser 'Ray Donovan' en la segunda temporada.Parece bastante evidente que sin un héroe con carisma y una moral muy bien definida, toda historia se vuelve menos interesante. Y lo mismo ocurre con los villanos, aunque a este elemento dramático los guionistas y realizadores actuales parecen darle menos importancia. Pero tan fundamental como esto es situar a los personajes en una historia con cierta relevancia. La primera temporada de Ray Donovan fue un soplo de aire fresco por la elegante combinación de todos estos elementos, sobre todo gracias a la aportación de Liev Schreiber (El mayordomo) al protagonista creado por Ann Biderman (Enemigos públicos). Esta segunda parte, sin embargo, pierde algunos de sus atractivos debido en buena medida a la ausencia de una trama tan sólida como la primera.

Y todo ello pasa, aunque no lo parezca, por el auténtico villano de la función: Jon Voight (Cuestión de honor). Su personaje, verdadero quebradero de cabeza de Donovan y articulación de muchas de las tramas en los primeros episodios, pierde algo de peso en estos nuevos 12 episodios, lo que a la larga crea un cisma dramático en el desarrollo. No quiere esto decir que no tenga interés o que sus apariciones sean más esporádicas. En realidad, su presencia en la serie sigue siendo la misma, incluso mayor. El problema reside en que el personaje adquiere una independencia perjudicial para el conjunto. Su propia trama secundaria camina por derroteros que poco o nada tienen que ver con el aluvión de problemas que le caen encima al protagonista, lo que divide la historia en dos.

De hecho, cuando Ray Donovan adquiere mayor relevancia en esta segunda temporada es en aquellos momentos en que las historias de ambos personajes se cruzan: el comienzo de la temporada, la fiesta de cumpleaños, el robo final, … Es en estos momentos, que no por casualidad coinciden con un tratamiento más en profundidad de las complicadas relaciones familiares de los Donovan, cuando la ficción adquiere gravedad dramática y profundidad emocional, recuperando las magníficas sensaciones que dejó la primera entrega. En concreto, todo aquello relacionado con la relación entre las tres generaciones que integran la familia (abuelo, hijo y nieto), algo que es heredado de la anterior etapa y que encuentra ahora una cierta resolución.

Pero al igual que arrastra muchas cosas positivas de la primera temporada, la serie también ahonda en algunos problemas que presentaba en su debut. Tal vez mejor que problemas haya que hablar de irregularidades. La más clara es la que representa el personaje de Paula Malcomson (Los Juegos del Hambre: En llamas), que en estos episodios adquiere un histrionismo desmedido. El exceso emocional de este rol sobre el papel choca frontalmente con el carácter introvertido de Donovan, algo muy interesante, pero muchas de sus reacciones resultan algo incongruentes, llevando a esta mujer que parece vivir en la ignorancia más absoluta a situaciones un tanto extremas. Es cierto que ello permite abrir una serie de vías dramáticas interesantes y con futuro, sobre todo aquellas relacionadas con sus infidelidades, pero el riesgo adquirido es muy alto. Tensar tanto la cuerda con un personaje tan relevante puede provocar dos situaciones: eliminarlo de la ecuación o caer en la repetición de patrones.

Heredando problemas

Entre esas cosas positivas que Ray Donovan hereda de su anterior temporada destacan sobre todo los problemas derivados de sus propias decisiones, sobre todo aquellos relacionados con el personaje que encarnó James Woods (Asalto al poder). Las numerosas ramificaciones que esto tiene, y que en cierto modo influyen en algunas tramas secundarias aunque sea de manera tangencial, genera un trasfondo dramático para el protagonista que Schreiber aprovecha espléndidamente para dotar de mayor gravedad a un personaje ya de por sí atormentado. La presencia de la periodista interpretada por Vinessa Shaw (Efectos secundarios) supone todo un revulsivo para la trama, que se renueva con un trasfondo romántico tan interesante como bien elaborado. La relación de amor-odio entre ésta y el protagonista deriva en una serie de decisiones que abren la puerta a una tercera temporada prometedora.

