‘La niebla y la doncella’: La reina del mambo


Como en el cine, la literatura tiende a generar una saturación de productos cuando una fórmula funciona. Y en los últimos años el thriller policial parece ser el rey de las librerías. Y al igual que en el cine, esto tiene un inconveniente, y es que poco a poco todas las historias comienzan a parecerse o, al menos, a tener puntos en común. La nueva película escrita y dirigida por Andrés M. Koppel (Zona hostil), adaptación de una novela de Lorenzo Silva tiene algo de esto.

A pesar de una trama bastante bien construida y de un escenario incomparable para ese juego de mentiras, conspiraciones y secretos que suele protagonizar este tipo de historias, La niebla y la doncella tiende a anclarse en las claves del género sin tratar de sonsacar el máximo jugo posible a sus planteamientos. Los personajes, cuya definición es algo tosca, parecen avanzar en la trama más bien por una serie de momentos clave que por una investigación real que les lleve a tirar de un hilo concreto, si bien es cierto que el resultado final, culpable incluido, hace encajar todas las piezas en perfecta armonía.

La buena labor de los actores, todos más que correctos en líneas generales, no impide sin embargo que el desarrollo dramático no explique con detalle algunos de los puntos clave de este thriller, o al menos no de una forma que sea natural en el devenir de los acontecimientos. Si a esto sumamos varias secuencias algo innecesarias para el conjunto nos encontramos ante un film que, a pesar de su belleza y del suspense que genera, a pesar de sus actores y de su puesta en escena, tiende estancarse en situaciones que se resuelven casi por una mirada, un encuentro casual o una prueba inesperada.

Dicho esto, La niebla y la doncella es la película idónea para los amantes del thriller español, sobre todo si conocen la obra del autor literario. La estructura dramática de la cinta convierte la isla de La Gomera en una especie de pueblo enorme en el que todos tienen algo que callar, en el que los secretos parecen estar a la orden del día. El problema es que más allá de eso, la intriga es conocida, explorando territorios dramáticos ya vistos y con una resolución que, aunque encaja, plantea algunas dudas más sobre todo el proceso. Poca novedad en las Canarias.

Nota: 6,5/10

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‘La Torre Oscura’: el Bien, el Mal y el Resplandor


Que una película resulte extrañamente conocida a pesar de no haber leído el libro (o libros) en los que se basa es un problema, pues implica una serie de condicionantes previos que nada tienen que ver con el film y que invitan a pensar en una falta de originalidad en los elementos que sustentan la trama. Y eso, en mayor o menor medida, es lo que ocurre con la nueva película de Nikolaj Arcel (La isla de las almas perdidas), adaptación de la saga literaria escrita por Stephen King quien, por suerte o por desgracia, vuelve a sus particulares obsesiones personales para relatar la lucha entre el bien y el mal.

En efecto, esta breve y algo enrevesada introducción es el principal escollo de La Torre Oscura, al menos para aquellos familiarizados con la obra del autor de ‘El Resplandor’. La cita de este título no es casual. A lo largo del film se menciona en no pocas ocasiones ese “resplandor”, ese poder del que ya hacía gala el niño que debía huir de su padre en el hotel Overlook y que aquí traspasa mundos enteros. Esta es solo una muestra de las recurrentes herramientas narrativas de la cinta, sin duda condicionada por las obras literarias. Herramientas que parecen sacadas de otras obras o, al menos, utilizadas en otras películas basadas en libros del escritor. Todo ello genera la sensación de estar viendo algo conocido, y como consecuencia no es difícil prever los giros argumentales, las decisiones dramáticas o, en último término, el final de la cinta.

Dicho con pocas palabras, la película resulta previsible, y la labor de Arcel tras las cámaras no aporta la originalidad que podría esperarse en una cinta de fantasía y acción como esta, si bien es cierto que los tiroteos y los enfrentamientos entre Idris Elba (serie Luther) y Matthew McConaughey (El mar de árboles) son los momentos más espectaculares del film. Todo ello no quiere decir que la cinta no sea entretenida, o por lo menos distraída. Toda la mitología construida alrededor de esta historia es lo suficientemente interesante y amplia como para desarrollarla en sucesivas secuelas, y la labor de los dos protagonistas de la cinta se convierte sin duda en el gran atractivo de esta historia. A todo ello se suma una duración muy ajustada que juega a favor y en contra del film. A favor porque no se distrae en tramas secundarias que pudieran reducir el ritmo de la narrativa, que aprovecha además el don del niño protagonista para narrar algunos de los acontecimientos de un modo diferente. Y en contra porque esa falta de tiempo impide desarrollar un poco más la enemistad entre héroe y villano, por lo que ambos se quedan en una arquetípica definición del Bien contra el Mal.

La sensación que deja La Torre Oscura es la de un film directo, sencillo y previsible con un trasfondo dramático y narrativo que se intuye detrás de sus múltiples secuencias de acción, de sus diálogos entre héroe y villano y de algunas secuencias que rompen el relato en su formato más tradicional. Todo ello invita a pensar que hay algo más de lo que se cuenta en estos 95 minutos, que existe un trasfondo dramático que involucra a todos los personajes de un modo u otro. En realidad, es algo que Stephen King hace muy bien en sus novelas, pero que suele ser muy complejo de trasladar a la gran pantalla. El resultado en este caso es un poco frustrante, precisamente por la sensación de estar ante algo más grande de lo que realmente se muestra.

