1ª T. de ‘Castle Rock’, idónea carta de presentación del universo King


Stephen King es el maestro del terror, de eso no cabe la más mínima duda. Pero el autor de novelas como ‘El Resplandor’, ‘Carrie’ o ‘It’ es mucho más. De hecho, quien haya leído alguno de sus libros puede que haya percibido dos constantes muy claras (amén de otros muchos elementos, por supuesto). Por un lado, el manejo de pasado y presente en sus historias; por otro, que el desarrollo no responde tanto al terror puro y duro como a la intriga, gracias al juego que realiza con las diferentes tramas y los elementos de suspense que siempre están presentes. Y todo ello está presente en la primera temporada de Castle Rock, un alarde narrativo sencillamente espléndido ambientado en el universo King que, al igual que las novelas, juega al despiste con el espectador para terminar por revelarle algo mucho más interesante y complejo de lo que podría imaginar en un principio.

Y todo ello en apenas 10 episodios. Sus creadores, Sam Shaw y Dustin Thomason, autores de la serie Manhattan, parten de un acontecimiento tan concreto como un suicidio para hilvanar todo un complejo mundo en el que el caos, la violencia y la locura parecen entremezclarse solo para arrojar luz sobre un fenómeno aún más enriquecedor. En este sentido, la trama crece, y de qué modo, a lo largo de cada capítulo, incluso en aquellos en los que todo parece derivar en un absurdo o en los que se narran acontecimientos aparentemente independientes de todo el arco argumental. Pero no, al igual que cualquier novela de King, cada acontecimiento tiene un motivo, cada suceso está relacionado con el resto, y cada personaje tiene su motivación. Y por supuesto, algunas referencias a personajes y acontecimientos de sus obras, lo que hará las delicias de los fans.

De ahí que esta primera temporada de Castle Rock sea puro Stephen King sin necesidad de adaptar una novela. De hecho, captura su esencia bastante mejor que muchas de las películas o series que sobre su obra se han hecho a lo largo de los años. Y en esto tiene mucho que ver esa idea de utilizar el terror más como un concepto que sobrevuela la trama que como algo tangible (aunque tiene sus momentos). En su lugar, estos capítulos exploran temas tan interesantes como la locura, la incomprensión de la mente de acontecimientos nunca antes vistos, o los equilibrios existentes entre nuestro mundo y otras realidades. Todo ello, por supuesto, sustentado no solo en una trama más que notable, sino en un reparto en estado de gracia capaz de enriquecer sus personajes con unos matices que ofrecen al espectador, en algunas ocasiones, pistas sobre lo que está ocurriendo. Aunque, al igual que a los protagonistas, nos costará comprenderlo un poco al principio.

Porque, en efecto, esta serie es un auténtico rompecabezas en el que el espectador se sumerge primero para nadar a contracorriente y luego para dejarse llevar por el desarrollo. Y en ese cambio de postura frente a la ficción tienen mucho que ver los actores, como mencionaba antes. Fundamentalmente André Holland (Moonlight), Bill Skarsgård (It) y Sissy Spacek (Criadas y señoras). Los dos primeros porque establecen un duelo interpretativo profundo, primero como un abogado que lucha por un cliente y, más adelante, como las dos caras de una misma moneda, uno sin comprender lo ocurrido y otro instando a la acción. Y la tercera porque se convierte en eje fundamental de buena parte del relato. Es el anclaje para los diferentes espacios temporales y las diferentes realidades que se dan cita en la trama. En cierto modo, Spacek asume como propio el papel que en la ficción juegan las piezas de ajedrez, aportando mayor dramatismo si cabe a la condición particular de su rol y a la intriga del conjunto.

Henry Matthew Deaver

Pero evidentemente, el peso de la historia recae en los cuatro hombros de los dos protagonistas. Lo más interesante de esta primera temporada de Castle Rock es la evolución que viven ambos roles, sobre todo el de Holland. Lo que comienza siendo un misterio con tintes casi satánicos termina convirtiéndose en una reflexión sobre los mundos paralelos, las realidades alternativas y cómo eso genera unos efectos devastadores en la realidad en que nos encontremos. Curiosamente, todo comienza con el nombre que los dos protagonistas comparten, Henry Matthew Deaver, y con el modo en que los personajes secundarios afrontan, desde la ignorancia, lo que ocurre con el personaje de Skarsgård, ya sea con el suicidio inicial o las numerosas situaciones de caos y violencia que desata el desequilibrio entre universos.