Claro que este no es el único problema que hereda. Quizá la trama más interesante sea la que involucra a la hija, interpretada por Kerris Dorsey (Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso), y el mundo del rap y la violencia en el que poco a poco se ve envuelta. La forma de afrontar la protección familiar por parte de Donovan recupera al personaje que impactó al comienzo de la primera temporada, capaz de hacer lo que sea por lo que considera correcto y necesario. Frío, calculador y totalmente inexorable, la resolución de la temporada por parte del protagonista deja un buen sabor de boca en este sentido, aunque igualmente deja algunos flecos abiertos que podrían ser abordados en los próximos episodios.

Empero, en este intento por mantener diversas tramas Biderman no logra compaginar con éxito algunas historias secundarias, sobre todo la relacionada con el personaje de Ambyr Childers (2 Guns), cuya historia trata de dotar al protagonista de una especie de conciencia simbólica cuyo desarrollo es algo irregular. Del mismo modo, los respectivos conflictos de los hermanos Donovan encuentran una evolución un tanto intermitente, aunque en este caso es debido sobre todo a la necesidad de abordar tramas más importantes. En cualquier caso, estos últimos ofrecen interesantes cambios que sin duda marcarán las pautas para las próximas apariciones, sobre todo en lo que respecta al rol de Eddie Marsan (Sherlock Holmes), al que determinadas revelaciones le afectan de forma directa en todos los sentidos.

Tal vez puede dar la sensación de que Ray Donovan ha empeorado en esta segunda temporada. Eso no es del todo cierto, aunque sí hay que reconocer una cierta pérdida de interés en algunas etapas de la temporada. El tono general de la serie se mantiene, sobre todo cuando el protagonista decide actuar como debe, y desde luego es de lo mejor que puede encontrarse en la televisión. Pero hay varios elementos que lastran el buen desarrollo de la trama. La separación de los roles de Schreiber y Voight es, sin duda, lo que más perjudica al resultado final, aunque no es lo único. Sin estas irregularidades la temporada habría sido, sin duda, espectacular. En cualquier caso, muchos de estos aspectos allanan el camino y abren interesantes vías dramáticas para la tercera temporada.

Los fantasmas del pasado de ‘Ray Donovan’ surgen en su 1ª T


Liev Schreiber y Jon Voight en un momento de la primera temporada de 'Ray Donovan'.He de confesar que hacía tiempo que no veía una producción de las características de Ray Donovan en la pequeña pantalla. Bueno, ni en la pequeña ni en la grande. Estamos tan acostumbrados a personajes con tan pocos secretos que cada vez más nos entregamos a una narrativa fluida, constante y basada en el impacto de una resolución inesperada. Pero en sí mismos, los protagonistas tienden a presentarse de forma frontal, directa y sin grandes misterios para el espectador. Incluso aquellos que son villanos por definición. Es por eso que esta serie creada por Ann Biderman (Enemigos públicos) es tan interesante. Si bien es cierto que su planteamiento es bastante corriente, sus personajes, auténtico corazón del conjunto, tienen más sombras que luces, convirtiéndolo en un auténtico juego de conflictos y pecados sin perdonar.

Su trama, como decimos, es bastante corriente. Un hombre que trabaja en Holllywood arreglando los problemas de famosos (y no me refiero a un publicista precisamente) ve cómo su relativamente tranquila vida se tuerce cuando su padre sale de la cárcel después de 20 años y decide ir a la ciudad. Se destaparán entonces toda una serie de secretos familiares que tienen sus raíces en Boston y que están marcados por la violencia, los abusos y el engaño. En definitiva, un thriller tradicional que perfectamente habrían firmado alguno de los maestros del género de los años 90. Lo interesante de esta primera temporada de 12 episodios reside, empero, en la forma que tiene Biderman de plantear la trama, a medio camino entre la acción y el diálogo, y no dejando nunca que uno enturbie la labor del otro.

En efecto, en Ray Donovan, que toma el nombre del protagonista, hay lugar para la violencia. Alguna realmente brutal, como es el asesinato de un agente del FBI. Al fin y al cabo, es una historia ambientada en un mundo brutal y despiadado que trata de hacerse un hueco en la élite de una ciudad que no entiende otra forma de vida que no sea el exceso de riqueza. Pero más allá de eso, lo destacable es el intrincado entramado que se forma alrededor del protagonista cuando los secretos, poco a poco, salen a la luz. Unos secretos que, afortunadamente, se narran de forma tradicional, es decir, a través de diálogos, de comportamientos y de decisiones, algunas tan erróneas que generan problemas mayores.

