‘Baby Driver’: fotogramas musicales


Hay cine que tiene como contexto la música. Hay cine musical, que no es exactamente lo mismo. Y luego está lo nuevo de Edgar Wright (Arma fatal), cuya definición, al menos una de ellas, podría ser el cine hecho música… o la música hecha cine. Porque si algo destaca en esta cinta de acción para melómanos es precisamente lo que el director logra hacer no solo con una planificación milimétrica, sino con un montaje tan poético, frenético y complejo que reduce las casi dos horas de metraje a un puñado de canciones que ya deben formar parte de la banda sonora de nuestras vidas.

Lo peor de Baby Driver puede que sea, curiosamente, su trama. No porque no sea buena, sino porque aporta más bien poco al género. Lineal y hasta cierto punto previsible, esta historia de ladrones sin corazón y jóvenes corazones robados para una malvada causa recuerda muchas otras grandes películas en lo que a su desarrollo dramático se refiere. Hasta aquí, una película más. Es a partir de entonces cuando la obra adquiere dimensiones casi épicas. Wright demuestra su manejo del montaje, del ritmo y de la cultura musical con una apuesta visual tan rica en referentes como divertida en las interpretaciones de sus solventes y notables actores.

La cinta es música. Y la banda sonora es cine. Su director logra algo sumamente complicado: fusionar hasta hacer uno notas musicales y fotogramas, elaborando una íntima relación que no puede ser destruida. Ya sea con canciones escuchadas en un iPod, ya sea con el ritmo creado por el sonido ambiente, todo en esta historia de amor, velocidad y atracos es una partitura. Incluso algunos momentos protagonizados por Kevin Spacey (Elvis & Nixon) son, literalmente, poéticos, aportando al conjunto un toque tan irónico como lírico. Y junto a todo esto, el tratamiento visual, con secuencias de acción que son pura adrenalina y un uso cromático que adquiere un elevado significado hacia el final del metraje.

En definitiva, Baby Driver es una obra diferente, fresca, no apta para aquellos a los que no les guste la música. Una historia de robos a ritmo de volante, de auriculares y de sueños frustrados que atrapa al espectador en su asiento para llevarle en un viaje por la música de toda una vida. Poco importa en este caso que la historia pueda carecer de demasiada originalidad en lo que a desarrollo y personajes se refiere. Poco importan algunas licencias necesarias para hacer que la acción tenga sentido. Lo que Edgar Wright propone, además de un contundente golpe en la mesa de Hollywood (si es que no lo había dado ya), es un viaje divertido, tanto visual como sonoro, que solo puede disfrutarse. Abróchense el cinturón y, sobre todo, estén atentos a la luz roja.

Nota: 7/10

‘Arma letal’ desata la acción y la adrenalina en su primera temporada


La relación entre cine y televisión ha sido, desde que la segunda llegó a los hogares de todo el mundo, muy fructífera. Las adaptaciones están a la orden del día, aunque el resultado no siempre es el idóneo, sobre todo si hablamos de una serie reconvertida en película de dos horas. Uno de los últimos casos (agradablemente sorprendente) es el de Arma Letal, incursión en la pequeña pantalla de aquellos personajes interpretados en cuatro ocasiones por Mel Gibson (Los mercenarios 3) y Danny Glover (Diablo) durante 11 años. Ahora, y bajo la batuta narrativa de Matthew Miller (serie Forever), la primera temporada de 18 episodios trata de recuperar la esencia de aquella historia. Y la pregunta evidente es: ¿lo consigue?

Definitivamente sí. Aunque la huella dejada por Gibson y Glover es indeleble, estos primeros capítulos ofrecen al espectador todo lo que cabría esperar de la trama, es decir, humor ácido, contrapuntos dramáticos y, sobre todo, mucha, muchísima acción. En efecto, uno de los puntos fuertes de esta producción es su apuesta decidida por la adrenalina y la violencia “blanca”, sin mostrar demasiada sangre, con las muertes justas y la espectacularidad desmedida. Ya sea lanzarse desde un tejado a una piscina, atravesar paredes y cristaleras, o perseguir un camión con una moto por las calles de Los Ángeles, todo vale para que, capítulo tras capítulo, el nivel de agresividad se mantenga más o menos igual. Todo ello aderezado con las dosis justas de humor, fundamentalmente entre los protagonistas, que ayudan a restar dramatismo a algunas secuencias y acentúan aún más, si cabe, los momentos realmente importantes de la trama.

