1ª T. de ‘Billions’, una incomparable guerra intelectual y legal


Todo guión debería tener como pilares fundamentales una historia sólida y unos personajes bien definidos. Dicho así, suena tan sencillo como teórico. El trabajo posterior, por supuesto, siempre es mucho más complicado. Pero cuando se logra, cuando realmente se consigue una armonía entre trama y personajes, es cuando una historia crece casi de forma orgánica, lo cual por cierto puede ser un problema si no se controla correctamente. La serie Billions es el último ejemplo de que se puede lograr. Es más, de que a cualquier ficción le pueden faltar el resto de elementos y aún así convertirse en una auténtica joya dramática.

Para quienes no se hayan acercado todavía a la primera temporada de esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del guión de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin, la serie aborda la batalla intelectual y legal entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, en medio de la cual se encuentran la mujer del primero, que trabaja para el segundo. Resumido así, el argumento puede parecer excesivamente simple o soporífero, depende de a quién se pregunte. Pero ahí reside precisamente la magia de estos primeros 12 episodios. No voy a negar que exige mucho del espectador, tanto en lo que se refiere a atención como en conocimientos financieros o legales, pero la recompensa es extraordinaria.

Para empezar, la trama está construida sobre los miedos y las propias miserias de cada personaje. A pesar de que todos, aparentemente, son triunfadores, los protagonistas recurren a artimañas y subterfugios, a influencias y cauces de dudosa legalidad para lograr sus respectivos objetivos. Es evidente que eso se aprecia mejor en el fiscal interpretado por un excepcional Paul Giamatti (San Andrés), pero también se aprecia, sobre todo hacia el final de esta primera temporada de Billions, en su enemigo, al que da vida un espléndido Damian Lewis (serie Homeland). Esto permite a la serie abordar los diferentes conflictos desde una perspectiva diferente, aportando matices e interpretaciones diferentes y mucho más enriquecedoras de lo que inicialmente podría pensarse de la acción propia de cada secuencia.

Asimismo, el desarrollo dramático, a diferencia de otras ficciones, tiene siempre un único objetivo que, en cierto modo, podría entenderse que es la conversación entre los protagonistas en su episodio final. Para poder llegar a ese maravilloso cara a cara los creadores construyen un relato creciente de ataques mutuos, de sibilinos golpes bajos y de decisiones cuestionables que, además de enrarecer el contexto en el que se mueven los personajes, enriquece la aparentemente sencilla trama que plantea. A todo esto se suma, aunque no es lo más determinante, una narrativa visual que juega en muchos momentos con los tiempos dramáticos, despistando al espectador hasta el punto de identificarse con los protagonistas según necesidades dramáticas.

Entre actores anda el juego

Pero como decimos, lo relevante en Billions son los personajes, y más concretamente los actores. Dejando a un lado el duelo dramático entre ambos personajes, posiblemente lo más relevante sea el modo en que el tratamiento desgrana progresivamente el trasfondo emocional de cada uno de los roles. Esta información, ofrecida con cuenta gotas, genera un doble efecto, primero de cierta sorpresa e incluso choque emocional, y luego de comprensión y hasta tristeza. Sea como fuera, el caso es que poder comprender el pasado y los aspectos más íntimos de los dos protagonistas permite al espectador no solo anticipar ciertos movimientos (algo complicado en este tipo de series), sino aceptar determinadas decisiones poco comprensibles sin dicha información.

A todo ello contribuyen de forma imprescindible los actores, Tanto Lewis como Giamatti componen dos enemigos íntimos tan sólidos como inigualables. Si la definición de los personajes sobre el papel es compleja, ambos intérpretes acentúan los valores dramáticos hasta cotas insospechadas. Posiblemente donde más se aprecie sea en sus momentos de mayor bajeza moral, cuando recurren a todo tipo de estratagemas para poder salir vencedores en esta especie de partida de ajedrez que se establece entre ellos. Es en los rincones más oscuros de los personajes donde más disfrutan los actores, y donde logran sacar el máximo partido dramático de sus decisiones y sus acciones, repercutiendo en el resto de las tramas.

Precisamente las tramas secundarias pueden ser uno de los puntos más débiles de la serie, y no porque no estén bien estructuradas. Más bien, la lucha principal entre estos personajes y todo lo que ello conlleva (investigación, estrategias, traiciones, etc.) está construida de tal modo que el resto de líneas argumentales pensadas para complementar parecen menos brillantes. Y aunque es cierto que ciertos romances de personajes secundarios resultan algo irrelevante (al igual que episodios protagonizados por tramas anexas), una reflexión posterior permite apreciar el conjunto como un complejo puzzle en el que las piezas están en un delicado equilibrio que pivota sobre la complejidad del mundo en el que se mueven los personajes.

Billions es, a todas luces, una de las mejores producciones de la televisión. La primera temporada es un perfecto juego del gato y el ratón en el que, curiosamente, no se termina de tener demasiado claro quién representa a uno y a otro. La lucha entre estos personajes alcanza cotas sobresalientes, terminando con un diálogo en el último episodio simplemente memorable. A su alrededor se construye todo un mundo de traiciones, mentiras e intereses que supera con creces la mera investigación judicial, afectando de diferente forma a todos y cada uno de los personajes. Una obra construida al milímetro desde sus cimientos, sumamente recomendable para todo aquel que disfrute con la interpretación.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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