Nota: 6,5/10

‘El niño 44’: sin crimen en el paraíso


Gary Oldman y Tom Hardy en un instante de 'El niño 44', de Daniel Espinosa.En una época cinematográfica en la que el apartado técnico ha alcanzado casi la perfección distinguir una buena película de otra mala es una ardua tarea. Hay excepciones, claro está, pero por regla general el lenguaje narrativo o los efectos visuales son similares de un film a otro. Ante esto, solo queda analizar la esencia, aquello por lo que siempre comienza una película: el guión. Puede ser repetitivo, pero con casos como la nueva película de Daniel Espinosa (Dinero fácil) es más que evidente que sin un buen guión nunca, jamás, podrá haber una buena película. Y un pequeño matiz: un mal guión no implica necesariamente malos personajes o situaciones inverosímiles.

No, un mal guión queda definido por su desarrollo dramático, por el tratamiento que hace de las líneas principal y secundarias de la trama. Y en esto falla estrepitosamente El niño 44, una suerte de thriller que deambula sin objetivo claro durante buena parte de su metraje en un intento por ofrecer al espectador algo más que la mera investigación de una serie de asesinatos en un entorno, el de la URSS, en el que no podían existir este tipo de crímenes por ser una enfermedad capitalista. Mal planteada desde el principio (para explicar la situación de los personajes no es necesario desarrollar secuencias completas), la película no posee un objetivo claro. Las revelaciones y los puntos de giro parecen ubicados en puntos de la trama equivocados, lo que genera una serie de desajustes alarmantes. Por poner un ejemplo, desde que se produce el primer asesinato hasta que el protagonista decide ponerse a investigar se suceden una serie de tramas secundarias que poco o nada aportan al thriller, salvo para convertirlo en un relato de envidias y corruptelas en el seno de la Unión Soviética. Y eso son unos 30 minutos.

Lo cierto es que lo mejor, y lo que salva un poco los muebles, es su reparto, que hace lo que puede con unos personajes poco definidos, básicos en sus motivaciones y que muchas veces actúan por instinto más que por unos objetivos claros. Cabe señalar en este sentido que los personajes secundarios son unos de los más damnificados por el mal diseño del guión, que les condena a tener presencia minoritaria a pesar de estar llamados a jugar un papel más relevante. Es lo que ocurre cuando la historia no fluye de forma natural, cuando se trata de obligar a los personajes y al propio desarrollo dramático a ir por un cauce en lugar de dejar que todo discurra por otro.

La verdad es que El niño 44 es un quiero y no puedo. Su intención de abarcar un sinfín de matices que definan el contexto social en el que transcurre la historia genera, en realidad, tantos desarrollos como historias tiene la película. Quizá la más absurda sea la persecución a homosexuales, sin relación alguna con los asesinatos y de una gratuidad asombrosa. Todos los problemas surgen, no cabe duda, de su mal elaborado guión, en el que las secuencias no solo no fluyen de forma orgánica, sino que están mal estructuradas. La cinta logra salvar en cierto modo su situación gracias a los actores y a una realización que, todo sea dicho, tiene un lenguaje interesante en algunos momentos que contrastan con otros caóticos y de caligrafía ininteligible. Las intenciones son buenas, pero aunque se trate de ocultar el crimen en el paraíso, las pruebas son tan evidentes que no queda más remedio que reconocer el delito.

Nota: 5/10

‘El corredor del laberinto’: ‘El señor de las moscas’ futurista y distópico


Dylan O'Brien es 'El corredor del laberinto'.Primero fueron los magos, luego los vampiros, y ahora le toca el turno a las novelas juveniles sobre futuros distópicos o apocalípticos. Y lo cierto es que todas, en mayor o menor medida, vienen a ser lo mismo: la revolución de la juventud contra la situación inamovible que les ha tocado vivir. Hasta ahí, todo bien. El problema surge cuando las historias tienen poco o nada que contar, limitándose a repetir estructuras narrativas. La adaptación de la novela de James Dashner, la primera de una previsible trilogía, posee todos los elementos antes citados. Incluso tiene una premisa de partida harto interesante. Pero es su desarrollo el que la convierte en un producto a la sombra de otros tantos.

Y la mayor parte de la culpa se haya en el guión. Puede que sea porque los encargados de la adaptación no han sabido trasladar la novela a la pantalla; puede que ni siquiera el material de base sea lo suficientemente sólido. Lo que está claro es que El corredor del laberinto se desinfla lentamente a medida que su trama reincide en algunos misterios sin terminar de explicarlos, generando un bucle que se sostiene únicamente por momentos que salpican de acción y cierta novedad el inmovilismo del Claro, como llaman al centro del laberinto. Un proceso lento que, empero, sabe utilizar lo suficientemente bien las referencias a El señor de las moscas como para presentar unas relaciones humanas entre el grupo de jóvenes confinados entre las cuatro paredes que se complican con el paso de los minutos.

