‘Silencio’: una lenta tortura, y no solo para los sacerdotes apóstatas


Adam Driver y Andrew Garfield protagonizan 'Silencio'.Defender el trabajo de un director como Martin Scorsese (Infiltrados) es harto sencillo. Tanto que uno puede caer en la tentación de atacar su obra simple y llanamente por ofrecer algo diferente al resto. Lo difícil es saber apreciar los aspectos positivos y negativos de una película suya y saber cuáles pesan más. Su última propuesta tiene mucho de ambos, pero la sensación final es que tienen más relevancia los elementos negativos que los positivos, y eso es algo raro, muy raro, en este maestro del séptimo arte.

Lo más interesante de Silencio es, sin duda, el tema que aborda. La tortura y la violencia física y psicológica a la que se enfrentaron los sacerdotes jesuitas que trataron de implantar de forma sólida el cristianismo en Japón en el siglo XVII es algo que no solo planea sobre toda la trama, sino que adquiere una dureza inusitada durante varios momentos del metraje, evidenciando de paso una imaginación poco convencional de los dirigentes del país asiático en este ámbito. Bajo este prisma, la obra de Scorsese es un relato sin ningún tipo de paños calientes, capaz de poner ante la mirada del espectador situaciones de auténtico horror acompañadas de una fotografía tan bella como aterradora.

A todo ello se suma, además, la reflexión sobre la implantación de esta religión occidental en Japón, y cómo su población afronta esta nueva creencia desde un punto de vista cuanto menos particular, desvirtuando muchos de sus preceptos para adaptarlos a su propia forma de ser, de vivir o de pensar. Una idea que no solo se explica con el personaje de Liam Neeson (En tercera persona), sacerdote apóstata que explica el modo en que es entendida la religión en aquel país. A lo largo del metraje hay varios momentos que ponen de manifiesto la visión de la sociedad sobre el cristianismo, los más evidentes los protagonizados por el personaje de Yôsuke Kubozuka (Tokyo Tribe).

Los problemas de Silencio, y no son menores, son su ritmo y su duración. Scorsese adopta, tal vez demasiado, el estilo narrativo del cine asiático clásico para regodearse en la espléndida fotografía y en los incomparables paisajes, generando una narrativa contemplativa, más interesada en algunos momentos en la forma que en el fondo. Por otro lado, el guión adolece de una longitud excesivamente larga para lo que se quiere narrar, ahondando demasiado en el primer contacto de los protagonistas con Japón y reincidiendo en las dudas existenciales del personaje de Andrew Garfield (Nunca me abandones) durante su cautiverio, alargando la tortura (al personaje y al espectador) sin demasiado sentido. El resultado es una película bella, poderosa y con un mensaje sumamente interesante que se pierde en un ritmo lento y en un metraje al que le sobran muchos minutos.

Nota: 6,5/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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