‘Ad Astra’: en los confines de la galaxia


De un tiempo a esta parte, y con permiso de la saga ‘Star Wars’, el cine espacial ha retomado 2001: Una odisea en el espacio (1968) como su referente principal para adentrarse en la naturaleza del ser humano, en sus miedos y sus desafíos ante un futuro desconocido. La última película de James Gray (El sueño de Ellis) no solo confirma esta tendencia, sino también el interés y atractivo de estas historias.

El espacio, por sus propias características, ofrece posibilidades narrativas casi infinitas. Pero todas ellas suelen tener relación con la soledad, con el vacío y con esa fortaleza física y mental de los viajeros de las estrellas para afrontar desafíos en un lugar en el que nadie puede oír tus gritos. Ad Astra, en este sentido, ahonda en estos sentimientos para obligar al espectador a reflexionar sobre una sociedad que parece cada vez más aislada, más obsesionada con el avance científico y tecnológico, olvidándose por el camino de que lo realmente importante está al otro lado de la ventana. Es por eso que, desde un punto de vista dramático, la cinta se convierte en un interesante relato acerca de cómo la soledad puede hacernos perder el norte social para introducirnos en una espiral autodestructiva y dañina para aquellos que nos rodean, pero sobre todo establece que poner fin a esa situación solo está en nuestra mano.

La referencia inicial a la película de Stanley Kubrick no es casual. Gray aprovecha el lenguaje visual de este clásico del maestro para abordar el desarrollo de su propia película desde un punto de vista más introspectivo, con un uso de la imagen y el sonido cada vez más frecuente en este tipo de films. Con una belleza evidente, el director plantea el contraste entre los primeros planos de un Brad Pitt (Frente al mar) sobrio y en un constante diálogo con su ‘yo’ interior, con los grandes planos generales de un negro e imponente espacio. Esta dualidad genera precisamente la disrupción narrativa del intimismo enmarcado en la grandiosidad, de lo pequeño dentro de un marco gigantesco. En definitiva, de la importancia de lo que tenemos cerca frente a lo inalcanzable de aquello más lejano. El mayor problema de esta historia será, para muchos, su ritmo algo lento y el hecho de que la película no ofrezca más contenido que el viaje de ida y vuelta del protagonista, sin apenas historias secundarias que enriquezcan la trama.

Y puede que esto, al menos la segunda parte, sea el principal inconveniente de Ad Astra. No es algo menor, es cierto, pero lo relevante del film de Gray es esa dualidad que plantea. Más allá de una cinta de ciencia ficción, es una reflexión sobre la importancia de las cosas cercanas (que no pequeñas) frente a objetivos más lejanos y, a priori, inalcanzables. Dicho de otro modo, plantea al espectador la necesidad de cuidar lo más próximo y el riesgo de perderse buscando logros fuera de nuestro alcance, en un intento de determinar esto como el verdadero sentido de la existencia. Bajo este prisma, la obra contiene una profundidad dramática enorme, acompañada por un estilo visual potente a la par que conocido. Lo malo, sin duda, es esa falta de contenido secundario y la sensación de estar ante un homenaje demasiado evidente al clásico de Kubrick.

Nota: 6,75/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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