‘Alien: Covenant’: el infierno original en un paraíso moderno


No hay nada como volver al principio para recuperar la esencia de algo. Al menos en parte. Por supuesto, eso no es garantía de nada, pero siempre es un buen comienzo para enderezar un barco que zozobra. La saga ‘Alien’ ha ido, indefectiblemente, de más a menos, y aunque soy partidario de defender lo que representa Prometheus (2012) en este universo, es indudable que no está a la altura de lo que el propio Ridley Scott logró en 1979. La nueva entrega, a medio camino entre el clásico y la modernidad, tiene las virtudes del primero y los vicios de la segunda, y es en esta combinación de ADNs donde el director logra crear un híbrido más que interesante.

Porque a pesar de los defectos de Alien: Covenant, sus aspectos positivos convierten a este film en una obra inquietante, eficaz en su relato y con un pulso narrativo firme y directo. Bueno, tal vez directo no sea el mejor apelativo a tenor de todo el trasfondo que posee, pero desde luego Scott vuelve a demostrar que es capaz de generar tensión dramática prácticamente con una pared. En este sentido, el film aprovecha un desarrollo dramático prácticamente calcado al original para explorar nuevas formas de terror, nuevas vías de crear estos monstruos que continúan evolucionando, esta vez de forma más coherente que en entregas anteriores y con una explicación tan eficaz como perturbadora.

De hecho, el film posee varias lecturas, algunas más interesantes que otras. Desde la mera y simple acción espacial hasta el trasfondo sociológico, filosófico e incluso religioso, la cinta explora en mayor o menor medida los diferentes aspectos que componen la complejidad del espíritu humano. Y esto es, a su vez, lo que juega en su contra. La cinta tarda en arrancar en lo que a trama se refiere, sus reflexiones rompen en muchos momentos el ritmo narrativo de la historia y, es cierto, aprovecha en demasía la estética y la estructura del primer film, hasta el punto de introducir personajes similares, entornos conocidos y, lo peor de todo, una previsibilidad en las decisiones de sus personajes y en las apuestas dramáticas que restan fuerza al film.

En realidad, Alien: Covenant es un puente casi perfecto entre lo que representó Prometheus y lo que ha sido la saga original. Aterradora, inquietante, dramática por momentos y espléndidamente rodada, la nueva película de Scott demuestra que la serie de terror espacial puede ofrecer todavía muchos y enriquecedores matices a este universo. Sí, es cierto que los aliens ahora se crean por otros medios, que se cambia una reunión en torno a una mesa por una camilla y que su desarrollo se desinfla un poco al final ante lo previsible del argumento. Sin embargo, todo eso no impide que sea una obra notable capaz de perturbar con el uso que el director hace de las sombras y de las posibilidades del guión. Y ojo a la labor de Michael Fassbender (La luz entre los océanos), auténtico héroe, villano y todo lo que se quiera decir de él. El resto del reparto, por suerte o por desgracia, no están a su altura. Más o menos como ocurre con su personaje y el resto de la tripulación.

Nota: 7,5/10

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El miedo racial a los alienígenas de ‘Distrito 9’ y su crítica social


Sharlto Copley protagoniza 'Distrito 9', primera película de Neill Blomkamp.No es esta la primera vez que me reafirmo en la idea de que la ciencia ficción es uno de los mejores vehículos para denunciar determinados aspectos de la sociedad moderna. El reciente estreno de Elysium es un muy buen ejemplo de esto, pero es superado por el primer film del propio director, Distrito 9 (2009). Sin grandes actores pero con una carga emocional y social apabullante, Neill Blomkamp compone una crítica al sistema de clases sociales y al problema racial de Sudáfrica (con una fuerte referencia al apartheid) en una película que casi con toda probabilidad se convertirá en un clásico del género.

Lo más importante de la película, al igual que le ocurre a la protagonizada por Matt Damon (El caso Bourne), es que su historia, a pesar de los componentes fantásticos, es cercana, directa y sencilla. Los alienígenas han llegado a la Tierra, pero lejos de conquistarla se han visto atrapados como una especie de inmigrantes ilegales en Johannesburgo. En esta situación los gobiernos han creado unos campos de refugiados para que puedan vivir y reproducirse hasta que vuelvan a su planeta. Se les controla, se les vigila y se les tolera poco. En medio de todo esto un empleado público se ve envuelto en una situación que le abrirá los ojos ante las actitudes de una y otra especie.

Antes mencionaba que no tiene grandes actores. Y es cierto. Pero eso no impide que no haya grandes nombres apoyando el proyecto. Peter Jackson (El señor de los anillos. La comunidad del anillo) fue el peso pesado que le abrió muchas puertas al proyecto, al menos de forma inicial. La realidad es que la película posee argumentos propios para defenderse solita sin necesidad de apoyos o de famosos avalistas. Su dramatismo, cuyo pilar fundamental es el desarrollo argumental, se agudiza con cada uno de los elementos formales del conjunto, desde una realización pseudo documental (que tuvo un importante aliado en la campaña viral iniciada en Internet) hasta unos efectos digitales maravillosos, pasando por una fotografía que sabe captar las emociones del protagonista en su proceso de transformación.