Porque bajo la premisa de una obra de ciencia ficción con dosis de terror, lo que la trama esconde es una interesante reflexión acerca de los efectos y las consecuencias de modificar el equilibrio que existe en el universo (lo que, a su vez, se puede extrapolar a nuestro día a día) cuando se introduce un elemento externo que no tiene cabida en una realidad ya conformada. A lo largo de sus episodios esta etapa inicial plantea una serie de interrogantes que, aunque inicialmente pueden no tener nada que ver con la trama principal, terminan adquiriendo sentido cuando se resuelve dicha incógnita central. Dicho de otro modo, la ficción presenta numerosas ramificaciones, líneas argumentales secundarias y secuencias aparentemente inconexas que terminan por confluir en una línea argumental conjunta y global, desvelando al espectador el verdadero mapa dramático al que está asistiendo.

Esto, como ocurre con muchas historias de Stephen King, tiene un problema, y es que en no pocas ocasiones la trama se desvía demasiado de su objetivo principal. Y al ser una historia narrada en capítulos se corre el riesgo, como de hecho ocurre en alguna que otra ocasión, de que el espectador pierda el hilo de lo que se estaba contando o, lo que es más grave, el interés en una historia ciertamente original. Posiblemente este sea el mayor hándicap de la producción: su planteamiento narrativo resulta muchas veces rupturista, algo quebradizo. Es cierto que esto ayuda a crear un universo inclusivo, fascinante y rico dramáticamente hablando, pero también impide seguir el ritmo del arco dramático principal, obligando a prestar atención durante demasiado tiempo a situaciones y personajes secundarios que aportan poco o nada al conjunto, salvo tal vez asentar la conclusión final más de lo que ya estaría sin esas breves tramas secundarias.

Pero si el espectador queda atrapado en la red de Castle Rock la realidad es que se sumergirá en un universo apasionante, visualmente poderoso y dramáticamente inesperado. Terror, fantasía y drama se dan la mano en una historia que es puro Stephen King aunque no se base en ninguna novela ni relato concreto. El modo en que sus creadores utilizan los tiempos narrativos y dosifican la información para dirigir la historia por donde desean en todo momento es digno de estudio. Y si a todo ello sumamos un reparto excepcional, lo que nos encontramos es con una historia diferente, fresca, intrigante y capaz de demostrar que en televisión todavía queda margen para la originalidad y, sobre todo, que es posible enriquecer el universo de un escritor que lleva décadas perfeccionándolo y desgranándolo.

‘American Horror Story: Roanoke’, nuevo formato para una historia conocida


Los actores de 'American Horror Story: Roanoke' viven un infierno en la mansión.Es difícil que una serie como American Horror Story logre mantenerse durante tantas temporadas como uno de los productos más originales de la televisión. Primero porque la idea de que cada temporada sea una historia diferente tiene el riesgo inherente de perder la conexión con los espectadores. Y segundo porque es complicado encontrar historias que sean capaces de llenar tantos episodios. La prueba está, de hecho, en el irregular desarrollo de las temporadas. Por eso resulta un soplo de aire fresco esta sexta etapa, que bajo el título de Roanoke toma como referencia a la conocida como “Colonia perdida” para adentrarse en un subgénero de terror que hasta ahora no habían abordado Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie Glee).

Desde luego, lo más original de esta temporada de 10 episodios es su formato. Narrado como una serie basada en hechos reales que utiliza los testimonios de las personas que vivieron la pesadilla, la ficción juega en diversos niveles dramáticos para introducir al espectador en una historia con visos de realidad. Este juego de la televisión dentro de la televisión tiene, evidentemente, su lado positivo y su lado negativo. Lo positivo es que a través de la dramatización de los hechos y la reacción de los presuntos personajes reales la historia tiene acceso a una serie de conflictos dramáticos vistos desde diferentes puntos de vista casi a tiempo real, como si de un reality show se tratara.

En el lado opuesto, es lógico pensar que, dado que los héroes de la historia relatan su propia odisea, sobreviven al final de la misma, lo que siempre resta dramatismo a lo que se muestra en pantalla. De ahí que, aunque el carácter dramático se intensifica, la tensión narrativa se diluye lentamente, dejando todo el espacio al terror y el gore propios de esta serie. Sin embargo, y a diferencia de otras temporadas, American Horror Story: Roanoke soluciona este problema de una forma aún más original si cabe. La propia temporada se divide en dos partes claras, siendo la segunda una suerte de continuación en la que personajes reales y los actores que les interpretan conviven en el mismo infierno que relataban en la primera parte.