Aunque el mayor problema es y seguirá siendo (ya sean de la saga o de otras similares) la imperiosa necesidad de tratar a los adolescentes como zombis sin cerebro. Lo de poner nombres obvios y recurrentes a criaturas y situaciones empieza a resultar ofensivo. Más allá del Claro, que el ascensor en el que llegan se llame El Cubo, o que los chicos se refieran a ellos mismos como “clarianos” por vivir en un claro, roza el absurdo. Todo ello empaña una película que, cuando quiere ponerse seria y abordar la complejidad de su historia, resulta entretenida. Aunque solo eso. Tal vez con otros actores algo más sólidos, con otro director más atrevido y con un guión más directo la película podría haber sido algo mejor. Y desde luego una atención a los detalles y una explicación algo más elaborada no habría estado mal, sobre todo para comprender cómo puede ser que se construya todo lo que se construye con el único fin de encontrar a los jóvenes más válidos.

Lo que consigue El corredor del laberinto es ser correcta, ni más ni menos. Nada en ella resulta memorable, aunque también es justo reconocer que nada en ella es desagradable. Es cierto que su guión se espesa a medida que avanza la trama, que sus actores no son la mejor baza y que su director, Wes Ball, se atiene a la narrativa sencilla para no pillarse los dedos. Todo ello conforma un conjunto correcto cuyo desenlace final, para aquellos que no hayan leído el libro, abre la puerta a las próximas secuelas. Tal vez sea por eso que la explicación no termina de ser completa, esperando que los espectadores regresen en las siguientes citas para descubrir el secreto del laberinto y de los jóvenes allí confinados. Posiblemente los seguidores acudirán en cuanto se estrenen. Los demás tendrán que confiar en que su memoria retenga algo del film.

Nota: 5/10

Tráiler de ‘Cymbeline’: destruidos por la traición, unidos por venganza


Anton Yelchin, Ed Harris y Milla Jovovich son algunos de los intérpretes de 'Cymbeline', nueva adaptación de Shakespeare.Una de las cosas que más se critican del cine actual es su alto número de adaptaciones, remakes y secuelas de obras ya realizadas. En este ámbito las obras teatrales de William Shakespeare han sido y son algunas de las utilizadas por actores y directores para tratar de demostrar un cierto nivel dramático en sus respectivas labores. Pero dentro de dichas adaptaciones hay incluso una segunda categoría, aquella que engloba a las reinterpretaciones en clave moderna de las historias atemporales de Shakespeare. El tráiler de la última incorporación a este grupo ya ha sido publicado. Se trata de Cymbeline, que traslada a la actualidad una de las últimas obras del dramaturgo y que se basa en el jefe tribal bretón Cunobelinus y con influencias directas del ‘Decamerón’ de Boccaccio y la crónica de Holinshed.

Adaptada y dirigida por Michael Almereyda, quien ya adaptó en el año 2000 Hamlet, una historia eterna, la trama se centra en la relación romántica de dos jóvenes, él un joven acogido por un importante criminal y ella la hija de dicho criminal. Un amor que, como no podía ser de otro modo, es censurado, lo que les lleva a huir. Durante su exilio el joven entabla amistad con un hombre que le incita a apostar por la honradez de su amada, manipulando los acontecimientos y llevando al joven a creer en una traición falsa. Los acontecimientos se precipitarán cuando el capo criminal decida implantarse en la ciudad en la que los dos amantes intentan reconstruir sus vidas. La obra, desde luego, contiene todos los elementos propios del drama shakesperiano, y a todas luces ofrecen al director los pilares necesarios para construir un thriller sólido.

Empero, para eso habrá que esperar a su estreno. Lo que por ahora sí puede intuirse, al menos si nos basamos en lo que deja ver este primer avance, es un cierto estilo clásico o, si se prefiere, tradicional tanto en la narrativa como en la puesta en escena. Sin grandes alardes visuales o fotográficos, Almereyda parece optar más por una alternativa sosegada que permita a los actores desarrollar más su trabajo, el cual parece que no va a tratar de ser exactamente igual al de la obra en la que se basa, sobre todo en lo que a diálogo se refiere. Por contra, los pocos momentos de acción que se desprenden del tráiler se antojan algo exagerados, tal vez en un intento de trasladar la violencia y la fuerza de la guerra que presumiblemente centrará buena parte del desarrollo dramático.

Aunque sin duda, lo más atractivo de la película (y del tráiler) es el reparto que la protagoniza, y cuyos principales rostros pueden verse en este primer avance. Ed Harris (Snowpiercer) como Cimbelino, el capo criminal; Dakota Johnson (Need for speed) como la hija; Penn Badgley (Margin call) como el amante y protegido de Cimbelino; Ethan Hawke (The purgue: La noche de las bestias) como el amigo con el que se apuestan la honradez de la joven amante; y Milla Jovovich (Resident Evil) como la esposa de Cimbelino. Anton Yelchin (Star Trek: En la oscuridad), John Leguizamo (#Chef), Bill Pullman (Lola versus) y Delroy Lindo (serie Believe) completan el reparto. A continuación podéis encontrar este primer tráiler.

2ª T de ‘House of cards’, ambición sin límites por ostentar el poder


Kevin Spacey y Robin Wright asaltan la Casa Blanca en la segunda temporada de 'House of cards'.Magnífica, espectacular, inquietante, sublime. Y así podría rellenarse un amplio artículo periódico. Si la primera temporada de House of cards fue espléndida, su continuación es sencillamente imprescindible. Sí, supera con creces lo visto en los primeros 13 episodios, en los que el espectador, todo sea dicho, debía ser introducido en un mundo de corrupción, intrigas políticas y anhelos personales. Eso tal vez, y solo tal vez, pudo provocar que la pareja protagonista se mostrara algo más comedida en sus estrategias. Muchos tal vez no estén de acuerdo con ese análisis, pero una vez vista la segunda temporada hay que rendirse a la evidencia. La obra adaptada por Beau Willimon (Los idus de marzo) ha evolucionado hacia una radicalización salvaje, violenta y despiadada que, y esto es lo más atractivo de todo, obliga a mantener los ojos pegados a la pantalla.