Suele decirse en todo manual de guión que el personaje principal no puede terminar el viaje exactamente igual que lo empieza. En el caso del protagonista, interpretado por un entonces desconocido Sharlto Copley (y bendito descubrimiento, la verdad), dicha transformación se produce en dos claros niveles muy relacionados. Por un lado su transformación moral, en la que la intolerancia, el miedo a lo desconocido y ese rechazo inconsciente generado por el entorno social dan paso a la comprensión, la necesidad de ayuda y, porqué no, el miedo a lo que es capaz de hacer el ser humano cuando no comprende algo. Esta transformación, y ese es otro de los aciertos del film, también tiene lugar en el espectador, quien encuentra muchos momentos extrañamente familiares, más o menos como ocurre en Elysium.

Pero por otro hay una transformación física. No voy a contar aquí en qué consiste ni cómo se produce. Simplemente señalar que esa transformación es, por así decirlo, similar a lo que podría ocurrirle a un ciudadano medio que se vea de repente perdido en un lugar donde sus habituales recursos han desaparecido, en el que se le confunde con uno más de esos “indeseables” y se le trata como tal. Consiste, en pocas palabras, en sufrir en carne propia la actitud que se tiene con el prójimo, ese miedo racial que en esta ocasión consiste en evitar convertirse en algo que siempre se ha tratado como una amenaza. Y eso que el personaje de Copley no es necesariamente malo, sino simplemente incapaz de denunciar injusticias por un miedo social extrañamente instaurado.

Un drama muy humano

Acabo de darme cuenta de que, a pesar de ser una cinta sobre alienígenas, no les he mencionado prácticamente nada. Tampoco es extraño, Distrito 9 es de todo menos una cinta de alienígenas al uso. Si se ha elegido este contexto es porque el contraste entre humanos y extraterrestres es más evidente que entre humanos con distinto tono de piel. En este sentido, se podría decir que la cinta es en realidad un drama humano y social, una historia de desesperación y soledad, de supervivencia y esperanza, que podría encuadrarse en cualquier época y situación. No debería pasarse por alto tampoco el hecho de que los aliens se parezcan a los insectos, sin duda una representación de la mentalidad de muchos individuos de épocas oscuras la lucha por la tolerancia.

Es en esta línea en la que hay que interpretar la película de Blomkamp. El acabado técnico es impecable, no cabe duda, pero su fortaleza estriba en el desarrollo dramático de ese cambio, de ese proceso de abandono y rechazo por una sociedad a la que se consideraba propia y que sin embargo devora y ataca todo aquello que es incapaz de entender o respetar. Es soberbia la forma en la que el personaje de Copley, quien por cierto está inmenso en el rol, comprende poco a poco que está solo y que su única salida es ayudar a aquellos a los que antes vigilaba. No tanto en las secuencias de acción o de investigación como en los momentos más íntimos de su soledad, aquellos en los que su reflejo en un espejo le devuelve la cruda realidad de que su vida nunca volverá a ser la misma.

Empero, hay esperanza. Ese es otro de los múltiples mensajes que atesora el film. A pesar de todo lo que le sucede, a pesar de sobrevivir a ataques y persecuciones, la esperanza de que logre su objetivo siempre prevalece. Incluso cuando ese impactante plano final deja poco margen para ese tipo de emociones, Neill Blomkamp se las ingenia para aportar luz a ese oscuro túnel. En cierto modo, es lo que se desprende en todo momento de la raza alienígena, y lo que sin duda se respira en las zonas de Johannesburgo representadas en el relato. Con esa forma de narrar tan directa y sencilla, aquí con el formato de falso documental, el realizador logra transmitir todo aquello que queda plasmado sobre el papel y lo que subyace de muchos de los diálogos.

Todo ello convierte a Distrito 9 en una película perfecta, descubriendo a un director con una visión crítica y una capacidad de entretenimiento muy poco comunes. Su aspecto documental otorga a la historia un mayor dramatismo, incluso contrarrestando el hecho de que los alienígenas estén en medio de todo. Sin embargo, y como decíamos antes, esta no es una historia de invasiones y luchas. Es un drama humano, la búsqueda de una solución que no parece existir o que no se quiere aplicar. Es la comprensión de lo que hay al otro lado, de ese miedo a lo desconocido que solo provoca una innecesaria escisión cuya ausencia podría solucionar muchos de los problemas en el mundo. Entender la película como una más de ciencia ficción sería un error. Su valor, y por lo que se convertirá en un clásico, reside en comprender los absurdos motivos del conflicto racial que asola a la raza humana desde que el mundo es mundo.

La búsqueda de ‘Prometheus’ encuentra una buena taquilla


En lo que va de año se ha producido un fenómeno cuanto menos curioso que podría ser objeto de estudio para los expertos en los movimientos de la taquilla y el comportamiento de los films en España. En estos meses los dramas y las cintas más adultas han sido las que mejor han aguantado el tirón semana tras semana, con el caso extraordinario de Intocable a la cabeza. Sin embargo, han sido las cintas de ciencia ficción las que han generado picos en la recaudación, logrando cifras de récord en este 2012, aunque se han desinflado rápidamente. El fin de semana pasado, con el estreno de Prometheus, pertenece a la segunda categoría, a la espera de ver la reacción del público durante esta semana.