Porque existe una trama. Poca, y muy centrada en el personaje de Martin Riggs, interpretado excepcionalmente bien por Clayne Crawford (Convergence), pero existe. Este es posiblemente el talón de Aquiles de Arma letal, no tanto porque no exista un hilo conductor excesivamente sólido, sino porque puede terminar afectando en un futuro al tratamiento dramático de la serie, como de hecho ha ocurrido en innumerables ocasiones. El delicado equilibrio de esta ‘buddy movie’ reconvertida en ‘buddy serie’ se basa en la mezcla exacta de humor, argumentos episódicos cargados de acción y una historia de fondo ligada a los personajes. Y esto, por suerte o por desgracia, siempre tiene un techo en lo que a número de temporadas se refiere, por lo que estirar el chicle de esta fórmula que, para ser sinceros, es casi idéntica en este tipo de producciones, solo perjudicará a la imagen que desprende la producción.

Pero volviendo al argumento, esta primera temporada es capaz de profundizar en algo más que simples casos policiales a resolver gracias al personaje de Riggs. Sobre él pivota la práctica totalidad de la evolución dramática de la serie, tanto por el dramático pasado como por el futuro y las relaciones con otros personajes. Es, sin duda, el rol más profundo dramáticamente hablando, y desde luego el motor de la acción en un amplio sentido de la palabra. A través de sus ojos el espectador aborda el dolor, el miedo a nuevas relaciones, la amistad inesperada o la traición, y son estas píldoras las que ofrecen algo más que el simple entretenimiento. Si además de todo ello el tratamiento es notable e introduce de forma milimétrica la información en la trama para alargar durante los 18 capítulos el interés, lo que nos encontramos es una inesperada y grata sorpresa en este tipo de producciones.

Ante todo, personaje(s)

Y a pesar de las numerosas virtudes de Arma letal, si la serie es capaz de sostenerse y, en cierto modo, diferenciarse de otros productos similares es gracias a la labor de sus actores y de unos personajes construidos frente al espejo de la historia original. De hecho, los seguidores de las películas no tendrán dificultades en identificar a algunos de los roles que pasan por la trama y que, o bien pertenecen a alguno de los films, o bien se pueden identificar con ciertos rostros más o menos conocidos que tuvieron participación en las diferentes entregas.

En realidad, lo más destacado es la labor de Crawford como el ‘alocado’ Martin Riggs. Su rol, algo menos histriónica que el interpretado por Gibson pero igualmente extremo, es tan complejo psicológicamente hablando, es tan rico en matices, que sin su participación esta primera temporada posiblemente no funcionaría. Más allá de la relación con su compañero de aventuras (un Damon Wayans –Major Payne– bastante más lineal en su definición), es sumamente interesante el modo en que afronta el duelo y el modo en que la vida continúa a pesar del dolor. Algo que más o menos se abordó en alguna de las películas, pero que ahora, y gracias a las posibilidades del formato, adquiere una trascendencia notable, hasta el punto de ser protagonista en muchos de los episodios.

El peso tanto del personaje como de la labor del actor son imprescindibles, es cierto, pero la serie logra también ampliar algo su repertorio gracias a unos secundarios que, en mayor o menor medida, aportan al conjunto diversos tratamientos de una misma historia. Desde la pareja interracial de compañeros que ayudan a los héroes, hasta el capitán de la policía, la psicóloga y, sobre todo, un personaje fundamental para entender el devenir de la trama y que aquí no desvelaremos. Todos ellos ayudan a crear un contexto dramático y cómico lo suficientemente interesante como para que la trama pueda centrarse en los dos protagonistas, si bien es cierto que muchas veces peca en exceso de prototípico.

