‘Silicon Valley’ continúa su evolución manteniendo el humor en su 5ª T.


Es muy difícil encontrar una sitcom capaz de evolucionar. No me refiero a la progresión normal de una trama como la de cualquier serie cómica de estas características, sino a verdaderos cambios en su concepción. Y Silicon Valley lo ha conseguido. Han sido necesarias cuatro temporadas para poder ver, en esta quinta, cómo el grupo de protagonistas, a los que todo parece salirles mal, finalmente toman las riendas de sus vidas y empiezan a cambiar las cosas. Lo mejor de todo es que, a pesar de este cambio tan sustancial en el trasfondo dramático y cómico de la historia, la serie creada por John Altschuler (serie Lopez), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie The Goode family) sigue funcionando a la perfección, en algunos momentos brillando incluso más que en etapas anteriores.

Y el secreto no es otro que la medida de los tiempos narrativos y dramáticos del conjunto de la serie. La ficción podría haber intentado seguir como hasta ahora, pero eso habría limitado su recorrido argumental y, sobre todo, haría caer el interés por el devenir de sus personajes. El hecho de enfrentarlos a sus miedos, sobre todo al papel interpretado magistralmente por Thomas Middleditch (Entanglement), les permite cambiar su forma de ver el mundo de los negocios, creciendo como empresa y adquiriendo complejidad como roles, aunque siempre dentro de unos parámetros perfectamente definidos. Es cierto que esto rompe con una dinámica que funcionaba bien hasta ahora (por muy buenos que eran, siempre terminaban siendo timados, denunciados o en situación difícil), pero crea otra igualmente divertida: la de un grupo de jóvenes empresarios en un mundo de tiburones tecnológicos. Habrá quienes esto lo puedan ver como una traición al espíritu original de la serie. Personalmente creo que es la decisión más realista que podría haberse tomado, y en el mejor momento para dotar de un nuevo impulso a esta ficción.

En cierto modo, se puede decir que los personajes han madurado, aunque no lo suficiente como para dejar de tener ese cierto aire derrotista y en ciertos aspectos infantil. Y en ese delicado equilibrio es donde Silicon Valley ha encontrado su nuevo nicho de humor, al menos para estos 8 episodios. Los momentos de auténtica estrategia empresarial se combinan con acierto con el carácter apocado del rol de Middleditch, con la rivalidad infantil del papel al que da vida Kumail Nanjiani (Pelea de profes) o con esa parodia de los magnates de las nuevas tecnologías que interpreta Matt Ross (Las últimas vacaciones), quien por cierto cada vez se entrega más al absurdo con una inteligencia espléndida. Todos ellos, con sus egos y sus fobias, aportan al conjunto cierta sensación de continuidad solo para hacer más sencillo y más natural el proceso de cambio.

La consecuencia más evidente de esto, por supuesto, es que la historia avanza hacia una nuevo nivel, hacia una guerra empresarial en toda regla que ya no es entre un joven con una idea y un emporio de las nuevas tecnologías, sino entre dos iguales por lograr un producto totalmente novedoso. Pero además de esto, el desarrollo dramático de esta quinta temporada deja otras ideas. Es importante señalar que a pesar de ese avance se siguen manteniendo ciertos elementos positivos de la dinámica entre personajes, lo que permite ahondar en las relaciones de los protagonistas y, por extensión, en las líneas que definen sus personalidades. Eso no impide, por supuesto, que en algunos episodios pueda perderse cierta esencia de lo visto hasta ahora, pero es una consecuencia lógica del proceso de cambio.

Mundo tecnológico

Aunque lo más interesante que deja Silicon Valley en esta temporada es el modo en que amplía su universo. Hasta ahora los implicados en la trama, salvo ocasiones puntuales, eran el grupo protagonista y el villano de turno, amén de secundarios más o menos importantes. En estos 8 episodios el abanico se abre ostensiblemente hacia nuevas empresas y nuevos personajes que, lejos de hacer perder peso a la historia principal, la enriquecen notablemente. Más allá del papel que juegan los nuevos empleados de la empresa, lo realmente importante son esos líderes de empresas tecnológicas que, cada uno en su parcela, reflejan un amplio espectro no solo de elementos digitales e informáticos, sino sobre todo de la estructura social y la moralidad estadounidense.

Especialmente ácido es el episodio en el que un posible socio de los protagonistas se ve en una difícil situación no por revelarse que es homosexual, sino por saberse públicamente que es cristiano. El modo en que se aborda esta temática a lo largo del capítulo no solo es ejemplar, sino que invita a reflexionar sobre los diferentes estándares de la tolerancia en Estados Unidos y en el resto de sociedades, poniendo en evidencia que lo que para unos es algo que debería mantenerse en secreto para otros es algo irrelevante, y viceversa. Esto, unido a otras tramas secundarias como las copias chinas de patentes norteamericanas, sitúan de nuevo a esta serie entre las más críticas con el mundo que retrata. Y todo ello modificando su trasfondo dramático y permitiendo a los personajes y a la historia evolucionar. Ese es el secreto de que se mantenga en forma y no pierda el dinamismo ni el humor que la caracterizan.

Al comienzo decía que el final de esta quinta temporada es lo que marca un punto de inflexión. Si durante todo el arco argumental de esta etapa se ha visto cómo los personajes evolucionaban, el clímax vendría a ser la consecuencia de dicha evolución. Dicho de otro modo, los protagonistas afrontan los retos y, esta vez sí, ganan sin ningún tipo de contraprestación aparente. Finalmente todo parece salirles completamente bien, sin un ‘pero’ que vuelva a poner de manifiesto que estamos ante un grupo marcado por la fatalidad. La duda que se plantea ahora es si la próxima temporada mantendrá la senda iniciada ahora o seguirá jugando con situaciones dulces y amargas. Sin duda esta segunda opción sería la más acertada, pero si algo han demostrado ya sus creadores es que pueden cambiar sustancialmente la ficción sin que se vea afectada.

Por el momento, lo que queda patente es que estamos ante un cambio, una evolución. Desde luego, Silicon Valley continuará desgranando las virtudes y miserias de Internet, la tecnología y todo el negocio que se ha generado a su alrededor. Pero no es lo mismo situar en ese escenario a un grupo de ilusionados jóvenes que sufren un golpe tras otro que a unos empresarios incipientes que saben lo que quieren y buscan crear un nuevo mercado. Puede parecer menor pero el concepto cambia sustancialmente el trasfondo dramático. Y la genialidad de sus creadores es que han sido capaces de realizar este proceso sin perder la esencia del producto, fruto sin duda de una espléndida definición de personajes. Seguimos estando ante una de las sticom más frescas, diferentes y divertidas de la televisión.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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