La cinta de Ridley Scott, que vuelve al mundo de Alien con esta precuela de su película de 1979, se sitúa como la más taquillera con 3,43 millones de euros de un total en estos tres días de 7,6 millones. Con 412 copias, esta historia de terror espacial se hace con el 43% de los espectadores del fin de semana, lo que es muy indicativo del atractivo que presentaba el evento. De mantener un ritmo similar podría rondar los 10 millones de euros, aunque la división de opiniones y el sabor agridulce que ha dejado el film podrían jugar en su contra.

La segunda película más taquillera es Madagascar 3: De marcha por Europa, que en su segunda semana desciende un 32% para sumar 1,41 millones a los 5,3 millones de euros en total; un comportamiento que sigue la línea de otros títulos similares, y que es más que probable que vea afectada su trayectoria con la llegada de lo nuevo de Pixar en los próximos días. Otro mantenimiento, El caballero oscuro: La leyenda renace, se coloca en tercera posición con 852.800 euros, un 49% menos que continúa el comportamiento descendente de la semana pasada. En total, 9,05 millones de euros que serán fácilmente superados para tocar los 11 o 12 millones.

Ice Age 4: La formación de los continentes registra unos datos similares, al menos en porcentaje, a Madagascar 3. Con un descenso del 31%, esta semana recauda 322.000 euros y acumula un total que se acerca a los 15 millones de euros, cifra que a buen seguro superará a pesar de, como decimos, el estreno animado del próximo viernes. A continuación encontramos la comedia El dictador, que sigue gustando al público juvenil a tenor de su descenso del 31% respecto a los datos de la semana anterior y aun total de 4,65 millones de euros.

Otro de los estrenos del fin de semana, Sin rastro, se cuela en la sexta posición con 243.150 euros, lo que no es un buen dato pero se haya en la línea de otros títulos similares de los últimos meses. Teniendo en cuenta la calidad del film y las malas críticas recibidas, es más que probable que la audiencia deje de interesarse por ella más pronto que tarde. Por su parte, The amazing Spider-Man se mantiene en con un descenso del 44&, lo que implica una recaudación de 171.300 euros. 8,67 millones de euros es su cifra global.

Los últimos puestos del top 10 son para las comedias Qué esperar cuando estás esperandoLa felicidad nunca viene sola. Mientras la primera logra mantenerse todavía entre las 10 más vistas, la segunda no parece convencer en su estreno, y con 101 copias alcanza los 143.300 euros, lo que no augura una buena evolución de aquí a unos días. El farolillo rojo de este ranking es para la española Tengo ganas de ti, que tras siete semanas pierde un 48%, lo cual no es un mal dato teniendo en cuenta las cifras globales: unos 12 millones de euros y cerca de 2 millones de espectadores.

 

 

 

 

 

 

 

 

‘Prometheus’: desmontando el origen de las especies


Ridley Scott (Hannibal) nunca ha sido un director de reconocimiento inmediato. Incluso clásicos como Alien (1979) o Blade Runner (1982) fueron duramente criticados en el momento de su estreno. Se puede decir que el director es un corredor de fondo, un autor en cierto modo incomprendido cuyas obras tienden a perdurar y a mejorar con el tiempo. Desconozco si su nueva película seguirá esta tendencia, pero en el momento del estreno su nueva incursión en el mundo de Alien deja una sensación extraña, a medio camino entre la euforia de un trabajo visualmente espectacular y el sinsabor de una historia que parece no ir a ninguna parte.

Porque sí, lo nuevo de Scott impacta desde sus primeros planos aéreos, con unos paisajes indescriptibles y una extraña figura que se suicida de forma harto dolorosa para dar lugar a la vida. En este sentido, el film se mueve por terrenos conocidos para los fans de la saga alienígena, con túneles oscuros y repletos de amenazas, con una nave que parece más una ratonera que un vehículo, y con unas muertes a cada cual más desagradable. De hecho, en lo que se refiere al diseño de decorados, vestuario e incluso criaturas el director de Thelma & Louise (1991) camina por terreno firme, sin intentos absurdos de mostrar algo nunca visto a una audiencia que ya lo ha visto todo, lo cual es todo un acierto.

El principal problema es el guión, que corre a cargo de Jon Spaihts, cuyas referencias se reducen al guión de la pobre La hora más oscura, y Damon Lindelof, una de las mentes detrás de la serie Perdidos. Y al igual que la producción para la pequeña pantalla, la película se mueve entre la religión y la ciencia, entre el interés por conocer y el miedo a lo desconocido… y al igual que aquella, no cierra como debería una historia que podría haber dado mucho más de sí. Por desgracia, los diálogos se pierden en muchas ocasiones en diatribas religiosas sobre el origen de la Humanidad y sobre la imposibilidad de que religión y ciencia convivan en una misma mente. Al final queda la sensación de haber asistido a una amplia reflexión sin que se haya sacado nada en claro, y mucho menos la resolución de la trama principal.