Podría decirse que es una serie con numerosas tramas principales y pocas secundarias. O con muchas secundarias pero casi ninguna principal, como se prefiera. En realidad, el desarrollo dramático está planteado de tal modo que importa poco. Todo gira en torno al protagonista (magnífico Liev Schreiber, visto en El mayordomo) y todo está, al final, relacionado. El secreto que pesa sobre su conciencia y la de su jefe directo, el conflicto con su padre, la persecución del FBI, sus problemas familiares. Todo gira en torno a un único concepto, o al menos eso se intuye a lo largo de la temporada. Un concepto que queda revelado, en parte, en unos muy buenos últimos episodios que modifican notablemente la percepción de todo lo ocurrido con anterioridad, y sobre todo definen claramente las motivaciones del protagonista, bastante oscuras durante todo el arco narrativo, lo que no hace sino agrandar el interés por conocer los porqués de muchas de sus decisiones.

Un núcleo poco interesante

Desde luego, si hubiese que dar un calificativo a Ray Donovan sería “oscuro”. Sí, es una serie oscura, plagada de intrigas, de secretos y de corrupción. La forma de mostrarlo, siempre con medias tintas y sin llegar nunca a mostrar del todo sus cartas, es lo que la convierte en interesante. Curiosamente, su núcleo es lo menos relevante de todo. El diseño del mundo en el que vive Donovan, a medio camino entre el lujo y la violencia, entre la élite y la clandestinidad, es simplemente perfecto, pero no así la forma de presentar a su mujer y sus hijos.

Es más, de algún modo la serie pierde interés en esta primera temporada cuando el protagonismo de la trama recae sobre las historias secundarias de la mujer (Paula Malcomson) y los hijos, interpretados por Kerris Dorsey (En la cuerda floja) y Devon Bagby. No tanto por sus interpretaciones, correctas si se compara con el resto, como por el tratamiento que se hace de sus personalidades. Mientras que los más jóvenes asisten al descenso a los infiernos de un padre que ve cómo su pasado vuelve para pedir una segunda oportunidad, la mujer simplemente se convierte en una especie de histérica psicótica cuyos cambios de humor son, en muchos momentos, injustificados. Da la sensación de que no existe una definición clara de su papel en toda la trama, ofreciendo bandazos dramáticos que no llevan a ninguna parte.

Afortunadamente, su presencia es más o menos secundaria. Salvo por algún episodio en el que toman relevancia (y que ralentiza notablemente el devenir de la trama), en general la serie apuesta más por el pasado bostoniano del protagonista, sus hermanos y su padre. Y es todo un acierto, tanto por la profusión de elementos que contiene, y que ya hemos comentado, como por los actores. Dejando a un lado una magistral interpretación de Jon Voight (Mission: Impossible) que le ha dejado un Globo de Oro, la labor de Eddie Marsan (Jack el caza gigantes) y Dash Mihok (El lado bueno de las cosas) es brillante. Ambos logran transmitir los problemas físicos y psicológicos que arrastran unos personajes marcados por la violencia y los abusos, el primero a través del boxeo y el segundo de carácter sexual y religioso. Tal vez la mejor prueba resida en el último episodio, cuando ambos cambian sutilmente su presencia física en pantalla, evidenciando sin palabras que han logrado superar un traumático pasado a pesar de las secuelas que les deja.

Esta primera temporada es, en definitiva, un muy buen ejercicio de intriga y violencia. Los pecados del pasado que acosan a Ray Donovan y su familia adquieren un protagonismo progresivo hasta convertirse en el leit motiv del desarrollo dramático, en el auténtico motor de la serie. Lo bueno es que el espectador no descubre nada de esto hasta el último episodio, intuyendo siempre que hay algo más de lo que se muestra. Lo peor es que no todos los elementos dramáticos e interpretativos están equilibrados. El final de esta entrega deja, además, pocas vías de desarrollo. Sí, hay algunos caminos por explorar, pero el primero ha sido tan impactante, tan profundo y dramático, que es complicado alcanzar el mismo nivel en la segunda temporada ya proyectada.

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