Evidentemente, todo sale mal, y la muerte es la constante en cada personaje, pero independientemente de todo eso lo interesante radica en el modo en que Falchuk y Murphy aprovechan las debilidades dramáticas de su historia para darle una vuelta y convertirlas en motor de un argumento nuevo aunque similar. Por supuesto, esta segunda parte también tiene ciertas debilidades, entre ellas las motivaciones de algunos personajes, pero a pesar de todo esto permite ahondar en tramas personales mucho más profundas y que remiten a las relaciones entre madres e hijos, entre maridos y mujeres y, por qué no, entre el mundo del espectáculo y la vida real.

Carniceros, cerdos y locura

El cambio que sufre American Horror Story: Roanoke en su forma de narrar los acontecimientos es, sin duda, lo más llamativo de esta serie que ha tenido que recurrir a esta apuesta formal para evitar repetirse en sus conceptos más básicos. Y es que salvo esta idea, bien diseñada y elaborada, el resto de la temporada recupera pilares de temporadas anteriores, ya sea la locura, el canibalismo o los fantasmas. En realidad, en algunos momentos llega a repetir algo más que a los actores, recurriendo a situaciones que recuerdan poderosamente a las vividas en algunas de las mejores etapas de esta ficción. La pregunta que cabe hacerse es si esto es algo negativo en sí mismo.

Para gustos los colores, está claro, pero personalmente considero que la forma en que se integran estas ideas con la trama abordada en la serie y con el modo en que se cuenta hacen que sea algo novedoso, diferente y dinámico. La apuesta en la segunda parte de la serie por la cámara en mano al más puro estilo El proyecto de la bruja de Blair (1999) -por aquello de que transcurre en un bosque- es un acierto más que notable, tanto por el carácter realista que aporta al conjunto como por el dramatismo de ver las consecuencias de los asesinatos (sangre saltando por todas partes, rostros desencajados, etc.) antes incluso que el propio acto en sí. De este modo, la serie logra imprimir una fuerza visual muy poderosa a una historia que puede parecer menor, en algunos momentos incluso algo ilógica.

Con todo, es de justicia reconocer que el argumento es algo más que terror, y desde luego algo más que gore. Si la primera parte de la temporada puede resultar un tanto simplista, por aquello de que se sabe de antemano cómo va a terminar, la segunda adquiere un dramatismo mucho mayor, tanto por los conflictos que se generan entre personajes como por las reacciones ante unos acontecimientos que ya no son ficción a pesar de que, al principio, lo consideran parte del show. Estos componentes dramáticos dentro del contexto del horror, la violencia y la locura que definen a la serie es lo que la dotan de una mayor entidad, de una seriedad que se intuye en todo momento, pero que puede perderse de vista en los primeros episodios si se atiende únicamente al concepto de realidad ficcionada.

Por varios motivos, American Horror Story: Roanoke es una de las temporadas más originales de la serie. Personalmente creo que una de las mejores, pues a pesar de sus debilidades ofrece algo diferente, algo fresco, explorando esa vía de nuevo terror que nació con el nuevo siglo y que, hasta ahora, había estado vetada en esta producción. El hecho de que, además, se introduzcan conflictos personales en la historia, derivados muchos de ellos de las propias decisiones de los personajes, lleva la trama a un nivel diferente, más complejo o, por lo menos, más rico en matices. Desde luego, no es una temporada perfecta, pero junto a American Horror Story: Hotel es una de las que más recuerdan a aquella joya que fue la primera temporada.

2ª T de ‘The Knick’, más complejidad a través de sus secundarios


Clive Owen sigue experimentando en la segunda temporada de 'The Knick'En su momento la primera temporada de The Knick dejó un buen sabor de boca, pero he de confesar que con el paso de los meses, y a la espera de una segunda parte anunciada, el recuerdo ha ido ganando en calidad, lo que a su vez ha despertado más expectación de la inicialmente prevista. Pues bien, una vez superada la segunda tanda de 10 episodios las impresiones no pueden ser mejores. Es cierto que la producción creada por Jack Amiel y Michael Begler (El príncipe y yo) ofrece más de lo mismo, y dado el estilo narrativo que imprime Steven Soderbergh (Traffic) y la fuerza de los personajes, esto podría bastar. Pero la trama va mucho más allá en un intento de enriquecer ese Nueva York de principios del siglo XX.