Y es que no hay nada peor que acorralar a una fiera, sea del tipo que sea. A lo largo de los 13 capítulos que conforman esta nueva entrega el espectador asiste a una lucha sin cuartel entre un empresario y el protagonista, ahora convertido en Vicepresidente de los Estados Unidos. Una lucha de poder y de influencia política que, por primera vez desde que comienza la serie, pone contra las cuerdas a un animal político pocas veces visto en una pantalla, ya sea grande o pequeña. Evidentemente, la serie no se limita únicamente a afrontar esa línea argumental, desarrollando de forma bastante completa otras tramas secundarias que influyen de un modo u otro en el devenir del drama. La inteligencia de los diálogos, la sutileza de muchas de las decisiones y la frialdad emocional y formal, características todas ellas vistas en la primera entrega, adquieren un mayor significado en esta continuación, entre otras cosas porque contrastan, y de qué modo, con algunos momentos de acción en los que el personaje de Kevin Spacey (Seven) se mancha las manos.

Es este un aspecto sumamente importante para comprender la evolución de House of cards y del personaje, que adquiere una grandeza inmensa gracias a la labor de Spacey. Aquellos que todavía no hayan tenido oportunidad de empezar el primer episodio, un consejo: hay que esperar lo inesperado. Lo normal es que una serie en sus inicios de temporada se tome su tiempo en iniciar la trama. Hay que reubicar a los personajes, presentar las novedades, explicar brevemente cuál es el arco argumental, … Nada de esto existe en este primer episodios. Willimon, en una apuesta arriesgada y genial, opta por forzar al espectador a recordar cómo terminó todo en la anterior temporada para entrar de lleno en una trama que se va desvelando a medida que avanza. Incluso se permite el lujo de jugar con el espectador al dar a entender que uno de los pilares formales de la serie, las confidencias del protagonista a cámara, desaparecen de escena. Nada más lejos. El modo en que retoma esa “tradición” tras un acontecimiento tan brutal como impactante deja claro que esta nueva temporada no va a dar tregua.

Resulta curioso comprobar cómo un personaje tan censurable termina convirtiéndose en el mayor atractivo de toda la ficción. Esto puede parecer un absurdo, pues si el protagonista no tiene algún tipo de conexión con el espectador la serie está abocada al fracaso. La peculiaridad está, empero, en que el rol interpretado por Spacey no tiene nada de positivo. Sus actos son egoístas, ambiciosos y punibles. Sus intrigas son capaces de derrocar gobiernos o de destruir relaciones de décadas. Quizá la mejor frase que le define es la que él mismo dice en esta temporada: “La democracia está sobrevalorada. He llegado a la Vicepresidencia sin haber recibido ni un solo voto”. Nada hay, por tanto, que nos haga identificarnos con él. Y sin embargo, con cada capítulo su figura se agranda, la admiración crece y la preocupación por él aumenta a medida que se ve más acorralado. ¿El motivo? Una definición del personaje impecable, capaz de explicar todo con apenas una mirada. No es necesario ni siquiera que mantenga un diálogo. Su forma de entender las relaciones humanas y políticas es lo que más fascina. Eso y la mujer que tiene por esposa.

Detrás de todo gran hombre…

… siempre hay una gran mujer. Un dicho que encaja como un guante. Durante los primeros episodios de la serie la labor de Robin Wright (Moneyball: Rompiendo las reglas) ya se asentó la idea de que su rol de mujer de Congresista no era más que una fachada, una suerte de excusa para desarrollar un personaje mucho más complejo, profundo e influyente. Lo que la segunda temporada de House of cards ha revelado es un ser que iguala, al menos, a su compañero de intrigas en lo que a inteligencia y amenaza se refiere. Puede que su rol no actúe tan directamente como el de Spacey, pero precisamente en esa idea reside el magnetismo de la labor de Wright, quien al igual que su compañero es capaz de contar toda una historia con una sencilla mirada.

La trama secundaria protagonizada por ella, que se entremezcla constantemente con la principal (se podría decir que evolucionan de forma paralela) protagoniza algunos de los momentos más interesantes de toda la temporada. Como decimos, no necesita de acciones directas o de confrontaciones cara a cara. Su forma de influir en los demás, incluyendo el personaje de Spacey, la convierten en el rol más peligroso de toda la ficción. Su relación con la mujer del Presidente, su manipulación de los hechos para hundir carreras políticas y militares, o su estrategia para vilipendiar su antiguo romance con un fotógrafo son solo algunos de los ejemplos más llamativos. Por no hablar del trío protagonizado por la pareja y un miembro de su equipo de seguridad, algo que por inesperado e increíble deja sin palabras incluso una vez terminada la serie.

Al final, como también se comenta en esta temporada, “se sale con la suya”. El protagonista de esta espléndida serie es capaz de adaptarse a cualquier situación, a cualquier eventualidad. Es capaz de proponer traiciones dentro de su propio partido para, a continuación, aparecer como el único apoyo de importantes cargos de la Administración. Sus pasos siempre están orientados en una misma dirección, y aunque pueda parecer lo contrario, nunca se salen de la ruta. Ni siquiera ante un rival tan directo y poderoso como el interpretado por Gerald McRaney (El equipo A), un empresario que se revela como la verdadera némesis de un personaje que, en su ambición y su falta de compasión, no había tenido un rival digno hasta este momento.