Desde luego, Arma letal, la serie, no será recordada como una producción única, compleja o superior desde un punto de vista dramático. Su estructura narrativa no solo es idéntica a la de otras ficciones del mismo género, sino que sus roles son arquetípicos y sus casos pueden llegar a ser familiares. Pero ofrece algo diferente, algo entretenido que pasa, en primer lugar, por la acción a raudales y la diversión que desprenden todas sus escenas. Y en segundo lugar, el papel de Martin Riggs, auténtica alma de esta historia que, en contraste con el de Roger Murtaugh, vuelven a formar esa pareja inolvidable. Puede que ahí esté la clave: se ha sabido trasladar de la pantalla grande a la pequeña la dinámica de estos personajes tan dispares. La cuestión es si existe recorrido para explorar en el pasado y la historia que sustenta tanto entretenimiento. El tiempo lo dirá.

‘Mad Max: Furia en la carretera’: locura en estado puro


Tom Hardy es el protagonista de 'Mad Max: Furia en la carretera'.A pesar de haber dirigido películas de lo más variado, George Miller siempre va a ser recordado por la saga ‘Mad Max’ y por la mitología que fue capaz de crear en ese mundo post apocalíptico. Pero lo que ha hecho con la cuarta entrega de la serie es simplemente indescriptible. En resumen se puede decir que ha llevado al protagonista y a ese desértico mundo en el que vive a un nuevo nivel, pero incluso esto sería quedarse corto.

Lo cierto es que Mad Max: Furia en la carretera es locura en estado puro, un espectáculo audiovisual simple, directo y sin concesiones, que atrapa al espectador en una orgía de adrenalina, violencia y estridencias de la que no le libera hasta el fundido a negro dos horas después que, por cierto, se pasan en un suspiro. Por supuesto, no es una película para todos los gustos, pero el pulso firme de Miller y las interpretaciones sobresalientes de Tom Hardy (Warrior) y Charlize Theron (Monster) son capaces de sumergirnos en una trama independientemente de las preferencias individuales. Y no hay que olvidar la brillante fotografía a cargo de John Seale (El paciente inglés), sobre todo en esas noches americanas que tan bien le sientan a la historia.

Desde luego, el film logra lo que se propone, y en este sentido se puede decir que es una obra redonda. Esto no quiere decir, sin embargo, que no existan aspectos que lastran un tanto su desarrollo. Sin duda el principal problema es, precisamente, su decidida apuesta por la adrenalina, lo que conlleva que los momentos de pausa la historia pierda fuerza al no existir una historia sólida detrás. Los personajes se revelan excesivamente sencillos, con pocos matices y, desde luego, sin ningún tipo de claroscuro. Esto implica no solo que se conoce el final de antemano, sino que a medida que se suceden los diálogos el espectador ansía cada vez más su renovada dosis de acción.

En cualquier caso, Mad Max: Furia en la carretera es un deleite visual, sonoro y narrativo. Es cierto que tiene algún altibajo, pero no más que cualquier otro film, y desde luego muchos menos que otras cintas de acción. Tom Hardy recoge el testigo de Mel Gibson (Arma letal) con firmeza, reiterando el gran actor que es, y George Miller dota a su particular mundo desértico de una espectacularidad acorde a los tiempos. Si uno se deja arrastrar por la locura encontrará en el caos una de las mejores superproducciones en lo que va de año.

Nota: 8/10

‘R3sacón’ se impone a la adrenalina de ‘Fast & Furious 6’


Es curioso cómo el ser humano intenta medir todo de forma objetiva. La taquilla del fin de semana pasado, por ejemplo, fue de 5,7 millones de euros en total. Ese es el dato objetivo, en efecto, pero eso no significa nada. Lo verdaderamente interesante debe encontrarse en la subjetividad, en lo que cada uno concluye de esa cifra. Comparándolo con semanas anteriores, es relativamente bueno. Por contra, mantiene la línea negativa de meses atrás si se equipara a lo ocurrido hace no muchos años. Como podemos comprobar, depende de cómo se mire puede haber o no lugar a la esperanza. De lo que no cabe duda es de que este fin de semana ha sido el primero en tener a dos títulos por encima del millón de euros recaudados desde hace varias semanas. Y como cabría esperar, R3sacón se ha adueñado de la taquilla.