Y es que el arco narrativo que se muestra en los primeros minutos del metraje evoluciona lentamente hacia otro mucho más terrorífico, algo que en sí mismo no es negativo salvo por el hecho de que los pasos de dicha evolución quedan un tanto confusos. En realidad, el film peca de pretencioso, de querer aportar al origen de Alien una pátina casi mística totalmente innecesaria (por cierto, que el origen de la criatura es acertadamente complicado y elaborado). Si eso no existiera, la película sería sublime, gracias entre otras cosas al magnífico reparto, con especial mención a Michael Fassbender, creciendo con cada papel que hace.

Nota: 7/10

‘Alien resurrección’, o la innecesaria vuelta de la saga de Ripley


A pesar de las irregularidades de su historia, Alien 3 dejó para la posteridad un buen sabor de boca gracias no solo a la integración de su historia en el contexto de las dos películas anteriores, sino a un final donde la protagonista se sacrificaba por el bien común en uno de los planos más hermosos de todo el metraje. La saga de Alien, más que les pese a algunos, es la saga de Ripley, por lo que la ausencia de una debería ser el final de la otra. Algo que sabían los productores. Y como en el cine todo es posible, la resurrección del personaje estrella no debía ser un problema.

De ahí el título de la cuarta y última entrega de la saga, Alien resurrección, que en 1997 dirigió Jean-Pierre Jeunet con menos fortuna que sus predecesores, aunque de nuevo la mayor desventaja debe achacarse al flojo y algo surrealista guión de Joss Whedon (Los Vengadores). Y es que más allá de los motivos por los que Sigourney Weaver vuelve a protagonizar la saga, el devenir de la historia, con momentos que parecen sacados más de una serie de televisión que de un film de terror digno de Alien, tiende demasiado al entretenimiento puro, abandonando la intriga o el terror de los que hicieron gala entregas anteriores.

En esta cuarta entrega ocurre algo similar a lo visto en el film de David Fincher (The game). La premisa inicial de recuperar el ADN de la protagonista para resucitar al alienígena, con todos los problemas que eso conlleva, es atractiva, pero los efectos secundarios en personajes y tramas no son tan interesantes. Ver a una Ripley con lo más parecido a superpoderes que puede encontrarse en el universo Alien chirría tanto como incluir en el reparto a una actriz tan poco viva como Winona Ryder (Cisne negro).

Por no hablar de esa criatura final, una especie de Alien humanizado que, sinceramente, no tiene mucha razón de ser más que para ofrecer la imagen de un nuevo monstruo que no convence ni por diseño ni por presencia (su participación en el film es muy escasa).

El mundo de Alien según Jeunet

Desde luego, lo más interesante de esta cuarta parte es su director, responsable de títulos tan surrealistas como Amelie (2001) o La ciudad de los niños perdidos (1995). Su originalidad visual, muy controlada por los responsables para mantener una línea común con el resto de títulos, engrandece el guión gracias a la oscuridad que aporta su planificación, a la suciedad física y moral de sus personajes y al ritmo pausado y reflexivo que logra imponer en algunos momentos.

Gracias a su labor, muchos de los personajes, sobre todo los secundarios, se convierten en individuos que parecen sacados de su personal universo. Si bien Weaver se muestra cansada e indiferente con un personaje que no debería haber vuelto y Ryder aporta más bien poco debido a su fragilidad interpretativa, el resto de actores crean todo un microcosmos único, cercano a lo visto en las películas anteriores pero totalmente ajenos a ellos.

Comenzando por Dominique Pinon (Largo domingo de noviazgo) y Ron Perlman (serie Hijos de la anarquía), y siguiendo por Gary Dourdan (serie C.S.I.) y Michael Wincott (Robin Hood, príncipe de los ladrones), este grupo de piratas espaciales es la marca más personal del director en un film más bien de encargo. Sucios y extavagantes, tanto sus actitudes como la forma en que Jeunet los presenta demuestra que se encuentran fuera de lugar en la historia, lo que termina por beneficiar a la misma y recupera ese espíritu algo ingenuo de las víctimas de Alien, el octavo pasajero (1979).

Al final, Alien resurrección se revela como la entrega más floja de las cuatro, un intento banal por recuperar una historia que debería haber muerto en la tercera parte y que evidencia una falta de orientación en sus objetivos. La labor de Jeaunet con actores y determinadas secuencias de intriga y acción es la única herramienta que recupera algo del espíritu de la saga, viciado en un intento por mostrar nuevos caminos. Prueba del resultado es el hecho de que no se haya continuado con la saga y se haya optado por juntarlo a otro gran alienígena del cine, Depredador, cuyo resultado solo puede ser aceptado si no se toma demasiado en serio.

La primera película de… David Fincher: ‘Alien 3’


Cuando David Fincher, director de Seven (1995), llegó a la saga de Alien no era nuevo en esto de la dirección. Su larga trayectoria como director de videoclips, algunos de ellos para nombres tan importantes como Madonna, le avalaban como un realizador dinámico, original y capaz de generar un impacto visual digno de la saga alienígena. Su estreno en el largometraje, empero, se vio manchado por elementos ajenos a su control, es decir, por el guión. Y no es que éste fuera malo, pero carecía de la fuerza dramática que sí tuvieron sus dos predecesoras, además de desarrollar algunos conceptos ya iniciados en Aliens, el regreso (1986).