House of cards ha dado un salto cualitativo en esta segunda temporada. No solo mantiene todos los elementos que la definieron en su primera temporada, sino que hace evolucionar a los personajes a través de situaciones límite que ponen a prueba sus convicciones, revelando aspectos de su personalidad desconocidos e impactantes. Es cierto que exige del espectador una atención especial a los diálogos y al tablero de juego que es la Casa Blanca, sobre todo por la cantidad de personajes que aparecen, pero la recompensa por el esfuerzo merece la pena. Merece mucho la pena. Ahora solo queda esperar a ver cómo evoluciona todo en la próxima temporada. Aunque una cosa está clara: Frank Underwood no caerá sin luchar.

‘La bella y la bestia’: la belleza de un corazón vacío


Léa Seydoux y Vincent Cassel son 'La bella y la bestia' en la adaptación de Christophe Gans.Ocho años han pasado desde que Christophe Gans se pusiera tras las cámaras para dirigir Silent Hill (2006). 8 años de sequía cuyo fruto es la adaptación del famoso cuento sobre una dulce joven que se enamora de una bestia cuyo corazón noble es más poderoso que su aterrador aspecto. El resultado, más allá de comparaciones odiosas, es una bella fábula sobre el amor, los errores y la ambición de los hombres. Curiosamente, la cinta posee las dos caras que representan sus protagonistas: es muy bella en su aspecto pero algo tosca en su forma de comunicarse con el espectador.

El director demuestra, una vez más, que es capaz de componer visualmente historias complejas y cargadas de fantasía. Los decorados, a pesar del croma utilizado, resultan espectaculares, aunando de forma armónica luz y oscuridad, belleza y tragedia. Del mismo modo, el uso de los reflejos en el agua, los espejos, etc., para narrar a modo de flashbacks los acontecimientos que llevaron al príncipe a convertirse en una bestia es, en cierto modo, poético por lo que tiene de trágico, sobre todo teniendo en cuenta que la maldición que cae sobre el castillo y sus integrantes se produce por la ambición de un hombre para conseguir un trofeo prohibido.

Sin embargo, la película carece de la emoción que podría suponerse. Nada en ella resulta ridículo o insultante, pero no logra conectar con el espectador, y eso es fundamentalmente por un desarrollo pobre e inconexo del verdadero corazón del film: la relación entre sus protagonistas. Y no es algo que pueda achacarse a Vincent Cassel (Promesas del este) y a Léa Seydoux (Sister), ambos más que correctos en sus respectivos roles. No, el problema se encuentra, como casi siempre, en el propio texto, pues carece de las secuencias suficientes para hacer creíble el cambio que se produce en ambos personajes. Es presumible pensar que los constantes viajes al pasado en los sueños de Bella son el aliciente para el romance, pero nunca llega a traspasar esa frontera de los sueños para tener un efecto palpable en el resto de la historia. Esta ausencia de corazón, por decirlo de algún modo, desvirtúa el conjunto hasta hacerlo simplemente un producto que narra una historia ya conocida. Sin más.

Al final, ninguno de los muchos aciertos que tiene La bella y la bestia logra arrancar algo de dramatismo o de comicidad de la historia. Aquellos que conocen la historia encontrarán una nueva forma de narrarla, con conceptos interesantes como el recurso de los reflejos, las motivaciones de Bestia o ese final con grandes estatuas de piedra. Para los que se acerquen a esta historia por primera vez o esperando algo más saldrán decepcionados, pues aporta poco o nada. Es, simple y llanamente, una bella película con un contenido afeado por el irregular desarrollo de su arco dramático principal.

Nota: 6/10

‘Thor: El mundo oscuro’: un entretenimiento con luces y sombras


Chris Hemsworth y Tom Hiddleston en un momento de 'Thor. El mundo oscuro'.Lo que ocurre en la Casa de las Ideas, nombre con el que se conoce a Marvel, desde que decidió apostar fuerte por las adaptaciones cinematográficas de sus cómics es cuanto menos curioso. Existen dos niveles bastante diferenciados, asociados normalmente a la fama de sus personajes. Algunas películas han ayudado a ensalzar esta especie de subgénero en el que se han convertido las películas de superhéroes; otros, por contra, demuestran los importantes vacíos que existen en estas tramas cuando el humor y la mediocridad se apoderan de los relatos. El caso de la primera Thor hace un par de años se quedó a medio camino, y su continuación no mejora demasiado, aunque hay que reconocer que posee los suficientes elementos para que casi dos horas de metraje se pasen en un suspiro.

El principal problema de Thor: El mundo oscuro reside en su guión, que adolece por completo de profundidad dramática, incluso en los momentos más teóricamente impactantes de la trama. Apenas existe sorpresa en sus giros argumentales, algunos de los cuales, por cierto, se ven venir de lejos si se conoce la naturaleza de los protagonistas, quienes se aferran a sus naturalezas inamovibles como si de un mapa de intenciones y personalidades se tratara, y en el que los buenos se distinguen con unos colores y los malos con otros (en pocas palabras, claros y oscuros). En este sentido, empero, hay que aplaudir la madurez con la que se trata al protagonista respecto al primer film, en el que se le presentaba algo más infantil y más insoportable. Por otro lado, tampoco ayuda demasiado la realización de Alan Taylor, director curtido en la televisión que, según parece, ha debido conseguir el trabajo gracias a su labor en la serie Juego de Tronos, de la que ha dirigido numerosos episodios.