Y desde luego que lo consigue. Si bien es cierto que el arco dramático principal sigue teniendo como epicentro al doctor John Thackery (de nuevo un impresionante Clive Owen –Lazos de sangre-), la serie es capaz de aprovechar su tiempo al máximo para abrir el abanico de posibilidades narrativas y explorar una serie de tramas secundarias que, además de enriquecer la principal, como de hecho se presupone, tienen vida propia. La consecuencia más inmediata es una mayor complejidad dramática que tensa las relaciones entre personajes y nutre el paisaje de esa ciudad en ebullición y del hospital que trata de sobrevivir al tiempo que debe luchar por ser pionero en los avances médicos de la época.

Sin embargo, existe un efecto secundario que, ya sea previsto o imprevisto, es lo que marca la verdadera diferencia en la segunda temporada de The Knick. Esas tramas secundarias terminan por adquirir más peso que la propia historia principal, al menos en su conjunto. Mientras que la cámara de Soderbergh tuvo en la primera parte una dedicación exclusiva al personaje de Owen, en esta segunda tanda de episodios parece sentir una mayor predilección por ese fresco de personajes que rodea al revolucionario cirujano. Y esa predilección termina por convertir en importantes historias que, en otras situaciones, podrían resultar hasta circunstanciales.

Todo ello podría ser visto como una debilidad, es cierto. Perder el foco de un personaje tan sólido y bien definido como el de Owen siempre es un riesgo, pero en el caso de la serie se revela como una ventaja. Gracias a esa apertura de miras el espectador tiene acceso a una serie de matices que enriquecen tanto la historia como el mundo en el que se desarrolla. El racismo, que ya estuvo presente, adquiere aquí dimensiones mucho mayores. El cáncer, la sexualidad e incluso la psicología son otros componentes que definen una época de descubrimiento y de experimentación. Y la mayor evidencia de que las líneas secundarias tienen más importancia que la principal es, precisamente, el final de cada uno de los secundarios en el último episodio.

Todo tiene un motivo

Antes planteaba la posibilidad de que este cambio de sentido dramático y narrativo fuera imprevisto, casi por casualidad. Un análisis más profundo, sobre todo a raíz del final tan impactante que tiene la segunda temporada de The Knick, elimina esa posibilidad. Parece evidente que sus creadores han optado por no centrar la historia en un único personaje, convirtiéndola en un producto coral en el que cada uno de los roles pueda, a su modo, ser el estandarte de un aspecto de la sociedad neoyorquina de comienzos del siglo pasado. Desde la rica señora hasta el médico que da sus primeros pasos hacia el fascismo, pasando por truhanes y corruptos, el mundo que rodea al hospital se ha vuelto más grande y, a todas luces, más interesante.

El problema de estos 10 capítulos radica, precisamente, en el protagonista. No porque no sea interesante, al contrario. Y mucho menos porque Clive Owen no haga un trabajo excepcional. Más bien, por el futuro que deja en una tercera temporada que Soderbergh ya ha avanzado que podría existir. Sin revelar demasiado del final de temporada (de los mejores que he visto, por cierto), sí hay que decir que la presencia de este cirujano drogadicto acapara, en el fondo, toda la atención de la serie. Por mucho que las tramas secundarias adquieran protagonismo, su papel sigue siendo fundamental para entender qué es la serie. Las expectativas creadas a su alrededor son tan grandes que genera serias dudas acerca de las posibilidades dramáticas más inmediatas.

Y para aquellos de gran sensibilidad, un consejo: la segunda temporada es mucho más impactante que la primera. Gracias a la trama principal protagonizada por Owen, centrada en su lucha contra la adicción y su obsesión por encontrar una cura física, la producción explora todo tipo de operaciones, incluyendo una operación a cráneo abierto cuyas consecuencias son las que todo el mundo puede imaginarse. Aunque sin duda la palma se la lleva ese final que no desvelaré y que requiere por parte del espectador una voluntad casi mayor que la del personaje que lo protagoniza. Todo un ejemplo de valentía (tanto del que lo ve como del que lo lleva a cabo) cuyas consecuencias son muy interesantes por el efecto que generan en el resto de médicos.

Así, la segunda temporada de The Knick es lo que muchas veces parece poco posible: que la continuación sea mejor que el original. El lenguaje visual de Soderbergh es capaz de aprovechar todas las novedades que incorpora la trama para potenciar sus efectos e introducir al espectador en nuevos e interesantes arcos dramáticos. Es cierto que todo tiene un fin, y puede que no sea del agrado de todo el mundo, pero desde luego el resultado es una serie más compleja, con muchos más matices y con un final que, aunque podría ser perfectamente el final de una serie, deja con ganas de saber más acerca del futuro de unos personajes tan atractivos. Ahora solo queda esperar a la siguiente operación programada.

