‘El fundador’: el sueño americano… de otros


El cine cada vez parece nutrirse más de hechos reales. No sé si será por falta de creatividad o porque, efectivamente, la realidad muchas veces supera la ficción. Pero en ese maremágnum de cintas biográficas no todo tiene cabida, y aunque el morbo por conocer determinadas historias puede arrastrar al espectador a las salas, eso no quiere decir que sea necesariamente interesante. Y desde luego, el modo en que se creó el mayor imperio de hamburguesas de Estados Unidos no es, ni de lejos, la cima del atractivo cinematográfico.

De hecho, El fundador podría haber sido perfectamente un telefilm en cualquiera de las cadenas generalistas un sábado por la tarde. Su desarrollo dramático es excesivamente lineal, sin grandes conflictos ni, por supuesto, giros inesperados. Todo en esta cinta dirigida con excesivo academicismo por John Lee Hancock (Un sueño posible) desprende un cierto aroma a comida rápida, a un sistema para producir películas en cadena que apenas deja margen para la creatividad… vamos, lo que viene a ser el sistema que crearon los hermanos McDonald y que Ray Kroc les robó sin que ellos casi se dieran cuenta. Y ese es el problema, que es una producción tan prefabricada que pierde fuerza casi desde sus primeros compases.

Entonces, ¿qué le diferencia de una producción directa para televisión o vídeo? Evidentemente, el reparto. Michael Keaton (Jack Frost) vuelve a demostrar el gran talento que tiene dando vida a un personaje que presenta diferentes rostros a lo largo del metraje. Es gracias a él que el protagonista adquiere verdadera entidad dramática durante la trama, cargando sobre sus hombros muchos de los momentos para dotarlos de una complejidad que, de otro modo, no tendrían. En cierto modo, Keaton se come la película, nunca mejor dicho. Pero junto a él el resto de actores, incluso aquellos que disfrutan de pocos minutos, con especial mención a los hermanos McDonald.

Pero a pesar de su magnífica labor, Keaton no es capaz de lograr que El fundador se desprenda de ese carácter de cinta de andar por casa, de producción en cadena de historias con poco peso dramático que tratan de inflarse para lograr algo que no son. Sí, resulta interesante ver cómo se robó la idea que dio lugar al imperio. Y desde luego es digno de mención el cambio (o mejor dicho, cómo se quita la careta) que se va produciendo poco a poco en el protagonista. Pero la narrativa en sí misma es lineal, con personajes demasiado conocidos y sin grandes giros dramáticos. Y eso, al final, termina por resultar un poco tedioso.

Nota: 6/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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