En concreto, la última entrega de esta trilogía logra 2,17 millones de euros en 403 pantallas, lo que deja una media de 5.395 euros, muy positiva si atendemos a las de estrenos anteriores. Tal vez la mejor noticia para sus responsables, al menos en España, es que no va a tener nuevos adversarios de peso en los próximos días, por lo que tendrá una muy buena oportunidad de aumentar su recaudación. Si lo logra, no sería extraño que supere los 10 millones de euros. Otra secuela, Fast & Furious 6, pierde algo más del 50% respecto al fin de semana de su estreno y se queda en 1,67 millones de euros. En total acumula ya casi 7 millones de euros, por lo que superar los 10 millones será cuestión de días, marcando un tope, por ahora, de unos 15 millones de euros.

Como puede apreciarse, estos dos títulos suman más de la mitad del total recaudado. Por tanto, a partir del tercer puesto, y sobre todo del cuarto, las cantidades merman significativamente. La medalla de bronce es para El gran Gatsby, que con 412.000 euros refleja un descenso del 58%. Su total es de 3,47 millones, y todo apunta a que podrá superar los cuatro, aunque tendrá complicado alcanzar los 5 millones. Pero como decimos, las cifras caen aún más significativamente a partir del cuarto puesto del top 10, que esta semana está ocupado por Iron Man 3. Más concretamente, las nuevas aventuras del superhéroe de metal logran alrededor de 160.000 euros, logrando ya un total de 9,5 millones, teniendo la meta de los 10 millones al alcance de la mano, aunque llegará poco más allá.

La mitad de este ranking está ocupada por Objetivo: La Casa Blanca, que con unos 0,14 millones de euros (un 70% menos) llega a la cifra total de 2,1 millones de euros. Va a tener una competencia muy feroz con los estrenos de las próximas semanas, por lo que no parece probable que alcance los 3 millones al final del circuito comercial. La que sigue dando alegrías y sorpresas es Los Croods, que tras 11 semanas en cartel y entre los 10 títulos más vistos se lleva esta semana 124.000 euros, apenas un 9% menos que hace 7 días. Su total supera ya los 13,5 millones, pudiendo llegar a los 13,6 o 13,7 millones de euros.

Los puestos siete y ocho son para dos estrenos, y ambos tienen cifras similares a la cinta de animación que les precede. En primer lugar, la española Hijo de Caín, que se estrenaba en 120 cines, se queda a medio camino entre los 123.000 y los 124.000 euros, lo que arroja una media de poco más de 1.000 euros por sala. Va a depender mucho de los comentarios de los espectadores, pero no parece probable que llegue a superar el medio millón de euros. A continuación encontramos 360: Juego de destinos, que logra 0,12 millones en unas 60 salas, dejando una media de más de 2.000 euros. El limitado estreno no parece permitir que la recaudación final vaya más allá de los 400.000 o 500.000 euros.

Cerrando el top 10 encontramos otros dos estrenos de la semana pasada. Un amigo para Frank logra poco más de 90.000 euros, lo que implica un descenso del 34%, mientras que Dead Man Down, que se deja un 43%, alcanza los 80.000 euros. La primera acumula ya 283.000 euros, mientras que la segunda ronda los 0,29 millones. En ambos casos, alcanzar los 400.000 euros es muy complicado.

La sencillez de la obsesión por la guerra de ‘En tierra hostil’


'En tierra hostil' sigue a un equipo militar especializado en desactivar explosivos.Si finalmente los Oscar de 2012 proclaman como Mejor Película La noche más oscura se podría decir que la carrera de Kathryn Bigelow ha dado un giro de 180 grados, convirtiéndose la ex mujer de James Cameron (Mentiras arriesgadas) en una de las directoras más relevantes de los últimos años. Digo esto porque sus dos últimas obras habrán alcanzado ese galardón. Y, curiosamente, ambas abordan una temática bélica, si bien la anterior, En tierra hostil (2008), afronta de forma mucho más cruda y violenta el mundo de la guerra. Con todo, ambas poseen algunos puntos en común, principalmente en el ámbito de la psicología de los personajes principales y la obsesión por un entorno que llega a atrapar de tal forma que todo lo demás llega a carecer de importancia.

