‘El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie)’: ¿qué más podemos hacer?


Los biopics, sobre todo si es de personajes muy conocidos, tienen el riesgo inherente no solo de contar con un final ya conocido, sino de no alcanzar ni representar fielmente al protagonista de turno. Por eso una cinta como la nueva de Jon S. Baird (Filth, el sucio) resulta tan gratificante. Por eso y porque más allá de lo que se ve en pantalla, la obra ahonda en una serie de temas universales que la convierten automáticamente en una cinta más que recomendable.

Para empezar, El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie) toma como premisa la relación de los dos famoso actores cómicos de la primera mitad del siglo XX para ofrecer una radiografía precisa sobre la amistad, la traición, el fin de una era y, sobre todo, cómo el ser humano afronta el final de su vida cuando sabe que se acerca, ya sea profesional o vital. En este sentido, el guión logra un equilibrio perfecto entre el drama que viven dos personajes en el ocaso de sus carreras y el humor que siempre desprendieron Stan Laurel y Oliver Hardy, marcando el contraste entre amistad y profesión, entre la cara personal y pública de ambos actores, incluso cuando la frontera entre ambas se difumina. Así, el espectador asiste al trasfondo de las bambalinas, a la cara más amarga de la fama y a una amistad rota por una disputa de hace lustros que se recompone poco a poco sencillamente por la perspectiva que da el paso del tiempo.

En todo esto la labor de Baird, con un lenguaje visual sencillo pero eficaz que retrotrae en varios momentos a la época del cine mudo, es fundamental. Su pulso firme saca el máximo partido y ofrece una belleza admirable a los números cómicos, acentuando esa sensación agridulce de ver a dos actores en las que son sus últimas funciones y, en algunas ocasiones, arriesgando su salud sencillamente porque “¿qué otra cosa iban a hacer?”, como apunta uno de ellos en un momento dado. Y si hay que destacar algo, eso es la labor inconmensurable de John C. Reilly (Un dios salvaje) y Steve Coogan (Ideal home), que asumen sus personajes hasta mimetizarse con ellos, en un ejercicio interpretativo sencillamente impecable. Es gracias a ellos que la película, en cierto sentido, se convierte en el último trabajo, la última función que la pareja cómica no pudo realizar. Y hablando de actores, no puedo dejar pasar la mención a Rufus Jones (El extranjero), quien da vida al promotor de la gira por Reino Unido y cuyo personaje es el contrapunto perfecto al resto de roles.

El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie) no es, por tanto, un film para nostálgicos ni cinéfilos. Más bien, es una obra que profundiza en unos personajes y una época marcados por la comedia, descubriendo en el camino el drama y los conflictos emocionales de ambos protagonistas. La principal carencia del film es su previsibilidad, y puede que una cierta falta de ritmo habitual en films de estas características. Pero ambos son conceptos con los que estas historias conviven, y consciente de ello el guión logra elevarse por encima y ofrecer una historia íntima de entrega, de amistad, de sacrificio. Esto no es solo un biopic, es un canto de cisne.

Nota: 7,5/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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