7ª T. de ‘The Walking Dead’ (y II), la determinante función del villano


Era difícil mantener el buen ritmo narrativo y dramático de la primera parte de la temporada, y en cierto modo The Walking Dead no lo ha conseguido. Los últimos ocho episodios de la séptima temporada son, posiblemente, los más pausados de toda la serie, muy centrados (tal vez en exceso) en el desarrollo de los personajes, en sus dudas, sus miedos y sus remordimientos. Y si eso hubiera ocurrido con, por ejemplo, el protagonista al que da vida Andrew Lincoln (Los seductores) habría podido ser interesante, pero el problema es que ha ocurrido con muchos secundarios de relativa importancia, lo que ha provocado que la trama se haya dispersado en muchos momentos. Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente.

Y lo valiente en este caso es que la serie creada por Frank Darabont (serie Mob city) siempre ha sido consciente de que, para lograr la espectacularidad o la angustia, es necesario asentar muy bien las bases dramáticas. Es por ello que durante esta segunda parte de esta etapa todo aquello que parece no avanzar, que parece simplemente narrar la vida en cada uno de los asentamientos que protagonizan la trama, en realidad allana el terreno para un final épico marcado por la violencia, la sangre y la muerte. Y esta es, al fin y al cabo, la máxima expresión tanto de la serie como de los cómics creados por Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore: un desarrollo aparentemente tedioso y sin demasiada información que desemboca en un clímax tan impactante como gratificante, capaz de dar respuesta no solo a las expectativas del espectador, sino a todas las preguntas planteadas durante la acción previa.

El problema de esta segunda parte de la séptima temporada es la profusión de personajes. En realidad, es algo que ha ocurrido en otros momentos de The Walking Dead, pero en esta ocasión, con los protagonistas divididos hasta en cuatro escenarios clave y con nuevos e interesantes roles secundarios, se evidencian mucho más los conflictos a los que se enfrentan los creadores. El hecho de tener que combinar tantas tramas secundarias en un espacio tan limitado es todo un reto narrativo que se resuelve mejor o peor, depende del episodio. Con todo y con eso, el verdadero problema radica en los debates morales de muchos secundarios, sus dudas y sus reacciones ante lo que ocurre a su alrededor. Es, en cierto modo, como si el viaje catártico que el personaje de Lincoln hace en la primera parte lo vivan ahora otros roles, alargando unos preparativos bélicos que, personalmente, creo que podrían haberse resuelto de forma más directa.

Claro que esto arroja otra reflexión sumamente interesante acerca del alcance del poder y el daño que ejerce el villano de la función. El impacto de la presentación de Negan (Jeffrey Dean Morgan –Watchmen-, cada vez más cómodo y espléndido en el personaje) no solo ha tenido efecto en el héroe, sino en todos. Y un efecto a cada cual más distinto, lo que a su vez provoca una división interna acerca del modo de afrontar la pérdida. Ya sea con una destrucción de la voluntad, ya sea movidos por el odio y la ira, o simplemente por la cobardía, las reacciones de cada uno de los personajes es única, conformando así un mosaico de personalidades que se definen en una situación de mayor brutalidad si cabe. O dicho de otro modo, cada uno responde como puede a una amenaza mayor que los zombis, y que siempre llega de la mano de los vivos.

Esto es la guerra

Es cierto que muchas de las tramas secundarias podrían haberse acortado. Y también es cierto que una vez que el personaje de Rick Grimes sufre su particular catarsis y decide combatir, ver cómo los secundarios viven las mismas dudas en su viaje interior es algo innecesario, aunque sumamente enriquecedor para la trama. Pero todo ello ha permitido conformar un escenario dramático de auténtico sentido bélico, casi como si varias naciones tuvieran que luchar para defenderse de un enemigo común. Con todo, lo más interesante es lo que se esconde detrás de este pausado ritmo de The Walking Dead: la guerra sucia que desarrollan los personajes.

Traiciones, cambios de bando, muertes. Todo lo que pueda pensarse ocurre a un mayor o menor nivel. Cualquier recurso es bueno para ganar una batalla contra la tiranía. Y es en medio de esta guerra sucia (en algunos casos Guerra Fría) donde mayores cotas dramáticas alcanza la parte final de esta séptima temporada, pues no solo ofrece la posibilidad de comprender el verdadero carácter de muchos secundarios; también ofrece puntos de giro inesperados que enriquecen el desarrollo dramático de la serie, caminando con paso firme hacia un conflicto directo en el último episodio, posiblemente uno de los más intensos que se recuerdan en lo que a acción se refiere junto a los que tuvieron lugar en la cárcel. Gracias a los mencionados giros argumentales la trama se retuerce hasta puntos insospechados, sacrificios necesarios y esperados incluidos.

Y como siempre ha ocurrido desde su presencia en la serie, Dean Morgan es el verdadero atractivo de la serie. Su forma de afrontar un personaje tan siniestro y complejo como Negan es sencillamente ejemplar, dotándolo de una presencia física única, de una crueldad y una violencia inigualables. Es el verdadero faro de la temporada, sobre todo cuando el resto de personajes parecen haber perdido un poco el rumbo, precisamente a consecuencia de los actos de este villano. Todo tiene lugar por él, y nada ocurre sin que él no lo provoque. El final es uno de los mejores ejemplos. Todo en ese clímax tan espectacular como esperanzador tiene sentido única y exclusivamente porque Negan así lo quiere, incluyendo una de las muertes tan necesaria como esperadas. Es el objetivo a abatir, pero también el contexto y las circunstancias que promueven toda la acción. Un personaje así no se ve todos los días. Es más, no se ve casi nunca.

Puede entenderse de este breve análisis que esta segunda etapa de la séptima temporada de The Walking Dead tenga una calidad inferior al resto de la serie. Desde luego, a los que esperen ver muerte, vísceras y violencia les decepcionará. Pero como ocurre en esta serie, en medio de la calma siempre se intuye la tormenta, y en esta ocasión es una tormenta perfecta. El problema no es falta de ritmo, sino las vueltas que los guionistas dan sobre los mismos temas, ya sea con uno u otro personaje. Y dado que son tantos (cada vez más), la trama obliga a repartir los minutos cada vez más. Por fortuna, todo esto tiene un objetivo claro y bien definido en cada momento. Un objetivo que lleva a una conclusión épica, marcada por la acción y la tensión dramática. Y es esa conclusión la que, además, pone las bases para una octava temporada que se antoja espectacular.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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