‘1917’: el viaje contrarreloj de un clásico moderno


Hay películas que parecen llamadas a convertirse en referentes o en clásicos casi al instante. Sam Mendes (American Beauty) es uno de los pocos directores que pueden presumir de lograr esa categoría con muchas de sus historias, incluyendo aquel primer drama de 1999. Su última película, independientemente de los premios que obtenga, es un ejercicio fílmico extraordinario, apasionante, capaz de sumergir al espectador en el horror de la guerra como pocos relatos logran. Y todo ello con la complejidad formal del plano secuencia, en este caso ligeramente falseado por motivos obvios.

Aquellos que alguna vez se hayan enfrentado a un rodaje de este tipo comprenderán todo lo que conlleva. Estudio de los movimientos de cámara, de todos los personajes, del decorado, la dinámica de los movimientos dentro y fuera de plano, etc. Pero en el caso de 1917 existe un componente adicional, y es el contexto bélico en el que se desarrolla. Muchos de los momentos exigen de una preparación aún mayor, no solo para dotar de realismo al conjunto, sino para no provocar accidentes y por las evidentes necesidades de una única toma. Todo esto, dicho de una forma menos técnica, implica un trabajo cinematográfico extraordinario que perfectamente podría haber derivado en una película tediosa, sin ritmo, carente de interés por el devenir de los personajes. Por el contrario, Mendes sumerge al espectador en la acción casi sin darle tiempo de saber dónde se encuentra en un ejercicio de composición visual, sonora y narrativa sencillamente perfecto.

Pero la película ofrece algo más que un espectáculo visual. El relato de la odisea que viven los dos protagonistas está estructurado de forma milimétrica para plantear constantes giros argumentales en los que la vida y la muerte se mezclan para reflejar el horror de una guerra en la que la lucha cuerpo a cuerpo y la constante huída hacia adelante eran el día a día. En este sentido, es cierto que los actores, muchos de ellos muy conocidos, se diluyen en el absorbente marcho que crea Mendes, pero no por ello su labor es menos importante, pues todos ellos logran generar tanto la urgencia del punto de partida como el intenso clímax en el comienzo de una batalla. Así, fondo y forma se dan la mano en una película que el director maneja con mano firme, en la que nada está dejado al azar aunque pueda parecer lo contrario, y en la que la angustia acompaña al espectador, que también es capaz de vivir el descanso final con el que cierra el film.

Así, 1917 se convierte en una obra extraordinaria, diferente, compleja en la forma y en el tratamiento de un fondo, por otro lado, bastante sencillo. Es cierto que la premisa inicial y la motivación que sustenta toda la historia es simple y directa, pero esto permite construir todo un mundo de horrores a cada cual más impactante. La I Guerra Mundial nunca se había vivido de forma tan cercana, y posiblemente en una película nunca habían ocurrido tantas situaciones como las que narra Mendes. Es lo que ofrece el plano secuencia. La imposibilidad de cortar para cambiar a otra secuencia obliga a completar los evidentes momentos narrativos más pausados con movimiento. Y eso, a su vez, minimiza esas pausas para acentuar la sensación de tensión constante, de peligro inminente que se cierne sobre los protagonistas y los espectadores. Una película imprescindible que si no se ha convertido ya en un clásico, lo hará dentro de poco.

Nota: 10/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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