‘Ghost in the Shell’: sobre todo, el alma de la máquina


Muchas veces tendemos a olvidar que una adaptación es eso, una adaptación. Dicho de otro modo, que no todo tiene que ser absolutamente fiel al original. Los más puristas e intransigentes tienden a olvidarlo, y eso impide muchas veces que no veamos el alma dentro de la máquina, la historia detrás del tratamiento dramático. Y con una legión de fans como la que tienen el manga de Masamune Shirow y la versión animada de 1995 de Mamoru Oshii (Avalon), es lógico que este film dirigido por Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador) pueda ser despedazado. Pero precisamente la película invita a eso, a ver el alma de la máquina.

Es posible que la historia haya sido adaptada a las necesidades narrativas y dramáticas de Hollywood. Y desde luego no seré yo quien defienda la labor de Sanders como director, quien a pesar de intentarlo tiende a una narrativa más bien estándar. Pero entre sus varios defectos se alza una virtud fundamental: su guión mantiene la esencia de la historia original, abordando la delicada frontera entre humanidad y robótica, entre cuerpo y alma. En medio del thriller que protagoniza la historia se pueden apreciar píldoras interesantes que reflexionan sobre lo que nos hace humanos, sobre los beneficios y los riesgos de integrar cuerpo humano y partes cibernéticas para mejorar al hombre. Y sobre todo, se reflexiona sobre el camino que sigue una sociedad constantemente comunicada en la que el flujo de datos puede llevar a hackear un cerebro en cualquier lugar.

A esto se suma, por un lado, una banda sonora excepcional, y por otro una puesta en escena que va un paso más allá del film original para acercarse más a lo que ya imaginó Ridley Scott en Blade Runner (1982). Visualmente poderosa, la cinta posee además un interesante giro dramático hacia la mitad de su ajustado metraje que cambia completamente el sentido argumental de la historia para pasar de la persecución de un criminal que mata a través de las conexiones digitales a una búsqueda del pasado y la verdad de la protagonista. Todo ello hace de esta versión en carne y hueso una obra más compleja de lo que puede entenderse a simple vista, capaz de aprovechar los momentos más simbólicos y recordados de la cinta de animación para introducirlos en una historia relativamente nueva que, eso sí, continúa reflexionando a su manera sobre los mismos temas.

Lo cierto es que este Ghost in the Shell, versión 2017, es víctima de sus propias necesidades. La visión de Hollywood (y la occidental en general) determina el modo en que se plantea y desarrolla la trama, menos simbólica y más tangible. Por fortuna, se ha logrado mantener el espíritu de la historia original. Pero más allá de sus posibles debilidades (narrativas sobre todo, y el hecho de que Takeshi Kitano se comunique con el resto de personajes en otro idioma), lo cierto es que el grueso de todos sus elementos funcionan como una máquina bien engrasada. El tratamiento visual, la música, un reparto más que notable (con especial mención a Scarlett Johansson, Pilou Asbæk y Kitano) y la filosofía que encierra su desarrollo dramático conforman una interesante fusión que confirma que cuerpo y máquina pueden convivir en armonía.

Nota: 7/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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