‘Selma’: la marcha de la dignidad por la igualdad


David Oyelowo protagoniza 'Selma', de Ava Duvernay.Se ha criticado mucho que este año no haya habido en los premios Oscar una mayor representación del colectivo negro en las categorías más importantes. Y viendo el resultado final de la nueva película de Ava DuVernay (I will follow) es hasta cierto punto comprensible. La cinta, que recoge la lucha de Martin Luther King en la ciudad que da nombre a la película, aprovecha notablemente sus recursos para erigirse como una lucha no solo por la igualdad, sino por la dignidad humana. Una lucha en la que no todo es blanco o negro, pero en la que claramente sale perdiendo la muchas veces criticada intolerancia sureña de Estados Unidos.

De este modo Selma se aproxima más a lo que fue 12 años de esclavitud allá por 2013 que a lo que propuso El mayordomo ese mismo año. Si bien es cierto que su ritmo es irregular, en buena medida motivado por una historia con muchos momentos estáticos, la intensidad emocional de sus secuencias, sobre todo de aquellas que tienen como protagonista brutales palizas a unos individuos desarmados y en protesta pacífica, es incuestionable. Es dicha intensidad la que logra impregnar al conjunto de una pátina dramática que sitúa al espectador como uno más de los protestantes de Selma y como uno más de los objetivos del racismo y la brutal violencia.

El guión, construido sobre un formato académico y poco dado a la innovación, deja en el recuerdo numerosos instantes estremecedores desde diversos puntos de vista, sobre todo gracias a un comienzo que rompe los esquemas al espectador y le condiciona irremediablemente durante las dos horas de metraje. Que nadie entienda esto como una crítica; es más bien una alabanza a un desarrollo dramático que golpea en un primer instante para poder hacer comprender el porqué de los acontecimientos. A esto ayuda, por supuesto, un reparto comprometido tanto en los roles principales como en los secundarios, ya sean héroes o villanos. Quizá lo menos relevante de todo sea la puesta en escena de DuVernay, más artesana que artista, y una fotografía con pocos contrastes y mucho academicismo.

Pero aunque la impresión general de Selma sea la de una película corriente que aborda una vergonzosa época de Estados Unidos lo cierto es que las horas posteriores a su visionado permiten comprender la magnitud de lo narrado. En realidad, poco importa lo que se consigue. Lo realmente atractivo es cómo se consigue, cómo la sociedad de todo el país se unió tras comprobar la brutalidad sin sentido y cómo la marcha encabezada por Martin Luther King se convirtió en una marcha por la dignidad de todo un pueblo. Quizá no sea la mejor película del año. Es más, tiene muchos aspectos a mejorar, sobre todo formales. Pero sin duda es un film notable.

Nota: 7/10

1ª T de ‘The Knick’, serie de médicos con nuevo modelo dramático


Clive Owen encabeza el reparto de la primera temporada de 'The Knick'.Uno de los riesgos inherentes a las series de televisión deriva de su propia condición episódica. Normalmente, cuando un aficionado se aproxima por primera vez a una producción de estas características tiende a dejarlo en los primeros compases si no cubre sus expectativas. De ahí la relevancia de un buen episodio piloto. Pero esto puede provocar abandonar una trama que, con el paso del tiempo, crezca hasta crear una producción notable. Uno de los últimos casos es el de The Knick, creación de Jack Amiel y Michael Begler (Mamá a la fuerza) que dirige íntegramente Steven Soderbergh (Efectos secundarios). 10 episodios que se han convertido en una de las etapas más adultas e interesantes de la actual programación.

Su trama se centra en la actividad diaria del hospital Knickerbocker, cuya abreviatura da nombre a la serie. Con un cirujano adicto a la cocaína como principal protagonista, la producción ofrece una amplia visión de las necesidades médicas durante los primeros años del siglo XX, época en la que la electricidad todavía era un lujo al alcance de pocos, el racismo imperaba en la mayor parte de los estratos sociales y la medicina estaba, en muchos sentidos, todavía en pañales. Desde luego, la ficción tiene los elementos necesarios para alcanzar un peso dramático único, pero el desarrollo de su episodio piloto no fue todo lo que cabría esperar, posiblemente porque necesitaba plantear las numerosas tramas que se entrelazan en los pasillos de este hospital situado en la zona menos adinerada de la ciudad de Nueva York.