Es aquí donde se encuentra el tendón de Aquiles, al menos visualmente hablando. La planificación es impersonal, correcta pero carente de una marca personal, de una visión que supere ese marco formal que tienen los artesanos de este oficio. Eso no es necesariamente malo, más bien al contrario. Sin embargo, en este caso concreto, con la aplicación de las tres dimensiones al resultado final, podría haber optado por algo más arriesgado, sobre todo con algunas ideas realmente originales del guión, como ese combate final que se viaja entre varios mundos. Todo ello evita que el espectador se zambulla en la riqueza visual de un film que, por otro lado, entretiene de principio a fin. Gracias a la combinación de humor y a la labor de los actores, todos ellos más que correctos en sus respectivos papeles, la película se convierte en un espectáculo puro y duro.

Habrá quien opine que la primera parte fue mejor que la segunda; otros pensarán lo contrario, y habrá quienes directamente la consideren irrelevante. Thor: El mundo oscuro mantiene el nivel de la primera, y por momentos la supera. Pero que nadie espere con esto nada más que una distracción palomitera que, en el fondo, podría haber sido mucho mejor. Hay que verla como lo que es: un eslabón más en ese macroproyecto de la compañía que consiste en llevar el mundo de los cómics a la gran pantalla. Siempre que no se espere más de ella, podrá disfrutarse sin grandes frustraciones. Incluyendo la ya tradicional secuencia final en los créditos, un guiño que posiblemente solo entenderán los fans.

Nota: 6/10

‘The bridge’, crimen y venganza con el conflicto fronterizo de fondo


Demian Bichir y Diane Kruger en un momento de 'The bridge'.Poco a poco la televisión está adoptando la tendencia cinematográfica de hacer remakes de éxitos de otros países. Uno de los más recientes es The bridge, versión del original sueco danés titulado Bron y producido en 2011. He de confesar que no he tenido la oportunidad de comparar ambas producciones. De todas formas, lo interesante de esta versión norteamericana es que pone el foco en una serie de temas polémicos en torno a la frontera entre este país y México, entre ellos el crimen y la forma de afrontarlo tan dispar que existe entre los dos lados de la frontera. Una frontera que separa ante todo conceptos culturales, ideológicos y morales.

La trama, para aquellos que no hayan podido verla todavía, arranca con el cuerpo sin vida de una mujer en plena línea fronteriza entre México y Estados Unidos. Al tener medio cuerpo en cada uno de estos países los cuerpos de policía de ambos lados deberán trabajar juntos para resolver el caso. O más bien, los detectives, una norteamericana con claros problemas de empatía y fiel a las normas, y un mexicano con una visión bastante más liberal de la vida. Pero lo que comienza siendo un caso de asesinato pronto se convierte en el primer paso de un asesino en serie que clama venganza. Y hasta aquí puedo leer. Porque si algo caracteriza a esta adaptación, en cuya escritura participa Björn Stein (Underworld: El despertar), autor de la original, es la complejidad de una trama en la que nada es lo que parece, en la que ningún detalle está dejado al azar y en la que todo, absolutamente todo, está conectado de un modo u otro.

Unas conexiones, por cierto, que son la base argumental de toda la primera temporada. La forma en que sus responsables, entre los que se hayan también Elwood Reid (serie Hawai 5.0) y Meredith Stiehm (serie Homeland), desgranan la información episodio tras episodio, obligando al espectador a prestar una atención inusual a los detalles, es muy destacable. Gracias a ello no solo generan el entorno necesario para crear la sorpresa en la resolución, sino que desvían la atención del verdadero epicentro de todo el desarrollo dramático de estos 13 episodios, y que no es otro que la venganza. A diferencia de otras producciones similares, la motivación del villano de turno no es el azar, la necesidad de matar o el habitual juego del gato y el ratón entre policías y asesinos por ver quién es más inteligente. Es simple y pura venganza. Calculada paso a paso, milímetro a milímetro, pero venganza al fin y al cabo. Algo inimaginable en los primeros compases de la serie, cuando los asesinatos que se suceden no responden aparentemente a ningún patrón.

Nutriéndose de unos escenarios tan áridos y rudos como algunos de los personajes que pueblan la trama, The bridge utiliza para su narrativa una fotografía seca, dura y sin concesiones a las fluctuaciones que sufre la trama. Poco importa que lo que se narre sea una fiesta o un secuestro, un asesinato o la rutina de una finca. La luz, como si de un testigo silencioso se tratara, siempre está ahí para recordar el mundo en el que se desarrolla la acción; un mundo dominado por asesinos, mafiosos, traficantes y una policía corrupta que hace la vista gorda ante determinados crímenes si se producen en la parte sur de la frontera. Aunque sin duda, uno de los mejores pilares que tiene esta primera temporada es su pareja protagonista, Diane Kruger (Llévame a la luna) y Demian Bichir (Salvajes). No solo resultan convincentes en sus respectivos papeles (sobre todo ella y los problemas que tiene para relacionarse), sino que funcionan en pantalla como si de un único personaje se tratara, consolidando el conflicto entre personalidades que tanto juego suele aportar en este tipo de producciones.