Se puede considerar a esta tercera entrega la más emocional de las cuatro realizadas. Los componentes románticos, amorosos o protectores parecen planear sobre toda la trama tratando de introducir en la misma un punto de vista diferente a la ya conocida historia de Ripley y las criaturas con sangre ácida. Sin embargo, la baza termina jugando en su contra, y lo hace por un elemento que desaparece en la película de Fincher: la supervivencia de unos pocos. En efecto, mientras que en los anteriores films un grupo reducido se enfrentaba a algo desconocido, aquí no solo se conoce ya perfectamente, sino que el grupo es lo suficientemente grande como para tener que estar encerrado en una cárcel… y todos terminan, claro está, muertos a manos del Alien.

En este sentido, mientras que en la película de James Cameron (Terminator 2: El juicio final) la compasión por la niña se desarrolla gracias a un sentimiento materno perdido, aquí el componente romántico parece quedar fuera de lugar, con un Ripley ruborizada en medio de los presos más sanguinarios de la galaxia. Atrás queda la supervivencia por túneles angostos, cámaras a oscuras o nidos repletos de huevos para presentar una historia más bien facilona en la que el monstruo debe quedar patente en buena parte del film.

El problema de Alien 3, por tanto, cabe encontrarlo en el desarrollo dramático de su trama principal y en algunos arcos narrativos que pueden desencajar del conjunto. Con todo, la premisa básica que subyace a lo largo de la trama no es solo original, sino coherente con el resto de las historias, llegando a un final apoteósico en el que el sacrificio personal logra la protección de la raza humana (o al menos eso quiere hacerse pensar). Si en Aliens la raza extraterrestre funcionaba como una colmena, aquí parece hacerlo más bien como una manada, protegiendo al portador del embrión reina de todo mal.

La buena mano de Fincher

Es en este punto, realmente el más llamativo de la historia y el que debería importar al final de la misma, en el que David Fincher da rienda suelta a su particular estilo sobrio y perturbador para narrar un dilema, un trastorno personal marcado por una revelación demoledora, que no es otra que la de saberse portador del mayor monstruo posible.

El particular uso de sombras, como ya hizo, por ejemplo, en Seven, permite al director crear algunas secuencias realmente incómodas, que si bien no alcanzan el grado de perfección de sus dos predecesores, sí dan una idea de lo que podría hacerse con un guión más sólido y, lo más importante, dejan grabado en la mente algún que otro momento inolvidable.

Alien 3 es, en definitiva, un intento por dar una vuelta de tuerca a la historia al mismo tiempo que hacer de broche de oro a la vida de Ripley (magnífica Sigourney Weaver con rapado al cero incluido). El problema es que dicha vuelta de tuerca trata, por un lado, de combinar elementos y referencias de películas anteriores y, por otro, de aportar nuevas ideas que se desarrollen más adelante. Al final, se queda en tierra de nadie. Da la sensación de que podría haber sido mucho más, y ese sentimiento lo produce el trabajo de Fincher sobre un guión que, en muchas ocasiones, transita por la indefinición que provoca el temor a lanzarse a por una idea.

James Cameron ofrece un terror más visceral con su ‘Aliens’


Mi primer contacto con el mundo de Alien fue, me imagino, similar al de muchos aficionados: ver la primera y la segunda entregas de forma consecutiva. En su momento, esta sesión de terror, monstruos y violencia me permitió comprender una historia que iba mucho más allá de una tripulación y ver en conjunto cómo evolucionó la serie de una a otra. Y lo cierto es que el cambio de estilo narrativo y de planteamiento argumental es lo suficientemente grande como para considerar a Aliens, el regreso (1986) como un título perfectamente independiente, con una coherencia interna propia y unos conflictos sólidos y profundos que solo en algunos casos hacen referencia a una historia anterior.

A pesar de todo, esta segunda parte dirigida por James Cameron (Terminator), algo que queda patente en todo momento, posee muchas similitudes con la estructura de la cinta dirigida por Ridley Scott (Los impostores), como el equipo de salvamento, el planeta en el que transcurre, los tortuosos pasillos de las naves y las bases colonizadoras, un robot, … Sin embargo, como buena secuela, el guión cuenta con suficientes elementos novedosos como para tener un alma propia, y el principal de todos ellos es el componente emocional de la protagonista, de nuevo con los rasgos de Sigourney Weaver, quien nunca ha abandonado la saga.

Puede que haya críticos y fans de la saga que critiquen una cierta falta de emotividad en la primera entrega, pero lo cierto es que el planteamiento de Scott no dejaba sitio para ese elemento, y lo más probable es que su inclusión hubiera quedado excesivamente forzada. En esta ocasión, sin embargo, la sutileza de su presencia a través de la figura de una niña que ha sobrevivido al ataque alienígena convierte en mucho más humano al personaje de Ripley. Puede que fuera por haber sobrevivido en la primera película, o por una serie de datos que descubre al comienzo de esta continuación, lo cierto es que la fragilidad de la pequeña, su inocencia y el horror al que sobrevive despierta en ella un sentimiento maternal que contrasta mucho con el carácter que presenta en la película de Scott.