Pero lo cierto es que esa primera impresión es sin duda errónea. El desarrollo dramático de The Knick durante su temporada de estreno ha sido, en líneas generales, sobresaliente. Los personajes protagonistas, aunque sin deparar grandes sorpresas, sí ofrecen la consistencia suficiente como para dotar a las situaciones de la fuerza necesaria. La situación que vive, por ejemplo, el médico interpretado por André Holland (42), un hombre negro, se termina convirtiendo en uno de los mejores aspectos de la serie. Sus continuas luchas en un entorno que le discrimina y su fortaleza moral y física para salir adelante se combinan con una ironía que dota al conjunto de un humor ácido que ayuda, en cierto modo, a lidiar con las notables secuencias que pueden llegar a herir la sensibilidad de más de uno.

Este es, por cierto, el otro aspecto más comentado de estos primeros episodios. La crudeza con la que Soderbergh muestra las operaciones que el equipo de cirujanos lleva a cabo es indescriptible. Desde el primer episodio, en el que un parto termina convirtiéndose en una carnicería, hasta la recomposición de una nariz, toda secuencia que transcurre en la mesa de operaciones (por cierto, abierta al público y a los gérmenes) es garantía de una dureza visual que contrasta, y de qué modo, con la elegancia que caracteriza al resto del relato. En este sentido, la labor del director dota a la serie de una coherencia formal que aprovecha al máximo no solo el diseño del hospital, sino las características propias de esos años como los vehículos a caballo o el vestuario.

Una época al detalle

Todos estos elementos convierten a The Knick en un reflejo intenso, frío y, en cierto modo, objetivo, de la vida y el mundo de la medicina a comienzos del pasado siglo. No hay cabida, por tanto, para melodramas románticos, aunque existe un love interest muy bien tratado; no existe tampoco la profusión de casos médicos de otras producciones, aunque los que tratan lo hacen con el aliciente de ver en acción a unos hombres que podrían considerarse pioneros en muchos sentidos. Lo que define a la serie en estos primeros episodios es, precisamente, su capacidad para diferenciarse de la típica serie sobre médicos. Su ausencia de tramas episódicas (las más cortas duran entre dos y tres episodios) permite a los personajes implicarse de un modo u otro en el desarrollo de las diferentes historias, incluso aunque a priori nada tengan que ver.

Y hablando de personajes, no puede obviarse la labor de Clive Owen (Duplicity) como principal protagonista. En líneas generales el reparto es simplemente brillante, pero el caso de Owen deja patente la calidad interpretativa del actor. Su personaje, complejo desde su definición, adquiere un cierto aire de grandeza gracias a su trabajo, lo que a la larga redunda en un beneficio dramático al asistir a la caída en desgracia del protagonista por su incontrolable adicción. Una adicción, por cierto, cuya cura le llevará casi con toda seguridad a otra muy distinta y posiblemente más peligrosa, como deja entrever el último plano de la temporada.

Al final, la sensación que deja este hospital neoyorquino es la de una historia que bebe de su época, que sabe aprovechar todo el contexto social, político y económico para dotar a sus tramas de una fuerza distintiva. Los conflictos raciales afectan a la forma de entender las relaciones entre el médico negro y sus pacientes, muchos de ellos reticentes; los problemas comerciales provocan una crisis que deriva en una espiral autodestructiva para el protagonista; los problemas económicos se traducen en deudas con personajes de dudosa moral. Y así sucesivamente. Se establece así un vínculo entre ficción y realidad que nutre a los personajes, ya de por sí sólidos, y a las tramas, cuyo carácter de temporada favorece, sin lugar a dudas, el dramatismo de la serie.

Por tanto, y a pesar de que el primer episodio puede generar sensaciones encontradas, The Knick es una de esas series que gana adeptos con el trabajo dramático y la seriedad de sus propuestas. Su primera temporada es un ejemplo de que no siempre es necesario tener un piloto brillante para ser una brillante producción. Aquellos aficionados a las ficciones médicas encontrarán en esta historia algo diferente, fresco y atractivo. Los que no se hayan acercado a las temporadas de Anatomía de GreyHouseUrgencias no deberían dejarse llevar por las primeras impresiones. Estamos hablando de una obra cuyas ramificaciones, directas e indirectas, crean un mundo fascinante. Y la dirige Soderbergh, por si alguien necesita más alicientes.

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