No querría terminar con los contenidos que presenta la historia sin hablar de la forma en que retrata la vida en la frontera. Los responsables de la serie aprovechan al máximo todos los elementos que ofrece para crear un microcosmos en el que el paso ilegal de un lado a otro (normalmente del sur al norte) es algo habitual. Gracias a las tramas secundarias, de las que hablaremos a continuación, la trama principal encuentra el contexto necesario para que tengan sentido buena parte de las acciones y decisiones que tiene lugar, sobre todo las relacionadas con el personaje de Bichir y su relación con el cuerpo de policía de México. Este ambiente, en el que chicas jóvenes desaparecen día sí, día también, o en el que el tráfico de drogas y personas se combina con asesinatos y tiroteos, es el caldo de cultivo perfecto para que, hacia el final de la temporada, la verdad revelada adquiera mayor importancia.

Tramas secundarias diferentes

Evidentemente, The bridge tiene tramas secundarias. Muchas, me atrevería a decir, y la mayoría bien planteadas y mejor resueltas, como es la relación del periodista interpretado por Matthew Lillard (Scream) con los asesinatos, o la crisis sentimental del personaje de Bichir con el devenir posterior de la investigación criminal. Sin embargo, existe un aspecto en esta primera temporada un tanto original, por decirlo de algún modo. No me atrevería a asegurar que sea algo negativo ni que perjudique al conjunto, pero al menos si lo debilita ante la falta de información que, sin duda, deberá aportar la ya confirmada segunda temporada.

Lo más llamativo es que la trama principal finaliza en el episodio 11, lo que supone dejar la resolución de la temporada para el resto de tramas. Pero lejos de cerrarlas completamente, lo que se produce es un relevo dramático que abre las puertas a lo que será el siguiente caso a investigar en futuros capítulos. Al menos una de ellas. Porque la otra, esa otra trama de relativa importancia que nace de la principal, se desarrolla a lo largo de esta primera entrega sin llegar nunca a clarificar sus intenciones. Sí, los personajes implicados en ella evolucionan. Y sí, termina relacionándose con los protagonistas, aunque sea de forma tangencial. Pero en ningún momento da la sensación de tener un objetivo. Parece que la intención es sentar las bases de una futura trama cuyo planteamiento, desarrollo y resolución es más lento que el de las demás. Se podría decir, en este sentido, que la serie se mueve a tres velocidades: la de la trama resuelta, la de la trama planteada para la segunda temporada y la de una trama de más lento horneado.

Si esto beneficia o perjudica a la serie es algo que solo se podrá saber cuando se analice el conjunto. Personalmente, la forma de abordarla en esta primera temporada ha sido un poco caótica, apareciendo y desapareciendo el interés por su trama en función de las necesidades del guión, o lo que es lo mismo, cuando la trama principal no daba para rellenar el episodio completo. A la larga ha servido para rebajar el grado de intensidad del thriller, introduciendo personajes y temáticas que lejos de entremezclarse con otras, ha terminado por ser independiente y quedarse algo aislada del resto. Aunque en una serie como esta lo que nunca debe hacer el espectador es cerrar las puertas a posibles evoluciones de lo acontecido en capítulos anteriores, por lo que habrá que estar atentos.

O dicho de otro modo, The bridge es una buena serie. No es perfecta, y tal vez no alcance la calidad de otras, pero desde luego la complejidad de su trama principal y la forma de desvelarla episodio a episodio es un placer para los amantes del suspense. Y el hecho de enmarcar la trama en un lugar tan tradicionalmente conflictivo no hace sino agrandar la magnitud de sus acontecimientos (por cierto, que tienen una base de lo más íntima). Es cierto que hay personajes que desvirtúan la visión global, y que algunas tramas no parecen encajar como deberían, pero teniendo en cuenta que el final de la primera temporada ha planteado la trama de la segunda temporada de forma tan elegante hay que pensar que todo tiene una explicación.

20 aniversario del año de Spielberg (y II): ‘Parque Jurásico’


El parque temático de dinosaurios se convierte en pesadilla en 'Jurassic Park'.Hace unos días dábamos inicio a esta revisión del año de Steven Spielberg con la que es, hasta la fecha, su película más premiada, La lista de Schindler. Aquel 1993, sin embargo, hubo otra película suya que posiblemente haya dejado una huella mucho más profunda en varias generaciones de niños y jóvenes que descubrieron con asombro y fascinación cómo eran las criaturas que habitaban la Tierra hace 65 millones de años. Nos referimos, por supuesto, a Parque Jurásico, cuyo reestreno en 3D no ha hecho sino confirmar algo que muy pocas películas pueden defender: que es perfecta, si es que eso existe en un mundo como el cinematográfico.

Para aquellos que no conozcan la historia, esta adaptación de uno de los libros más famosos de Michael Crichton narra cómo una visita a un parque temático en el que las atracciones son dinosaurios creados genéticamente se convierte en una pesadilla cuando los enormes animales se ven liberados de sus barreras y campan a sus anchas por toda la isla en la que está ubicado el parque, convirtiéndose los visitantes en presa de los depredadores más letales que han existido. Y si bien existen algunas diferencias menores entre película y novela, el espíritu de ambas es el mismo: la imposibilidad de controlar la naturaleza, de impedir que los animales sigan sus instintos y, sobre todo, de los peligros que puede deparar la genética utilizada para fines de dudosa moralidad.