Un concepto, el de la maternidad, que está presente a lo largo de todo el film gracias a la figura de la reina de las criaturas, una suerte de abeja reina que, además de revelar algo más sobre esta raza, es el enemigo más peligroso y letal, hasta el punto de tener que ser derrotado con una especie de exoesqueleto manejado por la protagonista que, sin duda, influyó en el diseño de los robots de Avatar.

Terror específico estilo Cameron

Antes mencionaba que la mano de Cameron se nota en esta entrega, lo cual no puede ser sino algo beneficioso. Aliens, el regreso ofrece una visión muy distinta del suspense en el que incidía Ridley Scott. Gracias al director de Mentiras arriesgadas, que nunca ha sido demasiado fanático de las historias pausadas y con un tempo lento y analítico en su desarrollo, la lucha por la supervivencia de un nuevo grupo de individuos es mucho más visceral, más violenta. Atrás quedan en la mayoría de los casos la cautela ante la amenaza, el uso de las sombras por parte de los alienígenas o, incluso, la descompesación de fuerzas entre un ser y otro (sobre todo en su última secuencia).

Fiel a su estilo, James Cameron opta por una tensión dramática más palpable y visible generada no solo por la presencia de una criatura a la que ya se ve en todo su esplendor, sino por el conocimiento que ya tienen los espectadores del universo de Alien y por la presencia de un ser tan indefenso como una niña. En cierto sentido, ya no se trata de sobrevivir uno mismo, sino de salvaguardar el futuro de la especie (algo con lo que se juega en alguna que otra ocasión). El film, en definitiva, cuenta con algunas de las secuencias de acción más impactantes de la saga, y gracias a su sólido guión se convierte en una digna sucesora del original al mismo tiempo que en un título que se ha ganado el estatus de clásico por méritos propios.

Si Alien, el octavo pasajero se enmarca dentro de un terror psicológico, Aliens, el regreso pertenece a ese terror más visual, más palpable y más visceral donde los sentimientos surgen no tanto de la incertidumbre a lo desconocido, sino de la posibilidad de perder aquello que hemos llegado a querer ante una amenaza conocida. En el fondo, ambos títulos cuentan con un desarrollo similar, unos personajes casi idénticos y algunas ‘set pieces’ que puede generar un déjà vu, pero es la narración visual y el interés del director los que modifican el conjunto.

Lo cierto es que, al final, esta segunda parte se erige como una alternativa al original, una especie de punto de vista diferente sobre un material más o menos similar, ofreciendo la oportunidad al espectador de elegir entre una y otra. Sea como fuere, la película de Cameron impacta en la retina mucho más que la de Scott (que lo hace en el subconsciente), y evidencia una fuerza narrativa y visual como pocas historias del espacio han conseguido. Aliens, el regreso es mucho más que una mera secuela. Es una puerta abierta a otra forma de entender la ciencia ficción.

Ridley Scott renueva el terror y el suspense espacial con ‘Alien’


En los primeros minutos de Alien, el octavo pasajero (1979) se habla de un personaje misterioso, un “jinete espacial” en una nave. Sin embargo, ahí acaba todo para abrir la puerta a una de las sagas más influyentes de la ciencia ficción. El director de aquella primera entrega, Ridley Scott, asegura que vuelve a este universo para contar, precisamente, la historia de ese personaje en Prometheus, cuyo estreno será este fin de semana y de la cual ya ofrecimos el trailer junto a un repaso rápido de las diferencias y similitudes entre las películas. Pero el mundo de Alien es demasiado rico como para quedarse en un mero análisis general.

Sin duda, esta especie de precuela que dirige Scott contará con muchos más medios de los que tuvo hace más de 20 años en el que fue su segundo largometraje. Y puede que ese sea, para muchos, un importante talón de Aquiles. Porque si algo define al clásico protagonizado por Sigourney Weaver (Avatar) es su sencillez y la imaginación y originalidad que desprende su puesta en escena para paliar un ajustado presupuesto. Puesta en escena, por cierto, que todavía hoy se analiza como uno de los mejores ejemplos de trama de suspense más que de terror.

Suele decirse que la falta de medios obliga a exprimir al máximo la imaginación. En el caso de Alien es totalmente cierto. A excepción de las primeras secuencias, cuando un equipo minero llega junto a la nave que ha emitido una extraña señal e investiga lo sucedido, el resto del metraje transcurre en decorados casi minimalistas, elaborados al detalle pero ocultados por las sombras que caracterizan a esta primera película. En cierto modo, el director huye de grandilocuencias, de impactantes secuencias donde actores y decorados enormes interactúen para conformar una batalla sin igual. Y tanto da si es por necesidades presupuestarias o por la visión previa del director. Lo realmente interesante es el resultado final, una cinta que, aunque enmarcada en el terror espacial, se mueve más por el terreno de la intriga y la supervivencia.

Y este es el mayor acierto de un guión, por otro lado, brillante en su definición de los personajes y el desarrollo de la tensión dramática hasta su clímax final. Cierto es que la época se halla muy lejana de los actuales tiempos digitales, pero ya desde el libreto queda patente que los efectos especiales, los maquillajes y los animatronics están al servicio de la historia, y no al revés, como sucede en las últimas entregas. De hecho, la criatura a la que deben enfrentarse termina por ser un elemento casi circunstancial. Habría dado lo mismo que fuera un extraterrestre, una bomba de neutrones o la locura de alguno de los tripulantes.