No es de extrañar que ambas posean dichos elementos si se tiene en cuenta que el guionista de ambas es Mark Boal, quien ha demostrado tener una tendencia innata a desgranar la psique de los soldados y veteranos de guerra en sus tres únicas historias (la tercera es En el valle de Elah). Tal vez sea por la sobriedad de la narrativa visual de Bigelow o por la fuerza de sus personajes, pero lo cierto es que el trabajo del guionista ha logrado imponerse a la espectacularidad visual, los movimientos de cámara imposibles o la grandiosidad de los ataques aéreos. Y eso, incluso en las escenas más violentas del film sobre un equipo militar especializado en desactivar artefactos explosivos, se nota.

Y se nota principalmente en que lo sobresaliente no son las explosiones, que las hay, ni los tiroteos, que también los hay, sino la tensión emocional y dramática que se desprende de dichas situaciones. Tan solo basta recordar uno de los ataques que recibe el equipo para comprobar que, a diferencia de otros films bélicos, el espectador se siente identificado con los soldados hasta el punto de sufrir la tensión que provoca el miedo a morir. Una tensión, por cierto, generada con acierto por Bigelow a lo largo de todo el film gracias a recursos tan sencillos como colocar la cámara dentro de ese traje asfixiante y claustrofóbico que deben portar los soldados mientras se está desactivando una mina. Sencillo, sí, pero muy eficaz.

Este es, en definitiva, el elemento diferenciador del último cine de la directora de Le llaman Bodhi (1991). En realidad, su lenguaje no ha variado con los años. Se ha depurado, como es lógico, pero no ha evolucionado, como parece haber ocurrido con el de su ex marido, hacia una espectacularidad visual generada más por infografías y movimientos de cámara que por la humildad de contar una historia con elementos tangibles, reales, creíbles. ¿Cuál ha sido entonces la diferencia de ese salto cualitativo? Como decimos, unos guiones que buscan en todo momento el dramatismo personal de cada personaje, centrándose sobre todo en el protagonista.

La adrenalina del combate y la muerte

Antes mencionábamos que si algo comparten La noche más oscura y esta En tierra hostil es su obsesión bélica por lograr un objetivo. Tal vez haya que matizarlo. En la película sobre la captura de Bin Laden el personaje principal se obsesiona con un tema que para Estados Unidos ha supuesto un cambio de mentalidad completo. En cambio, en el film sobre la unidad encargada de desactivar los explosivos la obsesión es más individual, más inherente a un protagonista incapaz de abandonar una vida que le ofrece lo único que le llena: la adrenalina ante la inminente muerte.

Cabe destacar en este aspecto la labor de Jeremy Renner (El legado de Bourne), actor que saltó a la fama a raíz del arriesgado y algo atormentado protagonista del relato. Lo cierto es que su composición del personaje, a medio camino entre la locura, la eficacia y la desesperación es muy destacable. Es gracias a él que algunos de los momentos más sorprendentes del conjunto alcanzan cotas que no quedarían plasmadas de otra forma. Su forma de abordar la desactivación de bombas (muchas veces sin el equipo completo) o la resolución en situaciones de combate adquieren esa tensión de la que antes hablábamos gracias a esa identificación con su propios fantasmas y miedos, labor eminentemente interpretativa.

En tierra hostil no es un film “mayor” dentro del género. Al menos no en su constitución. Con el tiempo puede que adquiera esa categoría, aunque tampoco lo necesita. La película de Kathryn Bigelow es un ejemplo claro de que en el cine siempre habrá un hueco para las producciones más artesanales que apuesten por lo realmente importante en una historia: los personajes. No tendrá grandes efectos visuales, pero tampoco los necesita. Al final, lo importante, lo que interesa y queda en el espectador, es el viaje de ida y vuelta del protagonista, un hombre atormentado que solo es capaz de encontrar paz en el frente de batalla.

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