En cualquier caso, es evidente que lo más recordado de esta aventura de Spielberg es el impactante acabado de sus efectos digitales en combinación con los animatronics y otros efectos físicos. No vamos a hablar aquí acerca de lo que supusieron dichos efectos para el desarrollo cinematográfico, entre otras cosas porque solo hace falta asomarse a una sala de cine para comprobarlo. Es más reseñable, empero, centrarse en la narrativa visual que utiliza el director de Atrápame si puedes (2002) para atrapar al espectador. Hace poco leía un artículo en el que un guionista afirmaba que la descripción de una escena sobre el papel no es, en sí misma, una descripción de la escena, sino de la acción. Parque Jurásico es la viva imagen de dicha definición. Ninguno de sus planos (y eso es decir mucho) es estático. Salvo los consabidos planos/contraplanos de los diálogos, e incluso aquí siempre se aprecia movimiento, toda la narrativa de la película se basa en el movimiento, ya sea dentro de un plano o con la cámara.

Puede parecer un detalle insustancial, e incluso demasiado simple, pero es este aspecto el que otorga a todo el conjunto, en colaboración con los dos grandes pilares de la trama (guión y banda sonora), un empaque único, diferente, dinámico. No solo consigue que la película no sea aburrida, sino que juega en todo momento con lo que el espectador puede ver. Toda la acción que transcurre fuera de campo, todo aquello que se oye pero no puede verse, se vuelve casi más importante que aquello que aparece en pantalla, lo que a la larga genera un estado constante de suspense, de tensión y de amenaza, trasladando al espectador al meollo de esa pequeña isla donde se desata el horror. En este sentido, y en algún otro más, esta película comparte puntos en común con La lista de Schindler, pues ambas son capaces de contra mucho mostrando muy poco. Y ambas son la viva imagen de un director capaz de convertir en mágica y bella una historia terrible.

La musicalidad de un guión

Pero antes mencionábamos los dos grandes pilares de la película, algo que también comparte con el drama ambientado en la II Guerra Mundial. En efecto, Parque Jurásico posiblemente no sería nada sin ambos conceptos. El primero es un derroche de sabiduría dramática, un ejemplo a estudiar de cómo se abona un terreno para luego recoger lo sembrado. Si uno analiza con detalle lo que se dice y lo que se hace en el primer acto de la película y en el planteamiento del segundo acto se puede comprobar que todo, absolutamente todo, tiene repercusión en su tercio final. Podría pasar con esto que la trama se tornara tediosa y algo previsible, pero en eso consiste la magia del relato. Son elementos que se mencionan casi de forma anecdótica, secundaria, pero que quedan grabados en la mente del espectador para luego ser rescatados en el momento idóneo. Por ejemplo, si durante el viaje en los coches se menciona que un dinosaurio caza lanzando veneno a los ojos mientras se mantiene una conversación, dicha información será utilizada para acabar con algún personaje.

Aunque tal vez el elemento que más emocione de todo el film sea su banda sonora, de nuevo a cargo de John Williams, autor de la mayoría de composiciones en películas de Steven Spielberg. Han pasado 20 años, pero la llegada a la isla Nublar en helicóptero con esa música subiendo y engrandeciendo la aventura que está a punto de iniciarse sigue emocionando, al menos a un servidor. Su uso de la percusión, de los instrumentos de viento y de cuerda aportan la magia que le pueden faltar a algunos momentos del relato, por no hablar de la narrativa paralela que el público recibe. Su forma de componer, remarcando momentos como el descubrimiento de huevos de dinosaurio en libertad o la imagen final de una bandada de aves volando, explica muchos de los conceptos que subyacen en el texto visual del director.

Puede parecer con todo esto que los actores se convierten en meras marionetas al servicio de un espectáculo formal, pero nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que lo más impactante de Parque Jurásico son sus dinosaurios y el avance tecnológico que supuso la película (y por lo cual ganó sus tres Oscars), el aspecto interpretativo contribuye muy significativamente a esa magia de la que hablábamos antes. Tanto Sam Neill (serie Alcatraz) como Laura Dern (Ahora los padres son ellos) representan a la perfección las emociones encontradas de unos adultos que han crecido soñando con dinosaurios y que dedican su vida a localizar sus restos. Aunque por encima de cualquiera de ellos se halla Jeff Goldblum (La mosca), cuyo papel del excéntrico matemático que prevé el caos de la isla es único. El cinismo y el carisma que desprende, amén de la irritabilidad que provoca en sus primeros momentos, es un claro ejemplo de cómo un personaje debe evolucionar, tanto en la trama como a los ojos del espectador.

Lo cierto es que, a pesar de ser dos películas muy diferentes, La lista de SchindlerParque Jurásico tienen muchos elementos en común, sobre todo los formales. En el caso de la cinta que nos ocupa, y a pesar de que nunca será reconocido con premios, su enorme calidad ha permitido no solo que siga de actualidad 20 años después, sino que su transformación en 3D la beneficie en la mayoría de ocasiones, algo que no ha ocurrido con otros intentos anteriores. Steven Spielberg logró con estos dinosaurios crear un precedente, pero no solo en la animación o los efectos digitales. Creó un precedente en la forma de narrar y de entretener, más o menos como hace con la mayoría de sus películas. Películas que, por cierto, pertenecen casi todas a la Historia del cine.

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