El hecho de acentuar ante todo el componente psicológico y de suspense hacen que el espectador se interese, ante todo, por el devenir de los personajes, por sus motivaciones comunes y encontradas y por las intenciones ocultas de algunos de ellos, dispuestos a dejar morir a sus compañeros por cumplir una misión.

Partes de monstruos y actores completos

Esto no impide, sin embargo, que Alien pueda ser disfrutada como un espectáculo espacial con su criatura incluida. En la actualidad, donde la figura de Alien está ampliamente extendida, sorprende poco, por no decir nada, el proceso natural del monstruo (larva que se engancha a la cara, cría que surge del cuerpo, crecimiento hasta la edad adulta), por lo que es necesaria un poco de perspectiva histórica para entender su impacto social. Hasta su estreno, la mayoría de cintas con alienígenas los presentaban como seres que trataban de conquistar la Tierra. Podían tener mil formas, pero siempre se mostraban como una raza ajena a nosotros.

La película del director de Black rain (1989) rompe con todos los cánones habidos y por haber. Gracias al guión de Dan O’Bannon (asesinos cibernéticos), la historia presenta a una raza que necesita a los seres humanos para sobrevivir. El devenir de ambas razas, por tanto, está íntimamente relacionado… aunque dicha relación sea de extremada violencia para nosotros. Y aunque habría sido una buena oportunidad para mostrar en todo su esplendor a una nueva amenaza para los humanos, Scott opta por no mostrar del todo a la criatura. Sí, su cabeza se ve; sí, se sabe que tiene cola; incluso se puede, más o menos, calcular su altura. Pero nunca se llega a ver la figura completa, lo que a la postre genera más ansiedad y angustia en la atmósfera.

De hecho, la combinación entre el ambiente creado por la iluminación (impresionante trabajo de Derek Vanlint) y los decorados, y la presencia de una criatura que nunca se deja ver del todo, que se mueve entre las sombras y elimina uno a uno a los tripulantes de la nave, convierten a este clásico en un título único, muy distanciado del resto de sus secuelas. En realidad, este Alien es el único capaz de considerarse puramente terrorífico, absolutamente intrigante y atmosféricamente atractivo.

Antes mencionábamos que fue la segunda película de Ridley Scott, y puede que fuera esa frescura y falta de sentido del riesgo lo que aporte a este film buena parte de su alma. Sin embargo, no fue el único “novato” en el que confiaron los responsables. El papel protagonista se puso en manos de una muy primeriza Weaver, quien apenas tenía un par de títulos a sus espaldas (uno de ellos, Annie Hall de Woody Allen). La jugada fue perfecta. La actriz de Armas de mujer (1988) hace suyo un personaje complejo, hecho a sí mismo en un mundo de hombres y que intenta sobrevivir más que ayudar a sus compañeros. Un personaje, por cierto, que evoluciona extremadamente bien a lo largo de todo el metraje en una búsqueda de la explicación necesaria para unir todas las piezas de un puzzle que no comprende pero que intuye.

La fuerza que la actriz le imprimió a su personaje eclipsó al resto del reparto, y eso que no eran nombres desconocidos. Tom Skerritt (Top Gun), John Hurt (Melancolía), Harry Dean Stanton (La milla verde) o Veronica Cartwright (Los pájaros) son algunos de los actores que sufren el ataque del alienígena y que conforman un mosaico de personalidades, de decisiones confrontadas y de intentos de supervivencia único. Y aunque el monstruo de turno sea la amenaza más clara del film, el verdadero enemigo de la protagonista es el personaje interpretado por Ian Holm (El quinto elemento).

La labor de Holm, sutil y serpenteante como pocas, convierte al personaje en un auténtico paria al final de la película. Si al Alien se le teme, a él se le termina odiando. Su falta de humanidad, su obsesión por cumplir con una misión ajena al resto del grupo y sus intenciones de eliminar a quien se le ponga por delante calan igual o más hondo en el imaginario colectivo que el resto de elementos, hasta el punto de incluir personajes de cualidades similares en el resto de entregas, incluyendo la inminente Prometheus.

Alien es, en general, una de las mejores películas de ciencia ficción y de terror, y desde luego uno de los mejores trabajos de Ridley Scott, a medio camino entre el suspense y el cine más violento, con secuencias impactantes alternadas con atmosféricas investigaciones. Con un acabado impecable, todos sus elementos se unen para conformar una historia única hasta entonces (y me atrevería a decir que aún hoy sigue siéndolo) que modificó la forma de entender el terror espacial y el universo de los alienígenas.

