‘Aquaman’: la punta del tridente


La estrategia de DC Cómics para llevar a la gran pantalla a sus principales superhéroes es cuanto menos curiosa. Sin un orden claro, ha preferido mostrar primero las aventuras en común que las historias personales de cada uno. Aunque lo más llamativo es, sin duda, que están siendo los personajes que rodean a Superman y Batman, principales baluartes de la casa de cómics, los que están dotando a este nuevo universo de mayor consistencia. El último en sumarse es el rey de los mares, y lo hace con un entretenimiento puro y clásico que aprovecha las últimas tecnologías para dar rienda suelta a la imaginación.

Porque otra cosa no, pero Aquaman desprende imaginación por las cuatro esquinas de cada fotograma. Tampoco es que su historia no diera pie a ello. El diseño de producción de Atlantis y de las criaturas que habitan en las profundidades alcanza su máxima expresión en los planos generales, donde el director James San (Sentencia de muerte) dan rienda suelta a su capacidad de aprovechar las posibilidades que ofrecen los grandes espacios en lo que a movimiento y trasfondo visual se refiere. Pero acompañando este lenguaje visual el espectador encuentra una historia íntima, de búsqueda y superación de los miedos y limitaciones propias del héroe, con una trama planteada a modo de pruebas de Hércules a cada cual más complicada y en la que el trofeo es un tridente para controlar los mares.

Y bajo este prisma, la cinta se revela como un viaje que recuerda las clásicas producciones de los mitos griegos o romanos. Mezclando acción y humor a partes iguales, al final lo más interesante es el buen sabor de boca del viaje, más que el viaje en sí o las fases por las que pasa. Y también en este aspecto más, digamos, introspectivo, Wan demuestra un manejo de la cámara y de la narración fuera de toda duda, tanto en las impecables secuencias de acción (que sacan el máximo partido al entorno acuático) como en los diálogos, algunos de ellos ciertamente interesantes e, incluso, con un mensaje medioambiental y social que aporta una crítica pocas veces vista en este tipo de producciones. A la historia podría habérsele pedido algo más, puede que mucho más. Mayor complejidad emocional de los personajes, mayor intriga, algo más de desafío tanto externo como interno para el héroe. Pero eso no quita para que no pueda disfrutarse.

Con todo ello, Aquaman es la última punta de un tridente que inició El hombre de acero en 2013 y continúa Wonder Woman en 2017. Y ya están anunciadas próximas entregas individuales de los superhéroes. Entre medias, por supuesto, producciones conjuntas con mayor o menor atractivo. Pero lo que pone de manifiesto esta aventura del rey de Atlantis es que una buena película de superhéroes nunca, jamás, debe nacer con pretensiones mayores que el entretenimiento. Para muchos esto siempre será una desventaja, pero personalmente creo que es lo que aporta la magia. En el caso que nos ocupa, un entretenimiento con un sabor clásico, sostenido con una trama de pura aventura y envuelto con unos efectos digitales modernos pero de concepción antigua. Esa unión entre pasado y presente es similar a la planteada en el film entre tierra y mar. Y en ambos casos el personaje al que da vida Jason Momoa (Sugar mountain) es la punta de lanza, o en este caso del tridente.

Nota: 7/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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