‘Fear the Walking Dead’ revoluciona sus cimientos en la 4ª T.


Lo que ocurre con el mundo de ‘The Walking Dead’ merece un estudio pormenorizado en algún extenso libro. Y no me refiero al fenómeno fan, sino al tratamiento dramático tanto de la serie matriz como de su “retoño”, Fear the Walking Dead, que ha heredado poco de lo mucho bueno que tiene el original y mucho de lo poco malo que se ha ido arrastrando temporada tras temporada. La cuarta etapa de esta serie creada por Dave Erickson (serie Canterbury’s law) y Robert Kirkman, autor de este universo postapocalíptico, evidencia una falta de rumbo narrativo alarmante. Eso o que ha revolucionado sus cimientos para reinventarse y construir algo mejor. Todo depende de si el vaso está medio lleno o medio vacío.

Una idea esta, la de tener esperanza o ser derrotista, que se desarrolla de un modo más o menos interesante a lo largo de estos 16 episodios de irregular ritmo. El principal problema de esta temporada, no cabe duda, es la indefinición de un objetivo claro en muchos aspectos. Para empezar, los personajes. Si el final de la anterior temporada abría la puerta a una historia sumamente interesante, la primera mitad de esta etapa construye lo que podría entenderse como un futuro para esta ficción, con un núcleo de protagonistas que deben luchar contra su entorno para reconstruir la civilización. Hasta aquí todo correcto, incluso el hecho de que sus enemigos terminen derrotándoles. Lo que no queda tan claro es el destino de los héroes. El constante cambio de protagonismo, pasando de personajes más complejos e interesantes a otros más prototípicos, termina por jugar en contra de la serie, que no encuentra su motor dramático prácticamente hasta el final.

Dicho de otro modo, Fear the Walking Dead pone en práctica algo que ya planteaba la serie original, y es el hecho de que ningún personaje tiene asegurada la supervivencia. Y esto es una magnífica idea que debería aplicarse en cualquier trama, pero no a cualquier coste. El problema es que esto se desarrolla en la serie de forma anárquica, sin acentuar el dramatismo de esos momentos y, por lo tanto, restando credibilidad a la historia. Lo que es más grave, desconecta al espectador de una trama que tiene demasiados recovecos narrativos y dramáticos como para poder identificarse con otros personajes y otras historias. De ahí la incorporación del rol que Lennie James (Blade Runner 2049) interpreta en la serie original; un traspaso de ficciones para dotar a este personaje de más protagonismo y, al mismo tiempo, tratar de integrar en esta trama algo conocido por los fans, siendo en definitiva un personajes que puede actuar a modo de anclaje para muchos elementos.

A pesar de sus notables irregularidades dramáticas y narrativas, la serie ofrece un diversos contenidos a tener en cuenta. Para empezar, las numerosas reflexiones acerca de la violencia y el egoísmo en el ser humano y los titánicos esfuerzos que es necesario hacer para luchar contra ello. En este sentido, es espléndida la presencia del personaje interpretado por Tonya Pinkins (serie Gotham), que ofrece a la serie una villana efímera pero sumamente atractiva, capaz de poner en jaque no solo físicamente a los protagonistas, sino moralmente al espectador. Si a esto se suman las consecuencias de determinados actos de los protagonistas, la sensación de culpabilidad que se deja sentir a lo largo de todo el arco dramático y algunas secuencias realmente intensas en lo que a emociones se refiere, lo que nos encontramos es una temporada que, con todos sus problemas (y después de haber destruido lo logrado en la anterior), parece querer construir algo perdurable.

Nuevos personajes

Ahora la pregunta que se plantea es ¿qué es eso que se está intentando construir? Y no es fácil contestarla. Porque Fear the Walking Dead, a diferencia de la serie matriz, no tiene una coherencia lineal a la que aferrarse. Las anteriores temporadas, con sus más y sus menos, sí tenían un cierto arco argumental en el que, con todo, era lo suficientemente flexible como para permitir ciertos giros argumentales imprevistos. La revolución que ha supuesto esta cuarta temporada, sin embargo, impide intuir cuál es el futuro de la serie al ser imposible saber qué personajes pueden sobrevivir episodio tras episodio. Esto, a priori, es algo más bien positivo, en tanto en cuanto la serie puede adquirir una madurez que no tuvo en su primera temporada, y que desde luego ha faltado en varios fragmentos de las siguientes etapas. Pero como con todo, existen matices.

Y esos matices es que es fundamental calcular de forma inteligente los personajes que abandonan la trama y, sobre todo, el momento. Esta temporada es un claro ejemplo. La ausencia de dos roles tan importantes como los de Frank Dillane (En el corazón del mar) y Kim Dickens (A cualquier precio) ha sido, sin duda, un revulsivo importante para la serie, que rompe prácticamente todos los lazos con lo narrado hasta ahora. Pero la diferencia entre ambos ha sido el momento y el modo de salir de la serie. Mientras que la segunda ha tenido un final épico bien encajado en el momento preciso, el primero ha sido más bien tosco, acelerado e impreciso. Es cierto que la segunda ha inspirado y el primero sencillamente ha sido motor de venganza, pero ambos podrían haber logrado igualmente esos efectos planteando sus muertes de un modo algo más inteligente.

Digo esto porque tanto esta serie como la original tienen la tendencia de eliminar los mayores atractivos de sus respectivas tramas. Sobre todo la que ahora analizamos. Y sí, eso provoca que se produzcan giros argumentales sin igual en una ficción caracterizada por un ritmo narrativo tan lento como los zombis que son aniquilados episodio tras episodio, pero también impide a la serie asentarse, y sobre todo impide crear personajes carismáticos que aporten fuerza dramática al conjunto. Y es aquí donde entran los nuevos personajes. Esta temporada, como no podía ser de otro modo, está cargado de ellos, y lo cierto es que algunos son cuanto menos interesantes. El pasado que arrastra cada uno, así como los traumas y los sentimientos de culpabilidad o de venganza, enriquecen la historia, aunque habrá que estar atentos a su evolución en la próxima temporada.

Vista en su conjunto, no cabe duda de que la cuarta temporada de Fear the Walking Dead es toda una revolución de conceptos y una declaración de intenciones. La práctica desaparición de los principales personajes ha hecho que recaiga sobre los secundarios el protagonismo de una trama obligada a incorporar nuevos personajes. El tratamiento dado a algunos arcos argumentales resulta algo burdo en diversos compases de esta etapa, pero en líneas generales logra su propósito de realizar una transición hacia otro concepto de serie, tal vez con roles más asentados y con una cierta consistencia dramática en forma de trama única. Pero eso es adelantar acontecimientos que, además, desconocemos. Por ahora, lo importante es que la serie está obligada a reinventarse (y parece que está en ello) y a corregir determinados errores dramáticos y de definición de personajes, algo que también parece haber conseguido en estos episodios.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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