‘The Flash’ busca más dramatismo y más oscuridad en su 3ª T.


Las similitudes entre The FlashSupergirl cada vez son más habituales. Y no me refiero al hecho de que compartan episodios o que sus protagonistas tengan una serie en común. Es cierto que sus historias son, en general, notablemente diferentes, pero el tratamiento de las mismas, el modo en que se abordan aspectos como el drama romántico o conceptos como la amistad o la responsabilidad. Sin embargo, la tercera temporada del velocista de DC Cómics ha sabido aportar, al menos de forma general, una visión más compleja del mundo creado a raíz de la serie Arrow, mucho más oscura, seria y adulta en todos sus aspectos y a la que parece querer aspirar. Los últimos 23 episodios reflejan esa dualidad en la que parece moverse la serie, y en la que deberá decantarse por uno u otro lado sin esperar demasiado.

Posiblemente esta última etapa de la serie creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, autores también de Arrow, sea la más dramática de todas las vistas hasta ahora, aunque también una de las más confusas. Dramática porque, a diferencia de capítulos anteriores, el arco argumental del protagonista avanza con paso firme y la velocidad adecuada para ahondar en los aspectos más trágicos del héroe interpretado por Grant Gustin (serie Glee). No se trata solo de que la damisela en apuros sea salvada por el hombre más rápido de la tierra. Se trata, en realidad, de explorar los motivos que le llevan a ser como es, a tomar las decisiones que toma y con las que, en no pocas ocasiones, pone en peligro a sus compañeros. En este sentido, el villano de esta temporada es todo un reflejo de lo bueno y lo malo que se esconde dentro de ese traje rojo.

Pero junto con esto, y es algo que no puede dejarse pasar, se halla la complejidad de una historia con constantes viajes al pasado, al futuro y a mundos alternativos. Las numerosas modificaciones en la trama que eso conlleva terminan por enrevesar no solo el desarrollo lineal de la historia, sino a los propios personajes, y con eso la resolución de los conflictos. Si bien es cierto que sus creadores han sido capaces de dotar al conjunto de una coherencia más que notable, también hay que reconocer que la tercera temporada de The Flash ha dejado por el camino varios conflictos resueltos de un modo cuanto menos cuestionable y que podrían haber dado un juego dramático sumamente interesante. El conflicto tanto interno como externo de personajes que descubren que su realidad se debe a una decisión egoísta del héroe abre las puertas a muchas posibilidades de desarrollo que quedan, sin embargo, en una mera anécdota en el camino.

Y este es el principal escollo con el que se encuentra la serie a la hora de evolucionar hacia lo que parece ser un producto más serio y adulto. Sus responsables no parecen tener interés en desarrollar determinados conflictos o en llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Esto, unido al hecho de que los nudos dramáticos se resuelven en unos pocos episodios, genera la sensación de que cualquier problema tiene una salida relativamente fácil, en algunos casos con la ayuda de alguien externo y en otros tirando de psicología y personalidad. Sea como fuere, lo cierto es que la evolución del arco dramático principal se mueve constantemente en esa dualidad que tan bien reflejan en esta temporada héroe y villano. La gravedad del protagonista al que da vida Gustin, aunque aporta un interesante aspecto al superhéroe, no termina de ser creíble a tenor de cómo sale airoso de todas las situaciones.

Y de nuevo, el final

Que sale airoso de todas las situaciones no es del todo exacto. Al igual que ha ocurrido en temporadas anteriores, esta tercera etapa de The Flash deja un final abierto en el que el héroe debe sacrificarse no solo por sus amigos, sino por toda la sociedad. Y en esta ocasión, con componentes más dramáticos de los vistos hasta ahora. De nuevo, eso abre las posibilidades a una cuarta temporada con un tono marcadamente más sombrío en el que los conflictos que se presenten ante el héroe le obliguen a modificar su forma de entender el mundo, que al final es como una trama es capaz de avanzar. El problema es que ya han sido dos temporadas y estas expectativas no se han cumplido, o al menos no al ritmo que cabría esperar, por lo que nada invita a pensar que en los próximos episodios eso vaya a cambiar.

En cualquier caso, lo que sí aporta esta temporada es un amplio espectro de personajes nuevos o ya conocidos pero con nuevas habilidades. La incorporación de nuevos velocistas, algunos tan interesantes como el interpretado por Keiynan Lionsdale (La hora decisiva), de nuevos villanos y de otros secundarios que apuntan maneras para convertirse en habituales expanden un poco más el universo de este superhéroe, permitiendo crear nuevas tramas secundarias que, dejando a un lado el carácter adolescente de algunas de ellas, pueden ser tan interesantes como útiles para impulsar la historia principal. Lo que ya parece algo recurrente (y hasta cierto punto ridículo) es mantener la presencia de Tom Cavanagh (400 days) como Harry Wells. No porque no sea atractiva y un punto de inflexión en las dinámicas de los personajes, sino porque su rol ha pasado ya por tantas fases, por tantas reinterpretaciones, que parece pedir a gritos algo de estabilidad. Sí, ya sé que son versiones de diferentes universos, y es una justificación más que coherente, pero eso no significa que no sea un recurso para tratar de dar con la tecla exacta del personaje.

La realidad es que la serie necesita, en una palabra, avanzar. Y eso es algo cuanto menos irónico en una producción sobre el velocista más rápido del planeta, pero es una realidad. La temporada parece haberse centrado fundamentalmente en reconstruir el universo de este personaje para dotar a los secundarios de una mayor relevancia, de nuevos poderes o de un peso específico diferente al que tenían antes. Y aunque todo esto es necesario si se quiere reformular esta ficción, al final el protagonista es el que menos parece avanzar, viviendo una suerte de bucle dramático en el que las claves de la trama se repiten de formas muy similares. El resultado es que la serie, aunque desprende entretenimiento y espectacularidad en todos sus planos, se estanca en una indefinición de lo que realmente quiere ser, optando a veces por el dramatismo y otras por la diversión en estado puro. Tomar la decisión final en uno u otro sentido debería ser el objetivo más inmediato.

Sea como fuere, está claro que The Flash logra su objetivo principal: entretener al público con una apuesta ‘blanca’, sin demasiadas complicaciones dramáticas y cada vez más entregada a la espectacularidad que permite un personaje como este. La contrapartida está, como es lógico, en la propia trama, en la solidez del drama que sustenta tanto al superhéroe como al equipo que le rodea. Y no porque esté ausente, al contrario. Suele ser pieza fundamental en el comienzo de las temporadas para, a continuación, resolverse de un modo más o menos directo y a otra cosa. La tercera temporada, en este sentido, no ha sido diferente, y aunque ha permitido introducir nuevos e interesantes personajes, sigue adentrándose con miedo en el tratamiento dramático, como si explorar ese aspecto generase dudas sobre el modo de abordar el resto de elementos. El final abre, de nuevo, la puerta a un futuro más sombrío. Habrá que esperar, de nuevo, a ver si definitivamente se opta por ello.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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