‘1898. Los últimos de Filipinas’: los tontos de Baler


Los soldados sobreviven en una iglesia durante el asedio de '1898. Los últimos de Filipinas'.El cine español tiene una deuda con la historia de su país. Más o menos como la tienen casi todos los países a la hora de analizar y reconocer sus propios errores. Tal vez por eso el debut en el largometraje de Salvador Calvo ha provocado el interés y la curiosidad que ha provocado. Y lo cierto es que, al menos en el aspecto dramático y autocrítico, no decepciona, abordando uno de los hechos históricos más interiorizados en la cultura popular desde un punto de vista sincero y ajeno a patriotismos baratos o a heroismos trasnochados.

Habrá quien diga que eso es realismo. En realidad, 1898. Los últimos de Filipinas es un mural de personalidades, un reflejo del declive de una guerra en la que los jóvenes no creen y en la que los más veteranos simplemente hacen los único que han sabido hacer en esos años. De este modo, se genera un conflicto que va más allá del puro belicismo y que termina por definir no solo el contexto político de la época, sino incluso el social. Quizá el mayor problema en este sentido es que los personajes tienden a estereotiparse a medida que avanza la historia: el teniente sediento de sangre; el doctor razonable; los jóvenes asustados; el cura que trata de imbuir de lecciones de vida a través de la palabra de Dios. Pero con todo y con eso, la habilidad de Calvo para narrar la historia logra desprender a la trama de muchos de sus lastres, ofreciendo un estilo visual que aprovecha al máximo los potenciales del desarrollo y que presenta un contexto político, social y económico que en varias ocasiones puede trasladarse a la actualidad.

El talón de Aquiles, sin embargo, se encuentra precisamente en la propia historia. Por mucho que la vistan, que tenga momentos realmente impactantes o que su reparto (la inmensa mayoría del mismo al menos) haga una labor más que notable, lo cierto es que este relato de un grupo de soldados atrincherados en una iglesia da para poco. Para muy poco. Y dos horas de duración son excesivas para algo que podría haberse narrado en hora y media, incluso menos. La consecuencia más inmediata es que en muchos momentos la trama avanza con paso demasiado lento, repitiendo esquemas y cayendo en una reiteración de ideas y propuestas que generan la impresión de andar en círculos hasta los momentos relevantes de la acción.

Lo que termina provocando 1898. Los últimos de Filipinas es una sensación de producto preciosista (algunos planos son brillantes), con factura técnica y artística impecable y con algunos momentos realmente logrados, pero cuyo contenido parece forzado por una necesidad etérea de que la película tiene que tener una duración determinada, como si los casi 12 meses de asedio tuvieran que relatarse en los casi 120 minutos que dura. Menos tiempo habría convertido este film en algo mejor para mayor crítica y vergüenza del Imperio. Y habría eliminado, además, algunas irregularidades dramáticas que se aprecian en determinados momentos.

Nota: 6,5/10

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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