Ridley Scott retoma la saga de Alien con ‘Prometheus’


En 1979, un casi desconocido Ridley Scott se ponía tras las cámaras para dar comienzo a una de las sagas más influyentes y memorables del cine. Bajo el título español de Alien, el octavo pasajero, el director de Blade Runner ofrecía una vuelta de tuerca al tema de los alienígenas, las relaciones de los humanos con ellos y el género fantástico en general. En 2012 vuelve a hacerse cargo de la franquicia con una nueva entrega, Prometheus, presentada en 3D y sin la presencia de Sigourney Weaver (Luces rojas), sustituida por un reparto de auténtico lujo: Noomi Rapace (trilogía Millennium), Michael Fassbender (Shame), Charlize Theron (Young adult), Idris Elba (Ghost Rider: espíritu de venganza), Guy Pierce (Memento) y Patrick Wilson (Hard candy), entre muchos otros. Aunque la trama se mantiene bajo siete llaves, sí se sabe que la película narra el viaje de un grupo de científicos a los confines del universo para investigar formas de vida alienígena, llegando a un planeta donde deberán luchar por su supervivencia y la de la propia humanidad.

Desde hace varias semanas están surgiendo por Internet numerosos vídeos e imágenes de cara a promocionar la película. El último en sumarse ha sido un trailer ciertamente espectacular que aclara muchas de las ideas ya expuestas en todo lo publicado anteriormente y que encontraréis al final del texto.

La franquicia de Alien puede que sea una de las más irregulares creativamente hablando que existen en el séptimo arte. Si bien las cuatro películas realizadas mantienen una línea continua en lo que a argumento se refiere, cada entrega ha sido dirigida por un nombre importante del actual cine mundial en los inicios de su carrera, lo que ha dado lugar a una variedad que no hace sino enriquecer la historia de la teniente Ripley y su lucha contra unas criaturas que se crecen en el interior de los seres humanos. Y, como ya hemos dicho, Scott fue el que sentó las bases de lo que sería, a grandes rasgos, la saga.

Con un estilo muy intimista, huyendo de espectaculares secuencias o grandes decorados (excepto en algún momento necesario), el director de Gladiator compone una obra de intriga y terror gracias a un marcado uso de las sombras y de una fotografía pálida y casi monocromática en algunos momentos. A todo esto se suma la deliberada apuesta por no mostrar a la criatura en todo su esplendor, lo que provoca aún más expectación, incertidumbre y ansiedad en el espectador. Todo ello combinado con secuencias realmente impactantes, incluso para los actores. Conocida es la anécdota de la escena del comedor, cuando el primer alien hace acto de presencia saliendo del pecho de un personaje. Ninguno de los actores estaba avisado de cómo iba a ser, por lo que la sorpresa y el miedo que transmitieron fue más real de lo que ellos hubieran deseado, algo que captaron las cinco cámaras que registraban el momento.

El éxito de Alien permitió que siete años después se llevara a cabo una continuación de las aventuras de Ripley. En esta ocasión, el director fue James Cameron, que ya había cosechado el éxito con su segunda película, una modesta producción de ciencia ficción titulada Terminator. El director de Avatar se desentendió completamente de lo propuesto por Ridley Scott, y si bien mantuvo ese aspecto oscuro, sórdido y sucio de las naves espaciales, introdujo el elemento espectacular en la saga, así como la presencia de unas criaturas de cuerpo entero y a la luz de los focos. Las segundas partes se supone que deben tener más de todo, y esta lo cumple al pie de la letra. Más acción, más conflicto, más criaturas, más… Aliens, el regreso, supuso para el director de Titanic un magnífico caldo de cultivo para el estilo que perfeccionaría en sus películas posteriores, muchas de ellas en el género fantástico.

Siguiendo la senda de esperar unos años, la tercera parte llegó en 1992, esta vez de la mano de David Fincher (Millennium: los hombres que no amaban a las mujeres, versión USA) en la que sería su primera película. Y, como todos los demás, dejó su impronta en la saga. Con una Ripley rapada al cero y atrapada en un mundo-cárcel de presos tras sufrir un accidente con su nave, la historia va más allá de lo que habían hecho Cameron y Scott para narrar la relación existente entre el personaje de Weaver y las criaturas. Una relación que, si bien comienza física, termina por ser casi espiritual; una evolución que, en mayor o menos medida, se aprecia en sus películas posteriores. Con una ambientación igualmente sucia y fría, Fincher juega con las sombras y los giros argumentales de forma poco convencional en la serie, y ofrece un aspecto que ya había sido planteado en las anteriores, pero poco desarrollado: la lucha de los hombres entre ellos a pesar de la amenaza externa.

La cuarta parte llegó algo más temprano, en 1997, gracias a la particular visión de Jean-Pierre Jeunet, el director francés responsable de Amelie que, cuando tomó las riendas del proyecto, ya se había ganado un nombre en Europa gracias a propuestas tan originales como La ciudad de los niños perdidos. Sin duda, ésta es la entrega más diferenciada de todas. Con unos personajes que parecen encajar poco o nada con el mundo de Alien, la necesidad de incluir el personaje de Ripley en la trama llevó a crear una historia algo forzada, que se vio enriquecida sin embargo gracias al poderío visual y fantasioso de Jeunet. Y si las criaturas habían ido evolucionando a lo largo de las anteriores historias, en esta dan un salto cualitativo para mostrar, incluso, a un híbrido.

Con Prometheus, Ridley Scott vuelve a ese estilo lúgubre, oscuro y más intimista, centrado sobre todo en una historia y en unos personajes que se verán desbordados por aquello que van a buscar. Sin olvidar, claro está, las nuevas tecnologías y los necesarios e impactantes planos generales de los mundos; lo podéis ver en este trailer.

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